Los personajes son de SM. Por lo tanto la historia es mia.
Capítulo beteado por Mónica León, Beta Élite Fanfiction.
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Capítulo III
Grande, mi amigo.
Las canciones para este capitulo:
Three Days Grace- Never too late
Three Days Grace- Tell me why
"El orgullo de los humildes consiste en hablar siempre de sí mismos; el orgullo de los grandes, en no hablar de sí nunca."
—Voltaire.
Al entrar a la cocina, Edward vio a Bella lavando los trastes. Se acercó a ella cautelosamente.
—Discúlpame por mi actitud.
Bella volteó a verlo. Estaba con la cabeza agachada. Le recordaba a un niño pequeño después de hacer una travesura.
—¿Qué debo de disculpar? —Bella lo miró fijamente, acción que hizo que Edward levantara la vista—. ¿Tu egoísmo o tu soberbia? O, ¿tal vez ambas? —Lo observaba con sorna—. Las cuales te definen como un niño arrogante.
Edward tragó en seco.
«Ni modo hermano. Ella es muy inteligente», gritó la voz de su conciencia.
—No te pedí que me analizaras —dijo Edward, un tanto molesto.
—Oh, arrogancia. —Bella cerró el grifo del agua y se secó las manos—. ¿Sabes Edward? —Tomó asiento—. Tú no quieres que te disculpe por tu actitud.
—¿No? —La confusión se notaba en el rostro de Edward.
—No. Lo que tú quieres es no sentirte culpable por lo que piensas y, sobretodo, por lo que eres. —Lo observó condescendiente—. Y no te culpo. Es normal que alguien como tú diga esto sin sentir el significado de sus palabras. —Lo invitó a sentarse en la silla frente a ella—. Estás tan acostumbrado a que la gente te aguante todo que es vital para ti que una desconocida entre en ese juego, donde eres el arrogante adorable que todo se merece y al que todos perdonan.
«Estamos jodidos».
Edward suspiró, resignado.
—Vengo a disculparme y lo único que me gano es un análisis de mi personalidad. —Contemplándola fijamente, prosiguió—. Ahora que me has analizado, tengo una pregunta para ti.
Bella asintió, instándole a continuar.
—¿Cuál es tu papel en la agencia de comportamiento criminal?
—Psicoanalista —respondió con suficiencia.
—Así que eres tu quien observa a los criminales, la que da el perfil. ¿Me equivoco? — Edward cuestionó al momento que levantaba su ceja.
Bella se encogió de hombros.
—Supongo que los dos días que estuve dormido fueron suficientes para observarme a detalle. —Sonrió triunfante. Por fin sabía cómo había logrado ella conocerlo a detalle.
—Suponer es de idiotas —dijo Bella al momento en el que sacaba un cigarrillo de su bolsa trasera y lo encendía—, pero tienes razón. Esos dos días me ayudaron a conocerte. —Le dio una larga calada al cigarro—. Ahora se más de ti que todo tu club de fans. —Dejando salir el humo, comenzó a reír.
Edward no sabía que decir. Le estaba ganando.
—En ese caso, olvida lo que dije — susurró Edward. Se levantó de la silla y salió rumbo a la sala.
Al llegar al ventanal, se dio cuenta de que ya casi anochecía.
En este momento, lo único que Edward quería, era volver a Nueva York lo más pronto posible. El estar encerrado nunca había sido su fuerte. Fue por eso que estuvo tan solo un corto tiempo en rehabilitación.
Hubo un momento en el que se quedó perdido en la pureza de la nieve.
Ahora que lo pensaba, odiaba la nieve. Esta le traía el mejor recuerdo de su vida. Un recuerdo que su madre se encargó en destruir. Uno que ahora era el peor de todos.
—Lamento ser una idiota contigo. —Edward no escucho los pasos de Bella, pero sí su voz, que sonaba cada vez más cerca, la cual lo sacaba de sus pensamientos—. A veces llevo mi trabajo a mi vida rutinaria.
Edward se giró para poder ver a Bella. Esta le sonrió al ver que él no estaba ofendido o enojado.
Edward asintió y se volvió a girar al ventanal.
—¿Qué tanto miras? —preguntó Bella, acercándose cuidadosamente hasta colocarse a su lado.
—Nada.
—¿Por qué te empeñas en mentirme? —La pregunta salió con tono de reproche.
—No te estoy mintiendo —respondió Edward, el cual se alejó de la ventana para ir a sentarse en el sillón—. Solo dejé mi vista clavada en algún punto.
Bella se giró. Quería gritarle que no le mintiese, pero sabía que con él no funcionaba eso. Así que decidió morderse la lengua e irse a sentar a lado de él.
