Tal y como prometido: sabado - capítulo 3. Ojalá les guste! acabo de terminarlo. Me pasa por procrastinar. Pero finalmente aquí está, disfrutenlo!


Habían pasado dos días desde que había dejado el nauseabundo chiquero lleno de porquería de ese repulsivo humano. Dos días menos de los veinte que le quedaban a la tierra.

Se había encerrado en su base y no había vuelto a salir de allí. Ni siquiera había visto a Gir en esos dos días. No sabía si seguía en la casa o si había escapado y estaría sembrando el caos en el vecindario. ¿Qué importaba? Si de todas maneras, la tierra tenía los días contados. Ya no tenía sentido seguir guardándose celosamente el secreto de su identidad. GIR podía hacer por fin lo que le diera la gana.

Miro a su alrededor. Su querida base... El único sitio donde se sentía seguro y a salvo, tan lejos del que había creído, era su hogar, en Irk. Intentó acostumbrarse a los colores, las estructuras, las maquinas... Pronto, toda la superficie terrestre estaría cubierta de ellas. Apenas sí podía reconstruír en su memoria la forma en que eran las cosas en el imperio Irken. Irk, Convencia, Devastis, Comidortia... Incluso Blorch, un sencillo estacionamiento, había sido erigido con los colores de Irk luego de la conquista exitosa de Skoodge. Zim había podido verlo en el monitor de su computadora, en una de las tantas ocasiones siguiendo de cerca las conquistas de sus compañeros.

Intentó acostumbrarse también a ellos, porque no tenía ninguna certeza del que sería su destino para el momento en que comenzara la purga orgánica. ¿Le permitirían subir a una de las naves? ¿sería enviado de nuevo a Comidortia o al planeta Mugre, a donde Tak había sido una vez confinada luego de fallar en su asistencia a la prueba de invasores? ¿O acaso iban a dejar que se extinguiera con el resto de los humanos?

Dudaba mucho que los mas altos fueran a esclavizar a los humanos con propósitos demasiado importantes. Estaban a años luz atrasados en aspectos tecnológicos y su inteligencia no era elevada. No había nada en esos cuerpos carnosos, ni en esos repulsivos cerebros llenos de agua que fuera a servir de alguna utilidad para una raza tan superior.

Reprodujo en su cabeza el mensaje, sin terminar de creer todavía el contenido del cual:

Provenía de un planeta que le resultaba desconocido tanto en origen como en ubicación, pero el lenguaje utilizado había sido sencillo de descifrar, pues tenía sus raíces en otros idiomas y lenguas de los que la base de conocimiento de los Irkens sí tenía constancia.

"Hemos contactado con uno de los embajadores enviados desde el imperio planetario recientemente aliado. Requieren nuestro servicio para ocupar el lugar de uno de sus invasores asignados en la destrucción de un planeta desconocido y lejano, luego de que este fracasara en su misión..."

La primera parte ya había conseguido despertar todas sus dudas y sus miedos. Sobretodo después de las palabras del humano Dib, haciendo mella en su memoria:

—No crees que después de tantos años de fracaso en tu 'importante misión, ya era hora de que tus altos interfirieran?

Zim cerró los ojos, intentando recordar la segunda parte del mensaje:

"... Confían en nosotros para que debilitemos las defensas tan pronto como sea posible y les contactemos cuando se logre. Nos han prometido a cambio, a nosotros y a nuestra gente un puesto privilegiado en sus fuerzas de combate, como aliados de su poderosa raza y nos concederán como base este planeta cuando haya acabado la purga, y también su protección. Las fuerzas armadas llegarán aproximadamente en veinte días a partir de ahora.

En nombre de Irk, conquistaremos la tierra."

Todo tenía cada vez mayor sentido. Ese Invasor Fracasado, cuyo lugar ocuparía ese extraño planeta que ahora se sumaba a la causa, no podía ser otro que él: el Invasor Zim.

Estuvo largo rato contemplando sus opciones. Pasaría a ser polvo cósmico. Recordó que aún conservaba su crucero espacial de transporte. Podía tomarlo ahora mismo, y marcharse con Gir tan pronto como fuera posible a un sitio donde no les encontraran nunca. Podía ser su única salvación. Pero ¿qué pasaría de ahí en adelante con Zim? ¿qué sería su vida si el propósito por el cual había vivido diez años? ¿sin la razón por la cual había vivido toda su vida? ¿el propósito para el que nacía un Irken?

