CAPÍTULO 02

¿CÓMO podía ser que no recordara su nombre?

Cuando la puerta se cerró, Candy se concentró en las últimas palabras que le había dicho a la anciana. Habían salido de su boca sin pensarlo, aunque ahora que intentaba hacer memoria, era incapaz de asociar un nombre con ella misma. Miró varias veces la tira de cuero que tenía en la muñeca, donde podía leerse «Candy». No, ese nombre no le decía nada. De hecho, por muchas vueltas que le dio, por mucho que intentó abrirse camino a través de la niebla que había invadido su mente, únicamente conseguía recordar lo ocurrido desde que había despertado en aquella cama. ¿Qué le había sucedido para encontrarse así?

El esfuerzo por recordar algo de su vida pasada acentuó el intenso dolor de cabeza que minutos atrás, cuando abrió los ojos, le había dado la bienvenida. Sentía unas sordas palpitaciones en la base de la nuca e inconscientemente llevó hasta allí su mano. Cuando se tocó estuvo a punto de desmayarse por el dolor. La vista se le nubló y una fuerte y repentina opresión en las sienes le provocó un aturdimiento momentáneo. Tuvo que esperar un buen rato hasta que el malestar remitió, y entonces, con mucho cuidado, volvió a palpar la zona. Dado el olor a hierbas medicinales que manaba al presionar, dedujo que le habían colocado el vendaje para cubrir una especie de cataplasma. Al parecer, se había dado un buen golpe. A buen seguro, aquélla era la causa de que su mente estuviese en blanco. Ni siquiera sabía cómo podía haberse lastimado, dónde y quién o quiénes la habían encontrado..., incluso desconocía el sitio en el que se encontraba en aquel momento. Se propuso interrogar a conciencia a aquella mujer, Pony, en cuanto volviera a la habitación, pero mientras tanto se dedicó a observar con interés todo cuanto la rodeaba.

El dormitorio era muy amplio. Las paredes, de grandes bloques de piedra caliza, estaban cubiertas por muchos tapices de una asombrosa calidad y belleza. Al fondo de la estancia se levantaba una enorme chimenea, cuya embocadura estaba fabricada en una única pieza de granito labrada con intrincados motivos. El fuego ardía con ímpetu, caldeando el ambiente, y de vez en cuando una brasa chisporroteaba por alguna corriente de aire. El suelo también era de piedra, aunque había varias alfombras de aspecto mullido y alguna que otra piel de animal distribuidas por doquier. Un único ventanal, situado en el paramento a la izquierda del cabecero de la cama, tenía los postigos cerrados, impidiendo el paso del frío y la luz, así que no pudo saber si era de día o de noche.

Candy contempló a placer la gran cama adoselada en la que reposaba. Los cortinajes, de un pesado terciopelo granate a juego con la colcha, estaban coronados por unas guardamalletas de seda en color dorado. De modo inconsciente, sus manos alisaron el embozo de la suave sábana que cubría su cuerpo. Estaba confeccionada en un finísimo lino blanco y destacaba bajo la gran cantidad de mantas que la tapaban.

No sólo la cama era magnífica; a los pies de ésta, abarcando todo el espacio de lado a lado, se encontraba un baúl de dimensiones extraordinarias, en cuya tapa había incrustadas multitud de piedras semipreciosas.

Durante un buen rato, Candy se quedó embelesada admirando los reflejos de colores que las gemas desprendían por el influjo de las llamas.

«Esta habitación está decorada con mucho lujo», pensó para sí. A la derecha de la puerta, apoyada contra la pared, había una cómoda enorme de diez cajones; a su izquierda, un palanganero con una jofaina de loza decorada y un gran espejo ovalado, cuya imagen se veía algo distorsionada por la falta de azogue. Un poco más allá, ocultando toda una esquina, se levantaba un biombo de madera tallada. Una butaca y un pequeño escabel, situados entre la ventana y la chimenea, completaban el mobiliario.

La iluminación era muy tenue; sólo el fuego del hogar y unas cuantas velas de cera de abeja, dispuestas estratégicamente en varios puntos, daban luz a la habitación. Le costaba enfocar la vista para observar todos los detalles, así que centró la mirada en el intenso crepitar de las llamas.

