Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.
Lección Tres.
A pesar de que sabía más que bien que Magnus se encontraba a poco metros de ellos y que probablemente lo guiaría de algún modo a lo largo de la cita, Berwald no podía sacarse los nervios de encima. Sí, era cierto que había conversado con Tino en varias oportunidades pero esta ocasión era bastante especial y no quería embarrarla. Quizás fuera la única que tuviera.
Miró a su alrededor y se percató que el danés estaba sentado en una esquina del sitio, en un perfecto ángulo para ver que estaba sucediendo allí. Además, a pesar de que era un sábado de tarde, no había demasiada gente así que inclusive si tenía suerte, Magnus podría escucharlos.
Todavía no podía creer que debía confiar en él plenamente para que la cita saliera bien, pero ya no le quedaba otra.
—Entonces ¿por qué no vamos a buscar un asiento? —le preguntó Tino, con una enorme sonrisa:—Debo confesar que tu invitación me tomó por sorpresa. ¡Nunca esperé que de todas las personas de nuestra clase, fueras tú el que me invitara a salir! —exclamó:—No, no es que tenga algo en tu contra —aclaró de inmediato. Estaba tan acelerado que no estaba pensando muy claramente.
—Bueno, creo que nos merecemos distraernos después de estudiar tanto —contestó Berwald. No había nada que el finés pudiera decir que lo molestara.
Berwald estaba esperando que en algún momento Tino le dijera que todo se trataba de una broma y que de ningún modo saldría con alguien como él. En cualquier momento, esa bomba caería.
Todo lo que Tino realmente deseaba era despejar su mente de los estudios. Su mente hubiese explotado si hubiera continuado leyendo ese aburrido libro. Se acomodó y luego contempló al otro con una acogedora sonrisa.
—¿Qué dices si nos sentamos allí? —Le señaló un par de sillas y una mesa al lado de la ventana de la cafetería. Ni siquiera aguardó a que el sueco le contestara. El finés se dirigió de inmediato a ese lugar, pues temía que otras personas se le adelantaran.
Por un breve instante, Berwald miró hacia donde estaba el danés y éste levantó el pulgar disimuladamente. Apenas vio dicho señal, se fue detrás de su cita. Se acomodó mejor la corbata, ya que estaba comenzando a ponerse un poco más nervioso. Tal vez debió haberle pedido para ir a un bar pero ya era tarde para arrepentirse.
Tino inhaló y exhaló profundamente. Era un ambiente tranquilo y olía tan bien que de inmediato comenzó a sentir hambre.
—¡Este lugar es tan agradable! ¡Me hace sentir con la energía renovada! ¡Te agradezco realmente por haberme llamado! —exclamó, antes de mirar a su alrededor. Parecía que la gente comenzaba a llegar a aquel sitio:—¡Lo hubiéramos hecho antes! ¿No crees?
—Bueno, es que… —Se rascó la nuca. La intención siempre había existido pero no había tenido hasta ese entonces alguien que prácticamente lo obligara a hacerlo. No tenía ninguna excusa planeada y no sabía qué contestarle. Dudaba que Tino pudiera comprender lo mucho que le costaba interactuar con otras personas y sobre todo, si esa persona era alguien de su agrado.
Sin embargo, antes de que pudiera responder algo más, la mesera fue a atenderles y de alguna manera, fue salvado. Esperaba que Tino se olvidara lo más rápido posible de lo que estaban conversando en aquel momento.
—¡Me muero de hambre! —exclamó el finés mientras que veía el menú:—Esta torta de chocolate luce muy, muy bien —murmuró más bien para sí antes de levantar la mirada hacia el escandinavo:—¿Qué piensas, Ber? —le preguntó.
—Podemos probarla —le sugirió y luego miró a la mesera.
—¡Y café! ¡No podemos estar en una cafetería sin tomar café! —acotó Tino antes de que la mujer se fuera.
Mientras que aguardaban por su pedido, se quedaron en completo silencio lo que puso al sueco un poco nervioso. No era precisamente la persona más conversadora del mundo y le preocupaba que Tino se aburriera de él pronto. Así que, en cuanto el finlandés desvió su mirada, envió un mensaje al danés.
¿Qué le digo? ¿De qué le hablo?
Estaba realmente avergonzado. Jamás en toda su vida se hubiera imaginado el tener que hacerle tales preguntas a Magnus y ahora dependía de éste para que la cita continuara. Quería que la tierra le tragase en ese preciso momento.
