31 de diciembre de 1999 Un momento de magia, el principio de algo nuevo... una oportunidad, ¿para casarse?

La valiente y decidida Isabella Swan sólo quiso impedir que su amiga Angela se casara con el hombre equivocado. Pero entonces, ¿cómo pudo ser que ella acabara siendo la esposa del novio? Edward Cullen era serio, respetable... e increíblemente sexy. Ambos eran como el aceite y el agua, el fuego y el hielo... pero nadie podía negar la atracción que existía entre ellos.El problema era que Edward estaba decidido a volver con su prometida...

Edward Cullen, único heredero de la familia, no supo explicar qué le pasó. Mientras se dirigía hacia la fiesta donde iba a anunciar su compromiso, se quedó atrapado en el ascensor con Isabella Swan y una botella de champán. Cuando volvió a la realidad, estaba casado... con la mujer equivocada.


Edward se sentía como si hubiera sido atrope llado por un camión, que luego hubiera retrocedido y le hubiera golpeado en la cabeza una vez más. El hombre abrió un ojo y luego el otro, gimiendo al ver la luz del amanecer. Sintió la boca seca y los huesos doloridos. Miró hacia el techo y descubrió su triste imagen reflejada en un espejo.

Extendió los brazos para que la cama dejara de dar vueltas. Luego, se dio cuenta de que la cama se movía muy despacio. Se agarró al borde, decidido a salir de allí antes de que su estómago protestara más. Cuando se giró hacia un lado, se encontró con el colchón interminable. Con un gemido, se incorporó sobre un hombro para descubrir que estaba durmiendo en el centro de una cama redonda del tamaño de una pequeña piscina.

Además de la cama redonda, la habitación incluía una pared con aparatos de vídeo y de sonido, una zona de descanso, unas ventanas que iban desde el suelo al techo, una fuente y una pared de cristal esmerilado que suponía es condía detrás el baño.

Fijó la mirada en la pared de cristal, preguntándose si podría llegar al baño sin morir en el intento. Para evitar riesgos, Edward trató de aclarar su mente y recuperar el equilibrio. Sabía que estaba en Las Vegas, lo recordaba perfectamente. Y recordaba vagamente haber ido allí en el avión de la compañía con Isabella Swan. Guiñó un ojo y recordó lo que había dejado de trás. Había huido de Ángela, del compromiso, de sus padres y del caos a lo que llamaba su vida. Considerando el estado de su mente, decidió pensar en todo aquello un poco más tarde, después de sobrevivir a la resaca.

Sus recuerdos eran una nube densa con sólo unos puntos de lucidez. Los débiles intentos de aclarar sus ideas se vieron interrumpidos bruscamente al notar que alguien se movía detrás de la pared de cristal. No veía bien la silueta, la veía doble, pero estaba seguro de que era una mujer. ¡Una mujer desnuda!

La mujer se inclinó y el cabello cayó hacia delante. Luego, se enrolló una toalla en la cabeza y se puso derecha, con los brazos hacia arriba. Los ojos de Edward repasaron su cuerpo. Sus pechos y su cintura estrecha, la curva sensual de su cadera y su espalda. Se sintió como si se acabara de meter en una sala de cine porno al contemplar cómo la mujer se secaba el cuerpo despacio. Un deseo intenso lo atravesó y notó la respuesta de su sexo.

El espectáculo no terminó ahí, porque después de que se secara, se frotó todo el cuerpo con las manos. Edward se imaginó que estaba dándose una crema o loción y sus propias manos se tensaron tratando de recordar la suavidad de su piel. ¿Habría tocado él esa piel con sus propias manos? ¿Le habría acariciado esos muslos, esas nalgas y ese cuello fino? Quiso re cordar, pero no pudo.

Cuando la mujer se puso finalmente un albornoz, Edward agarró la almohada y se la colocó estratégicamente sobre el regazo. Luego, esperó para ver con quién había pasado la noche. ¡Pero si él jamás había pasado la noche con una desconocida! Trató de recordar el nombre, su rostro, pero cuando la mujer apareció, se dio cuenta de lo terrible de su situación. Sí que sabía su nombre.

—¡Isabella!

La toalla que la mujer llevaba envuelta en la cabeza, se desenrolló. Ella la agarró, pero después dejó que se cayera al suelo.

