– ¿Mis ojos me traicionan o esa es Lily Potter? – inquirió Dylan con la boca medio llena.

Scorpius se volteó hacia la entrada del Gran Comedor y apenas pudo reconocer a la pelirroja. Sin duda había crecido unos pocos centímetros, su cabello se veía más liso y largo que antes, pero sobre todo era su cuerpo: notablemente más delgado que el año anterior – el rubio recordaba haber notado algunos bultos cuando usaba una pijama ajustada en sus reuniones en la Torre de Astronomía –, toda su figura se veía muy estilizada, como esas fotos de su tía Daphne que había en la pared de premios anuales. A pesar de haber notado que ella se veía diferente, no comprendió de inmediato el escándalo, ni siquiera cuando se dio cuenta de que no era el único que se había volteado – sin nada de disimulo – para mirarla.

– Obviamente es genético. – comentó Dominique Weasley, en tono de broma, a uno de sus compañeros que estaba sentado junto a Scorpius.

El rubio lo consideró, a pesar de que Dominique tenía cualidades de veela, como su madre y hermana, sí se parecía mucho a Lily; a excepción del cabello rubio adornaba su rostro cubierto de pecas, tal y como el de la pelirroja.

– Oh no, Nique, estoy seguro de que ella no tiene tus talentos. – contestó el chico haciendo una extraña mueca, que Dylan interpretó como obscena.

La rubia le dio al muchacho un golpe con el codo, justo en las costillas. Todos rieron, incluso Scorpius, aunque no sabía precisamente por qué.

– ¿Este lugar está ocupado? – preguntó Lily una vez que llego a donde estaba él.

Por supuesto que no. – contestó Dylan rápidamente levantándose de su asiento.

La joven pelirroja le dedico una sonrisa delicada y se sentó junto a Scorpius, luego le guiñó un ojo antes de soltar una carcajada.

– ¿Hay un chiste que debas contarme, Potter? – preguntó el rubio.

– Las clases apenas comienzan y ya todos son el doble de idiotas que el año pasado. – contestó ella, simplemente, sirviéndose un poco de jugo de cerezas.

– Posiblemente. – suspiró él.

Scorpius tomó su almuerzo en silencio, sin prestarle demasiada atención a la menor de los Potter. El constante ruido que había en el Comedor le ayudaba a distraerse lo suficiente para poder comer tranquilo, casi como cuando sus padres tomaban de las riendas una conversación interesante y no paraban incluso cuando habían terminado la cena.

Albus estaba sentado al otro lado de la larga mesa de Slytherin; de algún modo, Scorpius sabía que no había tocado su plato, incluso sin haberse molestado en buscarlo con la mirada. Aun con todo el ruido podía sentir el silencio del azabache, como si estuviese sentado a su lado, como si bloqueara gran parte de los sonidos a su alrededor.

No es que se sintiera más tranquilo que antes de las vacaciones, pero el hecho de haber visto a Albus en el tren le permitió suspirar de alivio por primera vez en mucho tiempo. Ambos se habían quedado la noche anterior desempacando y ordenando sus cosas en la nueva habitación que les fue asignada. Ninguno estaba muy contento con la reducción de espacio, y mucho menos con su nuevo compañero, quién al menos parecía cien veces más fastidioso que Dylan.

Lily se puso de pie y apoyó su mano en el hombro del rubio, él alzó la mirada para verla.

Te veo esta noche. – susurró antes de perderse entre la multitud de alumnos que salían del Gran Comedor.

Para cuando se volteó nuevamente notó que el plato de la chica estaba completamente limpio; no estaba seguro si debía preguntarle al respecto, o si solo debía ir al grano y hablar sobre la internación de Albus… en cierto modo se sentía sumamente patético, pero no podía evitarlo; después de las peores vacaciones de su vida necesitaba algo, lo que fuera, una respuesta – aunque fuese ambigua y poco clara – a su tormento.

-0-

– ¿Alguna vez has besado a alguien? – inquirió la pelirroja mientras acomodaba los mechones de cabello que caían sobre su rostro.

Scorpius tuvo que alzar la vista para dedicarle una mirada seria, ¿acaso no estaba escuchando? Hacía poco más de media hora que intentaba que ella le contara – en detalle – los eventos del verano y todo lo que ella hacía era divagar.

– No desvíes el tema. – espetó él, poniéndose de pie frente a ella.

– Tú desvías mi tema. – respondió Lily. – ¿Has besado a alguien?

– No. – contestó el rubio sin expresión en el rostro.

– ¿Cómo es eso posible? – exclamó ella riendo.

