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04# Manos
Recientemente, había adquirido un gusto por observar a Asmita mientras meditaba.
Sus encuentros comenzaron cuando no pudo controlar el impulso de mirarlo, de seguirlo entre las sombras de los rincones, y aun cuando lo avergonzaba pensar en aquellos inicios, la verdad era que podía justificar sus acciones.
El inicio se presentó cuando percibió un gran cosmos llegar al Santuario, imponente y amenazante por la fuerza, mas acompañado de calma y un control que sería difícil alcanzar para cualquier caballero dorado. Ni siquiera el Patriarca tenía ese nivel de… omnipotencia adormecida por tanta paz.
Era intrigante. Fue casi imposible resistirse a conocer al poseedor de tan extraño cosmos.
Ahora que tenía la oportunidad de estar tan cerca, el momento predilecto para observarlo era durante su meditación. Al inicio creyó que lo molestaría, más el caballero de Virgo le aseguro que no tenía inconveniente, que tenía su permiso para hacerlo cuanto quisiera.
Así que, a sabiendas de que percibía su presencia mucho antes de llegar al templo, tomaba asiento en la columna más cercana. Entonces podía mirarlo tanto como durara aquel momento, para después conversar o salir a pasear.
Había demasiado en Asmita que admirar. Perdió la cuenta de las ocasiones que se detuvo a analizar el largo de su cabello, el color de su piel, la forma de su espalda mientras optaba aquella posición, el rostro impasible de quien se hundía en profundos pensamientos…
Pero sus manos…
El modo en que acomodaba sus manos durante aquellos instantes, era lo que podría pasar horas admirando.
Asmita venía de un país lejano, imbuido en una cultura totalmente diferente a la suya. La idea de la inmortalidad del alma, de la reencarnación, del paraíso, la clase de cuestiones que unían a todos en el Santuario para proteger a Athena y los demás, diferían en él. En algunas confidencias, supo que dudaba de la diosa, del propósito de servirla cuando el dolor seguía reinando en el mundo…
Por ello, aun no entendía cómo podía sentirse lleno de paz si era consciente más que nadie del dolor de otros.
Tal vez se debía a la meditación, a lo que buscaba, y cada elemento de ello debía representar algo.
Entonces, sus manos… la posición de ellas variaba en cada ocasión, a diferentes alturas de su torso, emitiendo rasgos distintos de su cosmos conforme variaba las posiciones de los dedos y de las palmas.
Bajo la luz que se filtraba por el techo, justo al sitio que elegía para su meditación, esas manos lucían más inalcanzables, como las de un dios, o más humanas, como las suyas curtidas por el trabajo y el maltrato.
Parecían capaces de invocar un gran poder destructivo, y al mismo tiempo, de ser las más gentiles, capaces de un amor inmenso.
Tan imperfectas como las de cualquiera, tan ideales como las de un hermoso sueño.
Entonces Asmita, apodado "El hombre más cercano a dios", no le parecía tan inalcanzable, que justo en el momento de su reflexión, era mucho más humano de lo que cualquiera de ellos sería; lamentándose por el dolor del mundo, buscando el sentido de la tristeza y el propósito de su existencia.
— Defteros — levantó la vista a su rostro, sorprendiéndose un poco — Lamento hacerte esperar, esta vez tardé más de lo planeado.
Quería sentirlas, saber si eran tan cálidas y frías como había imaginado.
Tal vez dentro de poco.