—¡Ya te has despertado! —dijo con una sonrisa. Cruzó la habitación y se sentó en el borde de la cama con las piernas cruzadas. Luego, se dispuso a secarse el pelo—. Pensé que ibas a seguir durmiendo hasta la tarde. Te quedaste dormido justo cuando empezaba a amanecer.

Los ojos de Edward descansaron sobre el al bornoz de la chica, que revelaba la redondez de sus senos. Su mente fue invadida por miles de imágenes y volvió a sentir que le ardían las entrañas. Estaba en un hotel de Las Vegas con Isabella Swan, había estado devorándola con los ojos como cualquier pervertido ansioso, y ella no llevaba nada bajo el albornoz...

—¿Cómo te sientes? —quiso saber la mujer—. Parece como si te hubiera atropellado un camión. Bebiste demasiado champán.

—¿Qué... qué haces aquí?

—¿En Las Vegas? —preguntó, frunciendo el ceño—. ¿No te acuerdas? Viajamos en un avión de tu compañía justo después de que nos esca páramos de la fiesta que había preparado tu madre para anunciar tu compromiso.

—Por supuesto que me acuerdo —dijo Edward, frotándose las sienes—. Yo... recuerdo que estuvimos en el ascensor con esa botella de champán y que luego fuimos en limusina a Meigs Field. Y recuerdo que estuvimos jugando. Pero lo que quiero saber es qué estás haciendo tú en esta habitación.

—Me estaba dando una ducha. Tienes que probar la bañera de burbujas —dijo—. Es muy relajante. Seguro que te ayuda a quitarte el dolor de cabeza, porque imagino que tu estado se debe al dolor de cabeza. ¿O siempre te levantas así por las mañanas?

Edward se aclaró la garganta.

—Tú... quiero decir, nosotros...

—¿Quieres saber si hemos dormido juntos? —preguntó. Luego, asintió—. Hemos dormido en la misma cama, si es lo que quieres saber. Me pregunto dónde compran las sábanas para una cama así.

—¿Y hemos... ?

Ella lo miró un rato. Luego, se dio cuenta de lo que él realmente quería saber.

—¿Si hemos dormido juntos? —se encogió de hombros—. No estoy segura de eso. Te quedaste dormido nada más tocar la almohada y has estado roncando toda la noche. El champán quizá...

—Sea el culpable —completó Edward—. Ya me imagino todo —al tratar de mirar a su alrededor, sintió ganas de vomitar—. ¿Hay algún modo de hacer que la cama deje de dar vueltas?

Edward notó que ella se levantaba por el movimiento de la cama y, de repente, la sintió encima. El albornoz se abrió y sintió sus senos sobre su pecho. Los pezones duros rozaron la piel de Edward, que abrió mucho los ojos. Los labios de Isabella estaban muy cerca.

—¿Qué demonios... ?

—El control está aquí en el cabecero —explicó Isabella, extendiendo un brazo por encima de la cabeza de él.

Edward contuvo el aliento y trató de ignorar que ella estaba sobre su cintura. Afortunadamente, tenía la almohada, que les servía de barrera.

Y afortunadamente él había tenido la voluntad suficiente para resistirse al cuerpo de Isabella la noche anterior. Aunque en ese momento, esa voluntad no era tan fuerte.

Isabella se levantó y él no pudo evitar una mirada. La bata se había abierto, revelando la imagen provocativa de su cuerpo desnudo. Pero a ella no parecía importarle mucho. Isabella se colocó bien la prenda y se ató el cinturón con gesto despreocupado antes de volverse a sentar en la cama.

Edward pensó que lo mejor sería olvidarse de los senos de Isabella Swan cuanto antes.

—Recuerdo que estuve jugando. ¿Cuánto perdí?

Isabella se encogió de hombros.

—Mucho. Por lo menos, treinta mil.

—¿Treinta mil dólares? —exclamó—. Pero si no llevaba tanto dinero encima.

—Perdiste lo que llevabas en las primeras partidas del blackjack, pero llevabas una tarjeta de crédito. Y la aprovechamos bien. Aunque creía que una persona como tú debería tener un crédito más amplio. El suficiente para comprar una casa o un yate.

—He perdido treinta mil dólares —repitió Edward, sorprendido por la magnitud de su estupidez... y su aparente falta de suerte para el juego.

—Pero ganaste bastante a los dados —aseguró Isabella, dándole un golpecito en la rodilla.

—¿Sí?

—Como doscientos o así.

—¿Doscientos mil dólares?

—No, doscientos.

—¿Y cómo pagamos esta habitación?