– No veo el chiste, Potter. – dijo Scorpius, un poco molesto. – Simplemente no lo he hecho y ya. – hizo una pausa, sujetando a la chica firmemente por los hombros. – ¿Podemos concentrarnos ahora?

– Eres odioso, ¿lo sabías?

Él asintió con una media sonrisa.

– El sanador a cargo era un completo imbécil. – comentó la ella finalmente. – Estuvo allí hasta después de su cumpleaños y casi no ha hablado desde entonces.

– ¿Ese es tu resumen? – preguntó Scorpius, dejándose caer al suelo deslizando su espalda contra la pared.

– Sí… o ¿no? – dudó ella. – Es que ¿qué más hay para decir? No ha hecho nada extraño, solo… parece estar peor de lo que estaba. La única diferencia es que ahora está todo en su interior, ¿entiendes? – la chica hizo una pausa y se sentó junto al rubio. – Mis padres parecen tranquilos, más de lo que han estado en meses.

– Creo que podemos coincidir en que tus padres son extraños. – afirmó Scorpius.

– No lo sé, es decir… ¿realmente prefieren que su hijo sea un maldito zombie? ¿Cómo pueden estar tranquilos sabiendo que, en realidad, nada cambió? Están felices de que no habrá más escándalos, eso es seguro.

Ninguno de los dos dijo nada más. A pesar de que Scorpius tenía muchas preguntas para Lily, en el fondo, sabía que ella no tenía las respuestas. Lo cierto era que él no quería saber realmente todas las cosas que habían hecho con Albus, sino más bien necesitaba entender cómo se sintió, si tenía miedo, si estaba enfadado… necesitaba algo que le explicara el modo en que él mismo se había sentido todo el verano.

Habían sido pocos los momentos en que realmente había sido capaz de disfrutar sus vacaciones, en un mínimo nivel dentro de lo aceptable su padre tuvo la desastrosa idea de viajar a París y visitar unos viejos amigos de su madre, los Blanchard. Ellos, para su desgracia, tenían una hija a la que su madre describía como adorable, pero ciertamente a Scorpius le pareció más que nada aterradora. Realmente lo único positivo que recordaría de aquel viaje era sin duda sus constantes visitas al Museo del Louvre y su recién descubierta fascinación por la pintura; cada vez que se detenía frente a un Rembrandt o un Delacroix, todo el peso emocional que lo ataba a Albus Potter desaparecía por un glorioso instante, ¿quién lo hubiese adivinado? Ni siquiera él mismo.

Lily acomodó su cabeza en el hombro del rubio después de un momento. Incluso después de casi un año de pasar tiempo juntos, el contacto físico continuaba siendo algo extraño para Scorpius.

– Realmente extraño a mi hermano. – suspiró ella. – Se siente como si… como si se hubieran llevado todo lo que hacía que Albus sea… Albus.

– ¿Crees que tus padres no lo extrañan? – inquirió él.

– Es eso o es que no se dan cuenta… ¿cómo es que no se dan cuenta?

– Volvemos a lo mismo, Potter, solo tú te has dado cuenta. – espetó Scorpius dándole un leve golpecito en la pierna.

– Y tú. – contestó Lily en voz baja.

– Creo que es algo obvio, ¿no?

Ella simplemente le dedicó una breve sonrisa.

– Quizás esa sea la única cosa que nos mantiene atados el uno al otro, ¿no lo crees? – preguntó finalmente la pelirroja.

– No lo sé, Potter… – respondió Scorpius exagerando una seña pensativa. – Puede que esté comenzando a tenerte cariño.

– ¿No me digas? – Lily esbozó una enorme sonrisa socarrona.

– Ya sabes, como a una mascota. – bromeó el rubio.

– No es chistoso. – espetó ella golpeando el hombro del chico.

Él soltó un suspiro. Ni siquiera podía reírse, hacía meses que le costaba demasiado reír y ya comenzaba a preocuparle.

– Albus tampoco se ríe. – comentó ella con un tono apagado en su voz.

-0-

Scorpius Malfoy estaba agotado. Sólo había sido su tercer entrenamiento de Quidditch, y ya estaba completamente arrepentido de entrar al equipo en primer lugar; ni siquiera sabía cómo dejó que Lily lo convenciera de finalmente hacerlo. Pero una cosa sí era segura, la menor de los Potter no se equivocaba: era una maravillosa forma de distraerse.

Subió las escaleras hacia los dormitorios de manera casi automática. Cruzó la puerta del cuarto y la cerró detrás de sí con un movimiento de su pie. Se quitó las botas sin siquiera usar las manos y acabó de desvestirse en solo unos segundos.

