Amé escribir éste capítulo, letra por letra. Jejej amo escribir fanfics xD. Pero bueno, aquí se los dejo para que lo disfruten, lo odien, y me envién Reviews con sus valiosas opiniones. ;)

~Capítulo~

4

"Monstruo"

Los seis días posteriores a ese primer beso, fueron los más alarmantes para mí. Pues me di cuenta de que John era diferente a todas esas personas a quienes me había pegado en busca de ser aceptado, en mi pasado. No le molestaban mis rabietas, las deducciones inoportunas.

Quizá era porque ambos estábamos locos de alguna manera.

Poco a poco me iba sintiendo menos solo en esa institución, lo cual resultó inesperado para Lestrade quién jamás pensó yo participara en las terapias grupales hablando sobre mi familia y las ideas que cruzaban mi mente. Y paralizó en seco a Molly, cuando me encontró sentado amenamente almorzando con John, Mike Stanford, Irene Adler y Mary Morstan. Normalmente yo observaba el mundo desde mi soledad, no participaba.

John había revuelto mi mundo solitario y monótono. Aun no me acostumbraba a los chistes de Mary, a las miradas amenas del practicante Mike Stanford, y a las insinuaciones de Irene Adler.

Por supuesto John y yo habíamos mantenido nuestra cercanía a raya frente a los demás médicos y pacientes. Sería escandaloso para la reputación de la institución si descubrían que un médico estaba relacionándose de manera íntima con uno de los pacientes. Para no levantar sospechas las únicas veces en que compartíamos besos, y caricias era en nuestra habitación o por las mañanas cuando salíamos a caminar en los jardines del hospital. La mayoría suponía que John realizaba largas charlas conmigo para completar su tesis, los lunáticos compañeros míos pensaban que yo estaba acosando a Watson.

Mis mejillas no dejaban de arder cuando recordaba la mañana siguiente a nuestro primer beso: intenté apartarme de John en el jardín, escabulléndome por un túnel formado de pinos hasta un viejo roble solitario rodeado de diminutas flores lilas. John me alcanzó antes de lo planeado, y me tomó por la mano. Esperó a que yo me sintiera cómodo para atraparme sobre el tronco del roble y plantar un beso fogoso en mis labios. Eso era lo que más amaba de él, me derretía con caricias lascivas, y al mismo tiempo leía en mi rostro cuando no deseaba ser tocado.

John Watson entendía mis locuras.

Ese jueves, estábamos, reunidos en una sola mesa, almorzando como cualquier otro día. Mary hablaba de fantasías locas con Mike Stanford quién la escuchaba interesado, pues ella era su caso escogido para su tesis de postrado. Irene trataba de manosear a Mary por debajo de la mesa. Y John yo conversábamos sobre temas banales.

-Nunca me ha interesado el sistema solar. Lo siento- gruñí, clavando mi tenedor en el puré de patatas y desviando mi rostro de John.

-No digo que sea lo más interesante del mundo, Sherlock. Pero ¡es el sistema solar, por el amor de dios!- exclamó, devorando un trozo de carne y mirándome fijamente.

Evité encontrar sus ojos con los míos, porque a pesar de que odiaba tocar a cualquier otro ser humano, supe que si lo miraba a él lo besaría en frente de todo el personal y pacientes de la institución.

-Notifícaselo al rey de Inglaterra- murmuré, fastidiado.

John empezó a reír a mandíbula batiente. Le dediqué entonces una mirada fulminante que solo aumentó la intensidad de sus carcajadas.

-No tenemos rey en Inglaterra, Sherlock- dijo John como si tal cosa.

Bufé, exasperado, y preferí volver a mi plato. Un bocado de puré se atascó en mi garganta haciéndome toser exageradamente cuando sentí la mano de John en mi rodilla. Al ver mi reacción intentó apartarla, pero la sujeté con la mía. Ambos sonreímos, cómplices, percatándonos de que nadie nos viese.

Al girar la cabeza, descubrí a mi derecha la mirada fría de Moriarty clavada en mí, una sonrisa maliciosa le deformaba los labios, y sus ojos brillaban. Desde que besé a John todo respecto a mi pasado parecía una mancha difuminada en la luz de un amanecer. La mirada de Jim me recordó todo.