—No la hemos pagado. La suite pertenece a un tal Ernie. Como fue el que te ganó todo tu dinero al blackjack, le dimos pena y nos dejó la llave. Volverá al mediodía. Tuvimos suerte, perdiste mucho y no había ninguna habitación libre en toda la ciudad.

—¡Dios mío! ¿Qué más hice? —preguntó, en terrando la cabeza entre las manos.

—¿Te refieres a si bailaste sobre las mesas o si vomitaste en público? ¿O si trataste de seducir a alguna mujer casada de la mesa de bacana?

—¿Hice algo así?

—No, aunque trataste torpemente de hablar con la rubia, pero entonces su marido te amenazó con matarte y se la llevó.

—¿Cómo llegamos hasta aquí?

—Vinimos después de la boda. Edward se agarró su estómago, seguro de que un terremoto de gran intensidad estaba arrasan do en ese momento Las Vegas. ¿La boda? ¡Esta ba seguro de que si hubiera ido a una boda la noche anterior, se acordaría de ello! ¿Y a quién demonios conocía él en Las Vegas?

—¿Te da vueltas todavía la habitación? — quiso saber Isabella—. Es mejor que cierres los ojos y respires profundamente. Y trata de no pensar en comida grasienta como pollo frito, beicon y cosas así. Eso siempre hace que me ponga aún peor.

Edward ignoró el consejo.

—¿La boda? Háblame de la boda.

Isabella frunció el ceño.

—¿No te acuerdas? Pero si eso fue lo mejor de la noche...

—Claro que me acuerdo —mintió Edward—. Aunque no de todos los detalles. Recuérdamelos. ¿Dónde fue?

—Fuera del hotel, en la calle Fremont. Estaba todo iluminado y había una orquesta.

Recordó las luces y los colores brillantes.

—Había mucha gente en la calle.

—¡Sí! Estaban intentando establecer el récord del milenio —explicó Isabella—. Dos mil bodas en veinticuatro horas.

—¿Y quién se casaba?

—Nosotros —respondió Isabella.

Edward se echó a reír. Claro, debía haberse imaginado algo así de ella. Trataba de asustarlo con alguna de sus historias audaces.

—No, de verdad, ¿quién se casó?

Isabella lo miró con cara de sorpresa.

—Nosotros —se levantó de la cama y volvió con un papel—. Es legal —dijo, enseñándoselo—. Mira, ésta es nuestra firma. Fuimos la pareja número mil doscientos ochenta y dos.

Él agarró la licencia de matrimonio y notó un vuelco en el corazón al ver su firma bajo la palabra novio.

Poco a poco, fue recordando todo. Le llegaron imágenes, impulsos, deseos, todo alimentado por el champán. Se había casado con Isabella.

Se habían ido a dar un paseo después de haber perdido todo el dinero y se habían en contrado con aquello a la salida. Él se lo había propuesto como un juego, pero ella le había retado a hacerlo de verdad. ¡Pero él no había pensado que fuera legal! Pensó que era como una especie de fiesta.

—Pero... pero si estoy comprometido con Ángela...

—Sí, y te has casado conmigo.

Con una maldición, Edward cerró la mano, arrugando la licencia, y luego apartó las sábanas, descubriendo que estaba desnudo. Inmediatamente, volvió a taparse y se levantó con la sábana enrollada a la cintura.

—No puedo casarme contigo —dijo, ya en pie, con las piernas separadas—. Voy... voy a casarme con Ángela.

—Después de lo que hiciste ayer noche, no creo que esté impaciente por casarse contigo.

—Todo eso fue un error. Un error que voy a arreglar en este mismo momento —miró alrededor de la habitación, notando pinchazos en la cabeza cada vez que la movía—. ¿Dónde está mi ropa? Necesito salir de aquí. Voy a volver en seguida a Chicago y le explicaré todo. Voy a casarme con ella.

—En ese caso, cometerás bigamia —replicó Isabella, mirándolo con expresión inocente.

Edward la miró y sintió deseos de tumbarla sobre la cama y quitarle esa expresión de la boca. Con ello recordó otras imágenes y sensaciones de la noche anterior. Recordó una boca cálida, lenguas impacientes, impulsos apasionados... —Oh, no —murmuró, cerrando los ojos. Las imágenes se hicieron más claras. Había besado a Isabella Swan en aquella cama. O por lo menos, creía que lo había hecho. Dio un suspiro profundo y trató de olvidarse de todo aquello. Tenía que haber un modo de escapar de allí. ¡Era imposible que se hubiera casado con Isabella!

