Capítulo 4

Hermione apoya la cabeza de Harry en su regazo mientras el coche se pone en movimiento.

—La mansión del señor Potter no está muy lejos señorita Granger, llegaremos pronto no se preocupe —exclama el chofer sobre los gritos y gemidos de Harry.

Es como verlo tener pesadillas otra vez. Hermione suelta un sollozo incontrolable y siente como las lágrimas comienzan a correrle por las mejillas, mientras sostiene a Harry lo más fuerte que puede para que no se haga daño.

Le había lanzado un Desmaius antes de que pudiera acabar con la vida de August, Harry había caído al suelo y él único que la ayudó a trasladarlo hacia el coche fue el chofer.

Una vez allí su mejor había comenzado a convulsionar dormido, a moverse frenéticamente, con los ojos cerrados pero con una expresión agonizante en el rostro.

Hermione no sabe qué hacer, no se detiene, es como si... como si el Innombrable lo estuviera consumiendo de a poco...

El sudor comienza a correr por el rostro del elegido, se tensa, grita, solloza. Hermione lo abraza contra ella, lo acuna, le susurra que todo está bien. Harry deja de gritar, pero el temblor de su cuerpo continúa, haciendo crecer el miedo de su amiga cada vez más.

—¡Tenemos que apresurarnos! —chilla Hermione desesperada, teme que le suceda algo, Harry cada vez se ve peor.

—¡Estoy yendo lo más rápido posible! ¡Solo faltan un par de cuadras!

Solo son unas pocas calles más, pero el viaje se hace eterno para la castaña, que sostiene llorando a Harry.

Apenas se detienen Hermione abre la puerta del coche con la varita, y con un hechizo logra ponerse de pie fuera, rodeando al elegido con un brazo.

—No, no, no, ¡no! —exclama el azabache entre sueños, la castaña voltea.

—¡Ve por Kingsley! ¡Rápido!

El chofer asiente y se sube al auto rápidamente. Hermione camina hacia la gran mansión arrastrando a Harry con ella. Mueve su varita y con un movimiento el gran portón se abre dejándolos ingresar al jardín.

Es enorme, demasiado como para caminar. Se fija en un punto cercano a la puerta y se transporta allí con él. Harry suelta un quejido y aun dormido lucha contra ella.

—Vamos Harry, hay que entrar... todo está bien...

El azabache deja de moverse y se deja llevar por la castaña por toda la casa. Cuando da con una habitación con cama, Hermione entra y obliga al mago a acostarse.

—Por Merlín Harry... ¿qué debería hacer? —murmura tocándole la frente, tiene fiebre, mucha, al punto de llegar a ser muy peligrosa.

Necesita calmar el dolor que siente su amigo, aunque sea hasta que Kingsley llegue.

Con ayuda de su varita, Hermione le quita cuidadosamente el saco y la camisa, hasta dejar su pecho desnudo. Harry gimotea, se retuerce, bañado de sudor. Debe parar esa agonía... no puede soportar más verlo así...

Coloca su varita en el medio de su pecho y cuando está a punto de susurrar un hechizo, Harry abre los ojos de repente y aleja su varita, sorprendiéndola. El rojo aún persiste en su mirada.

—¿Estás bien? —pregunta ella suavemente.

—¿Dónde está el? —gruñe levantándose de la cama en un movimiento.

—Harry...

—¡¿Dónde está el?! —le grita furioso tomando un retrato y lanzándolo contra la pared, haciéndolo añicos.

Hermione levanta su varita, temblorosa. Nunca creyó, que verlo así podría ser tan doloroso.

—Quédate quieto. Recuéstate, tu cuerpo no está en condiciones de volver a estar de pie —dice, intentando sonar firme, pero a Harry parece no importarle sus palabras.

—¿Dónde está mi varita? ¡No he terminado con él todavía! Necesito... necesito darle su merecido —exclama llevándose las manos al cabello, en una expresión desesperada —. Te ha... te ha tocado... ese hijo de puta me las pagará. Quiero... quiero matarlo... dame mi varita Hermione —le ordena, levantando esos ojos diabólicos —. Sé que tú la tienes.

La bruja niega con la cabeza.

—No irás a ningún lado, me quedaré contigo hasta... hasta que mejores, tu harías lo mismo por mí —suelta.

Una sonrisa se dibuja en el rostro de Harry, una que asustaría hasta al Gryffindor más valiente.

