"El caballero de ojos rojos"
"Vienen en la noche y atacan desde las sombras, con el fuego del infierno, arrastrando sus pecados"
En el pueblo de Torne había una sombría nana, que arrullaba a los niños antes de ir a la cama. Había sido de utilidad desde hace tantos años que se había vuelto una tradición, era infalible y no había duda que luego de recitar aquello como una dulce y mortífera promesa, los retoños de cada casucha sumida en la acostumbrada miseria de la pobreza corrían a sus camas de paja para resguardarse bajo las mantas remendadas. Y era todo, el día terminaba con un nervioso "buenas noches".
En Torne, más que temer cuentos infantiles era costumbre ir temprano a dormir. El toque de queda era un manto de silencio en las calles y un peligro en las esquinas.
La noche reinaba mientras, el pueblo dormía; las puertas se reforzaban ante cualquier sonido extraño en las afueras de las casas.
Torne era un pueblo chico, humilde y el más alejado del reino civilizado. Poblado de gente con dinero, personas que podían costear gastos y el resto que apenas podía sobrevivir el día a día.
El resto del reino se comunicaba con el pueblo, por medio de un mar de arboles y un camino empedrado que luego de pasar Torne se oscurecía considerablemente. Tras él se erguían las montañas, las montañas de las bestias legendarias. Podría decirse que Torne estaba entre el rey y territorio enemigo pero, pese a todo era tranquilo vivir allí, después de todo ¿Qué dragón en su sano juicio saldría de las montañas para bajar a Torne o algún pueblo cercano?. Torne estaba libre de dragones y por ello el rey dejaba a Torne en paz. No es que el "monarca" fuera un villano pero, era seguro, al menos en las mentes de sus súbditos, era un arbitrario, quizás hasta un tirano cabron; las opiniones eran variadas, de otro modo ¿Porqué tanto miedo en la población?.
Si había duda de que opinaba la plebe, nadie creía realmente en la "noble" guerra contra el mal del rey; creían en el mal contra el que luchaba pero, el mal no lucha contra el mal por razones justas, sino aún más escabrosas. Realmente a nadie le importaba demasiado, solo querían sobrevivir un día más. Pese a todo, contra todo aquello, algunos rumores aun no morían, algunos rumores de que los dragones no querían sumir el mundo en fuego, solo al igual que ellos deseaban vivir, vivir por mucho, mucho tiempo más. Su raza estaba en peligro de extinción.
Esa mañana era igual de templada que el resto. No debería tener calor, pero esa bufanda de lana era muy buena. Los recados no le tomarían mucho tiempo y tampoco le gustaba enseñar "eso" a las demás personas así, apresuro el paso por la callejuela.
Zero tenía 20 años; era alto y según la opinión pública bien parecido. Era de esas pocas personas que desentonaban con el contexto. Su piel blanca y perfecta jamás ah dado indicios de haber sufrido alguna irritación en su vida, su pasado estaba enterrado y él quería que permaneciese así, por eso cubría su cicatriz, era lo único que lo arrastraba a aquellos días que ni siquiera puede recordar. Llámenlo shock, trauma o auto borrado conveniente, Zero solo sabía que se llamaba Zero y eso bastaba.
Pasada las dos horas ya tenía todo en mano. Su andar tranquilo y silencioso, no llamaría jamás la atención. La bolsa de encargos golpeteaba levemente su espalda mientras, se movía y el murmullo general de la multitud de la plaza de mercado se deslizaba sobre las calles alcanzando sus oídos. Era reconfortante, tanta paz…
Su vida, su vida era una mentira, una mentira que gustoso cargaba todos los días. Porque Zero no era una persona común, aun estando desmemoriado lo sabía. No presumía de ser estúpido más que eso, era perspicaz. Todo el misterio yacía en aquella marca, en sus pesadillas, en como lo encontrara el Sr. Yaka.
Sentía que en cualquier momento, cualquier momento, lo que fuera que el destino tenía planeado para él, vendría en su búsqueda y…
¡Auch!
Dolía, demonios…
Parpadeó. Estaba en el suelo y le ardían las manos. Algunas de sus cosas habían huido de su bolso y se habían esparcido tras él.
Alguien estaba sobre él, mirándolo. Mantuvo la calma.
Lo siento…- era una chica, de ojos grandes, cafés, oscuros, cabello abundante. Le dirigía una mirada lastimera, como un perro herido agonizando en la calle. Sus mejillas estaban húmedas, lo sabía por lo cerca que estaban, lo sabía porque su mejilla tocaba la contraria. Estaban demasiado cerca para su propia comodidad.
