Disclaimer: Los personajes e historia original son sacadas de la genial mente de Stephenie Meyer y sus libros "Twilight", yo soy solo una simple mortal con algo de tiempo e imaginación.
Agradezco inmensamente los reviews que me han dejado en el último capitulo, me halagan en demasía sus palabras, espero disfrútenle siguiente capitulo, como mera referencia de esta escritora freak quien les escribe, les recomiendo que escuchen el "Aria" de la ópera "Dido and Aenea" del compositor Henry Purcell, ya que escribí este capítulo mientras la escuchaba, es una obra preciosa, y eso que no me considero una fan por excelencia de la ópera pero esta es escalofriantemente dolorosa y apasionante de escuchar.
Acá les dejo el link.
http : / / youtube . com / watch ? v (PONER ACÁ EL SIGNO MATEMÁTICO DE "IGUAL") W6T - 6LZ7mCU
Saludos.
Chanel Valjean
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"Treinta de Enero"
Cuarta parte
Nos movíamos silenciosos por las calles de Londres, habíamos detenido un poco el ritmo del trote ya que era parte del plan desplazarnos con premeditado encubrimiento, comenzamos a acercarnos al lado Este de la ciudad, ya que podía ver el campanario de la Catedral de St Paul a unas pocas calles, faltaban algunas cuadras para el punto de encuentro, aún nos encontrábamos muy alejados, apuré un poco el trote de mi caballo, miré a John cabalgar a mi lado, el resto del grupo se encontraba unos metros más atrás.
- No te separarás de mi hoy- le dije con voz firme.
- Entendido señor- replicó él.
Sonreí. Desde la primera vez que había conocido a John le había advertido que no me gustaban las formalidades en mi grupo, bastaba con que me llamase Carlisle, pero nunca logré que me llamara por mi nombre.
- Por el contrario, si yo perezco te ordeno la retirada inmediata.
Aún sin mirarlo pude sentir su vista fija y penetrante sobre mí.
- Señor, lo que me pide, temo no podré cumplirlo.
- Lo harás John Kant, porque yo dirijo este grupo y estas bajo mis órdenes.
- No abandonamos a nadie en batalla, señor - replicó con educada obstinación.
- Las órdenes no entran en discusión John- dije con rotundidad.
Me negaba por completo a que un muchacho tan bueno como John se viese involucrado en batallas, yo mismo recordaba cuando había comenzado las cacerías más o menos a su misma edad, como detestaba portar un arma, como mi interior se carcomía de disgusto por participar en una labor tan nefasta… aunque en ese momento, cinco años después, aquellos sentimientos no habían cambiado demasiado para mi.
Esta vez no replicó, pero sabía que no le gustaban mis palabras, John era un muchacho muy honorable, estaba seguro que lo consideraba un insulto de mi parte que lo excluyera de la cacería, lo que no entendía él era que todo lo hacía por su propio bien, esa noche, más que ninguna otra, sentía que llevaba a mis espaldas la carga de la vida de cuarenta y nueve hombres, de los cuales John era el más joven de todos y uno de los más cercanos a mi.
Sentí la tos seca de uno de mis hombres a mis espaldas, el clima esa noche había sido inclemente con nosotros, si lugar a dudas fue la noche más helada que haya vivido en Londres siendo humano. Cuando estábamos a unas cuantas calles del lugar reduje el trote del caballo hasta lograr ir a paso lento, el resto imitó mi acción, nos desplazábamos sigilosos, los casquetes de los caballos eran amortiguados por la tierra húmeda de las calles de la ciudad.
De pronto los caballos se tornaron inquietos y comenzaron a agitarse deteniendo la marcha regular de hasta entonces, los relinches se repitieron en ecos entre las paredes de las casa aledañas, mi caballo comenzó a levantar insistentemente las patas delanteras mientras yo en vano intentaba dominarlo.
- ¡Controlad a los caballos!- grité con fuerza para hacerme oír entre los relinches y los gritos de los hombres intentando calmarlos, pero hubo otro grito en la lejanía que superó al mío y el del bullicio en general, era un grito de dolor, un grito de súplica, un grito que me engrifó los cabellos de la nuca, un grito que hizo que por un segundo mi respiración se cortara por completo, un grito de uno de mis hombres…
Rápidamente los hombres se miraron unos a otros con temor, yo logré dominar mi caballo y mientras ajustaba mi escopeta me dirigí al grupo con voz potente.
- ¡Que esperan! ¡Nuestros compañeros nos necesitan!- inmediatamente inicié el galope hasta el lugar de la alcantarilla, había sido difícil saber en que dirección exacta había provenido el grito, pero estaba casi seguro que provenía desde el Sur, el flanco que dirigía Bastien.