—Tenemos que anularlo —dijo—. Yo estaba borracho. No sabía lo que hacía. Cualquier juez se dará cuenta.

—Pero recuerdas que nos casamos, ¿verdad?

—Bueno, sí —replicó—. Pero estaba borracho. Además, no lo hemos consumado.

—Sí lo hicimos. Y creo que cuando se consuma, el matrimonio se hace oficial.

—¡Te pregunté si hicimos algo esta noche y tú me dijiste que no!

Estaba seguro de que lo recordaría. Su cuerpo maravilloso, aquellos senos perfectos, la sensación de perderse dentro de ella mientras Isabella se arqueaba arrastrada por el éxtasis.

Isabella suspiró con impaciencia. —Tú te dormiste y yo me pasé despierta casi toda la noche. Es lo que me suele ocurrir después de hacer el amor. No consigo sosegarme.

—Nosotros... ¿hicimos el amor?

—Pero no fue gran cosa. Debió de ser el champán.

—No es necesario que lo repitas más veces—gritó él, enfadado por los comentarios de ella acerca de sus habilidades en la cama.

Pero, ¿qué le importaba a él qué tal lo había pasado ella? El problema era que se había acostado con Isabella Swan.

—¡Maldita sea! ¿Cuánto champán bebí, Isabella? Yo suelo ser un hombre formal y sé de lo que soy capaz, estando borracho o sobrio. Y te puedo asegurar que no soy capaz de escaparme a Las Vegas, jugarme treinta mil dólares y casarme luego con alguien a quien apenas puedo soportar. Así que me parece que ya es hora de acabar con esta broma. Dime qué es lo que ha pasado.

—Ya te lo he dicho —comentó ella, levantándose de la cama. Luego, le dio un beso en los labios—. Y ahora, esposo mío, vamos a desayunar. ¿Qué quieres que pida?

A Edward se le revolvió el estómago sólo de pensar en la comida.

—Voy a darme una ducha —refunfuñó, dirigiéndose al cuarto de baño—. Después, pensaremos cómo arreglar todo este lío.

—¿Quieres que te frote la espalda?

Lo cierto era que la oferta le resultó tentadora. Dejarse llevar por la pasión era algo bastante apetecible, pero si quería hacer las cosas bien, no debía perder la cabeza. Aunque eso fuera algo imposible para él en presencia de Isabella Swan.

Les subieron el desayuno media hora más tarde. Un camarero lo sirvió en la mesa que estaba junto a la ventana. Isabella se preguntó cuánto tiempo estaría Edward en la ducha, ya que el agua seguía cayendo. Estaba pensando en ir a comprobar que no se hubiera dormido justo cuando el agua dejó de sonar. Observó la figura que se movía al otro lado de la puerta de cristal mientras bebía un sorbo de café.

A pesar de que él llevaba una toalla enrolla da a la cintura, ella sabía lo que había debajo. Antes, al levantarse él de la cama, había podido ver el cuerpo tan increíble que tenía. Un cuerpo irresistible para cualquier mujer. El pecho ancho, el vientre liso y las piernas musculosas hacían de él un hombre terriblemente atractivo. Y por lo que se refería a sus partes íntimas, parecía que estaban en buena forma para trabajar, aunque ella no hubiera podido comprobarlo por sí misma.

De pronto, se sintió algo culpable. Quizá no debería haberle mentido. Pero como él no se acordaba de nada, había decidido aprovecharse de ello. Se había ido a Las Vegas con él para evitar que se casara con Ángela Weber. Incluso era cierto que se habían casado, pero sabía que, si el matrimonio no se había consumado, todavía se podía anular. Así que había decidido en gañarlo al respecto.

Necesitaba algo de tiempo... o mejor, Ben y Ángela necesitaban algo de tiempo. Si se querían de verdad, no tardarían en descubrirlo. Y todo lo que Isabella debía hacer era tener ocupado a Edward hasta que así fuera. De manera que tenía que encontrar el modo de mantenerlo lejos de Chicago, por lo menos otros dos días.

Bella dio otro trago de café mientras con templaba al hombre con el que había compartido la cama. No podía negar que se sentía atraída por él. Edward Cullen era un hombre muy guapo. Físicamente era un hombre del que ella podría enamorarse locamente.