En su fuero interno, Candy se formulaba infinidad de preguntas que su cabeza era incapaz de responder. Además, había algo que no le cuadraba. No sabía el qué, pero la extraña sensación de que algo no iba bien era demasiado poderosa. Quizá fuera sólo producto de su mente aturdida, en realidad se encontraba en una situación bastante complicada y el hecho de no recordar nada de su vida pasada le provocaba muchas dudas y temores.

Un delicioso aroma que poco a poco comenzó a inundar toda la estancia la sacó de sus ensoñaciones. Su sentido del olfato captó el inconfundible olor de la comida; resultaba tan embriagador que experimentó una profunda sensación de placer al imaginarse saboreando el manjar del que provenía.

La boca se le hizo agua y su estómago rugió.

Empezaba a ser consciente de que debía de llevar mucho sin probar bocado. Se preguntó cuánto tiempo habría permanecido inconsciente. Supuso que habrían sido días, a tenor de la forma tan impropia en que clamaba su estómago. Si no recordaba mal, aquella mujer le había prometido que al cabo de un rato le subiría algo de comer. «Espero que no se demore—pensó—porque si tarda mucho creo que voy a morir de inanición.»

Retiró la ropa de cama a un lado porque tenía calor, y un perfecto «¡Oh!» se formó en sus labios cuando vio cómo iba vestida. Un finísimo camisón de hilo blanco la cubría hasta los pies, pero el motivo de su exclamación fue comprobar la belleza y, a su vez, el descaro de la prenda. Las largas mangas eran acampanadas y estaban bordadas, desde la mitad del antebrazo hasta las muñecas, con pequeñas mariposas de colores. Al estirar los brazos, las mangas cayeron, dando la impresión de que las mariposas volaban graciosamente en el aire, tan liviano era el paño. El camisón, aunque iba abrochado desde el cuello hasta el dobladillo por infinidad de minúsculos botones bordados con una diminuta rosa amarilla, llegaba a rayar en lo pecaminoso. La tela era tan diáfana que parecía transparente, no dejaba nada para la imaginación. Sus mejillas comenzaron a arder por la indecencia de la prenda, pero tuvo que admitir que el diseño era magnífico, y lo sentía como una segunda piel.

—Y bien, jovencita. ¿Ya os encontráis un poco mejor?

Candy dio un respingo por la sorpresa.

Estaba tan absorta contemplando esa maravilla que no se había dado cuenta de que alguien había entrado en la habitación.

Pony se acercó con paso resuelto y le dirigió una intensa mirada.

—Tenéis mejor aspecto que antes, pero aún estáis bastante pálida. Tomad, os he traído un poco de caldo bien caliente, a ver si con esto os vuelve el color a las mejillas.

Candy se quedó mirando a la mujer completamente embobada. Era muy bajita pero en modo alguno aparentaba debilidad. Una robusta espalda se intuía bajo la túnica de sarga gris que le llegaba hasta los pies, y sus rollizos brazos sujetaban con firmeza una basta bandeja de madera. Encima de ésta había un sencillo cuenco de barro con caldo humeante, una copa de peltre cuyo contenido ignoraba y algo más que iba convenientemente tapado con un paño.

Pony depositó la bandeja sobre el baúl y luego se dispuso a acomodar los almohadones donde descansaba la espalda de Candy, a fin de conseguir una postura más cómoda para que la muchacha pudiera comer a gusto.

—Lo primero que debéis hacer es tomaros vuestra medicina —le indicó Pony mientras cogía la copa y se la entregaba.

—¿Qué es esto? —Candy examinó la bebida con desconfianza.

—No es más que una tisana de hierbas para las náuseas. Lleváis tres días inconsciente, pero no puedo saber con exactitud cuánto tiempo ha transcurrido desde que comisteis por última vez. Es normal que ahora vuestro cuerpo sienta repulsión hacia los alimentos. Bebed —la apremió la anciana con firmeza.

Candy dio un pequeño sorbo y frunció el ceño. Momentos después, estaba conteniendo las arcadas.

—¿Qué diablos lleva este brebaje? Sabe a rayos.

—Callad y bebéoslo todo. Os aseguro que pronto os encontraréis mucho mejor.

Candy la miró sin convicción, pero aun así apuró la bebida. Como un milagro, al cabo de unos instantes las náuseas empezaron a remitir.

—Buena chica. Ahora os tomaréis el caldo.

