CAPÍTULO TERCERO: DE LO POSIBLE Y LO IMPOSIBLE


Lo último que recordaba Rei era el estruendo de los puños del número cero golpeando las paredes del hangar mientras la carlinga caía al suelo. Retumbaban como tambores, rítmicos y pesados. Luego, la carlinga se había estrellado y todo había sido oscuridad, durante un tiempo que no pudo medir. Cuando se despertó, se encontró mirando a un techo de color blanco aséptico. Al menos, lo veía con uno de los ojos. El otro estaba sumido en tinieblas, creando un curioso contraste con el ojo que veía. Con el derecho, Rei veía una mancha de blanco puro. Con el izquierdo, la negrura más absoluta.

Se preguntó si se habría quedado tuerta, y alzó la mano para palparlo. Descubrió que aparentemente el ojo seguía en su sitio, aunque cubierto de vendas, y, por otra parte, que le dolían el brazo y el hombro.

¿Ya has despertado? –susurró una voz conocida a su izquierda, allí donde no alcanzaba a ver-. ¿Cómo estás?

¿Shinji?

-Shh... –murmuró tranquilizador Shinji-. Relájate, no te muevas.

Se levantó de la silla donde estaba y se sentó en el borde de la cama, a la derecha de Rei y dentro de su campo de visión. Parecía cansado,

¿Cómo estás? –repitió.

-No sé… -Rei reprimió un gesto de dolor-. Me duele el brazo.

-Te pondrás bien –sonrió Shinji-. No te preocupes.

Rei le devolvió la sonrisa, y Shinji le acarició suavemente la mejilla. Cerró los ojos y suspiró de nuevo, esta vez de puro alivio y contento por verle allí. La mano de Shinji se retiró, dejando tibias trazas sobre la piel de Rei, allí donde los dedos habían rozado la mejilla. Rei abrió los ojos y se que

-Shinji… ¿Dónde estamos?

-En el hospital de… -titubeó él, mirando afuera por la ventana, incómodo-. En el Geofront.

-Yo… -susurró, asustada-. ¿Estás enfadado conmigo?

¿Contigo? No… Creo que no –se encogió de hombros y frunció el ceño-. No es culpa tuya. Pero creo que deberías habérmelo dicho.

-Lo sé. Lo siento.

-No te preocupes –sonrió, alborotándole el pelo color lavanda-. Ahora descansa¿vale? Volveré enseguida.

-Vale –suspiró Rei, cansada, reclinándose en la cama.

Cuando estaba abriendo la puerta, Rei le llamó de nuevo.

¿Shinji?

¿Sí? –se volvió, solícito.

-Yo… ¿Vendrás a dormir conmigo? –preguntó Rei con un susurro sedoso.

Shinji se quedó parado en la puerta, mirándola fijamente.

-Por supuesto –asintió, una sonrisa de oreja a oreja apareciendo en su rostro-. Claro que sí. Pero ahora descansa un poco, vale?

Rei dejó escapar un suspiro largo y cansado y recostó la cabeza en la almohada. Cerró los ojos y dejó que el sueño la venciera. Pero esta vez la negrura que la invadió era aterciopelada y cálida, y muy distinta del frío y solitario pozo en el que la había sumido el accidente.


Se apresuró pasillo abajo, camino de una pequeña sala de espera. Cuando abrió la puerta se encontró a Yui sentada en una de las sillas de la sala, mirando ausente por la ventana del cuarto.

Shinji dudó. Quería estar enfadado con ella, pero no podía. No era capaz de enfadarse, ni con Rei por habérselo ocultado, ni con Yui por… lo que fuera que tuviera que ver con todo aquello.

-Mamá… -dijo suavemente, no sabiendo como empezar la conversación-. Ya está despierta.

Yui apenas le miró, pálida.

¿Sí? –murmuró con un hilo de voz-. ¿Cómo est�?

