Hola!

aca esta el otro cap que prometi publicarlo pronto

Michael Gay! me encanta haha de hecho cuando lo veo

en la pelicula lo veo asi como gay por eso

decidi pornerlo

Edward pronto aparecera!

Enjoy it


CAPÍTULO 04

Después de ver «desayuno con diamantes» una vez y media, de tomarnos dos botellas de vodka compradas en el duty-free del aeropuerto, tres de lima, una de Dom Pérignon (esperaba que a Sue no le importara), dos tarrinas de helado de Ben and Jerry (uno de Chunky Monkey para Mark y uno de Cherry García para mí), cinco envases de comida tailandesa para llevar; de un puro mordido hasta la saciedad pero sin encender, de un bote de laca de uñas rosa pálido (a punto de perder la vida contra el suelo, pero rescatado in extremis), de una pinza para el pelo rota y de dos cajas y media de pañuelos de papel con áloe vera, finalmente había conseguido convencer a Mark de que estaba lista para seguir adelante.

—No sé qué haría sin ti —le dije, abrazándolo junto a la puerta de la calle.

—¿Estás segura de que vas a estar bien? —preguntó él, observándome detenidamente.

—Segura —asentí—. ¿Vuelas mañana?

—Sí, con esa escala de dos días en San Juan. —Sonrió.

—Siempre consigues los mejores viajes. —Sacudí la cabeza—. No sé cómo lo haces.

—Seis años sobornando a los de Planificación con bombones y vino. Tú podrías hacer lo mismo, y lo sabes.

Lo miré fijamente, y luego puse los ojos en blanco.

—No pienso hacerle la pelota a esa gente —respondí entre risas.

—¿Por qué no vienes conmigo a Puerto Rico? —propuso Mark.

—No puedo —contesté—. Además, no quiero aguarte la fiesta. He oído que San Juan es la ciudad de la diversión.

—Por favor —replicó él—. Vamos, ven. No me puedes decir que no. Sé que no tienes que trabajar. Y resulta que también sé que no tienes nada mejor que hacer.

—Gracias por recordármelo —le dije, dejándome caer contra la jamba de la puerta.

—Encima, todo gratis. El vuelo gratis y, como te vas a quedar en mi habitación, el alojamiento gratis.

—Mark, no puedo —insistí.

—Hasta te compraré yo los mojitos —prometió él.

—Me encantaría, de verdad, pero no puedo. Sue confía en que le dé de comer a sus gatos y además tengo que empezar a buscar apartamento. No puedo quedarme aquí para siempre, ¿sabes?

Miró en dirección al pasillo y se encogió de hombros.

—No sé por qué no. Podríais estar meses en este piso sin encontraros ni una sola vez.

—Cierto —sonreí.

—Escucha, ficho a las siete de la mañana. Prométeme que te lo pensarás.

—Llámame en cuanto vuelvas —respondí, mientras cerraba la puerta detrás de él.

.

.

En cuanto Mark se hubo ido, en seguida me di cuenta de que me sentía mejor. No es que me engañara hasta el punto de pensar que un par de Bloody Marys y una tarrina de helado hubiesen sido el antídoto para todos mis males, pero aun así, era agradable saber que, vale, estaba involucionando de manera involuntaria hacia mi antigua vida de soltera con un futuro incierto, pero que no estaba sola en el proceso. Tenía grandes amigos a mi lado, y la libertad de poder vivir como yo quisiese.

Era como si ahora que finalmente me había librado del peso de las continuas «opiniones» de Michael, pudiera concentrarme por fin en mis propios sueños que, odiaba admitirlo, había ido dejando de lado con el paso de los años para vivir los suyos. Tal vez incluso, ahora que Michael no se asomaría por encima de mi hombro para decirme cosas como «La ficción es una pérdida de tiempo», pudiese acabar el libro que hacía tanto tiempo que había empezado a escribir.

Obviamente, todo era cuestión de perspectiva. Es decir, ser abandonada por mi pareja no era el fin de mi vida sino que, si lo pensaba detenidamente, era más bien un nuevo comienzo.

Fui hasta la sala de estar, busqué en mi bolso y conecté el móvil, decidida a enfrentarme a la avalancha de mensajes que supuse que me esperaban. Porque, a pesar de que Nueva York es una ciudad con algo más de quince mil auxiliares de vuelo, en realidad a veces se parece más a un pequeño pueblo. Y sabía que era cuestión de tiempo que se extendiese la noticia de que mi novio me había abandonado.

Tal como había imaginado, en cuanto encendí el aparato, en la pantalla apareció el aviso de las llamadas recibidas.

—Bella, he oído que lo has dejado con Michael. Si quieres hablar, llámame.

—Bella, ¡oh, Dios mío! ¿En serio lo habéis dejado? ¿Y dónde vas a vivir? ¿Tienes idea de hasta qué punto va a cambiar tu estilo de vida?

—Hey, Bella, soy yo. Llámame si te apetece quedar para comer. Tú te ocupas del vino y yo de los fideos de Ramen.

Y justo en medio del mensaje número cuatro, el teléfono sonó de nuevo. Quería acabar con aquello cuanto antes, así que respondí sin ni siquiera comprobar quién me llamaba.

