Los Diarios de Grace Andrew
Historias dentro de la historia
Angie Jb /Angelina Velarde
2009 - Editado 2015
Parte 4
"18 de Mayo de 1816
¡Dios mío!... ¡el mundo se me vino encima! Estoy tan nerviosa. Sabía que esto sería difícil, pero se ha tornado casi agónico. Apenas habíamos terminado de cenar y unos golpes resonaron en la puerta. Mis padres se miraron intrigados, era extremadamente raro recibir visitas a esa hora… a menos que fueran malas noticias. Suponiendo lo peor, mi madre dijo: "Debe ser una emergencia. John por favor, abre la puerta"
Robert apareció en el umbral con esa distinción natural que me postraba inmediatamente sin necesidad de mediar palabra. Salté de mi sitio con una mano aferrada a mi corazón. Ethel ya estaba acostada. Mis padres se miraron sin entender que estaba haciendo el joven Andrew a su puerta. Robert carraspeó un poco antes de empezar a hablar:
"Buenas noches Sr. y Sra. Sinclair. Me disculpo por presentarme sin haber anunciado previamente mi visita, pero es menester imperioso hablar con ustedes. Les ruego me puedan otorgar unos minutos de su tiempo"
Mi padre simplemente se hizo a un lado permitiendo el paso a Robert, quién ladeó un poco su cabeza para poder entrar, dada su altura. La habitación se empequeñeció aún más con su presencia. Robert se veía contrariado y desencajado. Mis padres no se atrevían a preguntar nada y yo no quería ni respirar. Me hubiera gustado disolverme en el aire para que no advirtieran mi turbación y al mismo tiempo no me habría alejado por nada del mundo. Sentí unos deseos enormes de abrazar a Robert, aunque nunca lo había hecho. En mi nerviosismo retrocedí un paso y… ¡esta suerte mía!, tropecé con la silla que al caer resonó en el piso con un fuerte golpe seco, mientras yo me aferraba a una orilla de la mesa tratando de conservar el equilibrio y de no seguir el mismo destino de la silla. Lo que había querido evitar se me vino encima de inmediato. Capturé la atención de todos.
Mi madre entornó los ojos llevándose una mano a su frente, al tiempo que movía la cabeza hacia un lado y otro. Mi padre, por el contrario comprendió de súbito y enarcó una ceja clavándome la pregunta que tanto temía responder. Yo me mordí un labio y bajé la cabeza, asintiendo levemente y dedicándole una mirada húmeda con temor. Robert me miraba con ternura sonriendo de lado. Su rostro se relajó y al mismo tiempo tuvo la virtud de tranquilizar mi ánimo. Mi padre se percató de nuestro mudo intercambio de miradas y confirmó sus sospechas con tribulación. Se veía afligido. Me imagino todo lo que pasó por su mente. Robert también lo notó.
La cortesía pasó a segundo plano. A mi madre le extraño que de pronto mi padre se quedara petrificado, pero él ya había adivinado los motivos de la visita de Robert. Él retomó la palabra dirigiéndose a mis padres
"Hubiera preferido hacer esto con la formalidad que requiere porque no tengo nada que ocultar, y mis intenciones son serias y honorables… No pretendo ofender su dignidad al venir sin la presencia de mis padres, pero dadas las circunstancias me he visto obligado a actuar de este modo… yo debo confesarles que desde hace tiempo ¡mi corazón pertenece totalmente a su hija Grace!"
Mi madre dio un pequeño grito y se aferró al brazo de mi padre. Yo había permanecido con la cabeza baja porque estaba realmente nerviosa, pero al sentir la mirada inquisidora de mi madre no pude hacer sino levantar el rostro para confirmarle que Robert era totalmente correspondido en ese afecto. Él seguramente se había metido en un dilema tremendo al plantear este asunto en su propia casa. Y sin embargo, venía aquí buscando la manera de hacer nuestro amor realidad, salvaguardando mi honor y el de mi familia… ¡Cuánto lo amo!
