4. Finlandia de noche


La estructura del motel era básicamente la misma: un edificio de una sola planta, estirándose sobre un terreno largo y cubierto de nieve, con lámparas en el pasillo frontal, justo frente al estacionamiento, en el que había también algunos coches aparcados junto al Impala, y techos inclinados. La habitación era un poco más espaciosa, sin ventanas y con un radiador instalado justo a un costado de la puerta.

Adentro se estaba a gusto pese a que afuera, si Castiel no les había mentido, la temperatura estaba por debajo de los veinte menos cero.

Malditos europeos locos y sus locas formas de vida.

Dean se mantuvo quieto por varios minutos, sentado al borde de una de las camas, sacudiendo las rodillas y frotándose los brazos con las manos. La iluminación del cuarto consistía en algunas lámparas de mesa de colores dorados, no muy grandes, y una luz que emergía de la puerta del baño; frente a él, la televisión estaba encendida, y era mucho más grande que las que podrían encontrarse en los hoteles de carretera en los Estados Unidos, pero transmitía sólo programas en un idioma del que no tenía ni puta idea, y no le estaba siendo de mucha ayuda.

Era la mitad de la noche, la mitad del invierno, y Dean Winchester estaba solo, viendo la televisión en un motel en Finlandia. Lo que era curioso, porque por cierto, eran recién las dos de la tarde y había gente allá afuera, yendo al colegio, a hacer las compras, y a trabajar.

La puerta se abrió en medio de un promocional sobre hockey, en donde había un cañón involucrado, y Dean se puso de pie casi por reflejo: Cass había entrado primero, con los brazos cerrados alrededor de dos bolsas de papel llenas de cosas, y detrás venía Meg, sosteniendo un par de bolsas de plástico. La puerta se cerró detrás de ellos, y Dean escuchó con claridad cómo la nieve se desprendía del techo para caer sobre el pasillo.

Debía hacer frío afuera; incluso el ángel y el demonio llevaban el cabello y los abrigos cubiertos de escarcha, y la corriente de aire que se arremolinó dentro, con el portazo, obligó a Dean a encogerse ligeramente sobre sí mismo.

-"Tenemos todo lo que pediste,"- anunció Castiel, con una sonrisa pero sin mirar a Dean. Estaba dejando sobre la mesa las bolsas de papel, de las que pronto comenzó a extraer algunos abrigos gruesos y un par de botas.

Incapacitado para abandonar la habitación, o el interior del Impala, Dean había tenido que mantenerse al margen mientras Cass y Meg, usando la tarjeta de crédito de Thomas Tull, se encargaban de conseguir abrigo, comida y una habitación de motel para los tres.

-"Meg tiene la comida,"- prosiguió el ángel, pero Dean sólo le dedicó una mirada enfurruñada al demonio.

Como respuesta, Meg le sonrió.

Dean había estado enfadado desde que, al llegar al hotel, y siendo Castiel el único con la capacidad de hablar con los nativos, Meg se le había colgado del brazo justo en el momento en que el ángel ordenaba –o al menos eso fue lo que Dean se imaginó en ese momento- una habitación doble para ellos. Cuando el encargado le lanzó una mirada recelosa a Dean, según explicó Castiel después, el ángel había dicho que se trataba de un amigo de la familia que viajaba con ellos en su peregrinación hacia el sur, y no lo que potencialmente el recepcionista podría estarse imaginando.

Dijo también que la televisión siempre proveía de excusas rápidas para situaciones incómodas, y cuando Meg había dicho: "¿qué pasa, Deano?, no irás a decirme que estás celoso", en voz baja y con una curvatura en sus cejas, Dean había procedido a, de hecho, llenarse de algo que prefirió negarse a llamar celos.

Nada de esto estaba resultando sencillo para él; no había sido fácil aceptarlo desde un principio, y ahora se encontraba atrapado a miles de kilómetros de casa, en medio de una tormenta de nieve y en una habitación raquítica de un motel miserable, junto con un demonio al que detestaba sólo un poco menos de lo que había llegado a odiar a Ruby.