Apenas podía recordar el momento en que había cesado en sus intentos de invasión; pero recordaba claramente que se había prometido reanudarlos en cuanto tuviera la menor pista de qué estaba haciendo y cómo hacerlo. ¿El cese de sus actividades habían puesto a Los más Altos en alerta y forzado a decidir que era mejor remplazarlo? No terminaba de decidir cual humillación era peor; si prescindir de sus servicios, o remplazarlos con los de un planeta ajeno a Irk. Un planeta "recientemente aliado". Eso, sin contar que al final, después de todo, las palabras de Tak eran ciertas. Nunca habían considerado valiosa a la tierra. El que hubiesen decidido que no les importaba dar el crédito de su conquista a otra raza era la prueba más contundente de ello.

No se percató del instante en que Gir entró a la base hasta verlo sentado a su lado por el rabillo del ojo, comiendo alguna golosina Irken. Estaba tan concentrado en la tarea, tan ignorante de todo... Tan inocente. Se preguntó si tendría el valor de desmantelarlo para luego activar el mecanismo de autodestrucción equipado en el guante de su brazo derecho, y así acabar con ambos antes de que el cruel juicio de Los Altos lo hiciera. Pero cuando el pequeño androide alzó la cabeza para mirarlo a través de esos grandes ojos color cyan, supo que de entre las malas costumbres de los humanos, junto a la de crear pasatiempos para desperdiciar los días, también había adoptado un extraño apego a las cosas. Primero a su base y ahora a GIR.

—¿Qué sucede amo? —habló este, inocentemente— ¿Estás triste por que tu computadora no funciona?

Zim torció el gesto y se levantó de su sitio, dejando sólo a GIR, no sin antes palpar la cabeza de duro metal Irken del mismo con una mano. Gesto que en una década, no había tenido con él y que ni él mismo terminaba de comprender.

Su robot se puso de pie y caminó detrás suyo como el cachorro que simulaba ser, con una gran sonrisa tonta en el rostro, como si esperara otra muestra de afecto. Arriba, Zim se dejó caer en el sofá y observó a su unidad S.I.R. A pesar de que GIR podría considerarse defectuoso en muchos aspectos, parecía tener mayor conocimiento y comprensión de los humanos del que él mismo tendría jamás. Comprendía gestos tales como un abrazo o una caricia, conocía a la perfección la forma en que funcionaba una sonrisa o una lágrima, e incluso, parecía que las formas en que se movían y fruncían sus ojos robóticos, eran más complejos con cada año que pasaba, pudiendo transmitir con ellos muchas más cosas de las que una unidad mecánica debería ser capaz. No solo eso, sabía de sus costumbres, de sus rituales sociales, de sus debilidades y de sus fortalezas...

Por una parte Zim había pensado que, aunque estuviera defectuoso, seguía siendo una unidad de información y sencillamente servía bien a su propósito. Pero en ocasiones tenia la impresión de que GIR se había vuelto más humano con cada instante viviendo entre ellos, y no tenía claro si aquello formaba parte de su naturaleza como unidad de información, o si era una consecuencia de sus fallas de sistema como tal. En cualquier caso, se había acostumbrado a GIR tal y como le había sido entregado. Quizás de ser una fría maquina siempre al pendiente de sus órdenes y de avanzados procederes, se hubiese sentido aún más solitario con el paso del tiempo.

Entre más pensaba en ello, inconscientemente más se convencía de que la opción que le agradaba más era la de marcharse ambos a algún sitio, y se levantó de su sillón para ir directo a su computadora en busca de algún planeta de condiciones apropiadas donde él y GIR pudieran vivir a salvo por un tiempo hasta resolver qué otra cosa hacer.

Pero antes de emprender marcha a su base, escuchó el timbre de la puerta y se detuvo en seco. Miró el reloj de la pared y marcaba las tres de la madrugada. Según sabía, los humanos no se visitaban a esas horas, pero los últimos acontecimientos le llevaron a pensar de inmediato que sólo podía tratarse de una persona, y confirmó sus sospechas cuando al activar el dispositivo de reconocimiento en la puerta, vio la alta figura de Dib en la entrada, con un gesto impaciente.

—Humano estúpido. ¿Ahora qué quiere? —masculló. Como un niño ante la llegada de un ser querido, GIR se lanzó directamente a la puerta, para abrirla, pero Zim lo detuvo y lo arrojó a sus espaldas, haciéndolo rodar por el piso:

—¡No interfieras, GIR!

—¡Abre, Zim! necesito hablar contigo. —apuró Dib tocando sobre la puerta con el puño.

Zim torció una mueca enseñando los dientes y avanzó castigando el piso con pesados pasos, furibundo con el atrevimiento del humano.

—¡¿Quien te crees que eres para irrumpir en la morada de Zim y ordenarle que te abra la puerta?! —gritó antes siquiera de girar la perilla para abrir.

—Zim —saludó Dib. Escondía en la expresión alguna seña confusa que el Irken no supo identificar, pero que enseguida le dio un mal presentimiento— Necesito que vengas conmigo.