Una carcajada se escuchó desde la mesa donde se hallaba Magnus. Eso le hizo aún sentirse peor. Incluso Tino miró hacia dónde se hallaba sentado el danés.
—Me resulta familiar… —Estaba seguro de que reconocía a ese muchacho escondido detrás de sus gafas de sol y sombrero, pero no sabía de dónde. Lo estuvo observando un rato más antes de voltear y mirar al sueco.
—Es un Don Nadie, te prometo eso —le contestó de inmediato Berwald. Si hubiera podido, hubiera matado al danés con la mirada. Se acomodó los lentes y suspiró.
Quiso cambiar de inmediato de tema de conversación y miró de reojo a su teléfono. En la pantalla del mismo, le notificaba de un mensaje y lo revisó.
Pregúntale de dónde viene y por qué eligió esta universidad. Por cierto, intenta mostrarte más seguro. Luces como si te estuvieran a punto de hacer un examen de próstata.
Berwald se puso tan pálido que incluso Tino lo notó.
—¿Sucedió algo, Ber? ¿Está todo bien? —Sin esperar respuesta del otro, se levantó a traerle agua:—¿Te dieron malas noticias? —le preguntó antes de ponerle el vaso de agua prácticamente en la cara.
—No, sólo me bajó el azúcar —Se excusó el sueco. Hoy iba a matar a ese danés sin lugar a dudas. Tomó todo el agua y miró al finés:—Siento haberte preocupado —añadió.
Mientras tanto, Magnus observaba todo desde su mesa. Seguía riéndose, aunque ahora de forma más disimulada. Toda la situación estaba resultando más divertida de lo que originalmente había pensado. Lamentablemente no podía grabar al sueco, porque le causaba gracia la forma en que reaccionaba.
De todas maneras, parecía que estaba dando resultados. Tino aún no había salido corriendo de la cita, lo cual pensó que ya era un progreso de por sí. Miró la hora, esperaba que su amigo no hallara la manera de arruinar la cita.
Respiró profundamente y decidió pedir un café, mientras que continuaba con su observación.
Por otro lado, Berwald y Tino ya habían recibido su pedazo de pastel. Éste último estaba hambriento y casi lo devoró en unos cuantos minutos.
—¡Está deliciosa! ¿No lo crees? —le preguntó el finés con la boca embarrada de chocolate:—Por eso es que me encanta este sitio —respondió:—¿Qué tal está el tuyo? Espero que ahora estés mejor —añadió antes de darle un sorbo a su café.
Berwald se limitó a asentir. Sin embargo, al ver el rostro del otro, pensó que tenía una pequeña oportunidad. Sí, Magnus le había dicho que no se apresurase en nada pero quizás solamente estaba exagerando. Sí, era el momento.
Agarró una servilleta y extendió el brazo para limpiar la boca del finlandés. Éste, gustoso, le dejó que lo hiciera. Pero sin darse cuenta, Berwald apoyó el codo con tal fuerza que el azúcar salió volando del pequeño contenedor y terminó enteramente sobre la camisa de Tino.
Berwald quería morirse en ese preciso instante.
—Yo… Lo siento —murmuró aunque no sabía si esas palabras serían suficiente. Estaba comenzando a ser una cita del horror.
—No te preocupes, son accidentes que pasan —Tino se levantó de inmediato:—Ya vuelvo, iré al baño —acotó antes de salir corriendo hacia al tocador.
En tanto el sueco escondía el rostro de la vergüenza, pensando en que seguramente lo había arruinado, el danés se apareció y ocupó el sitio de Tino. Éste se estaba riendo a carcajadas, pero no vino solo para burlarse de él. Desde la distancia, pudo distinguir más que bien el desastre que había provocado Berwald.
Como buen amigo que era, obviamente vino a su rescate mientras que Tino estaba en el baño.
—Ber, ¿al menos escuchaste alguno de mis consejos? —le preguntó en tanto trataba de contener la risa. Esto iba peor de lo que realmente esperaba.
—Pensé que… —Lo último que necesitaba el sueco en aquel instante era el regaño del danés. Ya se sentía bastante mal por lo que había hecho, ¿acaso eso no era más que suficiente? Pero no, ahí a muy escasa distancia estaba Magnus para recordarle sobre su ineptitud.
