Cuerpo cautivo


Albert Wesker & Claire Redfield


Capítulo cuatro: De sueños y pesadillas.

Say goodbye,
As we dance with the devil tonight
Don't you dare look at him in the eyes,
As we dance with the devil tonight.

Trembling, crawling across my skin,
Feeding your cold, dead eyes,
Stealing the life of mine…

Dance with the devil - Breaking Benjamin.


Descargo de responsabilidad: Ninguno de los personajes de Resident Evil son míos en lo absoluto.


Claire pasó oficialmente de la sanidad a la locura en menos de 4 horas. Estaba muerta del aburrimiento; por si fuera poco, había empezado a oscurecer. El huso horario sería sólo un pequeño inconveniente más al cual tendría que adaptarse.

En ese momento hubiera dado cualquier cosa por tener, al menos, un cuaderno y una pluma con los cuales distraerse.

Con la tímida luz del sol ocultándose por la cordillera, la joven pelirroja comenzó a temblar de frío. Le vino a la memoria lo protector que había sido el abrigo de piel del ex—capitán contra las bajas temperaturas; e inmediatamente, una poderosa sensación de repudio por el pensamiento, el cual provocó que liberara un alarido salvaje en la habitación vacía.

¡Es que simplemente ya no lo aguantaba! Y para empezar… ¡Por qué rayos debía tener ese tipo de pensamientos! Lanzó los cojines de la sala al otro lado de la habitación.

¿Estaba perdiendo su sanidad?

Su reino por una ducha caliente y un libro.


¿No debería estar adentro celebrando? —.Al escuchar esa voz dulce, se dio la vuelta con un gesto suave, muy poco común en él.

De verdad, muy poco común.

Al pie del quicio de la cafetería estaba la pequeña Redfield, con una bufanda beige alrededor del cuello, una taza de café en una mano, y la otra por detrás de la espalda, como deseando esconder algo. Vaya obviedad… característica innata de todo Redfield.

Vine a tomar un poco de aire, eso es todo.

Pudo notar el gesto que adoptó la joven, con las mejillas encendidas, como si hubiera interrumpido un momento muy íntimo y no supiera cómo retirarse. Al final, se armó de valor y avanzó hacia a él, entregándole la taza humeante. Wesker sintió su tímido calor detrás de los guantes de cuero.

Musitó un susurrante "gracias" lleno de cortesía, pero ausente de ánimo.

Le encantaba como cambiaba la mirada de Claire cuando se encontraba con la suya. Era una poesía. Una mezcla de reto y quizá admiración; como si tratara provocar algo dentro de su inerte personalidad. Era esa misma necedad la que Wesker no terminaba de entender. Parecía que sacarlo de su psique era una misión prioritaria en su agenda.

Sí, bueno, creo que todos llegan a ser un poco más que comunicativos después del tercer whiskey —mencionó la pelirroja suspicaz.

La chica dio un paso atrás, sus botas marfil moviendo la nieve que para ese momento de la noche era bastante profunda.

Sin embargo, no siendo muy exacta al calcular la manera de extraer su pantorrilla de la nieve, cayó sentada sin hacer otro ruido. Trató de poner las manos contra el suelo, descuidando el objeto que con premura trataba de esconder: una caja de madera negra.

Él hubiera podido pescarla antes de caer, pero se hallaba distraído mirando la noche, recargado desde su automóvil, sorbiendo un trago de café.

No pudo evitar sonreír. Y tuvo que luchar, por primera vez en su vida, por contener una carcajada. Bien era divertido ver a alguien tratando de mantener el porte todo el tiempo y fallar olímpicamente.

Una hora antes hubiera dado todo por estar camino a casa; ahora no le parecía tan mala idea pasar una noche fuera del ordenador y sin señal en el teléfono. Se acercó con cuidado, sus botas de combate pesaban lo suficiente como para terminar con la misma suerte que Claire. Le tendió la mano, mirando a la joven, quien para ese momento ya era un libro abierto de par en par.

Y su rostro decía: "Maldición… ¡¿por qué a mí?!"

