Capítulo 4: Un demonio desolado
Al tercer día despues del inicio de vacaciones, muchos de sus amigos habían salido fuera de la ciudad, entre ellos Motonari, Yukimura y Megohime. Los jóvenes recién graduados de secundaria, ya seguros de dónde seguirían estudiando, decidieron pasar el verano atormentando a su nuevo amigo, el Dragón.
Era la primera vez que Sasuke y Motochika visitaban la casa de los Date, pero siendo los vagos sin censura que eran, no sentían ni los más mínimos nervios. Maeda, en cambio, que ya había estado ahí en varias ocasiones y conocía al sirviente de la familia, iba un tanto... inseguro.
Jugueteando en la reja de la entrada, llamaron a través del comunicador buscando a Masamune. Poco tiempo después, la puerta fue abierta por un hombre alto, de presencia fuerte y una gran cicatriz en el rostro.
–Buenas tardes –saludó el sujeto, mirándolos de reojo.
Al instante sus alertas se encendieron al ver a esos delincuentes, reviviendo recuerdos que prefería dar por perdidos; pero cuando su vista se posó en un rostro familiar, a quien identificó como compañero de su señor por su asiduidad en la casa, decidió darles el beneficio de la duda.
Los dos muchachos que lucían más grandes lo miraron perplejos por varios segundos antes de devolver el saludo.
–Ho-Hola... –dijo Sasuke–. Buscamos a Masamune...
El hombre los miró de arriba abajo por un instante, sacando un llavero y buscando la llave de la reja.
–Adelante –los invitó a entrar, abriendo la puerta de metal.
Keiji y Motochika lo saludaron tímidamente mientras lo pasaban de largo.
En el interior los recibió un hogar cálido, el hermano menor de Masamune los saludó animadamente antes de regresar su atención a su invitado. El hijo del director estaba a su lado, jugando.
–¡¿Ranmaru-kun? –gritó Sasuke en un susurro, mientras los demás lo empujaban.
El Dragón estaba en su cuarto, jugando con su consola mientras respondía, a ratos, un chat en su portátil.
–Hey, chicos –saludó, pausando el juego y poniendo su mensajero en "ausente"–. ¿Cómo va?
–¡Oi, Dragón! No es tiempo de pasársela echado –regañó burlonamente el otro tuerto. Luego de que Kojuurou se retirara tras mostrarles el camino a la habitación de "Masamune-sama", comentó en voz baja–: ¿Por qué no nos dijiste que tu familia era yakuza?
–¿Qué? –preguntó el de pelo castaño, confundido–. ¿Yakuza? ¿De dónde sacaste eso?
–Bueno, tu sirviente sí que parece un hombre de la mafia –dijo Sasuke–. ¿Y tu papá no trabaja en los créditos "Los Dos Dragones"?
–Es prestamista, sí, pero no tenemos nada que ver con la mafia –respondió el joven amo, con una ceja en alto.
–Se cubre bien, su señora es abogada... –añadió Keiji, codeando a Motochika.
–¡Pero si mi mamá es abogada infantil! –exclamó Masamune, dándole un empujón al jocoso Maeda.
Sarutobi se carcajeó, sentándose en el borde de la cama.
–Bueno, como sea... Mientras no nos ataquen por salir con el hijo de un yakuza, todo estará bien.
–Ustedes... –empezó el dueño del cuarto, saltándosele una vena por la impaciencia.
–Ya, ya... dejemos sus asuntos mafiosos de lado –interrumpió Motochika–. Íbamos al cine. ¿Quieres venir con nosotros?
–Claro, ¿qué quieren ver?
–Está la remake de esa película de hace veinte años... la del cyborg que venía del futuro apocalíptico –dijo Sasuke.
–¿La uno o la dos? –preguntó Masamune, mientras se ponía un chaleco.
–La uno... –indicó Maeda, asomándose al portátil para ver la hora–. Y ya vamos tarde...
–Ya, ya. Kojuurou nos llevará en un santiamén.
–Iremos en el auto de un yakuza... –comentó entre risas el de los tatuajes en la cara, mientras salían del cuarto.
–Sarutobi, si sigues con eso, te voy a tirar por la baranda de la escalera. Y el piso del hall es bien duro –amenazó el Dragón, levantando un puño.
Los otros tres se carcajearon mientras bajaban, bromeando sobre cualquier cosa.
Katakura, que llevaba bocadillos a los dos niños, volteó a verlos, curioso.
