Capítulo IV

No eres tan lista

Hermione, es una lástima que no puedas pasar estas fiestas en la madriguera. Ron me ha dicho que planeas hacer un viaje con tus padres y también visitar a tus tíos, espero que todo vaya bien. Ron y yo guardaremos tus regalos hasta que estés de regreso, ojalá sea antes que terminen las vacaciones, para que podamos pasar algo de tiempo juntos.

Saca la cabeza de los libros, por favor. Incluso a Ginny le preocupa que no salgas a divertirte. El señor Weasley dice que hay lugares para bailar en Londres, la verdad no lo sé. En todo caso, no creo que vayas a ir de todos modos. Solo relájate, y si quieres leer, hazlo, pero que no sea para prepararte para un tonto examen de pociones o defensa contra las artes oscuras.

Que tengas una feliz Navidad, Hermione. Y Ron dice que «no funcionará». No tengo idea de que está hablando.

Con cariño,

Harry Potter.

Espero que aún estés con vida, Hermione, porque Molly está tejiendo otro de sus suéteres para ti. Si Malfoy opta por ofrecerte de sacrificio procura que no te arranque los brazos o el torso, para que puedas usar tu regalo.

Estoy siendo grosero, ¿no? Ya lo sé. Pero es tu culpa, por aceptar quedarte en compañía de ese estúpido mortifago. De seguro ya está haciéndote la vida imposible, casi puedo escucharlo. Ahhh…, a veces creo que no eres tan inteligente. De todas formas, por favor cuídate mucho. Si algo llegara a suceder, avísanos. En mi caso solo me tomará un par de horas reaccionar, pero probablemente Harry llegue primero.

Ah, por cierto, Harry no sabe nada. Tampoco Ginny, o Fred, o George, o mis padres. ¡Nadie! He tenido que ir al correo y pagar por una lechuza ya que enviarte esto con Hedwig sería demasiado obvio. Sí, incluso yo he podido verlo.

Se cuidadosa,

Esta carta la he escrito yo:

Ronald Weasley.

Ohh, tu padre y yo estamos muy tristes porque no pasaras Navidad en casa. Esperábamos verte, te extrañamos mucho. No vayas a romperte la cabeza por estudiar demasiado, y no te preocupes por la materia que reprobaste, linda, sé que no vas a desanimarte y que darás lo mejor de ti como siempre lo has hecho. Por cierto, no tenía idea de que se pudiera reprobar en adivinación, pero qué puedo saber yo, ¡aún me sorprende que puedas hacer magia! Además, creí que habías dejado esa clase.

Tus abuelos vendrán a visitarnos y probablemente pasen Navidad en casa, si pudieras tomar un día libre de tus clases de reposición para venir a verlos, estaría bien. Te extrañan muchísimo y de seguro tienen algo para ti.

Saluda a tus amigos, diles que pueden venir a visitarnos cuando quieran, y mejor si lo hacen en Noche Buena o Navidad, para que puedan probar mi pie de limón y mi ensalada jardinera. ¡Ah, y también un poco de sidra! Aunque creo que ellos también tienen una familia con la que pasar las fiestas.

Bueno, cuídate mucho, Hermione. Siempre estamos pensando en ti.

Por cierto, he enviado un paquete con volteado especialmente para ti, espero que no se arruine en el camino.

Te aman,

Sr. y Sra. Granger.

Hermione dejó las cartas a un lado y rodó sobre el colchón, lo último que le faltaba era aplastar lo único que podía comunicarla con algo que no fuera Draco Malfoy. No podía evitar sentirse mal por Harry y Ron, pero sobre todo por sus padres. Al menos los abuelos pasarían las fiestas con ellos, y quizá así no se sentirían tan solos. Aunque no podía decir lo mismo estando en Hogwarts.

Había apenas unas pocas camas ocupadas en el dormitorio. Era aburrido y solitario.

El comedor había pasado a tener el largo de una carretera, y siempre, siempre estaban vacios. Solo en dos ocasiones se había encontrado con los elfos domésticos del castillo, y le habían ignorado.

Era las mismas caras todos los días, y apenas habían pasado cinco, ¡cinco días que parecían una eternidad!

—Quiero ir a casa… —Hermione miró el techo.

No había visto a Malfoy desde el incidente frente a la estatua de Boris el Desconcertado.

