Disclaimer: Todos los personajes de Crepúsculo y su saga pertenecen a Stephenie Meyer. Las situaciones y personajes que no reconozcan son míos.


A un latido de ti / Greendoe

Capítulo cuatro

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Wild in the streets, barely alive

Mama's always telling me stay inside

Don't you hang around with those young boys

Soon you'll be loving them

They're all night toys

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Bella,

Hoy mamá me ha preguntado si estoy viendo a alguien. No creo que sospeche, fue más bien su revisión semestral acerca de mi vida amorosa, probablemente deseosa de dar su opinión.

Me pregunto a menudo qué diría sobre Garrett, si dejaría de hablarme, si me permitiría al menos traerlo a casa y presentarlo; hacerle entender que no es un ladrón, sino una simple y buena persona. Me gustaría pensar que me daría el privilegio de la duda, pero lo más seguro es que no. Siempre habla con sus amigas de sus esperanzas de que me case con algún compañero de la facultad, un futuro y rentable abogado como Michael, pero lo dice como un futuro lejano, como si yo todavía fuera una niña.

¿Pero algo como Michael? ¿Realmente quiere eso para mí, después de todo? ¿De verdad quiere que, como ella, apenas sea una esposa modelo?

Mamá espera que tenga relaciones luego de casarme. Ya no estoy tan segura. La noche anterior, mientras besaba a Garrett, he sentido algo que nunca había experimentado. Él no ha dicho nada, aunque sé que no es virgen. Me siento culpable por desear algo más, pienso en mamá y su rostro decepcionado, y aun así… quiero. ¿Qué puede tener de malo si con él todo parece tan correcto…?

— ¿Bella, eres tú?

El año de 1980 llegó silencioso, sin augurios de la violenta muerte que exactamente once meses más tarde tendría John Lennon (1). Era enero en Forks y las jornadas tormentosas y frías, llenas de ventisca que calaba, se sucedían como una larga noche agotadora. Todo alrededor invitaba a quedarse en casa, a sentirse gratificado por las chimeneas, los chocolates calientes y las buenas tardes en cama, pero yo volvía tarde. Regresaba para mantenerme en el rol de buena chica que no daba problemas, la Bella de siempre.

Ya entonces comenzaba a disfrutar la libertad que el poco interés de mis padres me otorgaba, aunque tampoco quería tentar demasiado al destino y me dejaba ver de vez en cuando. Hacerles notar lo bien que me iban las cosas, lo poco que había que preocuparse por mí. Fueron los errores de la época, ahora lo sé, porque su recuerdo se mantiene intacto. Fue el tiempo en que las paredes tan finamente construidas por Renee comenzaron a destruirse a nuestro alrededor.

— Soy yo – Contesté cansada, sintiéndome un poco estúpida e irritable.

Mamá apareció por la puerta que conectaba a la cocina con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Estaba bien vestida y su cabello adecuadamente acomodado. Me recorrió de pies a cabeza con gesto ansioso, como si esperara encontrar algo incorrecto o fuera de lugar, pero acabó apretando con fuerza los labios y conteniendo el aliento. No sin cierto esfuerzo, reprimí un suspiro. Si no me equivocaba, estaba en uno de esos días en que le gustaba jugar a la familia normal y preocuparse por mi bienestar, aquellos que me hacían añorar la primera etapa de duelo en que simplemente no me veía en absoluto. ¿Dónde estaba la madre apática a través de la cual pasaba como un fantasma?

— ¿Dónde andabas? – Ladró de inmediato, sin darme mucho tiempo para respirar.

— En La Push, con Jake – respondí con voz cansina.

— ¿Jacob? – Las arrugas de sus ojos se hicieron más notorias y sus hombros se tensaron – ¿Estás saliendo con Jacob Black?

Quise ignorar su pregunta tan típica, y casi por cansancio no me di el placer de poner los ojos en blanco o esbozar una sonrisa desagradable. Por supuesto, en la mente de mamá la única forma de que yo no acabara repitiendo la suerte de Kate debía ser tratándome justo de la manera contraria. Controlándome obsesivamente y esperando siempre lo peor. La idea de que yo saliera con una especie de relación a lo Garret debía espantarla hasta la médula, y no me habría sorprendido que albergara la esperanza de que me hiciera monja o algo por el estilo. Mientras más lejos de los hombres, mejor.

— No estoy saliendo con nadie, mamá – Expliqué con poca tolerancia – Jake y yo solo somos amigos, como siempre, aunque no veo qué jodido problema habría si estuviera saliendo con él.

