Las mellizas habían llegado veinte minutos antes de la hora de clases, tal como era la buena costumbre de Larissa.
La noche anterior les había llegado por correo sus respectivos horarios, y no pudieron evitar notar que algunas clases la tenían con la otra, o de plano estarían solas.
En la primer hora, Larissa y Lourdes tomarían Historia Mundial, Lilian tendría clases de Francés y Lucy y Leyla estarían en Artes.
Cómo les quedaba tiempo de sobra, las cuatro hermanas se dispusieron a dar un breve paseo por la escuela, la cual estaba llena de estudiantes en los pasillos. Y sin duda alguna, la bienvenida que recibieron fue un tanto... peculiar.
Larissa y Lourdes caminaban tranquilamente, hablando sobre una serie que habían visto la noche anterior.
– Pues yo digo que Michaela y Connor van a delatar a los demás, los dos son unos malditos paranoicos – aseguró Lourdes con una cara de disgusto por aquellos personajes. Ese día llevaba una extravagante blusa mostaza con lunares rojos, pantalones vaqueros y unos zapatos de piso.
– Bueno, sí, pero ¿que tal si Wes tiene un plan para evitarlo? – argumentó Larissa mientras alisaba la falda de su uniforme azul, y tras pensar unos segundos, añadió: – Yo digo que Annalise sabe del asesinato.
– Si, pero... – la chica de las pecas se detuvo abruptamente, y con una sonrisa radiante, se dirigió a la melliza mayor: – Oye, allá está tu novio.
– ¿ De que estás...?
– ¡¡¡EY, SENSUAL SEÑOR DELEGADO!!!
Larissa no pudo evitar hacer un facepalm al momento que deseaba ser tragada por la tierra cuando varias personas fijaron su vista en ellas. ¿Que acaso nada le daba vergüenza a Lourdes? Ni siquiera retorcerse como pescado en plena calle le daba la más mínima pena.
Completamente abochornada, vio cómo Nathaniel se acercaba a ellas con cierta confusión en su rostro, pero no iba solo.
Un chico de su estatura, con un gorro de lana que cubría parte de su melena azabache, una playera de manga larga blanca con negro y un símbolo extraño en el pecho se acercó a ellos.
Sus ojos celestes emanaban alegría, y su andar era tranquilo y despreocupado.
– ¿Larissa? – preguntó Nathaniel una vez que estuvo frente a las mellizas, contemplando a Lourdes un tanto confundido.
– No genio, esta güera de aquí es Larissa. Yo soy Lourdes – le corrigió la pelirroja, con un aire divertido.
– Oh, lo lamento – se disculpó el joven delegado, y le tendió la mano, cosa que a Lourdes le hizo aún más gracia. – Soy...
– ¿Nathaniel? ¿El delegado principal? – cuestionó la chica mientras le correspondía el saludo. – Lo sé, ayer en la cena tuvimos una conversación muy interesa...
– ¡¿Quien es tu amigo?! – interrumpió Larissa casi gritando, su cara parecía un tomate con ojos.
– ¿Ves? Te dije que eras un maleducado, además un mal amigo ahora – bromeó el muchacho del cabello negro, mientras recargaba un brazo en el hombro de Nath.
– Lo siento Armin, olvidé por completo que estabas aquí.
– ¿Ves? ¡Eres un mal amigo, Nathaniel Jacott! – reiteró el moreno haciendo una pose sumamente dramática, llevándose la mano que tenía libre al pecho. Torciendo los ojos, Nathaniel se dirigió a las chicas:
– El es Armin Gibbins. Tiene un hermano gemelo, y van en el mismo año que nosotros.
– ¿Cuantos grupos de gemelos hay aquí? – Larissa frunció el entrecejo.
El día que tuvo que hacer la inscripción sola, Nathaniel se apiadó de ella, y tras conversar durante unos minutos, el delegado le había comentado que tenía una hermana melliza llamada Ámber. «Si apenas tengo con ella, no me imagino como te sentirás con cuatro hermanas», le había dicho con cierta admiración aquella vez.
– Bueno, si hablamos de pares, sólo somos yo y mi hermana, y Armin y Alexy.