—No necesito mi varita para quebrarle el cuello, puedo hacerlo con mis propias manos —gruñe y comienza a caminar hacia la puerta, pero la castaña con un movimiento de varita la cierra.

—Te quedarás aquí, estás demasiado débil para salir de la cama...

Harry voltea, en su rostro surge una expresión indescifrable.

—¿Débil?

—Sí. Has tenido una... una mala noche —responde, sorprendida por el repentino cambio de humor. Cuando cree que la situación ha mejorado, Harry la mira con fiereza y comienza a caminar rápidamente hacia ella, como una bomba que está a punto de explotar.

—No... n-no te acerques más... o te hechizaré Potter —lo amenaza, sin tener ningún efecto positivo, Harry sigue avanzando, incluso aún más furioso que antes.

—¡Des-Desmaius! —grita Hermione retrocediendo hasta pegarse a la pared, es el primer hechizo que se le vino a la mente, y sabe que es la única oportunidad que tiene para que no llegue hasta ella.

Y la ha desperdiciado. Porque Harry Potter se ha movido de lugar justo a tiempo, haciendo que el hechizo choque inútilmente contra la puerta.

—¿Débil? ¡¿Débil?! Te demostraré quién es el débil aquí... —suelta tomándola de las muñecas con fuerza. La varita de Hermione cae al suelo, dejándola indefensa. En un movimiento rápido, Harry la sube a horcajadas a él, y cuando la castaña intenta pensar en algún movimiento muggle de defensa, pensando si debería pegarle un cabezazo o una patada en su parte baja, Harry acerca su boca a ella y le come la boca de un beso.

Al principio se queda inmóvil por aquella sorpresiva intromisión. La está besando como si no hubiera un mañana, como si la invitara a una guerra de besos, de posesión. El calor en su vientre la invade, este le da una buena recibida a los labios de su mejor amigo, pero su mente lucha contra ello. Forcejea contra él, furiosa, pero Harry sigue besándola, la aprieta contra la pared y su lengua se introduce dentro de su boca, embargándola, dejándole sentir como es su sabor, como es ser besada por Harry Potter.

«Basta... basta... no es él, no es él.» piensa «Necesito mi varita... solo... solo...»

Hermione le muerde el labio con fuerza, Harry suelta un gruñido, una mezcla de enojo y excitación, que solo logra motivarlo a seguir con más brutalidad que antes. Una de sus grandes manos viaja hasta desprender aquel ceñido vestido mientras el sabor a sangre invade sus bocas. La castaña se remueve, gimiendo, intentando escapar de su captor, pero es en vano... es demasiado fuerte... su mano la recorre, roza su sostén, la piel de su espalda, demostrándole todo lo que le puede hacer sentir.

Se siente tan mojada pegada él, pegada su erección... Harry se mueve contra su feminidad, fingiendo que la embiste, dándole una muestra de lo increíble que podría ser tener sexo con él.

Sus respiraciones se mezclan entre besos, agitadas, sintiendo esa falta de aire, pero sin querer separarse. Hermione le sigue el juego poco a poco, enredando su lengua contra la suya, aceptando participar en esa guerra de poder. Se encuentra gimiendo, aferrándose a su cabello con violencia, de la misma forma que lo está haciendo él.

Harry la eleva hacia arriba, dejando caer el vestido al suelo, dejándola completamente en ropa interior.

Es su oportunidad. A pesar de sentirse tan bien con ese beso sabe que tiene que aprovechar la situación, es su única escapatoria antes de que suceda algo de lo que podría llegar a arrepentirse.

Hermione levanta la rodilla y la inserta en su miembro. El azabache la suelta profiriendo una grosería y llevándose las manos allí. La castaña se inclina rápidamente y toma su varita. Lo apunta con ella en la barbilla.

—Vuelve a repetir que soy débil y te las arrancaré, no podrás tener sexo jamás —lo amenaza con la respiración agitada. Se siente furiosa, ¿Quién se cree que es? Le ha faltado el respeto, la ha toqueteado, y eso no es todo, la ha hecho calentar como el mismo infierno.

Está en llamas.

Harry le sonríe, malicioso. Sus ojos rojos la miran con diversión.

—Arráncamelas, no me importa. Puedo seguir haciéndote otras cosas con la boca —murmura tan cerca de ella que su aliento roza sus labios.

Hermione se ruboriza ante aquellas groseras palabras, porque la imagen se le viene a la mente en un instante.

