¡Hola de nuevo, gente! Siento mucho el retraso de esta actualización, pero ya se sabe... los exámenes son verdaderamente absorbentes.
En fin, aquí os traigo el último capítulo del fic, llamado igual que la propia historia. Quiero recordar que el relato va dedicado a Srta. Riddle en general, pero este capítulo en particular es para Smithback por haber adivinado cuál sería el desenlace del fic. Además, quiero agradecer a María, Esme Vipz, What isn't a fandom y a Betting life sus reviews en el capítulo anterior. Muchísimas gracias. Sois geniales.
Ya me callo y os dejo con la lectura. ¡Espero que os guste!
Los días siguieron pasando, y como ya había ocurrido antes de que les cambiaran de celda, Nathaniel y Hermione se dieron compañía mutua para combatir el miedo y el tedio.
Las heridas de él se fueron cerrando, y lo que más guerra le dio fue el brazo roto. Hermione le había hecho un cabestrillo algo burdo con ayuda de lo que le quedaba de chaqueta, pero no parecía ser suficiente.
Sin embargo, y por suerte, aunque Nathaniel estuvo muy débil varios días acabó recuperando fuerzas y volviendo a ser el mismo de antes, con su escasez de tacto y sus sonrisas socarronas.
Pero ninguno de los dos fue consciente del escrutinio al que siempre estaban siendo sometidos. En una de las paredes de la celda, alguien había hechizado la piedra para que se volviera invisible… pero únicamente desde el otro lado, pues para Hermione y Nate el muro seguía siendo tan sólido y opaco como siempre.
Y no obstante, en la celda contigua un chico observaba de cerca todos sus movimientos.
Un muchacho de ojos azules e imprecisos.
—¿Te hizo algo Sombra cuando te trajo aquí? —le preguntó Nate una noche a Hermione. Ella estaba tumbada en una esquina de la celda, con la cabeza apoyada contra la pared, jugueteando con el galeón falso que en su momento habían usado en el ED. Nate se encontraba de pie, mirando al pasillo por la ventanilla de la puerta.
—No —respondió Hermione, cerrando el puño con el galeón dentro. Suspiró y se incorporó. Debería contarle a Nathaniel lo que sabía de él—. Nate… ven un segundo. Tenemos que hablar.
Él se separó de la puerta y se acercó cojeando hasta esa esquina, donde se dejó caer junto a Hermione. Al dar con sus huesos en el duro suelo de piedra lisa, hizo una mueca de dolor que borró deprisa para mirar a la chica con curiosidad.
—Verás… conozco a Sombra. Sé quién es. Se llama Theodore Nott, y estudió conmigo en Hogwarts, el colegio de magia en el que…
—Sí, sí, ya sé qué es Hogwarts —la interrumpió él con un gesto, como si espantara a una mosca especialmente molesta—. Sigue hablándome de ese Nott.
—Bueno, antes… antes no era así. Ha cambiado. Es decir, no es que nunca lo haya conocido a efectos personales, pero sí te puedo decir que hace unos años no se comportaba de esa forma. Era un chico muy callado. Poseía una mente brillante y nunca tenía problemas con nadie. Siempre estaba solo. Su padre es Theodore Nott Senior, un mortífago alcohólico y peligroso. Su madre falleció cuando Theo era pequeño. Pero él no era un mal chico. Al menos, no lo parecía. Y desde luego, no era… un asesino.
Nathaniel dejó la mirada perdida unos segundos, y después se volvió despacio hacia ella.
—Yo tampoco era un asesino de joven. Pero la guerra nos cambia. La muerte de mi familia, y sobre todo la de mi hermana Alex, me ha hecho lo que ahora soy: un hombre que no vacilaría a la hora de apretar el gatillo si su vida o la de un ser querido dependiera de ello, porque he aprendido que no existen las segundas oportunidades cuando se trata de la muerte. No estoy justificándolo, Hermione… pero aunque no comparto su forma de ser, en el fondo la comprendo. Si lo que me dices es cierto y él nunca se enfrentaba a nadie, ¿por qué estaba siempre solo? Dime, ¿te has parado a preguntártelo?
Hermione parpadeó, desconcertada. Por primera vez se tomó un tiempo para darle vueltas a la situación de aquel misterioso muchacho.
—Tal vez, él decidió voluntariamente aislarse del resto… —pero Nate soltó una sonora carcajada.
—Nadie escoge estar solo por el mero placer de estarlo, Hermione. No… la soledad es como algunas mujeres: una acompañante que puede resultar deliciosa una noche, pero que jamás elegirías para tenerla siempre a tu lado. Está bien, tal vez no haya sido un buen ejemplo —concedió al ver el ceño de Hermione—. Pero la idea es esa. Si Nott se condenó a sí mismo a alejarse de todos siendo tan joven, probablemente hubiera una razón. Y según lo que me has dicho, tengo un presentimiento acerca de cuál podría ser. ¿No se te ocurre a ti? Vamos, Hermione, eres lista. Piensa.