—¿Sabe igual de mal que lo que me acabo de tomar? —preguntó Candy arrugando la nariz mientras olisqueaba el contenido del cuenco.

—No digáis tonterías. Un caldo es un caldo.

Renuente, Candy lo probó. Nada más saborear el líquido, sus ojos se abrieron como platos.

—¡Está delicioso! ¿Qué es lo que lleva?

—Lo normal: Carne de cordero, clavo, laurel, cebolla y miel. Es el mejor reconstituyente para superar la debilidad del cuerpo.

Candy no paró hasta dejar el recipiente vacío. Tras ingerir la última cucharada, preguntó con cierto azoramiento:

—Estaba buenísimo, pero sigo teniendo hambre. ¿No hay nada más que pueda comer... quizá algo sólido? —aventuró.

—Así me gusta, que tengáis apetito. Sí, os he traído un trozo de cordero —agregó Pony, acercándole el plato al tiempo que levantaba el paño y le mostraba su contenido.

—Estoy famélica —argumentó Candy. Sus ojos buscaban algo—Creo que me comería una vaca entera, pero...

—¿Qué es lo que buscáis con tanto empeño? —Pony se percató de su escrutinio, pero tuvieron que transcurrir unos segundos hasta que descubrió lo que la muchacha estaba buscando. Entonces sacó una pequeña daga de su bolsillo izquierdo y se la entregó—Tomad, se me había olvidado.

Candy cogió la daga con manos temblorosas y se la quedó mirando de hito en hito. La empuñadura era preciosa, realizada en madera labrada con incrustaciones de lapislázuli y aguamarinas. Sin embargo, no supo qué hacer con ella. Levantó la vista hacia la anciana con una expresión de genuina confusión en su rostro, pero Pony la animó con un movimiento de cabeza.

—Vamos, muchacha. ¿No decíais que teníais mucha hambre? Comenzad o se os enfriará.

¿Le estaba diciendo que utilizase el arma para comer? Al parecer, eso era precisamente lo que pretendía, así que, con cierta inseguridad, la agarró por el mango y se dispuso a trinchar la carne. Una, dos, tres veces... Era incapaz de cortar con una sola mano, la carne se le resbalaba por todos los lados. Estuvo entretenida durante varios minutos sin conseguir pegarle ni un solo tajo hasta que, desesperada y hambrienta, decidió capitular. Cogió la carne entre sus dedos, llevó hasta ella el filo del puñal y, con un único y preciso movimiento, cortó un pequeño trozo. Después lo pinchó con la punta de la daga y se lo llevó a la boca.

Lo había conseguido. Una sonrisa exultante curvó sus labios; se sentía muy orgullosa de su proeza.

Pony sintió lástima por ella al presenciar su extraño comportamiento. Tal vez el golpe en la cabeza le había trastornado más de lo que se podía apreciar a simple vista. Durante un buen rato estuvo contemplando en silencio a la muchacha; había algo en su forma de comer que no le cuadraba, pero no conseguía adivinar qué podía ser. De pronto, cayó en la cuenta y exclamó escandalizada:

—¡Estáis comiendo con la mano izquierda!

Candy detuvo la daga a medio camino de su boca. De forma paulatina paseó la vista de su mano hasta el sorprendido rostro de la anciana, sin saber a qué venía tanta conmoción.

—Pues sí... —titubeó—. Supongo que soy zurda. ¿Por qué se asombra tanto?

—¿Lo hacéis normalmente en público? —preguntó Pony boquiabierta.

—No lo sé. Es lo más probable, aunque no puedo recordarlo. ¿Hay algún problema?

—Niña, eso es del todo impropio. Lo que no consigo entender es por qué razón nadie os obligó, cuando erais pequeña y se puso de manifiesto ese defecto, a utilizar la otra mano.

—Yo... lo desconozco. No entiendo por qué ha de considerarse un defecto ser zurda —musitó Candy cariacontecida. Intentó sin éxito ocultar un profundo bostezo colocándose una mano sobre los labios—. Perdone..., no sé lo que me ocurre pero de pronto siento que me estoy cayendo de sueño. —No pudo continuar hablando. Le pesaban los párpados y un profundo sopor se adueñó de ella. Echó la cabeza hacia un lado y cayó dormida al instante.