–¿Saldrá, Masamune-sama?
–Vamos al cine... ¿Nos podrías llevar?
–Por supuesto –aceptó Kojuurou, dejando las cosas y pidiéndole al menor de los Date que no dejara la casa en su ausencia–. ¿Quiénes son sus invitados? –preguntó al fin, mientras salían de la mansión, no habiendo podido deshacerse de la ansiedad al no conocer a esos "delincuentes".
–Son mis compañeros de la escuela, te los presentaré. ¡Oi, vagos! –llamó el tuerto con un gesto de la mano a los otros tres que habían seguido camino hacia la reja.
Los tres voltearon curiosos y regresaron sobre sus pasos.
–¿Qué pasa? –preguntó el de cabello cano.
–Vengan, aún no los presento. Él es Chousokabe Motochika, el "Demonio del Oeste". Sarutobi Sasuke, el shinobi de la escuela. Y a Maeda Keiji ya lo conoces bien, el Vagabundo –Masamune los fue señalando–. Él es mi tutor y mejor amigo, Katakura Kojuurou.
Los tres le sonrieron un tanto confundidos e hicieron una pequeña reverencia.
–Mucho gusto –pronunciaron casi al mismo tiempo.
–El gusto es mío –saludó a su vez Kojuurou, retomando el camino hacia su coche, que estaba estacionado en la entrada de la casa–. Suban, por favor.
En el camino, el chofer les echaba el ojo a través del retrovisor de momento a momento. Iban bromeando mientras su señor, girado en el asiento a su lado, también se metía en los juegos. Le agradó que fueran tan fraternales y, aun siendo más grandes que Masamune, lo acogieran con tanta confianza. Le pareció curioso el hecho de que uno de ellos también fuera tuerto, aunque se guardó los comentarios por cortesía; ya podría preguntarle al joven Date en otra ocasión.
Pasaron el día en el cine y luego en el salón de videojuegos, tonteando hasta que fue hora de volver a casa.
Los cuatro muchachos siguieron reuniéndose, un día en la casa de uno, otro día en la de otro, a veces en la playa, luego en los antros de la ciudad, endureciendo su amistad y también sus carácteres.
Kojuurou notaba que su amo se iba haciendo más distante conforme los días pasaban. Quizás contar con confidentes de su edad estaba operando el cambio en todo adolescente, el del descreímiento de su familia y la búsqueda de apoyo en otros lugares; lo tenía muy bien asumido, pero no dejaba de dolerle. Terumune también lo notó, pero como no dejó de trabajar ese verano, al igual que Yoshihime, ninguno de los dos pudo hacer mucho. Y cuando se percataron de la ausencia de su hijo mayor, ya era demasiado tarde.
Sucedió que, en una de las vueltas de esas vacaciones, Motochika conoció por pura casualidad a un jovencito de otra escuela, del Instituto Ansei, colegio rival del Sengoku como tantos otros. Ansei quedaba del otro lado de la ciudad, pero sus alumnos solían pasearse por los lugares en común de los vagos, causando más de un disturbio con sus "inocentes" enfrentamientos de pandillas. Inocentes, porque no reportaban daños demasiado severos a la ciudad ni a los que peleaban, que parecía que lo hacían más por deporte que por verdadera enemistad.
Este jovencito, que se llamaba Miyamoto Musashi, era un completo misterio para todos los que conocían su existencia. Sólo se sabía que se autoproclamaba "el más fuerte" y que, al menos a la fecha, nadie había logrado vencerlo.
Aparecía como una sombra, llevaba a cabo sus combates y luego desaparecía. Nadie sabía si tenía una familia, una casa, una almohada o alguien que le lavara la ropa.
Fue en una de esas tardes calurosas, luego de que Musashi diera una buena tunda a Motochika frente a sus amigos, que otro estudiante de Sengoku se puso bajo la mirada del grupito. Era un chico de cabellos negros y cortos y ojos profundos y oscuros, que todos conocían en la escuela como "el novato más fuerte". Estaba en los clubes de judo, fútbol, shogi, ajedrez, atletismo y lucha, tenía excelentes calificaciones y no faltaba un solo día al colegio, a pesar de sus muchas ocupaciones.
Aunque eran vacaciones, Musashi siempre vestía el uniforme de Ansei, para que nadie olvidara de dónde era; y de eso se aprovechó este muchachito, para increparlo.
–Estudiante de Ansei –lo llamó–, ya que has ofendido el orgullo de mi escuela, quiero pelear contigo para lavar esa ofrenda.