-Bien, supongo. Le duele el brazo. Y el ojo.

¿Y tú? –su madre le miró, avergonzada.

-No sé. Yo… Es que no sé qué decir, o pensar. No puedo creer lo que me estás pidiendo.

-Es por una buena causa –suspiró Yui, levantándose-. Y no lo haría si tuviese alguna otra oportunidad. Ven conmigo y te explicaré más.

-Pero dejaste que pasase esto. Mira como está –Shinji se paró en seco-. ¿Cómo te atreves a pedirnos nada?

-No me hables en ese tono, jovencito. Aún soy tu madre. Rei se pondrá bien –Yui frunció el ceño-. Te lo garantizo personalmente. Pero llevará algún tiempo, y por eso te necesitamos.

-Quieres que la sustituya.

-En pocas palabras, sí –le miró de reojo-. ¿Lo harás?

-No sé. Tengo que pensarlo.

Yui decidió no presionarlo más, y ambos se subieron a un ascensor. No se cruzaron palabra mientras duró el trayecto: ambos tenían demasiado en que pensar. Shinji aún no entendía del todo lo que estaba pasando. De repente, había descubierto que muchas cosas de las que estaba seguro no eran, en realidad, lo que aparentaban. Su madre había pasado de ser una aburrida funcionaria gubernamental a ser la directora de una gigantesca agencia secreta cuya base estaba bajo la ciudad. De repente, Rei pilotaba alguna clase de gigantesca máquina de combate. Y de repente, a él mismo se le pedía que hiciese lo mismo.

¿Cómo puedes… estar metida en todo esto?

-Es una historia muy larga –repuso Yui-. Y ni yo misma lo sé demasiado bien. Era… el trabajo de tu padre, y cuando… -titubeó, pero no por las razones que Shinji suponía, cuando murió, me pidieron que lo continuase.

¿Y Rei?

-Necesita descansar –Yui sacudió la cabeza-. Simplemente eso, y se pondrá bien.

-No me refería a eso –Shinji frunció el ceño-. ¿Por qué ella?

Yui sacudió la cabeza, mesándose los cabellos.

-Rei es… un asunto complicado en sí misma. Sabes que no sois hermanos, que se vino a vivir con nosotros hace ya algún tiempo. Que es huérfana.

-Lo sé.

-Ya entonces era nuestro único piloto. Parte del proyecto desde muy, muy pequeña. Se ha entrenado para pilotar el Evangelion desde niña.

¿Por eso la trajiste a casa¿Para poder vigilarla? –siseó Shinji-. ¿Porqué te era útil?

-No, Shinji –Yui suspiró, más triste que otra cosa-. Estaba sola, y era tan pequeña… No podía dejarla sola, al cuidado de Naoko –añadió, con un ramalazo súbito de resentimiento en la voz. Shinji no sabía quien era Naoko, pero estaba claro que era alguien a quien su madre no apreciaba demasiado. Muy poco, en realidad-. No sé como habría crecido Rei si la hubiera dejado con ella. Casi autista, imagino. Y no pienses que no quiero a Rei, solo porqué estamos aquí abajo. Si hubiera otra manera de pilotar los Eva, o alguna otra manera de salir del embrollo en que nos hemos metido, créeme, la habría aprovechado.

Shinji suspiró. Era simplemente surrealista, y no estaba demasiado seguro de que todo aquello no fuese alguna clase de sueño. O más bien una pesadilla, pensó suspirando. De todas formas, la decisión estaba clara. No podía dejar que Rei cargase a solas con aquello.

-Yo también lo haré –susurró, nervioso.

¿En serio? –murmuró Yui-. Aún no lo has visto todo.

-Sabes que da igual, mamá –Shinji apartó la vista, molesto. Aunque estuviese dispuesto a ello, no tenía porqué gustarle-. Pero no lo hago porque sea una buena causa, o porque tú me lo pidas.

-Lo sé. Y llegará a ser un problema.