Pony se acercó a la cama y retiró la bandeja de su regazo. A continuación volvió a cubrir su cuerpo con las mantas, no sin antes comprobar el estado del vendaje. Se cercioró de que quedaba todo recogido, los postigos convenientemente cerrados y un buen fuego que mantuviera caldeada la estancia durante toda la noche. Después, sin hacer un solo ruido, se marchó.

—Se ha despertado.

Tras salir del cuarto, Pony bajó directamente al salón para informar a Darryl de las novedades. No había querido decir nada antes, cuando fue a preparar la pócima, porque primero quería asegurarse del estado de la muchacha.

Abajo todo el mundo había terminado ya de cenar. Varios sirvientes estaban recogiendo los restos de las mesas, plegando los borriquetes, guardando los tableros y limpiando el suelo antes de que la gente del castillo se dispusiese a preparar sus jergones para dormir. Darryl estaba sentado frente al fuego de la chimenea y sujetaba una copa de vino. Tenía la vista fija en las llamas, pero cuando Pony se le acercó por la espalda, giró la cabeza hacia ella con suma tranquilidad, como si hubiera sabido desde el principio que la anciana estaba allí.

—¿Y bien? ¿Le has preguntado cómo llegó hasta la ensenada? ¿De dónde viene?

—No. Todavía no está en condiciones de mantener una conversación larga. Le he tenido que preparar un somnífero oculto en el caldo para que se volviera a dormir. Si no se lo hubiese administrado, ahora estaría gritando de dolor.

—¿Se recuperará?

—Aún está muy débil, así que no me atrevo a asegurar nada. Sin embargo, creo que lo peor ya ha pasado. De cualquier modo, dudo mucho que pueda responder a todas nuestras preguntas.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Darryl sorprendido.

—Creo que el golpe en la cabeza le ha hecho perder la memoria. No recuerda ni su nombre.

—¿No decías que se llamaba Candy?

—Eso es lo que yo pensaba tras haberlo leído en el cordón que lleva atado a la muñeca. Un objeto extraño, por cierto. Sin embargo, cuando despertó y se lo pregunté, no supo contestarme.

—Entonces, ¿cómo podremos averiguar su procedencia? Tiene que haber alguien buscándola. Tú misma me dijiste que, dada su apariencia, su origen no debía de ser humilde. Dudo mucho que una mujer aparentemente de noble cuna carezca de una familia que vele por ella.

—En eso os doy la razón pero, por ahora, no tenemos nada más en que basarnos aparte de su aspecto y el grabado del cordón. Ni siquiera estamos seguros de que ése sea su verdadero nombre. Además...

—Pony, sé cuándo me estás intentando ocultar algo —Darryl la miró con severidad—. ¿Qué es lo que está pasando ahora mismo por tu cabeza?

—Hay algo en ella que me desconcierta. No son sus modales, sino su forma de actuar. Da la impresión de que la educación que ha recibido ha sido un tanto... extravagante.

—¿Extravagante? ¿A qué te refieres?

—No sabría cómo explicarlo. Tiene un acento peculiar, aunque no parece extranjera. Tanto su vocabulario como su dicción son impecables, propios de una educación exquisita, pero la muchacha no sigue los cánones establecidos a la hora de hablar y actuar. Es muy raro.

Darryl se quedó pensativo tras escuchar las palabras de Pony. No fue sino hasta pasados unos minutos cuando se atrevió a romper el silencio que se había adueñado de los dos.

—¿Crees que me he equivocado al traerla al castillo?

La anciana negó con énfasis.

—Si estáis pensando que nos puede acarrear problemas, permitidme que lo dude. De cualquier modo, hasta que no se recupere por completo no podremos esclarecer todos los interrogantes que la rodean.

—¿Cuándo podré hablar con ella?

—Deberíais esperar un poco. Aún está convaleciente.

—¿Y cuándo consideras que estará lo suficientemente preparada? Padre no hace más que preguntarme por ella, y ya sabes la poca paciencia que tiene.

—Por eso no os preocupéis. Dejadme que yo me encargue de vuestro padre.

El día comenzaba muy temprano en el castillo. Desde que cantaba el gallo al despuntar el alba, el ir y venir de sirvientes ejecutando sus tareas era constante. En aquel momento, la cocina ya bullía de actividad; varias mujeres corrían de un lado para otro preparando los distintos alimentos que se servirían durante el día, mezclándose entre sí multitud de olores de diferente procedencia. La cocinera, una mujer rolliza de rostro encarnado que llevaba la cabeza cubierta por un pañuelo verde musgo, no cesaba de dar órdenes a diestro y siniestro. Los hornos de leña estaban todos encendidos, y en ellos se cocinaban lentamente unos cuantos lechones y pollos, la primera remesa de hogazas de pan y alguna que otra tarta.