"Aparte de que no te gusta porque es de La Push", pensé para mis adentros. Sabía con sobrado conocimiento de causa que durante los primeros años de matrimonio había intentado cortar la amistad de Charlie con Billy, y me alegraba de que papá hubiera sido capaz de mantenerse firme al menos en eso. Eran los únicos amigos que valían la pena, mucho mejor que el grupo de cotorras que pululaban cerca de ella.

— No uses ese tono conmigo, Bella – Mamá se acercó molesta y arrugó la nariz con desagrado – ¿Qué es ese olor espantoso?

Me acerqué con lentitud a la mesita del teléfono, soltando una risita tonta y encogiéndome de hombros.

— Supongo que soy yo – Atiné a decir.

Lancé los zapatos sin muchos miramientos, deseosa de cambiar mis calcetines por unos nuevos, secos y confortables, e ignoré su mirada espantada al tiempo que me quitaba el impermeable y mi inútil gorro de lana negro. Todo lo que deseaba era una buena siesta y quizá algún bocadillo, además de escuchar un LP de The Clash (2) que había conseguido, pero Renee se puso a mi lado y me olfateó como si se tratara de un perro tras su presa. De alguna forma, supongo que tendría que haber visto la tormenta que se avecinaba.

— Bella… – dijo contenida, modulando el diminuto e incrédulo hilo de voz que salía de su garganta – ¿Has estado bebiendo?

No medité demasiado mi respuesta, aunque desde luego eso habría sido lo correcto. Dije la verdad no porque quisiera hacerme la rebelde o por buscar su enfado, simplemente porque no contaba con que le importara tanto. Pensé que por un momento en su vida le gustaría dejar de escuchar mentiras.

— Sí – respondí con tranquilidad, y el rostro de mamá se descompuso.

Me contempló largamente, abriendo la boca una vez y cerrándola al momento siguiente, sin entender. Como dolida porque yo le estuviera haciendo eso, diciéndole los secretos que celosamente buscaba y que al parecer no deseaba saber, o como si fuera una extraña a la que no reconocía. Lo que probablemente era así, pues a mí me sucedía lo mismo con ella. Éramos dos extranjeras con un antiguo lazo en común cuya fuerza iba cediendo poco a poco.

Sus facciones estaban lívidas cuando consiguió hablar. Su cuerpo entero temblaba.

— Estás castigada – Sentenció con frialdad, arrastrando cada palabra que salía de sus labios como si le costara dominarse – Ve arriba, lávate la cara y duerme un rato. Para cuando pienses bien las cosas y quieras pedirme disculpas, estaré en la cocina. Y olvídate de ver a ese muchacho, o a cualquier muchacho para el caso, y de salir por ahí a hacer estupideces. ¿Entendido?

Yo simplemente la miré y apreté la mandíbula, ese fue mi segundo error. Aquello solo la enfureció más, pues era una provocación a la autoridad que creía que aun ostentaba y en la que yo no encontraba nada más que un patético poder despótico. Respeta para que te respeten era mi máxima.

— ¿Entendido? – Repitió con énfasis, y me agarró del antebrazo con una fuerza inesperada. Sus ojos, llorosos y atormentados, no me conmovieron. Había tenido mucho de eso durante mi infancia y ya estaba harta.

— Suéltame – Susurré, tironeando para zafarme, pero ella solo apretó más – Suéltame, por favor… ¡Suéltame, mamá, me haces daño!

— ¿Qué sucede aquí?

Charlie acababa de llegar del trabajo y nos observaba desde el umbral de la puerta con expresión indescifrable. Nos miró alternativamente a ambas, esperando desde luego una explicación razonable para semejante escena, pero no necesité pensarlo dos veces. Aprovechando el pequeño momento de debilidad de Renee, me deshice de su presa de un solo tirón y subí corriendo por las escaleras y hasta mi cuarto, cerrando con un golpe sordo la puerta y apoyándome contra ella mientras escuchaba.

Nadie me siguió. Con la respiración contenida, aguardé y aguardé, hasta que un minuto después los gritos cruzados de mis padres llenaron la planta baja, ese ruido al que luego me haría tolerante de forma insana. Aliviada, suspiré mientras sentía cómo mi corazón recuperaba su ritmo.

Esa fue la primera discusión fuerte desde la disputa ancestral de Charlie y Renee el día en que Michael llamó. Llegó a romper la mediana tranquilidad con que habían transcurrido las cosas, el punto muerto donde nada se movía ni para bien ni para mal, y que nos había permitido ignorar lo que hervía bajo nuestras gargantas. Las celebraciones de Navidad y fin de año pasaron a través de la familia Swan sin generar ningún rumor fresco para los vecinos hambrientos de chismes. Aunque un poco más tarde que de costumbre, Renee se levantó una mañana de diciembre con la determinación habitual de todos los años, y engalanó su casa con la eterna esperanza de ganar el concurso anual que organizaba el ayuntamiento. Luego, la apegada familia cristiana se unió y recogió en la intimidad del hogar para sortear juntos la primera Navidad sin Kate, pues al menos se tenían el uno al otro y eso era lo que importaba.

