Nt: Hola a todos, de nuevo pido perdón por la tardanza. Estuve de viaje unos días y no tenía el ordenador, aunque cuando he vuelto me he puesto con ello inmediatamente. Gracias a todos los que dejan review y a los que se suscriben y, también a los que leen en las sombras. Aunque somos poquitos seguiré escribiendo, y bueno, nada más que decir. Espero que les guste el capítulo.
Advertencia: Nada de esto me pertenece, tan solo el argumento. Todo lo demás se lo debemos a la reina Rowling.
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4. Primeros enfrentamientos
Hermione posó sus dedos sobre la tira de cuero de su bolso y la deslizó lejos de su hombro, depositando el objeto cuidadosamente en la nieve. Suspiró cerrando los ojos y arrugó la nariz molesta por el cosquilleo que sus mechones castaños provocaban en su piel; Los apartó con un movimiento rápido, inclinó un poco el cuerpo y apoyó su mano derecha en el suelo para no perder el equilibrio mientras se sentaba en una zona desprovista de nieve, permitiéndose luego tumbarse en el refrescante césped. Cerró los ojos de nuevo, pero esta vez con intención de mantenerlos así durante un tiempo, y suavizó su respiración. Se preguntaba si el director había hablado ya con Snape acerca de su sugerencia. Ambos habían acordado que sería mejor si el pocionista no sabía que había sido idea suya; estaba segura que rechazaría la propuesta de saberlo.
Miró su reloj de pulsera, tan solo cinco minutos para llegar al bosque prohibido; Tenía que darse prisa; Se puso en pie y se sacudió la falda, volvió a acomodarse el asa de su bolso en el hombro y comenzó a caminar a paso ligero.
-Buenas tardes señor.
-Llega tarde Granger.
-Ha sido solo un minuto, si me lo permite.- Snape dio un paso hacia Hermione, dejando que su altura y la cercanía la intimidaran.
-¿Qué le parece si empuña su varita y deja de hacerme perder el tiempo?
Hermione miró a su alrededor para evitar a los orbes negros; ella nunca había estado en esa parte del bosque prohibido. Aunque el otoño ya había pasado, parecía que había dejado parte de su espíritu allí, en las hojas rojizas, en el murmullo suave del viento. Si no hubiera visto años atrás las muchas criaturas que formaban parte de esa fauna, se habría atrevido a jurar que allí no había más vida que la de los árboles. En aquel silencioso lugar donde el sol no tenía cabida, la respiración tranquila de Snape llenaba sus sentidos, y sus pasos, también sosegados, le decían que buscaba una posición alejada para atacar. Aquel hombre tan lóbrego era como una pieza más del bosque: silencioso, hecho de sombras, sin vida. Por eso, era extraño ese brillo en sus ojos que lo distinguía de la total oscuridad y lo convertía en depredador, atento a cada uno de los movimientos de Hermione. Los años con Voldemort lo habían hecho peligroso, calculador, frío, sobre todo cuando la ocasión lo pedía, que en su caso, era casi siempre. Su rapidez y destreza dejaban entrever experiencia, pero había algo más, una mezcla de inteligencia y talento como rara vez se veía. La castaña no podía dejar de sentir curiosidad por él. Ella era una estudiante, ella adoraba saber, y aunque no terminara de ser correcto, la fascinación por todo lo que él podía enseñarle crecía en su interior, se extendía por sus pulmones cuando el cansancio y el dolor le rogaban que se rindiera… En aquel paraje del bosque el duelo era casi como una danza macabra que la hacía temblar y estremecerse.
-¡Concéntrese Granger! ¿¡En qué diablos piensa!?- Era un hechizo tonto el que la había derribado, tenía que estar haciéndolo muy mal para que Snape se dignara a hablarle.
-Lo siento.
-Levántese- Había llegado hasta donde ella estaba sin que se diera cuenta.- Ahora mismo estaría muerta Granger.
