4.- Catacresis

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Contrario a cualquier cosa que pude llegar a imaginar, el Santo tomó mi exigencia y posterior chantaje con mucha tranquilidad. Escuchó todo lo que tenía que decir y cuando finalmente me hube quedado sin argumentos, se limitó a decir que sí, que enviaría a alguien para auxiliar a mi padre en su trabajo.

No sé bien qué pensar y en ese momento tampoco supe qué decir. A veces pienso que la personalidad de Alexandros es un misterio incluso para él mismo; yo esperaba que se burlara de mí, que me llamara insolente y que me golpeara, que su rabia fuera tan grande que me matara en el acto por desafiarlo, por siquiera intentar chantajearlo. Pero no hubo nada de eso, sólo calma, sólo compasión por mi viejo padre. Luz, clara y límpida, como la de su ojo azul.

Sin embargo, su luz es aún más perturbadora que su oscuridad. Su calma me preocupa, su amabilidad me inquieta, es como si fuera otro y a la vez algo en su ojo negro me induce a la cautela. No puedo asegurar nada, pero he imaginado que su comportamiento extraño se origina en la resignación y el sufrimiento. Aioros es ahora un Santo de Oro, tiene un discípulo y lo han nombrado candidato al trono del Patriarca todo en el mismo mes. El Santo había criado a Saga toda su vida para la grandeza, para el triunfo. Aspiró demasiado alto y cual Dédalo, presenció la caída de su hijo sin oportunidad de contenerlo y tal cual lo veo, parece que finalmente ha aceptado que nada de lo que haga cambiará los hechos.

No tenemos permitido tener miedo…

Detengo mis pasos en cuanto veo al huérfano de Leo delante de mí. El niño permanece bien quieto frente a la puerta de la habitación de Saga, cambiando el peso de un pie a otro para mitigar el cansancio pero muy terco en no recargarse en la pared o sentarse. De inmediato entiendo que está ahí a la espera de Aioros. La perspectiva de encontrarme con él y sus discursos me hace reconsiderar la idea de ocupar el tiempo en que el Santo no quiere verme ni la punta del cabello, ahí dentro. Pero antes de que pueda regresar sobre mis pasos, el niño se da cuenta de que alguien le acompaña y me mira.

—¡Saga! ¿Buscas al maestro Géminis? —dice con velocidad y entusiasmo, encantado con la idea de tener un pretexto para abandonar su puesto de guardia y brincar lleno de alegría frente a mí. Tragándome la mueca de fastidio le medio sonrío y asiento, pensando en la mejor manera de alejarme de ahí para no encontrarme con Alexandros y la conducta que no sé manejar.

—Está dentro con Aioros…—informa pasando del entusiasmo a la incertidumbre. Mira atrás con curiosidad y así mismo me mira a mí como si tuviera la respuesta a los secretos del universo; sin embargo, se decanta por la prudencia y decide preguntar otra cosa—: ¿El maestro Géminis ha tenido un mal día? No estaba de muy buen humor.

—¿Qué te pasó en la cara? —evado, dando un par de pasos hacia atrás con la esperanza de poder desaparecer antes de que los gritos del crío me delaten. Señalo el moratón de muy mal aspecto que le tiñe el pómulo y el párpado inferior.

—Milo es un idiota—gruñe rodando los ojos con insolencia y rencor, pero de inmediato parece concientizar lo que ha dicho, componiendo una expresión entre la sorpresa y la súplica, así me mira y dice—: No digas a Aioros que he dicho eso—. Su expresión es tan patética que no puedo evitar reírme un poco de él. Levanto la vista cuando escucho que la manija de la puerta gira y aunque lo compruebo con la vista, la puerta sigue cerrada. La voz ahogada y diluida de Aioros llega hasta mis oídos. Miro al niño y luego hacia atrás.

—Tengo que entrenar— murmuro y doy media vuelta, pero el niño me sostiene la muñeca, usando todo su peso para detenerme.

—Saga, espera—dice—. Seguro mi hermano ya no tarda, podemos ir juntos…

—Suéltame, niño— rezongo sacudiéndome de su agarre. Aioria retrocede, de pronto despojado de su buen humor e insolencia—. ¿Qué tu padre no te ha enseñado que debes llamarme hermano mayor y dirigirte a mí con respeto?