¿Se encuentra bien? —. Wesker se dio tiempo para contemplarla, mientras la menor asentía apenada. Era tan bajita en comparación a él, y sin duda, mucho más joven.

Sí, estoy bien gracias. No tiene que contenerse de reír.

Debo admitir que me fue muy complicado negarme a hacerlo —dijo, con su típica sonrisa ladeada.

¿Cuántos años tendría Claire? ¿Veintidós quizá?

El capitán la ayudó a erguirse, y quedaron tan próximos que casi podía sentir su aliento en el rostro, dibujándose en el aire. Creía ser capaz de sentir su piel durazno contra sus mejillas.

Merecía un poco de crédito y entretenimiento de vez en cuando; podía permitirse unos cuantos minutos con la joven y complacerse con su clara atracción. No le encontraba ningún inconveniente, y hasta cierto punto, alimentaba su ego de hombre. Claire no le había parecido particularmente hermosa cuando la conoció, pero estaba dotada con ciertas cualidades que no permitían que pasara desapercibida; piernas torneadas, cintura pequeña y formada, y su cabello. Cielo santo, si algo había en ella que lo atraía sexualmente eran esas largas hebras de cabello que le caían hasta la cintura. Llamaba tanto su atención que podía pasar varios minutos observando la rojiza y larga cabellera mientras conversaban.

Sabía perfectamente que se trataba de la novedad; unos cuantos días y no volvería a verla en su vida, lo que sería una suerte porque no le hacía falta ninguna otra distracción por el momento. ¡Qué equivocado había estado y qué extraño el admitirlo!

Bueno… yo…

Claire desvió la mirada, y recuperó la postura.

Era tan cómico verla nerviosa. Revolviendo la caja entre sus manos, enterada de que su sorpresa no lo era más. Aunque sus nervios estaban totalmente justificados; solos, afuera, en un casi completo silencio, su pecho prácticamente sobre ella, quien debía de alzar el rostro para poder mirarlo a los ojos.

La estaba intimidando; lo sabía y le fascinaba.

Quería… —. La joven se aferraba a la caja, casi con recelo.

Él podía escuchar ciertos revuelos dentro de la cafetería, y no dudaba que fueran a buscarlos pronto. No quería propiciar alguna escena comprometedora, por lo que retrocedió un par de pasos.

Me temo, señorita Redfield, que el sueño comienza a nublarle el juicio. Tal vez debería volver a dentro.

El gesto nervioso de la pelirroja desapareció dando paso a la indignación en su mayor expresión. Gracias a Jill había aprendido a descifrar la mayoría de gestos femeninos habidos y por haber. Podía interpretar ese en algo así como: "Tengo algo importante que decir y ya que no reúno el valor de hacerlo, ¡me cabrea que me interrumpas!". Valentine también lo ocupaba muy seguido.

Sólo venía a darle esto —. Claire extendió el paquete, tambaleante. Albert Wesker se quedó de pie. Literalmente, congelado. No quiso demostrar sorpresa, y no lo hizo. Lo último que deseaba hacer notar era que esa chica le había bajado la guardia mejor que nadie en muchos años.

"¿De qué se trata?", se preguntó el capitán, tomando el regalo que Claire miraba impaciente, casi como si se preguntara si estaba haciendo lo correcto.De cualquier manera, lo hecho, hecho estaba y era demasiado tarde para arrepentirse.

Y el rubio sólo podía preguntarse por qué. Apenas si se habían tratado sin que todo terminara de una manera inesperadamente desastrosa; su indiferencia hacia ella había llegado a tal grado que no le sorprendería si el contenido neto del paquete fuese una serpiente, o en el mejor de los casos, un explosivo.

Feliz cumpleaños, capitán —fue apenas un murmullo. Dios, era una chiquilla todavía. ¡Una simple chiquilla como cualquier otra! ¡Y, por si fuera poco, la hermana menor de Redfield!

Sin embargo, no podía dejar de pensar que era la persona que había llegado más lejos con intenciones de conocerlo, o al menos tratar, paso a paso.

Ninguna de sus palabras amargas, malos gestos o miradas frías, había logrado alejarla.