El agua caliente de la ducha hizo que todo su cuerpo se relajara en seguida. Eran pocas las ocasiones en que podía realmente tomar un baño tranquilo, sin que Dylan estuviera apresurándolo y llenando el cuarto con sus amigos raros que hablaban demasiado. Se tomó un momento para cerrar los ojos y sentir todo lo que había estado evitando durante el entrenamiento. Tuvo que contener la respiración cuando toda la pesadez cayó sobre su cuerpo de nuevo, estaba casi seguro de que – si se concentraba en eso lo suficiente – podría morir aplastado.

Se cubrió con su bata negra y salió del baño. Se detuvo frente a su sector del enorme armario de la habitación, tomó su ropa y fue directo a sentarse sobre la cama. Aún después de una larga ducha se sentía extremadamente cansado, tal vez lo suficiente para saltarse la cena.

Albus entró y Scorpius ni siquiera tuvo que voltearse a verlo, una corriente helada recorría su cuello a medida que el otro chico cruzaba la habitación. Hizo un enorme esfuerzo por ignorar su presencia e intentó vestirse rápidamente sin quitarse la bata, al menos hasta que pudiese ponerse los pantalones.

El rubio podía sentir los ojos verdes de Albus clavados en su espalda mientras pasaba la camiseta por encima de su cabeza. Tomó una enorme bocanada de aire y – con toda la lentitud que fue capaz de evocar – se volteó hacia donde estaba el otro muchacho.

Scorpius tuvo que contener la respiración en cuanto su mirada se encontró con la de Potter. El azabache estaba ya casi completamente desnudo: en el instante en que alzó la vista hacia él ya estaba terminando de quitarse la ropa interior. Incapaz de reaccionar, tuvo que mantener silencio mientras el otro chico tomaba una toalla y se dirigía hacia el baño como si nada.

La breve escena dejó al rubio bastante confundido por varios segundos, con los ojos bien abiertos fijos en el punto en que Albus desapareció. Jamás había visto a otra persona desnuda antes y ni siquiera sabía si aquello contaba como la primera vez.

Se quedó sentado sobre la cama paralizado, no estaba seguro de cómo sentirse y eso era casi tan abrumador como el mismísimo Albus. Era como si una especie de cosquilleo subiera por su estómago, hasta su pecho y quisiera salir por su boca y sus ojos. Incluso respirando hondo repetidas veces – como su madre le enseñó – le fue imposible despegarse de la sensación.

Sin darle tiempo a recuperar el ritmo normal de su respiración, el azabache volvió a salir rodeado por una gran nube de vapor. Y así, mientras Scorpius luchaba por disimular siguiéndolo con la mirada, el otro chico ni siquiera se molestó en mirarlo… como si no estuviera ahí.

Observó de reojo mientras Albus secaba su cuerpo con una enorme toalla blanca; tuvo tiempo suficiente para contar la cantidad de marcas y lunares que tenía en la parte interna de sus muslos y su espalda. La sensación de cosquilleo se intensificaba a medida que Scorpius intentaba más y más deshacerse de ella, ¿acaso no se sentía lo suficientemente miserable tan solo minutos antes?

Para cuando Potter terminó de vestirse, Scorpius se dejó caer hacia atrás sobre su cama, cerrando los ojos. Respiraba tan hondo que podía oír el aire saliendo de sus fosas nasales y sentir cómo su pecho subía y bajaba, balanceando la pesadez sobre su cuerpo. No estaba del todo seguro pero sabía que posiblemente todo su rostro se había enrojecido.

-0-

Sylvia Hodge era una linda chica la mayor parte del tiempo, claro, excepto cuando su lengua estaba dentro de la boca de Scorpius. Lo cierto era que nunca imaginó que su primer beso sería un completo desastre. Incluso, jamás se había imaginado su primer beso y punto. Ni siquiera sabía por qué decidió hacerlo.

Aquella tarde de sábado en la Sala Común cambió para siempre la forma en que el rubio veía a las chicas. Sus compañeros – especialmente Dylan – habían insistido toda la semana para escabullirse y jugar ese estúpido juego. Finalmente fue la pasiva presencia de Albus Potter lo que le obligó a participar.

En el instante en que se separó del rostro de Sylvia, se esforzó durante unos segundos por no abrir los ojos. No quería ver a su alrededor y darse cuenta de que Potter lo estaba observando. Regresó al cojín donde había estado sentado previamente y tomó una enorme bocanada de aire.

– Por favor, Malfoy, sólo no te mueras. – bromeó un muchacho de quinto, dándole un golpe en el hombro, casi provocando que perdiera el equilibrio.

