Capítulo 2

Me parece que ha transcurrido una eternidad desde la última vez que posé mis ojos en tu dulce rostro.

Terrence Graham iba rumbo a casa.

Cuando esa mañana hizo llamar al mozo de cuadras de Charlie y le ordenó que le ensillara la yegua, habría jurado que sólo iría a cabalgar por Hyde Park. De veras creía que no tenía ningún plan urgente para ese día aparte de dedicar una lánguida sonrisa y tocarse el sombrero ante cualquier dama que le captara la atención, en inocente coqueteo. Y que a eso seguiría, como siempre, un suculento almuerzo, una buena siesta y una noche de juego con Charlie en las mesas del White's o del Watier's.

Nada de eso explicaba por qué llevaba a su caballo a medio galope y ya estaba dejando atrás las congestionadas calles de Londres en dirección a los caminos del campo. Los setos y cercas de piedra pasaban veloces, enmarcados por el glorioso verde de los ondulantes prados. El cielo de verano estaba de un esplendoroso azul salpicado por nubes que parecían lanudos corderitos paciendo en un campo azul. El aire fresco le inundaba los pulmones expulsando el hollín de la ciudad, haciéndolo sentirse embriagado y más que un poco peligroso.

Ya llevaba casi una hora cabalgando a galope tendido cuando identificó la emoción que hervía dentro de él.

Estaba furioso, furioso como un demonio.

Horrorizado por ese descubrimiento tiró suavemente de las riendas y puso a la yegua al trote. Había tenido veintiún años para perfeccionar la fría indiferencia conveniente a un hombre de su posición. Y una mojigata señorita de campo había tardado sólo dos minutos en destruirla.

Hacía tres días que había puesto su carta en el cajón del escritorio de Karen para no volver a verla ni leerla nunca más. Pero su voz seguía resonando en su cabeza, remilgada y mordaz, para pincharle la conciencia que intencionadamente había vuelto insensible con años de indiferencia.

«Aunque usted decidió no hacer caso de sus repetidas súplicas de reconciliación a lo largo de estos años, murió con su nombre en sus labios. Supongo que la noticia no le causará excesiva aflicción.»

Soltó un bufido. ¿Qué dificultad podía tener la señorita Candice White para autoproclamarse defensora de su madre? Después de todo su madre le había dado un hogar.

Y a él lo había expulsado del suyo.

Le resultaba muy fácil imaginarse a la santurrona cómodamente instalada en el acogedor salón de Graham Manor. Probablemente se sentó ante el secreter de palisandro a escribir la misiva, con la pluma metida entre sus labios fruncidos buscando la frase más hiriente para condenarlo. Se imaginaba incluso a sus engreídos hermanos, uno a cada lado, rogándole que leyera la carta en voz alta para poder reírse de él.

Tal vez después de sellar la carta con una pulcra barrita de lacre, se habían reunido junto al amado piano de su madre, a la suave luz de la lámpara a entonar himnos para agradecer a Dios el haberlos hecho tan superiores moralmente a un rencoroso miserable como él

La imagen lo hizo comprender otra asombrosa realidad.

Estaba celoso; ridícula, patética y furiosamente celoso.

Esa emoción le era absolutamente desconocida. Si bien podía desear a una mujer hermosa o un excelente caballo que perteneciera a otro hombre, jamás había sufrido ninguna pena especial en esas raras ocasiones cuando se le negaba lo que admiraba.

Pero sentía celos de esos niños que vivían en la casa que en otro tiempo fuera su hogar. Hacía años que no se permitía pensar en Graham Manor, pero de pronto casi sentía los pinchazos de las espinas de las rosas que trepaban por los ladrillos encalados. Olía los fuertes aromas del jardín de hierbas de su madre y veía una gorda gata amarilla durmiendo en el porche de atrás al sol de mediodía.

Sintió una punzada en el pecho, desagradablemente cerca

del corazón.

Hundió los talones en los flancos de la yegua, instándola al galope. Recorrieron varias leguas a esa agotadora velocidad, hasta que puso a su montura a un relajado medio galope. No le serviría de nada matar a un caballo leal por causa de una mujer.

Apretó los labios; y mucho menos por una mujer como Candice White.

Se detuvo en una destartalada posada para descansar un rato y dar de beber a la yegua, y después reanudó su camino. El sol ya había pasado por su punto más alto en el cielo y empezaba su lento descenso hacia el horizonte cuando los alrededores comenzaron a parecerle conocidos. Detuvo su montura en un solitario cruce de caminos. Si no le fallaba la memoria, la aldea Arden estaba al otro lado de la siguiente colina, y la casa a menos de una legua más allá.