"Joven Andrew… lo conozco desde pequeño y sé que es usted un hombre cabal, lo cual de entrada me tranquiliza pero solo un poco, porque asumo que sus padres no están de acuerdo en esta relación que usted pretende con mi Grace… De hecho se oponen ¿no es cierto?" dijo mi padre con voz firme y acercándose a Robert. Robert asintió con gravedad
"Y sin embargo" – continuó mi padre – "aquí está usted desobedeciendo las órdenes de sus padres, faltando a su deber de hijo y al honor de su propia familia… y todo por mi niña" – mi padre calló por un momento y después esbozó una leve sonrisa, suficiente para disminuir la tensión en el ambiente.
"Sr. Sinclair" – respondió Robert con sinceridad- "estoy aquí ante ustedes desnudando mi alma. Efectivamente, mis padres se oponen pero por Grace yo soy capaz de todo. Sé que esta situación complica muchísimo un cortejo normal, pero necesito pedirles su paciencia y apoyo para llevar a cabo lo que tengo planeado…"
"Grace" – me llamó mi madre por primera vez desde que Robert entró – "ven conmigo"…
Yo fui tras mi madre con la mente en blanco y las manos temblando. Mi padre y Robert nos observaron hasta salir de la habitación. En el patio, ella me tomó por los hombros y me obligó a verla a la cara. "Grace confío en ti hija. Sabes cuánto te quiero. Doy por sentado que correspondes a los sentimientos del joven ¿verdad?" Yo asentí en silencio, mi madre debe haber leído en mis ojos el miedo y la emoción que me rebasaban y me abrazó con fuerza. Luego me dijo: "¿Estás consciente de todo los problemas que tendrás cuando se te vengan encima los Sres. Andrew? Conozco bien a la Sra. Mildred. Nunca te aceptará. Siento que te estoy empujando al patíbulo en el día de tu petición de mano, que debía estar lleno de buenos augurios y felicidad…"
"Madre" – empecé a hablar con una seguridad desconocida para mí – "yo sé que no será fácil defender este cariño, pero de todos modos estoy dispuesta a hacerlo. No me importa que su familia reniegue de mí. Lo único que me mataría lenta y dolorosamente sería vivir sin Robert y que ustedes me dieran la espalda…"
Ella me abrazó fuertemente, acarició mi cabello como cuando era pequeña y me sonrió llorando. Después de unos minutos en silencio tomando mis manos, nos refrescamos un poco el rostro, y me acompañó al interior de la casa, donde Robert y mi padre sostenían una conversación intensa en voz baja. Cuando nos vieron aparecer, Robert se puso en pie. Miró a mi padre y él asintió concediéndole calladamente permiso para acercarse y provocar que el corazón casi se me saliera por la boca. Robert puso una rodilla al piso y tomó mi mano. Su ronca voz acarició mis oídos: "Grace, ¿quieres ser mi esposa?"
Yo no podía quitarle los ojos de encima, las lágrimas fluyeron desahogando toda la tensión acumulada y le sonreí llena de felicidad. No sé como pero por fin escuché mi voz a lo lejos, como si no fuera yo quién respondiera: "Con toda el alma Robert"
Él sonrió alborozando mis sentidos. Sé que deseaba besarme como yo misma lo ansiaba, pero hubiera sido desatinado, atrevido e irrespetuoso hacia mis padres, quienes dentro de su pasmo nos apoyaban. Nunca dejaré de agradecérselos.
