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Capítulo 3:

"Discusiones"

9 de enero de 1990, martes

Sioux Falls (Dakota del Norte)

Dean acompañó a su hermano hasta la puerta del colegio y se aseguró de que entraba a clase, el conserje le había impedido pasar al patio por lo que permaneció junto a la reja hasta que el pequeño entró en el edificio. Después fue a dónde Bobby había aparcado la camioneta y se subió al remolque a leer el comic de Tarzán que Sammy había sacado para él de la biblioteca de la escuela.

Iban a hacer prácticas con la escopeta en la chatarrería en cuanto el adulto volviera del supermercado y de hacer unos recados. Saltó de la trasera cuando lo vio llegar cargado con la compra y le ayudo a acomodar las bolsas en el maletero. El de la gorra le dio las gracias revolviéndole el pelo y le indicó que le acompañara.

Estaban en el parque público, apenas había gente pues la mayoría de los niños estarían aún en clase a esas horas.

- ¿Qué hacemos aquí Bobby?

- Vamos a jugar al Baseball – afirmó el cazador dándole un guante para atrapar la pelota.

- Pero se supone que debo practicar con el rifle – le recordó al de la barba que lanzaba y recogía en el aire una pelota

- Hoy no Dean, cógela – musitó lanzándole una bola fácil que el niño atrapó sin dificultad

- Tendrás que lanzar más fuerte - sonrió el pecoso devolviéndosela

- A ver ahora…

La idea de hacer jugar al chico surgió sin más cuando escuchaba la conversación del ferretero y uno de los clientes que se quejaban de que sus hijos eran muy mayores mientras contemplaban el set de baseball que estaba de oferta en la tienda de deportes junto a la ferretería. De repente pensó que un niño de once años (no cumplidos aún) debería estar jugando a algo en lugar de practicando tiro con un arma de fuego.

¿Cuántas veces había visto a esos niños practicar algún deporte o jugar a algo propio de sus edades? Había visto cómo Dean Winchester con sólo ocho o nueve años montar y desmontar armas de fuego en cuestión de segundos. Lanzar cuchillos con bastante puntería, fabricar bombas incendiarias… Por un día quería darle a ese niño un rato de normalidad.

Ni siquiera analizó la calidez de su corazón cuando al chico se le escapó la bola y corrió a buscarla riendo al ver un chihuahua que se la quería quedar. Se tiraron toda la mañana en el parque hasta que fue hora de recoger al pequeño.

Pero el día se torció con la llamada de John a su hijo. El chaval le contó su mañana recibiendo una severa reprimenda.

- Lo siento papá, no sabía… - muy serio el niño respondió uno de esos fríos "si señor" que a Bobby le escocían como el infierno

- Déjame hablar con tu padre Dean – pidió el teléfono al chico y lo envió a vigilar al pequeño – John…

- La tarea de hoy de Dean era practicar con el rifle, Robert, no que te lo llevaras a jugar a la pelota – le recriminó su amigo

- Es solo un niño John, necesita hacer cosas de críos…

- Su padre soy yo, y yo soy quien decide lo que necesita y lo que no – le corrigió el ausente

- No creo que por un rato…

- ¿Eso crees? ¿Crees que lo mejor es llevártelo a jugar a la pelota cuando lo han expulsado del colegio? – John estaba molesto pero Bobby comenzaba a cabrearse también – Le he dejado una tarea y Dean necesita disciplina, no que lo premien por portarse mal, haz el favor de no levantar mis castigos Robert

- Sí, claro, por supuesto – replicó molesto el chatarrero – tú eres su padre.

Windom, Minnesota

John Winchester estaba cabreado. Cabreado con su amigo por tomarse la libertad de no seguir sus instrucciones con sus hijos y cabreado consigo mismo por arrastrar a sus niños a un mundo que aterrorizaba a un veterano de Vietnam. Y cuando estaba cabreado parecía que todo se confabulaba en su contra para fastidiarle.

- No eres periodista del "Cottonwood County Citizen" – Acusó Joe Burton sin tomar asiento frente a la mesa de la cafetería dónde habían quedado - ¿Jim Street es tu verdadero nombre?