Presionando un paquete contra su pecho, Cass fue quien lo sacó de su pequeño retiro mental. Estaba ahí de pie, justo a un palmo de él, y lo veía con ojos curiosos, y Dean volvió a preguntarse cómo era que el ángel conseguía acercarse tanto a él sin alertarlo o, mejor, cómo era que él mismo se permitía perderse en su ensimismamiento con tanta facilidad.

-"Aquí,"- dijo Cass, volviendo a empujar con suavidad las cosas contra Dean, y finalmente el cazador levantó las manos para cogerlas. Cuando sus manos se rozaron en el intercambio, brevemente, y las yemas tibias de los dedos de Dean tocaron el dorso helado de los dedos de Castiel, el ángel sonrió.

Dean carraspeó, le sacó la bolsa de las manos, y desplegó su contenido sobre la cama. –"¿Hay algo sobre Sam?",- preguntó entonces, con voz ronca, mientras sus manos revolvían las cosas con impaciencia. Sobre los edredones había dos de las chaquetas más gruesas que Dean hubiera visto nunca, interiores térmicos y orejeras, y Dean se preguntó cómo era que su orgullo propio sobreviviría hasta que pudiera encontrase nuevamente con su hermano.

-"El rastro es débil aquí,"- informó entonces Castiel, quien no se había movido ni un ápice de su lugar a las espaldas de Dean, cerca de la cama. –"Lo que quiero decir es que estamos justo en el epicentro de los poderes de Fornjót, y puedo sentirlo por todas partes, pero, ya que los sellos en las costillas de Sam me impiden encontrarlo, no puedo localizar el punto exacto en el que podría estar reteniéndolo…"

El silencio del cazador fue su única respuesta y, apretando los labios, Cass balanceó su propio peso de un pie hacia el otro, incómodo.

No muy lejos, sentada en una de las sillas del pequeño comedor, Meg había empezado a picotear uno de los empaques de comida, muy probablemente fríos a aquellas alturas. Castiel pareció tratar de refugiarse brevemente en ella, dirigiendo una mirada insegura hacia ese lugar, pero el demonio se limitó a formar una "o" con su boca antes de meter en ésta un trozo de vegetal encurtido.

-"En ese caso,"- dijo Dean, finalmente, -"tendremos que ir a buscarlo por nosotros mismos,"- cuando se volvió para ver a Castiel tenía el cejo fruncido y, sintiéndose incapaz de hacer otra cosa, el ángel se limitó a asentir.


Incluso con toda la ropa de invierno encima, afuera hacía un frío infernal que calaba en los huesos y, mientras avanzaban por entre la gruesa alfombra de nieve, con las piernas hundidas hasta las rodillas, Dean llegó a la conclusión de que si el ingrato de Sam no se sentía agradecido con él después de todo esto, bien podría patearle el trasero y devolverlo de regreso a la cueva mugrienta en la que debía encontrarse en aquellos momentos.

Delante de él caminaban los otros dos, Castiel y Meg, hablando en voz baja de algo que le embotaba los nervios no saber qué era. Habían llegado al acuerdo silencioso de permitirle al ángel, el único que podía comunicarse en finlandés, que condujera la investigación e interactuara con las personas –incluso cuando todos sabían lo mucho que eso le incomodaba-, siempre y cuando fuera Dean quien le dijese exactamente lo que había que hacer, pero no ayudaba ni un poco al control de sus nervios sentir que ángel y demonio lo dejaban excluido del viaje escolar una y otra vez.

El brazo de Meg, enroscado casi con delicadeza en torno al codo de Castiel, lo hacía sentir mucho más estresado de lo que la situación real se lo exigía, y si bien la mayor parte de sus pensamientos estaban enfocados en procesar una manera de rescatar a su hermano, le irritaba saber que no podía entregarse del todo a la investigación porque acababa distrayéndose de nuevo y de nuevo a causa de esos dos.

-"¿Qué es lo que pretendes?",- cuestionó entre susurros, una mano cerrada sobre el brazo de la mujer, cuando finalmente logró acorralarla aquella mañana, en uno de los pasillos del motel. Castiel los había dejado solos por un momento para devolver la llave a la recepción, y si bien Meg no había hecho ningún gesto por seguir al ángel, para Dean estaba claro que ella tampoco lo quería más cerca de lo que la quería él a ella.