Deartheart…

Se dio cuenta de que había discutido cerca de una hora con Jill, argumentando que se hallaba demasiado ocupado como para desperdiciar el tiempo en semejantes tonterías. No obstante, dándose cuenta de que su trabajo estaba concluido y que no le vendría mal un trago, había terminado por acceder. Eso y que estaba fastidiado de las impenetrables barreras argumentativas de Valentine.

Y… ¡vaya sorpresa!, la chica había hecho todo eso exclusivamente por él.

No estaba seguro de que esa fuera su fecha de nacimiento. Había cosas en su historia que simplemente no coincidían, y por ahora, eran difusas. No obstante, su vista estaba puesta en el futuro y todo lo demás resultaba irrelevante. Excepto por una persona. En ese momento, si alguien se atreviera a preguntar y él se dignara a contestar, diría que Claire iba a ser última persona que conocería ese lado de él. Y, aunque ni siquiera Albert Wesker en persona, pudiera saber qué significaba esa sensación de complacencia en su pecho, estaba seguro de que no dudaría mucho.

Y, por primera ocasión, bailando con el demonio, se arrepintió de no poder mirar esos ojos aguamarina y decir algo más. Quería decir adiós, porque ese instante iba a ser su despedida.

Su piel, fría, congelada, quería creer que ella estaba ahí para mostrarle que no estaba muerto del todo. Que sólo un poco, por dentro, por las noches, cuando a paso propio sería conducido por ese camino de sombras que nadie más entendía, y significaba la vida para él. Porque tenía que asesinar, traicionar, y pese a todo, conservar el corazón latiendo.

La estaba observando con tal intensidad que la pelirroja tuvo que desviar la vista. Pero Albert no podía evitarlo. Quería grabar cada uno de sus gestos, su sonrisa, su voz temblorosa. Era sólo una imagen, como cualquier otra, que a primera vista carecería de algo especial, ya que los humanos somos recuerdos; para su tormento, él seguía siendo humano. Y así, cuando la recordara, mientras mirara su reflejo, no conservaría el vacío de un adiós que guardó en lo profundo de su mente calculadora. No serían un par de ojos azulados y una cabellera roja regada en el suelo, acompañados de un rostro que no volvería a ver jamás, los que le robaran horas de sueño.

Después de unos segundos de silencio, Claire buscó una válvula de escape para su incomodidad.

¿Volverá adentro? —dijo mirándose las botas, que se habían convertido en una maravilla universal.

En un segundo, corazón. Estoy seguro que para este punto de la noche alguien está bailando o cantando alrededor de una fogata.

Supongo que tendré que unirme al baile, entonces —concluyó ella, bromeando.

La chica asintió y le dedicó una sonrisa. Y en realidad, la última que sería dirigida con sinceridad hacia él…

Claire comenzó a andar hacia la puerta. Desapareció dentro de la cabaña, dejándolo con sus pensamientos.

El líder de los STARS destapó la caja sin preámbulos, para qué evitar decirlo, curioso por lo que ella hubiera podido elegir regalarle. Las cualidades interpretativas de esa joven mujer eran dudosas.

En el interior de la caja de madera negra había una pulsera de plata, colocada ceremoniosamente sobre un trozo de terciopelo azul marino.

Ojalá pudiera recordar lo que pensaba en ese momento, pero lo único que tenía claro, es que no volvió a tener una noche con esa clase de ideas rondándole la cabeza.


Wesker despertó súbitamente. Un chasquido al fondo de la habitación, producido por un simio víctima de sus investigaciones, había sido el culpable de traerle a la realidad.

Tan pronto pudo formular un pensamiento coherente se preguntó qué demonios estaba sucediéndole. Jamás se había quedado dormido en el laboratorio y menos sentado frente al ordenador. Supuso que la causa de dicho baje en sus energías era su ritmo de trabajo durante el último mes. No podía recordar su última comida y las horas de sueño que llevaba acumuladas esos dos días eran las únicas que había obtenido en la semana.

Se quedó recargado en su silla durante segundos, pasando una mano desde su frente hasta su cabellera. Cuando bajó la palma se deslumbró con un brillo plateado entre sus mangas.

Las imágenes de su sueño vinieron con una poco natural lentitud.

