Disclaimer: No soy JKR, ni pretendo serlo, así que todo lo que está aquí, salvo cuatro cositas contadas, pertenecen a esta gran escritora.
Las palabras pueden ser peores que los puñales...
El otoño pasó en un largo suspiro, casi agónico, del sol. Los días, cada vez más cortos, se volvieron fríos y, a principios de diciembre, la primera nevada dejó el castillo de un brillante blanco. A medida que avanzó el mes, las nevadas se sucedieron sin dar tregua a los alumnos que debían acudir a los invernaderos. Aquella mañana, el vaho salía entre los labios de la profesora mientras les brindaba la información que necesitaban para sacar a aquellas mandrágoras de sus macetas.
–Ya sé que todos estáis emocionados por el final de las clases y el partido de mañana, pero esto es importante –se desesperaba en repetirles una y otra vez la mujer, aunque sus alumnos parecían restarle importancia a todo lo que no tuviera que ver con escobas. El hecho de que James Potter, el capitán del equipo de Gryffindor y su cazador estrella, estuviera en aquel invernadero llenaba todo de susurros. –Bien, poneos las orejeras, os haré una demostración.
La profesora alargó uno de sus flacos brazos y, cuando todos los alumnos se hubieron protegido, tiró con fuerza hacia arriba. La pequeña mandrágora salió berreando y sus chillidos se oían incluso a través de las gruesas orejeras. James se llevó instintivamente las manos a los oídos, igual que muchos de sus compañeros. Observó cómo había que meterla en una nueva maceta, mucho más grande, y cubrirla con tierra hasta apagar sus lloros. Al joven Gryffindor le pareció un tanto cruel, pero no dijo nada. Miró a Sirius, a su lado, que le devolvió una mirada asqueada. A una señal de la profesora, volvieron a quitarse las orejeras y les habló de nuevo.
–Quiero que trabajéis por parejas. Lamentablemente, han estado más tiempo del debido en estas pequeñas macetas y pesan bastante, de ahí que este trabajo que normalmente se hace con los alumnos de segundo lo tengáis que hacer vosotros –se oyeron murmullos de queja, pero nadie se atrevió a alzar la voz. –Cuando tengáis preparadas las parejas... –hizo una pequeña pausa, esperando a que todos los alumnos se uniesen de dos en dos. James se acercó a Sirius y Remus se aferró al brazo de Marlene: ninguno quería hacer pareja con Peter pues sabía que podían acabar en la enfermería. –Bien, adelante. Orejeras puestas.
Hizo un gesto con la mano cuando ya los vio a todos preparados para que empezase. Sin duda alguna, la mandrágora de James debía tener sobrepeso, porque era casi imposible sacarla de aquella maceta. Tiró y tiró mientras Sirius se aferraba con todas sus fuerzas a la maceta, pero no había manera. Quiso decirle algo a su compañero pero sabía que con las orejeras poco podía oír. Se acercó a su mochila y sacó un trozo viejo de pergamino y una pluma.
"¿Y si tiramos los dos a la vez?", garabateó con rapidez y se lo enseñó al moreno, que se encogió de hombros y recolocó los guantes. Tiraron a un mismo tiempo, pero sólo conseguían levantar la maceta. James posó un pie sobre el tiesto y Sirius lo imitó. Por fin consiguieron sacar toda la raíz. Era una especie de bebé enorme, rollizo y berreante, con cara de malas pulgas. Lo depositaron en su nuevo hogar y los cubrieron de tierra a toda velocidad. La segunda maceta tampoco fue mucho más amistosa y, pese a ello, terminaron los primeros de la clase.
La profesora, temiendo que se aburriesen y las consecuencias que esto podría tener, les dio permiso para salir del aula, así que, obedientes, desfilaron tras sus compañeros. James golpeó con suavidad la espalda de Remus al pasar por su lado. El licántropo tenía la frente perlada del sudor y él y Marlene se debatían para conseguir meter su mandrágora en la maceta asignada, pero la planta parecía reacia a obedecer.
