Mis intenciones no son buenas
–Canuto...
–Shhh, baja la voz.
James recorrió con una rápida mirada a Sirius.
Tenía la cara y el cabello cubiertos de polvo y mugre. El ojo izquierdo no se abría del todo; a lo largo del párpado latía un moretón violeta verdoso. Desde el pómulo hasta la barbilla corría un hilo de sangre seca y la tela de la túnica estaba chamuscada y deshilachada. Pero lo que más lo alarmó fue la debilidad en su tono de voz, la palidez de su rostro.
–Ven –susurró, aún pasmado–. ¿Puedes caminar?
Asintiendo con decisión, Sirius avanzó. Cojeando, llevaba a rastras una de sus piernas.
–No seas ridículo –le espetó James con preocupación. Tomó el brazo de su amigo y lo pasó sobre sus hombros. Con mucha lentitud e intentando no hacer ruido, subieron las escaleras hasta el cuarto de James.
A pesar de su tamaño, la habitación colapsaba de toda clase de objetos. Fotografías y pósters en las paredes, dibujos en el abarrotado escritorio, un espacioso sofá negro debajo del ventanal, una mesita ratona sobre la que se encontraba una escoba reluciente, la biblioteca y una cama de casi tres plazas con un llamativo edredón, que exhibía aros de Quidditch y un brillante fondo color escarlata.
Con la sonrisa de quien retorna a un lugar querido, Sirius se recostó en el sofá.
–Fue ella, ¿verdad? –preguntó James sin rodeos–. Tu madre.
–Sí –dijo Sirius–. Pero no es mi madre.
Se tomó el pecho, haciendo una mueca de dolor.
–Despertaré a mis padres –dijo James al instante.
–Cornamenta, no.
–No empieces ahora con que eres una molestia y todo eso -lo detuvo James, levantándose de un salto y encaminándose hacia la puerta.
–Ayer cuando llegué a mi casa –dijo Sirius–. Estaba ella. Bellatrix.
James se paró en seco. El corazón se le había acelerado y sin percatarse había apretado los puños. Asintió y cerró la puerta con cautela. La sola idea de Bellatrix hizo que todo lo previo a aquella conversación se volviera de pronto lejano. Incluso la discusión con sus padres momentáneamente se había desvanecido...
–Cuéntame qué ocurrió.
Aquella noche ninguno durmió. Horas más tarde, luego de que Sirius se duchase y se colocara ungüentos en las heridas, la luz del farol del jardín titilaba. Ambos sabían que no faltaba mucho para que se apagase; pronto iba a amanecer. Mientras tanto, en el silencioso Valle de Godric, por la madrugada sólo se oían los grillos. Entre murmullos, acostados sobre el acolchado, tenían el escueto intercambio de quienes habían conversado por horas y se hallaban sumidos en sus propios pensamientos.
–Puedes denunciarla al Wizengamot –dijo James tras una pausa prolongada.
–Pero no lo haré –repuso Sirius. Su tono de voz hacía evidente que no era algo que fuera a poner en duda–. Cornamenta...
James ni siquiera tuvo que voltearse a mirarlo para saber qué iba a decirle.
–Ni una palabra del Cruciatus –le prometió–. A nadie.
El canto de un pájaro les avisó que afuera ya estaba amaneciendo.
–Oye –murmuró Sirius, esforzándose por incorporarse-. Buscaré algún lugar.
James frunció el ceño.
–¿A qué te refieres?
–Tú sabes. Un lugar donde vivir –contestó Sirius en tono monocorde–. Tal vez pueda trabajar en El Caldero Chorreante a cambio de un cuarto.
–Estás bromeando, ¿verdad? –preguntó James irritado.
–No, mira...
–¿No soportarías vivir a la sombra de tu apuesto hermano menor? –repuso James, alborotándose el pelo.
Al escuchar a Sirius reír, gran parte del peso que tenía en el pecho se aligeró.
–Ridículo, Potter. Hasta en este estado soy mucho más atractivo que tú –dijo Sirius.
–Como sea -dijo James seriamente–. Estás en casa. Siempre fue así.
La expresión de Sirius se tornó ininteligible y sus ojos, vidriosos. Como toda respuesta asintió.
–Bien, iré al cuarto de huéspedes antes de que esto se ponga demasiado emocional –masculló abruptamente. James rió.
–No puedes casi moverte y no pienso cargarte –replicó mientras buscaba en los cajones ropa para su amigo–. Duerme en mi cama.
–Cornamenta... –murmuró Sirius, algo avergonzado. James le lanzó un pijama.
-No es un acto de altruismo, ¿bien? Ya manchaste mis sábanas con ese horrible ungüento y no quiero dormir en ellas –dijo James esbozando una sonrisa burlona.
–Suficientemente sucias estarán con lo que haces por las noches, hipócrita –masculló Sirius.
–¿Y cuántas veces te lo has imaginado? –le dijo James con un guiño.
Pero al bajar hasta el cuarto pequeño y acostarse en la cama, sus pensamientos no eran tan alegres. Cuando cerró los ojos y visitó el mundo de los sueños, una frase del relato de su amigo siguió resonando en su cabeza: «no hay ningún sangre impura cerca y al cadáver de la niña no lo traje conmigo».
La campanilla sonó.