—¿Por qué tendría que obedecerte? ya escuché el apestoso mensaje. Déjame en paz y no vuelvas aquí o voy a retorcer tu cuello con...

—Pero no me dijiste qué significaba.

—Te dije lo esencial. Prepárate para morir, gusano. Es todo lo que necesitas saber.

Dib estuvo a punto de responder, sintiendo como la cólera le subía al rostro, pero se detuvo. Era importante que Zim cooperara.

—He venido a rogar por tu ayuda. —admitió finalmente, haciendo que los ojos color rubí se agrandaran de la sorpresa. El enorme ego del Irken pareció ceder con demasiada facilidad ante el halago que representaba una súplica.

—¿De manera que el humano Dib ha desarrollado la humildad suficiente como para reconocer que necesita la ayuda de Zim y rogar por ella?

—Todo cuando conozco y cuanto amo va a extinguirse en menos de un mes. He desarrollado el entendimiento suficiente para darme cuenta de que esta es mi última opción. Te ruego, Zim, que me ayudes.

—Sólo por curiosidad, dejaré que me des una razón convincente.

—También es la única opción que te queda.

—¿Qué te hace creer eso?

—Irk ya no es tu hogar. Tú mismo lo dijiste.

—¡Mientes!

—¡No tengo tiempo para esto, Zim! Te han dado la espalda ¿verdad? Irk ya no es tu hogar, pero la tierra lo ha sido todos estos años. El único hogar que tienes ¿permitirás que lo destruyan?

—¡Se supone que yo lo destruiría de todos modos! además, me queda mi base y mi crucero de viaje. Iré a otro sitio. Puedo soportar las condiciones más extremas, y en caso de que no, puedo desarrollar la tecnología que me permita hacerlo. Puedo vivir donde sea. En cambio tú no. No quieras arrastrarme a la miseria que enfrentas; no soy parte de ella.

—De modo que no vas a ayudarme. Entonces no me dejas opción.

—¿Qué harás? ¿tomarte otros miles de años para evolucionar hasta que tengas la inteligencia suficiente para idear un mejor plan? según sé, no te queda ni siquiera un... ¡VUELVE! —gritó el Irken cuando Dib dio la media vuelta y se marchó sin decir una palabra— ¡¿Te atreves a dejarme hablando solo?!

Zim lo siguió a la calle, pero Dib había desaparecido. Al borde de la ira por su atrevimiento, Zim empezó a caminar, para buscarlo y finalizar con sus amonestaciones.

Cuando se hubo perdido en el final de la rotonda, Dib salió de su escondite. Había conseguido abrir una de las tablas que conformaban la reja de la casa vecina antes de tocar la puerta de Zim. Se había decidido a gastar su último recurso con la esperanza de conseguir su ayuda por las buenas, haciendo el intento de rogar por ella; cosa que su orgullo nunca antes le hubiese permitido. Pero aquello tampoco había dado frutos, y Dib ya lo había supuesto de antemano, por lo cual, tuvo tiempo de planear un pequeño truco cuando se dirigía a su casa. Salió sigilosamente de la casa vecina y volvió a acercarse a la puerta de la casa de Zim. Tal y como lo esperaba, GIR estaba en el sofá cuando Dib lo llamó desde el quicio.

—¡Hola, Mary!

—Hola GIR —saludó Dib, simulando una sonrisa—. Necesito que hagas algo por mí.

—¿Quieres que te prepare el desayuno?

—No, GIR. Debes escucharme con mucha atención. ¿Sabías que es el cumpleaños de tu amo?

Los grandes ojos cyan de GIR resplandecieron y su boca se volvió en una "o" llena de sorpresa. Estuvo a punto de empezar a saltar y gritar de alegría, cuando Dib se agachó junto a él y lo acalló:

—No, no, no. No hagas ruido. No debe saber esto. La verdad es que él lo ha olvidado. Así que para recordárselo y celebrar, le haremos una fiesta sorpresa ¿sí?

—¡Fiesta sorpresa! ¡yo traeré la música y los pollos! —chilló GIR, casi temblando de emoción. Dib se sintió mal en cierto grado por utilizarlo, pero no podía hacer otra cosa. La inocencia de GIR era mucho más manejable que la terquedad de Zim.

—Si, GIR. Pero primero necesito que te encargues de otra cosa —Dib le ofreció dos píldoras que el androide recibió dudosamente—. Escóndelas bien. Cuando tu amo no te esté viendo, ponlas en una lata de soda, o en su comida, y haz que se la trague toda. Esto lo pondrá a dormir. Cuando se haya dormido, tráelo a esta dirección —le indicó, pausadamente, enseñándole una pequeña nota que le entregó junto con las tabletas—. Lo dejarás conmigo y tú vendrás aquí a decorar la casa y a comprar un enorme pastel. Cuando despierte, yo lo traeré de vuelta a casa, y en cuando entremos, tú lo sorprenderás. Estará muy, muy feliz.