Regresé brevemente mi rostro a John y sin decir palabra le pedí perdón. Perdón porque si algún día descubría lo que hice me odiaría para siempre.

-¿Qué tienes?- preguntó John, a mi lado, frunciendo el entrecejo.

-Nada- sacudí la cabeza, y volví a comer. No obstante ni bien me creí un poco tranquilo escuché unos peculiares pasos retumbar en el pasillo. –No…-fue lo que alcancé a jadear antes de verlo atravesar la puerta.

Allí estaba. En su traje de tres piezas, con su cabello rojizo repeinado, sombrilla en mano y zapatos lustrosos. Di un salto abrupto en mi asiento, y para el asombro de John, salí corriendo.

-Sherlock- exclamaron Molly y Lestrade, precipitándose sobre mí, para detenerme.

-¡Suéltenme, no quiero verlo! ¡Por favor!- grité pataleando, y sacudiendo los brazos, pero Lestrade era fuerte y Molly aunque no lo pareciera supo inmovilizarme.

Mycroft, hasta tanto, escuchando mi escándalo se había aproximado lo suficiente. Quedé prontamente exhausto y para cuando alcé la vista, mi hermano mayor estaba frente a mí mirándome con gesto de desaprobación.

-Sherly, ya te he dicho que te comportes ¿Acaso eso es tan difícil?- inquirió arqueando una ceja.

Tras notar que no intentaría escapar, Lestrade y Molly me soltaron.

-Tengo que hablar contigo de algo importante- anunció Mycroft- prefieres que sea aquí- señaló al comedor,- o en un lugar más privado-

Regresé mi mirada por sobre el hombro, y coincidí con los ojos inquisitivos de John. Suspiré.

-En un lugar privado, por favor- dije entre dientes.

-Entonces vamos- anunció, siguiendo al doctor Lestrade que nos guiaría hasta una sala que podríamos usar. En un acto desesperado, miré a Molly y a una enfermera, suplicándoles no me obligasen a ir.

Molly me dio una ligera palmada en el hombro.

-Es tu hermano, Sherlock- dijo, obligándome a salir.

Lo último que vi del comedor antes de salir es a John hablando con Mary y articulando la pregunta: "¿Ese es Mycroft Holmes?"

El tedio es algo en lo que mi querido hermano debe haber sacado un diplomado. Pues en las siguientes dos horas apenas si cruzamos palabras, sumergidos en la tranquilidad exasperante y silenciosa de una oficina de paredes chapadas de madera y suelos alfombrados, sentados cada uno a los costados de una mesa de té en sofás antiguos de tapizado afelpado.

-Me duele el trasero, así que lo que vayas a decir suéltalo rápido- gruñí, sorbiendo sonoramente mi té, como Mycroft y toda mi familia odiaban que lo haga.

-Modales, Sherlock- me reprendió, entornando los ojos.

-No poseo.- sonreí maliciosamente.

-Deja de ser la reina del drama, querido hermano. Solo vine a darte noticias- dijo

-Y a cuestionarme durante dos horas- señalé a la ventana, por donde era visible que el sol había menguado su luminosidad anunciándonos la hora –¿Cómo estás, Sherly? ¿Tomas tu medicación, Sherly? ¿Cómo van las terapias, Sherly? ¿Has hecho amigos, Sherly?- lo imité con voz aguda -¡Pareces nuestra madre!- grité.

-Sí lo fuera- suspiró Mycroft, dolido, aunque se recuperó prontamente.

-¿Por qué hacer tantas preguntas?- musité.

-Porque eres mi hermano- respondió, asombrado por mi ignorancia.

-Pero no el de Sherrinford, no el hijo de nuestros padres, solo tu hermano- protesté, dejando mi taza sobre una charola de plata, y encogiendo mis piernas sobre el sofá, contra mi pecho.

-Sherlock, lamento que nuestros padres…- intentó consolarme, a su muy fría manera.

-No lo hagas. Tuvieron razón en internarme aquí de por vida. Y Sherrinford no me habla, es lógico si alguien supiera que tiene un hermano lunático arruinaría su carrera política- mascullé contra mis rodillas, sinceramente.

Mycroft me escrutó durante varios minutos, deduciéndome.

-¿De verdad crees eso?- inquirió. Yo me limité a cerrar los ojos y no responder. –Bien- suspiró- para mí no eres un lunático, Sherlock. Y si te fastidió mi presencia, solo vine a darte noticias.