¿Por qué?

-Porque… -titubeo, insegura. No más mentiras, se dijo a si misma. No más mentiras… Excepto una. La gran mentira-. No voy a engañarte, Shinji. Va a ser peligroso y quizás…

¿Tenga que poner a Rei en la balanza? –completó Shinji, sombrío, frunciendo el ceño-. Ya sabes para donde va a inclinarse.

-Estás enamorado de Rei –observó Yui, queda-. ¿No es así?

-Yo… -Shinji se puso colorado y sacudió la cabeza tímidamente-. No sé. Quizás. ¿Te parece mal?

¿A mí? –suspiró, preguntándose que haría Shinji si supiera lo que ella sabía. Decidió que ninguno de los dos, ni Rei ni Shinji, necesitaban saber más. No era justo, maldita sea. Alguien iba a pagar por la inocencia corrompida ese día-. No, supongo que no, pero es todo tan complicado… Supongo que tenía que acabar pasando, pero era más fácil no verlo. ¿Irás a dormir con ella esta noche?

¿Lo sabías? –Shinji abrió los ojos, inocente.

-Shinji, hijo mío… -Yui se río por primera vez en toda el día-. ¿De verdad pensabas que me estabais engañando?

-Yo… Sí, creo que debería ir.

-Como quieras. Hemos llegado.

Las puertas del ascensor se abrieron para mostrar una vasta sala de reuniones con amplios ventanales, que daban a un vacío en penumbra más allá del cual Shinji no podía ver nada. La sala estaba casi vacía, y Shinji sólo reconoció a uno de los que allí estaban sentados: la oficial vestida de azul que le había recogido en casa, y que había dicho llamarse Misato Katsuragi. Del resto, a ninguno conocía.

-Este es Shinji Ikari –dijo Yui, poniéndole una mano en el hombro y dándole un apretón afectuoso-. El tercer niño.

¿Tercero? –preguntó Shinji, confundido.

-Rei es la primera –le susurró Yui, mientras la gente asentía cortésmente-. Y hay una chica en Alemania que también puede pilotar un Eva. Contigo, las tres únicas personas en el mundo capaces de pilotar un Evangelion.

¿Cómo estás tan seguro de que podré? –dijo Shinji, inseguro-. ¿Y qué es un Evangelion, ya que estamos? No me lo has dicho todavía.

-En cuanto a si eres capaz –Yui se encogió de hombros-. Eres mi hijo. Tienes que poder; va en los genes. Y un Evangelion… Maya, por favor. Las luces.

Con un zumbido, las luces que iluminaban el hangar más allá de la sala de juntas se encendieron, vacilantes primero y con más fuerza después. Y Shinji se quedo pasmado, más asombrado que si Dios se hubiera bajado de los cielos a saludarle. De repente, y sin previo aviso, se encontró mirando a los ojos a un gigante violeta de casi cien metros de altura.

Estaba sin palabras. Más que sin palabras; su cerebro se negaba a reaccionar. No podía creer lo que estaba viendo. Una cosa tan grande no podía existir. Era contra natura, irreal. Todas las cosas de gran tamaño que existen tienen imbuida una cierta grandeza de espíritu que hace que sea natural su tamaño. Una ballena, un puente o un rascacielos, por ejemplo, no podrían ser concebidos de otra manera que no fuera de gran talla, grandes a nuestros ojos. Pero aquello era simplemente monstruoso; era sencillamente un ser humano de cien metros de altura, bien proporcionado y esbelto, y por esa misma proporción, horrible.

¿Qué es eso? –musitó Shinji, apenas capaz de articular palabra.

-Un Evangelion. El prototipo número uno. Tu Evangelion –le contestó Misato, levantándose de la mesa-. Serás el piloto exclusivo de la serie uno.

¿Y Rei se hirió pilotando eso? –Shinji miró a su madre.