Cuando cerraron la puerta del invernadero, se quitaron las orejeras. Sirius sacó un paquete de tabaco del bolsillo de su túnica y se lo lanzó a James, que cogió un cigarrillo antes de devolvérselo. Contempló como el moreno encendía el suyo e inhalaba el humo con despreocupación antes de volver la mirada a la gran cristalera y contempló a Remus y Marlene enterrando, por fin, su mandrágora.
–Fuiste muy brusco con Marlene.
–Lo que se merecía –ladró. –Y no pretendas que pida disculpas. Es una puta y lo sabes tan bien como yo.
–Tío, no te pases –le reprendió, poniéndose en pie. –Me importa una mierda los problemas que tengáis vosotros dos, pero es mi amiga, nos conocemos desde que teníamos cuatro años y no voy a dejar que la insultes así.
–Sólo llamo a las cosas por su nombre...
–¡Sirius! –le espetó, poniéndose en pie y encarándole. –¿No sabes cuándo parar? Joder, esto tampoco es fácil para ella.
–Claro que lo es. Y por eso me jode tanto, James –había resentimiento en su voz, pero James no supo adivinar a qué se debía. –A veces las cosas sí que son blanco o negro. Rosier es mi primo, aunque no me guste, y sé cómo es él y toda su puta familia –bramó, haciendo aspavientos. James se mantuvo en silencio, observándole. –Yo también quiero a Marlene, colega, pero es imbécil y una zorra, las cosas como son...
–Y tú un gilipollas cuya única aspiración en la vida es follar con el mayor número de mujeres posible –la voz femenina les sorprendió. Marlene les observaba, con los ojos brillantes y los puños cerrados. Negó con la cabeza y sin decir nada más, caminó dirección al colegio. Ninguno de los tres merodeadores se atrevió a moverse.
Sirius continuó fumando pero, a pesar de su melena, sorprendió un par de veces al muchacho mirando de soslayo hacia el lugar por donde la Ravenclaw había desaparecido. Remus parecía consternado y abrumado por la discusión. Últimamente, los dos muchachos discutían más a menudo que de costumbre y, aunque en aquella ocasión, el licántropo había decidido guardar silencio, sus puños cerrados mostraban su crispación.
–No pienso pedirla perdón. No he dicho ninguna mentira y lo sabéis.
–Cómo quieras –fue toda la respuesta que James fue capaz de darle. A veces le sorprendía la falta de tacto que podía llegar a tener su amigo. A pesar de todos los modales que había mamado desde bebé por la situación social y económica de su familia, se comportaba como un borrego la mayor parte del tiempo. "Es su marca de rebeldía", solía pensar. –Pero van a ser unas Navidades muy largas.
Sin decir más, los tres muchachos entraron en el invernadero, cogieron sus cosas y emprendieron el camino de vuelta al castillo. James se sentía mal, agobiado, triste y enfadado, todo ello mezclado con los nervios por el partido del día siguiente. Tenía claro que le iba a ser muy difícil conseguir conciliar el sueño, pero no quería dar vueltas a sus problemas. Se encontraba en un punto nuevo en su vida, iniciando lo que parecía una relación de verdad con una chica maravillosa, apurando los últimos meses en el colegio, tratando de no morir asfixiado con las tareas de preparación de los EXTASIS,... Y que sus mejores amigos discutieran de manera irreconciliable, o al menos eso parecía, no le ayudaba demasiado. Al entrar en la sala común, Sirius cogió a Amy del brazo y la subió a la habitación. James les observó mientras se perdían escaleras arriba con el ceño fruncido.
–¿Va todo bien?–murmuró la aterciopelada voz de Lily cuando se sentó a su lado.
–No, en realidad. Sirius y Marlene han discutido a lo grande.
–Ha sido un poco raro –comentó Remus, con la vista perdida en la chimenea.