—¡Si! ¡el amo estará tan feliz! ¡tan feliz que...!

—Pero recuerda GIR —lo frenó Dib, anteponiendo el índice contra sus labios, indicándole guardar silencio—: será nuestro pequeño secreto. Ni una palabra a él. ¿Me has escuchado? es absolutamente importante que no le digas ninguna palabra. Si se arruina la sorpresa, tu amo se pondrá muy triste y yo también. La fiesta se arruinará. No habrá fiesta. ¿Lo has entendido?

El tono cyan de los ojos de GIR brillaron de pronto como dos furiosas luces rojas, haciendo que Dib se espantara momentáneamente; pues jamás lo había visto así. Retrocedió un par de pasos, pero GIR se limitó a hacer un saludo llevándose una palma erecta a la frente y exclamó un rotundo:

—¡A la orden! —con la voz más grave y potente que Dib le hubiera escuchado jamás. Sólo para después, devolver sus ojos a su color natural y regresar a la casa con una gran sonrisa y despidiéndose con su aguda voz de siempre— ¡nos vemos!

—¡Ni una palabra, GIR!

—¡Sí, señor! —volvió a vociferar él, como momentos antes, pero Dib no vio sus ojos, pues la puerta de la casa ya estaba cerrada.

Dib se preguntó por qué en todos esos años, no se le había ocurrido usar al androide como un método de atrapar a Zim. Pero la verdad es que, como subordinado de aquel, nunca se e hubiese ocurrido que resultaría tan fácil. Pero no podía decirlo aún, pues aún debía comprobar que tan capaz era GIR de seguir indicaciones como esas.

Dib esperó pacientemente en su apartamento, esperando el fruto de su siembra. Pasó las primeras horas en mucha calma. Leyendo para distraerse, navegando por Internet o escuchando algo de música. Pero para la tercera y cuarta hora empezó a preocuparse. Empezó a mirar repetidamente por la ventana, o mirar cada tantos minutos el reloj, viendo correr el segundero por largo rato. En el fondo había sospechado que era un plan absurdo utilizar a GIR. Lo habría olvidado, o había acabado diciéndoselo a Zim después de todo. En uno de los peores casos, quizás el sistema de Zim era diferente ¿y si la droga sencillamente no tenía efecto en él? ¿si un Irken realmente no era capaz de dormir? o peor... ¿si la droga había conseguido matarlo?

La quinta hora la pasó paseándose nerviosamente de lado a lado. Abriendo su puerta a cada momento para verificar que no había nadie al otro lado, y frenando sus impulsos de salir en ese instante para ir a casa de Zim, a asegurarse de que todo estuviera bien. Si le perdía a él, perdía la única alternativa que tenía.

Finalmente, para la sexta hora, se había desplomado en la silla de su escritorio y se miraba los pies con particular interés. Ya eran las doce de la noche cuando perdió las esperanzas y se levantó para echar el seguro a la puerta. Pero al ponerse de pie, vislumbró una extraña luz en el cielo, por la ventana, acompañada de algún objeto que brilló con un resplandor plateado cuando reflejó las luces de la ciudad. Dib se tardó unos momentos para darse cuenta de que el objeto se hacía cada vez más grande. Venía en su dirección; y reaccionó a echarse al suelo sólo medio segundo antes que aquel objeto impactara contra la ventana, haciéndola mil pedazos que se partieron con un ensordecedor estallido y se precipitara dentro de la habitación, impactando contra una de las paredes con un seco golpe. Dib se levantó del piso contrariado y en estado de shock. Distinguió primero los colores plateado y cyan de GIR en la oscuridad, y luego se fijó en que traía un bulto a las espaldas; pero estaba demasiado enojado para ver con detenimiento qué era:

—¡GIR! ¡maldita sea! ¡¿estás loco?!

—¡Shhh! —lo calló el robot— Lo despertarás y arruinarás la sorpresa.

Dib enmudeció en el momento en que Gir dejó caer el bulto de su espalda y el delgado cuerpo de Zim golpeó el piso, secamente.

—Lo... lo has traído. Lo has hecho.

—Ahora iré a preparar el pastel ¡compraré globos! —gritó, y Dib lo silenció. Aunque si Zim no había despertado con aquel enorme choque contra su ventana, dudaba mucho que fuese a despertarse con otra cosa... si es que volvía a despertar. Dib condujo a GIR hasta la ventana.

—Ahora ve y encárgate de que sea asombroso. ¡Espéranos allí y no te muevas de allí! ¡tu amo estará muy contento!

—¡Nos vemos en la fiesta!

—¡GIR! desde afuera ¿cómo supiste que este era mi apartamento?