-No –negó Yui, sacudiendo la cabeza-. El… accidente de Rei se produjo durante una prueba con el modelo de pruebas, el número cero. Aún hay otro más en Alemania, el modelo de serie dos. Y hay más fabricándose en Estados Unidos.

¿Y para que sirven¿Contra qué combaten? No esperarás en serio que le haga daño a nadie con eso…

-Ni yo te lo pediría –sonrió Yui, pasándole un brazo por los hombros y estrechándole contra ella-. Sirve para luchar contra los ángeles.

¿Ángeles? –parpadeó Shinji-. ¿Estás de broma?

-No. Dentro de unos meses, la ira de Dios, el mal fundamental, se desatará sobre la Tierra. Y somos la primera y última línea de defensa. Si fallamos nosotros, falla todo –repuso Misato, completamente seria-. Pero no fallaremos. Hemos tenido tiempo para prepararlo todo, excepto a los pilotos. Te necesitamos.

¿Aún quieres hacerlo? –susurró Yui, abrazándole-. Si no quieres, yo…

-No te preocupes –sonrió Shinji, devolviéndole el abrazo-. Lo haré. Si es como dices, lo haré.

Fue una suerte que estuvieran abrazados, o Shinji habría visto la ola de vergüenza que recorría el rostro de su madre. Yui cerró los ojos y le abrazó un poco más fuerte.

-Lo siento… -murmuró-. Lo siento tanto, por Rei y por ti… Tu padre… habría estado orgulloso de ti.


¿Ves, Shinji? Es muy fácil –señaló Misato, contoneándose para salir de la carlinga sin que la falda azul se le subiese, lo cual no dejaba de tener mérito-. Realmente los controles sirven para lo que tú quieras que sirvan en un momento dado, excepto por un par que aprenderás enseguida. Y además… ¡Pero atiéndeme, Shinji! Esto es importante. ¿Qué te pasa?

-Esta ropa es de Rei –murmuró Shinji malhumorado, estirándose el mono de piloto. Estaba ceñido como un guante a su cuerpo, excepto en la zona pectoral, donde su flaccidez demostraba a las claras que la ocupante original estaba mejor dotada que Shinji en ese terreno-. No debería ponérmela.

-Hasta que te hagamos uno a medida –se rió Misato, divertida, tendrás que apañártelas con los trajes de piloto de Ayanami. Lo siento. La semana que viene tendrás el tuyo propio, te lo prometo.

¿Cuánto hace que la conoces?

¿A Ayanami? –Misato hizo memoria, reclinándose contra la carlinga blanca-. Desde hace tres años, cuando me hice cargo del ala militar de Nerv. Pero ella ya pertenecía al programa de antes. Supongo que tú la conoces mejor que yo. No habla demasiado.

-Hm. ¿Y como funciona Nerv¿A que se dedica mi madre?

-Sabe Dios. Nerv está dividida en dos partes separadas. Primero, Nerv propiamente dicha, que dirige tu madre, y que se dedica a diseñar, construir y mantener los Evangelion. Pasan la mayor parte del tiempo envueltos en un halo de misterio, y no sueltan prenda sobre las investigaciones de ahí abajo –señaló con el pulgar hacia abajo-. Nerv se divide en seis o siete secciones: de investigación, seguridad, desarrollo, logística… Yo que sé. Por otro lado, está el Regimiento –añadió, mostrándole el parche de su hombro, en el que aparecía un ángel alado con una espada, una sección que dirijo yo misma y se encarga del uso táctico de los cacharros estos en nombre de la ONU. Nosotros los rompemos, ellos los reparan. Y tu madre… Aparentemente no se dedica a nada en concreto¿sabes? Simplemente pulula por los laboratorios, poniendo a todo el mundo nervioso, aunque seguro que guarda más de una sorpresa en esa bata suya. Y Ayanami y tú mismo estáis en el limbo, dependiendo unas veces de Nerv y otra de mí. Y Asuka, cuando llegue.