Entre los pliegos de su camisa estaba su cadena.

La tomó con la otra mano y la arrancó sin pensar. Ésta pareció partirse a la mitad, cual si fuera hilo, pero al parecer sólo había sido desabrochada con brusquedad y no estaba atrofiada por completo.

Qué reverenda estupidez había sido aquella noche…

Había conservado esa pieza de metal durante de años. Un pedazo de metal común y corriente.

Lanzó la pulsera de plata sobre su escritorio, apagó las luces y abandonó el laboratorio con sus botas de combate resonando en el suelo lustrado.


No había escuchado otro sonido en todo el día más que su propia respiración y un par de pasos fuera de la sala. 6.7 tablas de madera era la capacidad por metro cuadrado de suelo en aquella habitación. Patético saberlo: probablemente. Tenía hambre y la ociosidad le llevó a tirarse directo sobre la superficie de caoba, tratando de relajar sus músculos cansados y encontrar una distracción momentánea mirando las pinturas del techo. Debía admitir el gusto refinado del decorador.

Finalmente, Claire Redfield, se encontró tirada sobre la alfombra pensando en sus amigos. Extrañaba los regaños de su hermano, la forma tan particular en la que Leon le expresaba su afecto, extrañaba su propia cama, su trabajo, sus pasatiempos. En pocas letras, echaba de menos su vida.

Debían ser aproximadamente las siete de la noche, —aunque Claire no podía decirlo con certeza ya que no había ningún reloj en la estancia— cuando escuchó un clic en el seguro de la entrada, como una llave giraba y vio a su atormentador personal entrar con sus pesados pasos.

Genial, y ella seguía tirada sobre el suelo, como pordiosera. Wesker le miró con la ceja enarcada; se le veía más relajado, y si bien la frialdad no se separaba de su rostro, no había ninguna señal de impulsos homicidas en sus gestos.

—Se-señorita Redfield. Creo que usted no ha terminado de comprender la función esos… —dijo el mayor, señalando los muebles situados en la orilla de la habitación.

La pelirroja terminó de sentarse; aún se conservaba en sus adentros esa sensación de vacío al mirarlo, pero había tenido el suficiente tiempo para calmar el disgusto y el repudio extremo. De cualquier manera, nada podía hacer. Sería desde ahora hasta que pudiera salir de allí una constante en su vida, y las reglas de supervivencia dictaban que tenía que aprender a sobrellevar.

—Es una bonita alfombra —inquirió la chiquilla, sacudiéndose el cabello y terminando de soltárselo por completo.

De pronto, el sueño que Wesker había tenido esa misma tarde, cobró algo de sentido.

Claire no era del todo desagradable. No olvidaba lo lista que era y, hasta ahora, conservaba su astucia y facilidad con las palabras, cuando no estaba tartamudeando, por supuesto… Verla ahí, le devolvió la imagen de una chica con apenas la mayoría de edad, sorprendida de una persona como él. Sus preguntas, su mirada verde, su sonrisa; todo eso que ahora evitaba que sacara su arma y le partiera la cabeza.

¿Debía el rubio preocuparse por algo así? Pero como ya lo había pensado otras veces a lo largo de su vida, él podía resolver todo ese tipo de inconvenientes en un segundo.

Claire jamás se había sentido tan decepcionada con respecto a alguien. Y, a decir verdad, no terminaba de entender por qué le importaba tanto. Wesker seguía utilizando su traje de combate, a pesar de que su rostro se hallaba con una pequeña capa de sudor que pudo ver contra la luz… Ahora que lo miraba mejor, lucía algo diferente. Parecía haber corrido varios kilómetros esa misma mañana.

—Acompáñeme… —. Fue la única instrucción que le dio. Claire se sentía muy incómoda, y no tenía ánimos de moverse. Sus ropas se hallaban olorosas de tierra, humedad y sudor.

— ¿A dónde vamos? —preguntó, y a pesar de que cualquiera pudiera considerarlo una imprudencia, su orgullo era lo único que la mantenía con todas sus tuercas girando.

—No creo que piense dormir en la alfombra, Además, no puede estar rondando en este lugar con sus prudentes modales.