En el pasado, Meg el demonio había representado un apoyo invaluable para la carrera frenética en que la vida de los Winchester se había convertido desde el día en que su padre decidió abandonarlos a su suerte, sin mayor explicación. Era, en gran parte, contradictorio, y Dean jamás iba a superar el hecho de que Meg había sido una fiel seguidora del demonio de ojos amarillos hasta el punto de hacer cualquier cosa por satisfacerlo; pero tenía que admitir que, sin ella, llegar hasta donde se encontraban hoy hubiera sido prácticamente imposible.

Ambos lo sabían, aunque Dean no estaba seguro de que saberlo fuese parte del motor que llevaba a Meg a mirarlo siempre con aquél aire de superioridad, la sonrisa siempre impresa en sus labios, como si no soportara la ironía que era la vida de Dean Winchester y no lograse evitar reírse de él, o si todo aquello formase parte de su propia naturaleza.

-"¿Qué es lo que pretendo con qué, Dean-o?"

Ambos sabían también lo que Dean estaba tratando de decir.

-"Escúchame bien, perra,"- prosiguió el cazador, dando un paso más cerca de ella, pero Meg, quien era un demonio y sabía que Dean guardaba el cuchillo de Ruby entre los pliegues de su chaqueta, ni siquiera pestañeó. –"No debes pensar ni por un segundo que confío en ti, ¿me escuchas?, tengo los ojos puestos en ti, y si lo que estás tratando de hacer es engañarnos…"

-"¡Me ofende que me digas eso, Dean!"- interrumpió ella, sonriendo todavía más. –"Porque el año pasado parecía todo lo contrario, cuando me dejaste cuidando de Clarence en aquél hospital."

Dean calló, tragándose la furia y luchando contra el temblor que le sacudía los puños apretados.

-"Apenas te sorprenda tratando de engañarnos…"- repitió Dean, con voz ronca y amenazadora, pero Meg volvió a interrumpirlo, encogiéndose de hombros: -"De verdad, Dean, ¿es que no puedes darme ni un pequeño voto de confianza?,"- la sonrisa ácida que le dedicó era una de las cosas que le hubiera gustado sacarle a puñetazos. Aquella expresión pintada permanentemente en su cara, era la otra cosa. –"Ah, ahí está mi querido esposo,"- dijo después, zafándose de su agarre y estirando los brazos para cogerse a él, a Castiel, quien la mayor parte del tiempo no daba dos céntimos en cuanto a su preocupación por el comportamiento socialmente aceptable para los humanos, y quien hoy tampoco le impidió acercarse así a él, para regocijo de Meg y martirio de Dean Winchester, quien parecía a punto de lanzarse de un segundo piso en cualquier momento.

-"Deberíamos dirigirnos al sur,"- fue lo primero que el ángel dijo, ajeno a la sonrisa petulante que la mujer había clavado en el cazador, o el modo en que éste estaba frunciendo el cejo. –"Le he dicho al encargado que somos reporteros de un semanario paranormal, y me ha dicho cosas que podrían interesarnos,"- y por la forma radiante en que Castiel estaba sonriendo, ya estaba claro que estaba muy orgulloso de sí mismo.

Dean no hubiera podido seguir enfadado por mucho rato más.


Las ideas de Castiel ya no eran, a últimas fechas, tan descabelladas. Había aprendido a hacer muchas cosas, siguiendo tutoriales que encontraba en youtube, y cogido uno que otro truco de las series que seguía por Netflix luego de que Sam, quien pensaba que el ángel se aburría mucho y no podía evitar sentirse consternado al respecto, había tenido la idea de introducirlo a la tecnología.

A veces Dean despertaba en mitad de la noche en medio de risitas tontas. Otras tantas, era el mismo Castiel quien lo arrancaba de la quietud de su sueño, tirando de la manga de su camiseta sólo para preguntar sobre algo que acababa de ver en un programa y era incapaz de comprender. La luz de la pantalla del ordenador portátil de Sam estaba encendida todo el tiempo, durante las noches, y Dean se había acostumbrado a ello hasta el grado de alarmarse cuando despertaba por la madrugada para ir al baño, y no podía encontrar al ángel sentado no muy lejos de él.