Un muchacho bajito y regordete se dirigió a toda prisa hacia la cocina, con el rostro contraído de emoción. Inspiró deleitado el aroma que desde allí colmaba todos los ambientes de la casa. Sólo entonces sustrajo cuidadosamente del horno, con orgullo, su creación. Su madre lo observaba sin perderse el más mínimo movimiento, con el cuerpo apoyado contra la mesada de madera que separaba el comedor de la cocina.
–¿Y? –inquirió expectante.
Peter Pettigrew se tomó unos minutos para responderle. Los doce panecillos dorados y relucientes, despedían por sus extremos restos del chocolate con el que estaban rellenos. Sonrió.
–Serán los mejores croissants que hayas probado jamás.
Tomó uno de los pequeños panes y se lo tendió para que lo mordiera.
–Mi hijo es uno de los mejores cocineros en todo París -lo halagó con voz pomposa, apretándole los cachetes y dándole un beso en cada uno.
Peter se ruborizó y encantado se zampó de un solo bocado un pastelillo rebosante de chocolate.
–En verdad es maravilloso -continuó su madre chupándose los dedos–. Te diré algo, terroncito. Si quieres puedes ir y comerlos en tu cuarto. ¡Tanto has trabajado esta tarde!
–Si sigues así, mujer –anunció una voz ronca– no sé cómo esperas que nuestro hijo se convierta en un mago como corresponde.
Un hombre de ancha espalda y panza prominente caminaba con lentitud hasta el comedor. Sus pasos eran contundentes, su mirada puesta en Peter, tajante. Alterado, el chico empezó a guardar los croissants, ya sin cuidado, uno encima del otro.
–Otra vez con la comida, ¿eh? –espetó el señor Pettigrew, sentándose a la mesa–. Marge, tráeme un vaso de agua.
En silencio su mujer se apresuró en cumplir su pedido. Peter se sentó a la mesa con los ojos fijos en el suelo.
–Escúchame una cosa, muchacho, y escúchame bien –masculló el hombre frunciendo el ceño–. Espero por lo menos seis MHB, ¿bien?
–Sí, sí, padre –respondió Peter, condescendiente.
Cuando lo consideró oportuno se retiró escrupulosamente a su cuarto. Las cortinas se hallaban corridas y la luna llena brillaba resplandeciente en el cielo. Peter la miró fijamente y pestañeó; con la oscuridad de las calles de París de fondo, el vidrio de la ventana le devolvió su reflejo. Tragó con fuerza saliva.
¿Cuándo llegarían las MHB? Esperaba no estar aún de vacaciones cuando ocurriera. Se le erizó la piel tan sólo de imaginar la expresión de su padre al abrir el sobre proveniente de Hogwarts. Además, les había prometido a sus tres mejores amigos, James Potter, Sirius Black y Remus Lupin, que habría vuelto para cuando tuvieran que ir al Callejón Diagon a comprar sus útiles escolares. Y lo más importante, para todo aquello que precisarían en sus próximos planes.
Entrada la noche, una vez que estuvo seguro de que su padre se encontraba en un sueño profundo, Peter se aproximó a la cocina. Miró alrededor: el suntuoso apartamento que habían alquilado las dos últimas semanas se extendía ante sus ojos. Repasó cada uno de los objetos con detenimiento y placer: el enorme sofá-cama cubierto de almohadones con funda de satén, la mesa redonda con flores en su centro, la cocina espaciosa de donde aún se escapaba el aroma a panes recién horneados.
¿Cómo querer volver así a una Inglaterra sitiada por la guerra mágica? Sobre el alféizar de la ventana, recubierto de una fina capa de polvo, estaba El Profeta. El muchacho bajó la vista y leyó el título que rezaba la tapa del diario: «Emily Baker: casi dos meses desaparecida». En la foto que acompañaba el encabezado, una niña con largo cabello castaño exhibía una sonrisa radiante. Con un gemido casi imperceptible, Peter ladeó la hoja hacia un costado y ocultó la noticia. Se dio la vuelta y cerrando los ojos con fuerza, respiró profundamente. El corazón se le había vuelto a acelerar.
En lo absoluto. No quería regresar.
–¿Y? –preguntó Marlene inquieta.
–No hay noticias –susurró su madre con un hilo de voz.
Lily suspiró. En una semana se cumplirían exactamente dos meses. Dos largos meses del secuestro y la desaparición de Emily Baker. Todas las semanas, desde ese entonces, esperaba con ansiedad la llegada de El Profeta a escondidas en su cuarto. La aliviaba estar en lo de Marlene, donde podía compartir esa preocupación.
Al principio del verano, luego de que Dumbledore se involucrara en la investigación todos estaban seguros de que encontrarían a la niña pronto. O que quizás en algún momento, más temprano que tarde, los Mortífagos la soltarían. Se pensaba en la comunidad mágica que era solo un aviso, una potente amenaza, y que tras dejarla en claro, habría noticias de Emily. Con el correr de las semanas, comenzó a ser evidente que no sería así.
Y que las intenciones de los Mortífagos eran otras.
A partir de allí, la paranoia y el miedo se habían hecho aún más presentes. Muchos se preguntaban de qué modo podían mantenerse a salvo, ellos y sus familias. Y empezaban lentamente a desconfiar de quienes tenían a su alrededor. Mientras tanto, el Ministerio pasaba por una gran crisis. El nuevo ministro, Harold Minchum, que había asumido hace menos de un año, estaba intentando desmantelar a todos aquellos funcionarios que se hallaran bajo los efectos del Maleficio Imperius. Sin embargo, la desaparición de una estudiante hija de muggles de tan sólo once años, había consumido su atención. Cada mañana hacía declaraciones actualizando el estado de situación, y junto con Dumbledore, estaban reforzando absolutamente todas las medidas de seguridad dentro de Hogwarts. "Parece ser que el jefe del Departamento de Seguridad Mágica, Warren Gates, no es muy eficiente", le había comentado Marlene. Aunque en lo personal, a Lily le resultaba obvio: ya había tenido un encuentro con Gates la tarde que los Mortífagos atacaron el Expreso de Hogwarts. Sabía que quien supuestamente debía garantizar la seguridad en la comunidad mágica estaba más preocupado por encubrir a la familia Mulciber.