Pero su interior no la atraía en absoluto. Y eso que a veces se sentía tan atraída por él, que hasta se le aceleraba el corazón y le ardía la sangre.

—No voy a enamorarme de Edward Cullen —se dijo mientras daba otro trago al café.

Aparte del físico, tenía todo lo que despreciaba de los hombres. Era dominante, impaciente y pretencioso. Además, era muy rico. Es decir, era el tipo de hombre con el que su madre quería que se casara.

—Y resulta que me he casado con él —se dijo Bella.

Observó a través de la puerta de cristal que debía de estar afeitándose. Isabella sintió cierta pena, ya que le gustaba la barba incipiente que había cubierto su rostro momentos antes. Hacía que tuviese un aspecto menos pulcro... más humano. Pero quizá fuese mejor que Edward recobra se el aspecto que ella tanto odiaba. Así no correría el peligro de enamorarse del hombre que seguía pensando en casarse con su mejor amiga.

Él no amaba a Ángela de verdad. Lo sabía por la charla que habían tenido en el ascensor.

Entonces, ¿por qué estaría tan empeñado en volver a Chicago?

Tomó un croissant de la cesta de bollos que les habían subido. Pensó en la posibilidad de que estuviera equivocada. Quizá Ángela y Ben no estuvieran enamorados. A lo mejor, incluso Edward estaba enamorado de veras de Ángela. De ser así, perdería tres amigos de un golpe. Isabella frunció el ceño, pensando que más bien perdería dos amigos, ya que Edward no era más que un conocido... y su marido mientras siguieran estando casados.

Cuando él salió del baño, su pelo estaba todavía húmedo. Se puso a buscar sus ropas mientras ella observaba la espalda desnuda.

—¿Dónde está mi ropa? —preguntó, al ver que el armario estaba vacío.

—Están en el armario que hay al otro lado del jacuzzi —respondió Isabella, sonrojándose ligeramente.

—Gracias.

Al poco, apareció con su esmoquin y sus zapatos en la mano. Luego, se acercó a la mesa y se sentó.

—He estado pensando en ello y creo que sólo hay una solución posible para resolver todo este lío. Tenemos que divorciarnos.

Isabella se puso en pie y se inclinó sobre él mientras su bata se abría ligeramente.

—No pienso divorciarme.

—Y yo no pienso continuar con nuestro matrimonio —dijo él, mirándola fijamente.

—Pues deberías haberlo pensado antes.

Él la miró con los ojos iluminados por la rabia.

—No voy a discutir contigo. Si quieres seguir adelante con esto, te demandaré y probaré que no estaba en mi sano juicio cuando me casé contigo.

—Oh, eso puede ser muy interesante. Me gustaría ver a Edward Cullen admitiendo que perdió el control. Desde luego, va a ser una buena noticia. Y además, tú podrás decir que habías perdido el juicio, pero yo alegaré que tu cuerpo funcionaba perfectamente cuando nos acostamos juntos.

Bella se dio cuenta de lo nervioso que Edward se estaba poniendo y pensó que tenía que tener cuidado. No podía dejar que se marchara a Chicago y echara a perder todos sus planes.

—Muy bien —acordó ella después de suspirar—. ¿Y qué propones tú que hagamos?

—No podemos volver a Chicago hasta haber arreglado todo esto. No quiero que ni Ángela ni mis padres se enteren de nuestro matrimonio. Te propongo que nos divorciemos inmediatamente y olvidemos que esto ha sucedido. Llamaré a recepción para que nos consigan el teléfono de un abogado.

Edward descolgó el teléfono mientras ella seguía desayunando sin dejar de mirarlo. No pudo saber lo que le decían exactamente, pero se dio cuenta de que no era lo que él quería es cuchar. Al acabar la conversación, Edward colgó el teléfono bruscamente.

—¿Buenas noticias?

—No podemos divorciarnos en Nevada a menos que obtengamos la residencia. Y para eso, tendremos que permanecer aquí seis semanas. Aunque hay varios anuncios en la guía de agencias que te consiguen el divorcio en diez días.

—Bueno, diez días no está mal.

Edward se puso a maldecir.

—No puedo quedarme aquí diez días. Tengo trabajo que hacer.

—Entonces tendremos que volver a casa y ocuparnos de esto desde allí.

—¡No podemos volver a casa! Tiene que haber otro modo de hacerlo, tiene que haber un lugar donde nos podamos divorciar inmediatamente.

Isabella se echó a reír.

