El trabajo de un sastre


Inspirado en un episodio de FRIENDS.


SASTRE PERSONALIZADO

"Donde la sastrería es un arte"

Fundado en 1975

Tony Stark miró el anuncio con una pizca de escepticismo. No tenía tiempo para probar en otro sitio, y aquel lugar venía con el sello aprobatorio de un amigo.

Mediante un largo suspiro, se adentró en la tienda.

Durante toda su vida, él tuvo su propio sastre de confianza. Uno que, lamentablemente, acababa de fallecer.

Luego de un aceptable periodo para llorar la pérdida, y dado que empezó a urgirle un traje nuevo, entallado y a la medida, por fin decidió escuchar recomendaciones. Además, el establecimiento se encontraba bien calificado, según internet.

El agradable golpe de aire acondicionado fue lo primero que recibió. Tras examinar la propiedad de cabo a rabo, llegó a la conclusión de que no estaba tan mal. Estaba limpio, por lo menos, aunque ligeramente desordenado. Hileras y filas de sacos, pantalones y telas de toda clase abundaban el pequeño espacio.

Había un sólo y gran problema: estaba vacío.

—Hola, un cliente, saludos —intentó, y al hacerlo su voz hizo eco.

De repente, se escuchó un fuerte ruido detrás de la puerta que daba con la oficina, como si una avalancha de algún desastre tocase el suelo al mismo tiempo. Oyó una maldición y múltiples bufidos. Con la ceja levantada, Tony esperó a que el sastre apareciera.

Excepto que no era el sastre de la tienda. Era sólo un muchacho.

—Lamento mucho eso —resopló el niño—. Espero no haberlo asustado, señor —Al igual que su apariencia, la voz que salía de su boca denotaba juventud y naturaleza enérgica y un tanto nerviosa.

—¿De qué magnitud era el terremoto? —preguntó Stark.

—200 kilos de corbatas empaquetadas.

—Ten más cuidado.

—Lo lamento —repitió—. No esperaba clientes esta semana.

—Talvez deberían poner un timbre en la puerta. O en el escritorio. Algo que anuncie llegadas.

—Tiene toda razón, señor, lo lamento —el chico era adulador y con ganas de agradar, se dio cuenta Tony… Y también era razonablemente lindo—. ¿En qué puedo ayudarle?

—Oye, no lo sé, viejo —exclamó él, dando la vuelta sobre sus talones para mirar la tienda—. Estoy en medio de una sastrería sin timbre, ¿qué crees que necesito?

—Sí, sí, tie-tiene razón —sonrió apologéticamente. Mierda, se veía más lindo cuando estaba avergonzado—. Lo, lo lamento, señor. ¿Qué clase de tela está buscando? Tenemos de toda la variedad, conforme a las temporadas y para climas templado y fríos —También se recuperaba rápido del bochorno, observó. Tony no pudo reprimir una sonrisa.

—Ahora estamos hablando —en lugar de responder a su pregunta, dio media vuelta y caminó por la estancia—. ¿Cuándo vendrá el sastre?

—Yo soy el sastre.

Tony se detuvo en seco. Giró la cabeza.

—Qui-quiero decir…—otra vez se abochornaba—. Mi padre es el sastre, yo soy su asistente —aclaró.

—Ah, eso tiene más sentido —Tony retomó su caminata con las manos agarradas por la espalda—. Dile a tu padre que lo estoy esperando, niño.

—Se encuentra enfermo, señor. Yo estoy a cargo hasta que mejore.

Otra vez se detuvo.

—Lamento escuchar eso. ¿De qué está enfermo?

—Tos crónica.

—Dale montones de jarabe.

—Está hecho —respondió alegremente el chico—. Tres cucharadas, píldoras y un maratón de Star Wars: del episodio 1 al 3. Dormirá hasta el lunes.

También era gracioso y nerd. Tony dejó de caminar sin rumbo para ponerse delante del muchacho. Hasta ese momento, no había reparado en los pómulos teñidos de rosa, la barbilla recta, las cejas despeinadas y los ojos tremendamente abiertos, con sus respectivas pupilas dilatadas.

—De acuerdo —cedió al fin—. No suelo dejar que un niño ponga las manos encima de mis trajes, pero tú te ves competente —y apetitoso, añadió en silencio—. Escucha con atención: necesito seis trajes de lana, dos de lino y uno de seda. Los de lana serán de tipo cachemir, merino y angora, dos cada uno. Los colores quiero que sean Azul Marino, Azul Marino con rayas blancas, Azul Cuadro Ventana, Gris Jaspeado, Liso Negro y Cuadro Ventana Rojo. Los de lino los quiero Beige, ambos. El de seda un clásico rojo con terciopelo. Y agrega tres chalecos Negros y dos Azul Medianoche. Las corbatas las decidiré el día en que lo tengas todo.