Tú sabes qué es lo que buscan, por eso estás tan asustado, sabías que estaban rondando el castillo y también que estaban en Londres. Por eso tenías esos recortes contigo, ¿no es así, Malfoy, no es así?

¡Maldición, Granger! ¿Qué es lo que quieres escuchar? —Draco frunció el seño y ahogó las infinitas ganas que tenía que hacerla a un lado con violencia y seguir su camino. — ¿Crees que ando metiendo las narices en lo que no me importa como tú, eh?

¿No fuiste tú quien interrumpió la conversación que estaba teniendo con la profesora McGonagall?

Draco estalló. Habría lanzado su varita contra la pared de haberla tenido a la mano. Hermione agradeció que en sus manos no hubiera nada que pudiese dejarla escupiendo caracoles como aquella vez con Ron.

¡Sí, Granger, mi padre ha pedido un permiso especial en Azkaban para venir a contarme de los planes que tienen sus… colegas! —Los ojos del Slytherin centellearon con furia. —Iremos por tu cabeza en cuanto estemos listos, o tal vez por la de Potter. —Draco chaqueó los dientes y sonrió sin ganas. —Ya déjame en paz, sangresucia… Potter y tú no son los únicos que tienen que cuidarse las espaldas.

No lo había vuelto a ver desde entonces, pero desde luego seguía en el castillo. Probablemente solo la estaba evitando, como ella había estado evitando pensar en que él pudiera arrancarle la cabeza tan pronto se descuidara. Asesinar a Harry, invadir el castillo, destruir la madriguera… Ciertamente, su lista de temores era tan larga como seguramente serían las del indefenso slytherin. Ese debía ser el precio a pagar por involucrarse con magos de esa clase.

Aún así, más que una simple burla a sus suposiciones, no podía descartar el que Malfoy realmente creyera que ellos estaban tras él. Después de todo, también estaba asustado. ¿Por qué otro motivo robaría los diarios de Charity Burbage?

Era evidente que a Draco no le interesaba la suerte de ningún muggle, mucho menos la suya o la de sus padres. Y también era poco probable que dentro de su increíblemente casta familia pudiera existir una mancha negra, tal deshonra como un Malfoy muggle. Y de existir, probablemente estaría agradecido de que fuera exterminado y borrado de la faz del mundo cuanto antes.

Fuera como fuese, no podía pasar el día entero dándole vueltas a un asunto tan loco. Perdería la cabeza si continuaba así, y aún tenía muchos días para completar un diagnostico y ser enviada a St. Mungo.

—Bien Hermione, si tienes suerte conseguirás que envíen a Fluffy a vigilarte de camino al correo.

Querido Harry,

Lamento no poder ir a visitarlos durante las vacaciones, ya estoy extrañándolos. Y puedes estar tranquilo, estoy segura que ninguna de mis tías, ni mucho menos mis padres, me permitirán, bajo ningún motivo, meter la cabeza en ningún libro.

Sobre esos lugares, se llaman discotecas. Harry, ¿es que nunca escuchaste hablar de ellas en casa de tus tíos? Y nunca he ido. No tengo muchos amigos en Londres, ¿Cómo podría? Paso casi todo el año en Hogwarts, y de todas formas no tendríamos nada de qué hablar, a menos que a quien sea que quiera acompañarme le interese la historia de la magia o la defensa contra las artes oscuras. Tampoco soy muy buena bailarina, salvo para Viktor. Para él soy buena en casi todo.

Que tengas una feliz Navidad, Harry, y por favor hazle un bonito regalo a Ginny.

Saludos a Ron.

Con cariño,

Hermione.

Contestar las cartas de Harry siempre era agradable. Preguntaba por sus padres, y le escribía sobre las pequeñas cosas triviales que hacía en la madriguera, cosas que en secreto ella también quería hacer, aunque fueran demasiado tontas; le contaba sobre Ginny, e incluso sobre las ocurrencias de Ronald. Y al final, se despedía con buenos deseos.

Sin embargo, con sus padres era distinto….

Queridos papá y mamá, no entiendo porque siguen firmando sus cartas como Sr. y Sra. Granger, supongo que para que no se pierda en el correo, aunque las lechuzas no cometen errores como esos tontos repartidores de Londres.