¿Asuka?

-La segunda niña. Está en Alemania, y vendrá en un par de meses. Una chica muy… rimbombante, por definirla de alguna manera. Te caerá bien. Es la piloto del número dos.

-Lo sé. Mi madre me lo dijo.

-Le ha dolido mucho¿sabes?

¿El qué?

-El accidente de Ayanami, y tener que llamarte a ti aquí abajo. Tu madre es buena gente. No debieras enfadarte con ella; tiene una responsabilidad exagerada sobre sus hombros, más de lo que puedas alguna vez imaginar, y aún así se las ha apañado para criaros a los dos, según tengo entendido.

-Sí, pero… No sé que pensar.

-Nadie lo sabe. Es difícil –añadió comprensiva, pero no hay otro remedio –se levantó, y miró el reloj-. Si te digo la verdad, es tontería que te explique todo esto. Hasta que no lo hagas tú mismo, no vas a entender nada. Mira, tómate un descanso y dentro de dos horas haremos una prueba con el número uno. Ve a ver a Ayanami, si quieres. Dale recuerdos míos.

¿Con esta ropa? –Shinji arrugó la nariz.

-Pero si te queda muy bien… -se rió Misato-. Cámbiate, si quieres, pero estate aquí en dos horas más o menos¿vale?

-Vale –asintió Shinji, levantándose.

Dos minutos más tarde, estaba arrancándose del cuerpo la el mono de piloto igual que si le quemase. Y tres minutos después se encontraba de nuevo ante la puerta de la habitación de Rei. Entró, titubeante, pero la joven malherida estaba durmiendo. Esta vez era solo sueño, y Shinji sonrió, tranquilo, escuchando la respiración acompasada de Rei. Se sentó en la silla y la cogió suavemente de la mano, retrepándose en la silla para esperar. Tenía la sensación de haberse metido en algo que le iba demasiado grande, pero le daba igual. En aquel momento, viendo la expresión relajada en el rostro durmiente de Rei, le daba igual.


¿Qué tal?

-Sorprendentemente bien. Tiene mucho potencial y es un chico despierto –replicó Misato-. Nos llevaremos bien. Más tarde tendremos una toma de contacto con el Eva, para que se vaya acostumbrando. Pero promete.

-No, no me refiero a eso… -murmuró Yui.

-No está enfadado con usted, si es lo que quiere decir –dijo Misato con tiento-. Al menos no de momento, eso me parece; creo que todo esto le sobrepasa, y por el momento se limita a dejar que sucedan las cosas.

-Tendré que hablar con él, supongo –suspiró-. Todavía le debo tantas explicaciones…

Misato la contempló de reojo. Yui parecía ensimismada mirando al número uno. Se preguntó hasta que punto eran Shinji y Rei diferentes en el corazón de Yui Ikari, y se dijo a si misma que probablemente Shinji le recordase demasiado a su padre, mientras que a Rei… Estaba claro que la quería como a una hija, pero se figuró que no debía de ser lo mismo.

Se acarició inconscientemente el abdomen, pasando los dedos sobre la vieja herida. Pronto, a los que habían matado a su padre y arrancado de su vientre la posibilidad de otra chiquilla con rizos violetas les llegaría la hora de ajustar cuentas. Todo era un asunto personal, si se miraba desde cierto punto de vista, y la guerra que estaba en trance de empezar no era en absoluto distinta.

Miró a su vez a la mole violeta del número uno, y le pareció que era menos amenazadora que de costumbre. Un poco más paternal, quiz�, como si la llegada al fin de su piloto lo completase, dándole un alma a quien servir. Sacudió la cabeza. Estaba acostumbrándose demasiado a ver cosas como esa, y lo imposible le parecía ahora normal.

Y la guerra estaba a punto de comenzar. Misato suponía que vería cosas aún más insólitas antes de que acabara el año.

No sabía cuan en lo cierto estaba.


Continuará