—¿Qué sucede? ¿Te lo estás imaginando Hermione?

La puerta se abre de repente. Kingsley aparece con tres hombres, que al ver a la bruja desnuda se quedan con la boca abierta. El rubor de Hermione se enciende aún más.

—Ministro... —susurra la castaña avergonzada.

—Hermione, debes salir de la habitación —le pide Kingsley clavando su mirada en Harry.

—Pero...

Uno de los aurores se acerca, toma el vestido del suelo y la agarra del brazo, obligándola a salir de la habitación.

—¡Los mataré! ¡Los mataré si se acercan! —grita Harry furioso —. ¡Lárguense de aquí!

—¿Qué harán con él? —le pregunta al auror preocupada, observando como cierran la puerta del cuarto.

Comienzan a escucharse hechizos, maldiciones, objetos rompiéndose...

—¡No! ¡No! ¡No! —se escucha a Harry gritar, gritos tan desesperados como si estuvieran quemándolo vivo.

Hermione se levanta, dispuesta a interrumpir lo que sea que están haciendo. Pero el auror la detiene apuntándola con la varita.

—Le aseguro que es lo mejor. El señor Potter estará bien. Vístase por favor.

La castaña se coloca la prenda apresurada y cuando ya está vestida los ruidos en la habitación cesan. El silencio se hace presente, hasta que después de unos pocos minutos, Kingsley sale del cuarto junto a los dos aurores. Uno tiene el ojo violeta y el otro un brazo herido.

Hermione se acerca rápidamente, angustiada.

—¿Qué es lo que le han hecho? Harry... ¿Harry está bien?

—Le hemos aplicado un sedante. Está dormido ahora, estoy seguro de que mañana estará bien —el Ministro toma aire —. Hermione, lo siento, nunca debería haberte encargado esto, Harry casi... casi te hace daño, no sé cómo disculparme...

—Estoy bien, no ha sido su culpa, yo acepté y desde el principio supe que algo así podría pasar... —dice intentando soportar las lágrimas —, y no dejaré este trabajo hasta lograr que Harry se mejore...

—Puede explotar en cualquier momento, hoy lo has visto, no parece mejorar, creo que tendremos que buscar otra solución...

—No. Por favor, deme más tiempo para convencerlo —suplica asustada, porque sabe que esas otras opciones podrían a llegar a ser peligrosas para su amigo —, sé que Harry es muy terco, pero... pero tengo esperanzas...

Kingsley suspira y le ofrece un pañuelo, porque las lágrimas han comenzado a caer en el rostro de la bruja. Ella lo acepta avergonzada.

—Te daré más tiempo. Ahora ya sabes de lo que es capaz en sus ataques, la próxima vez estarás preparada. Ha sido mi error. Lo siento tanto.

Hermione asiente con una sonrisa aliviada.

—¿Necesitas que te acompañemos a casa? ¿Estás herida?

—No. Quiero quedarme a pasar la noche aquí.

—Hermione...

—Por favor. No podré dormir si no sé cómo se encuentra Harry.

Kingsley mira a uno de los aurores.

—Johnson quédate aquí con Hermione. No sabemos que podría pasar —ordena y el auror asiente, luego vuelve a mirar a la castaña —. En las mañanas Harry suele estar recuperado, aunque después de un ataque no dejamos que vaya a trabajar o salga de la casa. Sabemos que es peligroso para él y para los que lo rodean.

—¿Y si suele suceder otra vez lo de hoy?

—Deben dejarlo inmovilizado hasta que lleguemos —contesta acercándose y posando sus manos en los hombros de ella —. Hermione, sé que debe ser duro usar tu varita contra él, pero quiero que sepas que es lo mejor para su salud.

—Sí... hoy no me atreví a hacerlo y todo fue peor... lo siento —murmura tristemente.

—No. La primera vez tampoco tuve el valor, sabes, yo también aprecio mucho a Harry.

Hermione sonríe y suelta un suspiro intentando recuperar fuerzas, pero de repente recuerda algo:

—¿Y August? ¡Había un periodista en la fiesta! —exclama alarmada, había olvidado todo y solo se había preocupado por Harry...

—August está en San Mungo, en un estado grave. De todas formas, creemos que podemos salvar a Harry con algún trato. Y sobre el periodista, no podemos hacer nada, es el hijo de Rita Skeeter, que tiene su revista propia. El chico ha sido un infierno para Harry en el último año...