Robert se irguió, deslizando su mirada de mis ojos a mis labios. El rubor me llegó a las orejas y me cubrí las mejillas como una niña ¡soy tan infantil! Él sonrió con mayor soltura, al parecer divertido de mi reacción y mi gesto de bochorno, y me dijo simplemente "Te escribiré Grace. Volveré por ti mi amor, no lo dudes nunca…"
Luego se despidió de mi madre con otra reverencia y por último de mi padre, quién estiró su mano para recibir un fuerte apretón, antes de salir de mi hogar y cambiar nuestras vidas para siempre. Yo moría por saber lo que Robert habló con mi padre, a dónde iba, cuánto tardaría. Pero mi padre se acercó y me dio un tierno beso en la frente, para luego ordenarme que me retirara a la habitación que compartía con Ethel. Obedecí con diligencia, aunque no pude dormir hasta muy avanzada la madrugada. Estaba feliz… Robert había pedido mi mano ¡Dios mío… no nos desampares!
6 de Febrero de 1817
El siguiente día después de la partida de Robert, me enteré finalmente lo que le confió a mi padre esa noche. Tanto la Sra. Mildred como el Sr. Wiston Andrew reaccionaron con encono cuando les confesó que se casaría con una doncella sin recursos. Tras varios reveses económicos sus padres veían en su matrimonio con Lady Margaret una viable solución para rescatar a la familia Andrew, que estaba al borde de la bancarrota. La Sra. Mildred se violentó a tal grado que le juró a Robert hacer lo imposible por impedir nuestra unión. Su padre fue más prudente, e intentó convencerlo con diplomacia de las ventajas sociales y económicas que representaba una unión con Lady Margaret. Robert resistió la embestida de sus padres y terminó por salirse de su casa.
Según sus planes, partió al norte de Escocia donde su tío Stephan, para forjar nuevamente su fortuna apoyado en los negocios mercantiles de venta de granos y aceites en esa región de Escocia, en Irlanda e Inglaterra. Robert nunca reveló mi nombre a sus padres previniendo represalias, así que durante meses hemos estado cobijados por el anonimato. Desde su partida, me escribe religiosamente hasta dos o tres veces por mes, firmando con un nombre inventado para mayor protección. Entre líneas adivino su buen sentido para los negocios y el esfuerzo que todo ello le exige. ¡Me siento tan orgullosa!... Espero sus cartas devotamente y las releo una y otra vez. Cuando regrese, nos casaremos frente a todos y sin nada que ocultar,... no importa cuánto tarde, yo lo esperaré…
Hace tiempo que no tomaba mi diario precisamente porque contestar las cartas de Robert, se ha convertido en mi día a día. Porque mi historia ya no es solo mía…
No sé por qué eligió ese nombre con el que firma las cartas,.., quizás porque nadie en su familia lo ha llevado... me gusta cómo suena…
Cada carta firmada por R. Albert A. Wyatt ilumina mis días"
Elroy dejó de leer…
De pronto se sintió tan poca cosa, tan obtusa… tan tonta…
Su abuela, la magnífica, distinguida y refinada señora Grace Andrew… ¡había sido parte de la servidumbre de la familia en Escocia!… pero ¿por qué nadie lo dijo nunca?...
Si bien es cierto, la abuela Grace nunca ocultó a su hermana Ethel quién aún vivía en una pequeña y hermosa villa en las cercanías de Aberdeen, la misma casa que habitó con sus padres. Elroy recordaba lejanamente a su bisabuela, una viejecita pequeña que conservó su elocuencia y sensatez hasta los últimos días de su vida… Elroy supuso que siempre habían vivido ahí. Cuando escuchaba a su abuela Grace hablar de su vida, de sus padres, de su habilidad para hornear el tradicional oatcake de Escocia, Elroy siempre lo vio como una extravagancia para pasar el tiempo y no como su modo de vida.
La anciana se preguntaba y se contestaba en un soliloquio frío y revelador, concluyendo, atando cabos, aclarando su mente una y otra vez, recordando la personalidad transparente de Grace Andrew: para su abuela había sido intrascendente comentar su origen modesto, porque simplemente no lo consideraba importante… ella los amaba así, tal cual eran… No precisaba dar explicación alguna.