De todos modos, el hecho de que el Ministro se encontrara buscando otras estrategias para derrotar el ataque en curso y trabajando con Albus Dumbledore, uno de los magos más poderosos de todos los tiempos, generaba cierta tranquilidad. Pero el pánico seguía presente.
A fin de cuentas, si aún así no conseguían encontrar a la niña y los ataques a los muggles, hijos de muggles y squibs continuaban, ¿qué quedaría?
Mientras tanto el Innombrable hacía apariciones certeras y aisladas. Cada vez más se sumaban a su causa. Sin embargo, hacía meses se había llamado al silencio. Todos se preguntaban porqué. Lily estaba segura de que todo aquello estaba planeado; mantenía de esta forma a toda la sociedad en vela, a la expectativa, hablando de él. Algunos periodistas de El Profeta rumoreaban que su desaparición de la escena pública se debía a que se había retirado a buscar no sólo el apoyo de humanos. Parecía ser que un hombre lobo, Fenrir Greyback, lo estaba ayudando con los de su especie. Se decía también que Quién-tú-sabes poseía otra forma de ensanchar su Ejército, a través de las Artes Oscuras. No obstante, ni El Profeta ni el Ministerio habían emitido una sola palabra al respecto. Era evidente que no querían causar todavía más revuelo.
Desde el ataque al Expreso de Hogwarts, Lily Evans se hallaba más pendiente que nunca de cada noticia, cada retazo de información que pudiera obtener. La madre de Olive trabajaba en el Departamento de Seguridad Mágica, y parecía estar totalmente colapsada. A pesar del tiempo que pasaba en casa de su amiga, Lily nunca la frecuentaba. Sin su padre desde pequeña, Olive estaba sola la enorme mayoría del tiempo, preguntándose dónde estaría su madre y qué clase de tareas peligrosas estaría realizando.
Los Mckinnon eran muy diferentes. No les ocultaban a sus hijos lo que ocurría en el mundo mágico: sabían que tener conciencia de lo que pasaba era su mejor arma. Pero en el último tiempo eso había cambiado. Jacob y Julia, los hermanos mayores de Marlene, volvían extrañamente tarde al hogar y muchas veces su padre los acompañaba. "Creo que van a reuniones" le confesó Marlene a Lily en voz inaudible, esa misma madrugada. "Estuve pensando que tal vez... son para enfrentar al Innombrable. Todo el tiempo están inventando excusas. Sé que no quieren decirme porque soy menor de edad, pero estoy empezando a desesperarme".
Lily realmente la comprendía. Después de todo, ambas tenían la misma certeza: si había una guerra y fuera de Hogwarts se estaba organizando una resistencia, querían saber de qué se trataba.
–Llegas tarde. Otra vez –musitó Mulciber.
–Lo siento –se disculpó Snape.
Entró al comedor de la casa de los Mulciber apresuradamente. Alrededor de una mesa de vidrio rectangular se congregaban los cinco muchachos: Crabbe, Goyle, Mulciber, Dolohov, Rosier. Al sentarse, no demoró en percatarse que una silla estaba vacía.
–Otra vez estuviste espiando a esa sangre impura, ¿verdad? –le preguntón Antonin Dolohov con desdén.
Snape se ruborizó y bajó la vista.
–La encontraste, ¿al menos?
–No –dijo frustrado–. Ya nunca está en su casa.
-Te está evitando –intervino Goyle-. Es obvio.
–Y lo seguirá haciendo –Lucius Malfoy salió de la oscuridad de un rincón junto a la chimenea–. Sobre todo, luego de que se sepa lo que sucedió con Emily Baker.
–¿Qué hay con ella? –preguntó Snape, y no pudo evitar que un atisbo de preocupación se le delatara en los ojos. Sus compañeros lo miraron con escepticismo.
Mulciber sonrió a medias.
–Sí que te ha influenciado la sangre sucia, ¿eh? -repuso, propinándole un manotazo en la espalda–. No es nuestro asunto. Nosotros tenemos otras cosas de las que ocuparnos.
–¿Cómo qué? –preguntó Snape.
–Estás disperso hoy, ¿no, Severus? –replicó Lucius con voz suave–, ¿O no notas acaso que aquí falta alguien?
Severus observó a su alrededor y fijó los ojos en la silla vacía.
–No lo comenté porque me pareció evidente que Avery no estaría aquí.
–Dicen que será interrogado por el Wizengamot –lo anotició Crabbe–. En noviembre.
–¿Y adivina quién se comenta que lo atacó? –le espetó Mulciber despectivamente.
Snape tragó saliva en silencio. Una sensación de mareo lo invadió al ver a Dolohov y a Mulciber riendo en silencio.
–¿Quién? –preguntó tratando de sonar indiferente, temiendo escuchar la respuesta.
–Lily Evans y James Potter –musitó Dolohov lentamente.