Ella lo hizo. Pensó. Y de pronto, la respuesta se iluminó en su mente como si estuviera escrita con rótulos de neón.
—Su padre —susurró.
—Sí —asintió Nate—. Tal vez de pequeño los otros críos se alejaban de Theodore por temor a su padre y él decidió adelantarse a los acontecimientos y ser siempre el primero en apartarse. O quizás tenía miedo de que alguien se le acercara lo suficiente como para salir herido por culpa de Nott Senior.
Hermione se mordió el labio inferior, pensativa. Si esa era la razón por la cual Theo había vivido una eterna soledad, ella no podía sino compadecerlo. ¿Por qué sentía de pronto una odiosa opresión sobre sus pulmones? ¿Estaba mal apiadarse del enemigo?
No obstante, sacudió la cabeza, recuperando la imagen del mortífago que la había amenazado varios días atrás.
—Pero eso no justifica su comportamiento de hoy día.
—No, no lo hace. Pero quién sabe… quizá Theo solo esté expiando fantasmas del pasado. La soledad puede hacer mucho daño a una mente joven y cambiante como la suya. O tal vez haya un detonante oculto, algo que le impulsó a ser así y que desconocemos.
—¿Qué sabes tú de él? —preguntó Hermione con curiosidad tras meditar sobre sus palabras, doblando las rodillas para apoyarse en ellas.
—Poca cosa. Solo que ha acabado él solito con gran parte de mis compañeros de La Resistencia. Que hasta ahora nadie sabía cómo se llamaba. Nadie de mi lado, al menos. Que por regla general actúa solo. Que no le gusta la compañía, ni siquiera la de otros mortífagos o incluso mujeres. Que responde al apodo Sombra. Y también que nadie había logrado escapar de su varita hasta ahora. El Lord Oscuro no le usa como un sirviente más. Es su instrumento de captura y tortura particular. Ese chaval no mantiene prisioneros, y nadie sobrevive a sus interrogatorios.
Hermione cerró los ojos, mareada. ¿En qué momento algo había estallado dentro del estudiante aplicado y reservado que ella conoció una vez?
En ese preciso instante, como si hubiera estado esperando el segundo propicio para hacer su aparición estelar, el mismísimo Theodore irrumpió en la celda. Ya no llevaba la capa. En su lugar, vestía unos pantalones negros ajustados y una camisa color noche que tenía arremangada por encima de los codos. La combinación resaltaba sus ojos, que ese día poseían el color del más profundo océano, un tono frío y húmedo como un dibujo a acuarela. Y fueron precisamente esos ojos los que no tardaron en repasar con una larga mirada el cuerpo de Hermione, quien no logró disimular un escalofrío.
—Sal, Jefferson —dijo. Había recuperado su tono de voz del primer día, sosegado y bañado en gélida indiferencia.
Nathaniel apretó las manos de Hermione en un gesto de cariñoso aliento y después se puso en pie liberándose del agarre de la bruja, la cual trató infantilmente de retenerlo a su lado.
—Volveré pronto —le dijo él con una sonrisa. Pero ella no pudo evitar recordar en qué estado había regresado la última vez, y tuvo que morderse el labio para no ponerse a gritar.
Nathaniel pasó junto a Nott y salió fuera… solo que el chico no le siguió. En el pasillo, otro mortífago esperaba al muggle, y entre insultos y frases burlonas (que Nate le devolvió con temeraria maestría), se lo llevó.
Y eso dejó solos a Nott y Hermione.
Ella se puso en pie para enfrentarle desde una perspectiva más justa, pero los ojos de él seguían estando a una mayor altura.
Theodore se acercó despacio a Hermione, y ella alzó la barbilla, apretando los puños y preparándose para defenderse en caso de que él tratara de atacarla. Sin embargo, no se hacía ilusiones: sabía que si Nott sacaba la varita, poco podría ella que hacer al respecto.
Observó sus movimientos, tan ligeros y silenciosos que le hacían asemejarse a una pantera acechando. Era un asesino. Uno más. Otro más.
De repente, sintió un relámpago de adrenalina recorriéndola por dentro. Miles de imágenes se sucedieron de golpe ante sus ojos, rápidas e incontenibles, como un monstruo que lleva demasiado tiempo escondido y, una vez liberado, se niega a dormir de nuevo. Harry, Ron, Ginny, los gemelos, Luna, Neville, Hogwarts, sus padres, su propia casa vacía ya de fotografías con su cara, el profesor Dumbledore, Sirius Black, Nathaniel… demasiadas personas. Demasiados lugares y recuerdos. Demasiadas cosas que se habían convertido o se convertirían en meras reminiscencias en cualquier momento, porque sí, porque estaban en mitad de una guerra. De una maldita guerra en la que, como en todas, no habría ganadores, porque todos habían perdido ya algo.