Ahora entendía por qué su abuela nunca hablaba de la madre de su esposo ni para bien ni para mal, como si no hubiera existido… por qué su abuelo Robert a pesar de amar su natal Escocia con el alma, había decidido cambiar su residencia a América poniendo un océano de por medio entre su esposa e hijos y su madre, primero de forma temporal y luego permanentemente, estableciéndose en Lakewood en 1820, cuando su primogénito William tenía cerca de un año… El abuelo Robert, un decidido y valiente hombre que además de recuperar la fortuna de la familia, enfrentó todo antes que perder a la mujer que amaba…
Su abuela se lo repetía constantemente desde que podía recordar: "no te confundas querida Elroy, la sangre es la sangre… pero es más importante el corazón que la mueve… "
Elroy se parecía físicamente a Grace, pero nunca congenió completamente con ella, muy a su pesar. Era más que evidente la compatibilidad de caracteres de la abuela con su hermano William, el padre de Albert. Él siempre estuvo más a la altura de Grace, que la misma Elroy. Muda de celos los veía platicar sin descanso por horas y no podía evitar sentirse relegada y excluida, aunque ello ocurría precisamente por decisión de la misma Elroy. Elroy deseaba fervientemente ser como su abuela, pero le faltó humildad para entender la simplicidad de las palabras de Grace Andrew…
"TÚ, HAS LLEGADO A ENCENDER CADA PARTE DE MI ALMA, CADA ESPACIO DE MI SER.
YA NO TENGO CORAZÓN, NI OJOS PARA NADIE. SOLO PARA TÍ" 1
El salón más elegante del Grand Hotel de Chicago estaba impecable. La decoración sencilla y exquisita daba una atmósfera cálida a los pocos invitados que llegaron puntuales a la cita. Albert fue muy selectivo. No deseaba un evento multitudinario lleno de personas a quienes poco les importaría el enlace anunciado. Incluso omitió de la lista a Elisa y a Neil Leegan, pero estos se habían presentado con la misma cara dura de siempre.
Elisa observaba sin disimular su extremo odio a Candy, y cuando la vio recibiendo a los invitados junto al tío William poco le faltó para abofetearla descargando así años de coraje contenidos. "¡La huérfana será ahora nada menos que la Sra. Andrew…! ¡Estupideces! Somos la burla de todos…" mascullaba para si misma la pelirroja mientras vaciaba la fina copa de champaña de un solo trago. Elisa sonrió con maldad. Por lo menos la ausencia de la tía Elroy evidenciaba el desacuerdo de la familia en esa unión, y le daba pie a ella para continuar con su campaña permanente de desprestigio hacia Candy, no importaba que fuera el mismo tío William quién la defendiera. Para la mayoría de los invitados no pasó desapercibida la falta de la tía Elroy en tan importante acontecimiento. No, no todo estaba perdido. Elisa acechó a Candy, hasta que pudo ubicarse a su lado, y entonces sin recato y prudencia alguna de modo que los comensales que se encontraban cerca pudieran escucharla también, le espetó en voz alta, aplaudiendo con impertinencia:
- Candy, Candy, Candy... ¡Claro que tienes mucho por qué festejar! ¿no es así?... la arribista llegó precisamente hasta donde lo planeó, años tras el botín manipulando todo a tu paso... Pero mira al parecer, no te será tan fácil… Es obvio que para esta familia jamás serás una verdadera señora Andrew…
Albert quién vigilaba lógicamente todos los movimientos de los Leegan, se acercó diligentemente hacia Candy cuando Elisa atravesó el salón desde otra dirección. Escuchó cada palabra que desató la lengua viperina de Elisa, tornada más veleidosa bajo los efectos del alcohol y la frustración. Candy se había ruborizado, pero sostuvo la mirada de Elisa. No era el momento para contestar nada. No tenía caso al menos. Era igual que entablar un monólogo con el retrete del baño de señoritas. Albert, quién ya se encontraba junto a Candy, miró fríamente a Elisa y cuando estaba a punto de pedirle que se retirara del lugar, a su espalda resonó una conocida voz fuerte y clara…
- Te equivocas Elisa, Candy será toda una señora Andrew…
Elroy se acercó a Elisa sin decir una palabra más, sosteniendo su mirada asustada fijamente, hasta que la chica no pudo soportar más la obvia reprimenda pública de la que era objeto, y salió a toda prisa del salón, seguida por su madre Sara quién había permanecido muda de asombro y miedo desde el principio. Albert estupefacto tomó la mano de Candy con fuerza, pues incluso tras las inesperadas palabras de la tía Elroy, dudaba seriamente de sus intenciones, pero George lo tranquilizó de forma inmediata con un gesto sutil.