Para cuando alzó la vista, lo primero que vio fue a Sylvia con el rostro enrojecido soltando risitas agudas junto a sus amigas. Algunos de sus compañeros le dieron amistosas palmaditas en la espalda, como si acabara de lograr una compleja maniobra sobre su escoba o algo así.

Pasó un largo rato hasta que volvió a ser turno de Scorpius y Dylan casi se vio obligado a levantarlo de su lugar para que se moviera. Si estaba siento completamente honesto, sintió cierto alivio de que entonces le tocara Laura Cromwell y no Rose Weasley, quien estaba sentada justo a su lado.

Aquel segundo beso fue mucho más ameno. Los labios de Laura eran suaves y carnosos, y – por suerte – nunca tuvo que saber cómo era el interior de su boca. La chica incluso acarició suavemente su mejilla en el último segundo, lo cual fue más reconfortante de lo que él hubiese imaginado. Cuando volvió a sentarse tocó su labio interior suavemente, casi como un reflejo, para asegurarse de que seguía allí. Todo a su alrededor eran risas ahogadas.

– ¿Te retiras Cromwell?

Scorpius no pudo evitar buscar con la mirada al chico que sexto que había alzado su voz, y luego a Laura. Sus ojos encontraron los de la chica y ella sencillamente le dedicó un gesto y se encogió de hombros.

– Yo igual. – espetó el rubio poniéndose de pie.

Pasó caminando rápidamente justo frente a donde Albus estaba sentado y la proximidad lo abrumó unos segundos; perdió el equilibro y tuvo que sostenerse de una mesa de ajedrez que estaba cerca.

– ¿Estás bien, Malfoy? – preguntó Laura mientras se acercaba lentamente desde las escaleras de los dormitorios.

Scorpius asintió mientras tomaba una enorme bocanada de aire. Su pecho estaba completamente tieso, debía esforzarse para respirar. La chica lo tomó del brazo y lo ayudó a sentarse a un extremo de la mesa.

– ¿Estás enfermo? – inquirió ella, poniéndose de rodillas para mirarlo directamente. – Espera… ¿es contagioso?

De haber estado mejor el muchacho hubiese soltado una risa irónica, pero todo lo que pudo hacer fue una mueca torcida.

– Ya… perdón. – susurró la chica.

Pasó un rato hasta que Scorpius recuperó finalmente un ritmo normal para respirar. Echó la cabeza hacia atrás e intentó relajarse mientras veía a Potter subir hacia el dormitorio. Hacía varios meses que la sensación no había alcanzado la intensidad para afectarlo físicamente y eso sólo hizo que fuese aún más aterrador.

– No estoy enfermo. – masculló el rubio. – Sólo no me he sentido bien.

– ¿Es por Lily? – cuestionó ella.

– ¿Lily? – respondió Scorpius, casi ahogándose al decir el nombre de la pelirroja.

– Lily Potter. – aclaró Laura. – Ustedes son… novios, ¿o no?

– No, claro que no. – espetó él. – ¿De dónde sacaste eso?

– Todo el mundo lo piensa. – justificó la chica mientras peinaba su largo cabello rubio hacia atrás. – Pasan mucho tiempo juntos y se escabullen casi todas las noches.

– ¿Qué? – exclamó Scorpius, atónito.

– No soy idiota. – suspiró ella. – Su cuarto esta junto al mío.

– Estás loca, Cromwell. Sólo somos amigos. – contestó el rubio dedicándole una mirada firme. – De igual modo, ¿por qué estaría mal por ella? Si fuésemos novios… que no lo somos. Pero… ¿debería preocuparme por Lily?

– No lo sabes. – afirmó ella algo asustada.

– ¿Qué cosa?

– No importa. – mintió la rubia poniéndose de pie inmediatamente.

Scorpius la tomó del brazo levantándose para mirarla a los ojos.

– Laura. – susurró él en un tono neutro. – ¿Qué sucede con Lily?

– Ella me matará si te lo digo. – lloriqueó ella.

Ni siquiera sabía por qué pero en ese punto ya estaba bastante enfadado. No porque algo pudiese estarle ocurriendo a Lily, sino que había algo en esa actitud de despertar la duda y no responder… sin duda lo detestaba.

– Qué pena. – espetó el rubio sujetando el brazo de la chica con más fuerza que antes.

Ella permaneció en silencio. Scorpius miró a su alrededor para confirmar que nadie los estaba observando. Se acercó a Laura, quedando a pocos centímetros de su rostro – intentando compensar la diferencia de estatura – y la miró fijamente. Pudo ver que estaba un poco asustada, quizás más de lo que él imaginó.

– Revisa sus piernas. – dijo ella, finalmente.

– ¿Disculpa? – inquirió él, soltándola de repente.