"¡Inconcebible!", se quejó dentro de sí misma.

Recorrieron gran parte de los pasillos de la mansión, que era mucho más moderna que cualquier otra que hubiese visto. La sala era enorme; contaba con una pantalla y varias computadoras. El comedor era exageradamente amplio, siendo que era probable que ni siquiera Wesker ingiriera sus alimentos allí. O que ingiriera alimentos… Las paredes eran de color blanco y la mayoría del amueblado era negro, con unos cuantos detalles en rojo. Suponía que las partes más sorprendentes de la residencian serían la habitación de Wesker, su estudio y laboratorios personales.

Entraron a una habitación en el segundo piso, y Claire quedó fascinada por unos segundos debido a la hermosa vista del lugar. Había un reproductor de música, una cama amplia, roperos, y una puerta que podría ser el acceso al cuarto de baño. También un librero cercano a un escritorio pequeño.

—Éste será su cuarto mientras nos encontremos aquí; es libre de tomar cualquier cosa que halle en sus estanterías o muebles. La cena se sirve a las siete de la noche y me encargaré de que le envíen los alimentos adecuados en los demás tiempos del día.

Sobre las sábanas blancas de bordados rojos resaltaba una maleta gris.

—He mandado por una serie de prendas y objetos que podría llegar a necesitar. Se encuentran dentro de esa maleta. También… —Wesker se detuvo dentro de la frase— creo recordar que usted practicaba dibujo hacía algunos años, así que supongo le serán útiles los materiales que están colocados sobre el buro de noche.

¿Estaba siendo amable con ella? ¿Qué clase de regalos de culpa eran esos?

"Corazón, te compré un par de lápices porque casi te asesino por la mañana. Espero puedas entender… y sino, bueno, no me interesa", se burló Claire dentro de su mente, imitando la voz de Wesker.

—La sala, el estudio donde se encontraba hace unos minutos, son lugares que comúnmente se hallan en solitario —continuó su discurso el mayor, como el presentador de un programa de remodelaciones.

Estaba desconcertada por todas las facilidades. Sobre todo por lo ocurrido unas horas atrás. Estaba segura que debía temer a los homicidas con complejo de Dios, pero por algún motivo… no le temía. Sin embargo, con esos particulares cambios de humor, no sabía a qué atenerse. Era tratar de predecir la lluvia con una cinta métrica.

— ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué todo esto? ¿Qué soy ahora?, ¿tu inquilina? —preguntó la menor de los Redfield, cruzada de brazos.

¿Por qué esa mocosa no podía callarse y permitir que las cosas fueran como debían de ser? Estaba teniendo un gesto aceptable con ella y lo arruinaba con su horrible bocota. Y no sería la primera vez... Ni la última.

—Redfield, debería guardar sus reflexiones para usted… o escribirlas, es un buen pasatiempo, tal vez así superará su imprudencia maniaco obsesiva. Y si sigue mi consejo espero no me entregue su diario para amplia examinación.

Claire recordó ese día con más detalle del que hubiera deseado. Había planeado ir a almorzar con Chris, después de que éste terminara su turno. Sin embargo, el joven Redfield le había pedido a su hermana llevar un par de papeles a la oficina del capitán antes de poder retirarse, ya que el moreno se hallaba hundido en el trabajo que no había podido redactar la tarde anterior. Y como ella había llevado su diario para entretenerse mientras lo esperaba, entregó a Wesker la pequeña libreta color lila con todo y las bitácoras. Pero habían pasado 8 años de aquello… y nada era igual.

Vivir en un mundo de distracciones, no dejaba absolutamente nada bueno.

— ¡Al menos yo no juego con cartas en mi tiempo libre! —reprochó ella, no sabiendo qué decir para distraer la atención de Wesker de sus mejillas encendidas. Era su mecanismo de defensa para los deslices: decir lo primero que se le viniera a la mente.

No estaba en lo absoluto molesto por su reacción; contrariamente, era lo que quería. Llegaba un punto en el que dejaba de ser la señorita yo puedo con todo y se convertía en un chiste. Y ahí estaba, la antigua Claire Redfield. La que… aunque odiara admitirlo, no se trataba de una carga, y que, a veces, gustaba de contemplar desde sombras. Era todo lo que podía hacer, después de todo. Mirar.