Hermione lo miró sin atreverse a replicarle, porque tenía razón, se había distraído, él la había distraído.
- Otra vez- le ordenó el mago apuntándole con la varita.
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-Oye Hermione, ¿puedo hacerte una pregunta?
-Claro, Harry.
-¿Vas a perdonar a Ron?- La castaña apartó la vista sorprendida de su ensayo de runas y movió la boca sin que finalmente saliera nada de ella.
-Yo, eh…
-Sé que fue a hablar contigo. Han pasado dos días y aun no le has dicho nada.
-Le dije que tenía que pensarlo.
-Os echo de menos a los dos, juntos.
-Últimamente he tenido muchas cosas en la cabeza Harry. Dame tiempo.- La chica hundió la cara e sus manos y suspiró.
-Lo siento 'Mione, no quería presionarte. De todos modos, creo que Lavender es solo una fase.
-¿Qué? No, yo… ¡Me da igual! ¡No me importa en absoluto con quien salga!- Se sonrojó al darse cuenta de su tono demasiado elevado de voz. La señora Pince salió de entre las estanterías y les lanzó una mirada amenazante al mismo tiempo que se llevaba el índice a los labios. Hermione articuló un lo siendo sordo y vio como la bibliotecaria se marchaba murmurando algo.
-Está bien, está bien- volvió a centrar la conversación Harry, alarmado por su repentino cambio de humor.
Después de unos minutos en total silencio una idea cruzó su mente.
-Deberíamos hacer algo.
-¿Cómo dices?
-Sobre la guerra, Harry. Podría estallar en cualquier momento y no estamos preparados.
Harry dejó de escribir y se ajustó las gafas. Conocía demasiado bien esa expresión brillante que reflejaban los ojos melosos de su amiga.
-¿Y qué vas a hacer?
-Para serte sincera, ya he hecho algo.- Tomó aire y se mordió el labio en un intento de frenar una sonrisa nerviosa.- Le he propuesto al profesor Dumbledore que deje a Snape impartir las clases de defensa contra las artes oscuras.
-¿¡QUÉ!?- Se levantó bruscamente de su asiento, las patas de la silla chirriaron contra las losas del suelo.
-¡Harry no grites!
-¿¡Cómo no quieres que grite!? ¿¡Te has vuelto loca!?- ¿qué le pasaba a Hermione? Quizás la relación de Ron y Lavender la había afectado demasiado.
-¡No! Harry piénsalo. Es lógico. Sabemos que Snape fue un mortífago- explicaba con semblante serio y manteniendo su voz susurrante.
El chico la miró indignado y movió los labios para corregir el tiempo verbal que la Gryffindor había utilizado. Ella hizo un movimiento casual con la mano para advertirle que no lo hiciera. –Déjame terminar, por favor.
-Como quieras.
-Él sabe cómo actúan, qué hechizos utilizan… -hizo una pausa para asegurarse de que Harry entendiera a dónde quería llegar- ¿Quién mejor que él para prepararnos?
-Ya tenemos el ejército de Dumbledore Hermione- los ojos verdes se ensombrecieron con horror.
-Sí, y es de gran ayuda, pero tienes que admitir que estamos muy lejos de alcanzar su nivel.
-Yo no confío en él, y Ron tampoco. No entiendo por qué tú lo haces.- Estaba enfadado y Hermione se estaba arrepintiendo de habérselo contado.
-No se trata de confianza Harry, es una cuestión de supervivencia. Snape puede enseñarnos muchas cosas.
-¡Él no se preocupa por nadie Hermione! ¿¡Qué te pasa!?-Hermione tuvo ganas de retroceder, ¿estaba dolido? Era como si lo hubiera traicionado.
-Harry…
-Voy a llegar tarde a mi entrenamiento de Quidditch. -Acomodó bien la silla donde había estado sentado y recogió sus libros con brusquedad. –No quiero volver a hablar contigo.