También los extraño, no tienen idea cuanto. Hogwarts es muy aburrido sin Harry y Ron, aunque las clases de adivinación van bien. Y si, se puede reprobar. Ya sabes, si dices que la madre de Seamus (un compañero de clase) caerá en desgracia y de pronto gana la lotería, es evidente que mi predicción ha salido mal. De todas formas, estoy dando lo mejor de mí.

No puedo prometerles nada, pero haré lo posible para estar en casa en Navidad. Por cierto, aún no me como el volteado que enviaste, pero lo haré pronto. No debiste enviar tanto, solo estoy yo aquí, y no tengo con quien compartirlo.

Cuídense mucho, prometo escribir con más frecuencia.

Los ama,

Hermione.

La Gryffindor selló ambas cartas y guardó la pluma y el tintero de vuelta en la gaveta, esperanzada de poder enviarlas tan pronto fuera posible. Exceptuando a Ron, la suya la enviaría después, cuando figurará qué escribir y como enviarla sin levantar sospechas. No quería que el pobre Harry se angustiara si su carta llegaba a confundirse con las demás.

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Draco irrumpió en el pequeño salón sin tocar.

—Modales, señor Malfoy, ¿dónde los ha dejado? Supongo que en los dormitorios de Slytherin, junto con su uniforme. —El hombre se acomodó la capa e hizo a un lado una pila de libros sobre el escritorio.

—No pretenderá que use el uniforme el resto de las vacaciones. —El mago tomó asiento y cruzó una pierna, dejando ver sus relucientes mocasines negros, demasiado formales para el mago —o muggle— común.

— Puedo apostar todo el oro de Gringotts a que aún quedan libros suficientes que leer en la biblioteca, señor Malfoy. ¿Qué lo trae por aquí? Espero no sea otro disentimiento con la señorita Granger, ya que ahora conoce sus consecuencias.

Draco se llevó una mano a la boca, recordando la terrible sensación que había tenido luego de que el mago usara el silencio sobre él. Definitivamente, aquello no sucedería dos veces.

—No he visto a Granger en varios días —aclaró. —, y tampoco tiene nada que ver con esa insufrible sangr…, con la señorita, lo que he venido a pedirle.

Severus enarcó una ceja.

— ¿Pedirme? Le recuerdo que no puede ir a casa, señor Malfoy.

—Tampoco se trata de eso.

—Entonces le sugiero dejar de malgastar mi tiempo y usar la boca para comunicarme algo que espero, por su bien, sea de mi interés.

Draco sintió que de su garganta emergía un nudo tan grande como una recordadora, y que pronto iría a asfixiarse. Pero Severus continuó observándolo, encubriendo su curiosidad con un manto de impaciencia fingida que solo empeoró la indecisión del Slytherin.

—Señor Malfoy, ¿ha olvidado como proferir una palabra?

El mago frunció el seño, terriblemente afectado por el sarcasmo y las burlas del profesor de pociones. Había sido suficiente, no iba a tolerarlo. Un Malfoy nunca se dejaba pisotear, por nadie, bajo ninguna circunstancia. Además, Potter y el resto de la tribuna Gryffindor se había encargado de recordarle la posición de su padre luego de perder ese estúpido partido de quidditch. Afortunadamente, estaba demasiado distraído como para recordar la mayoría de las insolencias que se habían atrevido a decir en su nombre y el de Lucius.

—Quiero ir a Hogsmeade —dijo finalmente, y en su tono altivo de siempre—, ¿no van a encadenarme en una mazmorra por ello o sí, profesor?

—Ciertamente. —acotó. —Es libre de ir a Hogsmeade, señor Malfoy, solo asegúrese de evitar las malas… compañías y esté de regreso antes que anochezca. Sería trágico que algo llegara a sucederle durante su corta estancia fuera del castillo.

Draco atrapó la advertencia como a una snitch, y abandonó el pequeño salón de inmediato, sintiéndose preocupado de su propia seguridad.

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Hermione tiró tan fuerte de su pierna que estuvo segura de haber dejado la bota atascada en la nieve, pero para su fortuna, aún seguía en su pie. La oficina de correos estaba solo unos metros más adelante, y con suerte, luego de enviar sus cartas a Harry y sus padres, podría meterse un rato a Las Tres Escobas y beber algo para calentarse antes de volver al castillo.

Se acomodó la bufanda y continuó caminando en dirección al correo, y habría llegado en poco tiempo de no ser por él. Draco Malfoy pasó como una aparición frente a la oficina de correos, cubierto por un abrigo negro tan fino como su habilidad para llamarle sangresucia, y desapareció al doblar la calle sin notarla.