No quería soportar las miradas curiosas de los aldeanos si pasaba por en medio de la aislada aldea esa soñolienta tarde de jueves. Tampoco quería que alguno de ellos corriera a alertar a la señorita White de su próxima llegada. Ella lo esperaba dentro de un mes, y si sus años de lucha contra Napoleón le habían enseñado algo era aprovechar al máximo el elemento sorpresa.

Guio a la yegua fuera del camino y tomó por un sendero moteado por la luz del sol. Para llegar a la casa sin ser visto, sencillamente tendría que tomar el atajo por el bosque de robles que orillaba la esquina occidental de la propiedad.

Cuando se acercaba al antiquísimo bosque, se dibujó una sonrisa en sus labios. De niño se había imaginado que el bosque estaba habitado por un gran número de duendes y trasgos que querían hacerle daño. Su madre no hacía mucho para quitarle esa idea de la cabeza, con la esperanza de que su miedo al bosque le evitara caer en algún riachuelo correntoso o en alguna garganta rocosa. Se le desvaneció la sonrisa. Su madre había acabado entregándolo a un monstruo mucho peor que cualquiera que él se hubiera imaginado.

El bosque estaba más oscuro de lo que recordaba. Las enredadas y frondosas copas de los árboles formaban una densa bóveda que impedía la entrada a la luz del sol y daba la bienvenida a las sombras. Trató de adaptar los ojos a esa oscuridad primitiva. Por mucho que intentara centrar la atención en el sendero, no paraba de atisbar movimientos por el rabillo del ojo. Pero cuando giraba la cabeza, todo estaba espeluznantemente quieto, como el aire antes de una tormenta.

Sin previo aviso salió un pájaro volando de un retorcido espino. La yegua retrocedió, nerviosa, casi arrojándolo de la silla.

—Tranquila, muchacha — le susurró, inclinándose a acariciarle el cuello.

Había pasado los diez últimos años mirando las bocas de los cañones de un loco; era ridículo que un bosque deshabitado lo perturbara de esa manera. No debería haber vuelto jamás a ese maldito lugar, pensó amargamente. Debería haber ordenado a Karen que diera la casa a esa santurrona señorita White, con sus bendiciones.

Tiró de las riendas para detener a la temblorosa yegua, tratando de dominar sus traicioneras emociones. Podía volver al hogar de su infancia, pero ya no era un niño. Era Terrence Graham, el séptimo duque de Grandchester, y muy pronto el señor de Graham Manor.

Flexionó las piernas y dio un enérgico golpe de riendas; la yegua respondió a la orden echando a correr a una velocidad estimulante, guiada por él por entre el laberinto de árboles.

Se inclinó sobre el cuello del animal para evitar las ramas colgantes, resuelto a dejar atrás el bosque y todos sus miedos de una vez por todas. Al poco rato divisó un claro; la luz entraba por la bóveda formada por el encaje de hojas, iluminando el aire con la promesa de libertad.

Promesa rota por la accidentada garganta que de repente pareció surgir de la tierra y estuvo a punto de tragárselo.

Se negó a dejarse dominar por el terror. La yegua había saltado gargantas el doble de anchas y tres veces más profundas durante las cazas de zorro en la casa de campo de Charlie. Tenía fe en ella.

Hasta que ella plantó las patas delanteras y soltó un agudo relincho para informarle que ese determinado salto lo daría él solo. Pasó volando por encima de la cabeza de la yegua y se le soltaron las riendas. Tuvo alrededor de un cuarto de segundo para agradecer que el suelo estuviera cubierto por hojas caídas, y en ese instante vio el gigantesco roble que se interponía en su camino. El último y sordo ruido que oyó fue el que hizo su cabeza al golpear el tronco.

A Candy siempre le había encantado el viejo bosque de robles. Le gustaba su estado silvestre, su oscuridad, su osada promesa de placeres paganos. Aunque desde pequeña conocía cada piedra, cada roca, cada grieta, simular que todavía podía perderse en su oscuro laberinto aportaba a su muy seria vida la deliciosa sensación de peligro que tanto necesitaba.

De niña había creído de verdad que algún día podría subir un montículo y encontrarse con un apergaminado elfo sentado sobre una seta venenosa, o con un hada revoloteando por entre los brillantes helechos. De jovencita, que oía el misterioso retumbo de cascos de caballo y al girarse veía a un osado caballero montado en un corcel blanquísimo galopando por entre los árboles.