– Solo hazlo. – respondió la chica antes de alejarse rápidamente.

Aún estaba enfadado, pero sería sencillo ignorarlo pues al menos tenía la mitad de la respuesta. Respiró hondo y tomó camino hacia el dormitorio sin siquiera prestar atención a los susurros y risas que llenaban la Sala Común.

El pasillo estaba ya casi completamente oscuro y el cuarto también. Todo lo que podía oír al entrar era el sonido de la ducha corriendo dentro del baño. Se sentó sobre la cama de Dylan un momento, sintiéndose mareado nuevamente. Realmente tenía muchas ganas de llorar y no podía decidir por cuál de todas las razones que se le venían a la cabeza.

Hacía meses que venía soportando la frustración bastante bien, pero era como si algo hubiese caído encima de él cuando se aproximó demasiado a Albus. Y no dejaba de ser algo sumamente extraño ya que su cama estaba al lado de la de Scorpius; dormían a menos de setenta centímetros de distancia cada noche y no había sentido algo tan intenso hasta aquella tarde.

La puerta del baño se abrió y Albus salió completamente vestido. Scorpius contuvo la respiración por unos segundos, en lo que el azabache hacía camino hasta su rincón de la habitación.

El silencio gélido que sostenía el ambiente le permitía al rubio escuchar los latidos acelerados de su corazón. Se puso de pie y – volviendo a respirar casi normalmente – entró al bajó y cerró la puerta detrás de sí.

Fue obvio entonces que Albus Potter ni siquiera había tomado una ducha. El suelo estaba completamente seco y no había vapor, sin mencionar que el jabón estaba intacto al igual que todas las toallas colgadas en la pared. Scorpius observó absolutamente cada detalle a su alrededor, distrayéndose un momento del dolor que sentía en su pecho.

De pronto algo llamó su atención. El cesto de la basura – que se vaciaba mágicamente cada día luego de media noche – estaba ligeramente abierto. Hubiese sido inútil luchar contra el impulso de arrodillarse y revisar.

¿Qué demonios? – susurró para sí mismo levantando una bolsa de papel completamente arrugada. Adentro había una pequeña botella de vidrio color negro, completamente llena.

¿Sería una de las pociones que debía tomar? Posiblemente. ¿Por qué la había botado? Necesitaba saberlo.

-0-

– Scorpius. – lo llamó su padre desde la puerta de su estudio.

El muchacho subió las escaleras rápidamente y saludó al hombre con un leve gesto. Ambos entraron y la puerta se cerró a sus espaldas. Habían sido pocas las veces en que Scorpius pudo entrar allí sin hacerlo a escondidas, y sin duda se sentía mucho mejor de ese modo.

– ¿Sucede algo? – preguntó el chico, levemente preocupado.

– No. – respondió Draco. – Acompáñame al balcón. – sonrió. – Vamos a hablar.

El enorme balcón que sucedía al estudio era, tal vez, la parte más alta de toda la casa. A Scorpius siempre le había encantado la manera en que podía observar todo el vasto jardín desde allí y sabía que también era el lugar favorito de su padre.

– Algo curioso ocurrió esta mañana… – comenzó el hombre. – Sabes que tu madre a veces se preocupa demasiado, así que creo que es mejor que solo hablemos tú y yo, ¿sí?

– Claro, pero… ¿por qué está preocupada? – inquirió Scorpius.

– Esta mañana recibimos una invitación con tu nombre en ella.

– Ah… eso… – el muchacho casi se ahoga al recordar de dónde provenía esa invitación.

– Los Potter no son malas personas, hijo. – intervino el mayor, con una mueca. – Puedes ir si quieres.

– No iba a… no iba a asistir. – mintió él.

– ¿Seguro? Pensé que esa chica era tu amiga.

La mirada de Draco encontró la de su hijo y le dedicó una sonrisa.

– Lo es. – contestó Scorpius. – Pero no creo que sea buena idea.

– ¿Tienes miedo, hijo?

– Es que… – el joven tuvo que tomar un respiro antes de poder hablar. – A ellos no les agradamos, Lily lo sabe, yo lo sé, tú lo sabes, padre.

– Mira Scorpius… si yo tuviera que quedarme en casa cada vez que me invitan a un lugar donde sé que no seré bienvenido jamás hubiese podido casarme con tu madre.

Se quedaron en silencio. El hombre sacó de su bolsillo una enorme pipa y la encendió con solo un parpadeo.

– ¿Te importa tu amiga? – preguntó antes de llevarse la pipa a la boca.

– Claro que sí. – afirmó el muchacho. – No tengo otros amigos así que…

– Entonces deberías ir. – sonrió Draco. – No es que a mí y a tu madre nos emocione la idea pero… tú no tienes la culpa de las cosas que ocurrieron.