Era demasiado, no podía dejarlo pasar. Hermione casi podía verlo: Malfoy entrando a la Cabeza de Puerco con la mirada baja y atento de no ser reconocido, listo para reunirse con los mortifagos, tal y como había estado sospechando Harry.

Podía entregar las cartas después, además, quizá tendría que agregarle como un pequeño detalle: que, finalmente, había comprobado que Draco era un mortifago.

Sin embargo, las pisadas la llevaron a un lugar diferente.

— ¿Madame Puddifoot?

Tenía que ser una broma…

El Slytherin tomó asiento en una mesa cualquiera y pidió amablemente una taza de té, Hermione no podía decir con seguridad de qué clase, pero, conociéndole, seguramente había ordenado algo de lo más extravagante. Luego abrió la boca, sí, Draco abrió la boca y conversó con madame Tudipié más de lo que en toda su vida ella le había platicado. Y finalmente, estuvo solo.

Permaneció con los brazos apoyados sobre la mesita y la columna perfectamente erguida durante tanto tiempo que Hermione sintió que se le caerían las manos por el frío. No sabía exactamente cuánto tiempo más resistiría pegada a los cristales de la puerta sin sufrir un severo caso de hipotermia, y más preocupante aún, sin ser vista.

Madame Tudipié volvió a acercarse a la mesita y colocó un platito con una generosa porción de pie que el mago agradeció con demasiada propiedad mientras la bruja se alejaba con la vista fija en las ventanas:

— ¡Oh! ¿Va a nevar otra vez? —giró la cabeza varias veces, contrariada. — ¿Quién crees que va a tener que quitar la nieve de la entrada, y de los cristales?

—Un elfo domestico le ayudaría con este lugar, —Draco rebanó un finísimo trozo de pastel —le sorprendería lo útiles que pueden llegar a ser.

— ¿Has pensado en lo miserables que han de sentirse esas criaturas, querido? Ciertamente, un elfo facilitaría las cosas por aquí, pero no conmigo.

Draco se encogió de hombros.

¿Qué había de malo en emplear elfos domésticos? No era un crimen, no había nada incorrecto en ello. Les daban de comer y donde vivir, era un trueque justo. El propio Dumbledore tenía elfos en Hogwarts.

—No he dicho que vaya a azotarlo cuando deje caer un plato, porque lo hará, madame, los elfos son criaturas torpes.

—Por supuesto que no, querido, por supuesto que no. —la bruja sonrió todavía mirando hacía las ventanas que daban hacía las calles de Hogsmeade. — ¿Por qué no le dices a tu amiga que entre? Ha estado mirando desde que entraste, debe estar congelándose ahí afuera.

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Hermione apenas tuvo tiempo de echarse a andar unos pocos pasos cuando le vio salir. De las manos de Draco aún se desprendía un olor dulce y cálido que se le pegó en la ropa cuando le jaló de las mangas para que no escapara.

—Hoy podríamos ir con el sobrero seleccionador, Granger, tal vez te gustaría pedirle que te cambie de casa mientras duren las vacaciones, sería más fácil espiarme.

—No seas ridículo. —bufó, pasándose los guantes por el brazo lastimado. Malfoy era una bestia.

Los labios del Slytherin se curvaron en una sonrisa autosuficiente.

—Creí que eras más inteligente, Granger, pero veo que me equivoqué. —Draco fingió lamentarse. — ¿Qué es lo que esperabas? Ah, claro, seguro que esa diminuta cabeza de muggle tuya creyó que me encontraría planeando alguna forma de torturar a Potter, ¿no?, Tengo mejores cosas que hacer,… sangresucia.

Draco se dio la media vuelta, pero antes de poder avanzar ella había vuelto a abrir la boca. Hermione nunca se callaba, era tan insufrible como el estúpido de Potter, aunque no podía decidirse si aún más que Weasley.

— ¡Quita tus sucias manos de mi abrigo, Granger! ¿Tantas ganas tienes de quedarte aquí y congelarte? —Draco alzó la nariz con prepotencia. —Adelante, quédate, pero sola, le harías un favor al mundo, y seguramente no solo a este.

— Esperaba encontrarte en la Cabeza de Puerco, Malfoy, porque sé que tramas algo.