Estoy tan sorprendido de lo que he dicho como el mismo Aioria. Esas palabras no son algo que yo diría normalmente, pero la naturalidad con la que han salido de mi boca me deja desconcertado. No importa cuánto lo niegue, ni lo mucho que quiera engañarme a mí mismo, mi padre tiene razón: me estoy convirtiendo en uno de ellos.

—Lo siento—dice, volviendo a retroceder y bajando los ojos con sumisión. Adopta de pronto una actitud intimidada, lejos de su orgullo e insolencia naturales. Ese no es el hijo de Leo que yo conozco, el que he visto antes, no es el Leo del que habla Saga.

De pronto soy capaz de ver más allá de su apariencia idéntica a la de Aioros; soy capaz de verlo como lo que es: un niño que recién termina de mudar los dientes, un huérfano al que se le ha negado el luto y al que se le exige fortaleza. Él, que es el más pequeño de todos los hijos del Zodiaco, ha tenido que actuar de acuerdo a las expectativas de su destino, su rango y sus estrellas; no es más que un cachorro perdido y solitario.

Me acerco a él un paso con intención de disculparme, cuando Aioros sale por fin de la habitación quedándose con el nombre de su discípulo atorado en la boca. Me mira con sorpresa y a la vez con desconfianza, seguidamente estudiando a Aioria como si quisiera comprobar que continúa con todos los miembros enteros. Hace semanas que no nos cruzamos, entre que él está más ocupado con sus nuevas obligaciones y que yo he sido muy hábil en evitar un encuentro. Él termina de cerrar la puerta y entonces sonríe, acercándose a mí con decisión y abriendo los brazos con toda la alevosía de abrazarme. Doy un paso atrás por instinto, pero él logra rodearme, apresándome en un breve pero incómodo apretón.

—Mi gusto de verte es sincero, hermano—murmura cerca de mi oído, incomodándome más de lo que me sorprende. Discretamente lo alejo con la mano e intento formarme una sonrisa más o menos real—. Te hemos extrañado en los campos de entrenamiento, los niños no se cansan de preguntar cuándo te tendremos de regreso.

Es bien cierto que he pasado demasiado tiempo evitando los encuentros no sólo con Aioros, sino con el resto de los Santos y sus hijos a pesar de los consejos de Aioros y los mandatos de Alexandros. Ellos no han tardado en empezar a preguntar por él, por Saga, y las razones tras su aislamiento; mi evasión no ha pasado desapercibida.

—¿Estabas molestando a tu hermano mayor, Aioria? —pregunta Sagitario con severidad, Aioria de inmediato niega el hecho y busca en mí el apoyo de la confirmación, pero no hago más que seguir mirando a su hermano—. Sabemos que te recuperas aún de tus dolencias, hermano. Cuídate— me dice entonces con su usual afabilidad. En su rostro puedo ver la sinceridad de sus deseos mezclada con la incomodidad y el sufrimiento.

—Lo haré—respondo sólo porque sé que es lo que ellos esperan que haga. Aioros suspira resignado a mis desganadas palabras. Tampoco paso por alto sus párpados enrojecidos por el llanto y las nuevas marcas de sus ofrendas en el altar de Asclepios.

—¿Estás enojado con nosotros, Saga?—intercede Aioria, incapaz ya de sostener el suspenso. Me mira con intensidad, con la mirada fiera de un Santo y la decisión impropia de su edad, pero muy propia de un Dorado. Le dirijo una mirada de pasmo por lo rápido que fue capaz de recuperar la seguridad en sí mismo para dirigirse a mí, abandonando la timidez de antes.

—Aioria, no importunes a tu hermano mayor—regaña Sagitario, sorprendido también. Pero Aioria desoye su reprenda y continúa mirándome, deseoso de una respuesta, muy seguro de que recibirá una afirmación.

—No—digo finalmente, provocando que el niño pase a la perplejidad. En su cabeza, mi respuesta no estaba contemplada y se ha quedado ya sin palabras adecuadas—. ¿Qué te hace pensar eso?