Sentí a mis hombres seguirme en el presto galope, mientras percibía como rápidamente la adrenalina comenzaba a inundar mi cuerpo, de pronto estaba totalmente conciente de la sangre corriendo por mis venas, de mi respiración agitada y de mis manos asiendo firmemente la escopeta y las riendas de mi caballo. Mis hombres estaban en peligro, no pensaba en nada más, los planes se habían desbarajustado, las criaturas estaban fuera de su guarida, recorriendo las callejuelas de Londres mientras nosotros debíamos darles caza, mientras cientos de almas descansaban en sus casas sin saber la clase de infierno que se urdía fuera de ellas…
- ¡Desviamos al Sur!- grité mientras tomaba inesperadamente una calle que iba en esa dirección, por el rabillo del ojo vi a John seguirme muy de cerca, al ser el más joven era de contextura liviana, y por ende uno de los más ágiles a la hora de cabalgar.
Me volteé para asegurarme que todos me seguían, pero grande fue mi apremio al darme cuenta que mi grupo se había dispersado bastante, me detuve con rapidez y giré el caballo en dirección donde debía aparecer el resto del grupo.
- Charles, sigue a la cabeza por esta misma calle, yo retrocederé un poco para alcanzar a los hombres.
- Carlisle, no es el momento de esperar. ¡Debemos continuar!- replicó el aludido con rudeza, a través de la luz de la luna percibí su frente perlada por el sudor. En ese momento llegaron cuatro hombres más.
- ¡CONTINÚA!- grite- ¡John no te separes de ellos, nos encontraremos en la Iglesia de St. Martin!
Sin siquiera esperar su respuesta tomé las riendas de mi caballo y me alejé con rapidez, debía llevar el grupo unido, si había algo que había aprendido en las continuas cacerías a lo largo de los años, es que ir solo era la perdición. En ese momento confiaba en que nuestras presas aún no se habían percatado que los atacaríamos por flancos, por lo que estábamos a salvo si nos manteníamos al Este, al menos hasta tener al grupo completo nuevamente. Luego de doblar por dos calles, divisé al resto de mis hombres, se encontraban detenidos en una intersección.
- Perdone señor, nos hemos perdido, nos dimos cuenta demasiado tarde que no siguieron la dirección original.
- Cambio de planes, síganme y no perdamos tiempo, nuestros hombres corren peligro, hay un grupo que ya alcanzó la alcantarilla o al menos esta cerca.
El sonido de un disparo se escuchó en la lejanía.
- ¡Andando!-dije sin poder evitar la angustia en mi voz, los disparos habían comenzado y aún nos encontrábamos a varias calles del lugar- A la Iglesia de St Martin- ordené mientras era seguido por el resto.
Me dirigí con la mayor rapidez que podía lograr con mi caballo, al llegar donde se encontraba el resto de mi grupo ni siquiera me detuve, por medio de gritos les ordené que me siguieran, habíamos perdido mucho tiempo, y aún estábamos lejos. Sentía como mis manos sostenían con demasiada fuerza la escopeta, casi haciéndome daño, pero no me importaba, lo que me importaba era socorrer pronto a los otros, pensé en Golliard, en Bastien, en Baptiste…
El trayecto de esas calles se me hizo eternamente largo, ahora nos movíamos con rudeza y el sonido de muchos caballos al galope se mezclaba con los sonidos de los hombres al dejar listos los disparos de las escopetas.
- ¡ANTORCHAS!- grite a todo lo que mis pulmones me lo permitían- ¡Las antorchas al frente!- ordené mientras volteaba un poco mi cabeza viendo como dos de los hombres que sostenían unas potentes llamas se adelantaban del grupo y se situaban en mi perímetro.
Atravesamos la calle Kingsway a todo galope, de pronto era como si hubiesen destapado mis oídos después de mantenerlos con tapones por mucho tiempo, el sonido de gritos de hombres, disparos y relinches de los caballos me llegaron de lleno, de una calle lateral salió a nuestro encuentro un hombre a pie, su rostro reflejaba un pánico absoluto que me descolocó.
- ¡Son demonios!- nos grito sin parar de correr- ¡Salven sus vidas!- replicó antes de desaparecer por la esquina en la que habíamos llegado nosotros.
- ¡No abandonamos a los hombres que nos necesitan!- grite con inusitado coraje, y sin siquiera voltearme para comprobar si me seguían me lancé en galope hacia donde prevenían los sonidos de lucha.
Había andado unos metros cuando escuché un grito a mis espaldas, todo fue demasiado rápido, vi como uno de mis hombres volaba por los aires y era azotado contra una de las paredes de un edificio.
- ¡NOS ATACAN!- gritó Coppola uno de los más antiguos de mi grupo.
En ese momento todo se volvió confuso, los caballos levantaban las patas delanteras botando a los hombres de sus caballos.
- ¡Bajad de los caballos!- grite mientras trataba de bajar del mío sin ser aplastado.