No sé si alguien se lo creyó o estuvo tan aburrido como para llegar a interesarse, pero para cualquier observador cuidadoso habría sido evidente que todo era una fachada tácitamente construida por cada uno. Papá aun estaba dolido y mamá era demasiado orgullosa para reconocer su error, y la Navidad, lejos de reflejar unidad familiar, se redujo a una tensa cena que acabó con Renee llorando y Charlie viendo villancicos repetidos en televisión. Yo subí al techo para sobornar a las nubes y buscar estrellas.

Luego, llegó ese día brutal en que vi en mi madre un animal que no conocía, y tal como un jarrón que espera al borde de la mesa, todo se hizo añicos. Renee, si no me equivocaba demasiado, había estado a punto de golpearme. A un paso de repetir aquello que había jurado que jamás haría, lo que la transformó en una víctima a ella y a su hija mayor, y lo que Charlie tanto repudiaba.

Decidida a dejar de pensar, mantuve mi habitación en la penumbra y prendí la radio de un manotazo, sintonizando el dial de los éxitos y desplomándome de inmediato sobre la cama. Hice una mueca en cuanto el presentador anuncio I wanna be where the boys are de The Runaways (3), pero no hice nada por remediarlo. Nunca me gustó ese grupo, me parecía un conglomerado de tipas con pinta de prostitutas baratas que aspiraban a hacer rock, y no lograban venderme su postura de chicas incomprendidas. Se me hacían plásticas, irreales y armadas, lejanas a alguien como yo, que realmente estaba perdida.

Por primera vez, sin embargo, una de sus canciones me hizo un poco de sentido. Después de todo, mi madre también era un dolor de cabeza.

Observando cada cinco minutos el reloj de mi mesita de noche, esperé a que llegaran las siete y con ello la anunciada llamada de Alice. Se había ido después de las fiestas a pasar sus últimas semanas de vacaciones de invierno en Nueva York, igual que todos los años, pero había prometido con firmeza que hablaríamos todos los días a pesar de la distancia. Por desesperado que fuera, ese era mi mejor momento.

Mi amiga se había tomado mi lamentable episodio en La Push como una cruzada personal. Al contrario de Jake, quien gracias a la edad y la ligereza propia de su carácter le daba a los hechos un aire más bien anecdótico y divertido, Alice estaba determinada a alejarme de las malas conductas y matar mi tiempo en cosas más productivas que fumar sustancias ilegales y vomitar por las carreteras, aunque le frustraba que yo acabara corriendo una vez más a la reserva para evadirme con Jacob. No podía evitarlo, a él acudía cuando su excesiva preocupación y la indiferencia de mis padres me hastiaban, era mi salvador y mi consuelo, pero no estaba segura de por cuanto tiempo más. Llegaría el día en que él también comenzaría a preocuparse, a preguntar más de lo que podía responder.

— ¿Bella? ¿Puedo pasar?

La voz amortiguada de Charlie me sacó de pronto de mis cavilaciones perdidas. Acercándome a la radio y bajando su volumen, noté que la casa había vuelto a quedar en silencio. No supe qué contestar a su pregunta, confundida como estaba y sin saber el estado real de mis sentimientos, pero él entendió mi vacilación.

— Es Alice, Bella. Está en el teléfono – Explicó.

Me incorporé con la rapidez propia de lo esperado. Al abrir la puerta, encontré el rostro preocupado de mi padre, ensombrecido por la segura y reciente pelea y el cansancio del día laboral. A veces me encontraba mirándolo y me parecía que envejecía diez años con cada jornada que pasaba.

— ¿Estás bien? – Me preguntó en un susurro. Eché un vistazo a la puerta de su dormitorio y supuse que mamá ya se había encerrado.

— Sí – murmuré titubeante. Él asintió.

— Bueno. Te dejo para que hables con confianza.

Y bajó por las escaleras con expresión desganada, la tenue luz de la lámpara reflejándose en su rostro ajado y lleno de nuevas arrugas, y las entradas de su calvicie un poco más pronunciadas. Soltando un suspiro, me acerqué al teléfono.

Resultaba que Alice llamaba para contarme extasiada que su padre ya le había comprado su regalo de cumpleaños número dieciséis, aunque en realidad solo llegaría en febrero, a tiempo con la fiesta y la credencial que le permitiría usarlo. Era su primer coche, un Chevrolet Camaro amarillo del que yo no entendía nada, y que el señor Brandon, como conocía a su hija y su habitual suspicacia e insistencia, había decidido no ocultar. Por la voz de mi amiga, parecía que la máquina había salido del mismo cielo.