Aunque el jovencito desgarbado no había hecho un daño visible al tuerto que enfrentara, éste último había sido derribado infinidad de veces sin ser capaz de encajar un solo golpe, aumentando la vergüenza de su derrota.
–¿Y quién serías tú? –preguntó Musashi, llevando los brazos detrás de su cabeza, donde brillaba una bandana blanca encima de su pelo sucio, atado en una coleta.
–Tokugawa Ieyasu, estudiante de prime... segundo año.
–¡Tokugawa! –exclamó Sasuke, que sabía el nombre de todos los estudiantes del colegio y sus respectivas ocupaciones. No en vano era el "ninja" de Sengoku–. E-E-El novato de la súper fuerza...
Maeda se apoyó en el hombro del de cabellos canos, susurrándole, burlón:
–Un niño de segundo viene a limpiar tu vergüenza...
–Tch... No podrá con él... –se defendió Motochika, ofendido, pero mirando la escena, interesado.
Musashi se paró de forma perezosa, mirando a Ieyasu con escaso interés.
–Será interesante apalear a dos miembros de la misma escuela en el mismo día... No suelo tener estas oportunidades –rió a viva voz, estirando la mano y haciendo un gesto con ella–. ¡Ven cuando quieras!
Dando varios pasos cautelosos, Ieyasu se lanzó contra él, repartiendo una serie de elegantes golpes que, si no daban en el blanco, era porque Musashi era escurridizo como un pez y mucho más veloz que él, dado su cuerpo más delgado y su estatura inferior.
Con todo, Tokugawa logró pescar a ese pez, entregándose de lleno en un intercambio de golpes donde los dos dieron y recibieron a gusto.
Lejos de sentirse opacado por el muchacho de cabello oscuro, Motochika veía esa pelea completamente perdido, en éxtasis. Cada movimiento del que se hacía llamar Ieyasu era impecable y poderoso.
No pudieron ver el desenlace de la pelea, pues las luces de una patrulla les anunció el momento de la retirada.
Atrapado entre los brazos de Tokugawa, que ejecutaban sobre su cuerpo una poderosa llave, Miyamoto se escurrió entre ellos con la gracia de una anguila y se trepó a una medianera, gritando:
–¡Aún no me has vencido, tooooooooonto! –y luego se dejó caer del otro lado.
Ieyasu, sorprendido y desconcertado por las sirenas de la policía, vio su mano atrapada por la de Masamune, que lo arrastró para correr detrás de sus amigos.
–¡Vamos, chico! ¡Hay que huir!
Sólo pararon al perderse en un centro comercial, mezclándose entre la gente, luchando por recuperar el aliento entre risas.
–¡Qué buena escapada! Hace mucho no nos pegábamos una así –rió Keiji, limpiándose el sudor de la frente con la manga de su camiseta.
–Llegaron muy rápido esta vez... –murmuró Sarutobi, mientras se sentaba en el borde de un cantero–. Parece que, desde que se nos unió el yakuza, nos tienen más vigilados...
–¡Oye! –exclamó Masamune–. Eso no fue culpa mía...
Motochika regresaba al trote, con varias botellas de energizante entre los brazos. Las repartió entre sus amigos y se sentó a beber junto a ellos.
–¡Qué pedazo! –dijo, mirando a Ieyasu–. ¿De dónde has salido, que no te teníamos fichado?
–Recien pasé a segundo año... –murmuró el aludido, apenado, con actitud completamente contraria a la llena de seguridad que había presentado en la batalla. Luego continuó, dirigiéndose a Date, pues lo reconocía de vista–. Estoy en el salón de Megohime...
–Ohh... Con la mujer del Dragón... –dijo Maeda en tono pícaro.
–¿Qué es esto, es el verano de molestar a Masamune? –se quejó el tuerto de cabellos oscuros, dándole un codazo a Keiji.
–Pues te acabas de ganar un pase a nuestro selecto grupo, amigo –le sonrió Motochika–. Chousokabe Motochika, Sarutobi Sasuke, Maeda Keiji y Date Masamune, a tu servicio.
El muchacho parpadeó repetidas veces, un tanto sorprendido. Luego les sonrió animadamente, haciendo una pequeña reverencia.
–Tokugawa Ieyasu. ¡Un placer!
