Capítulo 4: Recuerdos confundidos

Las miradas de amigos y desconocidos se enfocaron en el autor de tan reveladora frase hacia una de las enfermeras del lugar. Como buenos curiosos, todos los ajenos al tema agudizaron sus oídos para enterarse de los detalles de lo que parecía un interesante episodio, extraído de una telenovela dramática. Nada más entretenido que husmear en las vidas de los demás, ¡sí señor! Afortunadamente, los médicos consideraron la situación del hospital y su reputación de tal manera que instaron a los pacientes a volver a sus respectivas actividades, mientras los involucrados solucionaban sus problemas.

—¿Sabes cuánto tiempo estuve esperando por ti? —Cuestionó el oji-dorado, claramente dolido, sin quitarle la mirada a la enfermera—. Después de todo lo que pasamos, pensé que volveríamos a estar juntos, pero… ¡simplemente me dejaste sin decir una sola palabra!

Kikyô abrió grandemente sus ojos con consternación. Estaba bastante confundida por la actual situación de InuYasha, pero el no saber en cuál línea de tiempo se encontraba exactamente su cerebro, era algo demasiado difícil de confrontar.

—El día en que me confesaste haber cambiado tus sentimientos, creí que mi partida había quedado clara —indicó Kikyô, percatándose de la llegada de Kagome. La observó por unos breves instantes y luego se volvió a enfocar en InuYasha.

—¿Cambiar mis sentimientos? —El hombre se sentía algo perturbado por esa respuesta y bufó—. ¿Pero qué estupideces estás diciendo? Yo nunca...

—Acompáñame.

La mujer de natural tez blanca, no le permitió terminar de hablar, por el contrario, lo ignoró en una rápida maniobra. Agarró a Kagome de la muñeca y se la llevó fuera, dejando a InuYasha con las palabras en la boca, además de estático debido al desconcierto del momento. ¿Qué acababa de pasar?

Aturdidos también por lo inesperadamente sucedido, Miroku y Kôga se dirigieron a él con muchas incógnitas en sus cabezas y Sango se les unió. La situación se estaba complicando de una manera muy desagradable, lo cual podría llevar a la ruptura definitiva de dos personas que, alguna vez, se habían amado con locura. Una parte aún lo hacía, pero la otra... ya no estaban tan seguros.

—Oigan, esa mujer y Kikyô... ¿se conocen? —Inquirió el joven Taishô, no saliendo del todo de su estupor.

—Sí, desde algún tiempo... De hecho, tu las presentaste —contestó Miroku, murmurando lo último en voz baja. Sango lo codeó por imprudente.

InuYasha pareció haberlo escuchado por la expresión de asombro y confusión que adquirió su rostro. No podía estar equivocado; estaba seguro de lo que había dicho su amigo y, francamente, aquella información no hacía más que perturbarlo más. No tenía sentido. Había conocido a esa mujer, llamada Kagome, hace muy poco, ¿cómo era posible?

—InuYasha —habló la castaña esta vez, haciendo un leve movimiento negativo con su cabeza—, ¿cuánto has olvidado desde tu accidente? Las cosas no deberían ser así…

El tono de su amiga sonó triste y algo decepcionado. Su mirada café le transmitió mucha preocupación, incluso, reproche, como si él hubiese hecho algo realmente malo. Había pasado muchísimo tiempo desde que Sango se enfrentaba a él de esta manera y, por alguna extraña razón, que no lograba comprender, se sintió culpable.

Se detuvo a pensar y a indagar en lo más profundo de sus memorias, tratando de evocar cada momento vivido hasta el día en que despertó en una habitación de hospital.

Podía recordar su vida feliz; una triste, pero esperanzada despedida y su relación siendo arruinada por un malentendido, provocado por un maldito acosador; su dolor y su sufrimiento durante dos años, creyendo haber sido traicionado… hasta que ella volvió a él. No fue fácil, pero con el pasar del tiempo, toda esa amargura desapareció y su vida volvió a tener sentido… ella había sanado su corazón con su amor y ternura. Nunca creyó encontrar mayor felicidad en el mundo, sin embargo…

—Sólo sé que Kikyô me dejó sin dejar el menor rastro… sin decir una sola palabra o dejar alguna nota… —balbuceó InuYasha con cierta pesadumbre—. Ahora, ella reaparece y actúa como si yo hubiese tenido la culpa… ¡fui yo al que botaron como a una basura y…! ¡¿Qué más esperan que recuerde?!