—Bien. Como tú digas —expresó Bella mientras se quitaba los lentes y los acomodaba en la mesita de alado—. ¿Sabes? Empezamos mal. —Bella lo miró fijamente hasta que él se dignó a voltear.
Edward levantó una ceja y ella prosiguió.
—Dime algo que deba de saber de ti.
—Nunca me toques la espalda —respondió, sin pensar.
Bella quería preguntarle la razón. El tono de su voz le decía que esto le afectaba más de lo que dejaba ver, pero sabía que al preguntárselo, él se cerraría. Además no tenía derecho a preguntárselo.
—¿Qué hay de ti? —curioseó Edward, sacando a Bella de sus pensamientos.
Bella parpadeó para poderse concentrar.
—Nunca, pero nunca, se te ocurra pedirme que cierre los ojos.
Edward se paralizó al ver el dolor en la mirada de Bella. Él conocía de sobra el dolor y verlo en ella no ayudaba.
—En ese caso, volvamos a comenzar —dijo Bella, dejando atrás el amargo momento.
Edward le sonrió con sinceridad y ella se sintió desfallecer. No debía de ser legal que un hombre luciera así.
—¿Qué hay acerca de ti? —preguntó Edward de nuevo mientras se acomodaba mejor en el sillón.
Bella sacó de su bolsa trasera la cajetilla de cigarrillos, tomó uno, lo encendió y le pasó la cajetilla a Edward. Este la tomo e hizo lo mismo.
—Ya que no salgo en Wikipedia. —Bella suspiró—. Vivo en Chicago, mi padre es comisionado de policía y mi madre productora de televisión. Somos cinco hijos, tres hombres y dos mujeres. Además de que soy tía de dos pequeñines —Bella sonrió y un pequeño hoyuelo se dejó ver.
Edward sonrió involuntariamente.
—Al parecer tienes una familia numerosa. —Por primera vez en mucho tiempo, Edward sintió celos. No de su familia, ni de la felicidad que mostraba al hablar de ellos, sino de la capacidad de amar que Bella demostraba.
—Sí. Somos una gran familia. —Bella sintió una punzada de dolor al ver la mirada ensombrecida de Edward—. Háblame de la tuya.
—No hay nada que decir —articuló Edward.
Aunque por el tono de voz y su mirada, Bella entendió que lo más seguro era que Edward no supiera lo que era tener una familia.
—Vamos, yo te hablado de la mía. Es justo que tú me digas algo acerca de la tuya. —Lo alentó.
Edward sabía que ella tenía razón. Era justo que le dijera aunque sea un poco. Suspiró y se preparó para hablar.
—Tengo una familia disfuncional. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía cuatro años. —Tomó un poco de aire para continuar—. Mi madre vive en Chicago con mis tíos y mi padre en Las Vegas.
Con esa respuesta, Bella entendió que él no le diría más acerca de su familia, así que decidió zanjar ese tema y continuar con otro.
—¿Qué se siente vivir en Nueva York? —preguntó Bella con entusiasmo.
Edward se sorprendió por el cambio de tema. Agradecía que fuera inteligente para entender que no quería hablar más de ese tema.
—Lo mismo que vivir en cualquier ciudad. —Edward vio que Bella no estaba convencida con su repuesta—. La verdad es que no estoy mucho en la ciudad. Vivo más en hoteles que en mi departamento.
Bella sonrío.
«Es todo una estrella de rock».
—Entiendo lo que dices. —Él le sonrío—. Mi trabajo me hace viajar por todas partes del mundo. A veces, solo a veces, tengo tiempo de estar en mi apartamento.
—Eso apesta —afirmó Edward.
—Mucho —dijo Bella—. Ahora. ¿A dónde irás mañana cuando salgamos de aquí?
Edward se quedó en silencio por un momento. No había pensado en eso. Lo único que quería era salir de allí para volver a Nueva York.
—Al aeropuerto más cercano —respondió.
Las siguientes tres horas se la pasaron platicando de manera cordial. Se conocieron más a fondo a través de preguntas triviales. En esa conversación, acordaron que saldrían al día siguiente, rumbo a Port Angeles y de ahí a Seattle.
De un momento a otro, Bella se quedó dormida. Edward tomó la cobija que había doblado esa mañana y con ella, los arropó a ambos, en el momento en el que él se recostó a lado de Bella.
El sueño de Edward terminó tan solo cuatro horas después, así que se quedó mirando el hermoso rostro de Bella, como su ceja se levantaba levemente, su boca entre abierta y esa pequeña mueca que hacía. Ella era perfectamente imperfecta.
A la mañana siguiente, los rayos del sol entraban por el ventanal. Ya era más de medio día y aunque Edward estaba despierto desde hace un largo tiempo, no quería levantarse. No sería correcto que anduviera por ahí vagando.