—Ya nunca entrenamos juntos—responde tan pronto termino de formular la pregunta—. Ya no nos visitas, a ninguno. Ya no cenas en Sagitario…

—Si hubieras estado tumbado y enfermo tantas semanas como yo, no tendrías ningún ánimo de subir hasta Sagitario luego del entrenamiento con… mi padre

—Te lo he dicho, Aioria, tu hermano se está recuperando todavía, no le seas inoportuno—interviene Aioros con eficacia, distrayendo al niño y aprovechando para despedirse de mí con velocidad, evitando así que su curiosidad desemboque en un interrogatorio incómodo y explicaciones a medias—. Alexandros está dentro—advierte antes de marcharse.

Una vez solo en el pasillo y a pocos pasos de la habitación de Saga, me debato entre irme o entrar. Es extraño que el Santo esté dentro con mi hermano a esa hora del día, cuando normalmente desaparece hasta el atardecer y luego pasa parte de la noche ahí, rezando o mirándolo sin más. Me decido por irme a otra parte, pero aunque eso es lo que pienso, lo que mi cuerpo hace es avanzar hacia la puerta y entrar, contradiciendo todas mis órdenes y saltando todo razonamiento.

Dentro está todo en penumbras y caliente. A mi nariz llega el olor de las medicinas, el sudor agrio de la fiebre y el vapor de agua del reciente baño que le han dado. Escucho el pitar de los aparatos y el murmullo de los rezos de Alexandros. Sé bien que él ha notado mi llegada, por más silenciosa que esta haya sido, los tiempos de mi invisibilidad se han esfumado. Pero él permanece mirando a Saga, murmurando plegarias, invocando a Aceso mientras le peina el cabello del flequillo de una decena de maneras distintas. Así como está parece casi inofensivo, parece hasta más viejo.

Hasta siento lástima por él.

—La mujer que he enviado al pescador, ¿trabaja bien?—pregunta de pronto, sin variar su posición y sin mirarme, pero su voz suena sinceramente interesada. No puedo evitar fruncir el entrecejo de pura consternación ante tan repentino interés: han pasado ya más de dos semanas desde que Androniki fuera enviada junto a mi padre y él en ningún momento había preguntado sobre el asunto.

—Sí—digo sin ceremonia, guardando cualquier pregunta, cualquier agradecimiento hipócrita. Él asiente sin más, pero no vuelve a fijarse en Saga, sino que me mira de lado, con su ojo negro, que da mucho menos miedo que el ojo claro porque es eso, su desprecio, lo que sé manejar. Lo otro, a lo que no me atrevo ni a ponerle nombre, me asusta cien veces más que cualquier odio.

—No te quedes ahí. Pasa y siéntate— ordena y yo le obedezco, enfilando al rincón de la habitación en que suelo encaramarme a mirar a Saga convalecer y consumirse.

Me quedo ahí en silencio, mirándolos a ambos. Él, como he visto hacer a Aioros antes, comparte su cosmos con Saga sin ningún pudor por mi presencia. Le llama, le insta a la conciencia y ahora que mi propio cosmos se ha desarrollado, puedo incluso escuchar el llamado casi suplicante de Alexandros y aunque el cosmos del hijo responde por una clase de natural instinto, permanece en silencio ante su zozobra.

—La última vez que Saga enfermó tenía cinco años —dice de repente, tomándome tan de sorpresa que he pegado un brinco. El Santo, que no ha variado ni un poco su posición, aguarda en silencio alguna palabra o reacción mía que jamás llega y aunque creo que ante mi falta de respuesta por su anécdota, ésta quedaría suspendida, decide continuar hablando—. Aioros le contagió el sarampión…

¿Cómo se supone que me tengo que comportar en este ambiente de familiar confidencia? ¿Espera realmente una respuesta mía o lo más prudente es el silencio? necesito volver a los días de su furia, necesito su rencor de vuelta porque esto no hace más que me sienta culpable de yo odiarlo como lo hago. Cuando él me mira, yo fijo mis ojos en Saga, que luce tal como el día anterior.