—A mí no me mires. Yo no me he divorciado nunca. ¿Por qué no llamas a tu abogado? Seguro que él podrá aconsejarte.

—¡No! Los únicos que vamos a saber lo que ha pasado vamos a ser tú y yo. No quiero arriesgarme a decírselo a nadie, ni siquiera a mi abogado. Así que tendremos que arreglarnos nosotros solos.

Isabella suspiró. Luego, sirvió una taza de café y se la tendió a él.

—México —le dijo.

Edward se sentó a su lado. La toalla, al abrirse, dejó ver su muslo. —¿A México?

Ella asintió.

—Creo que en Tijuana puedes divorciarte en un día.

Edward dio un suspiro de alivio. Estaba mucho más guapo cuando estaba relajado.

—Pues entonces, iremos a Tijuana. México no está tan lejos.

Isabella se encogió de hombros.

—Muy bien, si eso es lo que quieres.

—Llamaré al piloto y le diré que se prepare —la miró algo avergonzado—. ¿Te acuerdas de dónde dejamos el avión?

—Enviaste al piloto de vuelta a Chicago.

—Entonces, iremos en un vuelo regular.

—No creo. A menos que haya alguna otra tarjeta de crédito escondida en tu cartera, no tienes dinero para dos billetes de avión. Aunque siempre puedes llamar a tu casa y pedirle a tu padre que te envíe dinero...

Edward se puso a maldecir.

—¿Y cómo diablos vamos a ir a México?

Para ser un hombre supuestamente inteligente, Edward Cullen estaba demostrando poseer muy poco sentido común.

—Tendremos que ir en coche. Imagino que podremos alquilar uno con mi tarjeta de crédito. Creo recordar que tenía algo de dinero disponible. Y con el dinero en efectivo que ganas te tú anoche, podremos pagar la gasolina y la comida. Aunque eso sí, el divorcio también nos costará dinero. Y no creo que sea barato.

Edward se levantó y se puso a recorrer la habitación de un lado a otro. A cada paso que daba, la toalla se abría un poco más, así que Bella se vio forzada a concentrarse en la taza de café que tenía entre las manos.

—No puedo llamar a casa para pedir dinero, mis padres descubrirán dónde estoy.

—¿Y no crees que el piloto se lo habrá dicho ya?

Él se dio la vuelta y se la quedó mirando fijamente.

—Llevas razón. Así que no podemos quedarnos aquí, pero, ¿qué podemos hacer sin dinero?

Isabella sacudió la cabeza. Ese hombre no tenía ninguna imaginación. Debía haber vivido dentro de una burbuja toda su vida y no sabía cómo funcionaba el mundo real.

—¿Dónde está tu reloj? —le preguntó ella.

—¿Por qué? ¿Es que tienes alguna cita?

—¿Dónde está? Anoche lo llevabas y me fijé en que es de oro.

Edward registró los pantalones de su esmoquin y encontró allí el reloj. Luego, se acercó a la mesa y lo dejó allí.

—Son las doce menos cuarto.

Isabella examinó cuidadosamente el Rolex.

—Lo empeñaremos. Si vale lo que yo creo, tendremos suficiente dinero como para obtener el divorcio.

—¿Empeñarlo?

—Sí, lo llevaremos a una tienda de empeños.

—¿Una tienda de empeños?

—Sí, esta ciudad está llena. Tú dejas el reloj en la tienda y te dan dinero y un ticket a cambio. Más adelante, podrás comprarlo de nuevo. Si no, el dueño de la tienda podrá venderlo.

—Muy bien, empeñaremos el reloj —dijo él.

—¿Cuánto cuesta?

—Yo pagué por él cinco mil dólares.

Isabella se atragantó.

—¿Pagaste cinco mil dólares por un reloj y estabas disgustado por haber perdido cuarenta mil dólares en el casino?

—Creí que habías dicho treinta mil.

—¿Treinta, cuarenta, qué importancia tiene eso para un tipo que lleva cinco mil dólares colgados de su muñeca? —Isabella se levantó y se acercó a la mesilla para recoger su reloj—. ¿Ves esto? Pagué setenta dólares por él —ella se lo alcanzó—. ¿Qué hora marca?

—Las doce menos catorce minutos.

—¿Y qué hora marca el tuyo?

—La misma.

—O sea, que saber la hora puede ser muy barato —dijo ella, sonriendo.

—Pero es que ésa no es la cuestión.