– ¿Y ellas qué, menso?
— Oh, nosotras vivimos una pesadilla. Somos cinco – contestó Lourdes con tanta naturalidad.
Si Armin hubiese estado bebiendo algo, lo hubiera escupido en ese mismo instante.
Anonadado, volteó a ver a las gemelas y a Nathaniel, esperando que le dijeran que aquello era una broma.
– ¡¿Hablas en serio?! Yo apenas aguanto a Alexy – exclamó asombrado el chico.
Ensimismados en su plática, Lourdes y Armin sostuvieron una conversación bastante fluida, dándose cuenta de cuán parecidos eran en gustos y personalidad.
En cierto punto, notaron cómo Nathaniel y Larissa se lanzaban miradas furtivas, como dos tímidos niños de secundaria. Intercambiaron una mirada maliciosa, pero se apiadaron de los rubios. Ya tendrían tiempo de sobra para molestarlos.
Lilian estaba caminando por el primer piso, sin tomarle atención a las demás personas.
Ella seguía furiosa, y aunque trataba de disimularlo, su interior era un caos infinito.
Adrik le había dejado un vacío profundo, tan oscuro, y ni derramando todas las lagrimas del mundo podía olvidarle. Y eso la enfureció.
Nadie le hacía sentir tan vulnerable, tan patética, como él lo seguía haciendo. Y estúpidamente, aún sentía algo por Adrik.
Pero su orgullo, el poco que tenía, no permitiría que él se enterara.
Hacía un año y unos meses que aquello había terminado. Le rogó, se arrodillaba ante él llorando, pidiendo una explicación del porqué la estaba dejando, suplicándole una oportunidad de arreglar lo que fuese que estaba mal con ella.
Se alejó de todo lo que le recordaba a él, incluyendo el patinaje artístico, una pasión que ambos compartían.
Pero olvidarlo era imposible, pues iban en la misma escuela, tenía que verle la cara todos los días; y aunque trato de seguir adelante y salir con otras personas no funcionó, pues se dio cuenta de una cosa. Los hombres sólo querían usarla.
La diferencia es que sólo a Adrik le había permitido ir tan lejos y abusar de aquella confianza que ella le entregó de corazón...
Tan ensimismada iba en sus pensamientos, que no notó a la chica de cabello blanco que se aproximaba a ella, igualmente de distraída en una platica.
– ¡Eh! ¡Fíjate por donde vas! – exclamó la chica cuando ella y Lilian chocaron.
La castaña arrugó la nariz, ligeramente indignada, pero como no quería tener problemas sin siquiera haber empezado las clases, se limitó a disculparse.
– Oye, ¿no eres tú la chica nueva? – preguntó el acompañante de la albina, abriendo los ojos de par en par.
Era un chico ligeramente alto, tenía su cabello teñido de azul, y al igual que su amiga, llevaba ropa muy llamativa.
"Síndrome de Alexandria", pensó Lilian en automático al observar sus ojos violetas.
– Si, así es – afirmó la castaña, mirando al peliazul con cierto recelo.
Sin esperarlo, ambos atolondraron a Lilian con montones de preguntas, sonriendo cuál niños con juguete nuevo.
De donde venía, que le gustaba hacer en sus tiempos libres, y si le gustaba ir de compras fueron sólo algunas de las cosas que inquirieron, ansiosos por conocerla.
Lilian, que estaba acostumbrada a ser la más discreta de sus hermanas, se sintió mareada con aquel bombardeo y con aquel gesto que siempre usaba para tranquilizar a sus hermanas, logró frenar el interrogatorio por unos momentos.
– No sé a que se debe el alboroto, pero...
– ¡¿Estás de broma?! ¡No todos los días se tiene a Lilian Harrison de compañera de instituto! – exclamó la albina entusiasmada.
– ¿Ustedes saben quién soy? – esta vez le tocó sorprenderse a Lilian.
– ¿Cómo no conocer a la "Rosa Invernal"? – cuestionó Alexy, rodeando los hombros de la chica. – No somos fanáticos del patinaje artístico, pero esa interpretación que hiciste en los juegos nacionales de invierno el año pasado fue FA-BU-LO-SA. ¡Bateaste incluso a las más veteranas!