— Creo que vendrá muy bien con mi nuevo estilo, ¿sabes? – Parloteaba sin tomar descanso, y no pude evitar que una sonrisa se apoderara de mi rostro al escucharla como más me gustaba, sin preocuparse por la estupideces que la tonta de Bella hacía – Quiero hacerme un corte de cabello dramático para celebrar que por fin alcanzo mis llaves.

— Solo dime que no te harás algo a lo Donna Summer (4) – Bromeé, y Alice se rió por mi tono de súplica.

— Nada de eso, Janis Joplin (5) – Aseguró, usando el tonto apodo que me había dado después de la marihuana – Aun no me decido bien, pero tengo una idea y no va por ahí. No es una lista, por supuesto, pero no dejaré indiferente a nadie.

— Ya, claro… como si alguna vez hubieras pasado desapercibida – Ambas reímos – De cualquier forma, estoy deseando ver el rostro de Lauren cuando llegues en tu ridículo coche de niña rica.

— Delirará – Corroboró Alice entre risas – Aunque creo que le gustará más tu plan.

Sonreí de forma macabra con su mención. Desde que sabía cuál era el siguiente punto a cumplir de mi lista, Alice se había manifestado mucho más interesada y convencida con mis planes absurdos. De alguna forma, la perspectiva de hacerle una broma pesada a Lauren, idiota estirada como pocas y la hija mimada de los Mallory, la familia más opuesta que podía encontrarse a los Brandon, añadía un gusto especial del que mi amiga no había sido consciente al inicio. Yo simplemente la detestaba por sus eternos comentarios hirientes a todo el mundo y su postura de reina de preparatoria barata. Quien dijo que la venganza era mala era un jodido idiota.

— ¡Pero bueno! – Exclamó Alice al cabo de un rato – ¡Basta de hablar de mí! ¿Qué has hecho con tu vida?

Su pregunta rompió la perfecta y frívola burbuja de automóviles, peinados y planes infantiles en la que habíamos estado. Había sido hermoso mientras duró.

— Lo de siempre – murmuré como quien no quiere la cosa – Llegué un poco ebria a la casa, mamá lo notó, discutimos y casi me arranca un brazo. También conseguí un estupendo LP que tendrás que escuchar en cuanto llegues…

— Ay, Bella – Mi amiga gimió angustiada al otro lado de la línea – ¿Ha sido muy horrible?

— No – Confesé, con una sinceridad y naturalidad que me asustaron, pues no era sano para nadie acostumbrarse a cosas así – Supongo que me he sorprendido un poco, eso es todo. Por suerte Charlie ha llegado a tiempo.

— Bueno, no justifico a tu madre, pero tampoco puedo decir que tú seas un ángel. Tu hermana murió en un accidente de coche y andas por ahí con alcohol. ¿Qué dice eso de ti?

— ¡Pues que soy una tarada sin remedio! – Exclamé con falsa jovialidad. Después del numerito con Renee no tenía ganas de tomarme nada muy en serio.

— No te hagas la lista conmigo. Janis murió a los veintisiete, pero sospecho que te estás esforzando mucho para lograrlo a los diecisiete.

— Alice, no es para tanto – Me defendí – Además, estoy de vacaciones. Prometo comportarme mejor cuando regresemos a clases.

— ¿Promesa? – Su voz sonó esperanzada.

— Mierda, ¡sí!

— Excelente. Ahora tendré que cortar, Cynthia está presionando por ver el coche y temo que lo ensucie antes que yo.

— Vale, pero recuerda nuestra reunión para definir detalles del plan "perra con herpes".

Lo último que escuché de mi amiga fue su risa musical con un interesante y teatral matiz malvado. Al cortar, la ausencia de su voz suave y tranquila, siempre alegre pese a todo, se hizo aun más notoria en esa casa de pronto tan amplia y tan silenciosa, pero no había remedio. Regresé a mi habitación adormilada, cansada y con el vientre adolorido, y como si un ente superior me estuviera observando y deseara martirizarme, volvían a pasar la misma pista de The Runaways.

Sí, pensaba, Joan Jett podía ser una cretina idiota que no sabía nada de rock, pero mientras corroboraba que el período me iba a bajar pronto, yo también quería estar donde los chicos están. O al menos que por unos tres días me crecieran bolas.

Una semana y media después, medio muertas por nuestro regreso a clases y con ellas los horarios, Alice y yo nos vimos forzadas a ejecutar nuestra última reunión de venganza en El Gran Gatsby. Se había desatado una tormenta de proporciones bíblicas que dejaba a Forks y la reserva virtualmente incomunicados con la civilización humana, y mientras las máquinas traídas desde Seattle trabajaran para retirar la nieve, ningún coche podría osar acercarse. Como Alice quería darle a nuestro plan un secretismo un poco absurdo e innecesario, no puse demasiados reparos a pesar de mi última experiencia con Renee.