Un espasmo involuntario brotó del cuerpo de Severus al oír aquellos dos nombres juntos.
–Parece que los citarán a declarar durante el juicio –continuó Dolohov–. Encantador, ¿verdad?
–¿Cómo saben todo esto? –inquirió Snape, ya sin poder disimular el dejo de desesperación en su voz.
–Comprenderás, Severus –intervino Lucius Malfoy– que no podemos develar nuestras fuentes. Al menos hasta que tengamos un poco más de confianza –añadió, mirándolo significativamente.
El muchacho comprendió la indirecta y se hundió un poco más en su asiento.
–Lo importante aquí –continuó Lucius– es que prosigan con el trabajo que Carena Wolfhard empezó. Retomen las listas de los sangres sucias y los traidores de la sangre, de nuestros posibles aliados y de aquellos o aquellas que puedan ser considerados...un peligro para el cumplimiento de nuestros objetivos.
–No te preocupes, Lucius –respondió Mulciber, exhibiendo una sonrisa que dejó ver sus enormes y amarillentos dientes–. No volverán a molestar.
–Lily no sabe lo que hace –se apresuró a decir Snape, consternado–. Sólo se opone porque cree que no aceptarían sangre impuras en las filas del Señor de las Tinieblas. Si pudiera hacerse una excepción...
–Son muy elevadas tus pretensiones, Severus –musitó Lucius levantando las cejas–. Deberían ser llevadas directamente al Señor Tenebroso.
Todos los demás habían permanecido en su lugar, callados. Snape, por el contrario, sin dubitar un sólo instante se acercó aún más a Lucius:
–¿Lo cree posible?
Lucius sonrió.
–Las pociones multijugos que nos preparaste los últimos meses han sido más que satisfactorias –comenzó, mientras se miraba al espejo y se acomodaba el largo cabello rubio–. Cumple cada pedido del Señor de las Tinieblas, gánate su confianza y...quizás tu talento te permita acceder a él.
La mirada de Severus Snape había cambiado. Ya no se hundía en su asiento, ya no dudaba. Sólo asentía.
–Suena imposible –opinó Remus Lupin.
Canuto y Cornamenta intercambiaron una mirada.
–Si lo logramos... Haremos historia.
James asintió. A sus pies, en el centro de la ronda, estaba el pergamino extendido. Alrededor se encontraban pilas de libros, dibujos, mapas y apuntes. La poca luz del día que se filtraba a través de la persiana baja dejaba ver el trozo casi vacío de papel, a excepción de dos enormes letras M en el costado superior izquierdo.
–Necesitamos un hechizo -dijo caminando de un lado a otro–. El hechizo adecuado para que todos los mapas de los terrenos de Hogwarts se trasladen inmediatamente a ese pergamino. Pero no sólo los mapas...sino las personas que los transitan. Cada minuto, de cada día.
Remus lo miró atónito. Como si aquella escena ya fuera una costumbre en su amistad, James se volteó hacia su amigo y se inclinó ante él.
–¿Qué te perturba, Lunático querido?
Lupin suspiró, algo apesadumbrado.
–Sería como...espiar.
James y Sirius se miraron. Sirius se encogió de hombros.
–Pues bien, tampoco es algo que no me dejaría dormir en las noches –repuso.
–Y sería como la quinta infracción que cometo...
–Contra las órdenes y la protección de Dumbledore –masculló Sirius, repitiendo su discurso de memoria–. ¡Cielos, Lunático!
–Además, luego de tener tres animagos menores de edad ilegales en el colegio –argumentó James– un simple mapa es un juego de niños.
Lupin lo observó con la mirada perdida.
–No me hagas sentir peor, James –dijo casi en tono de súplica–. No sabes lo horriblemente culpable que me siento cuando...
-¡Claro que no quiero hacerte sentir culpable, Lunático! -exclamó James e impactado por la reacción de Remus, lo asió por los hombros–. Mira, sólo digo que un mapa más que una nueva infracción es...un nuevo instrumento de protección.
Lupin estalló en una sonora carcajada.
–¡De verdad! –exclamó James y su indignación se vio aplacada por las risas de sus amigos–. Hará mucho más fáciles las lunas llenas. No más Señora Norris o Filch. Sabremos dónde están a cada momento.
Remus abrió y cerró la boca varias veces, dubitando.
–Podría caer en las manos equivocadas –dijo finalmente–. Sobre todo teniendo en cuenta lo que pasó con Wolfhard. Es peligroso.
–Es por eso que tenemos que pensar los sortilegios de ocultamiento adecuados –intervino Sirius.
–¿Sortilegios de ocultamiento? –repitió Remus frunciendo el ceño.
–Exacto –respondió Sirius–. Claves que nos permitan mostrar el contenido del mapa y esconderlo cuando sea necesario.
James lo miraba encantado.
–Brillante, Canuto. Contraseñas.
-Y con esta belleza en nuestras manos nada como lo de Wolfhard ocurrirá de nuevo –agregó Sirius–. Si los de Slytherin traman algo –señaló el pergamino afectuosamente– lo sabremos.
–Haces que sonemos como los héroes del día –repuso Remus, bajando la vista y mordiéndose los labios.
-Oh, para las próximas generaciones de Merodeadores, amigo –le susurró James poniéndose frente a frente con él– lo seremos.
Remus levantó la vista y observó a James. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y sintió cómo el remordimiento se desvanecía, viéndose reemplazado por una inconfundible sensación de adrenalina.
Sonrió.