—Vi tu gran cabeza por la ventana. ¡Adiós! —gritó el extraterrestre, saltando por la ventana y elevándose en los aires con los propulsores de sus pies.

Dib cerró la cortina sin permitirse ofenderse, preguntándose más bien de donde sacaría el dinero o el tiempo para reponer el cristal roto. Tiempo era precisamente lo que ahora no tenía. Rodeó el cuerpo de Zim en el suelo y se agachó junto a él. ¿Cómo se tomaba el pulso a un Irken? ¿donde? ¿tenían pulso?

Lo examinó en busca de alguna señal de que estuviera vivo, pero no la necesitó. Sus párpados se movieron levemente y Dib se apresuró a proceder con lo que tenía preparado. Si despertaba ahora, escaparía y perdería su única oportunidad. Pasó las manos por debajo de la espalda y las rodillas de Zim, y lo elevó del piso para ponerlo sobre la única superficie que tenía en un apartamento tan pequeño. La cama.

Zim despertó poco después. Sentía abombada la audición y parecía que el negro de sus párpados cerrados sobre sus ojos podía dar vueltas. Estos no le respondieron cuando quiso abrirlos, y el resto de su cuerpo tampoco, pero no por obra de su mareo. Sentía la presión sobre sus muñecas y tobillos, y también sobre varias zonas en su torso cuando intentaba moverse. Percibió un aroma extraño y un agudo dolor en el brazo izquierdo. Finalmente pudo abrir los párpados y aquel,fue lo primero que vio. Faltaba el guante de su mano izquierda, y el uniforme estaba retorcido por encima de su codo, en la parte interna del cual, una aguja invadía su piel, carne y vena. Estaba conectada a un catéter.

—¿Qué es esto? ¿quien...? —no alcanzó a gritar, pues otra visión, por el rabillo de su ojos, le dio toda la información que necesitaba conocer. Tembló de ira— Dib.

—Lo siento —masculló él, distraídamente, casi sin prestarle atención. Tenía en la mano uno de esos extraños y primitivos comunicadores humanos—. Iba a ponerte una cánula en la nariz, pero... tus vías nasales son demasiado pequeñas y no estaba seguro de que tu sistema respiratorio funcione igual que el mío.

—¡¿Qué estás introduciendo en mi cuerpo a través de esa apestosa aguja?!

—Necesito mantenerte quieto. No parece que haga daño a tu sistema. Fue fácil encontrar en tu brazo algo parecido a venas humanas. Lo difícil fue introducir la aguja. Estaba preocupado de que no fuera a funcionar, pero te mantuvo quieto una hora más. Tu cuerpo lo absorbe muy rápido, así que he tenido que administrarte dosis más grandes y más frecuentes que las que necesitaría una persona. Quédate tranquilo, solo te ayuda a dormir.

—¡¿Dormir?! ¡Zim no necesita dormir! ¡ahora dime qué rayos pretendes conseguir con...!

—Vas a ayudarme, Zim, estés de acuerdo o no —dijo Dib, secamente.

—¿Y atado y sedado esperas que te ayude? no desarrollaste demasiada inteligencia el tiempo que te dejé solo. Por el contrario.

—Muy gracioso. Con suerte yo también lo sea, y encontrarás lo siguiente que te voy a decir, muy divertido —amenazó, levantándose de la silla del escritorio junto a la cama, tomando una jeringa del escritorio.

—¡Libérame de aquí, miserable gusano! ¡pagarás por esto! ¡sólo espera a que salga de aquí, te arrancaré los ojos y aplastaré tu enorme cabeza de calabaza!

—Eres prueba contundente de que digo la verdad acerca de los extraterrestres. Cuando te vean, me creerán y sólo entonces harán algo al respecto y se prepararan para proteger al planeta de la invasión.

Zim abrió dos grandes ojos. Las imágenes que eran tan recurrentes hace años, y por las cuales había dejado de temer al darse cuenta de que la humanidad era demasiado idiota para detectarlo, volvieron todas a su cabeza. Su cuerpo abierto y profanado por manos enguantadas, removiendo sus entrañas, inyectando químicos extraños en sus venas... Se percató de que estaba en una cama; que no era muy diferente de una mesa de cirugía. Y Dib ya había logrado penetrar en su organismo con una aguja. No estaba muy lejos de ello.