Las lavanderas se encontraban en el patio trasero, junto a unos inmensos calderos de cobre repletos de agua hirviendo. Removían con esmero la ropa sucia, sin perder de vista a los niños que chillaban y jugaban eufóricos alrededor de las perolas, dispuestas a regañarlos si se acercaban demasiado.

Un muchacho de rostro enjuto y con legañas en sus somnolientos ojos se disponía, desganado, a abrir el pequeño portón de las porquerizas. Hizo salir un tropel de marranos, que gruñían de modo desaforado mientras correteaban fuera del recinto para dar su pequeño paseo por los alrededores a la búsqueda de bellotas con que alimentarse.

La fragua ubicada cerca del portalón de entrada de la fortaleza funcionaba a pleno rendimiento. El sudor corría por la frente y los antebrazos del herrero, un hombretón con cara de pocos amigos y exceso de musculatura, debido al duro trabajo de forjar el hierro. El sonido grave y profundo de los golpes acompasados del martillo al chocar contra el yunque se elevaba por encima de cualquier otro ruido, pero ésa no fue la causa por la que Candy despertó. Lo que la despertó fue un sonido procedente del patio de armas que, aunque leve, era más estridente que el del interior de la fragua.

Candy abrió los ojos poco a poco. Había permanecido recostada en la cama durante varios minutos, escuchando con innegable atención ese sonido que se repetía a cada instante y que le estaba crispando los nervios. Incapaz de adivinar su procedencia, la curiosidad pudo con ella y se levantó. Con paso indeciso se dirigió hacia la ventana, corrió los postigos y abrió las contraventanas.

No daba crédito a lo que veía.

Una veintena de hombres, la mayoría de ellos en mangas de camisa, se encontraban luchando en grupos de a dos. Pero no fue la lucha en sí lo que la sorprendió, sino lo que algunos estaban utilizando para tal fin. El origen del ruido que la había despertado no era otro sino el entrechocar de las espadas que sostenían con innegable habilidad entre sus manos.

Candy dio un paso hacia atrás, claramente horrorizada, y empezó a temblar de pies a cabeza.

—¿Qué demonios es esto?

Giró sobre sus talones, echó un rápido vistazo a la habitación y, en cuanto vio el aguamanil, corrió hacia él. Con ávidas manos cogió la jarra, vertió agua dentro de la palangana y se refrescó la cara. Se frotó tanto que los ojos comenzaron a escocerle y las mejillas se tornaron carmesí, pero no se detuvo hasta asegurarse de que estaba realmente despierta. Entonces volvió a asomarse a la ventana.

La misma imagen que había creído soñar antes seguía allí. Aquello no tenía ningún sentido. ¿Dónde diantres había ido a parar?

Oyó que la puerta a sus espaldas se abría y se giró con rapidez. Pony estaba en el umbral, impasible, con la vista clavada en su rostro. Candy avanzó hacia ella con paso firme, la cogió de los hombros y le gritó mientras la zarandeaba:

—¿Dónde diablos estoy? ¡Dígamelo ya!

—Chiquilla, no es necesario que blasfeméis. —Pony la tomó con cuidado de las muñecas para separarse de ella. Su voz era sosegada, aunque transmitía seguridad—. Estáis en el castillo de Chestergrand, en Berwick. Muy cerca de la frontera con Escocia. ¿Os suena el nombre?

Tras unos instantes, Candy contestó con aflicción:

—No.

—¿Habéis recordado algo referente a vos?

—No, aunque sospecho que hay algo que no está bien. Es una sensación extraña, como si hubiera ido a parar al sitio equivocado, a un lugar en el que no tendría que estar...

—Olvidaos de esos pensamientos tan absurdos. —Para infundirle tranquilidad, Pony posó una de sus manos sobre las de Candy, que permanecían unidas en un solo puño sobre su regazo— Aquí estaréis a salvo.

—¿Y esos hombres? ¿Por qué están peleándose? ¡Tienen espadas!

—No están peleando, sino entrenándose.