–Está bien –aceptó–. Hagámoslo.
–Tal vez podríamos pedirle ayuda a Potter –musitó Emma bostezando.
Lily apartó los ojos del grueso libro de Transformaciones y los levantó hasta el rostro de su amiga.
–De ninguna manera –le respondió, subrayando cada palabra.
–Encontraremos la respuesta –la apoyó Marlene.
–Sí, eso dijeron hace dos horas –recordó Emma, desperezándose–. Estoy empezando a aburrirme.
–Pues lamento que pensaras que hacer tarea es divertido –dijo Marlene.
–¡Claro que lo es! –exclamó Lily, casi ofendida. De camino a su cuarto, Marlene rió.
-¿Por qué soy tu amiga, me recuerdas? –inquirió Emma.
Lily tomó el sorbete del vaso de licuado que tenía a su lado y lo sopló hacia Emma. Ella se quitó de la mejilla los restos de espuma y miró a la pelirroja intencionalmente.
–Ya verás, Evans –dijo–. ¡Corre!
Profiriendo un grito agudo, Lily salió de la cocina de los Mckinnon a toda velocidad. Emma la alcanzó con facilidad, lanzándola encima del sillón y haciéndole cosquillas. Lily se contorsionó de la risa, y unas finas lágrimas le cayeron por la cara.
Cuando el timbre sonó Emma se incorporó súbitamente.
–¡Es Jane! –exclamó con las pupilas dilatadas.
Corrió a abrir la puerta, a escasos metros de ellas, y se abalanzó sobre la figura que se encontraba en el portón, echándole los brazos al cuello. Lily observó la escena entre indignada y enternecida.
–Emma Rogers –masculló riendo–. ¿En qué te han convertido?
–Se llama amor, Evans –le espetó Emma sacándole la lengua–. Deberías probarlo alguna vez.
–Oh, lo siento, ¿interrumpí algo? –se disculpó Jane–. Hola, Lily.
Era pálida, alta y muy delgada. La túnica de Auror ocultaba su figura, por lo que lo único visible era su rostro sereno y angulado y su corto cabello castaño.
–No, en absoluto -le aseguró Lily con una sonrisa–. Es un gusto verte, Jane.
–Qué bien –se alegró Jane y señaló su mochila–. Porque traje cervezas de manteca.
–¡Oh! ¡Aguarda, aguarda! –exclamó Emma dramáticamente, llevándose una mano a la frente–. ¿Me estás diciendo que debo guardar la tarea? No creo...que pueda...¡resistirlo!
–Cierra la boca y ven a ayudarme –le contestó Lily, mientras Jane se destornillaba de risa.
Ambas amigas se encaminaron a la cocina. Atenta, Lily pudo notar cómo el rostro de su amiga había adquirido un color inusualmente sonrosado.
–¿Cómo supiste que era ella? –le preguntó. Después de todo, estaban esperando también a Mary y Olive.
Emma permaneció unos segundos en silencio. Cuando alzó la mirada, Lily se percató de que se había ruborizado aún más.
–Espero que estés preparada para una declaración absolutamente cursi –le dijo, bajando la voz.
–¿Viniendo de ti? –inquirió Lily con sorna–. Aguarda.
De la repisa tomó el pote de pochoclos que iban a comer entre todas luego de la cena. Engullendo un poco, se sentó frente a su amiga.
–Ahora sí puedes hablar –dijo a la expectativa.
–Totalmente predecible, Evans –replicó Emma poniendo los ojos en blanco–. Además, es claro que yo soy la cruel en esta amistad.
Lily volvió a reír y negó con la cabeza.
–Sólo estaba bromeando –dijo dulcemente–. Vamos, habla. En verdad quiero oírte.
–Bien –accedió Emma–. Es que cada vez que Jane está cerca, yo... –Avergonzada, se acercó a su amiga–. Huelo algo.
Lily la observó sorprendida. En su rostro se esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
–¿Algo cómo qué? –le preguntó.
–Algo, no lo sé –le respondió Emma con nerviosismo–. Como un aroma. Una mezcla...de mis cosas favoritas -Ante el silencio expectante de Lily, que la miraba con los ojos bien abiertos, la muchacha se alteró aún más–. Ay, diablos, esto es muy extraño, jamás debería habértelo contado, olvídate lo que te dije.
–No creo que tenga nada de extraño –intervino Lily en tono tranquilizador–. Hay un filtro que se llama Amortentia, ¿sabes?
-Sí. El mal llamado filtro 'del amor'.
–El mismo –asintió Lily–. Pues resulta que depende quién lo huela asume un olor diferente, según los objetos y lugares predilectos de cada uno. Y se dice –Tampoco pudo evitar ruborizarse levemente– que cuando nos gusta mucho una persona, sentimos eso cerca de ella. Ese olor.
Emma la contemplaba atónita.
–No sé si me sorprende más eso –dijo, otra vez con su tono de voz usual–. ¡O que ya hayas empezado a leer el libro de Pociones Avanzadas, Evans!
Lily puso los ojos en blanco.
–Déjame en paz.
–¿Qué están tramando ustedes dos? –inquirió una voz conocida.
Mary Macdonald caminaba hacia ellas. Como de costumbre, pulcra e inalterable, llevaba puesto un pantalón de vestir negro y una camisa blanca abotonada hasta el cuello. Su largo cabello lacio se hallaba recogido en un rodete, y ni un sólo mechón de pelo rehuía de él.