—¡NO! —gritó Zim, estridentemente, empezando a revolverse contra sus amarras. Dib se apresuró al acercarse. Pero tuvo que retroceder nuevamente, cuando los brazos mecánicos de Zim atravesaron el colchón y los muelles de la cama, empezando a moverse peligrosamente por debajo de esta y alrededor de la habitación, en lo que Zim intentaba ponerse de pie con ellos. Pero estaban torpes y Zim hacía movimientos demasiado bruscos y erráticos. Dib imaginó que se debía tanto al peso de la cama, como al hecho de que los sedantes todavía estaban actuando en su cuerpo, aunque su consciencia luciera muy despierta. Cómo lograran liberarlo, estaría en problemas, así que, armándose de valor, saltó por encima de los brazos mecánicos y se apresuró a conectar la jeringa al catéter del brazo de Zim, inyectando toda la fórmula. Los movimientos de los brazos mecánicos cedieron poco a poco, retrayéndose dentro de la mochila del Irken mientras este empezaba a cerrar ya los ojos:

—Humano tonto... —se las arregló para murmurar— No sabes nada. Solo estás acortando tu camino a la perdición. La raza Irken es más poderosa de lo que crees.

—Los tanques son muy poderosos, Zim. Los misiles, las metralladoras, los...

—No compiten con un solo planeta. Se trata de un imperio. Un vasto y poderoso imperio lleno de cientos de planetas conquistados y poblados por nuestra raza. La armada Irken tiene más naves que las que se necesitan para cubrir su planeta entero.

Pese a su triunfo, las últimas palabras de Zim dispararon cierto temor en Dib, quien vaciló antes de murmurar:

—Estás mintiendo, no te creo nada de lo que dices.

—No lo hagas. Lo verás cuando todo suceda.

Dib esperó a que se durmiera del todo otra vez, antes de preparar una segunda dosis. Ocupó en ello un largo rato, pues sus pensamientos cortaban el hilo de cualquier otra cosa que demandara su atención. ¿Zim decía la verdad? seguramente que no. Lo hacía para asustarlo. Sin embargo, la mano todavía le temblaba cuando marcó el número de los Ojos Hinchados. Tuvo que cortar y volver a marcar varias veces. La persona que anteriormente le había respondido, no parecía dispuesta a volver a hacerlo; pero era preciso que lo hiciera:

—Vamos. Por favor... —siseó Dib empezando a impacientarse al grado que sentía que el corazón le palpitaba entre los oídos.

Finalmente, la linea conectó y reconoció la voz de la misma persona que había respondido la última vez:

—Te lo diré una última vez, muchacho. La red ya no existe. No vuelvas a...

—Te lo suplico: necesito que me comuniques con algún miembro de Los Ojos. Es urgente. Con quien sea, no importa. Debe ver esto. Necesito que vea esto; sólo así van a creerme.

Un largo silencio. Dib rogó por que significara que su interlocutor lo estaba considerando y no que fuera a colgar en cualquier momento.

—¿Qué tienes? —preguntó al fin.

Din levantó la mana que cubría el cuerpo sobre la mesa; como si necesitara cerciorarse él mismo de que sus palabras eran ciertas cuando masculló:

—Dígales que he capturado a un extraterrestre. Vivo.

Después de la apresurada conversación telefónica, los nervios le consumían a tal extremo, que antes de darse cuenta, ya la noche estaba siendo consumida en a ventana por los rayos del alba. Administraba la octava dosis de sedantes. Había aprendido a calcular el tiempo en que debía suministrarlas, y debía ser estricto con ellas, pues Zim había estado a punto de despertarse dos veces. No había podido dormir nada, y estuvo a punto de claudicar sobre su escritorio, cuando escuchó la puerta, despertándolo del todo y disipando de su cabeza cualquier deseo involuntario de dormir. Bajo el quicio de la puerta había una persona encorvada. Usaba gafas oscuras, un fedora que escondía su cabello, y una bufanda que cubría la mayor parte de su rostro, a juego con un trench negro. Le fue imposible reconocerlo, tal y como a las siluetas en las video-llamadas cuando conectaba con Los Ojos hacía muchos años.

—¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó tentativamente. El hombre se inclinó hacia él y susurró a través de la lana de la bufanda:

—No me reconoce; debe ser por las gafas oscuras. Lo que sucede es que... tengo los Ojos Hinchados.

Dib apenas sí pudo contener la emoción. Retuvo el aliento contra la palma de la mano que se llevó a la boca e invitó a extraño a pasar dentro de su apartamento, cerrando tras él, rápidamente la puerta. Echó el seguro. El del pestillo de la perilla de la puerta y el cerrojo de más arriba también. Cuando se dio la vuelta, el corazón le dio un salto. El hombre frente a él, le pareció que se trataba de un fantasma. No lo hubiese creído así, de no ser por que hasta hace unos segundos, creía que ese hombre estaba muerto:

—¡Agente Darkbootie! —jadeó, incrédulo. El anciano distendió una sonrisa, dando una cabeceada— ¿Cómo...? me dijeron que estaba muerto y yo...

—Cuando la red murió, muchacho, yo morí con ella. Mi vida como la conocía se terminó y preferí desaparecer. Hasta que tú trajiste de nuevo la luz a mi existencia con la llamada de anoche.