—Entrenándose, ¿para qué?

—Para una posible batalla, por supuesto. Como ya os he dicho, estamos muy cerca de Escocia. Al ser ésta una zona estratégica, los enfrentamientos con nuestros vecinos se dan con demasiada asiduidad. El rey Jacobo se indignaría si Inglaterra perdiera el control de esta parte de la frontera, jurisdicción de la que el conde de Berwick es representante por parte de la Corona. Por tal motivo, mi señor exige a sus hombres una perfecta instrucción en el arte de la esgrima, entre otras muchas habilidades.

—El rey Jacobo... No me suena de nada.

—¡Santo Dios misericordioso! —Pony se santiguó— Sí que es cierto que habéis perdido la memoria. Jacobo I fue coronado rey de Inglaterra en Londres hace ya diecisiete años.

Candy negó repetidas veces con la cabeza. En aquellos instantes, su vida era un papel en blanco y, aunque lo mirase una y otra vez, no conseguía plasmar en él ni un triste recuerdo.

Como si Pony hubiera adivinado sus pensamientos, le reiteró con suma dulzura:

—No os preocupéis, muchacha. Tarde o temprano comenzaréis a recordar. Es mejor que no os obsesionéis. Ahora voy a ordenar que os suban algo de comer.

Al cabo de un rato sonaron unos ligeros golpes en la puerta y acto seguido una niña de no más de doce años asomó tímidamente la cabeza y buscó con la mirada a Candy.

—¿Puedo pasar?

La niña, de enormes ojos castaños y un bonito cabello caoba, vestía una túnica blanca que le llegaba hasta los tobillos y una sobrefalda marrón. Con la vista fija en la bandeja que llevaba entre las manos, parecía azorada. No hacía más que apoyar todo su peso en uno u otro pie pero sin avanzar más allá del umbral de la puerta, esperando que Candy le diese su aprobación para entrar.

—Adelante. ¿Cómo te llamas? —Candy sonrió abiertamente para hacerle entender que no debía tener miedo.

—Christine, para serviros —contestó mientras ejecutaba una torpe reverencia.

—Christine, bonito nombre. ¿No eres demasiado pequeña para estar sirviendo?

La niña abrió los ojos como platos.

—¡Por supuesto que no, señora! Llevo sirviendo desde los ocho años, aunque hasta hace poco sólo me he dedicado a ayudar en la cocina. Pony asegura que aprendo muy rápido y que algún día me podría convertir en una buena dama de compañía. —Tras decir esto, levantó la cabeza con orgullo.

Candy no supo qué contestarle. ¿Dama de compañía? ¿Qué se suponía que era eso?

Christine dejó la bandeja encima del escabel y esperó pacientemente con las manos a la espalda. Candy le devolvió una mirada de confusión, pues no entendía su comportamiento.

—¿Deseáis algo más o puedo retirarme? —preguntó al fin, dado que Candy parecía haber enmudecido de repente.

—¡Oh, no! Gracias, Christine. Puedes marcharte.

La niña hizo otra reverencia y desapareció tan rápido que Candy no tuvo tiempo ni de despedirse. Dejando a un lado la sorpresa, se acercó a la butaca y se sentó, colocando la bandeja sobre sus rodillas. Estaba hambrienta, así que sació su apetito hasta que no dejó nada comestible. Durante ese tiempo olvidó todas las dudas que la corroían por dentro; cuando terminó se dio cuenta de que necesitaba aliviar con urgencia otras necesidades básicas.

Era evidente que en la estancia no había más puerta que la de acceso al corredor, aunque le daba reparo salir de allí para tales menesteres. Comenzó a moverse por la habitación en busca de algo que le pudiera servir, incluso se arrodilló a los pies de la cama, pero no encontró nada. Sin embargo, al incorporarse se fijó en el biombo que había al fondo, ocultando una buena parte del rincón. Fue hacia allí y miró detrás. Efectivamente, la mampara escondía algo. Un gran bloque de piedra maciza, cubierto por una plancha de madera tosca, sobresalía del suelo unos cincuenta centímetros. Al levantar la madera, Candy advirtió que servía de tapa para un agujero sin fondo tallado en el centro de la piedra, del que surgía un olor muy desagradable. A los pies del cubículo, en un gran cesto de mimbre, había un puñado de paja fresca. Intuyó que había encontrado lo que buscaba. Suspiró con resignación y, haciendo de tripas corazón, se sentó sobre la fría piedra. La necesidad era apremiante.