–¡Nos hubieras avisado que íbamos a una oficina! –exclamó Emma y Lily se destornilló de risa en el lugar.
–Es bueno ver que hiciste tu tarea de Estudios Muggles, Emm –replicó Mary altivamente y se dejó abrazar por sus dos amigas.
–¡Oh, Mary, ni se te ocurra volver a irte durante tanto tiempo! –dijo Emma, revolviéndole el cabello. Mary le lanzó una mirada asesina.
–Shhh, que se vaya cuanto quiera –la contradijo Lily con una sonrisa. Las tres se encaminaron hasta la sala de estar, donde Marlene y Jane conversaban animadamente–. Cuéntanos todo.
Al poco tiempo llegó Olive. Jane abrió unas cervezas de manteca y empezaron a tomar mientras se ponían al día. Los efectos de la cerveza se presentaron con sorpresiva velocidad y Tessa Mckinnon les llamó la atención sabiamente:
–No deben tomar con el estómago vacío –dijo observándolas–. Aguarden que termine un informe y preparé la cena.
Lily la observó irse y frunció el ceño. ¿Había sido su impresión o la madre de Marlene estaba preocupada?
–Oigan, oigan –profirió Olive soltando una risita risueña–. ¿Recuerdan cuando a Lily le gustaba Jacob?
Todas menos Lily rieron.
–¡Claro que no! –exclamó, y su rostro se puso tan rojo como su cabello.
–En verdad, tu poder de negación me impresiona –murmuró Mary, contemplándola con una media sonrisa.
–Está bien, Lils –la consoló Marlene–. Estábamos en primero y ninguna podía resistirse a los ridículos encantos de mi hermano.
–Hay que reconocer que a todas en primero nos gustó algún chico de sexto –se sinceró Olive.
–A mí no –la contradijo Emma, besando a Jane–. Yo siempre fui lesbiana.
–Ah, ¡felicitaciones por siempre saber tu identidad! -exclamó Marlene.
–Gracias –le contestó Emma con sorna–. Yo pienso que es un gran mérito.
Todas rieron.
–En verdad lo es, Emm –repuso Lily, mirándola con orgullo.
Emma le despeinó el cabello en señal de afecto.
–Además, los chicos son imbéciles –opinó recostándose en el sofá–. Así que honestamente me considero una afortunada.
–Oh, no todos -intervino Olive, conciliadora.
–Eso lo dices tú que sales con uno distinto cada semana –masculló Mary.
–¿Qué tiene que ver? –preguntó Olive.
–No alcanzas a comprobar si es imbécil o no –ejecutó Emma.
–No hace falta salir con alguien para probarlo –repuso Lily. Todas menos Emma asintieron, sabiendo exactamente en quién estaba pensando.
Emma sólo se limitó a escrutarle el rostro mientras vaciaba otra botella de cerveza.
–Tú podrás decir lo que quieras, Lils –masculló arrastrando un poco las palabras–. Pero hay algo que no me negarás: jamás te he oído hablar tanto de un chico como de James Potter.
–En Historia de Hogwarts estaban todos los mapas. Sólo me ocupé de calcarlos con magia y dibujar en ellos los pasadizos que conocemos.
Remus pasaba los planos dibujados por su amigo, observándolos fascinado.
–Cielos, James. Es excelente –masculló. Y con una sonrisa resignada agregó–: Para esto sí lees Historia de la Magia, ¿eh?
–Por supuesto –asintió James sin un ápice de culpa–. Para lo realmente necesario.
Proveniente de abajo se oyó la voz de Euphemia.
–¡Muchachos, pronto estará la cena! –exclamó–. ¿Vienen?
–¡Tenemos mucha tarea, comeremos aquí arriba! –contestó James.
Ante aquella respuesta, Sirius observó a James arrugando el entrecejo.
–Bueno –dijo Remus bostezando, desatento a lo ocurrido–. Aprovecharé la pausa para ir al baño.
–Así que –masculló Sirius una vez que Remus cerró la puerta– ¿piensas decirme por qué estás evitando a tus padres? ¿O simplemente vamos a pretender que no está sucediendo nada?
James se había agachado y estaba revolviendo sus papeles.
–La segunda opción suena bien –repuso sin mirarlo.
–Cornamenta...
Intentando zanjar la cuestión, el muchacho le dio a su amigo unas palmadas en la espalda.
–Vamos, Canuto. Relájate. Tenemos cosas importantes que hacer.
Antes de que Sirius pudiera indagar, Remus volvió a abrir la puerta. Llevaba una extraña expresión grabada en el rostro y tenía la boca medio abierta para un costado. Al borde de la risa, Sirius se acercó y le preguntó:
–¿Qué ocurre, Lunático? La luna llena pasó hace una semana –replicó.
El aludido permaneció en silencio unos instantes.
–No, no es eso –negó restándole importancia–. Sólo acabo de recordar que mi padre me dijo que las MHB llegarían mañana.
Comenzó a recorrer toda la habitación casi trotando, observando el suelo mientras cavilaba. Parecía estar rememorando cada una de las respuestas que había dado en sus exámenes mientras murmuraba palabras ininteligibles. Sirius lo miró con incredulidad y se dirigió hacia James en busca de complicidad:
–Cornamenta, ¿puedes decirle algo?
Pero James había palidecido.
–Cielos –exclamó–. ¡Eso quiere decir que mañana me dirán si soy el Capitán del equipo!
–Claro que serás capitán, idiota.