Había aprendido también a controlar sus arranques en público, a mantener una sonrisa cordial cuando escuchaba hablar a otras personas, y a preguntar cosas en voz alta sin parecer un inadaptado social y sin que las manos, o la voz, le temblaran.

Era distinto cuando estaban a solas y Dean abría los ojos, a veces, para sentirlo reptando bajo las sábanas de su cama y haciéndose un ovillo junto a él. Era distinto cuando lo veía volver por las mañanas, con el rostro enrojecido por el frío del exterior, con una bolsa de miel en las manos y los cabellos revueltos. Era distinto, y Dean adoraba cada pequeño detalle que lo volvía suyo, de cierta forma. Esas cosas de Castiel que el mundo no conocía, o las sonrisas secretas que le dedicaba cuando sus manos se encontraban debajo de la mesa en el comedor de turno, a la orilla de la carretera, o la expresión absorta de su rostro al final del beso que forzara entre ellos aquella mañana.

Siguiendo los pasos del ángel sobre la nieve, de una casa a otra, de una oficina a otra, Dean comprendió que Castiel había crecido ante sus ojos sin que él se percatara de ello, y sin embargo, a pesar de todo seguía poseyendo aquél aire de inocencia en su mirada, y en su andar, que era incapaz de ocultar.

A veces pensaba en el Castiel que había encontrado en la visión del futuro que Zachariah había creado para él, en sus ojos apagados y la sonrisa sin vida, y aunque su propio Castiel, el ángel que había fracturado una y otra vez a causa de su propio egoísmo, no era ni remotamente aquél aguerrido soldado celestial que conociera la otra noche en el granero, lo prefería así, como el niño pequeño que monta una pantomima frente a él sólo para obtener su aprobación, y que busca sus ojos constantemente en el transcurso, a cada paso, esperando recibir un asentimiento incitador.

Lo vio haciendo eso una y otra vez conforme caminaban por las calles del pequeño pueblo finés, entre la oscuridad. Lo vio hablando con una persona y con otra, con las manos temblorosas ocultas dentro de su abrigo, y la nariz apenas visible fuera de los pliegues de su bufanda. Lo vio hundiendo las botas en la nieve, tomando notas apresuradas para compartirlas con ellos más tarde, y hablando palabras que Dean no podría ni siquiera tratar de comprender, y durante todo aquél tiempo esa sensación revoltosa continuó agitándose dentro de su vientre, haciendo poco caso del modo en que Meg se reía, o trataba de hacerlo enfadar.

Se sentaron en una cafetería a las tres de la tarde -lo que era curioso, porque Dean jamás había ido a Alaska y en este lugar pasaba del medio día y todavía era de noche-, ordenaron tres tazas de café, un trozo de tarta, dos muffins y una ensalada de frutas, y Castiel extendió sus notas sobre la mesa de madera, apartando el centro de mesa que ponía un resumen de la carta de desayunos para tener un mejor acceso a Dean.

-"Hay reportes de cinco niños desaparecidos en el último mes",- fue lo que dijo Castiel, cuando terminó de sacarse los guantes y guardarlos en el bolsillo interno de su chaqueta. De un modo u otro, Dean lo había convencido de que necesitaba abrigarse un poco más, si es que deseaba pasar inadvertido entre las personas de aquél lugar. –"Bruce Bucklow fue el primero, hará tres semanas… ¿Tenían idea de que, si se colocan un huevo en el centro de la mano, incluso si usan toda su fuerza no podrían aplastarlo?",- hizo un movimiento con su mano derecha, un par de veces, y cogió el menú poco después. Había una fotografía de huevos fritos con tocino que cubría todo el panfleto y que seguramente estaba dándole ideas.

Estirando el brazo para arrebatarle el centro de mesa, Dean dijo: -"Enfócate, Cass", y por respuesta Castiel arrugó la nariz.