Pasaron el resto del día juntos, jugueteando en el centro comercial, molestando a los clientes y coqueteando con las señoritas. Sin Motonari, que era quien normalmente registraba esos días, tomando fotos de todo con su móvil, Motochika tomó una sola donde los jóvenes se amontonaban en una mesa, bebiendo gaseosa y molestando a Sarutobi con las marcas de su cara.
Pronto el cuarteto se había transformado en quinteto. Ieyasu se unía a ellos todas las veces que podía, pero les resultaba extraño sólo verlo en competencias de fuerza que organizaban los clubes locales o en sus salidas diurnas. Nunca los invitaba a su casa y pocas veces iba a la de algunos de ellos.
Una tarde, Motochika descubrió accidentalmente la razón. Había salido al centro a comprar algunas cosas que necesitaba antes de verse con sus compañeros y se había topado con su kouhai, que estaba acompañado por un muchachito que él nunca había visto. Notando la tensión en el aire, se presentó amistosamente, pero el amigo de Ieyasu lo miró con la peor expresión que pudo poner en su cara flaca.
Decidió no insistir en molestarlos, pues de alguna manera le recordaba a Nari cuando estaba "sensible"; y sinceramente era algo que no le emocionaba mucho, menos en una persona que no conocía.
–S-Senpai, él es mi mejor amigo, Ishida Mitsunari.
–Hola –respondió Mitsunari, con tono y cara de perros.
–Mucho gusto... –murmuró entre dientes el más alto, levantando una ceja interrogante ante aquella actitud–. Ieyasu, mañana iremos con el tío de Maeda, a comer... ¿Vas con nosotros?
La mirada dorada de Mitsunari se clavó en Ieyasu. No se había movido un centímetro, sólo había hecho que sus ojos giraran hacia su amigo de forma amenazante. Cuando Ieyasu suspiró, resignado, Mitsunari se revolvió el pelo plateado con ambas manos y se alejó de ellos, buscando consuelo en una vidriera.
–Creo que no le agrado a tu amigo... –dijo el tuerto en voz baja, viendo cómo se retiraba Ishida–. Entonces... ¿Vienes con nosotros?
–Lo siento, le prometí a Mitsunari que iríamos a la playa. Él no sale mucho y mi padre mañana no trabaja, así que íbamos a llevarlo con nosotros.
–Será otro día entonces... –Motochika levantó los hombros, despreocupado, aunque de alguna manera le decepcionó la negativa.
–¡Chousokabe-kun! –gritó una voz femenina.
–Diablos... Me tengo que ir... Nos veremos después, Ieyasu –dijo el tuerto, alejándose en dirección contraria a la bella muchacha que se acercaba.
El moreno vio, curioso, cómo la chica le daba rápido alcance y el otro fingía demencia.
–Oh, Nana... Qué bonita sorpresa...
–¿Por qué no respondes mis llamadas? Te he buscado desde que empezó el verano... Chousokabe-kun malo...
Ieyasu regresó con Mitsunari. Viendo la cara de odio que tenía éste, supo que le iba a costar mucho ponerlo de buen humor otra vez.
–Mira, Nana, me llama mi mamá, debo irme –se excusó Motochika, sacando el celular que no dejaba de sonar.
–¡Eso me dijiste la última vez! ¡Y no era tu mamá, era otra de tus chicas! –la joven hizo un puchero–. ¡Eres un mentiroso!
El Demonio le sonrió, divertido, caminando de espaldas para no dejar de verla mientras agitaba la mano, despidiéndose.
–Bueno... –contesto al teléfono entre risas.
–Motochika –la voz de su padre lo sorprendió, pues la llamada provenía del celular de la madre–. ¿Dónde estás?
–En el centro comercial... –informó el muchacho, deteniéndose de golpe con un semblante serio, alarmado por el tono de voz de su padre.
–¿Qué tan rápido puedes venir a casa? Tu madre se siente mal y tengo que regresar a la clínica...
–Si tomo un taxi, en unos quince minutos... –respondió, caminando hacia la salida y olvidando al instante que se vería con sus amigos.
–Está bien... Te espero.
El Demonio colgó y guardó el teléfono, preocupado. Salió a la calle en busca de un taxi y regresó a su hogar como una flecha.
Recorrió el camino hasta su casa con una fría sensación en el pecho. Sabía que su madre tenía salud frágil, pero en los últimos años había estado bien.
Justo como dijera a su papá, llegó en quince minutos, arrojando sus cosas en el sillón de la sala para entrar al cuarto que compartían sus padres, con una gran sonrisa en el rostro.