—¡Bella! Llevo intentando hablar contigo todo el fin de semana.

Mierda. Era Michael. Y que hubiese fantaseado con aquella llamada no quería decir que de verdad quisiera recibirla. Visualicé mentalmente el botón de colgar y consideré seriamente la posibilidad de pulsarlo.

—Isabella, ¿estás bien? ¿Dónde estás? —Parecía nervioso.

—¿Qué quieres? —pregunté, tratando de que mi voz mantuviese un tono neutro.

—Sólo quiero saber si estás bien.

—Vale, pues estoy genial. Y muchas gracias por llamar. —Puse los ojos en blanco y sacudí la cabeza a pesar de que aquellos gestos no eran más que una pérdida de energía, puesto que Michael no podía verme.

—Escucha, sé que estás enfadada, y lo siento. Pero has de saber que no es lo que parece.

¿Me estaba tomando el pelo? ¿Es que acaso tenía alguna excusa?

—¿Ah, no? Entonces explícame, Michael, explícame qué es en realidad —le dije, sintiendo cómo todo el proceso que había completado con Mark se evaporaba en un segundo víctima de la rabia que tenía dentro.

—Bueno, no soy gay, si eso es lo que estás pensando —respondió con un breve y tenso susurro.

—Ah, vaya, perdóname por lo que te voy a decir, pero ¿eres consciente de que lo que tenías entre las piernas era un hombre?

—Escucha, Isabella. Preferiría que esto quedara entre nosotros.

—¿Y por qué debería ser así?

—¡Porque no soy gay! Yo era a quien se lo estaban haciendo, ¿vale?

Me quedé allí sentada, sin poder creer lo que acababa de oír.

—¿Es así como justificas lo que has hecho? —conseguí decir finalmente.

—Sólo digo que tampoco es para tanto —susurró.

—¿Que no es para tanto? ¿Crees que no fue para tanto volver a casa el día de mi cumpleaños, creyendo que ibas a pedirme que me casara contigo, y, en lugar de eso, encontrarte a ti y a otro tío pasándolo la mar de bien en nuestra cama? ¿De verdad crees que NO ES PARA TANTO? —grité, al borde del derrumbe emocional más total y absoluto.

—¿Casarnos? —se rió él—. ¿De dónde has sacado eso?

«Genial. ¿Por qué había tenido que decir nada?»

—Mmm, vi la cajita de Tiffany's —musité, insultándome mentalmente por mi estupidez.

—Bueno, siento decírtelo, pero nunca pensé en pedirte que te casaras conmigo. Y, ya que estabas fisgoneando entre mis cosas, tal vez deberías haber abierto la caja. Entonces sabrías que contenía un llavero de plata que había hecho grabar para tu cumpleaños, no un anillo de compromiso.

«¿Me había comprado un llavero?»

«¿Para mi cumpleaños?»

«¿Y yo estaba dispuesta a casarme con aquel tío?»

—Ni siquiera tengo claro que quiera asentarme —continuó, con su voz de «hablemos con el niño que está de visita en la cabina del piloto»—. Pero cuando lo haga, me aseguraré de que sea con alguien más joven.

—¿Perdona? —exclamé, apretando el teléfono con fuerza mientras se me doblaban las rodillas y me dejaba caer sobre el sofá. «No acaba de decir lo que creo que acaba de decir. ¿O sí?»

—Isabella, sé realista. Cuando yo esté listo para casarme, tú tendrás casi cuarenta años —se mofó. —¡Y tú cincuenta! —le grité.

—Mira, eso no va a pasar. Nunca te prometí nada. No lo olvidemos, ¿vale?

Tiré el teléfono contra la suave superficie de la alfombra persa y oí el sonido que hizo al caer. No daba crédito a lo que me acababa de decir. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida?

—¡Isabella! —gritó Michael una y otra vez, hasta que finalmente recogí el teléfono del suelo y me lo llevé de nuevo a la oreja.

—¿Has acabado? —pregunté, con un tono de voz tenso.

—Siento que te sientas herida. Sólo intento que lo entiendas, eso es todo.

—No, si lo entiendo perfectamente —respondí, deseando aparentar seguridad, valentía y un control total sobre mis emociones, a pesar de que las evidencias decían exactamente lo contrario—. Escucha, Michael, necesito pasarme por ahí para recoger mis cosas.

—Te las he empaquetado. Las tiene el portero. Las puedes recoger cuando quieras.

Me quedé allí sentada, con el teléfono pegado a la oreja. Después de tantos años, simplemente se había limitado a empaquetar mis cosas y recuperar su espacio. Sim-ple-men-te.

—Y Bella, te decía en serio lo de mantener esto entre nosotros. Este tipo de cosas son asuntos privados que deberían seguir como tales.

Sentía que la sangre me subía a la cabeza y las manos me empezaban a temblar mientras sujetaba el aparato aún con más fuerza y utilizaba sus propias palabras contra él.

—Escucha, Michael, nunca te prometí nada. No lo olvidemos, ¿vale? —Y colgué.

A continuación, llamé a Mark


Les gusto?

si ven por ahi otro nombre donde no es, perdon!

meresco algun review?

nos leemos pronto

un beso

Akemy