—A Aioros le salieron apenas unos cuantos brotes, pero Saga tenía sarpullido en todas partes: en los pies, en la boca, en los oídos. No paraba de llorar…—. Un suspiro que comparto me regala un instante para entender que ese que tengo frente a mí no es el Santo de Géminis al que temo y odio, en este pequeño espacio y en este pequeño instante, ese hombre no es más que un padre cuya fortaleza ya le pesa demasiado. Así, se ve exactamente como mi propio padre: superado por las circunstancias—. Tenía mucho dolor. Un día me dijo: padre, ¿voy a morir? —. Hace una pausa, toma aire y entonces se gira a mirarme de nuevo, yo siento cada músculo de mi cuerpo encogerse de tensión ante la fijeza de sus ojos. No sé qué busca, no sé qué quiere ver en mí—. Yo le dije que no lo sabía, pero que si iba a morir tenía que hacerlo como un hijo de Géminis. Si iba a morir tenía que ser luchando, tenía que ser sin miedo…

No tenemos permitido tener miedo—repite incansable mi hermano en mi cabeza. Lo ha dicho desde que tengo memoria y comprendo ahora su origen, pero también entiendo algo más, algo que antes no había llegado a ver: no me lo decía a mí, sino a sí mismo. Pero ¿qué hay en este mundo que pueda asustar a Saga de Géminis?

Le sostengo la mirada a duras penas. No por temor, sino por desconcierto. ¿Qué lo ha llevado a decidir contarme dicha anécdota? ¿Cuál es su intención? Intento tragar saliva, pero descubro mi garganta seca. Lo que veo no me gusta, él, ahora mismo, luce tan parecido a mi padre, tan falto de consuelo, tan desdichado. Tan humano.

—Le dije que un Santo de Oro no podía tener miedo, porque entonces todos detrás de él perderían la esperanza, le dije que no podía dejar a sus hermanos solos en el camino, porque era el mayor, porque tenía una responsabilidad con ellos…

—Yo... No sé qué espera que diga…

—¿Sabes qué fue lo que dijo entonces?—me pregunta cómo si la respuesta fuera de mi conocimiento y solo tuviera que recordarla. Niego con la cabeza, un mudo no forman mis labios—: "¿Qué será de Kanon si yo muero, padre?"

Le miro incrédulo. No termino de creer sus palabras y hasta me permito un gesto de consternación. El Santo suspira como si supiera que lo que dice es un sinsentido. Sabe bien que no le creo. Entonces se lleva una mano al cuello y se saca un colgante, el cual me muestra: se trata de un simple caracol marino sujeto a un cuero gastado.

—He escuchado el llamado de Macaria muchas veces en todos mis años al servicio de Nuestra Gracia. Pero la primera vez que estuve cerca de morir tenía dieciocho años…—dice, mirando el caracol que pende delante de sus ojos. Parece absorto en el recuerdo, la voz le tiembla, mismo temblor que parece recorrer el camino desde su garganta hasta los oscos dedos que sostienen el cuero—. "¿Qué será de mi hermano si yo muero?" Le pregunté a mi padre, era lo único que me preocupaba… Esto era suyo... Su nombre era Andreas—dice, volviendo a colgarse el objeto, que continúa aferrando con su mano.

—Creí que había nacido muerto…

—Igual que tú —dice, mirándome con cierto cinismo—. Mi padre lo dejó vivir así como yo te dejé vivir a ti…Matamos a muchos hombres, sí, pero la Casa de Géminis no asesina recién nacidos; no hay ningún honor en el infanticidio.

—¿Qué pasó con él?

—Andreas y yo no nos conocíamos, sabía que estaba vivo y él sabía quién era yo, pero nunca nos habíamos visto. Él vivía con su madre en el Pireo—suspira, se gira a mirar a Saga, manteniendo su relato en suspenso. Pone con cuidado una de sus manos sobre su frente y le acaricia con el pulgar—. ¿Quieres a tu hermano, Kanon?

No respondo. Si es lo primero que cruza mi mente. No es lo segundo. Me mantengo en silencio y siento cómo desde mis entrañas la ansiedad me colma el cuerpo. Siento el miedo, el odio, la envidia, pero también afecto, pena y cariño. Quiero que muera y a la vez la sola idea me embarga de desdicha. Miro al Santo, dándome cuenta del errático ritmo de mi respiración y a pesar de todo, en sus ojos no hay reclamo, no hay furia, sino absoluta comprensión.

—Han sido muchas las maneras en que la Casa de Géminis se ha negado a su destino. Muchos los caminos que se han tomado; pero el dictamen de los dioses es ineludible y, sin embargo, aquí estoy, intentándolo una vez más...