Rita Skeeter, con solo escuchar su nombre Hermione siente que se le revuelve el estómago de enojo.

—Harry se tomará unos días de descanso. Mientras esté aquí, intentaremos solucionar todo afuera —le promete el Ministro —, trátalo con cuidado e intenta no hacerlo enojar. Sé que es difícil.

—Últimamente sí —suspira —, pero lo intentaré.

Kingsley le tiende un frasquito plateado, Hermione lo toma y lo mira entre sus manos.

—Si mañana logras que Harry beba esto, algo que ninguno de nosotros logró hacer en estos años, el día para él será mucho más fácil de llevar, los dolores desaparecerán apenas lo beba...

—Gracias. Lo intentaré.

—Nos vemos en unos días. Cuídate mucho y a Harry también.

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Hermione escoge la habitación que se encuentra pegada a la de Harry, con un hechizo convocador había traído su ropa para dormir más cómoda. Se recuesta en la gran cama y suelta un suspiro. Sabe que intentar dormir será difícil, porque no puede dejar de pensar en todo lo que ha sucedido.

Recuerda el rostro ensangrentado de August... Harry ni siquiera había usado su varita, estaba tan furioso que había usado sus propias manos...

¿Desde cuándo los estaba observando bailar? Hermione aún puede sentir las manos de ese pervertido, nunca se hubiera esperado algo así de un auror. Lo peor es que si no le hubiera puesto las manos encima nada de esto hubiera pasado.

Hermione hunde su rostro en la almohada y ahoga un grito.

Y eso no es todo. El... el beso... el beso que le dio...

La castaña vuelve a chillar golpeando las almohadas. Nunca nadie la había besado de esa forma. Había probado eso que tanto había deseado los últimos días: los deliciosos labios de Harry Potter.

Quiere creer que no es nada, que solo es la falta de sexo. Porque... ¿Hace cuánto que no está con un hombre? El último fue hace meses, un novio francés que concurría a su misma clase. Había creído que había química allí, la había pasado espectacular con él en la cama, pero ahora... ahora que ha probado el beso de Harry, se da cuenta de que ni siquiera puede compararlo, que su mejor amigo besa como el infierno. Solo había sido un momento, unos minutos de pasión, donde se había resistido, pero había sido suficiente para empapar sus bragas.

«Me estoy comportando como una colegiala» piensa furiosa y se levanta de la cama y va directo a la ducha para darse un buen baño de agua fría.

Pero eso no mejora nada, Hermione Granger da vueltas en la cama, maldiciendo en voz baja.

Termina levantándose de puntillas, sabe que debe ser silenciosa para no despertar al auror que está durmiendo en la sala.

Camina suavemente por el pasillo hasta que da con la habitación de Harry. Abre la puerta con su varita, silenciosamente.

Se encuentra recostado en la cama, durmiendo, se ve mejor que antes, pero el sudor continua bañando todo su cuerpo. Hermione se sienta junto a él.

Accio toalla —murmura y la toalla aparece flotando hasta llegar a sus manos. La moja con su varita y la coloca en la frente de Harry, la cual arde como fuego. El elegido suelta un suspiro de alivio entre sueños, y Hermione sonríe.

Durmiendo, Harry parece ser el mismo de siempre, una persona tranquila y bondadosa, esa que solía abrazarla cada vez que se sentía triste.

—Tienes que volver Harry, por mí, por todos nosotros —musita acariciando su mejilla.

La castaña se queda allí, cambiándole el paño hasta que su temperatura se normaliza.

Y sus ojos se van cerrando de a poco, intenta mantenerse despierta, pero termina apoyando su cabeza en el colchón, quedándose profundamente dormida.

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El sol que entra por la ventana hace que Hermione se despierte. Levanta la cabeza confundida, bostezando hasta que recuerda todo lo de ayer.

La cama está vacía, Harry no está.

Ha desaparecido.

La bruja corre por toda la casa gritando su nombre desesperada y cuando baja las escaleras se encuentra al auror petrificado en el sofá, con los ojos muy abiertos.

—Oh por Merlín —murmura atónita. Levanta su varita dispuesta a romper el hechizo, pero la puerta de la casa se abre de repente. Harry Potter entra a la sala, con una sudadera cubierta de sudor, unos pantalones cortos deportivos, y los auriculares colgados en el cuello. Su pecho sube y baja agitado dando a entender perfectamente que ha corrido por bastante tiempo.