—¿Usted fue quien...?

—Cuando la base de operaciones cerró, yo me quedé con todas las indumentarias. Los números telefónicos, los filtradores de llamadas... No sabes la forma en que esta aparición tuya me ha devuelto a la vida.

—Y no sabe usted cuanto lo comprendo —concordó Dib, afectuosamente.

—Muy bien, entonces, Agente Mothman. Cuéntame ¿qué tienes para mí?

—La prueba contundente de que que he dicho la verdad todos estos años. Y no sólo eso, también la clave para reunir de nuevo a los Ojos Hinchados.

—Suena interesante.

Dib lo condujo hasta su habitación. Cerró las cortinas y encendió las luces, y por si eso no fuera suficiente, cerró también con seguro la puerta de su cuarto. El agente Darkbootie se fijó en los cristales rotos en el piso, pero cuando distinguió el bulto sobre la cama, no se hizo esperar en acercarse a la que sospechaba, era la razón de su reunión. Era más pequeño de lo que había pensado.

Dib llegó junto a él:

—Antes que nada, quiero agradecerle por haber creído en mí, pero también debo advertirle que lo que le enseñe, sólo puede quedar entre nosotros hasta que demos con algún otro miembro. Si la NASAPlace o el gobierno se apoderan de él a estas alturas cuando estamos tan vulnerables, nos despojarán de él y quien sabe qué hagan con nosotros. Podríamos perder la única esperanza que tiene el mundo.

—No entiendo, muchacho ¿no era tu plan cuando eras un niño? ¿desenmascararlo ante las autoridades?

—Usted lo ha dicho, señor. Era un niño. Ahora sé bien cómo son esas personas. No podemos precipitarnos a cometer un error cuando la situación es tan delicada. Nso meterán a la cárcel o nos ejecutarán, y a a él lo someterán a toda clase de pruebas hasta matarlo. Y luego vendrá la invasión y no contaremos con la ayuda que él podría darnos.

—Cada segundo tengo más curiosidad. Pero lo entiendo.

—Bien. Ya es hora de que lo vea.

Sin dilatar más el asunto, Dib levantó con cuidado un extremo de la manta que cubría el cuerpo, y el anciano dejó caer la mandíbula de una forma tan dramática, que Dib pensó que iba a dislocársela.

Sobre el colchón, tendida de espaldas y atada de manos y piernas con gruesos alambres de cobre, yacía la criatura más extraña y asombrosa que había visto en todos sus años de vida.

Lo primero que notó fue el verde claro de su piel. Su rostro era fino y de un perfil anguloso. Carecía de canales auditivos y en su lugar, habían dos antenas largas y delgadas. Apenas podía distinguir una boca pequeña. Su fisonomía, era la de un muchacho joven y delgado; casi un niño. Estaba tan quieto, que le pareció que estaba hecho de algún material, como silicona y estuvo a punto de enfadarse por que el muchacho lo hubiese hecho ir hasta allí solo para mostrarle una pieza de artesanía.

—No puede ser real —masculló, sin voz, a causa del asombro. Dicho esto, se acercó cautelosamente y se estremeció cuando percibió el vaivén suave del pecho de la criatura, subiendo y bajando al ritmo de una lenta respiración. Dib no tuvo que decir una sola palabra más. Era suficiente ara convencerse de que era un ser viviente. Sin poder saciar aún su curiosidad, el agente deslizó los dedos por el rostro durmiente del alien. Se parecía a la piel humana, salvo a que era más porosa al tacto, sin embargo, al hundir uno de los dedos y ver que no se formaban pliegues a su alrededor, dedujo que también era muy elástica. Lo examinó largo rato. Le presionó los lados de la mandíbula para inspeccionar su dentadura. Sus dientes tenían una marcada separación entre sí, y tenían un tinte rojizo, a diferencia de una dentadura humana; y Dib notó enseguida el fuerte color malva de su larga lengua segmentada. Le permitió al agente proceder a su antojo y este examinó la mano que no poseía guante. A Dib la visión de su mano desnuda le había resultad también, bastante nueva. Incluso el material del que estaba hecho su guante le resultó desconocido y extraño. A simple vista parecía cuero, pero era más flexible y suave que este, y aparte de eso era realmente resistente. La mano Irken tenía sólo tres dedos. Largos, delgados y nudosos; terminaban en afiladas garras. El agente Darkbootie procedió entonces a examinar sus antenas, pero en cuanto tocó una de ellas esta se torció a un lado, evitando el contacto. Las comisuras de Zim se torcieron en una mueca y este, aún inconsciente, torció la cabeza y se estremeció incómodamente.

—Parecen muy delicadas —comentó el anciano más para sí mismo. Su mayor sorpresa fue al momento de separarle los párpados y apreciar sus ojos. Sus grandes ojos rubicundos. Parecían hechos de vidrio—. Es... es hermoso —tuvo que reconocer— ¿Duerme?