Cuando los rayos de sol se hicieron insoportables, Edward decidió que era momento de levantarse y se sentó a mirar a Bella.
Bella abrió un ojo al sentirse observada.
—¿Acaso tengo monos en la cara? —preguntó Bella. Abriendo ambos ojos y mirándolo fijamente.
—No. Solo cucarachas.
Bella comenzó a reírse. Edward era un tipo sin igual. Nada comparado a lo que había pensado de él.
Sin decir más, Bella se levantó del sillón, se puso sus lentes y caminó a la cocina a preparar el desayuno.
Edward se perdió en el trasero bien formado de Bella. Sí. Ella era putamente caliente como el infierno y su "amiguito" lo sabía.
Al terminar de desayunar, Bella subió por un par de chaquetas. Le entregó una a Edward y ambos fueron a la cochera.
—¿Cómo saldremos de aquí? —consultó Edward.
—Tranquilo. —Bella abrió la puerta de la cochera—. Ya lo verás.
Al entrar, Edward vio una preciosa Arctic Cat Bearcat Z1 XT GS*. Al parecer no había otro transporte más que ese.
—Solo hay una —dijo.
—Eres un observador nato —murmuró Bella. Negó con la cabeza, limpió un poco la moto y se subió a ella—. En una como esta es la única forma de llegar aquí, así que súbete, cállate y sujétate. —Bella le tendió un casco a Edward, mientras ella se ponía el suyo.
Edward quería protestar, pero sabía que era la única forma de salir, así que hizo lo que Bella pedía.
Bella presiono un botón de la moto y en seguida se abrió la puerta de la cochera. En ese instante, sintió la fuerte respiración de Edward en su nuca y sus manos tensarse alrededor de su cintura, la acción le provocó un calentón.
Esto sería putamente excitante. En todos los sentidos.
—Solo relájate —gritó Bella al momento de encender la moto y salir a máxima velocidad.
Para ser una estrella de rock con una vida llena de excesos, Edward era un cobarde en cuanto a velocidad se refería. Es por eso que se pasó la mayor parte del trayecto con los ojos cerrados y abrazado completamente a la cintura de Bella.
Después de dos horas, por fin llegaron a su destino.
—Hemos llegado —anunció Bella, dándole unas palmaditas a las manos de Edward.
Esas eran las palabras más dulces que Edward había escuchado en un largo tiempo. Por fin podía respiran con tranquilidad.
Al abrir los ojos, Edward se dio cuenta de que habían llegado a una casa de dos pisos con fachada de tabique rojo.
—¿Es tuya esta casa? —preguntó Edward.
Ambos bajaron de la moto.
—No. Es de un amigo de mi papá. —Sin decir más, Bella corrió a la puerta y tocó el timbre.
Edward la siguió hasta estar atrás de ella.
Pasaron un par de minutos hasta que un hombre de cabello platinado, piel morena, complexión estándar y estatura promedio, abrió la puerta.
—¡Harry! —exclamó Bella, antes de aventarse a sus brazos.
El señor le devolvió el abrazo tiernamente.
—Pequeña —susurró él.
Ella se separó cuidadosamente de él.
—Vengo por mi auto —dijo Bella.
Harry asintió y comenzó a caminar hacia la cochera.
—¡No lo puedo creer!—gritó Harry al momento de ver a Edward—. ¡Edward Cullen en mi puerta! —Volvió a gritar. Sin pensarlo camino hacia él, lo abrazó y alzó por los aires.
Edward se sorprendió ante la reacción de Harry. No era común que alguien más bajo que él lo cargara de esa manera.
Al ver que no lo soltaba, Edward puso cara de incomodidad. Harry le estaba apachurrando la espalda y eso no le estaba gustando para nada. Estaba a punto de soltarle un golpe.
—¡Hey! —gritó Bella—. Bájalo. Lo estas asfixiando.
Harry alzó la vista y al ver la cara de dolor de Edward, decidió soltarlo.
—Lo siento mucho —se disculpó Harry—. No es común que una estrella de rock esté en mi casa.
Edward sonrió levemente.
—Vamos Harry. —Bella camino hacia ellos, colocó su mano en la espalda y le fue empujando hacia la cochera—. No lo atosigues.
Edward caminó cautelosamente detrás de ellos.
—No me habías dicho que Edward fuera tu amigo —dijo Harry con indignación y asegurándose de que Edward no los escuchara.
—Es una larga historia —susurró Bella—, que otro día te contaré.
Harry volteó a verla.
—Eres como tu padre. —Bella sonrió—. Nunca dicen nada. —Esta vez lo ignoró y siguió empujándolo.