La tía tomó la palabra.
- Deseo hacer extensiva una sincera disculpa por mi retraso, a todos ustedes amigos y socios de la familia, que nos hacen el honor de acompañarnos en tan importante acontecimiento. Cuestiones de salud y de mi edad que estoy segura, sabrán disculpar… En todo caso…
…Es para mí un honor recibirlos en nombre de toda la familia Andrew, para atestiguar con su presencia el compromiso formal entre la señorita Candice Whitte y William Albert Andrew, aquí presentes, a quién amamos profundamente y cuya unión, sobra decirlo, nos satisface sobre manera a todos.
Los aplausos no se hicieron esperar. Albert y Candy se miraron mutuamente presas del asombro, dejando escapar un suspiro profundo que liberó horas y días de preocupación. El milagro había ocurrido. Candy se adelantó para abrazar a Elroy, pero se detuvo un poco antes de llegar a ella. Con una sonrisa sincera hizo una caravana tomando su falda, mostrando sus respetos a la tía Elroy. La tía la miró un momento y luego tomó ambas manos de la joven y le susurró un simple y significativo: SEA. Luego se volvió hacia Albert y ahí sí, no pudo reservar un par de lágrimas. Él se fundió en un abrazo largo y cariñoso a su tía, el cual terminó por desarmar a la anciana por completo. Archie sonreía todavía sin poder creer todo lo que estaba sucediendo.
Después de unos minutos de algarabía, y el desfile de felicitaciones de la concurrencia, la música del cuarteto de cámara empezó a tocar impecablemente inundado todo el lugar. Albert se abrió paso entre los invitados y caminó resuelto hacia Candy extendiéndole su mano. Ella posó la suya encima y empezaron a bailar el primer vals oficial de su nueva vida. Él tomó su cintura atrayéndola suave pero firmemente. Candy alzó su brazo a la altura del hombro de Albert y lo acarició sobre el impecable saco del traje corte italiano que él portaba… la elegante falda de seda lila, con su amplio vuelo los envolvió en cada compás cadencioso de la melodía. Minutos después, algunas parejas de los más allegados empezaron a girar acompañando en su primer baile a los festejados, quienes parecían no darse cuenta de nada.
Candy sonrió ante una idea inesperada y luego miró a Albert, y en tono de fingida amenaza le dio:
- Albert, aún ahora estás a tiempo de reconsiderar toda esta locura… podemos alegar desvarío o demencia a tu favor… Te estás acercando al límite,... después no te dejaré ir…
La expresión de Albert se iluminó y dejó escapar una carcajada breve y con disimulo. Las palabras quedaron flotando en el aire mientras continuaban bailando. Ella esperaba su respuesta, pero él no hacía más que mirarla, memorizando cada detalle de su rostro, sin dejar de bailar. La atrajo más a él, apretándola con delicadeza.