El bosque era un lugar mágico donde incluso una hija huérfana de párroco tenía permiso para soñar.

Se arrodilló sobre la mullida alfombra de hojas bajo el ancho follaje de su árbol favorito. Ese día no había ido allí a soñar, sino a pedir un favor a un viejo amigo. Cerró los ojos, bajó la cabeza y juntó las manos en el pecho, tal como le enseñaran su padre y su madre.

—Mmm, ¿Dios? Perdona, Señor, siento muchísimo molestarte, sobre todo después de haber tenido todos esos pensamientos poco caritativos acerca de lord Demonio... es decir, de lord Grandchester. Pero parece que los niños y yo estamos en un buen apuro.

Cuando Jimmy y Carolyn se hicieran viejos y anduvieran arrastrando los pies con las rodillas reumáticas y dientes de madera, ella los seguiría llamando «los niños». No podía evitar el deseo de protegerlos, de evitar que comprendieran lo grave que era su situación, en especial para ella.

—Detesto molestarte cuando sé que no he sido tan fiel como debería — continuó—. Vamos, sólo la semana pasada olvidé leer mis salmos dos mañanas seguidas, me quedé dormida antes de terminar mis oraciones, me comí el último panecillo sabiendo que Carolyn lo quería, y reprendí a Anna por quemar la avena. Después, cuando me quemé la mejilla con las tenazas para rizar el pelo, dije — miró por entre las pestañas para asegurarse que no había nadie por ahí que oyera su horrorosa confesión — una palabrota muy fea.

El aire agitó las hojas, en un suspiro de decepción. Tal vez recitar sus faltas no era una buena manera de empezar.

—No quería molestarte, pero si debo frustrar las intenciones de lord Demonio, o sea de lord Grandchester para mantener un techo sobre las cabezas de los niños, creo que debo casarme antes de mi cumpleaños. Y para eso sólo me falta una cosa: un caballero con el que pueda casarme. — Bajó más la cabeza y continuó muy rápido—: Entonces eso es lo que te pido, Señor. Un hombre bueno, un hombre decente, un hombre que me quiera durante todos los años que vivamos como marido y mujer. Quiero que tenga un corazón amable, un alma fiel y afición a bañarse con periodicidad. No es necesario que sea terriblemente apuesto, pero sería agradable que no fuera abominablemente peludo, tuviera una nariz bastante derecha y todos sus dientes — hizo una mueca—, o por lo menos la mayoría. Preferiría que no me pegara, aun cuando yo lo mereciera, y querría que llegara a querer a Jimmy y Carloyn como los quiero yo. Ah, y una tolerancia a los gatos podría facilitar considerablemente las cosas. — Decidiendo que no le haría ningún daño hacer unas pocas promesas, añadió— Y se me envías a un hombre que sepa leer, me encargaré de que continúe el trabajo de mi padre donde él lo dejó. — Era lógico que si Dios tenía la generosidad de bendecirla con un marido ella debía ser generosa compartiéndolo con Él. Temiendo haber pedido ya demasiado, soltó el resto—: Gracias por todas tus bendiciones. Dale todo nuestro amor a papá, mamá y la querida lady Eleanor. Amén.

Pasado un momento abrió los ojos, atenazada por una cosquilleante sensación de expectación. No habría sabido decir qué esperaba del Todopoderoso en ese momento. ¿Un trueno? ¿Un majestuoso toque de trompetas? ¿Risas incrédulas?

Exploró los trocitos de esplendoroso azul visibles a través de las ramas del gigantesco roble, pero el cielo se veía tan lejos como los elegantes salones de baile de Londres. Se puso de pie y se quitó los trocitos de hojas secas de la falda. Ya empezaba a lamentar su apresurada oración. Tal vez debería haber concretado más. Al fin y al cabo, ¿no le había enviado ya Dios varios posibles maridos? Muchachos buenos y decentes de la aldea, que se enorgullecerían de hacerla su esposa y aceptar Graham Manor como su hogar. Hombres de corazones leales y espaldas fuertes dispuestos a trabajar desde el amanecer hasta la noche para mantener un techo sobre sus cabezas.

Incluso la bondadosa lady Eleanor, temiendo que el futuro fuera triste y arduo para una mujer soltera con un hermano y una hermana que mantener, le había reprendido por rechazar sus sinceras aunque torpes proposiciones. ¿Y si Dios quería castigarla por su orgullo? ¿Qué mejor manera de humillarla que hacerla pasar el resto de sus días afeitándole la espalda a Wesley Trumble o lavándole detrás de las orejas a Tom Dillmore? Se estremeció y se atragantó con una oleada de terror que le subió a la garganta. Si Dios no le enviaba un caballero antes de su cumpleaños, no tendría más alternativa que tragarse el orgullo y casarse con uno de los hombres de la aldea.

