Prompt: 004. AU
N/A: por fortuna para mí esta Week se acaba el 8 y no el 7. Quizá al rato haga el siguiente capítulo, sino mañana. Esto es tan weirdo, perdón. Y mi Musa me explota, help (¿?)
iv. Metamorfosis
Debajo de la cama hay un monstruo.
Touka lo descubre por accidente, cuando busca un par de tenis para ponérselos. Y su madre de avellana le avisa que la cena estará servida en un par de minutos.
Ella no busca ignorarla adrede, ni a Hikari ni a Arata, pero cuando extiende la mano, agachada, y tantea el suelo pulido, choca con algo —alguien— y podría ser un juguete perdido, omitiendo el detalle de que se mueve ante su toque de seda.
Exhala aire y retira con premura la mano, creyendo en primera instancia que es (¿un ser abominable?) un ratón. Pero los ratones están cubiertos de pelaje, y lo que sea que haya ahí abajo, no lo tiene.
Se queda quieta, sin mover ni un músculo, tanteando las posibilidades. Aguardando por si decide salir y escapar. Más no pasa nada (y ocurre todo) y sin contener su curiosidad vuelve a reclinarse, con la mejilla en la alfombra. Achica los ojos y agranda sus expectativas. Está muy obscuro. Al acercarse un poquito más un aliento ajeno le choca en el rostro.
(Está vivo, quien quiera que sea, y creo que estoy aterrada pero)
Tragándose su orgullo y temores separa los labios.
— ¿Quién anda ahí?
No obtiene respuesta. No verbal.
Touka se levanta y cae de espaldas, su ceño frunciéndose con maestría. Entonces ve un par de plumas desperdigadas, que salen del fondo de su cama. De un ave, no. ¿Un híbrido? Más es casi imposible… Las toma entre sus dedos, estos fragmentos de ala azul-desconsuelo y que son ásperos, como si fuesen más cristales que tintinean que plumas sencillas y mansas.
Opta por ignorarle. Y corre a cenar con sus padres. Sin hablar del asunto. No ella, al menos.
Porque éstos comentan precavidos y con amor fraternal, sin imaginarse que su hija conocería una, que ha habido más avistamientos de estas criaturas-de-la-noche que viven dentro de los roperos y por debajo de las camas y que se llevan a los niños antes de que salga el sol. Devorándolos sin piedad.
En ese mundo donde es de lo más normal encontrar una ilusión paseando por la calle y la gente carga su corazón en la mano igual que un reloj de bolsillo, cosas así no provocan conmoción. Más sí cierta inquietud. Por su seguridad. De las de sus familias.
Touka es inteligente y no demora en llegar a la conclusión de que el intruso en su habitación es uno de esos seres. Que probablemente sea un riesgo para ella y deba avisarles a sus padres y que los exterminadores de tragedias lo capturen y se lo lleven. Sin embargo, la entristece la idea. Sin explicación. Y prefiere callar, otra vez.
Acaecida la penumbra, con el sol durmiendo en un horizonte más allá de cualquier ciudad; Touka se aferra a las sábanas. Atenta a cualquier ruido o anomalía, esperando —por lo que esté allí con ella—.
Se imagina que ha de ser una especie de pájaro, posiblemente. Y muy grande. Con pico de cobre, igual que sus patas, y mirada de rubí. Y seguro vuela altísimo. Acariciando a las estrellas y almorzando algún cometa distante. No ha de vivir encerrado en una jaula, claro que no. (Él nació para ser compañero fiel de la libertad). Y no sabe por qué se refiere a un masculino. Pero cuando éste se anima a mostrarse, sigiloso, y Touka se da la vuelta sin darle oportunidad de huir, encuentra un mero muchacho.
(Sus irises han capturado el brillo del cielo, aunque luce turbio, como en una tormenta —quizá con él mismo—) y sus cabellos rebeldes, fuego añil. Luce común, y a su vez, no.
Él la escruta y por eso se observan a la par, inseguros de cómo proceder (ella prevería que él no dudaría en comerla entera, para no dejarle ni una pizca a nadie más, tenerla toda y ser egoísta). No obstante
— No tienes miedo.
Parpadea ante su afirmación.
¿Debería, acaso?
— Pareces muy solo —replica—. (Yo no tiemblo ante quien necesita compañía).
— Entonces eres una tonta —y se muerde el labio.
— ¿Quieres que me asuste de ti?
Y es que quizá es su único propósito en la vida. Espantarla, herirla, que lo aborrezca y le huya. Pero Touka tiene demasiada bondad en su interior para darle —a él— a todos, y el defecto de encariñarse con lo que hace daño. Apenas se conocen, pero
(Si vas a quebrarme, al menos estaremos más unidos, tú ya estás muy roto).
Así que él no dice nada. Se remueve inquieto y se acerca más a ella. Con la astucia de un conejo y la velocidad de un cuervo y la curiosidad de un niño. Touka no retrocede, ni aparta la vista. No es cobarde.
Permanecen en silencio, prestándose a la perfección para un cuadro al oleo. Y la corroe este impulso loco de tocarlo para demostrar que es inmune a su veneno y que no hay nada que temer. Se contiene. De antemano, aunque no la haya robado aún y tal vez nunca, Touka se admite perdida ante él.
Quien se inclina, muy cerca, y musita.
— Me llamo Ayato.
(Dime tu sombra).
Antes de que ella sonría levemente.
Cautivados por la devoción-frialdad impresa en sus pieles. Sus latidos le atrofian los tímpanos.
— Un placer. Soy Touka.
(Tu letanía).
Ahí sólo hay dos jóvenes —ningún monstruo—.