Cuando Harry abrió la cochera, Edward se quedó boquiabierto. En ella había un Charger 69* color negro mate. Este era de la especie de autos que no se veían comúnmente en la calle.
Edward sonrió. Se podía notar que Bella era una mujer aficionada a la velocidad.
—Veo que has cuidado muy bien a mi bebé —afirmó Bella, dándole una vuelta al auto—. Gracias.
Harry asintió y le entregó las llaves.
—Sube al auto —le ordenó Bella a Edward.
—¿No se quedan un poco? —preguntó Harry con tristeza.
—No podemos —respondió ella mientras se subía al auto—. Mi amigo lleva prisa. —Señaló al cobrizo que se estaba subiendo del lado del copiloto—. Pero aún así me dio gusto verte. —Bajó la ventanilla y cerró la puerta del automóvil—. Gracias por todo.
Edward se estiró hasta llegar a la ventanilla de Bella.
—Hasta luego —dijo Edward, extendiéndole una mano a Harry, el cual no dudó en tomarla.
—Ha sido un placer y disculpa el que te haya aplastado —dijo.
—No hay problema. —Edward soltó la mano del contrario y se acomodó en su lugar.
—Salúdame a tu padre —dijo al momento de abrir por completo la puerta de la cochera.
—Claro. Y tú salúdame a los chicos.
Harry asintió.
Y con eso, salieron rumbo a la carretera.
—Que tengan un buen viaje —gritó Harry.
Bella asintió y continuaron su camino.
—Tienes buenos amigos —dijo Edward. Él iba viendo los arboles por la ventana.
—Sí, eso parece —dijo, sin despegar su vista de la carretera—. Y¿tú? —Se giró un momento para poder verlo—. ¿Tienes buenos amigos? —Volvió su mirada a la carretera.
Edward comenzó a reírse.
—No —respondió con sinceridad.
—Vamos —expresó, golpeando un poco su hombro—. Todo el mundo tiene amigos.
Edward volvió a reír. Para ser una chica inteligente, era muy inocente.
—Yo no —afirmó. «¡Mentiroso! ¿Acaso se te ha olvidado Dave?»—. Tuve uno. —Al decir eso, un nudo se le formó en la garganta.
—¿Qué sucedió con él?
—Murió —respondió Edward secamente.
Al escuchar su tono de voz, Bella despegó un momento su mirada de la carretera para poder verlo.
—¿El que era bajista en tu banda?
Esta vez Edward no respondió. Ya no quería hablar más de ese tema.
Lo siguiente de camino a Seattle fue en silencio. Bella volteaba a verlo de vez en cuando, pero Edward seguía viendo hacia afuera.
De un momento a otro, Edward recordó que no estaba solo. Tenía a Joe. ¿Por qué no se le había ocurrido antes?
—Oye. —Edward llamó la atención de Bella—. ¿Tienes un teléfono móvil que me prestes?
Bella quitó su mano derecha de la palanca de velocidades, la metió en su bolsillo, sacó su celular y se lo pasó a Edward.
Edward lo tomó y marcó el número de Joe, esperando a que contestase.
—¿Diga? —contestó Joe.
—Joe. No sabes el gusto que me da oírte —dijo Edward con sinceridad.
—Edward. ¿Dónde mierdas estás?
—Me dirijo a Seattle. Necesito que prepares el jet.
—¿Para cuándo lo necesitas?
—Para hoy, imbécil.
—No te pongas así conmigo. El puto jet está descompuesto, así que tendrás que esperar hasta mañana.
—¿Estás de broma? —Edward comenzaba a enojarse.
—No, así es esto. —Una risilla se escuchó al otro lado del teléfono—. ¿O prefieres viajar en clase turista?
Edward se paralizó ante el comentario. Era obvio que no podía viajar en clase turista. Sobretodo cuando le daban sus ataques de ansiedad.
—¿A qué hora estará listo el jet mañana? —preguntó resignado.
—A las nueve de la mañana. Estará donde lo dejaste.
—Bien. —Sin más, colgó y le pasó el celular a Bella—. Gracias.
Ella solo asintió.
— Así que, ¿necesitarás un lugar dónde dormir? —preguntó Bella con una ceja alzada.
Al parecer había estado poniendo atención en su conversación.
—Sí —se limitó a contestar.
—En ese caso. —Bella se apresuró a tomar una desviación de la carretera.
—¿A dónde vamos? —preguntó Edward, confundido.
—Ya lo verás.
Bella condujo un par de minutos más hasta llegar a un bloque de casas residenciales. Se detuvieron frente a una casa de fachada gris. Bella estacionó el auto en la entrada y bajó de él. Edward no se quedó atrás y fue detrás de ella.