—Argg... —musitó con una mueca de desagrado cuando se dispuso a utilizar la paja que había amontonada en la cesta—. Se me van a quedar las posaderas como el culo de un mandril.

Después de aliviarse, colocó un mullido cojín en la butaca y la acercó al calor de la chimenea. Se dejó caer sobre ella con evidente desánimo y se cubrió la cara con ambas manos, intentando, sin éxito, aclarar un poco sus ideas. Analizó la situación en la que se encontraba: sin identidad, sin pasado, sin recuerdos, ¿dónde la dejaba todo eso? Estaba en una posición bastante embarazosa, por no decir difícil. Al final, lo único que consiguió fue confundirse aún más. Pero ¿qué podía hacer? Su instinto le decía que allí había algo raro, necesitaba más respuestas, aunque entre esas cuatro paredes poco podía hacer.

Lo pensó con detenimiento y llegó a una única conclusión: tenía que inspeccionar el resto del castillo. Pero ¿cómo lo haría sin que nadie la viera?

Decidió esperar hasta la noche, cuando todo el mundo estuviese dormido y se pudiera ocultar con más facilidad en la oscuridad. Durante horas estuvo planificando el modo de salir sin ser vista, y se perdió tanto en sus cavilaciones que no se dio cuenta del tiempo que había pasado hasta que la luz comenzó a desvanecerse en el dormitorio.

Se levantó y caminó hacia la ventana para respirar un poco de aire fresco. Al asomarse reparó en que el sol ya se había ocultado en el horizonte y que los primeros destellos de un cielo cuajado de estrellas iluminaban débilmente el firmamento. La agitada actividad desarrollada durante el día en el exterior había disminuido y sólo se veían, amortiguadas por la luz de las antorchas, unas cuantas siluetas que corrían por el patio de un lado para otro. Miró a lo lejos por encima de las murallas pero, aparte de unas cuantas casuchas de piedra que estaban en un precario estado de conservación, no pudo distinguir más que la oscura espesura de un grandioso bosque de robles. Una extraña sensación de familiaridad la embargó; ella ya había estado allí antes, aunque no conseguía recordar el motivo.

De repente, todo fue más claro: la imagen de un pequeño promontorio que se levantaba al otro lado del bosque, unas piedras enormes colocadas en semicírculo que protegían la falda, el brezo que crecía retador contra la dura erosión provocada por los desprendimientos... y había alguien más a su lado, un hombre, pero no pudo identificarlo. De modo inconsciente, se llevó la mano a la base del cuello y agarró con énfasis un pequeño cordón que hasta ese momento no se había percatado que llevaba. Lo notó desnudo, incompleto, como si faltara algo muy importante en él. Pero ¿el qué?

Minutos después le subieron la cena, aunque casi no probó bocado. Sentía un molesto nudo en el estómago a causa de los nervios por lo que estaba a punto de hacer, así que intentó relajarse observando el negro paisaje mientras esperaba a que pasara el tiempo y toda la gente que se oía a lo lejos se fuera a dormir.

Poco a poco, el sueño fue adueñándose de ella. Luchó con brío por mantenerse despierta, pero al final acabó reclinando la cabeza en el respaldo de la butaca, cerrando los ojos al mundo.

No supo cuánto tiempo estuvo dormida. La despertó una ráfaga de viento frío que entró a raudales por la ventana. Las velas se habían consumido, aunque la luz de la luna y los rescoldos de un fuego a punto de apagarse iluminaban parcialmente la habitación, creando claroscuros en las paredes. Aguzó el oído y comprobó que ya no se oía nada salvo el ruido de la brisa agitando las ramas de los árboles y el ulular de un búho cercano.

Se levantó rápidamente y tanteó con las manos hasta que encontró lo que estaba buscando. La ligera bata de seda color crema que le habían dejado por la mañana sobre la cama se había caído del cobertor, así que la recogió del suelo y se la puso. Ni siquiera se paró a abotonársela, porque perdería un tiempo muy valioso. Además, nadie la vería, puesto que debía de ser muy tarde a tenor de lo alta que estaba la luna. Respiró hondo, se insufló ánimo y susurró:

—Ya es la hora.

Continuara...