– Lo sé.

– ¿Entonces?

– ¿Entonces qué? – preguntó Scorpius, confundido.

– Hay muchas cosas en la vida que van a detenerte. No dejes que el peso de un pasado que no es tuyo sea una de ellas.

Scorpius miró a su padre fijamente por un momento. Sabía que no podía decirle la verdadera razón por la cual no quería asistir, de modo que simplemente cedió.

– ¿Tú vas a llevarme? – inquirió el joven.

– Oh, claro que no. – Draco soltó una suave risa. – Tu tía Daphne lo hará.

Los dos sonrieron al mismo tiempo.

– Ten. – susurró el hombre extendiendo la pipa hacia Scorpius. Él lo miró confundido. – Solo no le digas a tu madre.

Aspiró suavemente y el humo llegó a su pecho, haciéndolo toser frenéticamente.

– Cuidado. – advirtió Draco, un poco tarde, tomando la pipa de la mano de su hijo.

– Eso sabe horrible. – espetó el chico sin dejar de toser del todo.

– Hasta que te acostumbras…

Se quedaron allí. Scorpius se sentó sobre el borde del balcón y observó a su padre un rato. A veces se olvidaba lo simple que resultaba hablar con él y sentía un nudo en el estómago al recordar cómo Lily describía a su padre.

-0-

– Dime, Scorpius… ¿juegas Quidditch? – preguntó Harry Potter, desde el otro lado de la mesa.

– S-sí, claro. – tartamudeó Scorpius. – Soy cazador.

El muchacho estaba temblando ligeramente, incluso cuando Lily le había asegurado de que nadie tendría problema alguno con su presencia. Albus estaba sentado bastante lejos, pero podía escuchar cada vez que hablaba para responder las constantes preguntas de sus familiares.

– Es muy bueno. – comentó Lily con una sonrisa. – Sin duda hizo sudar a James en el primer partido del año.

– No me digas. – respondió el hombre. – James no me ha comentado nada al respecto.

James fulminó a su hermana con una sola mirada, y luego fingió una espantosa risa.

– De todos modos ser guardián no es lo mío. – espetó el mayor de los Potter.

– Estás mucho mejor como golpeador. – secundó un chico rubio que estaba sentado frente a Lily. Scorpius no recordaba su nombre. – Sin duda necesitábamos a alguien más ágil que Frank.

Varios en la mesa comenzaron a reír y el rubio no entendió del todo cuál había sido el chiste.

– Espero que Scorpius pueda convencer a Lily de entrar al equipo el año siguiente. – intervino Ginny Potter, llenando el vaso del chico con jugo de cerezas.

– No creo que nadie pueda convencer a Lily de hacer algo que no quiere. – contestó Scorpius con una media sonrisa.

– Eso es verdad. – afirmó el señor Potter. – Qué bueno que te hayas dado cuenta.

Lily y Scorpius se miraron un segundo, ambos sorprendidos ante lo tranquilo que estaba todo. Sin duda ninguno de los dos esperaba que el nivel de incomodidad en la velada fuera tan bajo.

Me disculpo. – la voz de Albus se alzó, casi haciendo saltar al rubio.

Lo vio mientras cruzaba el comedor y subía las escaleras rápidamente, sintiéndolo en el fondo de su estómago a medida que se alejaba. La pelirroja apretó su mano debajo de la mesa, tal vez como un gesto compasivo, tal vez como reflejo.

– No ha comido en días. – susurró ella en el oído de Scorpius.

– ¿Crees que tenga que ver con las medicinas que no ha estado tomando? – pregunto él, también en el tono más bajo que pudo.

– Tal vez. – contestó la chica.

Pasó un largo rato entre que la parte formal de la cena se dio por finalizada hasta que otros invitados comenzaron a llegar y el volumen de la música aumentaba. El salón donde habían estado comiendo casi media hora antes se convirtió en un espacio totalmente diferente cuando la mesa atravesó el suelo hacia abajo.

A Scorpius le pareció casi conmovedora la cantidad de amigos que tenían los Potter, o al menos la cantidad de personas que los trataban amistosamente. De pronto se imaginó qué ocurriría si su casa llegara a estar así de llena; intentó pensar en quiénes asistirían y saludarían a sus padres con enormes sonrisas y abrazos cálidos. La lista era demasiado corta.

– ¿Sabes bailar? – preguntó Lily apoyándose en la pared junto a él.

– ¿Bailar? – bromeó él. – Depende, ¿vas a hacerme bailar?

– Claro que sí.