Sintió como se le secaba la boca y como empezaba a latirle el corazón con una fuerza atronadora, los objetos a su alrededor se movían y serpenteaban, la imagen se derretía y se desfiguraba, y ella no podía hacer nada, no podía moverse, y de repente, todo estaba frío, el agua helada le congelaba los pulmones. Nadó hacia arriba desesperada y muerta de miedo. Golpeó con fuerza la gruesa capa de hielo que la separaba de la vida, pero era inútil…
-¡HERMIONE!
Abrió los ojos desorientada, todo seguía borroso. Se frotó los ojos y tras unos segundos distinguió unas manchas azules enmarcados por una melena roja que la observaban preocupada. Ginny.
-Hermione… ¿estás bien?- La castaña obvió la pregunta y se limitó a respirar profundamente. Podía notar el sudor frío y las manos de Ginny en sus hombros.
-Sí, sí, creo que era una pesadilla.- contestó acalorada.
-¿Crees? ¡Se te escuchaba gritando desde la sala común!
-¿Qué hora es?- su compañera de casa apartó la manos y la dejó quedar sentada en la cama.
-Casi las ocho.- Ginny la contemplaba extrañada- Tú nunca duermes por la tarde. ¿Te encuentras bien?
-Sí, es solo que estaba cansada. Vine a coger un par de cosas y me quedé dormida.
-Estudias demasiado Herms- Ginny la tomó de la mano y le sonrió.- Lo que necesitas es comer algo.
¿Comer? Se sonrojó cuando sus tripas sonaron: ¡Estaba hambrienta! No haber tomado más que una tostada y un poco de sopa en todo el día pasaba factura.
-Tienes razón.-Se incorporó y estiró los brazos- Déjame darme una ducha rápida, ¿sí?
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Severus gruñó ante la gran cantidad de ensayos que tenía que corregir. A pesar de estar cansado, su impecable caligrafía no se vio afectada por ello, y seguía dejando notas y corrigiendo fallos. Chasqueó la lengua tras terminar de leer otro más, tan terriblemente inaceptable como habitualmente. Deslizó la mano hasta el montón perfectamente alineado de trabajos y tomó el siguiente. En la esquina superior derecha podía leerse con letra pulcra Hermione Jean Granger. Era mucho más largo que el de los demás, incluso más que los de sus Slytherins, quienes siempre trataban de complacerlo. Muy a su pesar tuvo que calificarla con un sobresaliente, su trabajo era impecable, como siempre. Podía ver en su forma de escribir y expresar sus ideas que muy lejos de complacerlo a él, lo que Granger buscaba era el simple hecho de aprender, de dejar plasmado en el papel lo que le parecía que todos deberían saber. Podía entreverse el pedacito de corazón que ponía en cada cosa que hacía, aunque, como en ese caso, tuviera que lidiar con un profesor que disfrutaba poniéndole obstáculos. Puede que Severus no quisiera admitirlo, pero en cierto modo se sentía culpable por como la trataba. Cualquier otra persona no podría con la carga que un secreto como aquel conllevaba y hubiera suplicado por un hechizo desmemorizante. Pero Granger era, quizás, más fuerte de lo que jamás se atrevería a admitir. Además, desde su primer año en Hogwarts había demostrado ser increíblemente brillante, como él lo fue... No obstante, puede que lo mejor hubiera sido dejarla a un lado, que viviera en la ignorancia como todos hacían; Ahora el director no la dejaría escapar, no desaprovecharía la ocasión de reforzar las oportunidades de Potter de sobrevivir. Granger lo creía muy estúpido si pensaba que no sabía que la idea de darle el puesto de defensa contra las artes oscuras había sido de ella. Verdaderamente el viejo mago de barba blanca había encontrado un peón espléndido para su misión hacia el triunfo del bien común; Granger haría cualquier cosa por Potter, incluso sacrificarse ella misma.
Unos golpes en la puerta hicieron que dejara la pluma y los pensamientos a un lado y articulara un cansado adelante.