-Entonces empieza- exigí sin abrir los párpados.

-Tendrás que dar declaraciones nuevamente-. Ante esas palabas salté del sofá.

-¡No!-grité, resuelto- No volveré para ser el centro de atención en un circo repleto de idiotas. ¡Soy un monstruo, lo sé! ¡Pero no quiero ser parte de una feria, gracias!- bramé, acercándome a la puerta.

Ésta se abrió antes de que la tocara y dos enfermeros ingresaron por si estaba siendo violento. Quise armar un escándalo para que me drogasen y encerraran durante un tiempo en los cuartos acolchados. Me controlé solo porque supe que John se desesperaría al verme en tal estado.

-Tienes que ir. O van a trasladarte.- advirtió Mycroft- sabes que estás aquí porque he movido cielo y tierra. Pero si no cumples cada petición de los jueces serás encerrado en un psiquiátrico para pacientes peligrosos ¡De máxima seguridad, Sherlock!-

-No voy a ir al juzgado, Mycroft- dije, cortante. Él volvió a escrutarme de pies a cabeza.

-Sherlock, recuerda que tú no eres culpable de ese incidente. Te estabas defendiendo…- inició uno de sus discursos.

-Mycroft, no. No trates de ser compasivo conmigo. Yo me lo busqué, y luego actué tratando de evadir las consecuencias. Estoy loco ¿bien? Pero no voy a regresar a un juzgado a tratar de convencer a todos de lo contrario- aclaré, rotundamente, y sin dar tiempo a que mi hermano dijese otra cosa, di media vuelta y empujando a los enfermeros salí de allí.

Mientras descendía las escaleras chirriantes de las oficinas hacia los pasillos fríos del hospital sentí un vacío formarse en mi pecho. Necesitaba ver a John.

Corrí con todas mis fuerzas, respirando en jadeos entrecortados. Miles de escenas del incidente el cual no quería recordar atestaron mi cabeza. Mareado llegué a las escaleras de otro lado del hospital, subí trastabillando.

Un nudo empezó a formarse en mi estómago y ascendió hasta mi garganta. Mis ojos escocían y las lágrimas acumuladas amenazaban con correr por mi rostro. No quería recordar nada de lo que ocurrió hace ya dos años. No podía porque sabría que me rompería.

Pero mi mente débil lo hizo. Me arrojó memorias claras, momentos que destruyeron mi vida, y para cuando llegué a la habitación 221 de la sección B, supe que si habría esa puerta y no encontraba John, moriría. Necesitaba desesperadamente sus brazos, porque me caía a pedazos, y su calor porque el frío del pasado calaba en mis huesos.

Giré la perrilla, con una mescla de horror y complicidad con mi locura, descubrí la habitación desierta.

Entré de todas formas. Cerré la puerta detrás, y recargué mi cuerpo en ella. No pude controlar el temblor de todo mi cuerpo, y el sollozo sordo que escapó de mis labios.

Los recuerdos eran nocivos, así como las ideas que aparecieron en mi mente. Un monstruo como yo merecía estar muerto. Mi cuerpo actuó en base a ello, y se acercó tambaleante al armario. Tomé una sudadera vieja, en un ataque de locura, empecé a atar un nudo alrededor de mi cuello.

No sabía ni que hacía exactamente cuando descubrí que no podía colgarme a lo alto del armario, pues éste era de mi misma estatura. Así que abrí la puerta de éste donde había un espejo, y empecé a tirar de la sudadera atada a mi cuello hasta cuando me veía de un color azulado y mis ojos rojos. Soltaba cuando el ardor en mi rostro era insoportable, y la asfixia latía en mis oídos. Luego golpeaba repetidas veces la puerta de madera hasta que mis nudillos sangraban y el ciclo volvía a repetirse.

Mis golpes eran sordos, y certeros en las salientes de la madera. Ahorcarme no producía ruido alguno. Así que pasé allí durante un largo tiempo, hasta que la puerta se abrió abruptamente y entró John.

-¡¿Qué crees que haces?!- gritó, pues justamente me había encontrado estrangulándome.

Solté la sudadera al instante.