– Eso sin contar tu buen gusto para la ropa - apuntó la chica de ojos color miel, observando su vestido de tul blanco con listones rosas, y deseó que la chica tuviera ese mismo gusto con la ropa interior. - Por cierto, soy Rosalya de Meilhan. Y ese chico de los ojos raros y chamarra excéntrica es Alexy Gibbins.
El mencionado le sacó la lengua ante la pulla, y acto seguido, ambos rieron.
Probablemente la primera impresión no fue la mejor, pero algo le decía a Lilian que ellos tenían algo especial.
Mientras tanto, Leyla podía respirar en paz.
Había decidido presentar a Ken a la persona que más le importaba en ese momento, Lucy.
Para sorpresa suya, la chica se llevó bien con él, y viceversa, lo que le alegró bastante a la morena.
Lucy, que sólo había visto a Leyla hacer tonterías con Lourdes, le sorprendió ver a Leyla bromeando con alguien tan diferente a ella, pero le alegraba bastante y se sentía feliz porque su hermana tuviera alguien más en quien confiar.
Entre plática y plática, estuvo a punto de hacerse la hora de entrar a clase, y para no llegar tarde, empezaron a caminar a prisa.
Un segundo, sólo un segundo le bastó a Lucy para distraerse y alejarse de Ken y de su hermana. Y la cereza del pastel, fue que había terminado chocado con alguien.
Cayendo de sentón, la chica no se atrevió a levantar la mirada, pues se estaba muriendo del miedo.
Con la vista fija en el suelo, vio cómo tres pares de tacones se acercaban a ella, anunciando una inminente catástrofe.
– ¿Acaso eres estúpida? Fíjate por dónde vas, retrasada – le recriminó lo que parecía ser la chica de en medio.
Lentamente, Lucy alzó sus ojos. El trío se conformaba por una chica asiática, una chica de cabello castaño claro y piercings en la cejas, y una rubia de ojos verdes, que parecía ser la líder.
Levantándose torpemente, Lucy trato de disculparse, pero su voz le salió tan temblorosa que el grupito lo notó a leguas.
– ¿L-Lo siento? – arremedó la rubia al tiempo que sus secuaces reían cruelmente. – Más idiota no puedes ser.
Con una seña, la rubia le indicó a sus secuaces se acercarán a la castaña, con una mala intención.
Paralizada por el miedo, Lucy no supo que hacer, y retrocedió dos pasos, completamente asustada. Varias personas se habían puesto alrededor de ellas, contemplando el espectáculo y tomando fotos, mientras reían cuál hienas.
Pero antes de que le pudieran tocar siquiera un pelo, Leyla, saliendo de la nada, se abalanzó frente a su hermana, con un gesto amenazante. Corriendo detrás de ella, Ken tomó por los hombros a una temblorosa Lucy, y la sacó de ese círculo, sabiendo que se armaría la tercera guerra mundial.
– ¿Se les perdió algo? – interrogó la deportista, mirando al grupito con una mirada que helaba la sangre.
Inseguras, la asiática y la chica de los piercings voltearon a ver a su jefa, que tampoco sabía que hacer.
Aprovechando la distracción, Leyla tomó del brazo a ambas chicas y las aventó contra la rubia, enfurecida. Está se quitó de en medio antes de que pudieran chocar con ella, provocando la caída de ambas, y miró a Leyla con el ceño fruncido.
– ¿Quién te...?
– Te advierto una cosa, Barbie – masculló la morena, acercándose peligrosamente a la chica. – Si tocas a mi hermana, júralo que aquí va arder Troya. No te atrevas a acercarte a ella.
– ¿Acaso no sabes de quien soy hija? – chilló la rubia, tratando de sonar intimidante, pero en vez, sonando patética.
– Me importa un bledo – gruñó la morena.
La tensión se había extendido a tal punto que la mayoría de los espectadores se empezaron a retirar incómodos, pero una voz grave interrumpió en el pasillo.
– ¿Qué demonios está pasando aquí?