-Si lo piensas, Samuels también tiene chances, ¿verdad? –opinó James e imitó el recorrido que Remus estaba ejecutando.
–Por supuesto que no –le aseguró Sirius, ya con resignación.
–Incluso Rogers o tú podrían...
–Por las barbas de Merlín –masculló Sirius, golpeándose la cabeza contra la pared–. ¿Por qué convivo con esta gente?
Tras una abundante cena, todas estaban exhaustas. Una vez que se puso el pijama, Lily se encaminó a buscar una jarra de agua. Se sorprendió al encontrar a Tessa Mckinnon, dando vueltas por la cocina mientras observaba el reloj de la pared.
–Tessa, lo siento –se disculpó.
La mujer, evidentemente ensimismada en sus pensamientos, se sobresaltó al verla.
–Oh, Lily. No, no tienes que disculparte.
La muchacha la observó con preocupación.
–¿Estás bien? ¿Puedo ayudarte en algo?
–Yo...No, gracias, cariño –le contestó con apresuro.
Lily le tomó una mano.
–¿Qué ocurre?
Tessa la miró. Temblaba.
–Jacob, Julia y Neil –susurró–. Se han ido a...un lugar. Deberían haber vuelto hoy por la mañana.
Ambas miraron el reloj. Eran las once de la noche. Lily volvió la vista hacia la mujer; a pesar de que tenía un gigantesco número de preguntas supo que no era el momento adecuado para hacerlas.
–Quizás se han demorado –sugirió Lily, intentando no imaginarse lo peor–. ¿Tiene alguien más a quien recurrir que pueda saber dónde están?
Tessa volvió a observarla y levantó las cejas en señal de alarma, como si hubiera percatado de a quién le estaba comentando sus inquietudes.
–Ay, Lily, lo siento tanto –se disculpó con atropello–. Todo está bien. Vete a la cama, ¿sí?
–Pero, señora Mckinnon...
–No te preocupes –insistió la mujer, colocando en las manos de Lily la jarra de agua–. Ve a dormir.
Creyendo que era mejor no insistir, Lily caminó escaleras arriba. En el cuarto de Marlene, todas sus amigas ya estaban dormidas. Pasó con cautela por encima del colchón donde Jane y Emma dormían abrazadas. Se acostó en la cama que compartía con Mary intentando hacer el menor ruido posible. Al cerrar los ojos, se sumió en un sueño inestable que pronto habría de ser interrumpido.
Se hallaba en el sofá de la sala de estar escribiendo en un pergamino la tarea de Transformaciones. Su madre y ella acababan de terminar de almorzar, y cada una se encontraba concentrada en sus propias lecturas.
–Iré a recostarme -repuso Beth, bostezando.
–Descansa –le deseó Lily.
Apenas percibió cuando se cerró la puerta de la habitación, totalmente absorta. Se había prometido a sí misma que iba a terminar el cuestionario de McGonagall esa misma tarde, y así sería. De pronto sintió agua en su nuca y se dio media vuelta, extrañada. Había comenzado a llover y la ventana estaba abierta.
"Hubiera jurado que estaba despejado" pensó, cerrándola. Un fuerte viento la azotó en la cara y la ventana se volvió a abrir de par de par, chocando contra la pared y haciéndose añicos. Con un nudo en el estómago, Lily levantó la vista para mirar el cielo. Un caudal de nubes se había concentrado arriba de la casa y en sus alrededores, ennegrecidas.
–Oh no –murmuró, empezando a temblar. El cielo se había teñido de gris en cuestión de segundos. Un relámpago seguido de un trueno, como aquella vez–. ¡Mamá, van a atacar la casa, escóndete!
Las sombras negras brotaban de las nubes y se dirigían a toda velocidad hacia ella...
–¿Qué es ese ruido? –susurró la voz de Mary.
Lily abrió un ojo, aún turbada por la pesadilla. Aguzó el oído: se oían pasos apurados que provenían de abajo.
–No tengo idea –respondió Marlene preocupada–. Iré a ver qué ocurre.
–Te acompaño –dijo Lily rápidamente–. Pero vayamos con las varitas.
–Iré con ustedes –dijo Mary con seguridad.
Las tres tomaron sus varitas de la mesa de luz y bajaron las escaleras con lentitud. En el silencio, Lily sentía su corazón y el de sus amigas latir a toda velocidad. Faltaban sólo unos escalones para la sala de estar. Alzó decidida su varita...
Pero allí sólo estaba Tessa. Llevaba puesto su abrigo y ropa para salir.
–Mamá –musitó Marlene corriendo hacia ella–. ¿Qué haces?
Tessa la miró con angustia.
–Mar, no quería despertarte –se disculpó. Las ojeras marcadas delataban que no había dormido en toda la noche–. Te había dejado una nota en la cocina...
–¿Una nota en la cocina? –repitió Marlene confundida–. ¿A dónde vas? ¿Qué ocurre?
–Tus hermanos y tu padre –farfulló Tessa, y la voz se le quebró–. Se fueron a una misión y hace rato deberían haber vuelto.
Marlene se mordió el labio y soltó unas lágrimas de impotencia.
–No vayas tú sola. Puede ser peligroso –dijo–. Déjame ir contigo.
–Oh, hija, no tengo idea de dónde están –respondió sollozando Tessa, tomando el enmarañado cabello de su hija y colocando su rostro sobre su pecho–. No podría ir a buscarlos aunque quisiera. Pero sí sé dónde está alguien que me puede ayudar a encontrarlos.
Marlene se aferraba a su madre, llorando.