-Buenas noches Severus.
-Albus- le saludó con un suave movimiento de cabeza y lo miró con ojos extrañados.
-Siento molestarte a esta hora, sé que tienes muchas cosas que hacer.
-¿Querías algo en particular?- Se cruzó de brazos, contemplándolo impaciente.
El director sonrió ante su respuesta y se sentó en uno de los sofás de la habitación. –Mis piernas no son lo que eran.
Severus rodó los ojos y se sirvió un vaso de whiskey de fuego. –Sin rodeos Albus.
-¿Qué tal van los entrenamientos con la señorita Granger?
-Podrían ir mejor.
-Ya veo.-Dumbledore sacó un caramelo del bolsillo y le quitó el envoltorio -Sé que contigo está en buenas manos, pero creo que subestimas sus habilidades, Severus.
-Todo lo que Potter y sus amigos han tenido es suerte, y tarde o temprano, la suerte se acaba. No están preparados para lo que les espera fuera.- Tomó un sorbo considerable de whiskey, dejando que le quemara la garganta.
-Quiero que confíes en ella Severus, y que ella confíe en ti. Eso es lo más importante. Tendrás que hacer cualquier cosa para conseguirlo, es imprescindible.
El alcohol dejaba un brillo peculiar en esos irises oscuros que miraban al director de forma hosca. –Eso no va a pasar.
-Me temo, mi muchacho, que no es opcional. La señorita Granger se ha convertido en una pieza clave de este rompecabezas. No podemos arriesgarnos a que Harry o el señor Weasley indaguen demasiado.
-¡Yo nunca estuve de acuerdo con esto Albus! ¡Tendrías que haber desmemoriado a Granger aquella maldita noche! Nos habrías ahorrado muchos problemas. –Mantenía los labios apretados, sus facciones afiladas y cansadas.
-Parece que no lo entiendes. –El director se levantó para quedar a la misma altura, sus ojos azules reflejando dureza-. –Harry no lo conseguirá sin sus amigos. –Hizo una breve pausa-Aunque el señor Weasley es un estudiante capaz, la señorita Granger es más adecuada; Es brillante y leal. No puedo pensar en alguien más capacitado.
Snape posó uno de sus finos dedos sobre el puente de la nariz e hizo presión. –Hubiera preferido que contaras con Minerva antes que con ella Albus. Tan solo es una niña... ¿Quién nos asegura que no vaya a explotar y lo estropee todo?
Albus se acercó a él y colocó una mano en su hombro. Severus se tensó ante el contacto y adoptó una mueca extraña, como si el roce le provocara un dolor intenso.- Ella, junto al señor Weasley, acompañará a Harry hasta el final. Necesita ser entrenada- Se ajustó las gafas de media luna y le dio la espalda a su interlocutor mientras entrelazaba las manos.- Sabemos esto desde hace mucho tiempo, Severus. Debemos aprovechar esta oportunidad.
-¿Por qué me haces esto Albus?- el tono suave y casi acuoso de Snape atravesó la capa de serenidad del director, que miró con nostalgia su mano ennegrecida. – ¿Has pensado que no quiero hacerlo?
-¿Olvidas lo que me prometiste hace ya tantos años…?-Snape dejó que el silencio hablara por él y fue directo a por otro vaso de whiskey.
-Me temo, mi muchacho, que las decisiones están tomadas…
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Una pequeña sonrisa de satisfacción surcó los labios de Hermione cuando encontró el libro que necesitaba para la nueva tarea que Hagrid les había mandado. Había muchos ejemplares, lo que significaba que, de nuevo, era de las primeras en ponerse a ello. Quizás debería haber avisado a Harry; Sacudió la cabeza al pensar en el sueño de la noche anterior y alejó esa idea. Al ser temprano en la mañana, el sitio estaba casi vacío, por lo que podía elegir la mesa que quisiera. Como de costumbre, el día estaba nublado y las estanterías tapaban la poca luz que entraba por las vidrieras; lo mejor era sentarse en las mesas del final, junto a las ventanas.