James le contó a la pelirroja todos los pormenores de la discusión de los dos muchachos y la chica rió suavemente. "Sabe algo que yo no". Cuando le preguntó sobre ello, Lily se encogió de hombros y sonrió enigmática. Estaba a punto de replicarla cuando apareció Peter, lleno de tierra, con algún arañazo y un extraño bulto en la frente. No lo admitiría a no ser que hubiese veritaserum de por medio, pero James se había olvidado por completo del muchacho.
–Odio herbología –Potter se preguntó si habría algo en lo que no fuese un auténtico desastre. –Remus –llamó, con voz cansada–, necesito ayuda con el trabajo de transformaciones. ¿Podrías...?
–Vamos, así dejaremos un poco de intimidad a estos dos –les guiñó un ojo y se alejó hacia una de las mesas altas con el pequeño muchacho. –Sin que sirva de precedente –les advirtió, ya acomodado.
James sonrió tristemente, mirándose los pies, distraído, con la mente centrada en lo que estaba por venir. Lily se acercó más a él y le apartó el pelo de la frente con un gesto maternal, sin decir nada, sin presionarle para hablar, algo que el muchacho agradecía. Cogió un libro y se puso a ojearlo mientras recogía sus piernas sobre el sillón. ¿Cuántas veces había imaginado aquella escena? ¿Cientos? ¿Miles? No podría decirlo con seguridad.
–Esta noche no voy a ser capaz de pegar ojo –susurró, echando hacia atrás la cabeza y quitándose las gafas. –Joder, y mañana es el partido contra Slytherin.
–El quidditch no es más que un deporte, James.
–El quidditch es parte de mi vida, Lily. Me gusta, me apasiona,... ¡Y más cuando puedo patear el culo a esos imbéciles de Slytherin sin que me castiguen por ello! –Lily rió suavemente. –Pero va a ser un desastre.
–¿Quieres que te consiga un tónico para el sueño?
–No me lo puedo creer, Evans –dijo, con tono burlón. –¿Ahora traficas con pociones?
–Es que eres una mala influencia –le golpeó con suavidad en la nariz. James le agarró el dedo con rapidez y la besó de manera fugaz. –Y un idiota, además.
–Me encanta cuando te sonrojas.
–Un idiota, lo que te he dicho –dejó escapar una carcajada, divertida. –¿Realmente estás preocupado por el partido?
James dudó.
–No. En realidad no. Lo que me preocupa es no ser capaz de concentrarme en el juego.
–Lo de estos dos es algo pasajero –comentó, apoyando su cabeza sobre el hombro de James. –Verás cómo mañana está arreglado.
–La ha llamado puta, zorra, imbécil,... Ella le ha llamado gilipollas cuya única meta en la vida es follar con todas o algo así.
–Qué poéticos.
–Sí –dejó escapar un suspiro pesado–. El problema es que son demasiado cabezotas como para pedirse disculpas y yo no quiero meterme en medio.
–No debes hacerlo. Tarde o temprano se darán cuenta de que son idiotas.
James sonrió de manera condescendiente. No quería continuar con aquello, sólo pensar en escobas y en el olor que le llegaba desde el pelo de la pelirroja. Tras un largo rato de silencio, Lily volvió a su grueso libro de runas y James se dejó llevar por el bullicio que, poco a poco, se había instalado en la sala común. Muchos alumnos se acercaron a desearle buena suerte y, cuando por fin Sirius y Amy decidieron volver a bajar, James besó con suavidad a Lily en la mejilla y, deseándola una buena noche, se predispuso a dormir.
El sábado amaneció gris plomizo, cubierto de nubes gruesas y densas, cargadas de agua. James Potter llevaba varias horas despierto. Cuando consiguió dormirse la noche anterior, la cara de Rosier celebrando la victoria de su casa le despertó de golpe. Fue incapaz de volver a conciliar el sueño. El primero en levantarse fue Remus, como siempre, con sus andares torpes y cansados, arrastrando los pies. La luna llena estaba cerca y la tensión en la musculatura del muchacho era cada vez más evidente. Al coincidir con las vacaciones de navidad, Remus había pedido quedarse en el colegio, pero la madre de James insistió en que fuera a su casa, ya que el sótano hacía años que lo habían habilitado para que el muchacho pudiese veranear allí.