No se molestó en hacer pausas para respirar. Él siempre hablaba rápido y con filo. Se vio ante la odiosa perspectiva de tener que repetirse.

—A la orden, señor.

El muchacho no pareció turbado ni vaciló en ningún instante cuando regresó a la oficina y apareció con una cinta y algunos rollos de tela, exactamente los que Tony solicitó.

—Colóquese delante del espejo, por favor. Voy a tomar sus medidas.

Tony observó sus movimientos torpes y apresurados, pero seguros. El chico, pensó con sorna, tenía talento: aunque los dedos le temblaran, medía con precisión y era capaz de memorizar las tallas sin anotarlas. Aunque tropezaba con sus propios pies, era cuidadoso con lo que hacía con sus manos.

Le hizo gracia notar que el niño evitaba el contacto visual a toda costa. Al pedirle que extendiera los brazos para tomarle medida, lo vio tragando saliva. Cuando le rodeó la cintura con la cinta métrica, casi podría jurar que sintió sus latidos sonando como un tropel de batalla. También se percató de que tenía contenido el aliento.

—Puedes respirar, chico —dijo Tony divertido—. No muerdo. Tanto.

El chico lo miró a los ojos para desviarlos casi al instante. Después exhaló un trémulo suspiro.

—Usted es un poco intimidante, señor —admitió en voz baja.

—¿De verdad? —preguntó Stark con tono incrédulo e inocente.

—Sí, bueno —aclaró su garganta—. Ha salido en miles de portadas de revista, y han hecho documentales de su empresa. Tiene una fortuna. Eso suele intimidar a la gente ordinaria como yo.

—Una cosa es el hombre de las revistas que coleccionas y otra cosa es el hombre parado frente a ti —replicó Tony—. Ahora que lo pienso, sí, es lo mismo. ¿Qué puedo decir? Soy genial.

Pero el chico no se rio, y con labios temblorosos, farfulló:

—¿Co-colecciono? No, no, yo no…no colecciono esas revistas.

—Oh, perdona. Tienes la cara de alguien que guardaría mis fotos debajo de la almohada… —Y entonces le guiñó el ojo. Había suficientes insinuaciones en su voz, y el niño se sonrojó de la manera más encantadora, mordiéndose el labio y evitando su mirada. Tony sonrió burlonamente.

Incomodar a las personas mediante su coquetería natural era uno de los placeres no tan secretos de Tony Stark.

—Voy-voy a medir sus piernas ahora, señor. —dijo Peter, después de unos momentos de pesado silencio, que Tony tradujo a tensión sexual—. ¿Cómo quiere el dobladillo?

—Pegado a los talones.

Mientras el chico se ponía de rodillas, Tony sonrió para sí mismo. Una agradable imagen estaba cruzando por su mente. Pensar en lo joven que era el chico no le molestó en absoluto. Las fantasías no te llevan a la cárcel, no que él supiera.

Cuando terminó de medir la anchura de sus tobillos, se dedicó a medir el largo de las piernas.

Miró hacia el frente, decidido a guardar aquella vista en su disco duro. El tacto de unos finos dedos recorriendo la extensión de sus piernas también era una sensación agradable para memorizar. Tal vez podría contratar al muchacho para que fuera su sastre personal. Un trabajo inocente y respetable por supuesto. No tenía nada de malo, se dijo. No era como si fuese a romper la ley sólo porque no podía controlar sus ganas de flirtear. Simplemente le gustaba vivir a base de placeres sencillos.

Mientras más lo iba pensando, más le gustaba la idea.

Hasta que su sonrisa, al igual que sus pensamientos, se desvanecieron.

¿Qué carajos?

Se quedó estático. Renuente a aceptar lo que había ocurrido. Hasta que sucedió nuevamente.

Bajó la mirada.

Sí, no eran imaginaciones suyas.

El chico estaba manoseando su entrepierna.

Sus dedos palmeaban, exploraban el entalle, una fracción de tela más de la cuenta, de una manera que cualquiera consideraría descarada.

Tony ahogó con dificultad un sonido gutural, que provocó que el joven le lanzara una mirada risueña.

—¿Quiere un poco de agua?

—No, no.

Por espacio de unos segundos, pensó que había cometido un error al decidir que el niño era tímido.

Su polla, contra todo buen juicio, reaccionó a los toqueteos. El fuego se extendió por el cuerpo del hombre.

Si aquello era una broma, el chico no sabía con quién se estaba metiendo. Si se trataba de un anzuelo para empujar a Tony fuera del límite de su autocontrol, lo había mordido.

A la mierda todo.

Comenzó por acariciar el cabello del niño gradualmente. Tal y como esperaba, el chico alzó la mirada.