Mudos, Sango, Miroku y Kôga observaron a un alterado oji-dorado sin saber cómo enfrentarse a semejante situación. InuYasha había olvidado mucho más de lo que imaginaban. No estaban muy seguros del punto exacto en el que se había detenido su memoria, pero era evidente que algunas partes habían sido confundidas en su mente, borrando por completo la imagen de Kagome y, colocando la de Kikyô en su lugar.

La historia como la conocían —sin mencionar el involucramiento posterior y ocasional del grupo de amigos—, era demasiado compleja y, aún así, debía ser recapitulada para poder ayudar de alguna manera.

Inicialmente, y antes que cualquiera de ellos conociera a InuYasha, él ya había fomentado una relación amorosa con una bella aprendiz de enfermería de nombre Kikyô. Exactamente, la misma mujer que actualmente conocían. Ambos eran inseparables y, de hecho, posiblemente se habrían casado de continuar juntos. Por azares del destino, una misión del Cuerpo de Paz le fue encomendada a la joven Kikyô como parte de su estudio antes de graduarse como enfermera oficial, enviándola a un largo viaje de tres años. Aunque hubiese querido, InuYasha se vio imposibilitado en acompañarla, pues únicamente los voluntarios y estudiantes de medicina estaban autorizados a ir. Además, él mismo tenía responsabilidades en la administración de la empresa, que le había dejado su padre antes de fallecer.

Pese al dolor de la separación, ambos habían llegado a un acuerdo mutuo: esperarse con paciencia y seguir amándose pese a la distancia hasta el día de su reencuentro. Nunca sospecharon que un demente obsesivo pudiera cambiar el rumbo de sus vidas de la manera más vil y tramposa, provocando un terrible malentendido entre ellos.

El día de la despedida en el puerto naval, un hombre llamado Onigumo —uno de los voluntarios y, casualmente, un pretendiente trastornado de la joven mujer—, se encargó de destruir aquel amor, mediante un truco muy sucio. El barco zarpó y, mientras amigos y familias se despedían mediante señas desde la cubierta, el hombre aprovechó para acercarse a Kikyô, besándola con ardiente pasión delante de cientos de espectadores, pero sobre todo, captando la atención de una persona en particular entre toda esa gente. Aún en contra de la voluntad de la mujer y pese a todos sus esfuerzos por quitárselo de encima a tiempo, esa escena fue la última que InuYasha tuvo en la mira, dejándolo más que estupefacto, con el corazón roto y enardecido en rencor.

Y, fue así, como InuYasha vivió dos años enteros lleno de amargura y odio, creyendo que había sido engañado. Sumergido en su propia melancolía, se negó completamente a contestar cualquier llamada o recibir algún mensaje, que pudiese llegar de la mujer que una vez había amado. Simplemente la bloqueó y la eliminó de sus contactos, sin sospechar todos los momentos difíciles que ella había tenido que vivir desde aquel día. A Kikyô, no le había sido nada sencillo lograr encerrar a Onigumo en la cárcel, primeramente, por acoso, seguido de varios cargos por utilización ilegal de estupefacientes.

La vida siempre está llena de sorpresas y, una de ellas se llevó InuYasha el día en que vio a Kagome, por primera vez, en un centro comercial. Impresionado por su gran parecido con la mujer que le había roto el corazón, la siguió, lleno de curiosidad. Por supuesto, su primer encuentro no resultó demasiado agradable al ella creerlo un loco acosador, y él, al inculparla de usurpar el rostro de alguien más. Realmente tonto y absurdo, pero fue así como comenzó una peculiar amistad entre dos desconocidos, que no se llevaban muy bien, y casi siempre peleaban por todo.

Sin darse cuenta, Kagome se fue adentrando en el corazón de InuYasha, sanando sus heridas del pasado. De hecho, el paso hacia un sentimiento más profundo no se hizo esperar tampoco, y aquella confesión silenciosa llegó con el primer beso, tierno y casto que, los convertiría en pareja; sin embargo, ese mismo día, ambos tuvieron un encuentro sorpresivo con Kikyô, quien había regresado de su prolongado viaje del Cuerpo de Paz. Los tres años habían pasado…

Dudas, celos, riñas, malos entendidos, sufrimientos y varias discusiones conflictivas se dieron después de aquel día, poniendo en duda los sentimientos de InuYasha al estar, repentinamente, en medio de un gran acertijo. Su corazón llegó a estar terriblemente confundido por ambas mujeres, lo que les acarreó una serie de problemas. No fue sencillo poner en orden su mente. Pero, cuando Kagome decidió apartarse, yéndose silenciosamente a otra ciudad para no ser un estorbo, su corazón no lo soportó. Fue en ese instante que se dio cuenta de que sin ella no podría vivir y que la azabache era la mujer que el destino había puesto en su camino. Su complemento, su otra mitad.