—¡Harry! ¡¿Qué le has hecho?! —le grita Hermione enojada señalando al pobre Johnson.

El elegido la mira con esa intensidad de siempre, las ojeras surcan su rostro y tiene un aspecto cansado, pero aun así, la castaña se alivia al notar que sus ojos han vuelto al mismo verde precioso de siempre.

—Déjalo así hasta que Kingsley se lo lleve. No lo quiero aquí —dice sacándose la sudadera, dejando ver esos perfectos músculos que le han dado todos los premios en Corazón de Bruja. Hermione se siente sofocada ante esa imagen, aun así, se acerca cuando Harry planea subir las escaleras, lo toma del brazo y lo obliga a girar.

Esos ojos verdes la miran desde arriba, le arrancan el alma, la hacen tragar saliva, sentirse pequeñita. Abre la boca para decir algo, pero Harry se le adelanta:

—Tú tampoco deberías estar aquí Hermione.

La manera en que lo dice, clavando su miranda en sus labios, con ese tono tan profundo, le da a entender que él lo recuerda, ese beso... esa dulce agonía que duró unos pocos segundos...

—Me quedaré hasta que mejores —suelta y saca el frasquito plateado de su bolsillo —, olvidaré que has escapado de casa si tomas esto.

—No necesito nada. Estoy bien y si tanto lo deseas cuéntale a Kingsley, si cree que me tendrá aquí encerrado toda la semana está equivocado —gruñe y sube las escaleras malhumorado.

—¡Harry!

Ni siquiera voltea, Harry se mete en el baño y el sonido de la ducha se escucha. Aun así, no piensa darse por vencida. Pero por el momento, Hermione gira y se acerca al auror. Se dedica por unos minutos a traerlo a la normalidad, pero cuando lo hace, el pobre joven se encierra en el baño a vomitar.

—¿Quiere que llame a Kingsley? —le pregunta preocupada, tocando la puerta.

—¡N-no! N-no lo defraudaré, me quedaré a-a cuidar al Señor Potter —exclama asustado —, por favor, soy nuevo, no le cuente lo ocurrido al Ministro...

Hermione suspira.

—Está bien. Descanse todo lo que necesite, creo que puedo hacerme cargo de Harry por ahora.

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Cuando siente que va a explotar del hambre, Hermione explora la Mansión en busca de la cocina. Todo es tan elegante que se queda mirando todo por un largo tiempo. Claramente su amigo en estos años se había vuelto uno de los magos más ricos del mundo.

Los pasillos son tan largos, son tan numerosas las puertas y escaleras que Hermione se termina perdiendo. Se encuentra mágicamente en el último piso, ya no sabe ni cómo llegó ahí. Una puerta al final del pasillo le llama la atención, se ve diferente a las demás, mucho más pequeña y de un rojo carmesí. Siente como le pica la curiosidad y no puede evitar acercarse.

Toma el picaporte, pero no abre, así que saca su varita, y después de varios intentos fallidos suelta un suspiro.

—¿Quieres ver lo que hay dentro?

Aquella voz la hace dar un salto del susto. Hermione gira rápidamente y se encuentra con Harry, mirándola con ojos brillantes, con una diversión perversa, que la hace temblar de pies a cabeza.

El león se acerca hasta acorralarla contra la puerta. Las manos fuertes de él se colocan en sus caderas y la obligan a girar otra vez, quedando atrapada entre su cuerpo y la entrada de la habitación.

—Harry...

—¿Quieres verlo? ¿Sientes curiosidad? —susurra en su oído erizándole cada vello de su piel.

—N-no... yo... lo siento, n-nunca quise husmear, solo... solo me perdí —tartamudea nerviosa, caliente por sentirlo tan cerca, no puede pensar con claridad.

—Se suponía que nunca deberías descubrir este piso y en especial esta puerta —murmura contra su cuello —. Pero siempre tienes que comportarte tan curiosa Hermione Granger...

La bruja cierra los ojos ante la mención de su nombre, siente la necesidad de gemir, de suplicar que la toque...

Necesita controlarse... ahora...

Hermione toma aire y abre los ojos de nuevo, siendo demasiado consiente de esas manos masculinas sobre sus caderas, apretándolas con tanta posesión...

—¿Qué... qué hay detrás?

Necesita saberlo. Si es una puerta tan alejada de todo debe esconder algo muy secreto, algo muy íntimo allí, y eso es lo que Hermione necesita para recuperar su confianza: compartir secretos.