—No entiendo…

—Un gemelo divino y un gemelo mortal. Un gemelo para Atenea y un gemelo para el Hades… Y al final es el amor nuestra única y verdadera maldición.

"La verdadera maldición de Géminis es la locura. Polux perdió la razón cuando su gemelo le fue arrebatado por Tanatos".

—¿Qué pasó con Andreas?—pregunto con la voz vuelta un hilo. Sé la respuesta y aún así quiero oírlo decirla. Me levanto mareado, tambaleándome, acercándome al lecho por primera vez desde aquel día funesto, cuando aquella criada llegó hasta la puerta de la casa, con aquella carta en una mano, los ojos rojos y la palidez de un muerto. Me acerco a Saga y lo miro lo más cerca que he estado de él desde ese día, cuando ella dijo que la enviaba el Santo de Géminis.

—Andreas era mi hermano, era mi gemelo. Compartimos el útero, la sangre, el rostro y la maldición. Yo le amaba, le amé desde el mismo momento en que nos reencontramos; cuando supe que sin él estaba incompleto. Ellos querían matarlo, pero si alguien iba a quitarle la vida ese debía ser yo; su vida era mía para arrebatársela. No iba a permitir que lo usaran para lastimarme.

—¿Ellos?

—No hay día en que las Erinias no me atormenten por mi crimen. Me persiguen sin descanso, sus voces no me dejan dormir, sus gritos me torturan a diario—confiesa llevándose una mano a la frente, sosteniéndola como si fuera a desprenderse de su cuerpo y comprendo al tiempo que oye voces que sólo hablan para él—. Saga es lo único que me ha mantenido aquí, en la cordura...

—Si mi destino es morir para no estorbar el camino de Saga, debió matarme al nacer. Debió tener el coraje de cumplir su deber...debió tener piedad de mí y no entregarme a esta vida...

Su silencio no hace más que darme la razón. No tiene manera de refutar mi argumento. Mi hermano lleva una vida colmada de lujos y privilegios, es adorado, respetado y admirado. Es amado. Pero a la vez el pago por cuanto tiene es alto, su vida, su cuerpo, su tiempo… yo.

—No hubiera funcionado, de todas formas—dice interrumpiendo mis pensamientos—. Mi padre sufrió ese destino; las parteras mataron a su madre y a su hermano con ella; pero eso no lo liberó. Se colgó porque ya no tenía fuerzas para enfrentar un día más—. Se levanta, me mira desde sus casi dos metros y después camina hasta la cómoda del rincón, de donde toma un frasco de píldoras y toma dos—. Anestesiado es como yo he aguantado los años que vinieron después de Andreas…

"Su Santidad ha invertido mucho tiempo en descubrir la manera de eludir o erradicar la maldición…"

Le miro tomar las drogas y después le sostengo la mirada. El silencio entre nosotros de pronto parece cómplice e íntimo. Justo ahora no estoy seguro de haber comprendido en toda cabalidad sus palabras ni todo cuando me ha revelado; no comprendo sus intenciones al tenerme esta confianza. Él suspira y yo descubro que mi respiración es aún errática, entrecortada. Ni Alexandros ni Emir, su maestro, ni sus respectivos gemelos llegaron a traicionar al Santuario, ni a traerle días negros a la Diosa y, sin embargo, el Santo arguye que la maldición no pudo ser eludida.

"La verdadera maldición de Géminis es la locura"—me dijo mi padre—. "Es el amor"—, argumenta Alexandros, pero no es así. Pólux, desde el momento mismo de su nacimiento, estaba condenado a esperar la muerte de Cástor. Estaba condenado a la soledad.

Morir para tortura del otro.

Saga nunca ha sido verdaderamente mi hermano. No somos más que dos desconocidos que comparten un mismo rostro; pero es también innegable el lazo que nos une. Son innegables los días que he despertado aterrado por las pesadillas de Saga o las veces que él ha llegado a mi cabaña porque pudo sentir el dolor de alguna herida sufrida en el trabajo. Jamás llegué a sufrir el sarampión, pero durante su convalecencia, la comezón no me dejaba dormir. Cuando enfermó y cayó en cama, yo lo supe mucho antes de que el chisme se regara por el Santuario, nadie tuvo que decírmelo. Yo sólo sabía. Si él muere, ahora o después, ¿el dolor me enloquecería? Siempre he estado solo, pero vivir sin su existencia me aterra igualmente. ¿Por qué?

