Diecisiete años, y Argus no sabe que camino escoger. Ha llovido mucho desde que Bill Haley encantara sus cuerpos para que bailaran a ritmo de rock –y bastante twist, la verdad-, desde que Pio XII fuera envestido como Papa, desde que la Guerra Fría evolucionara a la Guerra de Corea. Lo que no ha cambiado es la división a la que está sometida su espíritu.
Ahora que puede –y tiene- que elegir, la indecisión se hace cada vez más patente.
Hace tiempo que su familia decidió que la no-magia era algo contagioso, así que no puede contar con su ayuda. Solo Elizabeth sigue ahí, a cada paso que da, ayudándolo y apoyándolo en todas sus decisiones.
Tuvo un par de novias, y fue su prima quien escogió sus regalos –tienes la sensibilidad de un rinoceronte para estas cosas, Argus, no se como Anne te aguanta todavía. No, tampoco quiero saberlo, que no¡calla ya, por Circe bendita!-, quien cuidó de la Señora Norris cuando Argus se fue de excursión por una semana con el colegio, quien se saltaba las comidas familiares –y elitistas- de los Filch para tirarse en el campo sobre un mantel a cuadros y pelearse por el último trozo de tarta... en definitiva, quien hacía su magia.
-Venga Argus¿qué dices? Yo ya no estaré, pero podrás vivir por ti mismo todo lo que te he estado contando estos últimos siete años. Te encantará, sabes que sí.
-Pero¿qué haría exactamente¿limpiar los pasillos¿castigar a los alumnos? Porque no creo que me tomaran muy en serio...
-Eso es lo de menos cielo. Estarás rodeado de toda la magia del mundo, y lo más importante, podrás aprender. Estoy segura de que sí, ya verás. De todas formas, Dumbeldore te lo explicará todo. ¿Vamos?
Duda durante un instante. Hay un trabajo en Wales como mecánico esperándole. Ya sabe lo que hay en la orilla Este del río. Ahora toca descubrir la Oeste.
-Vamos.