Medio temiendo que la respuesta a sus oraciones pudiera estar acechando en la pradera de más allá, en la forma de Tooley Grantham, dio la espalda a la casa y se internó más en el bosque. Entre cuidar a lady Eleanor en sus últimos días y llevar la casa desde su muerte, esos últimos meses había tenido poco tiempo para vagar, y para soñar.

Las sombras moteadas por la luz del sol parecían invitarla a continuar. Aunque ya tenía edad para saber que era imposible que encontrara algo más peligroso que un erizo enfadado o un grupo de setas venenosas, seguía encontrando irresistible la ilusión de misterio del bosque. A medida que se iba adentrando más en la espesura se enmarañaba más la red de ramas colgantes, filtrando la luz del sol y llenando el aire de una deliciosa emoción.

Mientras caminaba sus pensamientos no paraban de volver a su dilema. ¿Cómo podría soportar casarse con un Huey o un Tom o un Tooley cuando siempre había soñado casarse con un Gabriel, un Etienne o un Nicholas? Si se casaba con un Nicholas lo llamaría Nick cuando tuvieran una riña de enamorados y Nicky en los momentos de gran pasión. Claro que jamás había tenido un momento de gran pasión, pero no perdía el optimismo. Y él la llamaría con un nombre cariñoso, por ejemplo, bueno, Cariño. Estaba tan absorta pensando en los encantos del caballero con que se iba a casar que casi cayó en la garganta rocosa que le cortaba el camino.

Se estaba girando para ir en busca de un tronco caído para poner de puente cuando lo vio. Se quedó inmóvil, y parpadeó rápidamente. No era la primera vez que tenía que parpadear para dejar de ver sus fantasías. De niña muchas veces había tenido que parpadear como una loca para convertir nuevamente una severa cara en el nudoso tronco de un saúco, o un canoso duende en la achaparrada roca que no habían dejado de ser.

Pero esta vez los parpadeos no le sirvieron de nada. Cerró los ojos, contó hasta diez y volvió a abrirlos. Él seguía allí, dormido sobre un lecho de musgo a la orilla de la garganta, bajo el ancho follaje del roble más viejo del bosque.

Avanzó hacia él, como hipnotizada. No lo habría visto si un rayo de sol extraviado no penetrara la oscuridad bañándolo en su luz dorada.

Se arrodilló junto a él, y su consternación aumentó al ver lo inmóvil y pálido que estaba. Le temblaron las manos al desabotonarle los dos primeros botones del chaleco para meter la mano dentro. El almidonado linón de su camisa se le amoldaba a la palma con cada subida y bajada de su pecho al respirar.

Sólo se dio cuenta de que había tenido retenido el aliento cuando se desplomó sobre él mareada de alivio. Los latidos del corazón eran fuertes. Estaba vivo.

Pero, ¿cómo llegó a ese lugar? Nerviosa miró atentamente las malezas. No había ninguna marca de cascos de caballo, ninguna señal de que hubiera habido una pelea, ni pisadas. ¿Había sido víctima de alguna emboscada, de un asalto por un bandolero? Ese tipo de delitos eran casi inauditos en la pacífica aldea de Arden y los campos circundantes, pero claro, también lo eran los desconocidos apuestos vestidos con tanta elegancia. Rápidamente revisó los bolsillos de la chaqueta de montar. Su monedero estaba tan intacto como el misterio de su aparición.

Era como si hubiera caído del cielo.

Se sentó en los talones con los ojos agrandados.

No se podía negar que el hombre tenía una cara de ángel. No la cara regordeta y sonrosada de los querubines que a Carolyn tanto le gustaba dibujar en su cuaderno, sino la de los altos serafines que custodiaban las puertas del cielo con sus espadas llameantes. Era la de él una belleza totalmente viril, de enérgica frente y fuerte mandíbula. Sus regios pómulos y los huecos debajo de ellos le daban a su cara un tenue aspecto eslavo, pero el asomo de un hoyuelo en la mejilla derecha eliminaba cualquier idea de que fuera dado a la tristeza.

Ladeó la cabeza para analizarlo con ojo crítico. Aunque en los dorsos de sus manos se apreciaba un tenue vello oscuro, la mayor parte de su pelo Castaño y liso parecía estar en la cabeza, no le salía de las orejas ni de la nariz. Se le acercó más, oliscando recelosa. De su piel emanaba el olor a un jabón masculino, fuerte, pero agradable. Cerró los ojos y aspiró otro poco. Incluso el olor de su sudor era extrañamente atractivo.