–Mamá... –saludó en tono cantarín–. ¿Dónde está Kunichika?
Siendo pequeño, había visto a su madre en crisis un par de veces y eso le aterraba. Su padre le había dicho que era en parte por el estrés; así que, a lo largo de los años, Motochika se había obligado a sí mismo a no preocupar nunca a la mujer, siempre mostrándole una enorme sonrisa por más terrible que se sintiera por dentro.
–Mi bebé –susurró la mujer, estirando su mano para que su hijo la tomara. Su pelo cano, ondulado y largo hasta los hombros, brillaba débilmente igual que el de Motochika. Tenía los ojos en un profundo azul, también idénticos a los del muchacho. Si bien era un calco de su padre, Motochika tenía el pelo y los ojos de su madre.
El tuerto agarró rápidamente esa mano entre las suyas, besándola con suavidad y notando un color más palido de lo normal.
–Papá se tuvo que ir al hospital, tenía gente esperándolo –dijo la madre, cerrando los ojos, adolorida.
–¿Ya tomaste tu medicamento? –preguntó el hijo suavemente, ocultando magistralmente su preocupación–. Sabes... Hace días hablé con Nari y me dijo que encontró algo genial para ti...
–¿Sí? Sachi-san me había dicho que se irían de vacaciones a Makau.
–Sí... Pero como no encontró nada "adecuado" para tu cumpleaños –dijo el muchacho, recordando las palabras exactas del castaño–, me llamó a medianoche para decirme que lo tenía...
–Vaya, qué lindo de su parte –sonrió la mujer, apretando débilmente las manos que apresaban la suya.
–¿Quieres que te prepare algo? –ofreció el muchacho tranquilamente, sentándose al borde de la cama–. Puedo traer la consola y vemos alguna película que te guste...
–No, está bien, queridito. Sólo quiero descansar un poco.
La voz quebradiza de su madre achicó el corazón de Motochika, que se quedó obedientemente a su lado, quietecito y silencioso.
Conforme pasaban los días, el estado de la señora empeoraba y había tenido que ser admitida en el hospital, donde su marido no se separaba ni un minuto de ella.
Preocupado por su madre, Motochika dejó de reunirse con sus amigos y se la pasaba de su casa al hospital, deprimido y cansado.
Tres semanas antes del comienzo de las clases, los Mouri volvieron a la ciudad, pues habían adelantado su regreso al enterarse de la delicada salud de la mujer. Motochika estaba solo, de pie en el pasillo donde estaba la habitación de su mamá, apoyado contra una pared y con la vista perdida en el techo.
–¡Motochika...! –exclamó una voz conocida, mientras corría hacia él.
El aludido volteó a verlo con una expresión ausente. Su rostro cansado y lleno de ojeras estrujó el corazón del recién llegado.
–Nari... –saludó Chousokabe, tratando de esbozar una sonrisa lastimera.
El presidente respiraba agitado, sujetándose el pecho.
–¿C-Cómo está Shouhou-san...?
–Metástasis... –murmuró Motochika, bajando la mirada–. Tiene cáncer... y le ha hecho metástasis en los huesos... –sintió que su labio inferior temblaba sin control–. Por eso se quebraba tan fácilmente en el último tiempo, a pesar de sufrir caídas sin importancia... Por eso... sufre tanto...
Los ojos pardos de Motonari se abrieron muchísimo al escuchar eso.
–Daría mi otro ojo, todo lo que tengo, por evitarle ese dolor...
Mouri se cubrió la boca con las manos.
–Kunichika dice que todo estará bien... –el joven de cabellos plateados no pudo retener más el llanto, estando con la única persona capaz de hacerlo sentir vulnerable, fuerte y débil a la vez–. Está... demasiado avanzado...
Motonari reaccionó rápidamente y atrapó a su derrumbado amigo en un abrazo cálido y fuerte, tratando de contenerlo.
–Aquí estoy, Motochika... aquí estoy...
–Escuché... Escuché sin querer a Azai-sensei hace un par de días... No le dan más de una semana... –aunque sonaba relativamente tranquilo, no dejaba de derramar amargas lágrimas mientras se aferraba al delgado cuerpo de Mouri, sintiendo que todas sus fuerzas lo abandonaban.
El de cabello castaño no sabía qué decir, así que sólo siguió sosteniendo al enorme Demonio.
Por la noche, aunque Motochika le pidió repetidas veces que se fuera a descansar, Motonari se empecinó en permanecer a su lado; hasta que, al amanecer del día siguiente, llegó lo inevitable.