— Oh, bravo por su confesión, Granger. Pero ¿crees que quiero ir a Azkaban?, ¿Crees que soy estúpido? ¡Vine a enviar una maldita carta a mi madre! —Hermione hizo a un lado el pergamino, evidentemente más fino que las simples hojas de papel que ella había usado para escribir a Harry y sus padres, y se sintió estúpida. — ¿También quieres que la lea? «Madre, espero que te encuentres bien…»

—No tienes que leer nada, no estoy ciega, Malfoy. —pero el continuó leyendo en voz alta. —Basta, Malfoy, no estás siendo gracioso. Te estás comportando como un idiota, y…

—Granger—llamó él, pero hacía varios sermones que ella había dejado de prestar atención. — ¡Granger, maldita sea, baja la voz!

Entonces los vio…

Las piernas se le paralizaron, quería correr pero de pronto había olvidado cómo moverlas. Estaba tirada sobre la nieve como un saco viejo.

— ¿Qué estás haciendo? ¡Levántate!

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Hermione se arropó hasta las narices y tiritó bajo las sábanas gruesas de la enfermería. Al otro lado, Draco se veía tranquilo, intrigado por el líquido oscuro que humeaba junto a la mesita de madera que estaba a penas a un paso de la camilla. Si estiraba el brazo lo suficiente podía agarrar la taza sin levantarse. Pero no estaba seguro de querer hacerlo.

Sin saberlo, Draco la miraba desde su lado de la enfermería. Sin duda, Granger lucía deplorable cuando enfermaba. Tenía el cabello más alborotado que de costumbre por andarse retorciendo entre las sabanas y la nariz increíblemente roja en la punta. Ya se había bebido tres tazas de té, convencida de que sanaría más rápido de esa manera, pero solo había conseguido intrigarlo sobre el sabor de… esa cosa.

Extendió la mano hacía el neceser y se acomodó para no terminar quemado y haciendo un ridículo frente a ella. Sorbió despacio, y enseguida arrugó la nariz.

— ¿Cómo puedes estar tomándote esa cosa tan tranquila? Si tantas ganas tienes de morir envenenada, no comprendo por qué no me pides el favor.

Pero la Gryffindor no dijo nada. Todavía seguía pensando en cómo habían estado a punto de morir, y le remordía hasta la última neurona por no haber contado a la profesora McGonagall o Snape lo que en realidad había sucedido.

¿La hacía eso una traidora?

—Ellos estaban tras de ti, ¿verdad? —Hermione se atrevió a mirarlo directo a los ojos. Draco apenas le dio tiempo de terminar:

— ¿Por qué estás tan segura, Granger? Tú y Weasley han estado metiéndose en su camino desde que conocieron al idiota de Potter. Quizá solo estuvimos en el lugar y momento equivocado…, ambos.

Hermione meditó. Creyó que Draco la abandonaría…, no, estuvo segura de que lo haría, que se echaría a correr y la dejaría completamente a su suerte. Pero no lo hizo. Y lo único que odiaba en ese momento era a la nieve, y a ella misma por haberle hecho creer a todos que había sido solo la tormenta que los había atrapado, en especial a Hagried, que se había puesto en peligro por ir a buscarlos. Al menos el se merecía la verdad.

"¿Qué estás haciendo? ¡Levántate!" Malfoy la elevó del suelo de un tirón y corrieron sin ir a ninguna parte.

Los guantes de cuero que protegían las manos del Slytherin le escocieron la piel bajo las mangas mientras se adentraban a una parte de Hogsmeade en la que no había estado nunca. Draco miró sin ver el conjunto de casas olvidadas que envolvían las calles en una rotonda vacía, y se detuvo cuando las botas de cuero negras no pudieron seguir andando en la nieve.

El Slytherin le miró la carne viva en los brazos cuando se alzó las mangas. "Vamos, no te desangrarás por esa herida tan ridícula". Escupió, pero se apresuró a colocarle nieve encima.

"¿Qué estás haciendo?"

."¿No es obvio? Tratando de "salvarte" el brazo, Granger". Habló, y enseguida se alejó.

Malfoy avanzó unos pasos más adelante, dejando atrás la figura delgada de Hermione, pero sin perderla de vista. Tomó con ambas manos una de sus rodillas y tiró con fuerza cuando las botas quedaron atascada en algún agujero donde la nieve aún no endurecía.