Abrió los ojos y se encontró con la cara al mismo nivel de su nariz. Un pequeño chichón, casi imperceptible, le afeaba la perfección aguileña, dándole un especial encanto a su cara.

Volvió a sentarse sobre los talones, agitando la cabeza al darse cuenta de su tontería. Estaba tan tonta como Carolyn; por un momento se había permitido la ridícula idea de que él era la respuesta a sus oraciones. Pero no es posible encontrar a un hombre en el bosque y quedárselo para uno; eso sencillamente no se podía hacer. Suspiró tristemente, observando el impecable corte de sus pantalones de piel de ante y los seductores rizos que le rodeaban el cuello almidonado. Y mucho menos un hombre como él; a un hombre como él lo echaría de menos quien quiera tuviera la desgracia de perderlo.

Su mirada voló a su mano; no llevaba ningún anillo de bodas que indicara que había una esposa angustiada esperando que llegara a casa. Tampoco llevaba ningún anillo con sello que diera una idea de su identidad. Sin darse cuenta estiró la mano para tocarle los dedos largos y ahusados, y la retiró bruscamente.

Lo que necesitaba él era una cama mullida y un emplasto para la cabeza, no que ella estuviera allí contemplándolo con ojos de enamorada. No le haría ninguna gracia tener que explicar a las autoridades que él había muerto mientras ella perdía segundos preciosos admirando la bien cincelada curva de sus labios suaves y firmes.

Empezó a incorporarse y se detuvo. Ya había estado ahí todo ese tiempo; no haría ningún daño echarle una rápida mirada a sus dientes. Al menos eso fue lo que se dijo cuando volvió a inclinarse sobre él.

Iluminada por un rayo de sol su cara se veía tan atemporal como la de un príncipe que llevara mil años esperando que alguien viniera a despertarlo de su profundo sueño encantado. Motas de polvo dorado flotaban alrededor de los dos como un rocío de hadas.

Después juraría que debió caer bajo el hechizo del bosque, porque esa era la única explicación posible del sorprendente impulso que la llevó a ella, la piadosa hija de un párroco, que jamás había permitido a ninguno de sus pretendientes que le cogiera la mano, a inclinarse y tocarle los labios con los suyos.

Tenía los labios más suaves y firmes de lo que parecían, y en ellos pudo saborear fuerza y blandura. Se le escapó el aliento en una mareante bocanada, mezclándose con el de él; como jamás había besado a un hombre, tardó varios segundos de aturdimiento en darse cuenta de que él le correspondía el beso. Los labios de él se entreabrieron ligeramente debajo de los de ella, y cuando sintió el roce de la punta de su lengua en el labio inferior, sintió una emoción que la recorrió toda entera, anunciándole que por fin había encontrado el peligro que había andado buscando toda su vida.

El ronco gemido de él la impresionó hasta casi hacerle perder el sentido. Lentamente levantó la cabeza, más impresionada aún al caer en la cuenta de que él gemía no de dolor sino de placer.

—¿Quién? — susurró él, mirándola con sus ojos color azul verdosos nublados por la perplejidad.

Candy no podría haberse sentido más humillada si hubiera despertado de uno de esos sueños en que iba caminando por las calles de Arden vestida solamente con sus medias y su papalina para el domingo.

Bruscamente se apartó de él y las palabras le salieron en un torrente:

—Me llamo Candy White, señor, y le aseguro que aunque esto pueda indicar lo contrario, no tengo la costumbre de besar a desconocidos. — Se apartó el pelo de las ardientes mejillas—. Podría creer, señor que soy una desvergonzada marimacho. No logro entender qué ha podido pasarme para comportarme de esta manera tan escandalosa, pero le aseguro que no volverá a ocurrir jamás.

No alcanzó a ponerse de pie porque él la retuvo cogiéndole el brazo.

—¿Quién? — repitió, con voz algo cascada, desesperada. Entrecerró los ojos como para enfocarlos en su cara—¿Quién...? ¿Quién... soy?

La expresión de sus ojos era, inconfundiblemente, de súplica. Le enterró los dedos en el brazo, pidiéndole una respuesta que ella no podía darle.

Aun cuando sabía que iba a cometer el pecado más condenable de su vida, Candy no pudo reprimir la tierna sonrisa que se extendió por su cara.

—Eres mío — dijo.

Continuara...