Chousokabe Kunichika salía de la terapia intensiva, con una expresión devastada en el rostro, casi sin fuerzas para tenerse de pie. Los dos adolescentes se levantaron de un salto de sus asientos, acercándose al hombre.
–¿Qué suc... –empezó Motonari, pero su amigo lo interrumpió.
Motochika miraba a su padre con su enrojecido ojo azul, comprendiendo lo que había sucedido sin necesidad de palabras.
–¿Sufrió mucho? –preguntó en un susurro, fijando su mirada en el suelo.
Chousokabe padre sólo asintió con la cabeza, con sus ojos llenándose de lágrimas.
–Hasta el último minuto... Ni siquiera pude... aliviar su dolor...
El tuerto empuñó las manos. Se sentía completamente vacío, inútil y, sumado a todo eso, traicionado. Él jamás había sabido nada, hasta el último momento.
–Motochika... –susurró el de ojos pardos, tratando de tomarlo suavemente por el hombro, pero el Demonio sucumbió a las lágrimas y a la ira, agarrando a su padre por el cuello del ambo médico.
–¿Y por eso nunca tuve derecho a saberlo? ¡¿Por eso me lo ocultaste toda mi vida? –gritaba, desesperado, destrozado por el dolor.
–¡Motochika! –exclamó Motonari, tratando de separarlos.
Kunichika extendió una mano, indicándole a Mouri que lo dejara. Si así podía aligerar su dolor, él lo aceptaría.
–¡Pudieron decírmelo! Mamá... Mamá siempre buscaba excusas para sus malestares... –masculló el adolescente mientras las piernas se le doblaban, apoyando el rostro en su progenitor, aún aferrado a su indumentaria médica–. Pude ayudar en algo... ¿Por qué...?
–Ella no quería que sufrieras –le dijo su padre, muy serio, aunque los ojos brillosos estaban a punto de llorar también–. No quiso que nadie más cargara con eso...
–¡Tenía derecho a saberlo! –gritó el hijo, furibundo, empujando con fuerza al doctor–. ¡¿Qué planeabas decirme en el funeral? "Oh, Motochika, lo siento tanto... ¡El duende del bosque llegó y se llevó a tu madre!"
–¡Motochika, por favor! –exclamó el presidente estudiantil, agarrando a su amigo por la cintura–. Cálmate, por favor...
–¡Eres...! –Chousokabe hijo se detuvo, dejándose arrastrar por el castaño–. Ni siquiera sé cómo llamarte...
Recogió su chaqueta de uno de los asientos y caminó hacia la salida.
Motonari miró al joven que se alejaba y al hombre de ojos enrojecidos, no sabiendo bien qué hacer.
–Ocúpate de que no haga algo estúpido... –susurró Kunichika, dándole la espalda–. No soportaré pasar por esto dos veces...
Apretando los labios, Motonari corrió tras Motochika, alcanzándolo en la puerta que daba a la parte trasera del hospital.
–Motochika, espera, por favor...
–Vámonos –ordenó éste, sin detenerse pero sin deseos de quedarse solo–. No quiero estar aquí.
El otro dijo que sí con la cabeza, tratando de seguirle el paso.
Caminaron por horas. Para Motonari ya era doloroso seguir avanzando, cargando con el silencio de su amigo, pero no estaba dispuesto a abandonarlo.
Estaba bien alto el sol del mediodía cuando se permitió detenerse por un instante para recuperar el aliento. Habían dado vueltas por toda calle existente de la ciudad, y ahora se encontraban en las afueras.
–¿Puedes... quedarte conmigo? –preguntó Motochika, rompiendo al fin su silencio autoimpuesto–. No quiero estar en casa... No quiero ver a nadie... Tengo un poco de dinero, podemos parar en algún hotel...
Los ojos pardos parpadearon varias veces. En todas esas horas había tenido ganas de llorar muchas veces, pues estimaba mucho a la señora y también le dolía, le dolía horriblemente, pero Motochika... Tenía miedo de que hiciera algo loco o arriesgado, lo conocía bien, enfurecido y destrozado era capaz de cualquier cosa.
–Motochika, ¿estás seguro...?
El más alto lo abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en la cueva que le proporcionaba el hueco entre el cuello y hombro del castaño.
–Motochika... –susurró Motonari, sosteniéndolo con fuerza. No sabía qué más hacer, no sabía qué decir. Pocas, poquísimas veces había visto así a su amigo.