Le dolían los pies, cada dedo, desde el más pequeño hasta el pulgar.

Se escondieron en una casa vacía. Estaba fría y llena de nieve que el polvo y la mugre habían oscurecido hasta volverla gris.

—No, Malfoy, solo estuve con la compañía equivocada.

Draco se encogió de hombros ofendido, y sorbió de la tasa ignorando todos sus prejuicios anteriores. El brebaje descendió por su garganta como una miel espesa y caliente, muy a pesar de su contextura, similar a los juicios de la sangresucia.

A Lucius siempre la había parecido respondona y ordinaria, desde que era una niña y llevaba el cabello demasiado alborotado; casi daba la impresión de que el cuello a penas y le sostenía la cabeza. Un muggle de la más baja categoría, aunque siendo de tal especie no pudiera ser de otra manera.

Aunque había crecido bonita, y entendía porque el idiota de Weasley se había fijado en ella.

Le miró el brazo vendado. La señora Pomfrey lo curó frente a sus narices en un parpadeo. Hermione se había retorcido como lo había hecho Weasley aquella vez que le hizo tragar caracoles. Siempre recordaba ese día.

La herida abierta ya no estaba, ni siquiera una pequeña cicatriz. Solo un manchón rojo que la señora Pomfrey le había hecho vendar, y que dolía como un moretón.

A él solo le había hecho meter los pies en agua caliente.

—Joven Malfoy —Minerva entró en la enfermería sin prisa. —, luce usted bastante mejor. —Draco asintió con la cabeza. —Su madre envió una carta, —dijo, y volteó en dirección a la gryffindor. —también llegó una para usted, señorita Granger.

Se dirigieron una mirada de complicidad. ¿Sabría algo, o tal vez Snape?

Hermione recibió una carta de Ronald, y temió que alguno de los profesores pudieran haberla leído.

Draco examinó el papel fino, el sobre sellado con el escudo de los Malfoy, y la inconfundible letra de Narcissa.

Hermione solo recibió un sobre de manila, escrito con mala caligrafía y con una graciosa estampilla de una lechuza que revoloteaba sin ir a ninguna parte. Malfoy no se interesó en burlarse del pobre envoltorio.

Lamento tener que dejarte solo, estaremos bien. —Draco cerró los ojos durante un rato, y finalmente volvió a hablar: —Por los corredores se rumora que eres lista. —Ahí iba de nuevo. –Seguramente creerás que ciertos magos, o magas, –aclaró– de cierto nivel, jamás cometen errores.

—No creo eso, Malfoy.

—Silencio, Granger, estoy hablando. —Hermione deseó poder arrancarle la lengua antes de que pudiera proseguir con su sarcasmo. —Lo cierto es…, que se equivocan. Mi madre por ejemplo, se ha puesto en peligro enviándome una carta que solo tiene siete palabras. Y no conforme —continuó, esforzándose por no implotar—, me ha dicho que estaremos bien.

—Hasta donde sé sigues en una pieza.

— ¿Cuánto tiempo más crees que pasará hasta que eso cambie? Ah, espera, ya sé lo que vas a decir. Mientras estemos dentro del castillo, nada va a pasarnos. Despierta, Granger, esto no va a acabar cuando el estúpido de Potter y el resto de tus inútiles amiguitos regresen de sus fiestecitas. Lo único que va a cambiar es que ya no seremos solo tú y yo, ¡nos van a cazar a todos!

— ¿Estas admitiendo que estaban tras de ti?

—De acuerdo, Granger, la próxima vez que nos persiga una horda de mortifagos nos quedaremos a platicar, seguro les interesará discutir con que maleficio imperdonable nos van a torturar.

¿Cómo se podía ser tan ciega? Potter la había echado a perder.

— ¿Qué crees que nos hubieran hecho si nos atrapaban?

Draco estornudó antes de contestar. El sonido fue como el de un animal pequeño atragantándose; alcanzó a cubrirse la boca con un pañuelo de seda que tenía a un extremo de la camilla. Ron habría tumbado cualquier cosa que estuviera en el rango de amplitud de sus brazos, y probablemente la habría bañado de saliva sin siquiera inmutarse.

—Disculpa. —Hermione nunca antes le había escuchado decir esa palabra. Era un sonido extraordinario. —No me importa en lo absoluto lo que una persona como tú pueda pensar de mi, Granger, pero…

—Como vas a saberlo, no eres uno de ellos.