-¡Demonios, Sherlock!- exclamó retirando la sudadera de mi cuello y empujándome a la pared. –¡Por el amor de Dios!- dijo, preocupado al ver mis nudillos sangrando.

-Yo no quise- intenté musitar, pero mi voz se quebró.

John me miró durante un breve instante, y al comprobar realmente mi estado, tomó mis manos. Eran esos momentos en que realmente no preguntaba si podía invadir mi espacio personal y solo lo hacía. Besó mis manos lastimadas, y luego me rodeó por la cintura.

-¿Qué haces? Deja de destruirte, Sherlock.- susurró besando mi cuello, haciendo que me estremeciera y tuviera que sujetarme de sus hombros.

-Es lo…que meresco- musité, aun temblando de dolor y desasosiego.

-¿Por qué dices eso, amor? Eres perfecto- susurró besando mi mandíbula con sus tibios labios suaves. Él se separó de pronto, repentinamente, dejando un horrible vacío en mí durante lo que parecieron siglos.

Fue a cerrar la puerta. Hasta tanto mis fuerzas flaquearon y yo terminé deslizándome sobre mi cama. John regresó a mí, y apresándome bajo su cuerpo, empezó a besarme. Al poco tiempo, sintiéndome un torpe, le correspondí.

-Apenas me conoces, John. ¿Cómo puedes asegurarlo?- sollocé contra sus labios.

-No lo sé, Sherlock. Solo lo siento- musitó, besando el rastro de mis lágrimas y acariciando mis manos y brazos ente sus fuertes dedos.

Nos besamos como dos adolescentes, hasta que nuestros labios ardían y nuestros cuerpos empezaron a pedir a gritos más. Entonces John se separó de mí, recostándose a mi lado, y estrechándome contra su pecho. Nuestros rostros quedaron frente a frente.

-Tus clases teóricas- dije, al reparar en que por la ventana ingresaba una luz anaranjada propia del atardecer.

-Tú eres más importante- respondió apretándome más si es que era posible contra él. Y entonces hizo una confesión casi inconsciente-Te quiero-. Me tensé al instante, nadie me había dicho tal cosa antes.-No tienes que responderme Sherlock, -aclaró al instante,-solo creí que era necesario que lo supieras.- dijo, y devoró mis labios nuevamente.

Cuando su lengua peleaba con la mía en una eterna batalla de roces placenteros, sentí un calor estremecedor en mis caderas. Las moví sobre las suyas, en un acto reflejo, que John respondió. Lo repetí, y él también. En poco tiempo estábamos el uno sobre el otro moviendo nuestros sexos semi duros sobre el contrario y jadeando en medio del beso.

-John- gemí de pronto, embargado por un placer que nunca antes había experimentado.

Abrí mis piernas ligeramente, y lo envolví con una por la cintura. Sus movimientos aumentaron en intensidad, y su miembro vibró sobre el mío.

-John- dije, pero mi voz salió en un quejido-John, detente- le pedí, al borde del llanto.

Turbado, lo hizo.

-Lo siento, Sherlock- se disculpó, nervioso, apartándose como un perro apaleado, sin saber en dónde ocultarse.

-No- lo tomé por el brazo antes de que decidiera marcharse. Lo obligué a tumbarse junto a mi.-Solo…quiero que antes de que suceda algo entre nosotros…algo más simples besos- hablé, nervioso, acariciando sus cabellos rubios- quiero que sepas quién soy- dije.

Ya que los recuerdos del incidente habían venido a mí, ese era el momento de revelarle a John quién era yo.

Empecé a narrarle lentamente, cosas insignificantes como mi vida en el pueblo de mi infancia, y la relación con mis hermanos. Poco a poco fui llegando a la parte donde fui rechazado, y después al momento en que tuve la última esperanza de mi vida: entré a la Universidad creyendo que algo cambiaría.

Le conté con voz quebrada aunque traté de recomponerme, como fueron mis primeros días en la facultad de Química. Le relaté a John sobre mi amistad con Víctor Trevor y Sebastián Moran, como éstos solían ponerme a hacer toda su tarea. Le conté sobre mi segundo año, y como ambos solían burlarse de mi frente a todo un grupo, pidiéndome hiciera deducciones y luego tratándome como un monstruo de feria. Le conté a John, cerrando los ojos para no ver su reacción, la vez que ambos me llevaron a un bar y ofrecieron drogas que tomé para no dejar de ser su amigo.