No debía importarme sus descargas, además. Ni yo me había disculpado por quién sabe qué cosa ni ella había tenido las agallas para reconocer que era una cobarde. No habíamos hablado desde nuestro triste encuentro, y como Charlie y yo éramos por naturaleza callados, mi hogar se había transformado en el refugio de tres islas solitarias que rara vez interactuaban. Mi última semana de vacaciones había sido una simple y triste sucesión de días en la que, por otro lado, había avanzado muchísimo con mis lecturas.

— ¿Es ese? – preguntó Alice, apartándome de mis pensamientos cuando el pequeño y acogedor café de Elizabeth Masen surgió a un costado de la carretera.

Asentí en silencio, guardándome una sonrisa medio burlona. Aunque Alice ya había estado una vez, tenía tal mal sentido de la orientación que podría haber confundido el café con un burdel sin problemas. O quizá yo lo recordaba demasiado bien tras mi experiencia cercana al orgasmo probando su estupenda tarta de chocolate.

— ¡Ah, mira! – murmuré, notando una figura larguirucha y morena que sacaba la nieve apilada de la entrada del local – ¡Es Seth!

— ¿Quién?

— Seth Clearwater, el hijo menor de Harry – Alice me observó confundida – No importa, es un conocido.

— ¿No es un poco joven para trabajar? – comentó con curiosidad. A pesar de su estatura, el hermano de Leah todavía arrojaba los rasgos de una infancia no muy lejana.

— Supongo que no tendrá planes de entrar a la universidad – Razoné. Justo en ese momento, Seth alzó la cabeza y me reconoció con una afectuosa sonrisa. Le devolví el gesto con la mano – No todo el mundo puede, Al.

Mi amiga pareció avergonzada al comprender lo que le decía, aunque no se lo reproché. Protegida como estaba por su burbuja, una que no había escogido y de la cuál no debía por qué tener ganas de salir, resultaba complejo imaginar una vida diferente a su comodidad llena de lujos y oportunidades en el futuro. Además, si bien Alice había tenido todo al alcance de su mano, aun más que el resto de mis compañeros del instituto, su gran virtud era que nunca había hecho gala de ello. O casi nunca, si ignorábamos su aparatoso y espectacular Camaro, que despertaría la verde envidia de todo el pueblo.

—¡Hola, Bella!

Con una pala en una mano y una sonrisa en el rostro, Seth se acercó a mi monovolumen en cuanto bajé. De cerca, comprobé que me había pasado por al menos dos cabezas, pero me alivió que sus familiares hoyuelos siguieran formándose en las mejillas. Resultaba extraño pensar que alguien como él compartía los mismos genes con Leah, sobre todo al recordar mi último encuentro con ella en la playa.

—Hola, Seth, ¿qué tal? Está es Alice, mi mejor amiga.

—¡Hola! – Saludó ella, sonriéndole abiertamente, como era su costumbre. El chico la miró de pies a cabeza con expresión tímida.

—Uh… hola – murmuró poco convencido, alzando la pala y rascándose la nuca – Pasen a buscar un lugar, en un minuto estoy con ustedes.

Le miré sorprendida, aunque su actitud no me resultaba particularmente extraña. Por triste que sonara, la presencia de un par de muchachitas acomodadas como nosotras, en especial de mi amiga y la sombra de su poderoso padre, debía sacar a Seth de su zona de comodidad por costumbre. A mí al menos me conocía desde niño, pero no era raro que el resto le provocara aquel milenario sentimiento de inferioridad tan cultivado en Forks. Intenté darle un poco de confianza con una sonrisa comprensiva mientras nos alejábamos.

Solo cuatro mesas estaban ocupadas cuando entramos al cálido ambiente de El Gran Gatsby. Apoltronado junto a una abundante chimenea, un gordo gato blanco nos clavó sus perezosos ojos al colarnos rodeadas de ventisca y barro, pero no dio mayor gesto de bienvenida que estirar sus patas traseras y bostezar mostrándonos sus dientes. Al parecer, no éramos una clientela muy divertida, pues se acurrucó en el felpudo y decidió echarse una siesta.

La naturalidad de aquel animal solo podía explicarse por el ambiente tan en sintonía que lo rodeaba. Mamá y sus amigas podían opinar cuanto quisieran de moralidad y miseria, pero claramente no entendían el alma de ese local que siempre olía a madera y algo exquisito horneándose. Adornado por múltiples e interesantes fotografías de algunos genios del siglo, incluyendo jazzistas, sudorosos rockeros o escritores, cada rincón era diferente y hablaba de una historia distinta. En muchas formas, se parecía tanto a mi propia habitación que no podía evitar sentirme cómoda.