– Pues entonces no sé bailar. – mintió el rubio con una media sonrisa.

– ¡Mentiroso! – la pelirroja jaló a Scorpius del brazo hasta que pudo despegarlo de la pared. Ya había algunas personas bailando en el salón, lo cual hizo que fuese más sencillo relajarse un momento.

Lily parecía muy contenta, o al menos eso se decía él a sí mismo en un intento de rescatar algo bueno de toda la situación. La miraba en ese instante con una enorme sonrisa en su rostro y no podía creerlo. Hacía tan solo una semana la había encontrado llorando y hecha un desastre en el baño de prefectos y luego… y luego era capaz de parecer la persona más feliz del planeta. La envidiaba.

– ¿Al menos puedo ir al baño? – preguntó él, subiendo la voz para que no se perdiera con la música.

La chica sonrió y asintió, tomándolo del brazo para guiarlo hacia las escaleras. Le indicó la tercera puerta a la derecha y le aseguró que estaría esperándolo en ese mismo lugar. Él le agradeció y subió algo dudoso.

La puerta del baño estaba cerrada. Sabía que Albus estaba allí, podía sentirlo, era doloroso siquiera afirmarlo en su mente. Dio algunos golpecitos sobre la madera y respiró profundamente. Nada ocurrió.

– ¿Hola? – inquirió, haciendo un gran esfuerzo por hablar con normalidad.

– ¿Qué quieres? – preguntó el azabache abriendo la puerta solo lo suficiente para asomar su cabeza hacia el pasillo.

– Acceder a la Cámara Secreta. – contestó el rubio sarcásticamente.

Albus rodó los ojos y volvió a cerrar la puerta. Scorpius sintió una fuerte puntada en el estómago.

– Vamos, Potter, necesito orinar. – mintió.

– Pues bien. – el azabache abrió la puerta completamente e hizo un ademán para indicarle que entrara. – Adelante.

Scorpius lo dudo un segundo pero la expresión en el rostro de Albus era demasiado serena para dejarlo pasar. Entró al baño y el otro chico cerró la puerta con un solo movimiento de su pie.

– No voy a hacerlo si me estás viendo. – espetó el rubio.

– Está bien. – respondió Albus moviéndose hacia una esquina para darle la espalda. – No te estaré viendo.

De pronto el joven Malfoy sintió que realmente no importaba lo extraño de la situación, la sensación de pesadez se alivianó en un segundo. No pudo evitar reírse mientras desabotonaba su pantalón e intentaba recordar cuántos vasos de jugo de cerezas había bebido esa noche.

-0-

Incluso después de una semana, Scorpius todavía se preguntaba cómo había sido que Lily lo convenció de tener una cita con Laura. Estaba casi seguro de que esas exquisitas galletas de su abuela tuvieron mucho que ver.

Aquel fin de semana Homesgade estaba repleto, todo gracias a la estúpida feria de artesanías que visitaba el pueblo cada seis meses. Por supuesto había sido imposible conseguir un lugar en Las Tres Escobas, de modo que acabó paseando entre mugrosas carpas llenas de objetos extraños con una rubia prendida de su brazo.

– Me sorprendió que me invitaras. – comentó ella deteniéndose en un puesto.

– Me sorprendió que aceptaras. – admitió Scorpius. – Después de lo que pasó.

– No fue nada. – le aseguró Laura. – Me tranquiliza saber que te preocupas por ella…

– No sabía que eran amigas.

– No lo somos. – suspiró la chica. – Bueno… no es que no me gustaría.

– Sí, bueno… ella es complicada. – bromeó él.

Laura se veía incómoda, hacía un rato que Scorpius había notado que caminaba muy extraño y que, incluso cuando estaba sonriendo, su rostro se veía apagado. No le interesaba preguntar en realidad, pero comenzaba a incomodarse también.

– ¿Puedo preguntar?

– ¿Sobre qué? – inquirió ella, simulando confusión.

– Acerca de Lily… – respondió el rubio. – Estás encima de ella todo el tiempo.

– Ella me agrada. – contestó ella rápidamente.

– ¿Es todo? – preguntó Scorpius alzando una ceja y deteniéndose en seco.

La rubia tomó una gran bocanada de aire y miró a su alrededor con paranoia. Luego tomó a Scorpius de su abrigo y lo llevó hacia el final de la larga carpa. El muchacho notó que comenzaba a temblar cuando unas chicas de tercero pasaron junto a ellos y entonces la jaló hacia un lado, alejándola del flujo de gente.

– ¿Puedo confiar en ti, Malfoy?

– Honestamente no. – admitió él. – Pero vas a decírmelo de todos modos.

