Capítulo 4. Verde esmeralda

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Yuuri boquea como si fuera un pez fuera del agua. Toda la sangre recorre a velocidad trepidante cada una de sus venas y llega hasta el corazón, donde provoca un fuerte choque de electricidad.

Siente un golpeteo salvaje en sus costillas y la panza inflada como si se hubiera tragado una vaca y estuviera completamente lleno.

Pero él está ahí. Y lo está mirando.

Esos ojos verdes del color de las esmeraldas refulgen con la fuerza del sol y brillan sobre sus propias pupilas obscuras.

- Yuri… - musita, voz queda, brazos laxos a los costados.

El nipón no sabe con exactitud que hace el muchacho ahí, mirándolo como si quisiera enterrarle un cuchillo en el pecho. Hay odio guardado pero también curiosidad de gato.

Y no puede sostenerle la mirada por más tiempo, su timidez rezuma en todo su esplendor nuevamente, volviéndolo sumiso e introvertido, como siempre.

El otro Yuri sonríe, ha ganado en su propio juego. Ese pequeño cerdo omega no es rival para él, así que obviando su presencia, pasa a su lado, hombro contra hombro. No es un roce sutil, es un golpe que incita.

- ¿Yuri? – Katsuki se gira sobre sus talones y camina detrás del ruso.

- ¿Mhm? – pero el rubio sigue caminando, pasando olímpicamente del omega.

- No puedes pasar, estamos en una junta muy importante – dice, su voz buscando aliento.

- Me importa un rábano, dile al idiota de Víctor que necesito hablar con él – demanda, el acento ruso bailando entre las consonantes.

- ¡No!

El rubio se voltea bruscamente, su nariz a punto de chocar contra la nariz de botón de Yuuri.

- ¿Disculpa? – enarca una ceja, ahora sus ojos llamean de ira mal contenida. Yuuri se mete dos dedos en el cuello Mao de su camisa azul platino.

- Es que no puedo… interrumpirlo – el joven ruso está invadiendo su espacio personal. Muy cerca de él, mostrando esa sonrisa altanera que le pone los pelos de punta.

- O le dices que estoy aquí o hago un escándalo.

Y Yuuri sabiamente no quería un escándalo en la recepción. Ya tenía suficiente con algunos ojos curiosos y ceños fruncidos. No se daría el lujo de perder ese empleo que tanto trabajo le había costado conseguir.

- Está bien – concede, baja la mirada y entrelaza sus manos hacia el frente. A Yuri esa actitud le produce escalofríos. Odia cuando los omegas se someten ante los alfas.

Empero no le da tiempo de replicar acerca de la actitud del nipón, porque Yuuri escapa en busca de Víctor.

Suspira profundamente.

Minutos después, Víctor se le pone al frente, ceño fruncido y brazos cruzados.

- Yura, ¿qué haces aquí? – Yuuri no hará mención –por esta ocasión – de que sólo Yura es de su abuelo, nadie más puede llamarlo así.

Él también cruza los brazos y adopta una pose arrogante. El cerdito está escondiéndose detrás del cuerpo fornido de Víctor, lo que lo hace rabia un más. ¿Qué él cerdo no podía defenderse solo?

- Necesito dinero – la voz freía y demandante de Yuri abunda por el rellano del edificio. Haciendo eco en la cabeza del ruso mayor.

- Ah… y por eso interrumpes una junta importantísima de mí trabajo. ¿no? – por vez primera, Yuuri ve a Víctor molesto. Lo cual es un evento que nunca pensó presenciar.

- Sí – contesta el menor con su habitual pedantería.

Yuuri casi puede escuchar el rechinido de los dientes de Víctor.

- Lo siento, Yura. Pero no puedo dártelo – Víctor serena sus facciones, empero los ojos de Yuri se abren cual platos.

- ¡Qué! – esperaba que lo que Víctor acababa de decir no fuera cierto. Porque de ser así…

- Lo digo en serio, esta semana has gastado más de lo que deberías y no entiendo porque el afán de…

- Eso a ti no te importa – dice Yuri hastiado de la actitud de Víctor. Lo peor es que estaba siendo humillado frente a un omega.

Y no cualquier omega, sino el omega que lo ponía de un humor de perros.

- ¡Tú no puedes hacerme esto! ¡Ese dinero es mío! – el rubio pierde los cabales, toma a Víctor de las solapas, el nipón se escandaliza y trata de empujar al ruso menor por los hombros.

- Yura…

- Por favor, suéltalo – media Yuuri con su voz suave. Yuri lo mira de soslayo.

Esos ojos avellana y esos labios rosados…

- ¡No me toques, maldito cerdo! – repentinamente, sin que nadie lo esperara, Yuri empuja al otro Yuuri haciéndolo caer en sus cuartos traseros.

A Víctor se le conoce como una persona tranquila, a pesar de su condición alfa, él odia el mal trato que se le da a los omegas o betas. No es como todos los de su especie, y por años esa cualidad lo ha caracterizado al punto de que otros alfa lo desprecian por no comportarse como uno. En los años que estuvo casado con la madre de Yuri y Mila, nunca tuvo que incurrir a la violencia hacia otra raza. Y esperaba que siguieran las cosas de esa manera, pero Yuri acababa no sólo de faltarle el respeto a su pareja, sino que lo había maltratado físicamente sólo porque Yuuri quería ayudar. Y ese comportamiento no se lo iba a permitir ni a Yuri ni a nadie más.

- ¡Víctor, que haces, suéltalo! – pronto, personas rodearon al trio. Víctor tomaba a Yuri del antebrazo zarandeándolo y mirándolo con un sentimiento que no podía identificar.