Poco después, los pesados y grotescos pasos de Peter resonaron por toda la habitación. Como ya era costumbre, chocó con un par de baúles y pateó algún libro que estuviese por el suelo. Sus pisadas eran totalmente opuestas a las de Lupin, que procuraba ser sigiloso y ligero a fin de no despertar a nadie. En ocasiones, James pensaba que Peter caminaba así sólo por molestar a Sirius, que dejó escapar una maldición mientras se removía en la cama contigua.
James se sentó en el borde de la cama y observó la habitación, que permanecía en penumbra. No parecía que hubiese nada fuera de lugar salvo por el hecho de que se encontraba bastante ordenada. Ante la inminente marcha aquella misma tarde, los cuatro muchachos se habían tomado el tiempo necesario para recoger mínimamente sus cosas. El moreno observó su uniforme, con la insignia dorada de capitán brillando en el pecho. El estómago se le revolvió de golpe y un escalofrío recorrió su espalda. Siempre ocurría lo mismo antes de los partidos: aquella sensación de nervios, las nauseas acosándole, los sudores fríos,... Pero nunca lo demostraba en público. Cuando pusiera los pies en el suelo, la gente sólo vería en él la arrogancia propia del capitán de Gryffindor, la osadía de uno de los mejores cazadores que había visto Hogwarts.
Bajó solo a desayunar y se sentó junto a Remus, que ojeaba el Profeta con el ceño fruncido. Estuvo tentado a preguntarle qué noticias había, pero la sacudida que le dio su estómago le recordó que debía dejar las malas noticias para más adelante. Lily llegó poco después y se acomodó a su lado. Le forzó a comer un par de rebanadas de pan tostado con mermelada mientras él procuraba bromear con todo aquél que se acercaba.
–Es increíble –le murmuró Lily, con una sonrisa pícara. –Estás nervioso...
–¿Qué tontería es esa? –le respondió, en apenas un susurro. –Yo no me pongo nervioso por un partido que ya está ganado.
–Eso díselo al temblor de tus manos, James –alzó una ceja, escéptica ante la respuesta. –Pero es tu orgullo, así que me creeré lo que dices.
–No te enfades tú también, por favor...
Por suerte, no tuvo que seguir suplicando porque la aparición del resto del equipo de Gryffindor conllevó una salva de aplausos de tres de las cuatro mesas del gran comedor que acallaron la voz de la pelirroja. Jared, el nuevo buscador, estaba totalmente pálido, al igual que Liz, la guardiana, aunque ella ya era veterana. El resto pasaban del rojo avergonzado de Patrick al verde de Oliver. Max y Tom parecían relajados, pero la frente perlada del mayor de los dos hermanos indicaba que era todo una fachada. Todos comisquearon algo y ninguno dijo nada, sólo sonrieron a las palabras de ánimo y los golpecitos en la espalda. Estaban terminando cuando entró el equipo de Slytherin. Fue como si le hubieran sumergido de pronto en un caldero de agua congelada. Entraron en perfecta formación, altivos, sonrientes,... James reprimió una arcada.
–Están llenos de poción relajante –musitó la voz de Marlene a su espalda. –Sólo os impresionan por que parecen muy tranquilos, pero seguro que la han preparado ellos, así que les durará media hora como mucho.
–¿Tú cómo...? –James se arrepintió de sus palabras en el mismo momento que las pronunciaba. El gruñido de Sirius, sentado al otro lado de Lily, fue suficiente respuesta.
–Sólo quería desearte suerte de parte de todo Ravenclaw. Ya sabéis que estamos con vosotros –le dio un suave beso en la mejilla antes de volver a su mesa.
–Equipo, a los vestuarios.