Bella llegó a la puerta y tocó el timbre. Edward iba a preguntar qué hacían ahí cuando un hombre muy bien parecido abrió la puerta. Era alto, como de 1,80 de altura, sus ojos eran color miel y su cabello era del mismo tono que el de Bella.
—Raymond —dijo Bella antes de abrazarlo. El susodicho la abrazó de igual manera.
Edward suspiró aliviado al saber que se trataba del hermano de Bella.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Ray, apartándose del abrazo.
—¿Qué? ¿No puedo venir a ver a mi hermano favorito?
—Déjate de tonterías. —La miró fijamente—. Ahora, responde mi pregunta.
—Verás, mi amigo y yo necesitamos hospedaje, así que… —Bella se apartó de en medio, dejando ver al susodicho.
Raymond comenzó a gritar al ver a Edward. —¡No puede ser! —Se metió corriendo a la casa—. ¡Heather!
Edward vio a Bella y esta comenzó a reírse.
—Será mejor que entremos —dijo Bella, tomando del brazo a Edward.
Al cruzar el umbral, la casa era más hermosa de lo que Edward había pensado, digna de personas con buen gusto.
Bella cerró la puerta tras ellos y empujó a Edward hasta la sala. Por su parte, Raymond seguía gritando como loco.
—¿Qué sucede? —preguntó una preciosa mujer de tez blanca, ojos azules y cabello rubio, la cual salía de la cocina.
Raymond señaló a Edward.
—¡NO PUEDE SER! —comenzó a gritar la recién llegada.
Edward se sentó en el sillón tapándose los oídos. Tanto grito lo iba a enloquecer.
—¡Basta! —pidió Bella al ver a Edward—. Lo están asustando.
Raymond y Heather dejaron de gritar.
—Escuchen. Edward y yo necesitamos asilo por esta noche. —Bella vio en el rostro de su hermano y en el de su cuñada, que querían volver a gritar—. Así que compórtense antes de que lo vuelvan loco.
Con eso, Raymond y Heather calmaron un poco más.
—Sería un honor —se apresuró a decir Raymond. Volteó a ver a Heather y esta le sonrió—. Al parecer a tiempo para cenar.
Bella se giró para ver a Edward, este aún con su rostro afligido. Sonrió para tranquilizarlo. Tenía que hacerle saber que ahí estarían bien.
Al ver la sonrisa de Bella, Edward se sintió más tranquilo.
Heather volvió a la cocina y Raymond les hizo señas para que pasaran al comedor.
Bella le extendió la mano a Edward y él la tomó, levantándose del sillón y caminando hacia el comedor.
—Siéntense —pidió Raymond amablemente, señalando las dos sillas del lado derecho.
Con esta invitación, ambos tomaron asiento.
Pasaron un par de minutos en cómodo silencio hasta que los anfitriones terminaron de poner la mesa y servir la cena.
—Cuéntenos, ¿cómo se conocieron? —preguntó Heather.
—Es una larga historia —contestó Bella.
—Tenemos tiempo —dijo Raymond.
Bella volteó a verlo.
—Sí, bueno. —Bella jugueteó con su plato—. Estamos cansados y no tenemos ganas de hablar.
Raymond notó el tono evasivo en su hermana.
—Como digas —dijo Raymond en tono resignado.
Edward se quedó aún más callado al ver la dinámica que Bella tenía con su hermano.
—Está muy rica la cena —dijo Edward, cortando la incomodidad.
—Que bueno que te guste —dijo Heather con una sonrisa—. De verdad es un gusto que estés en nuestra casa.
Raymond dejó de ver a su hermana con el ceño fruncido tras la patada que su esposa le dio.
—Sí, un gusto —dijo y se volteó a ver a Edward—. Eres una persona muy callada —afirmó Raymond, sin apartar su mirada.
—No hay mucho que decir —susurró Edward—. Soy una persona muy tímida.
Bella sonrió. Efectivamente, Edward era tímido y evasivo.
—Imaginé que al ser una de las celebridades más conocidas, serías un tipo que se la pasaba hablando de sí mismo.
Bella comenzó a reír ante el comentario de Raymond, el cual estaba completamente alejado de la realidad.
Raymond pasó de la risa de Bella y siguió concentrado en Edward. No es que tuviera desconfianza de él, sino todo lo contrario, era un gran fan de él y quería disimularlo.
—Las apariencias engañan —dijo Edward en su defensa—. No suelo ser lo que la gente espera.
Raymond quería hacer otra pregunta, pero fue interrumpido por Bella.
—Suficiente. —Bella se levantó de la mesa—. Si no les importa, estamos muy cansados y queremos dormir.