—¿Señor?

Tony sólo sonrió a medias, y con una mirada y levantamiento de cejas, lo conminó a que siguiera con el trabajo.

Mientras tanto, su polla estaba empezando a sentirse sofocada en sus pantalones. No podía dejarla ahí toda la vida, ¿o sí?

Sin que el muchacho se diera cuenta, bajó el cierre de sus pantalones, retiró la estorbosa banda elástica de los bóxers, y por fin liberó a Tony junior.

—¿Cuántos años tienes, chico? —Qué curioso resultaba preocuparse por la edad, pensó con ironía, ya que había desenfundado la espada.

Completamente ajeno a lo que se endurecía arriba, el chico soltó una risita desde los tobillos de Tony.

—Tengo edad suficiente para hacer este trabajo. Aprendí a remendar desde los seis años y… —Se interrumpió de golpe al levantar la cabeza. Su expresión mudó de sorprendida, perpleja, a completamente aterrorizada, en tres etapas bien definidas.

—Haces muy bien tu trabajo —dijo Tony—, y mereces que se te pague igual de bien. Adelante. Yo invito.

Todavía con los ojos como platos, el niño respondió:

—Señor… nosotros no ofrecemos esa clase de servicios.

A Tony le sorprendió la firmeza que transmitía su voz, a pesar de que sus mejillas adquirían el color escarlata, tímido, encendido, y malditamente hermoso.

—¿Estás seguro? Porque podría jurar que un minuto atrás tus manos se pusieron demasiado traviesas sobre mi entrepierna.

—Ese…ese es, ese es mi trabajo…—tartamudeó—. Así se hacen los pantalones.

—Sí, claro.

Empujó su polla contra sus labios. Como el chico no abría la boca, lo agarró por la barbilla y lo alzó para que lo viera.

—No hagas las cosas difíciles para ambos, muñeco. Sé que lo estás deseando; de otro modo ya te habrías puesto en pie y me hubieras pedido que nunca regresara a tu tienda. Pero mírate. Aun de rodillas, aun respirando cerca de mi polla. Abre más tu linda boca.

Aún medio aturdido, el niño parecía estar luchando consigo mismo. Miró a la puerta de entrada.

—Nadie vendrá —dijo Tony, adivinando sus pensamientos—. Tú mismo dijiste que no esperabas clientes. No uses esa excusa conmigo. De hecho, basta de charla. Avócate a tu trabajo.

Gruñó de satisfacción y victoria cuando la excitación ganó la lucha interna en el joven: su cabeza descendió lentamente, y la polla de Tony se contrajo ante la dócil obediencia.

Pudo sentir en el paladar del chico que no era muy experimentado. Su garganta se cerraba con facilidad, no podía tomarlo todo por completo. Tímidamente lamió la punta, lametazos minúsculos, al tiempo que saboreaba algunas gotas de semen que ya habían comenzado a salir.

Las caderas de Tony se estremecieron. Aquella lentitud le estaba colmando la paciencia. Necesitaba más.

Entonces, sin previo aviso, lo agarró del pelo y comenzó a mover las caderas para enterrarse más profundamente en su boca, hasta encontrar la base de su garganta y asfixiarlo por completo.

—Así es, trágate la polla de tu cliente como un buen chico.

El chico gimió, y la vibración envió ondas eléctricas tan maravillosas que el hombre tuvo que expulsar el placer en formas iguales.

Eventualmente, Peter comenzó a mover la cabeza de arriba a abajo, lo que hizo que Tony apretara más su cabello. Otro gemido salió del niño –le gustaba que tire de su cabello, pensó– y se hizo atrás, dejando caer la polla de su boca.

Tony echó de menos aquel calor, pero no por mucho tiempo, porque entonces el niño lo estaba tragando hasta que su nariz se vio enterrada hasta su vello púbico, y Tony visualizó las estrellas.

Sin ninguna delicadeza, agarró otra vez el cabello del muchacho con fuerza, y folló su cara, exhalando placenteramente a cada embestida. El joven se atragantó un par de veces, pero ni una sola vez intentó detenerlo.

Sintió que su semilla estaba por liberarse, por lo que salió de aquella cavidad tan deliciosa. Normalmente, hacía que la persona bebiera su líquido, pero pensó que eso podría resultar demasiado para un chico sin aparente experiencia en felaciones. En lugar de eso, colocó su polla directamente delante de su cara y lo suficientemente cerca como para que tocara sus labios.

Con movimientos bruscos y rápidos, se masturbó, y cuando vio que Peter había abierto la boca para dejar salir su pequeña roja lengua, sintió el orgasmo elevándose a través de él.

La mayor parte de su esperma golpeó al chico. La otra parte, el suelo.