Se detuvo inconscientemente cuando lo vio sentado en una de esas mesas. No era muy normal ver a Snape en la biblioteca, o en ningún otro lugar que los alumnos frecuentaran. Era casi como una visión. Aunque puede que viniera todos los días a esa hora, y se fuera cuando comenzara a llenarse.
Se giró al escuchar un ruido a sus espaldas, un alumno de primero había caído varios libros. Lo ayudó a recogerlos y finalmente se sentó en una mesa desde la que podía ver a Snape de soslayo. Abrió el libro y sacó un pergamino, mojó la pluma en la tinta y escribió su nombre en el margen superior derecho del papel. Pasó algunas páginas leyendo con cautela el contenido, pero al cabo de unos minutos no pudo evitar echarle un vistazo al pocionista. Su hombro derecho estaba dejado caer en el muro, apoyando ahí todo su peso, y dejaba que su cara reposara en la palma de su mano. Tenía la pierna izquierda encima de la derecha; su mano libre pasaba páginas de vez en cuando. Se veía muy diferente a cuando estaba en clase o mantenía un duelo. Sus finos labios estaban un poco entreabiertos, sus facciones tranquilas proporcionándole juventud, y las mejillas un poco enrojecidas a causa del hechizo de calor de la biblioteca. Una que otra vez cambiaba la expresión debido al contenido de su lectura, pero nada que se pareciera a la irritación y al sarcasmo que solía mostrar en las clases.
-¿Va a decirme qué quiere o va a seguir espiándome?
Ni siquiera la miraba, pero ya podía sentir la vergüenza abrazándole la cara. Despegó sus ojos castaños de él como si así anulara el hecho de que la había pillado in fraganti. Tragó saliva y volvió a mirar hacia su profesor, esta vez encontrándose sus orbes negros de frente. El mago alzó una ceja interrogante sin cambiar de postura, invitándola por primera vez en a hablar.
-N-no lo espiaba, señor- respiró para recuperar la compostura y se acomodó un rizo detrás de la oreja- Tan solo estaba sorprendida.
-¿Sorprendida? ¿Le importaría ser más clara Granger?
-Nunca lo he visto por aquí, se me hace extraño.
Él volvió a centrarse en su lectura y permaneció callado unos segundos.- Me gusta venir aquí cuando hay poca gente.
-Entonces venga los fines de semana después del almuerzo. Está desierto.
-Bien.-respondió sin apartarse de su cometido, arrugando el ceño ante algo que no le había gustado.
Hermione volvió también a su tarea de Cuidado de las criaturas mágicas, pero al cabo de un rato creyó que podría tentar un poco más su suerte. No todos los días se tenía una conversación con el murciélago de las mazmorras.
-¿Profesor?- Se levantó de su silla y dio unos pasos hasta estar frente a él. Cuando la miró, ella señaló la silla con la mano- ¿Puedo?
Snape rodó los ojos y asintió. Hermione esperó por unos momentos el comentario mordaz que normalmente seguía, pero como nunca vino, prosiguió.
-Me gustaría saber… ¿qué lee?- Se removió un poco en la silla cuando se vio reflejada en aquellas pupilas inciertas. No podía saber qué estaba pensando, y eso la ponía nerviosa.
-Creo que eso no es de su incumbencia.
Y aquí acaba mi suerte.
-Disculpe, profesor –Aunque Snape quería dar la charla por terminada, ella no iba a rendirse tan fácilmente, tenía muchas preguntas que hacerle. – Quisiera hacerle unas preguntas.
-Es usted terriblemente insufrible Granger. – Un brillo pasajero surcó su mirada- Haga sus preguntas y déjeme en paz.
-Verá- se mordió el labio inferior, lo mínimo que esperaba por la petición que iba a hacerle era una maldición- ¿Podría enseñarme a transformar mi cuerpo en humo?