Atraída por un enorme retrato de los Beatles cruzando Abbey Road, Alice me guió hacia la mesa desocupada que quedaba junto a la ventana. Echándole un vistazo curioso al resto de los clientes, contemplé divertida a la mismísima Elizabeth Masen, quien estaba sentada en la barra con su singular cabello alborotado tapándole el rostro mientras leía. Debió sentir mis ojos concentrados, pues levantó la cara y me sonrió de oreja a oreja, como si me conociera de toda la vida.

Alice rió en voz baja al ver mi expresión perpleja.

—No la mires mucho – susurró – Recuerda que tu madre cree que es bruja y hace vudú.

—Nadie que tenga una foto tan grande de los Beatles puede ser malo – Razoné – Menos con lo que recuerdo de esa tarta de chocolate… ¿crees que aun la haga?

—No lo sé ni me importa – Mi amiga sacudió su cabeza y me miró con desaprobación – Recuerda que esta es una junta profesional y debemos concentrarnos.

—Oh… – Solté una risa floja – Mil disculpas, no sabía que estaba tratando con un miembro de la KGB (7).

Alice me sacó la lengua. Justo en ese momento, Seth entró al café seguido de una desgarbada y alta figura que reconocí como Masen. Elizabeth, alerta a la puerta, saltó enérgica de la barra y se acercó a saludar a su hijo como un verdadero torbellino. Seth nos buscó con la mirada antes de venir a tomar nuestra orden.

Treinta minutos después, en nuestra mesa se desplegaban dos sendos trozos de tarta de chocolate y una bandeja de tres pastelillos más pequeños que había pedido Alice, además de grandes tazas de humeante café cargado que no se parecían en nada al agua diluida que servían en Port Angeles. A pesar de las aspiraciones de mi amiga, la junta profesional se había visto reducida a un repaso general del plan y nada más, porque todo palidecía ante el azúcar y la comodidad reconfortante del fuego.

— Creo que le diré a mamá que compré aquí mi torta de cumpleaños – Meditó Alice, mirando con deleite el último bocado de pastelillo que le quedaba – No tiene nada que envidiarle a las que se encargan en Seattle.

— No sé si hagan cosas tan profesionales.

— Le preguntaré cuando nos vayamos. Quizá pueda sobornarla para que me dé ese retrato también, es estupendo – Señaló un cuadro de John Lennon que estaba tras la barra. No era de los más conocidos, pero se veía tan joven que era imposible que tuviera más de veinte años.

— Róbalo – Propuse, encogiéndome de hombros. Alice frunció el ceño.

— Espero que eso no esté en tu tonta lista – Amenazó, no sonando nada amenazadora – Lo de Lauren pasa, es casi un acto de justicia divina.

Sonreí de oreja a oreja, divertida por su tono, y levanté mi palma derecha con solemnidad.

— Nada de asaltos – Prometí, tomando un trago de café y mordisqueando ausentemente un pedazo de tarta – Creo que lo próximo es deshacerme de mi carta V.

Lo dije con un tono despreocupado y casual, como si estuviera hablando de un tema banal y tópico, pero no podía despertar una reacción suave, desde luego. Los ojos de Alice, era que no, se abrieron como platos y se atragantó con su comida.

— ¿Estás segura? – preguntó, bajando la voz como una chismosa y acercando su cabeza a la mía – Quiero decir, no hay nada de malo con esperar al sujeto ideal y toda esa cursilada.

— Supongo que no – Reconocí, riéndome por la manera en que lo había dicho – Pero quiero hacerlo, ¿sabes? Ni loca espero a los diecinueve como mi hermana. Además, no estoy segura de que el sujeto ideal exista. Tiene que ser un jodido mártir.

Alice asintió circunspecta.

— Te concedo ese punto – dijo – Pero en realidad mi pregunta era otra, ¿has pensado en alguien?

— Ah… – murmuré – Eso.

Un suspiró profundo salió de mi pecho en cuanto escuché la pregunta. Recostándome con lentitud sobre la cómoda silla, contemplé los pies de los cuatro de Liverpool (8) y mecí mi cabello entre las manos, frunciendo los labios y las cejas como un niño que no entiende las tablas de multiplicar.

Por supuesto, no creía ser demasiado remilgada si rogaba por perder la virginidad con alguien de quien luego no me avergonzara. No se trataba de una ilusión romántica, no aspiraba a una cama llena de rosas rojas y velas encendidas en medio de la penumbra —aquello probablemente me habría inducido al vómito—, pero sí me gustaba pensar que podía encontrar un chico que estuviera en un término medio. Alguien que entendiera que no le estaba pidiendo ser mi esposo ni que se comportara como un galán de película barata. Solo un buen muchacho, un muchacho respetuoso de mi decisión extraña y peculiar.