– ¿Recuerdas esa tarde que nos besamos? – comenzó ella. – La botella estaba hechizada… bueno, mi hermana lo hizo, no yo. – explicó. – Yo quería que te señalara a ti… creía que tú y Lily estaban juntos.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– Pensé que eso lastimaría a Lily. – contestó la rubia bajando la mirada.

– Si te preocupas tanto por ella ¿por qué querrías herirla? Bueno, además de porque eres una niña idiota, claro.

– Porque… pues… – Laura dudó un momento y sus ojos azules se opacaron. – Tal vez ella me agrada demasiado. – hizo una pausa. – Éramos amigas ¿sabes? En primero… y pues yo… yo la quería, de verdad. – esperó a que Scorpius respondiera pero él no lo hizo. – Y cuando se alejó de mí me sentí terrible… no sé, sólo… ella me lastimó primero.

El muchacho rodó los ojos. De cierto modo se arrepintió de siquiera haber preguntado.

– Como sea. – espetó finalmente Scorpius.

No sabía exactamente qué pensar en ese momento, de modo que guardó silencio el resto de la tarde. Recorrieron el resto de las carpas hasta que fue hora de regresar al colegio y él rechazó todos los intentos de Laura por entablar una nueva conversación.

Al entrar a su cuarto la presencia de Albus lo golpeó de repente. Sus miradas se encontraron y fue suficiente para que olvidara su desconcierto anterior. Se esforzó por llegar hasta su cama se dejó caer con todo el peso de su cuerpo. El azabache aún lo observaba.

– Creí que salías con mi hermana. – comentó el joven Potter en un tono neutro.

– Pues no. – respondió Scorpius con sus ojos cerrados.

– Sabes que Laura Cromwell es lesbiana, ¿no? – inquirió el azabache.

– Ahora sí.

– Puedes decírselo a tu amigo Dylan. – continuó Albus. – Creo que estaba celoso.

– Gracias. – respondió el rubio casi automáticamente.

– De nada.

Aquella había sido quizás la conversación más larga que habían tenido en la vida y eso hizo que Scorpius tuviera un poco de nauseas. Entonces se dio a sí mismo un memo mental: necesitaba entender qué demonios era lo que sentía con respecto a Albus Potter.

-0-

Era la quinta vez en tres meses que encontraba una de esas pequeñas pociones en la basura. Todavía no podía siquiera contárselo a Lily, pero estaba ¿preocupado? Ninguno de los dos hermanos estaba del todo sano y no tenía sentido empeorar las cosas.

Había comenzado a notar que Albus se comportaba cada vez más normal, lo cual – en sus parámetros – era completamente extraño. Incluso tenía un pequeño grupo de estudio y Scorpius a veces se los encontraba en la biblioteca o la Sala Común. Ni siquiera él tenía un grupo de estudio.

Salió del baño y buscó entre una pila de ropa sucia hasta encontrar su suéter verde favorito. Ya era primavera y aun así él sentía frío; su padre le había dicho que era como su madre, siempre estaba demasiado abrigado para el gusto de los demás.

– ¡Malfoy! – una voz femenina lo llamó desde la puerta del cuarto, haciéndolo saltar.

– ¿Qué demonios? – exclamó él. – ¿Cómo subiste hasta aquí?

– Un chico de Séptimo. – explicó ella. – ¿Has visto a Potter?

– No, no lo he visto. – espetó. – ¿Por qué?

– Se suponía que iba a verlo hace media hora en el quinto piso.

– Como sea, no estuvo aquí en todo el día.

– Gracias. – gritó ella mientras se alejaba apresurada.

Scorpius sintió un nudo en el estómago, ¿también tenía novia? ¿Desde cuando hablaba con personas siquiera? Se sentía molesto sin razón alguna, a él nunca le interesó tener una vida social… ¿entonces por qué le afectaba que Potter la tuviera?

No dudó en interceptarlo esa noche cuando regresaron del Gran Comedor. Al inicio Albus lo ignoró completamente; ni siquiera se había molestado en mirarlo, tomó sus cosas y se metió al baño para ducharse. Y no fue hasta que salió que se dignó en dirigirle la palabra.

– Se llama Pipper. – comentó mientras secaba su cabello con la toalla que había tenido en su cintura segundos antes.

– ¿Quién? ¿Tu novia? – preguntó Scorpius, fingiendo repentino desinterés.

– No es mi novia. – contestó Albus mientras comenzaba a vestirse.

– Deberías decírselo, ella se veía muy desesperada por verte.

– Ella sabe que no es mi novia. – espetó el azabache.

– Claro. – bufó el rubio en un tono casi imperceptible.

Ni siquiera me gustan las chicas. – sentenció Potter.