Sentí las manos de John poco a poco apartarse, y evitando sentir miedo a que me repudiase, continué. Fui completamente sincero al revelarle que yo era virgen, y que nunca había sentido atracción sexual hasta que lo conocía a él.

Le conté de la peor noche de mi vida, de cómo Victor me llevó en su auto hasta un lugar apartado de Londres, donde tras hacerme bajar con el pretexto de investigar un crimen, él, y otros cinco compañeros cuyos rostro apenas recordaba me golpearon dejándome inconsciente, para cuando despertaba volver a golpearme hasta cuando amanecí hallado por la policía. Le conté a John, con un dolor profundo en el pecho, cómo después de salir del hospital mis notas cayeron e intenté subirlas dándole una mamada a cualquier profesor a quién podía. Incluso le dije como solía ir ebrio o drogado a todos lados para no sentir dolor.

-Dejé la universidad hace dos años, porque…- entonces empecé a relatarle la parte más amarga de todo ese trayecto. -Una vez un sujeto extraño que encontré por casualidad afuera de un bar donde me abastecía de cocaína me ofreció un producto que recién había salida al mercado. Eran unos cristales rojizos que debía colocarme en el párpado y duraban al menos diez horas. Se lo compré con la esperanza de así no tener que aplicarme tantas inyecciones durante el día. Lo que no previne es que esa noche al regresar de mis largas caminatas al campus, Víctor y Sebastian me estaban esperando. Estacionaron su auto cerca del edificio donde yo vivía e intentaron subirme por la fuerza.

-Te vas a divertir, Sherlock. No te resistas- reían ambos, pero yo ya había consumido la droga, y estaba tan enfurecido con ellos y tan fuera de mi mismo que luché con todas mis fuerzas.

Saqué a Víctor del auto y comencé a golpearlo contra el suelo. Trató de defenderse pero fue inútil. Su cráneo se partió, y no conforme con ello regresé por Sebastian. Éste había sacado un arma y me apuntaba. Disparó, alertando a toda la cuadra de lo que ocurría.

La bala llegó a mi costado, apenas rozando la piel. Pero caí, adolorido. Sebastian creyéndome muerto se acercó a comprobarlo, y cuando menos se lo esperaba lo pateé en el rostro, le quité el arma y enceguecido por el odio, le di un tiro en el pecho.

Yo alucinaba debido a esa droga. Así que después del asesinato todo fue borroso. Solo recuerdo haberme arrastrado hasta mi piso, con las manos de sangre y el revolver en mis dedos. Llegué hasta el baño donde me inyecté hasta perder la conciencia.

-Cuando abrí los ojos, estaba en un hospital de desintoxicación, esposado a la camilla…- dije. John se había separado completamente de mi- Mycroft abogó por mí con los jueces, decidiéndose me enviaran a éste hospital de baja seguridad. Sherrinford jamás me volvió a hablar. Y mis padres…preferirían tener un hijo muerto a un monstruo como yo- concluí.

No abrí los ojos, por miedo a ver el hastío nacer en el rostro de John. Sentí como se levantaba de mi lado, y escuché sus pasos dirigirse a la puerta.

-Te quiero- dije entre dientes, llorando como un niño desesperado.

Él no me escuchó, pero yo sí el chasquido del seguro de la puerta al ser colocado. Abrí los ojos, incrédulo y me alcé sobre el colchón mirándolo de pie en la puerta, vuelto hacia mí. Una exhalación desesperada escapó de entre mis labios, y temblé muerto de frío.

-Sherlock, ¿Por qué no me contaste eso antes?- dijo, claramente dolido y preocupado.

-¿Por qué no te has ido?- inquirí sin prestar atención a sus palabras. Pareció asombrarse ante mi pregunta, y sin esperar más fue hasta mí; me abrazó acariciando mis rizos negros ente sus dedos, y mi espalda baja con su mano libre.

-Porque te quiero, Sherlock Holmes- confesó. Debía estar muy loco para hacerlo.

-Yo también, John- me atreví a decir- yo también te quiero- repetí, asombrado de que yo, un lunático que nunca había sentido nada por nadie, le estuviera diciendo aquello a ese rubio quién llegó a mi vida de manera tan inesperada.