—Gracias. —Draco la vio rodar los ojos. La pareció un gesto demasiado osado para un ratón de biblioteca. — ¿No vas a leer tu carta?, seguro Weasley te ha escrito lo mucho que te extraña. Hermione, me haces tanta falta como mis modales…–se burló.

Hermione,

No he sabido nada de ti en días, pero como las malas noticias son las primeras en llegar, supongo que aún estas viva. Ginny no ha dejado de molestar a Harry desde que llegó, y lo peor es que él le hace caso. Lamento que tengas que compartir el mismo aire que Malfoy, aunque probablemente el esté lamentándose de tener que compartirlo contigo.

—Vaya, ha de ser lo más atinado que las sucias manos de Weasley han escrito en años, o quién sabe, a lo mejor en toda su vida. Voy a enfermar si sigo respirando el mismo aire que tú.

Hermione volvió a acomodarse en la camilla.

—Seguro preferirías respirar el mismo aire que un dementor, Malfoy. Está noche, cuando estés teniendo otra de tus pesadillas, procurare no despertarte.

El Slytherin guardó silencio durante un rato. Ciertamente, Granger le había despertado al menos dos veces por noche desde que la señora Pomfrey les acomodó temporalmente en la enfermería, y de eso habían pasado ya tres días.

Hermione no fallaba, tenía el sueño tan ligero como las plumas de la lechuza estúpida y sin gracia de Potter, y por la noche siempre estaba de mal humor y dispuesta a desbaratarle el hombro si era necesario para despertarlo.

—Y seguramente tú no has tenido pesadillas, Granger. ¡Después de tantos años Potter debe haberte contagiado de su valentía!

—Si un basilisco entrara por esa puerta, Malfoy, tú no lo notarias. —Hermione le hizo una mueca. —Y no hables de Harry como si lo conocieras, ¡no tienes idea de las cosas que él ve!

— ¿¡Y qué es lo que ve!? Desde que era un niño todos han querido, al menos por una vez, estar en los malditos zapatos del gran mago Harry Potter. ¡No hay nadie en este maldito castillo que no daría la vida para defenderlo! Potter nunca ha tenido nada que temer, mientras nosotros…

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.

Draco se sumergió en las burbujas de jazmín y agua tibia hasta los hombros. Hermione había vuelto a levantarle la mano, sus dedos habían estado a un centímetro de su mejilla derecha.

¿Mientras nosotros qué, Malfoy? ¡Estás solo en esto! Debiste decir algo cuando aún estabas a tiempo… ¡Si no querías ser uno de ellos, debiste decirlo!

¡No! ¡No puedo traicionar a mi familia! No entiendes nada, ¡nunca has entendido nada!

¿Y qué crees que hizo tu madre cuando te encerró aquí? , ¿Por qué no puedes ver más allá de lo que tienes frente a tu estúpida nariz, Draco?

No sabes lo que van a hacerle si la encuentran guardó silencio. —, no sabes lo que van a hacerme si me encuentran… ¿Crees que iré a Azkaban? ¡Mi padre debería estar agradecido de estar allí!

Entonces mataras a Harry para salvarte, ¿esa es la única solución que conoces? ¡Eres un cobarde, Malfoy!

No es a Potter a quien debo matar, Granger…

Miró su reflejo en el agua. ¿Era realmente un cobarde por querer proteger a su familia?

— ¿Has venido a verme?—Myrtle apareció y se zambulló junto a él. —Cosas terribles deben estar ocurriendo fuera de Hogwarts, Draco, esperaba que llegaras para hacerme compañía. Estoy muy, muy asustada.

— ¿Cosas terribles?

Ella asintió:

—Severus ha venido muy temprano, se veía… angustiado, no soltó su varita ni una sola vez. Tal vez sea por los dementores que rondan el castillo, ¿también tú lo has visto? Están cerca, muy cerca.

—N-No, no los he visto, Myrtle.

Ella sonrió y cruzo uno de sus brazos traslucidos por el cuello húmedo del Slytherin.

«Draco debe tener cuidado». Todos lo dicen.

Hasta aquí el cuarto capítulo, espero les haya gustado y compense los seis o siete meses que tardé en subirlo. Dejen o review, nos leemos, ¡que estén bien!