Heather les sonrió dulcemente y asintió. —Muéstrales dónde dormirán —le ordenó Heather a Raymond. Este asintió, dejó su comida, se levantó de la mesa y les hizo señas para que lo siguieran escaleras arriba.
Bella fue la primera en salir tras su hermano. Por su parte, Edward le hizo una reverencia a la señora de la casa y siguió a Bella.
Heather sonrió aún más. Edward era más de lo que pensaba.
Al llegar al segundo piso, Edward vio a Bella hacerle señas de que la siguiera a una de las habitaciones. Caminó hasta estar al lado de ella.
—Aquí es donde se quedarán. —Raymond señaló la habitación en la que estaban, la cual solo tenía una cama—. Me encantaría poder ofrecerles otra recámara, pero por el momento es todo lo que tenemos.
—Perfecto. —Se apresuró a decir Bella—. Estaremos bien —dijo, echándole un vistazo más profundo a la habitación—. Ahora, si nos disculpas.
Raymond entendió y comenzó a salir del cuarto.
—Gracias —dijo Edward. Le extendió su mano y Raymond la tomó. Por poco se desmaya. Se tranquilizó y los dejó solos.
Cuando Edward escuchó la puerta cerrarse, se giró para ver a Bella.
—¿Qué? —preguntó ella, con el ceño fruncido.
—Nada. Solo quería verte —dijo Edward con sinceridad. Tal vez podía reprocharle su comportamiento, pero, ¿quién era el para juzgarla?
—En ese caso. —Bella le sonrió—. Ambos dormiremos en la cama. Tú de lado derecho y yo en el izquierdo. —Caminó hacia la cama, se quitó sus botas al igual que sus lentes y los acomodó en la mesita de noche y se acostó en ella. Palmeó el otro lado y Edward entendió que era hora de dormir.
Edward se sentó en la cama para poder quitarse las botas, quedándose así con los calcetines de corazoncitos. Con sumo cuidado se recostó en el lado derecho de la cama.
—Me gustan tus calcetines —dijo Bella con los ojos cerrados.
Edward comenzó a reírse ante el comentario.
—Eran los únicos limpios que tenía.
Esta vez fue el turno de reír de Bella y Edward comenzó a sentir terror al darse cuenta de que las cosas al lado de Bella eran demasiado fáciles.
Nada bueno salía de sentirse a sí y Edward lo sabía.
De un movimiento brusco, Edward se dio la vuelta. Bella abrió un ojo para ver la cara de Edward y lo único que encontró fue su espalda.
—¿Te encuentras bien? —preguntó, confundida.
¡No! ¡Estoy aterrado! Quiso gritar, pero no era tan simple, al igual que la pregunta.
—Si —se limitó a contestar—. Hasta mañana.
Bella sintió cómo Edward volvía a levantar un muro entre ellos. Sin decir más, y con ganas de golpearlo, Bella se giró hacia el otro lado, dándole así la espalda a Edward.
Como ya era costumbre, Edward solo durmió cuatro horas. Abrió los ojos y todo el cuarto estaba completamente a oscuras. Tan solo un tenue rayo de luz entraba por la ventana.
Tallándose los ojos, se levantó de la cama. Escuchó cómo la lluvia caía. Era algo común en Seattle. Asomándose por la ventana, Edward pudo ver un relámpago que alumbró todo el lugar, seguido por el trueno correspondiente.
—¡No te atrevas! —gritó Bella.
Edward se giró completamente al escuchar a Bella y caminó hacia ella. Estando cerca, pudo notar que ella aún dormía.
—Bella —Edward le susurró en su oído e intentó despertarla, meciéndola de un lado a otro—. Bella.
—¡He dicho que no! —volvió a gritar. Su frente comenzaba a sudar.
—Bella —volvió a insistir Edward, pero no obtenía respuesta alguna. Ella seguía en su sueño.
—¡Joder, que no! —gritó aún más fuerte.
Fue en ese momento, cuando Edward entendió que estaba en una pesadilla. De esas que son creadas a través de malos recuerdos.
Respiró hondo y se armó de valor. La tomó de ambos brazos y comenzó a sacudirla con más fuerza.
Al instante, Bella abrió los ojos. Edward estaba frente a ella con cara de preocupación.
«¡Estúpida! Hemos tenido un ataque». Su mente podía reprenderla todo lo que quisiera, pero el maldito sueño había sido mil veces peor que antes.
Bella quería decirle a Edward que la soltara, que estaba bien, pero no podía. El solo hecho de verlo tan preocupado, derrumbó una de las murallas de Bella. Lentamente, comenzaron a llenársele los ojos de lágrimas.
—Estoy bien —dijo Bella con voz estrangulada.
—¿Por qué te empeñas en mentirme? —preguntó Edward al verla tan mal.