-¿Perdón?- preguntó Snape perplejo, sus facciones tornándose peligrosas.
-Pienso que esa forma de metamorfosis es increíblemente práctica. Podría moverme más rápido y me daría tiempo para-
Snape la cortó con un gesto de la mano. –Me temo, Granger, que su nivel en duelo es todavía, ¿cómo decirlo?- su boca se había curvado en una mueca maliciosa- lamentable. No tiene ni la capacidad, ni la concentración que se requieren para controlar ese tipo de magia.
Hermione frunció el ceño, ahora era su expresión la que cambiaba. Se mordió una vez más el labio y cerró los puños bajo la mesa. –Aunque admito que haya estado más distraída de lo normal, debo decirle que se equivoca. Creo que podría llegar a controlar ese tipo de magia satisfactoriamente si me diera la oportunidad.
-Mire Granger, puede que esté acostumbrada a que todos tiren pétalos por donde pisa, pero yo no voy a decirle lo fantástica que es. Dudo mucho que la suerte que usted, Potter y Weasley han tenido a lo largo de los años ayude en esta ocasión.
-¿Suerte?- agarró el filo de la mesa y se acercó un poco más sin notarlo- ¿¡Cómo puede decir eso!?
El pocionista se cruzó de brazos sobre la mesa y la observó, en contadas ocasiones veía a Granger tan histérica- ¿No le gusta escuchar la verdad?
-¡No tiene derecho! ¡Usted! ¿¡Quién me asegura que no es un-!?- Se tapó la boca antes de que pudiera decir algo de lo que se arrepintiera, sus ojos se abrieron un poco más de lo normal al darse cuenta que ya era demasiado tarde.
La cara de Snape se nubló, todo rastro de «buen humor» desapareció. Se levantó y asentó las manos con las palmas abiertas en la mesa, inclinándose hacia Hermione. Su cara a unos pocos centímetros de la de ella, su pelo negro tocando sus mejillas.
-No sabe nada, ¿me oye? Nada…de mí- Hermione vigilaba la boca del mago, como si en cualquier momento fuera a comérsela. ¿Cómo podían provocar tanto unas palabras que no había llegado a decir?
Estaban tan cerca que podía ver cómo le temblaba el labio de furia a Snape.- Yo no voy a glorificarla por ponerse en situaciones de peligro sin siquiera saber lo que estaba haciendo, y mucho menos si cree que ser el perro faldero del niño que vivió la pone en un estatus especial. ¿Cree que no me doy cuenta de lo que piensan de mí? ¿Cree que no escucho las insinuaciones de Potter o del zoquete de Weasley?
-Profesor, yo solo…-
-Déjeme decirle algo Granger.- su voz tajante, los ojos con un destello de fuego que enviaban calambres a la espina dorsal de Hermione- No siempre se tendrán el uno al otro para protegerse; no tiene ni la más remota idea de lo que acecha al otro lado de su mundo maravilloso; y cuando esté en el campo de batalla sola y alienada, y no tenga tiempo siquiera de levantar la varita, ¡lo que haya memorizado en un maldito libro no la salvará de la más horrible de las muertes!
La respiración caliente de Snape le aceleró aún más el corazón. Quería decir algo, contrarrestar, pero estaba tan paralizada que le costaba creer que pudiera respirar por sí misma. Se sentía tan anulada, abrumada, que las piernas no le respondían, no se despegaban de la silla. Sin tampoco ser capaz de apartar la mirada de aquellas pupilas que la taladraban, acompasó las subidas y bajadas de su pecho con las del pecho de él.
Snape por fin se alejó y adoptó su pose normal, en un instante se había puesto su máscara de indiferencia. Cuando por fin pudo pensar con claridad, el profesor Snape ya se había ido, y se quedó contemplando el libro que el doble espía había estado leyendo.
Nt: Aquí vamos. Va a ser difícil que esto dos congenien, pero les queda mucho tiempo que pasar juntos.