Escuché los gritos de mis hombres quienes intentaban dominar la situación en vano, mientras a mi alrededor todo era confuso, de un momento a otro veía como hombres volaban por los aires y aterrizaban a muchos metros de distancia, las antorchas habían desaparecido sin que nos percatáramos, y la oscuridad se extasiaba empeñándose en cubrirnos.
Mi coraje y apremio del momento dieron paso a la estupefacción, en ese instante las campanadas de una iglesia cercana comenzaron a sonar, la escena se desdibujó surrealistamente ante mis ojos, de pronto era conciente que frente a mi gran parte de mi grupo estaba pereciendo sin siquiera saber a quién nos enfrentábamos. Intentaba disparar a las manchas difusas que parecían rodearnos, sin poder distinguir hacia quién o qué iban dirigidas las balas de mi escopeta, y la estupefacción dio paso al terror al darme cuenta que los tiros surcaban el aire sin alcanzar ningún objetivo.
Obligué a mi caballo a ceder ante mis riendas y lograr dominarlo, comencé a avanzar hacia el grupo que aún seguía sobre los caballos, de pronto, tan repentinamente como había comenzado el ataque, se situó sobre nosotros una inusitada calma, por segunda vez en la noche sentí que mi corazón dejaba de bombear sangre, el panorama a mi alrededor era desalentador, distinguí a seis de mis hombres en el suelo, en posiciones absolutamente antinaturales, no era necesario acercarse para saber que estaban muertos.
Respiraba agitadamente, el vapor salía a raudales por mi boca y nariz, lo que hubiese sido lo que nos atacó desapareció tan inesperadamente como llegó, la mueca de horror en mi rostro la podía sentir dolorosamente marcada en mi gesto. "¡Son demonios!", de pronto aquella descripción encajaba perfectamente de lo que había dicho aquel hombre hacía unos pocos minutos. ¿A qué nos enfrentábamos? ¿Qué es lo que había hecho al dirigir a hombres inocentes a tan demoníaca tarea? Sentí que merecía pagar en las brasas del infierno mismo por las vidas de todos aquellos que acababan de perecer por mi culpa, ellos estaban ahí por mí, sus vidas habían sido arrebatadas por mí…
- ¡Carlisle! ¡Debemos movernos, aún no alcanzamos al resto de los grupos!- me gritó Coppola mientras se situaba a mi lado, era uno de los hombres con más coraje que he conocido en mi vida, jamás le vi flaquear, ni siquiera en sus últimos momentos.
Miré a quienes seguíamos vivos, éramos 13 hombres, pasé mi mirada sobre sus rostros, todos reflejaban un horror palpable, pero ninguno parecía dispuesto a abandonar su posición, al contrario, parecía como si el reciente ataque en vez de atemorizarlos les hubiese incentivado un coraje desconocido y feroz.
- ¡Hostel, revisa el estado de los caídos!- ordené con voz más ronca de lo normal.
- ¡Están muertos, maldita sea Carlisle, deja de repartir bondad y continuemos!- me apremió uno de mis hombres.
Apreté la mandíbula ante sus palabras, los sonidos de los disparos volvieron a llegarnos, esta vez sonaban a unos pocos metros, volteé mi caballo dispuesto a continuar cuando una terrible verdad cayó sobre mí como el peso de gruesas cadenas sobre mis hombros, volví a observar a mi grupo detenidamente, éramos trece, sólo seis habían caído, faltaba uno…
- John…- fue todo lo que salió de mi boca antes de partir a todo galope hacia el sitio donde se estaba desarrollando la verdadera batalla.
John no estaba, John Kant no estaba ni entre los caídos ni entre los hombres que continuaban en pie, mientras cabalgaba y sentía como el sudor corría veloz por mi frente delineando bifurcaciones entre las arrugas de mi sien, rogaba porque John Kant estuviese con vida, porque sabía que no me perdonaría jamás si por mi culpa él llegaba a perecer.
En ese instante sentí como hasta mi saliva se había vuelto un líquido amargo imposible de digerir, si John había llegado hasta la alcantarilla por su cuenta, rogaba por no llegar demasiado tarde. Había logrado entender que verdaderamente nos enfrentábamos a seres que no tendrían piedad con nosotros, las palabras del asustado hombre se repetían incesantemente en mi cabeza, "Son demonios"…
Si eran demonios, solo rogaba porque Dios no nos abandonara aquella fría noche de Enero…
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Espero que hayan disfrutado este capítulo, si lo leyeron escuchando la opera, genial, si no, bueno… allá ustedes xD jajajajaja. Espero sus reviews, comentarios, sugerencias, preguntas, tomatazos, y un largo etcétera.
Besos, y hasta la próxima actualización. :)
Saludos lectores.
Chanel Valjean
P.D: Quizas si se pasan por mis otras historias y me dejan un comentario xD jakjajajaj, les invito cordialmente a darse una vuelta por mi perfil y revisar mis otras publicaciones en fanfiction :P y me dicen sus opiniones. :)