- Sí soy periodista y me llamo Jim Street, sólo que trabajo por mi cuenta y después vendo el artículo – intentó mantener su tapadera – la gente es más receptiva si tengo una publicación respaldando mis preguntas.

- ¿Y por qué debo creerte?

- Escucha chico, sólo quiero una historia que me pague el alquiler, en serio – suspiró restregándose la mano por la cara, estresado – no quiero causar problemas.

Joe se subió las gafas pensativo y decidió dar por buena la explicación del periodista, a fin de cuentas era la única persona en todo Windom que creía que había algo más detrás de las mutilaciones de cadáveres y se mostraba interesado en su investigación.

Escucha Jim – John sonrió al ver la facilidad con la que el joven policía aceptaba su coartada – este caso me trae de cabeza, eres el único que me cree. Traté de explicar al sheriff que la desaparición de los dos vagabundos que vivían en una chabola cerca del cementerio podía tener que ver con nuestro caso, pero no sólo me impidió buscarlos sino que me prohibió ir a investigar en el cobertizo.

- ¿Por qué crees que tienen algo que ver? – John pensó que por fin ese día empezaba a ir en la dirección correcta - ¿Crees que los hayan matado?

- No, por Dios – el chico lo miró como si hubiera perdido la cabeza – pero, quizás esas mutilaciones podrían tener "motivos alimenticios"

- ¿Caníbales? – El chaval no se enteraba de nada, pero, pensándolo mejor, quizás no iba del todo desencaminado - ¿Cuándo desaparecieron?

- Llevaban en ese cobertizo un par de años, sin dar problemas ni molestar a nadie, de vez en cuando algún granjero local les daba unos dólares a cambio de unas horas de trabajo, desaparecieron justo antes de empezar las mutilaciones, la semana pasada se les vio por el cementerio y después no se ha sabido nada más – explicó de un tirón el joven policía – por eso no creo que pueden estar implicados, ¿tú qué opinas?

- Es posible que tengas razón.

Desoyendo la orden del sheriff y con el apoyo extraoficial del periodista, Joe Burton decidió investigar la choza abandonada. Acudieron de madrugada, para no ser vistos. Street estaba armado, le mostró su pistola, asegurando que tenía licencia.

La choza estaba desocupada, no era demasiado grande y apenas tenía mobiliario. El olor a carne podrida taladró los sentidos de los dos hombres que salieron a la calle en busca de oxígeno. El periodista, sorprendentemente preparado, sacó unos pañuelos humedecidos con mentol, y le ofreció uno para cubrirse la nariz y la boca como si fuera una mascarilla.

- Esto tiene mala pinta Burton, debería de pedir ayuda – sugirió John previendo el horrendo espectáculo que les esperaba.

- No parecía haber nadie – replicó el muchacho enfundando su arma.

Con el máximo de precaución el cazador volvió a entrar, la linterna, en la mano izquierda por encima de la pistola en la derecha, controlando el lugar como si él fuera el auténtico policía. Joe, le siguió imitándole, pensando que quizás no fuera un periodista o, si lo era, había estado en situaciones bastante complicadas.

Entonces los vieron, dos cosas, dos personas devorando lo que provocaba ese hedor tan espantoso. John enfocó a la más cercana, era una hembra, si esas criaturas tenían sexo. El rostro, bestial, ensangrentado y hediondo se acercó al policía dispuesto a arrancarle la cara a mordiscos. Sin dudar un segundo el cazador le voló la cabeza.

Hay cosas más peligrosas que un Goulh hambriento y furioso que quiere vengarse porque te has cargado a su compañera, por ejemplo, un jovenzuelo miope de veintipocos, aterrado y con un arma cargada en las manos.

John entornó la mirada sin saber lo atemorizante que podía resultar la presencia de un Goulh, en un cementerio, en la oscuridad de la noche. El monstruo se dirigió directo al Winchester, dispuesto a vengar a la otra criatura que yacía muerta a sus pies literalmente sin cabeza.

- ¡N-no s-se mueva! – gritó el inexperto agente de la ley

- Oye, chico… - el cazador escuchó una detonación y el mundo se oscureció a su alrededor.

_ Continuará