—Es por eso que es tan mala…

—Claro que no, era mi juego introductorio, nadie puede esperar que sea tan vaga en eso cuando se trata de mi primer intento.

— ¿Vaga? —, Wesker ladeó la sonrisa sarcásticamente. —De acuerdo, corazón. Si es así, entonces la próxima vez veremos si puede hacer algo contra mí. Ahora, si me permite, tengo que retirarme por un par de horas. Creo que quedan sobreentendidas las prohibiciones que tiene: salir de esta residencia, entrar a habitaciones fuera de los límites que acabo de indicarle y cualquier amago que pueda quebrar nuestra… confianza.

¿Confianza? ¿Qué acaso estaba enfermo? Era un sádico, un verdadero sádico.

Claire se quedó sola en la habitación, sin poder evitar ver los pasos elegantes de su captor, retirarse del pasillo. Algo le decía que no iba a resistir mucho tiempo. Tenía que comenzar a planear una manera de contactar con el exterior, e intentar observar los itinerarios del rubio, empezando por descubrir donde se hallaba su habitación, y qué clase de información podría extraer de cada uno de los ordenadores.

Pero no ese día. Por fin había una barrera de separación entre Wesker y ella, y quería disfrutarla aunque fuera por unas horas. Con esa habitación no tendría que verle los lentes tan seguido.

Fue a investigar lo que la maleta contenía; encontró varias prendas íntimas y exteriores, blusas sencillas y vaqueros pequeños, como los que siempre había utilizado en la universidad; un pijama de seda blanco, jabones de exquisitos olores, así como un par de libros. También una chamarra gruesa, de bastante utilidad en esos días. Todas las ropas de buen gusto, y un alivio para ella porque, siendo realista, ya había considerado la posibilidad de tener que conservar su muda por semanas, sino es que meses.

No obstante, no podía evitar experimentar cierto remordimiento al aceptar todos esos objetos; era casi como fingir que se hallaba de vacaciones, mientras todo el mundo la pensaba muerta o encadenada, víctima de las torturas del ex—capitán hasta que fuese rescatada.

Sonaba tan mal.

Rescatada…

¿Qué no podía huir? ¿Salvarse a sí misma?

Suspirando con resignación, aprovechó y no se la pensó dos veces. Se encerró dentro del cuarto de baño y abrió las llaves. El agua caliente fue capaz de renovar su ánimo completamente. Retiró poco a poco la ropa, temblando un poco antes de entrar a la tina. Dejó que el agua lavara todo su estrés y dolor.

Porque, en esos últimos días, nada había resultado bien. No podía ver más allá del rubio. En ella había una mezcla de repudio, decepción… odio y… para qué negárselo, preocupación.

Sentía como si hubiera una barrera entre la realidad y la mansión donde se hallaba cautiva en los dominios del tirano. Bien podía golpearla y humillarla un día, para después, venir y tratar de conversar como dos personas que se podrían llegar a tener alguna clase de estima.

Salió de la ducha hasta que las yemas de sus dedos se arrugaron como pasas, se cambió tan rápido como pudo con su pijama, sin dejar de temblar mientras secaba su cuerpo. Era confortable haber podido lavar su cabello y utilizar ropa nueva.

Las luces de la noche, entrando a través de las cortinas, le dieron la inspiración suficiente para tomar los cuadernos y lápices… prendió la pequeña lámpara de dibujo, moviendo el lápiz nerviosamente de un lado a otro.

Comprobó que el reproductor de música funcionaba, sin embargo, no había ningún CD a su alrededor por lo que prefirió apagarlo y disfrutar de la tranquilidad de la noche que caía sobre ella.

Se quedó dormida, por primera vez desde que había "desaparecido" de la faz de la tierra, en paz consigo misma, mientras dibujaba.

Antes, no pudo evitar preguntarse a dónde rayos habría salido Wesker a esas horas. Bien podría tardar semanas en volver. O no hacerlo.