El problema, claro estaba, era que los chicos de Forks caían en dos posibles grupos con demasiada facilidad, al menos si hablábamos de experiencia sexual. Por un lado, estaba aquella tropa de arrogantes que fuera de sus casas y la supervisión paterna se comportaba muy diferente a lo que dictaban los valores cristianos, pregonando en voz baja y como un rumor incesante sobre su amplio conocimiento a la hora de satisfacer a una mujer. Sujetos como Tyler Crowley, por ejemplo, que se jactaba de ser un experto amante cuando en realidad era solo un gran y gordo fraude. O como Newton y su postura de niño guapo que no quebraba un huevo y a la vez sí.

La otra mayoría —la gran mayoría —era la de los recatados y reprimidos que realmente esperaban cumplir con los sacramentos, los que correrían al primer intento si llegaba a acercarme y explicarles mis intenciones tan poco ortodoxas. "¡Hey!" – Podía verme diciéndole a Mitch Mahonan, con su camisa bien planchada y sus zapatos lustrados – "¿Quieres venir a mi casa el próximo jueves? Estoy harta de ser una jodida virgen y has salido ganador en mi tómbola de la fortuna".

No muy probable.

Afortunadamente, sabía que no todo era de blanco y negro. En mis innumerables clasificaciones y análisis de potenciales compañeros, había llegado a barajar un puñado de nombres que me daban esperanzas, o al menos mantenían la llama viva. Estaba Eric Yorkie, por un lado, cretino y sabelotodo extraordinario, pero buena persona en general, lleno de granos y con un conocido deseo de meterme mano desde que mi trasero se había desarrollado. No era el Romeo que toda chica esperaba, aunque desde luego no podía ponerme quisquillosa.

También estaba Jeremiah Goldberg, delgaducho judío que estaba obsesionado con los detalles más mínimos y repugnantes del Holocausto Nazi, y Samuel Hook, el más normal de los candidatos y por lo mismo el más improbable, pues poco se podía especular acerca de su respuesta. Bien podía salir a denunciarme al sanatorio mental en cuanto le hiciera la proposición.

En otras circunstancias habría pensado en Ben, pero no me parecía ni siquiera como una buena oportunidad de molestar a Angela. Había límites para todo y el chico de tu amiga, por muy distanciada que estuvieras, era una de las reglas de oro.

— Deberías intentarlo primero con Samuel – Opinó Alice, una vez que la hice partícipe de mis reflexiones – Lo peor que puede pasar es que diga que no, dudo que difunda el chisme.

— Sí, es probable… – murmuré pensativa, pero mi amiga, que me conocía bien y mejor, me miró con intensidad.

— ¿Ninguno te convence mucho, eh?

— No – Reconocí a regañadientes – He crecido con todos los imbéciles en que estoy pensado, ¿cómo es posible que me imagine follándomelos? ¿A Erick, a quien vi desnudo cuando teníamos siete? ¿A Jeremiah y su episodio digestivo en clases de gimnasia?

Alice rió con nostalgia al recordar los episodios de los buenos tiempos, cuando todo lo que importaba era coger un puesto en la obra de teatro anual y lograr mayor ración de galletas durante la cena. Eventualmente, lanzó un suspiro y frunció el ceño, meditabunda.

— ¿Y Richard? – dijo de pronto.

— ¿Qué Richard?

— ¡Richard Wilkins! – Mi amiga puso los ojos en blanco – Llegó hace dos años y está en tu clase de Biología. No lo has visto desde niño y dijiste que era guapo.

— ¡Ah, sí! ¡Ya recuerdo! – Había dicho que era guapo cuando mis estándares de belleza eran los de una púber – No, ya no me gusta.

Alice golpeó su frente contra la mesa. Una pareja de ancianos, sentados a unos dos puestos de nosotras, la miraron como si se hubiera vuelto loca.

— Bella – Se quejó – Esto es Forks, no Hollywood. No vas a encontrar caminando por la calle a un chico a lo James Dean.

— ¿Y como Paul Newman? (9)

Mi amiga solo me fulminó con la mirada.

...

Con el paso de los días, desafortunadamente, y luego de superar la satisfacción de ver el rostro de Lauren frente a su coche rayado, tuve que reconocer que tenía razón. Si quería lograr algo, tenía que bajar mis estándares de calidad, resignarme a encontrar un buen muchacho que no echara a correr el rumor de que Bella Swan era una loca necesitada de sexo, y asumir que yo tampoco era una versión local de Marilyn Monroe. Pasaba por los pasillos y miraba a mis compañeros, ruidosos y molestos, buscando la aprobación desesperada del resto del rebaño, e intentaba imaginarme con alguno de ellos desnuda, superando el trauma que supone exponerse de esa forma. Funcionaba por un momento, cuando los idealizaba y enmudecía, pero luego toda la fantasía se desmoronaba.