Las notas eran muy vagas, pese a todo. Los nativos no parecían muy dispuestos a hablar con los desconocidos, mucho menos cuando aseguraban estar trabajando en un reportaje sobre las desapariciones sin llevar ninguna cámara a la vista, y de cierto modo no era tan distinto a los casos que habían encontrado en los Estados Unidos.

Lo único que llamaba su atención era el hecho de que, según Castiel, ésta no era la primera vez que algo así ocurría.

Después de la comida, se encaminaron juntos a la biblioteca local. Era un edificio de una sola planta, con calefacción y varios pasillos repletos de libros, hasta el techo, y habían decidido venir aquí para investigar en los diarios del condado, incluso cuando para Meg y para Dean era imposible entender una sola cosa impresa en ellos.

En la hemeroteca encontraron artículos antiguos sobre desapariciones semejantes en años anteriores. El año pasado, y el previo a ése. Diez años, veinte años más atrás. Pronto se había vuelto obvio que las desapariciones infantiles eran un fenómeno recurrente en aquél pueblo y sus alrededores, y que se remontaban a décadas en el pasado.

-"Un recolección de tributos",- dijo Dean, sentado en una silla a un costado de Castiel, quien tenía la nariz sumida en una revista de artículos paranormales, y Meg, que había colocado las botas sobre la mesa y se balanceaba sobre las patas traseras de su silla, mientras jugaba con un móvil. –"Pasa cuando los habitantes del pueblo en cuestión ha hecho un pacto con alguna deidad para obtener ganancias, (con un demonio, Meg, ¿quieres detener eso?)"

-"No me parece un lugar especialmente próspero,"- dijo ella, sin parar de balancearse, y Dean tuvo que darle la razón. Era un pueblo más bien pequeño y silencioso por el que no pasaba nadie, además de los viajeros.

-"Los pactos no necesariamente se realizan a cambio de progreso económico, Meg,"- cerrando la revista que tenía entre las manos, Castiel enderezó la espalda. Parecía distraído con algún tren de pensamiento que lo hacía fruncir el cejo, y parecer lo más cercano a su viejo yo que podía llegar a ser. –"Si estuvieran tratando de proteger algo más…"

Los tres guardaron silencio por unos momentos. Llevar a cabo la investigación de un caso era mucho más sencillo cuando Sam estaba con ellos, desde que Castiel había perdido la mayoría de sus capacidades de concentración a causa del trauma. Meg enderezó su silla, Dean apartó los diarios que tenía frente a él, y Castiel se echó a reír por lo bajo, sin duda alguna dejándose llevar lejos otra vez por un hilo de ideas muy distinto al anterior.

Abandonaron la biblioteca poco antes de que cerraran. Compraron comida para llevar en un local que les quedaba de paso, camino al motel, y Dean permitió que Castiel entrelazara su brazo con el suyo en un intento por mantenerlo tibio bajo la nevada. Al otro extremo de Castiel iba Meg, también cogida de su brazo y hablando de cosas que a Dean, quien estaba más preocupado por su hermano y la ansiedad que empezaba a embargarle, no le importaban.

Estaba enojado y se sentía particularmente impotente, atrapado lejos de casa en un país que no conocía, rodeado de personas cuyo idioma no entendía, y obligado a compartir su espacio con aquella mujer. Pensaba en Sam, en Sam y en Sam, y en cuánto iba a gritarle por haberse dejado atrapar apenas volvieran a verse, así que no prestó atención a la mirada que el ángel había puesto sobre él conforme atravesaban el estacionamiento, pasando de largo al Impala.

Cogieron la llave de la habitación ante la mirada escrutadora del encargado, y Meg estiró su brazo para encender el interruptor de la luz, pero Castiel la detuvo, alzando una mano.

-"Espera,"- dijo, con voz ronca, y entró al cuarto el primero, seguido de cerca por Dean.

El cazador se había hundido la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta, listo para lo que pudiera ocurrir, pero todo a su alrededor se detuvo cuando las luces se encendieron y en medio de la habitación se encontró con Sam.


Notas: Siento muchísimo la demora con esta actualización. Pasaron un montón de cosas, pero ahora estoy libre y confío en que el bloqueo de escritor desaparezca. Si lo han leído y les gustó, agradecería montones si pudieran dejarme un review :)