—Ha sido tan solo una proyección de mi estúpido subconsciente. —Sonriendo con tristeza, se deshizo de los brazos de Edward.
—Es más que eso. —Si alguien sabía de recuerdos malos, era Edward.
—Ya te he dicho lo que es —dijo de mala gana y se volvió a acostar en la cama—. Olvídalo.
—¿Bella? —Edward quería respuestas, pero era obvio que ella no se las daría.
—Gracias —susurró mientras se volteaba hacia su lado de la cama—, pero te he dicho que lo olvides.
—Oye…
—¡Que lo olvides! —dijo Bella en un tono más alto.
—Pero…
—¡Pero, nada! —Esta vez, Bella se levantó de la cama—. No nos conocemos tanto como para que hablemos de esto. —Girando su cara, encontró la mirada penetrante de Edward—. Agradezco lo que hiciste, pero no tienes derecho de preguntarme nada.
Esas palabras le dolieron a Edward. Ella tenía razón. No se conocían en lo absoluto como para contarse ese tipo de cosas.
—Tienes razón —admitió derrotado—. Vuelve a dormir —le dijo antes de levantarse de la cama.
Caminó hasta la ventana y se sentó en el pequeño sillón de piel que estaba al lado de esta.
Eran las siete y media cuando el celular de Bella comenzó a sonar.
Aún medio dormida, Bella buscó en la mesita de noche el celular hasta que lo encontró.
—Swan —contestó en un tono adormilado.
—¿Dónde está mi mejor agente? —preguntó una voz autoritaria al otro lado del teléfono.
—En Seattle, jefe —respondió Bella, levantándose de un salto y poniéndose las botas al mismo tiempo.
—Bien. Necesito que tomes el próximo vuelo a Texas.
—Como digas. —Y sin más, Bella colgó.
Metió el teléfono en la bolsa de su pantalón, se puso sus lentes y comenzó a buscar a Edward. Este no estaba en el cuarto, así que decidió bajar.
Mientras bajaba las escaleras, reservó un boleto de avión a Texas.
Cuando llegó al piso inferior, se encontró a Heather de frente, levantando su vista del celular.
—¿Has visto a Edward? —preguntó.
—Sí. —Heather volteó a ver al comedor—. Está tomando el café con Ray.
Bella asintió y caminó hacia donde estaba Edward. Una vez que reservó el boleto de avión, se guardó el celular y entró de lleno al comedor.
—Bella —dijo Raymond cuando ella entro en el salón.
Edward se giró para poder verla. Ahí estaba, recargada en el marco, mientras sonreía.
—Es hora de irnos —dijo Bella, señalando la puerta con la cabeza.
Edward asintió y se levantó de la silla.
—Ha sido un placer conocerte —expresó mientras le extendía la mano a Raymond. Este la tomó y sonrió.
—El placer es todo mío. —Aún sonriendo, le soltó la mano.
Bella levantó su cabeza en señal de despedida.
—¿Por qué haces eso? —preguntó Raymond, levantándose de la silla.
—No necesitamos despedidas —dijo Bella—. Nos veremos dentro de unos días.
Raymond caminó hacia ella para poder abrazarla.
—Sin cursilerías —dijo ella poniendo su brazo entre los dos—. Gracias por todo. —Y sin más, Bella salió de la casa.
Edward se giró hacia Raymond.
—De verdad, gracias por todo. —Ray le sonrió tristemente—. Me despides de tu esposa —murmuró Edward antes de salir de la casa.
Raymond veía desde el pórtico cómo Edward se subía al carro.
—¿Nos vamos? —le preguntó Bella a Edward.
Él solo asintió.
Bella giró el volante y comenzó a conducir hacia el aeropuerto.
—¿Volverás a Chicago? —preguntó Edward después de unos minutos de silencio.
—No. Tengo trabajo en otra parte —respondió secamente—. ¿Tú? ¿Volverás a Nueva York? —Esta vez preguntó con curiosidad.
—Si —respondió él.
Al llegar al aeropuerto, Bella fue directamente a la oficina de policía. Por su parte, Edward se quedó sentado en la sala de espera, cuidándose de que nadie lo reconociera, incluso se compró un periódico con dinero que Bella le prestó.
—¿Qué demonios estás haciendo? —pregunto Bella, confundida, sentándose a su lado.
—Escondiéndome —respondió el en voz baja—. ¿Qué fuiste hacer? —preguntó, levantando su vista del periódico.
—Fui a registrar mi automóvil para que lo trasladen a Chicago —respondió Bella antes de morder la dona que traía en su mano.
—Por cierto —dijo Edward, acordándose de algo—. Joe, ha mandado a alguien a arreglar mi desastre. Irán por el auto y se encargaran de todo.
