Capítulo 4
Frunció el ceño cuando sintió un cálido rayo dándole de lleno en el rostro. Un nuevo día estaba comenzando pero Vanessa no se sentía con las fuerzas suficientes para abrir los ojos y salir de la comodidad de su cama.
¿Su cama? Detuvo sus pensamientos por un breve momento. No recordaba haber llegado a su apartamento después de las carreras. ¿Acaso se había emborrachado? Pero no sentía la acostumbrada resaca con la que se despertaba después de una buena fiesta. No, no se había quedado a la fiesta de la victoria porque recordó que ella no ganó esa carrera.
Zac.
Los recuerdos la golpearon como una fuerte bofetada en el rostro. Estaba en el hotel donde se hospedaba temporalmente ese hombre. Había accedido acostarse con él y ahora estaba tumbada en una cama que no era la suya.
Maldición.
Se vio obligada abrir los ojos con algo de esfuerzo y contempló su alrededor con curiosidad. No había tenido tiempo para admirar el lugar cuando llegó con Zac por la noche ya que estaba más preocupada en arrancarle las ropas. Dios, nunca fue una mujer que perdiera el control tan fácilmente pero, las caricias de ese hombre la hacían doblegarse como un pequeño gatito.
Una maleta de mano color café, descansaba sobre una de las sillas que se encontraba en la habitación, indicándole que Zac no se había marchado aun. Entonces, el sonido del agua cayendo de la regadera confirmó sus sospechas; estaba tomando una ducha.
Bien, tenía que aprovechar ese momento para escapar.
Vio su bolso negro sobre el escritorio de madera que estaba junto a la ventana y buscó en el interior de él para encontrar su móvil. Mierda, como lo había pensado, tenía varias llamadas perdidas de Sean. Él iba a matarla.
Se apresuró a recoger sus ropas que estaba esparcidas por el suelo, al igual que su lencería. No estaba avergonzada en absoluto. Tenía que reconocerlo, el hombre no solo era bueno tras el volante.
Terminó de vestirse y, justo cuando dejó de escuchar el agua de la ducha, tomó el pomo de la puerta para salir con sigilo de la habitación.
—¿No piensas dirigirme la palabra hasta que lleguemos a Minnesota? —No pudo evitar preguntar Vanessa, sin apartar la mirada de la carretera—. Estás en mi coche, ¿recuerdas? Puedo dejarte tirado en medio de la nada, si así lo deseo.
No obtuvo respuesta.
Sean había permanecido en silencio durante las últimas horas, desde que ella regresó al apartamento que compartían en Los Ángeles. Vanessa no tenía un lugar al cual podía llamar hogar pero, sin duda, su pequeña residencia en Santa Mónica era su preferida.
Tengo mi residencia actual en Nueva Orleans, pero no puede decirse que pertenezco a un lugar.
Vanessa intentó apartar las palabras tan pronto acudieron a su cabeza. No quería pensar más en ese hombre. La humilló públicamente en las carreras, su territorio, donde ella era la campeona invicta, y después, la había llevado a la habitación de su hotel para tener el sexo más placentero y salvaje que hubiera tenido en toda su vida.
Solo se había permitido tenerlo una noche. No más. Esas eran las reglas de su juego. No podía involucrarse más de la cuenta con un perfecto extraño. La vida misma se había encargado de restregárselo en la cara una y otra vez hasta que, finalmente, aprendió la lección. No más pensamientos sobre Zac.
—A eso me refiero.
—¿Eh? —sacudió la cabeza para poner atención a las palabras de su acompañante.
—Esa expresión en tu rostro… ¿Qué sucedió exactamente anoche?
Podía sentir la mirada de Sean clavada sobre ella.
Maldición, le exasperaba que él tomara una actitud demasiado seria. Prefería verlo risueño, tomándole el pelo, haciéndola rabiar con el más estúpido comentario... Todo era mucho mejor, que esa inquietante mirada.
Soltó un suspiro.
—Me acosté con Zac.
—¿Con quién?
—Zac —lo miró de soslayo. Realmente no quería ver la expresión en su rostro—. Mejor conocido como «el hijo de puta que me pateó el trasero en la carrera» —añadió con ironía.
Lo que sucedió a continuación, no se lo esperó en absoluto. El interior del coche se vio envuelto por las fuertes carcajadas de Sean. Vanessa debió adivinar la reacción de su amigo, pues no lograba mantenerse en silencio por mucho tiempo.
Quiso esconder su acalorado rostro en lo más profundo de la tierra.
—¿Me estás jodiendo, verdad?
—¿Por qué diablos jugaría con algo así? —musitó, malhumorada.
—¡Porque eres Vanessa Hudgens! —Soltó otra carcajada—. La verdadera tú hubiera preferido reventarle las pelotas antes que tener sexo con él.
—¡Bueno… sucedió… simplemente eso! ¿De acuerdo? No es la gran cosa.
—Lo es, si se trata de ti.
—Oh, ¿Y qué se supone que significa eso? ¿Qué no puedo tener sexo con un desconocido porque esa no es mi forma de ser? ¡Noticias de último minuto, amigo mío! No me conoces tan bien como creías.
—¡Vaya! Entonces, ¿eso quiere decir que puedo probar suerte también?
Vanessa no hizo ningún esfuerzo por reprimir la sonrisilla que tiraba de sus labios al ver la manera que Sean arqueaba una ceja de manera seductora.
—Claro, antes de que le haga un favor al mundo para librarlo de tu descendencia —comentó con ironía.
Vio por el rabillo del ojo la mueca de fingido dolor que hizo Sean.
—Realmente aprecio a mi amigo, gracias.
Fue el turno de Vanessa para reír.
Dios, no tenía momentos para sonreír con sinceridad últimamente y por esa razón es que deseaba la compañía de Sean más que nada. Solo él sabía cómo levantar su buen humor aun en los peores momentos.