- Creo que correré el riesgo… la tentación es más grande que la voz recurrente de mi instinto de supervivencia… – respondió al fin Albert con una sonrisa que la cautivó – Pero, ¿no será que lo preguntas porque tú misma estás dudando?, ¿Cuáles son tus razones para no salir corriendo, lejos de todo ésto, de los Leegan, de la tía Elroy y de mí? …Candy ...¿Por qué yo?
- ¿Por qué tú Albert? – repitió Candy, rendida a él, con seriedad– Por decenas de noches de insomnio tras tu voz. Por montones de días sometida a la locura repitiendo tu nombre y mirando tus ojos en todo lugar. Por el sabor que imaginé de tus besos, y por todos los besos que ya hice míos, por los abrazos acumulados desde el pasado en las colinas del bosque de Lakewood, por cada esquina de Chicago, por los benditos rincones de mi departamento… Por la forma en que me ves, por que te descubro y por que te reconozco, por un camino que no imagino sin ti… Por lo que ansío descubrir contigo, por las tardes y los atardeceres juntos,… los amaneceres... - Candy lo miraba enamorada - Por todo ello que me pertenece, y que he ganado en buena lid…¿Por qué tú?... ¿Y por qué no?... ¿A quién más puede pertenecer mi corazón?...
Albert la abrazó alzándola un poco antes de que terminara el vals. Tomó su mano emocionado y se la llevó a los labios...
- Tienes varios besos guardados para mí Candy - dijo él tratando de controlarse - ahora no te besaré los labios, justo ahora... pero los recuperaré a la primera oportunidad
- Es una promesa - contestó ella con firmeza...
En un extremo del salón, George tomaba un sorbo a su copa con la sonrisa plena de quién sabe que todo va bien.
Siempre había respetado la sagacidad y sensibilidad del Sr. William Andrew, padre de Albert. Y ahora confirmaba nuevamente la previsión y su capacidad de ver más allá, hacia el futuro. Albert era un bebé apenas, cuando el Sr. William llamó a George al privado y le pidió como un favor muy personal que conservara los diarios de Grace Andrew en un lugar seguro. Sabía que serían útiles tarde o temprano, por lo que además le pidió explícitamente que los leyera y se sintiera con la total libertad de utilizarlos cuando lo juzgara pertinente. La abuela Grace, que los había guardado celosamente por años para salvaguardar sus memorias, su origen y su gran amor, antes de morir había confiado a William su tesoro más querido, y William hizo lo propio con el fiel George. La abuela Grace consideró que Elroy no estaba preparada para saber, precisamente porque no quería saber. Llegado el momento, tendría la madurez para entender…
George no le había comentado nada a Albert con respecto a la existencia de los diarios. Ahora el secreto le pertenecía a la tía Elroy, pero George por el cariño que profesaba a Albert, estaría atento para hablar si la situación lo ameritaba. Aunque tenía fe en que no sería necesario, y sabía que llegado el momento, esos diarios llegarían a las manos de Albert, donde debían estar.
Una voz interrumpió sus pensamientos.
- ¿Tendremos alguna otra sorpresa de su parte Sr. Johnson? – murmuró la tía Elroy acercándose a un costado de George, mientras observaba sin ver a las parejas bailando, el flujo adecuado de las personas, el servicio de bebidas y demás labores propias de una anfitriona.
- Eso es totalmente posible, Señora Elroy… – contestó George sin perder la seriedad de su semblante.
- Perfectamente… – Elroy sonrió apenas y dedicándole una breve mirada de satisfacción, se alejó, para continuar atendiendo a los invitados.
Notas del autor
Este es mi séptimo minific a partir de la historia de Candy y Albert dentro de lo que he llamado "Historias dentro de la historia". Escrito en 2009, editado en 2015
En "Los Diarios de Grace Andrew, ¿Porqué Albert?…", los subtítulos marcados en azul fueron tomados de la letra de la canción "Solo para ti" (1) de Camila, El resto del relato es inédito, cualquier semejanza con otros fic o relatos de Candy, es mera coincidencia.