—¡No, no, no! —Magnus sacudió enérgicamente la cabeza en señal de reprobación:—Mira, yo tengo más experiencia que tú evidentemente —Esta última palabra la pronunció despacito:—¿Por qué no habrías de escucharme? —Se encogió de hombros:—Bueno, ahora tendrás que hacer lo que yo te diga si quieres conseguir una segunda cita, ¿entendiste?
Berwald rodó los ojos y bufó. Sin embargo, estaba decidido a conseguir una segunda salida y sin ayuda del danés, le resultaba obvio que no lo lograría. Ya solito estaba arruinándolo todo o al menos, así era cómo se sentía.
—¿Qué piensas que debo hacer? —le preguntó finalmente.
—Paga la cuenta. Sí, paga la bendita cuenta y luego le sugieres para ir a pasear. Ahí es cuando vas a poder conocerlo mejor —Miró hacia a la puerta del baño de varones y se percató que Tino estaba saliendo por la misma:—Espera por más instrucciones por mensaje —Y de la misma forma en que había aparecido, desapareció.
El sueco se limitó a acariciarse la frente. Todo estaba saliendo tan mal… SI Tino decidía marcharse en aquel momento, no iba a culparlo para nada.
El finlandés tomó su asiento y le regaló una sonrisa tranquilizadora al otro.
—Realmente lo lamento —le dijo el otro, bastante avergonzado.
—¡Oh, no! No es nada, Ber. Nada de qué preocuparte —le respondió con alegría:—Supongo que ahora voy a atraer a las abejas. Pero aparte de eso, no es nada. Los accidentes pasan —añadió antes de terminar su café.
Pasaron unos cuantos minutos en completo silencio. Desde la distancia, Magnus rodó los ojos y se golpeó la frente con la palma de su mano. El nivel de frustración que tenía estaba fuera de este mundo. ¿Cuántas veces le tenía qué decir lo que debía hacer? Un poco irritado, le envió un mensaje al sueco.
¿Qué rayos estás esperando? ¡Dile para salir a pasear! ¿Acaso eres tonto o te caíste de cabeza al nacer?
El sueco al recibir semejante mensaje comenzó a toser un poco y después de tomar de su vaso de agua, se dirigió a Tino.
—¿Te gustaría dar una vuelta? —le preguntó finalmente para cortar el silencio que estaba reinando entre ambos. Pudo escuchar en ese instante el suspiro de alivio del danés al otro lado del lugar.
—Sí, claro. ¿Por qué no? Aunque espero que no seas alérgico a las abejas —respondió Tino antes de llamar a la mesera para que les trajera la cuenta. Continuó sacudiéndose la camisa en el ínterin en el que aguardaban por la mencionada empleada.
Apenas la mujer apareció, Berwald sacó su billetera.
—Déjame que pague yo. Al menos, para compensarte —le pidió. Aun si Magnus no se lo hubiera dicho, él se habría ofrecido a pagar por esta vez. No era la gran cosa de todas maneras.
Tino aceptó de buenas ganas.
—Bueno, pero la siguiente vez dejas que yo pague —comentó antes de levantarse de su silla.
Una vez que salieron del lugar, ambos miraron a sus alrededores. Si bien Berwald había hecho caso al consejo de Magnus, no estaba seguro hacia dónde ir. Las calles estaban repletas de otros estudiantes y turistas. No se le ocurría ningún lado en específico.
Magnus continuaba en su mismo sitio. Comenzaba a sentirse un poco adolorido por estar sentado por tanto tiempo. Si bien estaba pendiente de la parejita, de vez en cuando miraba su teléfono aguardando por un mensaje que seguramente no iba a llegar.
No obstante, pensó, esto era mejor que estar aburrido en su piso o mirar las fotos de él con su ex. Sacudió la cabeza, tenía que concentrarse en lo que estaba sucediendo en aquel instante.
—¿Por qué no vamos derecho por esta calle y vemos hacia donde nos lleva? Parece que hay mucha gente yendo hacia ese lugar? —señaló el finés:—Quizás haya algo divertido —comentó antes de encogerse de hombros.
—Vamos —le contestó el sueco. Estaba comenzando a sentirse un poco más animado. Quizás no lo estaba haciendo tan mal como lo estaba pensando. Tino parecía cómodo con él y eso era lo que más le importaba.
Magnus simplemente sonrió desde su escondite. Sabía que había maneras de que el sueco pudiera arruinar el resto de la cita y era su trabajo el asegurarse que ello no sucediera.
—Espero que ese tonto me escuche esta vez —murmuró para sí antes de ponerse a seguirlos con mucho sigilo.
¡Gracias por leer!