–Por favor no te vayas –le suplicó.
Lily y Mary intercambiaron una mirada y tomaron por el hombro a su amiga.
–Volveré pronto –le aseguró Tessa–. Descansen, ¿está bien? Ya le dije a tu tío que si no he regresado para el mediodía venga a verlas.
Besó prolongadamente a su hija en la frente y abrazó a Lily y Mary.
–Nos vemos luego –dijo, tratando de sonar lo más convincente posible.
Al cerrar la puerta entrada, oyeron un pequeño 'plac'. Y Tessa Mckinnon ya no estaba allí.
Marlene rodeó el cuello de Lily con los brazos y se echó a llorar en sus hombros. Su amiga le devolvió un abrazo contenedor, acariciándole los rulos y dándole palmaditas en la espalda. Unos cuantos minutos más tarde, Marlene se tranquilizó. Afuera la lluvia caía copiosamente. Las tres amigas se hallaban sentadas en el sofá, en silencio.
–Sólo quiero saber qué están haciendo mi padre y mis hermanos –dijo Marlene finalmente.
–No tiene sentido que lo pienses ahora, Mar –le respondió Mary–. Tal vez lo mejor sea descansar.
–Si ellos trabajan para derrotar al Innombrable... –continuó Marlene.
–Sería muy valiente –reconoció Mary.
Marlene asintió y se incorporó. Fue entonces cuando Lily vio que su amiga tenía adherido al trasero un sobre pequeño con caligrafía pulcra.
–Mar –musitó, tomando la carta y entregándosela a su amiga–. Mira esto.
Marlene frunció el ceño e indagó. Al ver el emisor, se quedó boquiabierta.
–Es de Dumbledore –les notificó a sus amigas–. Para mi padre.
Las tres permanecieron en silencio. Lily se incorporó junto a Marlene.
–Tu madre debe haberla revisado para ver si lograba dar con su paradero –caviló Lily–. ¿De cuándo es?
–La semana pasada –le respondió su amiga. El temblor en su voz delató la enorme curiosidad que sentía.
Lily contempló el sobre con detenimiento. A un costado se perfilaba un pequeño dibujo de un ave. Bajo sus dos alas extendidas había dos letras: una O y una F.
–Qué extraño dijeron Lily y Marlene al unísono.
Mary las observaba con una mezcla de miedo y desaprobación.
–Sé lo que están pensando hacer –murmuró–. Y es una pésima idea.
Lily no pudo evitar sentirse culpable. Sabía lo mal que estaba revisar correspondencia ajena, pero aún así no podía contener el profundo deseo de abrirla. Todos esos años con tantas preguntas sobre lo que estaba sucediendo fuera del colegio... ¿Quiénes eran aquellos que estaban dispuestos a enfrentar al Innombrable y a sus seguidores? ¿Qué planes tenían?
Y ahora las respuestas se encontraban al alcance de su mano.
–Es un fénix –dijo Marlene pasando el dedo por el dibujo.
-Dumbledore tiene un fénix –recordó Lily–. Remus me lo dijo.
Los ojos de Mary estaban abiertos como platos.
–Miren, no quiero oírlo –repuso con enfado–. Esto está mal.
Subió las escaleras lanzando un sonoro bufido. Pero Marlene y Lily no se movieron.
–Tal vez Mary tenga razón –susurró Lily.
-No sé dónde está mi familia ni porqué no está aquí –replicó Marlene apretando el sobre–. No me importa si la tiene.
Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos. Lily asintió.
–Sabes que lo entiendo.
–Si la abro –musitó Marlene enjugándose la nariz– ¿te quedas y la lees conmigo?
–Claro que sí –le contestó con seguridad.
Marlene cerró los ojos y desenrolló el pergamino.
Querido Ned:
Temo que ésta será la última carta que te envíe. El Ministerio ha empezado a revisar los correos y no quiero arriesgarme a que algún funcionario bajo el maleficio Imperius lea la información que aquí intercambiamos.
Algunos miembros de la Orden han obtenido pistas sobre el paradero de Emily Baker. Warren Gates quiere esperar, pero es evidente que no nos sobra el tiempo. Mañana haremos una reunión de emergencia en el lugar usual, allí explicaré el plan más detenidamente. Si eres tan amable, avísales a Jacob y Julia por mí. Saludos a la familia.
Sinceramente,
Albus Dumbledore.
Releyeron el contenido varias veces. Ambas contenían la respiración.
–Entonces es verdad –dijo Marlene finalmente–. Mi padre y mis hermanos participan de la resistencia.
–Y fueron a buscar a Emily –completó Lily.
–Y forman parte de esta...Orden.
Al volver a ver el sobre, Lily se dio cuenta de algo.
–¡OF, Mar! -exclamó. Su amiga no la comprendía–. Tú dijiste que esto es un fénix, ¿verdad? Pues mira debajo de él.
-¡Claro, OF! -repitió Marlene emocionada al percatarse–. Orden...¿del fénix?
Lily sonrió satisfecha.
–Parece un buen nombre para una sociedad de resistencia, ¿no crees? –repuso–. La Orden del Fénix.
Comentarios:
Muchas gracias de verdad por leer y por los favs y follows y gracias Nina, Elena y Paula por sus reviews. En la rutina cuesta subir cosas, espero tengan paciencia❤
Ya en el próximo capítulo se vienen los reencuentros y más Jilly. Si les gustó no duden en dejar comentariooos
Saludos y buena semana!
