Un saludo de inicio de semana a todas mis víctimas... Perdón, lectores.

Aquí, después de presentar las 4obras4, empiezo a trenzarlas, haciendo que nuestras apreciadas víctimas, ejem, quise decir caballeros, intervengan en los hechos de cada una de ellas (insertar aquí las carcajadas de Ikki cuando quiere apoderarse de la armadura de Sagitario).

Espero que les agrade este cuarto capítulo.

SakuraK Li: atendiendo a tu petición, aquí hay más de Aarón para ti, un poco, pero espero lo disfrutes...

Carito357: No sé cuántos capítulos aguante la historia (o ustedes... o yo... que ya empecé a hacerme un mapa para seguir a estos caballeros en su trayecto literio-real-ficcional), aunque tal vez no muchos más... Pero al final vendrá esa tan preciada bibliografía.

Ahora sí, copyright a Kurumada y Teshirogi (espero haberlo escrito bien) por los personajes, que no me pertenecen, y a los grandes de la literatura por sus obras y sus personas (me inclino, pido disculpas y los consuelo: "Ya, ya, tranquilo, no sufras, ya falta poquito", mientras repito: "No vayas a vengarte jalándome las patas, retirándome mi licencia de escritora o, lo que será peor, la inspiración).

Ahora sí, pasen a leer...


4.- La fatalidad sale a cazar almas

El mundo va haciéndose negro, no importa si al sol le falta camino para llegar al ocaso. La tarde empieza a oscurecer. Y esos pasos apresurados, los zapatos llenos de tierra y la ropa de otros, también se pintan de negro.

Es el ala de la muerte que está próxima. Lo sabe, ahí, tirado junto a unas vías que en lugar de trazar la ruta del tren llevan a la Muerte a descansar en su regazo. La Muerte, la Señora de Negro. Cuántas veces la bañó de tinta y le hizo un cuerpo con pliegos de celulosa. Escritos. La Muerte acechando una fiesta de máscaras y antifaces, la Muerte agitando los despojos de una mujer en una noche larguísima, la Muerte viajando en barco, en una caja oblonga, la Muerte aparente…

Ahora le toca a él. No se queja; incluso le divierte. Si pudiera escribirlo… Sólo le gustaría que ocurriera durante el anochecer, o en la madrugada, en un lecho de doseles casi transparentes, dentro de un castillo abandonado, ruinas a medias, y no en la agitación del día de votaciones.

Resopla en sus manos. El olor de su peso en cognac. La gente sigue moviéndose. Rápido, más rápido. Y lo ignoran. Nadie se inclina cerca de él ni se ofrece a buscar un médico. Y él sabe la rutina que seguirá tejiéndose aun si no la ve finalizar: prender a algún mendigo, hartarlo de whisky o de cognac, llevarlo por los brazos a marcar un nombre en un papel, más cognac, otro sombrero, una chaqueta distinta, el mismo nombre en un papel idéntico, al otro lado de la calle, a cinco calles, a diez calles, whisky, más cognac, más whisky, marcar el nombre hasta terminar con los dedos llenos de tinta, derramado en la vía del tren…

Si tuviera tinta…

Lo disfrazaría, sí, tal vez comenzar con "Una vez, al filo de una lúgubre medianoche", para luego hundirse en una silla a la espera de la mañana, velando cada minuto el cadáver que en vida fuera una mujer pálida, de cabellos largos y lacios. Una esposa. Al final, ella sería la guardiana de su sueño, quien rezaría desde la tumba por el eterno descanso de los vivos. La primera persona de la mayor parte de sus cuentos le vendría bien ahora.

Si contara con fuerza suficiente para levantar la mano y marcar las letras en el suelo, si los pasos de los votantes no lo aturdieran de este modo, si…

Pero sólo le quedan unas gotas de vida, suficientes sólo para arrojar una última vez su mirada más allá de las vías. La gente sigue con la prisa en el cuello. Sólo alguien parece estar perdido, o buscando una dirección en una ciudad lejana. Es un niño castaño, de ojos enormes y cabellos revueltos. Adivina la fetidez en sus ropas húmedas, manchadas. Como si hubiera salido de algún punto del drenaje, piensa. Y es lo último antes de perder el sentido. Ya no puede verlo inclinado, mirándolo para luego sacudirlo por un hombro y gritar. Sí, la Muerte está a unos cuantos días.


El granero de pronto helado lo echa fuera. Aarón mira el disco blanco al fondo de la noche. La luna se derrama sobre un caserío sin fronteras, sobre una calle de baldosas redondas, combina su luz con el aliento del invierno, que acomete puertas y cristales y vuelve a los hombres capullos de lana.

La cabeza rubia gira a ambos lados. Un reloj de sol, que no sabe dar la hora durante las noches sin luna, apunta a una pared amarillenta con su triángulo negro. ¿Y dónde quedó el bosque, el amo del castillo, las mucamas que murmuran sobre el arte, la señora posando con las manos en el regazo?

Nada de eso hay en esta ciudad, sólo el rumor de plantas sin flores. Aarón se acerca al único brote visible, a una ventana oscura, como las demás. Dentro, alguien dormido. El niño, arrodillado, acuna la flor: un pajarillo todo estertores y aletazos. Pobre, dice, tiene una espina bien clavada en el pecho.

Y se la arranca.