—Ya sé que no es la cuestión. Sé que llevas ese reloj para demostrar que puedes llevarlo, no porque lo necesites. Pero eso es ostentación.

—Bueno, señorita sabelotodo, pero si no lle vara un reloj tan caro, no tendríamos nada que empeñar ahora. Y si no tuviéramos nada que empeñar, tendríamos que seguir adelante con este insoportable matrimonio hasta que la muerte nos separase. Y te advierto que, a juzgar por mi estado de ánimo, no habría sido de muerte natural. Así que no me importa en absoluto lo que pienses de mí o de mi Rolex.

Edward se puso en pie, recogió sus ropas y se dirigió al baño.

—Termina de desayunar y vístete —le ordenó—. Tenemos que ir a alquilar el coche.

Isabella agarró otro bollo y lo partió delante de él. Edward la miró amenazante, pero finalmente se dio la vuelta, refunfuñando, y se metió en el baño. Ella lo maldijo. Llevaban casados solamente siete horas y ya estaba empezando a hacerle perder los nervios.

—Supongo que esto es el fin de nuestra luna de miel —murmuró.

—¡Quinientos dólares! —gritó Isabella—. Nunca pensé que nos dieran tanto.

Edward observó cómo Isabella guardaba el dinero en el bolso. Luego, volvió la cabeza hacia la tienda de empeños. Y finalmente, volvió a mirar a Isabella. No había duda de que su belleza y generoso escote habían ayudado a que les pagaran más por el Rolex. El dueño de la tienda se había pasado todo el tiempo con la mirada fija en el escote. Y lo que era peor, Isabella se había echado dos veces hacia delante, dejándo le ver más aún al tipo. Decididamente, era una desvergonzada.

Edward pensó que, si hubiera podido empeñarla a ella también, habría obtenido una buena suma.

—¿No crees que ese vestido que llevas es demasiado llamativo? —preguntó Edward, observando el vestido y deteniéndose durante un instante en el escote. Después de desayunar, se habían puesto la misma ropa de la noche anterior. De haber sabido que se iba a marchar con Isabella Swan a Las Vegas, él habría llevado más ropa. Y si hubiera sabido que iba a casarse con ella, habría saltado del avión en marcha.

—¿Qué le pasa a mi vestido? Mira a tu alrededor. No somos los únicos que vamos vestidos de etiqueta. Además, gracias al vestido el hombre nos pagó más. Sólo quería darnos trescientos dólares por él.

Aunque el vestido era adecuado para ir a una fiesta, a la luz del día resultaba demasiado llamativo. Todos los hombres se volvían a mirarla e incluso Edward estaba empezando a sentir se inquieto ante la imagen de sus pechos.

—Bueno, pero vamos a tener que conseguir otras ropas. No podemos ir a México vestidos igual que para la fiesta de Nochevieja.

Edward se maldijo en silencio por la fascinación que el cuerpo de ella provocaba en él. No podía quitarse de la cabeza la imagen del cuerpo desnudo de Isabella a través del cristal del cuarto de baño del hotel.

Sin poder controlarse, Edward comenzó a preguntarse si su piel sería tan suave como parecía. ¿Se le endurecerían los pezones si él se los acariciara? Si al menos pudiera acordarse de la noche de bodas...

Edward resopló. Tenía que hacer algo antes de que perdiera del todo el control.

—Tenemos que cambiarnos. Ese tipo del hotel nos dijo que había un centro comercial en esta misma calle.

—Pero no creo que podamos permitírnoslo —dijo Isabella.

—¿Es que piensas ir a México así vestida?

—¿Te preocupa mi comodidad o más bien lo que la gente pueda decir? Desde luego, por mí no te preocupes, yo estoy bien así.

Edward se fijó en que Isabella estaba comenzando a enfadarse, y él no tenía ganas de discutir de nuevo. Más bien tenía ganas de besarla.

—Por lo que a mí respecta, puedes ir desnuda, si así lo deseas —mintió él—. Pero mi esmoquin huele a humo y a champán, así que yo voy a cambiarme.

—No tenemos dinero —insistió ella.

—Tenemos lo del Rolex.

—Lo del Rolex es para pagar el divorcio. Y los doscientos dólares que tenemos en efectivo son para la gasolina y la comida. En cuanto a los doscientos dólares que me quedan en la Visa son para alquilar el coche. Además, eres tú quien quiere divorciarse cuanto antes. A mí no me importaría quedarme en Las Vegas y esperar diez días para divorciarnos.