—Tienes un gran poder, Kanon. Cuando Saga despierte, si es que alguna vez lo hace, sería un error devolverte a tus redes y desperdiciar tu cosmos. De haber iniciado tu entrenamiento a tiempo, al día de hoy serías uno de los mejores aprendices que haya tenido—. Alexandros habla con seguridad, con tanta convicción que contradecirlo parece una tontería. Le miro enmudecido y casi por instinto miro a Saga, como si en cualquier momento él pudiera despertar y reclamar a su padre por este episodio de locura y sinsentido—. Atenea necesita más hombres con tu fuerza—. Estoy anonadado, en mi pecho siento una fría sensación más allá de lo descriptible, él me mira fijo, con ambos ojos; con rencor y orgullo, con desprecio y afecto—. Saga es mi hijo y mi heredero. Desde el día de su nacimiento estaba escrito que habría de portar mi manto y no hay fuerza en este universo que pueda cambiar eso. Pero tú, Kanon… ¿Cuál es tu verdadero destino? Los libros te han borrado a ti y a todo Cástor que te antecedió. Deuteros ha sido el último al que se le entrenó a la par de su gemelo y su valía, sus hazañas, apenas fueron suficientes para que su nombre sobreviviera en los cantos.

—No entiendo…

—He hablado con Su Santidad. Si así lo quieres, podrás entrenar bajo mi supervisión por la armadura de Sextante, grado de Plata de primera clase. Un manto poderoso y tradicionalmente fiel a la Casa de Géminis.

—No...—digo apenas con un hilo de voz—. No puedo…

—Puedes, Kanon—insiste, con aquella misma convicción del día que me arrastró fuera de mi camino rumbo a la Casa de Géminis—. Pero esta vez es cuestión de que quieras. Esta vez te dejo elegir...

¿Elegir?

¿Soy realmente libre de elegir?

¿Soy realmente libre de hacer cualquier cosa?

Layo se creyó libre cuando se deshizo de Edipo, sin saber que no hacía más que condenarse. No respondo porque no quiero hacer lo mismo; porque quizá todo esto no sean más que entresijos del destino para acercarme más al único propósito por el que vine a este mundo.

—Ha habido otros gemelos que han obtenido distintas armaduras. Su Santidad Sage y Su Santidad Hakurei tuvieron una vida de glorias y caminos fortuitos. Sé que alguna vez la Casa de Géminis podrá tener un destino así.

—¿Por qué…?—digo entonces, apenas escuchándome yo mismo— ¿Por qué hace esto por mí?

—Yo no te odio, aunque ninguna de mis acciones haya demostrado lo contrario. Estaba muy enojado solamente; Saga es mi hijo, mi único hijo. Estuve ahí cuando nació, lo alimenté, velé sus enfermedades, consolé sus pesadillas. Le enseñé a hablar, a caminar, a leer… Saga es la única razón por la que no me he suicidado y tú, tu mala estrella, tu maldición, tu infortunio, me lo iban a quitar todo… y las voces… las voces hablan más fuerte que de costumbre…

Le miro consternado, incrédulo. Sus ojos son sinceros aunque busco encontrar la burla en alguna parte. La razón no puede ser así de simple, todo el sufrimiento de meses, las horas de entrenamiento,el dolor, el miedo, el odio; todo eso no puede tener un origen tan burdo, tan elemental. Siento mi labio temblar y la sangre dentro de mis venas correr caliente por mis miembros.

No puede ser así de simple.

—¿Qué cambió entonces?

—El médico me dio unas drogas nuevas…—dice como si fuera obvio—. Las voces se callan un rato y entonces puedo pensar con claridad.

Siento el palpitar de mi cosmos amenazando con desatarse, peleo por mantener el control por no obviar mi furia, mi indignación. ¿Sólo eso? ¿Drogas nuevas y ya? Ni mi esfuerzo, ni mi empeño, ni mi natural talento; no es mi destacada terquedad ni mi deseo por evitar la maldición...

—No pude salvar a Andreas y Saga no podrá salvarte a ti…

—No necesito que nadie me salve.

—Eso mismo dijo Andreas, el día que lo maté…

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