–Estoy cansado, Nari... –susurró contra su cuello.
–Vamos, iremos al centro y buscaré dinero, tengo mi tarjeta del cajero aquí –dijo Mouri, en voz baja, tratando de soltarse para que pudieran caminar.
Habiendo dado un par de pasos, sintió la mano de Chousokabe aferrándose a la suya. Se dio vuelta despacio, mirándolo con ojos entristecidos.
–Gracias... –susurró Chousokabe, empezando a caminar también, sin soltar la frágil mano del otro.
Unas risotadas provenientes de la parada de autobús los hicieron voltear.
–¡Vaya! Ya andas presumiendo tu última conquista, ¿eh, Demonio? –exclamó uno de los tres sujetos, fumando su cigarrillo.
–Genkei... –murmuró Motonari, mirándolos fijamente.
El tuerto tironeó de la mano del castaño, indicándole que siguiera caminando.
–Luego nos la prestas un ratito, hay que probar cosas nuevas, ¿no? –decía otro, que hundía los labios en una lata de cerveza.
Eso fue todo. Mouri sólo sintió que el calor que envolvía su mano se alejaba rápidamente.
El Demonio lanzó un puñetazo directamente a la lata, aplastándola contra la cara del sujeto y provocándole varios cortes en la boca.
–Por todos los... ¡Motochika, deja eso! –exclamaba Motonari, pero el Demonio derribó a los tres estudiantes de Genkei en un santiamén y se sentó a esperar el bus en la parada como si no hubiera ocurrido nada.
Pronto pasó un transporte que los dejó en el centro. Mouri sacó dinero de su cuenta y buscaron un hotel barato donde parar. Mientras Motochika se recostaba pesadamente en una de las camas de la habitación, su amigo bajó a la calle con la excusa de traerle algo de comer, pero aprovechó para hacer algunas llamadas. Primero habló con su madre, para comunicarle la noticia, pedirle que no se preocupara por él y que atendiera a Kunichika; y a éste, para decirle que él estaría cuidando de su hijo.
Cuando regresó al cuarto, encontró a su amigo durmiendo, abrazado a una almohada. Lejos de mostrar una expresión de descanso, presentaba muecas de profundo sufrimiento, moviéndose entre sueños.
Los días que siguieron fueron muy duros para el castaño. Su amigo actuaba como un zombie, no pronunciaba palabra alguna, comía sólo por que Motonari le daba prácticamente en la boca y se negaba a dejar el cuarto de hotel.
–Motochika –le habló el de ojos pardos, sintiendo muy pequeño el corazón–. Tienes que volver a tu casa...
–Aún no... –susurró el otro.
Esa tarde, cuando Kunichika quiso comunicarse al teléfono de su hijo y éste se percató de quién se trataba, lanzó el aparato por la ventana, viendo sin expresión alguna cómo se destrozaba contra el suelo de la calle.
–¡Motochika! –exclamó Motonari, agarrándolo por el brazo y haciendo que lo mirara–. No puedes seguir así... tienes que volver... Tu padre te espera para... para enterrarla... No le causes más dolor... –lo miraba fijamente, con su rostro cansado–. No te lo causes más a ti tampoco...
–Sólo hoy... Te prometo que es... el último día... –aseguró el Demonio, derrumbándose sobre la cama y empezando a llorar una vez más, la última por ese motivo.
Motonari se acercó para acariciar su espalda y se vio atrapado entre los brazos de su amigo.
–No te vayas tú también... –susurró Motochika, entre sollozos–. No me dejes solo...
–No me iré a ninguna parte... –la voz del castaño era piadosa, casi inaudible–. Aquí estoy...
Fue un día largo, demasiado, donde, ya sin más lágrimas que derramar, Chousokabe se aferraba a su amigo, temblando como una hoja.
Cuando al fin se quedó dormido, el castaño llamó a Chousokabe padre para informale que llegarían por la mañana, y éste se encargó de terminar los preparativos del funeral.
Recién bañados y con vestimenta negra, se presentaron en la ceremonia. Padre e hijo no se dirigieron la palabra en todo el evento.
Tras despedir a la buena mujer, que tenía muchos amigos y era muy estimada por sus vecinos, Motonari, que estaba con su familia, se separó de ésta para dirigirse hacia su amigo. Como Motochika no lo miraba, se sintió algo cohibido y le habló al padre.
–Kunichika-san, quisiera pedirte permiso para llevarme a Motochika a mi casa por unos días, hasta que empiecen las clases.