Para infortunio de Kikyô, ella había perdido a su amor. Y, pese a no haber tenido la culpa, supo reconocer su derrota, más cuando el mismo InuYasha le confesó su verdadero sentir, despidiéndose, definitivamente de ella para ir en busca de Kagome y ser feliz a su lado.

Era difícil imaginar que, algunos acontecimientos, se volvían a repetir en cierta forma y que, esta vez, Kagome resultara la perjudicada. ¿Sería ésta acaso una deuda o, quizás, un castigo divino que ella debería pagar por quedarse con el amor de otra persona?

Fuere cual fuere el caso, si la fogosidad de un sentimiento tan valioso y poderoso lograra sobrevivir a las mismas llamas, sería porque realmente es verdadero y porque los involucrados fueron creados el uno para el otro.

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—En ningún momento he pretendido entrometerme en su relación, pero...

—Lo sé... —murmuró Kagome, entendiendo a lo que se refería la mujer—. Él no recuerda nada de lo que sucedió entre los tres... No es tu culpa.

—Y es por esa misma razón que debemos hablar con él para que no tergiverse los hechos. Es… es un poco incómodo.

—InuYasha, ni siquiera sabe quien soy...

La enfermera abrió mucho sus ojos ante la inesperada noticia. Por el historial clínico que había leído en su primer encuentro, sabía que el hombre estaba con amnesia parcial y que, posiblemente, no recordaría algunas partes de su vida. No obstante, nunca se imaginó que fuese a Kagome...

—Entonces...

—Parece que sus memorias sólo te alcanzan a ti, Kikyô —dijo la azabache, esbozando una melancólica sonrisa—. Supongo que, al olvidarme, nuestro amor también habrá quedado en la nada —musitó, ocultando su achocolatada mirada debajo de su flequillo—. Sé que aún lo amas y... si él te busca...

—Siempre fuiste una tonta, ¿lo sabías? —Se mofó la enfermera, instando a la joven a que la mirara por acto reflejo—. ¿Por qué te rindes tan fácilmente? —Inquirió y al no obtener una respuesta inmediata, prosiguió—: Asumo a que no tendrás ningún inconveniente de que me lo quede, ¿verdad? Estoy segura de que InuYasha no pondrá ninguna objeción y...

—¡Basta! —Contraatacó Kagome al reaccionar—. ¡No puedes!

Kikyô esbozó una sonrisa de medio lado, satisfecha por su logro. Ya que la muchacha había despertado de su autocompasivo momento y había mostrado su carácter beligerante, le hablaría frontalmente y con la absoluta verdad. ¿Para qué andarse con rodeos? Ambas se conocían y las hipocresías no eran parte de su trato personal.

—Debo confesar que, cuando InuYasha me hizo aquella declaración, mi corazón comenzó a latir muy rápido... Las emociones que por tanto tiempo adormecí, volvieron a resurgir de entre aquellas olvidadas cenizas, dándome una pequeña esperanza de volver a ser feliz y amada por él... —Musitó, mirando de soslayo el pequeño y brillante anillo de diamante que portaba Kagome en su dedo anular—. Por una fracción de segundo, me sentí tentada a corresponderle, hasta que te vi entrar por aquella puerta...

—Kikyô...

—No voy a ayudarte a recuperarlo, pero tampoco te apuñalaré por la espalda ni jugaré sucio —indicó la mujer con fría calma—. Dependerá de ti el remover sus memorias perdidas para que te recuerde, así que da lo mejor de ti, porque yo no me haré responsable por lo que pueda suceder —advirtió—. Tu misma lo dijiste... Yo aún lo amo.

Kagome, lo tomó como un desafío personal y, aunque internamente no se sintiera del todo segura de poder ganar, estaba dispuesta a intentarlo. Quizás, dejar el orgullo de lado y suplicar por una nueva oportunidad en caso que nada le diera resultado, podría ser una opción. Eso ya lo vería más adelante.

—Sólo... sólo trata de no rendirte ante sus encantos y que sea InuYasha quien decida... Su corazón lo sabrá guiar, aunque sus recuerdos estén confundidos ahora.

—Pareces muy segura de ti misma —indicó la joven enfermera, observándola con detenimiento.

