Alexander estaba allí.
Cuando Ilona se dio la vuelta, después de haber estado absorta por un largo rato, vio que él estaba allí, como una figura triste parada frente a ella. Serena y reconfortante como siempre.
Su espíritu de la noche, que se aparecía todas las noches en su habitación para consolarla.
Ahí estaba otra vez.
Pero ahora Londres le parecía una ciudad existente solo en los sueños.
-Lo siento, no sé qué me pasó- se disculpaba, y quiso evadirlo. Pero Alexander se le acerca y ella se refugia en sus brazos.
-Ilona- él susurra su nombre- Esto no será facil, mi amor. No te atormentes, le das demasiada importancia a lo que no lo tiene-
-¡Estoy recordando!-
-Lo sé-
Ella no comprendía. Alexander solo la miraba con calidez.
-Es normal que recuerdes, Ilona, ese pasado- le decía-... que es tan horrible para ambos. Pero, eso ya no importa, mi amor-
La besa con ternura.
-Lo único que importa es que has regresado-
Ilona sonríe al fin y se abrazan. Y la forma en que ella abrazaba a Alexander, en ese justo momento, era abrazarlo como Ilona, no como Mina Murray.
"¿Quién soy?" pensó a pesar de todo eso. Tanto Mina como Ilona estaban dentro de ella.
-El baile está demasiado hermoso- le dijo al fin, olvidando un poco lo malo -No tengo palabras para describir cuán maravilloso es este mundo, Alexander-
-Y es para ti-
-Pero ¿Yo soy digno de él? No lo creo, yo no puedo ser como ellos, o como tú-
Ilona se separa de él, como un alma perdida. Pero Alexander se negaba a dejarla ir.
-Yo tampoco estoy acostumbrado, la verdad- le confesaba -Yo también tenía cuatro siglos sin poder regresar, cuatro siglos en otro lugar. Los dos estamos recuperando nuestra vida-
La música de la orquesta y las voces se oían amortiguadas por la distancia y por los muros que los separaban.
-Que no te perturben ellos- proseguía y su rostro se había ensombrecido -No confío en todos ellos. No debemos confiar en nadie. Sin embargo...-
Alexander se paseaba por la habitación hasta que se acerca a la ventana y contempla toda la extensión de su castillo que le dejaba ver la luna llena.
Y los lobos merodeaban.
Pero no había señal alguna de que había una fiesta o invitados en aquel castillo. Ni carrosas, ni caballos ni pajes.
Porque los vampiros simplemente se aparecían, cuando eran invitados, claro.
-No me gustan pero es mi deber hacerles saber que hemos retomado nuestro lugar. Que Transilvania vuelve a tener a su Príncipe-
Los ojos le brillan con destellos esmeralda, la mirada del cazador.
Ilona no podía estar segura de eso, ella dudaba, tenía miedo. Y no sabía ser un vampiro.
-Ellos pueden oler el miedo ¿No es así? Ellos saben que soy una neófita-
-Es cierto, se dan cuenta, y no les gusta- confirmaba Alexander implacablemente.
-¿Eso qué significa?-
-Nada. No tienes por qué preocuparte. Si hay algo que ellos deben entender es que eres mi esposa, neófita o no, estás por encima de todos ellos y te ganarás su respeto-
Aquello sonaba demasiado duro para Ilona. Ella sentía que no era aquella reina mítica, aquella figura del cuadro.
Pero no se atrevía a decirle todo eso a Alexander.
Él se le acerca otra vez, y acaricia su rostro:
-La noche es larga, amor. Cuando te sientas lista puedes unirte a mí, y pasearemos por los jardines y que todos vean al magnífico ser que ha regresado para darle vida a este castillo-
Le sonríe y da la vuelta para regresar al baile.