Un par de manos cruzando su piel, tirando de las cobijas hacia afuera. Claire miró a ese par de ojos furiosos y rojizos que se complementaban con la sonrisa sádica de su atacante.

¿Qué sucede? —cuestionó temblorosa. Nadie irrumpía así en una habitación de tal manera, sin tener presente una buena razón. Quiso volverse a cubrir con las sábanas, pero el tirano no se lo permitió.

Trató de levantarse, salir de allí, escapar, pero Wesker colocó la mano sobre su pecho, obligándola a mantenerse contra la cama. Gimió de dolor cuando la presión fue demasiada y evitó que pudiera controlar su respiración.

Después, él mismo abordó la cama, colocando sus rodillas a cada lado del cuerpo de Claire, imposibilitando su movimiento.

¡Qué estás haciendo! —trató de protestar, pero de antemano se daba cuenta que no tenía ningún sentido resistirse.

Trataba de soltarse, pero Wesker se aferraba a ella. Tenía una absoluta posesión de sus movimientos.

El ex—capitán le quitó la chamarra a una sola mano. Besaba su cuello desesperadamente, consumiéndolo y arañando sus brazos, llenándolo de horribles marcas.

¡Por favor, basta! —gritaba Claire Redfield desesperada, pero el científico de Umbrella no iba a detenerse ante sus suplicas. Era deseo o posesión, la pelirroja no conocía el motivo. Tal vez era simple sufrimiento el que quería causarle. Una lenta agonía para vengarse de su hermano: hacerla hundirse en llanto y un grito desesperado ahogando su garganta, en un silencio perpetuo.

Ella se revolvía en la cama, sintiendo los latidos de su corazón como una cuenta hacia atrás.

Vamos a divertirnos mucho, Claire…—murmuró el hombre entre gemidos, prácticamente arrancando la piel de sus muñecas por la presión que ejercía sobre ellas.

Después de haberse deshecho de su chamarra, recargó todo su cuerpo contra ella, y comenzó a retirarse la casaca de combate mientras pasaba las manos a través de su vientre y su cintura desnuda.

¡Te lo suplico, Wesker, no hagas esto, por favor!

¡Deja de lloriquear! —gritó el rubio al tiempo que sus manos tocaban las piernas de Claire. Su pequeña bata de noche se desagarró por el tacto de esas manos que se aferraban a ella con cólera, vehemencia incapaz de controlarse.

¡Wesker por favor, Wesker! ¡Albert! —gimoteó la pequeña pintora, mientras empezaba a hipear. Y tenía que tragarse las lágrimas, y girar el rostro a otro lado, con las manos del mayor deslizándose cada vez más debajo de su anatomía.

¡Detente, Albert!

— ¡Redfield, despierta, vamos! —aludió un hombre de voz arenosa, mientras sacudía a una joven que se revolvía con angustia.

La menor abrió los ojos y se sentó sobre la cama con un movimiento abrupto. Volteó la vista alrededor de la habitación, tratando de verificar que esa era la realidad y no su pesadilla.

Enfrente y sentado a un lado de su lecho, estaba Wesker con un gesto inusual. Era confusión. La joven mujer se sorprendió enormemente, ya que el rubio no llevaba lentes, por lo que pudo contemplar las orbes brillar de un rojo intenso. Tuvo que bajar la mirada, pues jamás las había observado tan de cerca.

Claire recordó las imágenes de su sueño como algo nítido y real. Quiso acallar la voz de su mente, que irracional y víctima del miedo, lo visualizaba como algo veraz.

—No es que sea de mi incumbencia lo que sucedía aquí, después de todo. Traté de tocar varias veces, pero fue claro que no se encontraba en condiciones de… responder. No obstante, cuando escucho un grito a las 4 de la mañana me es difícil ignorarlo. Más aún si es mi nombre lo que vocifera una y otra vez, suplicando que me detenga…

Las mejillas de Claire se encendieron velozmente, restregó sus manos por su cara, y fueron lágrimas lo que repartió por toda la superficie.

"¿De qué te sorprendes? Trataste de asfixiarme con una mano", deseó poder contestar la chica de cabellos color fuego y mirada verdemar.

—Yo… sólo tuve una pesadilla, eso es todo.

