El Potterverso pertenece a J. K. Rowling.

Este fic participa en los Desafíos del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black. Consiste en que hacer cinco viñetas, cada una centrada en una emoción. Las mías eran enfado, paciencia, angustia, depresión yfelicidad. Esta cuarta viñeta está centrada en la depresión.


IV

Godric Gryffindor no fue Godric Gryffindor durante un tiempo.

Riñó más que nunca a los estudiantes perezosos que no traían los ejercicios hechos y los hechizos practicados, mandó tal cantidad de deberes que más de uno lo maldijo en voz suficientemente alta para que lo oyera y fue desagradable con buena parte de la población de Hogwarts.

No lo hacía sólo por fastidiarles y quitarles tiempo de ocio. El hecho de que los alumnos tuviesen más trabajo implicaba que él tenía más cosas que corregir. Y dichas correcciones le llevaban horas, horas en las que se podía permitir la bendición de no pensar en Rowena. Encantamientos de desarme, hombres lobo, escudos mágicos. Contrahechizos, grindylows, dementores. Cualquier excusa era buena para no recordar.

El problema era que ponía tanto empeño en corregir que tardaba demasiado poco tiempo. E incluso en ese estado apático en que se había sumido, podía darse cuenta de que si mandaba más redacciones acabaría por matar de agotamiento a los estudiantes.

Godric podía jactarse de ser la valentía personificada, pero, como cualquier persona, albergaba muchos miedos en su interior. Miedo a romperse si el azul de los ojos de Rowena calaba demasiado hondo en su pecho, a salir herido si veía algo tan negro como su pelo. Temía caer en ese pozo sin fondo que eran los recuerdos y no poder salir de ahí.

Con todo, no podía evitar pensar. En las cosas agradables y en las desagradables. En la especie de ronroneo que emitía Rowena cuando besaba justamente ese punto de su cuello y en el momento en que ella rechazó sus caricias por primera vez, temiendo que le dejase alguna marca que hiciese a su marido sospechar.

Y dolía. Oh, por Circe, cómo dolía. Dolía como todas las veces que había acabado herido haciendo alarde de su valentía al mismo tiempo, como aquella vez que tuvo que enfrentarse a la horda de centauros del Bosque Prohibido y sólo salió entero porque Salazar tuvo el sentido común de obligarlo a huir. Como cuando era niño y se rompió un brazo trepando al manzano de su tío. Como todo eso al mismo tiempo.

A veces compartía su dolor con Helga. A veces, la buscaba a las horas menos esperadas, como un niño busca a sus padres tras una pesadilla, y en esas ocasiones se quedaban simplemente abrazados, pasando largas horas mirando al vacío con lágrimas en los ojos.

Pero, generalmente, Grodric prefería guardarse su agonía para sí mismo. Tenía la impresión de que el dolor era una especie de oda a Rowena, un tributo póstumo a todos los Te quiero que calló, que eran tantos que resultaba ridículo compararlo con las veces que se lo confesó. Una elegía a sus besos, su sonrisa. A la mujer fuerte y decidida que había ido apagándose poco a poco.

Y, evidentemente, eso dolía. No os hacéis una idea de cuánto; el propio Godric no encontraba palabras para describirlo y hacer justicia a ese sufrimiento.

Dolía más que la mismísima muerte.


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