—Bajo anestesia, pero sí. Me he ocupado de darle dosis constantes. Es un poco inquieto y problemático. Requiere grandes dosis para mantenerse sedado. Su sistema interno parece ser más resistente a los químicos y los antibióticos que un humano, pero también es extremadamente sensible a las toxinas y los agentes contaminantes externos. El agua le provoca un grave daño, y es intolerable a una gran cantidad de alimentos humanos; en especial las carnes.

—Pareces conocer bastante acerca de él.

—Lo vigilé obsesivamente por un par de años —admitió Dib— Supe quien era y lo que era desde el primer día en que lo me creyó jamás. Y aún ahora; pero ahora es diferente. Pensé que los Ojos eran los únicos que a estas alturas podrían ayudarme, y necesitaban comprobar que yo decía la verdad. Tú ya lo has comprobado. La criatura es tan real como tú o yo. Ahora necesito que me ayudes a reunir al resto de los agentes, para que se convenzan y juntos hagamos algo. Si somos todos nosotros, la NASAPlace nos escuchará. Solos, no eramos más que sombras detrás de un monitor. Unidos, podemos salvar la tierra o al menos morir luchando por ella y no siendo sorprendidos por un rayo láser, sobre nuestras camas, sentados a la mesa, o defecando en un inodoro.

—Hay algo en ti que no había en ninguno de los agentes que tuve el agrado de conocer —le aduló el anciano, poniendo una mano de manera fraternal contra su hombro—. Te pareces a mi. Has hecho bien en mostrarme esto. Pero no está seguro aquí. He traído con mi van, sospechando que la íbamos a necesitar. Lo llevaré a la antigua base de Los Ojos. Necesitaré que tú busques toda la información que tengas sobre extraterrestres; trae esas viejas notas tuyas que la organización rechazó hace tanto tiempo. Yo reuniré a todos los agentes que pueda y con esta criatura en nuestras manos, conseguiremos la ayuda que necesitamos.

—Gracias agente. Sabía que podía confiar en mi compañeros.

—Ahora ayúdame a llevarlo hasta la camioneta, Mothman.

El camino desde el edificio de Dib hasta el rumbo que había tomado la van negra, estuvo lleno de preguntas, y Dib las respondió todas lo mejor que pudo. Cada cierto rato, volteaba sobre su hombro, imaginando que podía ver a Zim, todavía sedado y sin conciencia, a través de la pared que separaba la cabina del conductor y el copiloto, del compartimiento trasero de la van. Conforme avanzaban, el camino se le hizo más desconocido. Estuvo seguro que no había estado jamás en esa zona de la ciudad; pues todas las reuniones de los Ojos se llevaban a cabo en sedes acordadas, que eran constantemente cambiadas por cuestiones de seguridad y anonimato. Quiso desconcertarse un poco cuando estacionaron frente a lo que parecía una enorme fábrica abandonada, pero ya se había imaginado que el centro de operaciones de una organización tan secreta estaría bien camuflado en alguna ubicación ingeniosa, que pasara completamente desapercibida para los demás, así que se tranquilizó. Los cristales estaban rotos y los alrededores lucían descuidados. Las paredes ya estaban del todo vandalizadas con aerosoles y el estacionamiento estaba lleno de manchas de grasa y lodo. Dib se retorcía el extremo de la gabardina entre las manos, de nervios. Fue el primero en bajar, y miró a su alrededor. Una persona vestida de forma similar a la que había recibido a Darkbootie en la puerta, salió a su encuentro y Dib contuvo la emoción. Debía tratarse de otro agente, aunque le fue imposible encontrar alguna pista en su apariencia, con la que pudiera identificarlo.

—Mothman, rápido, ayúdame a sacarlo de la van —lo llamó Darkbootie, y Dib se giró para verlo. Ni siquiera había empezado a mover los labios para responder, cuando algún objeto duro le azotó con tanta fuerza la cabeza, que la imagen de sus ojos se distorsionó abruptamente, y por un momento, todo lo que pudo ver, fueron luces y manchas impidiendo su visión. Todo le dio vueltas. Su vista se fue a negro y perdió la consciencia incluso antes de caer al piso, por lo que no sintió dolor cuando su costado azotó duramente contra el pavimento. Su sentido de la audición fue el último en abandonarlo, pero no sin antes avisarle del estridente sonido de las llantas de la van cuando esta arrancó, escapando en ella, Darkbootie y el hombre misterioso; llevándose con ellos a Zim.


Doy gracias a las cuatro personitas que hasta ahora me han seguido! Miinness0otta, Observador Daam, .3 y a kedekai-kokoro. Gracias por su apoyo! me pone muy feliz recibir feedback! 3