Tony se quedó examinando el techo, dejando escapar bocanadas de aire mientras se recuperaba. Al bajar la mirada, otra vez se topó con una vista espléndida.

El chico parecía un sueño húmedo encarnado, y si no hubiera tenido uno de los mejores orgasmos de su vida, habría vuelto a empujar esa boquita sobre su polla.

—Tu boca es lo mejor que he tenido en mi polla —tuvo que decirlo en voz alta mientras cerraba el zip de los pantalones.

El chico no respondió; estaba demasiado ocupado poniéndose en pie y limpiándose la cara con un pañuelo.

—¿Cómo te llamas, chico?

—Peter Parker.

—Peter Parker —saboreó un instante su nombre—. ¿Cuántos años tienes? Necesito saber en qué clase de problema me estoy metiendo.

—Soy legal —dijo por toda respuesta.

—Concreta.

—Acabo de cumplir 18 —Bajó los ojos y se miró los zapatos.

Jesucristo —Si lo pensaba bien –aunque no demasiado– la situación no estaba tan mal. No iría a la cárcel—. ¿Haces esto con todos tus clientes?

El niño (habría que recordar que tenía un nombre) volvió a sonrojarse. Y también tenía que dejar de hacer eso, o Tony dejaría de controlar sus ganas de besarlo.

—No. Nunca he hecho esto antes, señor.

—Sí, pude darme cuenta. Tienes malos reflejos.

Volvió a sonrojarse. Dios bendito.

—La verdad sea dicha, pensé que tu boca venía incluida en el servicio. Tanteaste demasiado sobre mi ropa.

Para su sorpresa, el chico (Peter, Peter, Peter), le dedicó una mirada enfadada y centellante.

—¡Es mi trabajo! —le espetó—. ¡Así se miden los pantalones!

—Sí, tienes toda la razón, así se miden los pantalones… ¡en prisión! —Ahora estaba comenzando a sentirse mal por tanta ingenuidad—. ¿Qué demonios te pasa? ¿Quién te enseñó a hacer trajes?

—Mi, mi, mi padre… —balbuceó.

Tony alzó la mirada al techo un segundo antes de hablar.

—Tu padre hace cosas muy raras, niño, cosas que no todos los sastres hacen. No tienes que subir demasiado la cinta métrica por las piernas. Te detienes en los muslos y te imaginas la talla de la entrepierna. Si eres generoso, brindarás un aceptable espacio para tu cliente.

Ahora el niño (Peter, maldita sea) lucía completamente desmoralizado y perplejo.

—¿Así no se hacen los pantalones?

Dejó caer la mano sobre su hombro.

—No, así no se hacen. ¿Ilusiones rotas?

—Masomenos —replicó ceñudo—. ¿Me pregunto por qué nadie me lo había dicho? ¡He tenido docenas de clientes antes!

Tony tenía una muy clara idea de por qué nadie se lo había recriminado. Al igual que él, los hombres se darían cuenta de que el chico estaba para chuparse los dedos. Por supuesto que no se lo explicaría a Peter; se vendría abajo. Tan sólo se alegraba que él había sido el primero en malinterpretar la situación. Si hubiera sido otro hombre con menos escrúpulos y más libido…mejor apartó el pensamiento con la mano.

—Ya no importa —dictaminó—. Olvídalo. ¿Cuánto tiempo crees que estará enfermo tu padre?

—No vendrá a trabajar el resto de la semana —respondió Peter parpadeando.

—¿Cuál es el salario que ganas por semana?

—¿…Por qué? —preguntó cautelosamente.

—No quiero que vuelvas a atender a nadie hasta que regrese tu padre. A nadie excepto a mí, claro.

Las puntas de las orejas se le pusieron rojas a Peter. Tony sonrió.

—¿Trato?

—Uh…

—Naturalmente, cuando tu padre regrese, sólo trabajarás para mí. Te va a encantar la mansión.

Con las mejillas arreboladas y los ojos brillantes, Peter murmuró:

—¿Mansión?

—Nunca uso un traje dos veces, por lo que necesito a alguien que vaya a mi humilde morada tres veces por semana.

Peter se limitó a escuchar sin atinar palabras.

—Exijo completo profesionalismo. Así que nada de mediciones delanteras y fálicas.

—Sí, señor Stark —dijo con aire obediente. A Tony le gustó el sonido de esa frase. No se enojaría si el chico deseaba romper las reglas.

—¿Lo hacemos oficial? —extendió el brazo hacia él. Se estrecharon las manos sin quitarse la vista de encima—. Verás más de mí en los próximos días.

—Cuento con ello, señor.

Y si sus labios encontrándose era poco profesional, bueno, nadie dijo que Tony Stark fuera un santo. Los trajes y los sastres, pensó, deben estar hechos a la medida.

FIN