Bella volteó a verlo sorprendida.
—¿Quién es Joe? —preguntó al momento de darle otra mordida a la dona.
—Mi representante.
—Oh. La niñera que limpia tu mierda.
Edward la miró con mala cara.
—Sabes que es verdad —dijo antes de terminarse la dona.
Edward iba a regresar su vista al periódico, cuando el teléfono de Bella comenzó a sonar.
—Es para ti —informó, pasándole el celular a Edward.
Edward lo tomó y contestó.
—¿Qué paso? —preguntó Edward.
—El jet te está esperando donde lo dejaste.
—Perfecto —dijo Edward triunfante—. Voy hacia allá. —Sin más, colgó y le pasó el teléfono a Bella.
Se levantó de la silla felizmente, hasta que se dio cuenta de que este era el adiós. Giró hacia Bella.
—No empieces con cursilerías —le advirtió Bella al ver su rostro.
—Gracias —dijo Edward con toda la sinceridad posible—. Has sido la luz en mi oscuridad y por eso te estaré el resto de mi puta vida agradecido.
No era una declaración de amor, y aún así a Bella le supo a gloria.
—No me debes nada —dijo mientras se levantaba y trataba ponerse a su altura, lo cual era imposible—. Solo hice mi trabajo.
Edward comenzó a reírse.
—Ahora suenas como policía.
Bella también empezó a reír.
—Una mala costumbre. —Mas su sonrisa desapareció cuando Edward acortó la distancia y la abrazó.
—Eres la mejor persona que he conocido —dijo en su oído—. Gracias.
No era algo común que un artista al que idolatrabas, te estuviera sosteniendo y al mismo tiempo, agradeciendo.
Sin darle más vueltas, ella también lo abrazó. Enterró su rostro en su pecho. Su olor era desorbitante. Te hacía querer un poco más de él y la fuerza con la que te sostenía. Ella podría pasar el resto de su vida en ese lugar.
«¡Despierta!». Su subconsciente le dio una cachetada. «Tenemos trabajo que hacer»
Y sin más, lo soltó. Suspirando con tristeza, admitió que ambos tenían que volver a sus mundos.
Moviéndose en los brazos de Edward, Bella deshizo el abrazo.
Edward la observó fijamente. Probablemente nunca la volvería a ver, así que quería guardar su recuerdo, hasta que se dio cuenta que no tenía que ser así.
—Pásame tu número de celular —dijo Edward.
Bella lo miró sorprendida.
—¿Estás de broma? —preguntó con fingida indignación.
—No —respondió él con sinceridad.
—¿Para qué lo quieres?
—Para secuestrarte. —Edward la miró con sorna.
—En ese caso. —Bella sacó una pluma que traía en su chaqueta y le anotó su número a Edward—. No soy lo que piensas.
—¿A qué te refieres? —preguntó Edward mientras veía el número de su mano.
—No soy una buena persona, y mucho menos una buena amiga. —Edward levantó su mirada para ponerle más atención—. Mi trabajo es lo único que me importa, a tal caso que lo llevo a mi vida rutinaria.
—No me importa. —Edward le sonrió de manera cínica—. Dijiste que todo el mundo debe tener un amigo. —Bella lo observó, levantando una ceja—. Así que yo te acabo de elegir a ti.
—Eres un idiota —dijo Bella, pegándole en el brazo a Edward.
—Tal vez, pero ahora soy tu amigo el idiota. —Edward se agachó hasta ponerse a la altura de Bella y sin avisar, le dio un beso en la mejilla—. Adiós, princesa —le susurró al oído.
Se paró firmemente y comenzó a caminar, rumbo a la puerta dos, donde estaba su jet.
Bella se quedó viéndolo partir, con una sonrisa.
—¡Adiós! —Vio cómo él se perdió a la distancia—. Has sido el mejor desastre con el que me he podido encontrar —susurró esto último para sí misma.
Nota de la autora:
Moto de nieve: Arctic Cat Bearcat Z1 XT GS: La única capaz de realizar las tareas más duras, con más de 150 caballos de fuerza.
Dodge Charger 1969: ahorrémonos la explicación. Es el de la película Rápido & Furioso (El que usa Vin Diesel)
Dejando de lado la parte "técnica".
1. Es un gusto para mí que seden el tiempo de leer esta historia.
2. Lamento mucho la tardanza. Pero así es esto.
3. La segunda canción que recomendé, (es cuando Edward habla de la nieve. Es un reclamo hacia su madre)
¿Cómo ven a este par?
Gracias por sus comentarios, alertas y favoritos. (De verdad ayudan)
Por último y no menos importante. Infinitas gracias a mi Beta. Eres un sol.
Ahora les mando besos aplastantes :D