Se rodeó con la sábana rosa, sabiendo que era muy poca ropa la que le cubría.

—Eso pude deducirlo. La cuestión es por qué… —Wesker tronó su cuello, desviando la vista a la ventana traslucida. ¿Por qué estaba yo allí? Se preguntó a sí mismo, eliminando lo evidente. ¿Qué podía esperar después de casi asesinarla por la mañana y haberla secuestrado más de una vez? Sin embargo, la chica se había destrozado la garganta aludiendo a una visión de él que no existía, que estaba en su mente, que la atormentaba entre sueños.

— ¿Por qué… por qué era tu nombre, eso quieres decir, no?

El asintió desganado. Había tenido una noche muy larga.

—Digamos que eras… más rudo de lo habitual. —No quería dar detalles. Era horrible el siquiera pensar lo que él había tratado de hacer esa noche dentro de sus pesadillas. Y peor aún, el siquiera tratar de explicarlo. Para espantar los demonios esa noche, todo lo que podía hacer era repasar en su mente una sencilla oración: "Él jamás me haría eso".

Albert captó la idea al momento, se alzó de la cama, dando un par de pasos por la habitación.

— ¿Qué tal estuvo la noche? —interrogó la pelirroja, tratando de normalizar la charla. Desviar era lo que mejor sabía hacer.

Wesker se acercó a la ventana, sus gestos marfil iluminándose con luz de luna.

—Bien, debo decir —. La pregunta lo tomó desprevenido; tampoco es que estuviera acostumbrado a recibir ese tipo de cuestionamientos. Más por la forma de la pregunta: tratando de averiguar cómo le había ido y no en qué había estado trabajando. Una pregunta sincera… eso era todo.

— ¿Volverás a dormir? —consultó el mayor, dispuesto a salir de la habitación.

—No lo creo. ¿Tú? ¿Irás a la cama?

Albert negó con la cabeza, colocándose los lentes nuevamente, recordando la incomodidad que había visto en ella al mirarlo directo a los ojos carmín.

"Fue sólo tu imaginación, Claire", se tranquilizó a sí misma. Necesitaba recuperar una visión agradable de él. No sería capaz de volver a dormir si no lo hacía.

— ¿Cartas… en la sala?

"¿Qué haces Claire?"

—Tengo un par de horas… Le espero allá, no tarde —contestó, dejándola para que se vistiera adecuadamente. Y con un tono de monarca, caballeroso y refinado, dijo: —Jamás sería capaz de tocarla de esa manera.

Y por algún motivo, Claire Redfield, creyó en eso.


¡Hola! ¿Qué tal? ¿Me merezco un par de mensajitos por 17 páginas en Word o no?

Bueno, espero les haya gustado, y el próximo será mucho más intenso… Y espero que un poco más corto.

Siento que me emocioné un poco.

Pero bueno, ya están más que cerca estos dos, y sus viejos sentimientos.

Y claro que no iba a hacer que Wesker violara a Claire… Inconcebible.

Era sólo un pequeño susto; digamos que para demostrar que él es incapaz de ciertas cosas, pero muy capaz de otras.


Polatrix: ¡Hola mujer! Aquí está una de tus peticiones hecha realidad. Gracias, por recordarme que debo escribir. No sé dónde estaría este fic sin ti. Nos leemos luego. :D

Ariakas DV: Hola, muchas gracias por seguirme. Me pone muy de ánimos leerte y que continuas siguiendo la historia. Espero que este capítulo también te guste.

Cpkennedy: Sí, yo también vi un par de videos de ellos con ese título. ¡Les queda a la perfección esa canción! Y más a Wesker. :D Si te gusta esa canción deberías de escuchar la que puse esta vez. Es realmente buena y queda bastante bien para el capítulo. Espero puedas dejarme tu opinión nuevamente.

Diana: ¡Muchas gracias! Jaja… me alegra que te hayan gustado mis historias de Resident. Otras… en proceso de publicación. Espero puedas permitirme leer tu opinión nuevamente. Nos vemos.


Fecha de la última revisión ortográfica: 11 de julio del 2018

[A quien encuentre una falta de ortografía, le debo un helado.]