Y ella estaba cansada de perder.
¿De qué servía ponerse en pie y luchar si al final no quedaba nada por lo que pelear? ¿De qué servía todo aquello, si es que tenía algún maldito sentido?
Hermione se apoyó contra la pared de la celda, sintiendo la humedad de una lágrima resbalando por su mejilla. Estaba llorando delante del enemigo, lo sabía, pero no le importaba. No era como si pudieran quitarle mucho más.
Tampoco habría sabido decir por qué de pronto estaba así, sintiéndose tan pequeña, tan débil y tan impotente. A lo mejor se debía a haber visto salir de allí a Nathaniel otra vez, quizás para no volver en esta ocasión. Se había hartado de ver partir hacia la muerte a sus amigos y familiares.
Cerró los ojos y permitió que otra lágrima escapara por entre sus pestañas apretadas. Por ella, Nott podía matarla en aquel preciso segundo. Total, otra muerte solo sería un nombre más en la radio. Una esquela más en el periódico. Una tumba más en el cementerio.
¿Importaba acaso?
Y entonces, lo sintió. El roce de los dedos de Theo, fríos pero gentiles, rozando su mejilla y secando sus lágrimas con un sencillo toque.
Hermione abrió los ojos despacio y se encontró con que él había avanzado hasta quedar a escasos centímetros de ella. Sobresaltada y confusa por su gesto, permaneció inmóvil, observándole. Él la miraba con una intensidad devastadora, casi como si quisiera devorarla allí mismo.
Hermione tragó saliva, sintiendo un cosquilleo en la palma de las manos.
—¿Por qué lloras? —preguntó él en voz baja.
—¿Estar aquí no te parece suficiente motivo? —respondió ella, luchando por no caer en la somnolencia templada a la que sus ojos le inducían.
Él apretó los dientes, y las suaves líneas de su mandíbula se remarcaron bajo la piel.
—¿Quieres volver con tus amigos? —preguntó entonces, bajando ligeramente los párpados. Ella se removió, inquieta.
—¿Qué clase de pregunta es esa? Claro que quiero volver con ellos.
Theo ladeó la cabeza. No le quitaba los ojos de encima.
—Si te quedas aquí, te matarán… —murmuró, más para sí mismo que para Hermione. Ella tragó saliva.
—Sí —susurró, sintiéndose estúpida—. Sí, eso también.
Theo suspiró. De pronto, su aspecto de asesino impávido había desaparecido, apagándose súbitamente como una vela bajo el mar.
Se parecía más que nunca al Theodore que Hermione recordaba, taciturno y apesadumbrado por sombras internas, dispuesto a sentarse a su lado para acompañarla en silencio durante horas. Y ella no entendía la razón de ese brusco cambio.
—Y supongo —dijo él, hablando terriblemente despacio— que querrás que Jefferson salga con vida de aquí.
Hermione frunció el ceño. Estaba ofuscada. No comprendía una sola palabra. ¿Por qué le hacía esas preguntas tan ridículas? ¿Qué más daba lo que ella quisiese? ¿Acaso tenía la opción de elegir?
—Por supuesto.
Theo asintió de nuevo, pensativo.
Y entonces, sin darle demasiadas vueltas, y sin una sola explicación, se inclinó hacia Hermione y la besó.
Ella jadeó, sorprendida, y se quedó estática sin saber cómo actuar, intimidada por la situación y por la potencia de sus movimientos. Pero finalmente alzó las manos apoyándolas en su pecho, no para apartarlo sino para sentirle cerca. Y con tímida aceptación, abrió la boca, permitiendo que Nott profundizara el beso sin dejar de acariciar los labios de ella con los suyos propios.
Al fin y al cabo, nada importaba ya.
Y lo que empezó siendo un ósculo salvaje y violento se transformó en algo lento, apasionado, casi dulce. Un baile entre sus bocas que podía parecer premeditado por su perfecta coordinación. Él cubrió las mejillas aún húmedas de ella con sus manos, y ella enredó sus dedos en los rizos de él.
Pero tan pronto como comenzó llegó a su fin. Theodore se apartó despacio y la observó con algo indescifrable titilando en el profundo océano de nebulosas azules que eran sus ojos.
Y dando media vuelta se alejó, dirigiéndose hacia la puerta.
—Espera —le detuvo ella. Nott se quedó quieto y giró la cabeza, mirándola de reojo. La luz del pasillo dibujó el perfil de su rostro con un hilo áurico. Había hundido las manos en los bolsillos del pantalón. Se veía tan alicaído, tan resignado, tan… vulnerable.