- ¡Qué esperas, viejo! ¡Hazlo! ¡Golpéame! – los gritos de Yuri se alzan por encima de sus cabezas.

El golpe es seco, aturdidor y el sonido resuena en la recepción dejando callados a todos los presentes. Yuri tiene el rostro ladeado producto de la bofetada, Víctor con la mano en el aire y Yuuri con los ojos más abiertos de lo que le era posible.

- Yura… l-lo siento – pero nada de lo que diga sanará a Yuri y lo sabe.

El menor se gira rápidamente, su orgullo arrastrado y los ojos llameándole de ira. Sale del imponente edificio sin dirigirle la mirada nadie.

- Víctor… - llama Giacometti. Yuuri se pierde entre las personas que son despedidas por el italiano con la promesa de que si siguen ahí los despedirá.

Víctor no puede sentirse peor, su hijo y su pareja se habían ido, dejándolo completamente solo y hundido en su propia miseria.

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- No podía creerlo, Phichit. Víctor nunca se había portado así, jamás le levantó la mano a nadie – Yuuri sostiene su taza de café con ambas manos.

Hace frío, empero en el departamento de su amigo tailandés la temperatura es cálida, como la personalidad del dueño. Yuuri no puede evitar que una sonrisa se le escape aunque no siente enormes deseos de sonreír.

No le dirigió la palabra a Víctor después de aquel incidente, se sentía mal por Yuri y también por el propio Víctor. Entendía de alguna manera que había sido su culpa, si no hubiera intervenido…

- Y vas a culparte, seguro. – Phichit se adelante a las protestas del nipón – no me digas que no, se te nota en los ojos, te sientes mal por Yuri. – El moreno acerca un plato de galletas a Yuuri, quien agradece el gesto con un asentimiento.

- Debiste verlos, parecían perros y gatos.

- Tu pobre alfa se exaltó, querido. Es parte de su naturaleza alfa.

Yuuri no replica, Phichit aún tiene la idea de que el hijo de Víctor es su destinado. Y aunque él quisiera desestimar dicha afirmación, la verdad es que de un tiempo para acá –desde el momento en el que conoció a Yuri que es poco- se ha sentido muy abochornado, en constante conflicto con su cuerpo. Parecía una maldita broma de la vida, porque no dejaba de pensar en el rubio ni un solo instante.

- Me siento mal por los dos, Phichit. No solo por uno. – Da un sorbo a su café.

- Sí, lo sé, pero ponte a pensar en el rubito. Es muy inmaduro aun, querido amigo, y tendrás problemas con ello, en algún momento ustedes van a copular y su carácter hostil no te lo pondrá fácil. Dicen que los alfas como él, incluso en el sexo son unos salvajes – Phichit dice con su aire de sapiencia. Yuuri lo mira con malos ojos.

- ¿No te importa acaso que Víctor y Yuri ahora están molestos?

- Claro, me importa, tanto como a ti te importa Víctor.

El japonés se pone de pie, deja la taza sobre la mesa ratona y se dirige a la entrada.

- Espera, Yuuri… ¿A dónde vas? – Phichit salta del sofá rápidamente, siguiéndolo con la mirada.

- A caminar, quiero estar solo.

- Oye, voy contigo.

- ¡No! Gracias, ya me ayudaste con mucho – dice Yuuri sarcástico. La verdad es que su amigo en estos momentos no estaba aligerando su carga emocional. Phichit no insistió, entendiendo que había sido su culpa en parte.

El clima helado de la ciudad despeina sus cabellos y besa su nariz. Yuuri sonríe, pero no es una sonrisa grande y abierta como las que suele tener todo el tiempo. Es una sonrisa triste, nostálgica, ligeramente taciturna. Rusia es su hogar, un hogar extraño y sombrío. Con personas que hablan un idioma gritón, con sus ojos de hielo y pieles pálidas como si por sus venas corriera hielo en lugar de sangre.

No es como en Japón, donde todos son serviciales y muy amables. En Japón, la gente siempre busca la manera de ayudar al prójimo. A pesar de que ciertas razas predominan sobre otras, no había una marcada distinción como en Rusia, y eso lo hacía sentir fuera de su zona de confort. Acostumbrado a ser bien recibido allá por donde iba.

La decisión de salir de su país había sido meramente al azar, una oportunidad que se te presenta pocas veces en la vida. Yuuri habría querido desistir, pero su familia lo impulsó a tomar el programa de becario e irse. Casi como si lo empujaran a propósito. Él era demasiado temeroso para los grandes retos.

Horas después estaba en un avión con un rumbo poco favorecedor. Rusia sonaba a problemas y climas bajo cero. Empero estaba dispuesto a probarse a sí mismo.

- ¿Cerdo? – su caminata bajo los nubarrones grises se ve interrumpida por la conocida voz del ruso de cabellera rubia.

Yuuri aprieta el paso, no quiere detenerse a dialogar –vanamente- con Yuri. La culpa no lo abandonada todavía y tampoco quería saber sobre Víctor. Aunque la culpa no era totalmente del platinado, escuchar sobre sus disculpas le parecía abrumador cuando lo que buscaba era soledad.

- ¡Hey, cerdo! ¡Te hablo! – escucha pasos hundidos por la nieve cada vez más cerca.

Dobla la esquina casi trotando, no hay nada de gente por las calles, el frío de la tarde no los deja realizar sus actividades normales, es entendible.

Mas la suerte no está de su lado. Una fuerte mano lo detiene del antebrazo izquierdo. Yuuri gira su cabeza asustado, y se encuentra con los ojos verdes de yuri.

- ¿A dónde vas, cerdo?