–De todos modos no creo que viva mucho–, murmura, entrelaza los dedos en torno al maltrecho ruiseñor, una cuna–mortaja.

Al desviar la vista hacia la rama de la cual pendía el pájaro descubre el espectro cristalino de una rosa, los pétalos hechos con gotas de rocío, a medio teñir. Y esos pétalos, en apariencia casi marchitos, lo hacen pensar en el invierno y su vaho helado que arranca vidas en lugares pobres, en la indiferencia dentro de casonas con chimenea y cortinajes gruesos.

–Ni un ave se salva.

Y llora. Dos de sus lágrimas sirven para cubrir al ruiseñor con un manto húmedo. A veces parece mejor morir. Y si se dedica al moribundo tal homenaje –una flor, soplo de primavera dentro del invierno–, el tránsito puede hacerse con una sonrisa, sin llanto ni ayes afilados.

–Si pudiera…


Libre de la máscara y lejos del bosque, el gemelo menor piensa en el carruaje. No eran peligrosos sus ocupantes, se dice, y quisiera disculparse, pero sólo le resta esperar que no haya gravedad en sus heridas y que puedan recuperarse en aquel castillo. Sonríe divertido; de volver a verlo seguro correrían sin detenerse hasta llegar a China.

Es de día. Deutheros camina en una calle ancha y polvorienta. Mujeres sacuden tapetes y mantas, los niños se esconden, gritan, ríen. Esta calle, la tierra, no ha guardado jamás los cimientos de un castillo, ¿y los viajeros del carruaje?

Un hombre, delante de él, lo saca de sus pensamientos. Alto y robusto, su andar es el de un anciano enjuto. Casi arrastra el saco en el que lleva sus pertenencias, algunas provisiones para viajes largos, adivina Deutheros; su aspecto es el de alguien venido del otro lado de la frontera del mundo. Hay polvo y tristeza adheridos a su espalda.

–No tenemos espacio–, escucha, una voz hecha con el chirriar de unas uñas contra un cristal.

–Por favor, podría quedarme en el granero, tengo con qué pagar, no seré una molestia, sólo necesito…

–Todo está reservado–. La voz gana peso y grosor. –Largo.

Deutheros aprieta el paso, distingue al matrimonio, los dueños de ese lugar de descanso temporal, seguro. La estatura del hombre que habló al último apenas si alcanza su mentón; la mujer tiene el tamaño de una niña, ¿y así se atrevieron a correr a aquel, tan alto como el demonio de la isla Kanon, o quizá más?

Le extraña ver cómo se repite la escena: el hombre fuerza su estatura hacia abajo, suplica por un espacio, por comida, ofrece la mano, el dinero para pagar, y recibe siempre un no, en el mejor de los casos un lo siento, estamos completos, no queda espacio. En la última puerta, al fin, parece que van a admitirlo. Un vistazo al saco de viaje y las palabras de los otros se mudan a la nueva boca: lo siento, estamos esperando a alguien, no, no es por la paga, vamos, fuera.

Harto, al fin, Deutheros encara a la última persona que propinó una negativa al viajero.

–Me cansé de escuchar lo mismo… Todos están llenos, todos están esperando, ¿qué pasa, su dinero no vale?

Silencio. Soy menos que un perro, escucha decir más allá. El viajero.

–¿No ven que necesita descanso?

De nuevo no hay respuesta. Al fin, una muchacha sale de atrás del anciano.

–Usted no sabe, no hable entonces. ¿Ya vio de dónde viene?

Ahora es su turno para callar.

–Tiene un pasaporte amarillo.

Deutheros niega con la cabeza.

–¿Qué tiene que ver el color?– Su voz al fin vuelve, teñida con la indignación del primer reclamo. Pero la muchacha lo hace callar con sólo verlo. Y él, perdido en la mirada miel de ella, en su frente perlada de gotas blanquecinas, espera la explicación.

Habla el anciano. El padre de ella, tal vez, su abuelo:

–Viene de la cárcel. Acaban de liberarlo.

Ante la puerta ahora cerrada, Deutheros piensa en los lugares de tres por tres metros, en las paredes sin ventanas, o con una muy pequeña, y en la penumbra cuando afuera el sol alarga sombras todavía. La cárcel. Y el anciano dice que lo liberaron. Una carcajada pugna por salir mientras, a lo lejos, el viajero sigue rogando por un espacio en los establos, por un trozo de pan y algo caliente para beber. Deutheros lo observa. De pronto se le ocurre que su estatura vencida es por la prisión, por el peso de esa celda desde la que vio el transcurrir de los meses, de los años, tal vez. ¿Liberado, en serio? La cárcel viaja con él, sus cimientos son dos pies cansados.

Poner la celda dentro del cuerpo de los hombres para que la arrastren consigo, para que al final regresen a ella con la mancha de otro crimen entre los dedos. Qué idea. Deutheros cierra los ojos, se recarga en una fachada, lo único en pie de una casa en ruinas. Respira. Cuando se da cuenta, el viajero ha desaparecido y ahora la gente lo mira a él. Tiene polvo del camino en la ropa, como el otro, parece venir de lejos, igual que aquel. Quizá del mismo sitio. El gemelo de Aspros sonríe; tal vez empiece a pedir hospedaje sólo por experimentar. A ver qué le responden.


...continuará

Un autor y dos obras... ¿Alguien quiere aventurar nombres?