—De hecho, es todo lo contrario —masculló Kagome, mirando a su rival con un dejo de tristeza, pese a su sonrisa—. Temo perderlo... Ni siquiera sé cómo acercarme a él sin que me rechace…

Kikyô la compadeció por un instante y aún cuando ellas no eran las más grandes amigas, —debido a lo ocurrido en el pasado—, se comprendían mutuamente. Era una especie de amistad condicional. Se llevaban bien cuando no estaba InuYasha de por medio; cuando se enfrentaban, lo celaban, cada una por igual; se consideraban rivales y, en ocasiones, deseaban que la otra desapareciese del camino para poder ser felices con el hombre que amaban; no obstante, muy contradictorio a lo que realmente sentían, ninguna era capaz de hacerle daño, intencionalmente, a la otra.

La enfermera ladeó su rostro en un movimiento pensativo, teniendo la suficiente visibilidad del área de rehabilitación como para mirar dentro. Divisó a InuYasha, negándose a volverse a sentar en la silla de ruedas y a tres personas —además de sus amigos— llegar junto a él. Se sorprendió un poco al reconocerlos, pero luego, no pudo evitar esbozar una fina sonrisa de agrado.

—Pues deberías hacerlo con la mayor naturalidad del mundo y ser tú misma, así como ellos —indicó Kikyô, instándola a mirar hacia donde InuYasha estaba.

Intrigada, Kagome se giró hacia el área de rehabilitación, siguiendo la trayectoria que los ojos de Kikyô habían tomado. Su expresión de pasmo y miedo fueron grandes cuando distinguió a los tres visitantes.

—¡Mamá!

Esto era increíble. Su madre, su abuelo e, incluso, Sôta, habían llegado de visita, posiblemente, para conocer más de cerca sobre la actual situación de InuYasha. Después de darle a su familia la alegre noticia del despertar del hombre y el triste anuncio de su pérdida de memoria, creyó que ninguno de ellos vendría al hospital a verlo. No después de mencionarles del mal humor y del rechazo que él demostraba hacia los extraños. ¿Es que acaso algo no les había quedado claro? Ella no quería que ninguno saliera lastimado por sus insultos y mal trato. Definitivamente, ¡debía impedir que hablaran con él!

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El oji-dorado frunció el ceño. Su espacio personal se vio violado con el repentino acercamiento de aquellos tres desconocidos que no dejaban de observarlo como si fuese alguna clase de penoso animal, sentado en una miserable silla de ruedas. Las sonrisas en sus rostros no hacían más que ponerlo nervioso. Y, los inútiles de sus amigos que no hacían nada para alejarlos. ¿Por qué nunca le ayudaban en situaciones como éstas?

—Tú eres InuYasha, ¿no es así? —preguntó la mujer de cabello corto con amabilidad, inclinándose levemente para estar a su altura. Él se sorprendió al ser reconocido y asintió—. Las enfermeras del hospital no paran de hablar sobre ti y de lo apuesto que eres. Veo que tenían razón.

El joven Taishô se sonrojó ante el inofensivo comentario y esquivó la mirada, ciertamente, intimidado. Realmente, no estaba muy acostumbrado a esa clase cumplidos directos y mucho menos de señoras mayores.

—Keh, si eso es todo...

—Sí, espero que te recuperes muy pronto, pero antes de irme... ¿me permitirías abrazarte?

—¿P-por qué quisiera hacer eso? —inquirió él, dudoso y ella sonrió.

—Sólo pareces necesitar uno. Los abrazos reconfortan el alma y le devuelven la calidez al corazón. Algunas veces, los abrazos ayudan a guiar el camino de retorno a aquellos que perdieron su rumbo y no saben cómo regresar —indicó la mujer, acogiéndolo entre sus brazos con ternura, sin que él lo viera venir—. Mejórate, hijo y, sea cual sea el camino que sigas, que te llene de felicidad...

InuYasha permaneció estático. No sabía qué decir o cómo actuar. No recordaba la última vez que alguien le hablara de una manera tan dulce y le transmitiera tanto cariño, haciéndolo sentir extremadamente conmovido. La sensación que estremeció todo su ser fue suficiente para remover su endurecido corazón con un conocido calor familiar. Era como estar en los brazos de su propia madre... Tan reconfortante, tan suave... ¿Por qué? ¿Quién era esa mujer? Por un breve instante, tuvo la leve sensación de conocerla de alguna parte...