El hombre miró a su hijo, que sólo le había dirigido una mirada vacía ante la petición, para devolver su ojo al frente.
–Está bien, Motonari-kun... Cuida bien de él...
El de cabellos claros se alejó, sintiendo que la sola voz de su padre taladraba su cabeza, trayendo el dolor de vuelta.
–Está muy dolido todavía, será mejor que se calme antes de volver contigo... –susurró Motonari, tomando entre sus manos una de las del hombre.
–Creo que me culpa... –replicó el padre, viendo cómo se iba su hijo.
Incapaz de responder a eso, Motonari simplemente hizo una elaborada reverencia y volvió con su madre.
–Mamá, me voy para casa con Motochika, traten de acompañar a Kunichika-san...
Después de aquellos días de desahogo, para el tuerto era fácil volver a fingir una sonrisa. Aceptó el abrazo de la madre de Motonari y se despidió de ellos, antes de seguir a su joven amigo.
El camino al departamento de los Mouri fue silencioso, como habían sido todos esos días. Motonari preparó su cama al llegar.
–Duerme si quieres... Haré algo de comer.
–Te ayudo –dijo Motochika, esforzándose por sepultar todo lo sucedido–. Ya has hecho mucho estos días.
–No, descansa, estás... estás agotado –sonrió Motonari, con una cara que daba a entender que el agotado era él.
–Acuéstate... Me serviré agua y me acostaré también...
El de cabello castaño se cambió de ropa, quedándose con una camiseta y unos pantalones gastados.
–¿Seguro que no quieres comer?
–No tengo hambre... –aseguró Chousokabe, con una sonrisa.
Cuando el canoso volvió a la habitación, Motonari estaba sacando el colchón que tenía bajo la cama.
El Demonio le ayudó a armar la cama provisional. Cuando Motonari iba acostarse en la suya propia, las manos del otro lo detuvieron, abrazándolo.
–Quédate conmigo un rato...
–¿Quieres que durmamos juntos? –preguntó Motonari, en un susurro–. ¿Como cuando éramos niños?
–Si no te molesta...
–Cómo me va a molestar... –sollozó el de ojos pardos, doblándose y dejando caer amargas lágrimas.
Motochika se abrazó a él hasta que se quedaron dormidos. Cuando despertó porque escuchó que la familia había llegado, dejó el lado de su amigo para acostarse en el colchón del suelo.
Al pasar de los días, todos notaban que el Demonio volvía a ser el mismo; pero no Motonari, que veía la mirada de su amigo completamente apagada.
–Motochika... –le dijo una noche, la anterior al regreso a la escuela–. ¿Hay algo que pueda hacer por ti?
–¿Podrías... decirles a los chicos lo que pasó? –pidió el aludido, con cierta tranquilidad–. Desaparecí sin decir nada y probablemente me regañen por eso... No quiero hablar de lo que pasó...
–Pero... ¿No vas a ir a la escuela?
–Por supuesto... Sólo... no quiero tener que contarles y que me den sus condolencias... Que me miren con lástima... –su tono de voz se apagaba conforme terminaba–. Como lo hacían todos en el funeral...
Motonari dijo que sí con la cabeza, restregándose los ojos.
–Siguen pasando los días y yo también la extraño... –murmuró, tragándose las lágrimas–. Todavía... no puedo entender ni aceptar que no volveré a verla...
–Dímelo a mí... –dijo el otro, dándole la espalda.
–Lo siento –murmuró el de cabello oscuro–. Yo no he podido llorarla aún...
–Gracias por todo lo que has hecho, Nari... Sin ti, habría saltado por la ventana del hotel...
Mouri subió las piernas a la cama y las dobló contra su cuerpo, encogiéndose sobre sí mismo y lloriqueando con amargura.
Escuchando los sollozos del de ojos pardos, Motochika se levantó y le echó el brazo por encima de los hombros.
–¿Recuerdas... que cuando ella descubrió que le temías a la oscuridad... instaló una linterna en mi cuarto con forma de sol?
Motonari rió entre sollozos, evocando aquellos tiempos.
–Y te castigó por reírte de mí...
Se abrazó a Motochika, escondiendo la cara en su hombro.
–Cielos... Mujer más buena no he conocido en este mundo...
–Al menos ya no sufrirá... –susurró el hijo, con media sonrisa.
Pasaron parte de la noche evocando hermosos recuerdos, hasta que el cansancio los venció.