Hermione se dio cuenta de que no sabía el motivo exacto por el cual le había llamado. De que, en realidad, y siendo más genérica y sincera, no sabía nada, y punto. Así que bajó los ojos y murmuró sin tan siquiera imprimir en su voz un tono de interrogación:
—Por qué.
Él entrecerró los ojos, entendiendo las muchas preguntas que se escondían en esas dos simples palabras. Por qué me has besado. Por qué te has convertido en esto. Por qué actúas así. Por qué te fuiste sin decirme nunca adiós. Por qué jamás volviste. Por qué cambiaste.
Por qué.
Y lo que él dijo fue rápido y breve, respondiendo a todas las preguntas en una sencilla frase cargada de desesperación y anhelos rotos.
—Por ti.
Theodore Nott la miró una última vez.
Y después se volvió para salir y no regresar.
Años después, los detalles de lo sucedido aquella noche habrían de perder nitidez en la memoria de Hermione, quien apenas podría recordar con exactitud lo que había ocurrido.
Sin embargo, lo importante seguía ahí, adherido a su mente con una fuerza extraordinaria, negándose a soltarse para perderse en el olvido.
Aún lograba evocar el sonido de las pisadas en mitad de la noche. Unos dedos largos y finos cerrándose en torno a su brazo para despertarla y sacarla de la celda. Susurros apremiantes, pasos acelerados, pasillos y más pasillos que se abrían ante ella para desaparecer a sus espaldas. Escaleras arriba, escaleras abajo… y finalmente, aire frío, puro, límpido como un arroyo de agua revitalizante. El cielo inmenso sobre ella, cuajado de estrellas y de sueños, y ese delicioso sabor a libertad llenándole la boca. Nathaniel a su lado, malherido y aún cojo, pero vivo. El traslador lanzando brillos argentados a la aterciopelada oscuridad.
Solo tenía que alargar la mano, y tanto ella como Nate se irían de allí. Estarían a salvo, lejos de Malfoy Manor y de todo aquel dolor.
Pero Hermione no había podido evitar girarse antes de desaparecer junto al líder de La Resistencia. Quería mirarle una vez más, porque quería darle las gracias. Y porque necesitaba asegurarse de… de todo. Y porque sabía que sus destinos nunca volverían a cruzarse. Jamás.
Él seguía allí, con el pelo negro revuelto por la carrera y la varita apretada en un puño. Detrás, en Malfoy Manor, varias ventanas empezaban a encenderse. Los mortífagos ya sabían que habían escapado, y no tardarían en salir a buscarlos. Sabrían que había sido él. Sabrían que les había ayudado. Y parecía que nada podría importarle menos.
Sí, Hermione Granger recordaba a la perfección esa mirada final que él le había regalado. Sus ojos azules fijos en los de ella, diciendo tantas cosas, tantas… muchas más de las que jamás hubiera podido pronunciar en voz alta.
Y ante todo, esa mirada era un adiós. Su último adiós.
Mientras los dedos de Hermione rozaban el traslador y el cielo, el bosque y la mansión desaparecían a su alrededor, ella quiso volver atrás aunque solo fuera un segundo.
Pero era tarde.
Y, de todas formas, ¿qué más daba? Ya estaba todo dicho.
No con palabras, era cierto… aunque eso no era importante. Al fin y al cabo, ellos siempre se habían entendido mejor en silencio.
Pero no un silencio cualquiera, sino el que esconde mil significados y no incomoda en absoluto.
El silencio que une.
El silencio que ata.
Su silencio.
Hum... ¿hola? Sí, ese es el final de mi fic. ¿Os ha gustado? ¿Sí? ¿No? ¿Mucho? ¿Nada? ¿Lo normal? Me encantaría saber vuestra opinión.
Este ha sido mi primer Theo/Hermione, y bueno... me gustaría saber qué os ha parecido. ¿Algo que creáis que hubiera sido mejor cambiar o poner de otra forma? ¿Vuestra parte favorita? ¿El personaje que más os agradó? Cualquier detalle que queráis contarme me ayudará.
Así pues, y dicho esto, me despido. Contestaré a todos los reviews que me dejéis en este capítulo. A los guests (sin cuenta): si queréis que os dé una respuesta, dejadme un correo o alguna forma de contactar con vosotros.
Muchísimas gracias si habéis llegado hasta aquí. Cada lectura me ofrece un apoyo inigualable. De verdad: gracias.
Un abrazo enorme, y hasta pronto.
MA.B
EDITO: ESTE FIC TIENE VERSIÓN EXTENDIDA. Si queréis saber más sobre la historia de Theo y Hermione, el pasado que compartieron juntos, la estancia de Hermione en las mazmorras y su amistad con Nathaniel, buscad el fic "Silencio" en mi perfil. El argumento es más o menos el mismo, pero mucho más lleno de nuevas aportaciones y escenas interesantes que aquí no he podido poner. ¡Os espero!