—Toma hijo, esto te dará fuerzas para tus terapias, además de ser estupendo para la memoria —intervino el abuelo Higurashi esta vez, al separase su hija del joven Taishô—. Se trata de un antiguo remedio chino, que ha pasado de generación en generación —explicó, otorgándole un pequeño empaque con tres sardinas ahumadas. Nada del otro mundo, en realidad, pero igual de efectivo en su alto contenido en fósforo que le serviría.

Las sorpresas no parecían terminar ese día. InuYasha parpadeó confundido, pero al final aceptó el peculiar regalo con un asentimiento. Vaya comportamiento extraño de esas personas para con un desconocido. ¿Tratarían así a cualquiera?

—Cuídate y qué te mejores, amigo.

Con un breve y espontáneo abrazo, Sôta se despidió de él también y, junto a su madre y abuelo, se encaminaron a la salida, dejando a un oji-dorado desconcertado por tanta amabilidad no merecida.

En el camino, la señora Higurashi divisó a su inmóvil hija a muy pocos metros de distancia, por lo que no dudó en tomarle de la mano y llevársela con ellos al exterior. Seguramente, habría muchas preguntas a las cuales responder y el área de rehabilitación no era el lugar indicado para eso.

Kôga, Miroku y Sango sonrieron y, para no ser obvios ni levantar las sospechas de InuYasha, se limitaron a inclinar levemente sus cabezas a modo de saludo a los visitantes que ya se retiraban.

—Eso fue genial —murmuró la castaña y sus dos amigos asintieron en respuesta.

La familia Higurashi, realmente, era única.

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La ambulancia se estacionó a toda prisa en la entrada del hospital e, inmediatamente, dos paramédicos salieron de ella para sacar a un paciente de mucha gravedad en una camilla rodante. Un par de enfermeras se apresuraron para guiarlos a la sala de emergencia, la cual estaba preparada y lista para una urgente intervención. ¡Había una vida que salvar!

Un niño de llorosos ojos verdes los siguió muy de cerca, sin que le prestaran demasiada atención durante el largo trayecto por los pasillos. Estaba muy asustado y no dejaba de llamar a su padre, desesperadamente, entre su acongojado llanto, rogándole que no lo dejara.

—¡Cuiden del niño!

La dura, pero compasiva orden del médico de turno, alertó a una de las enfermeras, quien se detuvo en la puerta de emergencia, sujetando al infante para evitar su entrada. Ése no era un lugar adecuado para él y, siendo el único acompañante del paciente, podía imaginar que se trataba de su único pariente también. Una muy difícil situación.

—¡Espera, no puedes entrar allí! —indicó la mujer, abrazándose al pequeño y tratando, por todos los medios, de aferrarlo a su cuerpo.

—¡No, suélteme! ¡Es mi papá, no puedo dejarlo! —Gritó el niño pelirrojo desesperadamente, retorciéndose bruscamente entre los brazos de la enfermera—. Por favor, déjenme ir... ¡Papá!

No comprendía el porqué les estaba sucediendo todo esto a los dos, ni tampoco el porqué existía gente tan cruel y malvada en este mundo. Su padre nunca le ha hecho daño a nadie y sin embargo… la injusticia parecía ensañarse con personas inocentes e indefensas. Él era la única familia que le quedaba y, si algo le llegaba a suceder… ¿qué haría? Se quedaría absolutamente solo sin nadie que velara por él y por su seguridad.

«Papá, no te mueras…»

Continuará…

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N/A: ¡Hola a todos!

Después de pelear conmigo misma en cómo describir el pasado de Kikyô, InuYasha y Kagome, finalmente, decidí hacerlo simple. Debo confesar que estuve muy tentada en hacer un capítulo sólo de recuerdo, narrando mejor esa parte de la historia, pero consideré que me estaría saliendo de la principal trama, así que lo omití :P. Espero que haya quedado entendible y no surgiera ninguna confusión xD.

Antes de hacer mi retirada, paso a dejar mis agradecimientos y muchos abrazos estrujadores a: Hanato04Kobato. IK, Agatha Miller, Raven Sakura, Marlene Vasquez, Manzana, Nieve Taisho, lindakagome, Kira Rydle, KaterineC, Faby Sama, SaKuRaKu, AllySan, jessi. Jovel, Gata de la Luna, Lis-Sama y Ahome23. Muchísimas gracias por sus reviews que tan feliz me hacen y por su incondicional apoyo *-*.

Y, ya saben, si les gustó, no duden en dejarme sus comentarios para alegrar a esta humilde escritora :P.

¡Hasta la próxima!

Con cariño,

Peach n_n