—Tampoco tenemos dinero para quedarnos aquí diez días —le recordó Edward.

—Bueno, siempre puedes jugarte lo que nos queda. A lo mejor esta vez tenías suerte.

—Muy graciosa.

—Bueno, pero llevo razón. Tenemos que ahorrar dinero para poder llegar a Tijuana y divorciarnos cuanto antes.

—Dame sólo cincuenta dólares —dijo él, ex tendiendo la mano—. Me compraré una camiseta y unos vaqueros.

Isabella sacudió la cabeza.

—Te recuerdo que tanto el dinero del Rolex como las ganancias del juego son míos. Así que dame el dinero —le dijo, tratando de agarrar el bolso.

—¡No! —se apartó ella.

Edward apretó los dientes.

—Puedes descontarme los cincuenta dólares de mis comidas.

—¡Oh, por favor! ¿Prefieres ir bien vestido que comer?

—¡Tú dame el dinero de una vez, Isabella! No quiero que me obligues a quitártelo a la fuerza.

Ella vio que él parecía dispuesto a cumplir sus amenazas, así que abrió el bolso y le dio el dinero que habían sacado por el Rolex.

—Yo sólo me quedaré los doscientos del juego. O sea, que te doy todo el dinero destinado a pagar el divorcio. Si te lo gastas, tendremos que seguir casados.

—Créeme, no me lo gastaré todo —replicó él. Luego, se volvió y se puso a buscar un taxi, pero al ver que ella no lo seguía, se volvió para ver qué estaba haciendo—. ¿Por qué no vienes?

—Hay una tienda para alquilar coches una manzana más arriba. Tú espera aquí mientras consigo el coche. No debemos malgastar el dinero en taxis.

Él se sentó en un banco y estiró las piernas.

—Bueno, pero asegúrate de que el coche tiene aire acondicionado. Y si puede ser, alquila un Mercedes o un BMW.

Isabella sacudió la cabeza.

—Oh, claro. Y también me aseguraré de que la tapicería sea de cuero y de que tenga reproductor de discos compactos.

—Eso estaría bien, aunque no es imprescindible.

Ella se acercó hasta donde él estaba.

—Pero, ¿en qué planeta vives tú? Por doscientos dólares es imposible alquilar un Mercedes. Por ese dinero sólo podremos conseguir un coche barato.

—Bueno, pero asegúrate de que tiene aire acondicionado. Acuérdate de que tenemos que atravesar el desierto y en esa clase de sitios suele hacer calor.

—Claro, y tú no querrás que tu ropa limpia acabe sudada. No te muevas de aquí —dijo, dándose la vuelta y alejándose de él—. Si no estás en este mismo sitio cuando vuelva, me iré con el coche a Chicago y le diré a todo el mundo que nos hemos casado.

Edward se quedó observando cómo se alejaba, moviendo las caderas de un modo muy sensual. Lo cierto era que Isabella Swan le resultaba una mujer muy atractiva.

—Ahí va mi mujer —murmuró. Edward se echó a reír. Seguramente, muchos hombres le envidiarían por tener una esposa como ésa, pero él lo único que quería era divorciarse de ella. Tenía que corregir el estúpido error en el que el exceso de champán le había hecho caer.

Quiso mirar la hora, pero luego se dio cuenta de que no tenía reloj. Debía de ser la una más o menos. Si llamaba a Ben a Chicago, quizá él le ayudara a salvar su compromiso con Ángela. Su prometida confiaba en él, ya que se conocían desde pequeños.

Mientras buscaba un teléfono, pensó en lo que le diría. Le contaría que tenía que resolver todavía algunos asuntos antes de regresar.

—Bueno —murmuró para sí mismo—, más que algunos asuntos, lo que tenía que resolver era un problema enorme. Y su nombre era Isabella.

Le pediría a Ben que cuidara de Ángela hasta su vuelta. No entraría en detalles ni mencionaría a Isabella. No quería que nadie supiera que estaba con ella.

Eso sí, le iba a resultar difícil soportar su compañía. Isabella Swan tenía la facultad de encender su sangre y de hacerle perder el sentido.


Bueno me gusta esto xD aquí un regalito mio para ustedes buenas lectoras, esto se esta poniendo bueno, Edward ya no quiere estar mas con Bella uu' ¿y ella?

Por tomarse el tiempo de leerme y de escribirme GRACIAS!

Ya saben amo esta historia y la quiero compartir con ustedes no es mas que eso.

XO Ara