Su voz sonó imperiosa, aunque se sentía terriblemente débil. Observó con gesto orgulloso a la mesa de Slytherin y, aprovechando que la mirada de Snape estaba fija en él, besó a Lily en los labios. Ella se sonrojó y musitó un tenue y avergonzado "suerte". Al salir a los terrenos, el aire frío y húmedo les golpeó de pleno, consiguiendo que esbozase una sonrisa, aunque continuaron en silencio hasta llegar a los vestuarios. Una lluvia fina comenzó a caer cuando las voces del resto del alumnado llegaron a ellos. La hora estaba cada vez más cerca y los nervios a flor de piel. El moreno se giró hacia su equipo, dubitativo.
–Ahora es cuando debería daros un discurso cargado de ánimo y fuerza... Pero estoy tan acojonado como vosotros –un par de sonrisas aparecieron en los rostros de sus compañeros. –Todo lo que puedo deciros es que sé que sois los mejores, que las nauseas, los sudores, los temblores, las arcadas,... Todo eso se irá en cuanto os subáis en las escobas y, pase lo que pase ahí fuera, estaré orgulloso de vosotros. Sabemos que los Slytherin no juegan limpio, que no nos van a poner las cosas fáciles pero ellos nos subestiman y eso juega a nuestro favor. ¡Vamos chicos! ¡Juego limpio y a patear culos!
Sus compañeros emitieron un rugido y se pusieron en pie. James sentía como le temblaban las rodillas cuando tomó su fabulosa escoba entre sus manos. Empezó a pensar que aquel nerviosismo se estaba escapando de su control, pero poco podía hacer por evitarlo. Sabía que lo acontecido aquellas últimas semanas había dado un vuelco radical a su vida. Con cada paso le venía una imagen a la mente: Lily, el ataque, Sirius y Marlene, Lily de nuevo y el calor que desprendían sus mejillas cuando se besaban,... Antes de que se diera cuenta, se encontraban en la salida de los vestuarios.
Las voces en el exterior eran atronadoras. Los cánticos a favor de uno y otro equipo se mezclaban y confundían, aumentando el abotargamiento de la cabeza de James y sus nervios. Cuando el profesor Charlston se situó en el centro de campo, el chico se giró de nuevo hacia sus compañeros. Le hubiese gustado dedicarles una frase memorable, algo que les infundiera el valor que precisaban, pero las palabras se habían quedado atascadas en su garganta y se limitó a sonreírles y asentir firmemente con la cabeza. Salieron en grupo, aparentando tranquilidad, mientras que los Slytherin aparecieron en perfecta formación. "Pueden parecer más tranquilos", pensó James, "pero sólo porque han tomado una poción. Nosotros somos muchísimo mejores.
–Capitanes, salúdense –James se adelantó y estrechó la mano de Rosier. Podía oír los silbidos del público por encima de los gritos de apoyo, pero no flaqueó. Pese a ser un saludo formal, los nudillos de ambos chicos estaban blancos, conteniendo la tensión y las ganas de golpearse al más puro estilo muggle allí mismo. –A sus escobas.
Todos los jugadores montaron sobre las escobas y se alzaron en el aire para dar una vuelta de reconocimiento al campo. Aunque hubiese querido, James fue incapaz de reconocer a nadie en la gradería de su casa. Lo que sí que percibió es que el color escarlata y dorado abundaba allí donde mirase, mientras que el verde y plata estaba relegado a una pequeña zona. No podía estar seguro de si aquello le animaba o le ponía aún más nervioso.
Se situaron en formación alrededor del centro del campo, a unos cinco metros del suelo. El profesor Charlston dejó escapar la snitch, que revoloteó unos segundos alrededor de Jared y pronto desapareció entre las gotas de lluvia, cada vez más gruesas y abundantes. La quaffle ascendió de pronto, impulsada por un hechizo del profesor. James la observó y parecía que todo avanzaba a cámara lenta.
N/a: Lo de siempre, cualquier crítica, halago, regañina o alabanza, será bien recibida ;)