De esa manera llegó febrero y la sublime fiesta de Alice, el hielo pegado a las botas y una segunda llamada de Michael, la que afortunadamente no presencié. Comenzaron de nuevo las discusiones de mis padres y el instituto hirvió en rumores al descubrirse que Lyla Green y Stuart Dickinson habían estado al borde de tener relaciones en la habitación de los señores Brandon, pero mi amiga, demasiado contenta de que sus padres no se hubieran enterado, no los resentía. Yo me descubrí impaciente, preocupada de no tener el coraje para decidirme por uno de los muchachos que barajaba en mi imaginaria lista.

Entonces, la pequeña llama de suerte que me había sido esquiva desde el año anterior me sonrió.

Caminaba un jueves por la tarde a clases de Biología, comentando con Angela sobre del informe que debíamos entregar en unos minutos. Mi amiga, inusualmente parlanchina cuando divagaba, se detuvo horrorizada de pronto, cuando comprobó que había olvidado el trabajo en la cafetería. Encogiéndome de hombros, la vi desaparecer entre la marea humana y seguí mi camino. Desganada, entre al salón y desparramé mis libros sobre la mesa, y mientras tanteaba con una mano en busca del único lápiz que llevaba, observé cómo mis compañeros iban llenando sus asientos.

En eso estaba cuando sucedió. La respuesta a mis predicamentos pasó por mi lado como si fuera la primera vez que lo veía, como lanzándome a la cara lo obvio y lo que ciegamente había ignorado. Porque había un muchacho en Forks que no encajaba en ningún lado. Uno que no tenía reputación personal o familiar que pudiera arruinarse, pues ya estaba por completo arruinada, y que estaba incapacitado para decirle a cualquier persona algo de nuestro hipotético encuentro sexual.

¿Quién se interesaría en escucharlo? ¿Quién le creería si me decía que no?

Fue como si las puertas del cielo se abriera sobre mi cabeza y un coro de estúpidos querubines me cantaran al oído. Una epifanía clara y dura, de esas que te hacen cuestionar tu rapidez mental.

— ¿Bella, te encuentras bien?

Angela había regresado, jadeante gracias a la carrera. Por la forma ambigua en que me miraba, como si me hubiera crecido una segunda cabeza, supe que en mis labios debía bailar una sonrisa tonta y complacida.

— ¡Mejor que nunca! – exclamé, apresurándome a abrir el cuaderno de Biología con una dedicación inusual – Mejor que nunca.

Unos minutos después, por sobre el hombro y aprovechando el instante en que nadie se preocupaba de lo que hacía, posé mi vista sobre Edward Masen, quien observaba aburrido por la ventana y tamborileaba con los dedos de manera distraída sobre su mesa solitaria.

Ese fue mi tercer error, le escucho canturrear en mi oído de vez en cuando.


(1) John Lennon, conocido miembro de los Beatles, fue asesinado el 8 de diciembre de 1980 cuando regresaba a su departamento en Nueva York. El asesino fue un fanático.

(2) The Clash es una banda británica de punk, siendo una de las más influyentes en el desarrollo del movimiento. Estuvieron activos entre 1976 y 1986.

(3) The Runaways es una banda estadounidense formada solo por chicas adolescentes. Fue discriminada por la crítica y el medio por ser una agrupación formada con fines comerciales y por la excesiva explotación de la sexualidad de sus miembros. Hoy solo están activas Lita Ford y Joan Jett, ambas guitarristas.

(4) Donna Summer es una cantante afroamericana de disco y pop. Fue llamada la reina del disco.

(5) Janis Joplin fue una cantante de rock, símbolo del movimiento hippie y conocida por su uso de sustancias ilegales. Es parte del llamado club de los 27 debido a su muerte a esa edad.

(6) Abbey Road es una calle de Londres donde se encontraban los estudios de grabación de los Beatles. La portada del álbum del mismo nombre es conocida por mostrarlos caminando por el paso peatonal.

(7) La KGB (del ruso, Comité para la Seguridad del Estado) fue la agencia de inteligencia de la Unión Soviética desde 1954 hasta 1991. Durante la época de la llamada guerra fría, su alcance e influencia fue similar al de la CIA.

(8) Los Beatles fueron llamados los cuatro de Liverpool por venir todos de esa ciudad.

(9) Paul Newman fue un actor estadounidense reconocido con dos premios Oscar. Murió en 2008, pero tanto en su época dorada como en la actualidad es reconocido como un símbolo sexual.