—¿Segura que quieres saberlo?

Asiente, sintiendo ese cosquilleo de excitación en el vientre.

—Bien, mueve tu varita y susurra "Amortentia" —le indica rozando sus labios sobre la piel de su cuello.

La bruja mueve su varita y jadea aquella palabra clave.

La puerta se abre de repente, dejando ver su interior. Hermione se queda sin aliento al descubrir todo lo que hay allí.

—Aquí es donde me gusta jugar —musita como si fuera un secreto que nadie más debe saber —. Puedes entrar a ver si quieres...

Las manos de Harry la empujan suavemente hacia adelante y Hermione entra al cuarto rojo, aun atónita, con las piernas como gelatina.

Puede ver una cruz pegada en la pared, con esposas metálicas clavadas en ella, látigos por todas partes, sogas colgadas del techo, objetos de cuero y metálicos que no tienen idea de para qué sirve pero se puede imaginar... las suaves luces le dan un aspecto íntimo, erótico a la habitación, iluminando cada sección de juegos.

Puede sentir como Harry la sigue por detrás, cerca, y eso no hace otra cosa que ponerla aún más nerviosa y colorada.

"Harry en eso es... peligroso"

Ahora lo entiende. La advertencia de Ginny... todo tiene sentido ahora. Recuerda a la mujer amarrada en el gimnasio, a Harry... a Harry le obsesiona la posesión...

Hermione se lleva una mano al rostro mirando todo con detalle, dando vueltas por la habitación sin poder creerlo aun. No sabe que sentir al respecto, esa parte oscura de Harry es más grande de lo que hubiera imaginado jamás.

—Aquí traes a tus... a tus mujeres, ¿verdad? —le pregunta, deteniéndose. El elegido vuelve a pararse detrás de ella.

—Sí.

—¿Algún día... algún día trajiste a Ginny? —no puede evitar preguntar. Harry se queda en silencio por un momento, y suelta un suspiro.

—Cuando armé este cuarto y le revelé a Ginny que quería usarlo, desde el primer momento en que entró supe que no iba a funcionar con ella, así que cuando me dijo que no pensaba usarlo no me sorprendí. Ginny nunca tuvo la confianza suficiente conmigo... —le explica con suavidad.

—¿Por eso la engañaste? —susurra.

—Ginny y yo nunca fuimos compatibles... creo que eso en el fondo lo sabes Hermione.

La bruja sonríe amargamente.

—¿Por qué me dejaste entrar y ver todo esto? Yo no... yo no siento afinidad por estas... por estas cosas...

—Necesitaba saber cuál sería tu reacción... —dice en voz baja. Hermione se gira y lo encara, lo mira a los ojos con firmeza.

—¿Cual creías que sería mi reacción? Me siento igual que Ginny, todo esto es tan... tan... sucio.

Harry le sostiene la mirada por demasiado tiempo, haciéndola sentir inquieta, su corazón late con tanta fuerza...

—Desde que volviste, desde el primer momento en que te vi, allí en el gimnasio, con ese cabello largo y esos labios pintados de rosa, quise tenerte aquí.

—No.

—Sí —dice con una sonrisa, acercándose, toma su rostro con delicadeza y la hace mirar hacia el fondo de la habitación —, desde ese primer día te imaginé recostada en esa mesa —susurra en su oído —, desnuda, atada, suplicándome más...

—No Harry, nosotros no podemos... por favor, no quiero... no quiero que suceda algo así entre los dos...

—Si quieres, vi tu expresión apenas entraste, tú... tú lo quieres tanto como yo, Hermione. Eres diferente a todas, sientes curiosidad y eso... eso me fascina...

La castaña lo empuja y sale de la habitación lo más rápido que puede. Harry apoya su frente contra la pared, sintiéndose desesperado por saciar aquel deseo que Hermione ha comenzado desde su regreso y que ha aumentado al pasar los días.

El deseo, el dolor creciente en su pecho como cada vez que tiene un ataque, esa sensación de furia por aquel maldito auror que la había tocado... lo está volviendo loco, más posesivo de lo que se ha sentido jamás.

La convencerá, la tendrá en ese cuarto, la hará suya hasta la locura, después de todo, lo presiente, lo siente en cada célula de su cuerpo:

Ella también lo desea y podría hasta jurar que con la misma intensidad que él.