Habían tropezado, seguramente por culpa de ella, porque no había visto por donde había salido. Suponía que algo le había pasado y por eso lloraba y por eso no se fijaba por donde iba.
Zero no respondió, solo le sostuvo la mirada. Tranquilo.
La muchacha se limpio las mejillas al tiempo que se separaba de él con suavidad. Comenzó a recoger sus pertenencias del suelo e introducirlas con las demás en el saco.
Son buenos libros – soltó de repente ella. Lo miro fijamente y su mano extendió el saco. Zero lo tomo sin ser brusco. Con facilidad se puso en pie y agradeció que ella también.
Soy Yuuki – volvió a hablar. Sintió como su ceja involuntariamente se alzaba hacia arriba, arruinando su perfecta mascara de impasibilidad. Ella insistía en desarrollar una conversación. Solo llevaba unos segundos de conocerla y ya sabía que no debería estar tan cerca de alguien que lo miraba tan fijamente, sin barreras como si fuera el reflejo del agua, limpia y trasparente. Tan libre de secretos y pesadillas.
Zero…- se oyó decir de repente y supo que ya era suficiente. Paso de ella y se alejo a paso rápido, la librería estaba al final de ese callejón y ya se había tardado demasiado.
Arriba muchacho – había indicado el anciano Yaka con su permanente semblante cansado. Era un campesino, un campesino que hasta hacia unos años había cambiado de profesión y ahora era dueño de la librería más antigua del pueblo. Era realmente un caso extraño pero era real y Zero había sido testigo de su desarrollo. – llévalos arriba- volvió a indicarle. se asió de la escalerilla y ascendió a los estantes más altos sin temor a caerse.
En la pequeña estancia solo se oía el eco del murmullo exterior y las respiraciones de padre e hijo. Zero era huérfano pero, el señor Yaka era como su padre, le quería, no sabía cómo pero, lo hacía. En momentos como aquello su mente divagaba en cosas irrelevantes, como distracción a aquella vida tan solitaria que ambos tenían. Solo eran ellos dos, sin madre, sin esposa, sin hermanas, sin una mísera mascota. Su padre no tenía amigos y procuraba que él tampoco los tuviera. No entendía el porqué, aunque tampoco es que le importara mucho, no envidiaba para nada a los jóvenes de su edad, ni las risas, ni las curvaturas de labios, ni los paseos nocturnos en compañía de camaradas. Zero gustaba de la tranquilidad y al igual que el anciano era bastante receloso, algo no totalmente inculcado, estaba ya ahí, cuando volvió a abrir los ojos a esa vida.
Solo por si acaso, solo por si Zero tenía alguna duda existencial rondando su mente el anciano ponía una mano en su hombro, le miraba de la única manera seria a muerte que Zero le conocía, siempre con las mismas palabras. "Es necesario, todo es por tu seguridad" como si Zero estuviera en eterno peligro de Muerte, y cuando Zero indagaba no había respuestas.
A veces solo a veces, intuía que la marca en su cuello tenía mucho que ver…
Estaba en lo más alto cuando la campanilla de la puerta sonó a sus espaldas. Un cliente. No habría sido más relevante que las partículas de polvo a contra luz sino, fuera por el leve malestar que se alojo en la boca del estomago y un cosquilleo en la quemadura del cuello. Una sensación fantasmal, de señal.
Zero apoyo sus dedos en la quemadura, girándose con cuidado. Desde arriba solo podía ver la mata de ondulante cabello castaño oscuro. El sujeto era alto y estaba forrado con todos los botones de una gabardina negra que besaba sus rodillas. Con el calor que hacia…
Todo gritaba a extranjero.
Zero empezó a descender cuando el desconocido empezó una conversación con su padre en tanto, se acomodaba el cuello de su camisa hasta asegurar su marca de nacimiento.
En algún momento debió mencionarlo a él porque, el castaño alzo la vista en su dirección.
Fue el primer encuentro de miradas. Fue suficiente para sentir un mundo de sensaciones. La mayoría le causaban un malestar estomacal, cardiaco y nervioso. ¿Cómo podía sentirse seguro al mirar esos ojos? Zero jamás había visto a nadie con ojos de aquel color. Era escalofriante. Era sangre espesa, apresada en dos iris, brillantes y insondables como el mar en la noche.
Mantuvo la mirada todo el tiempo hasta tocar la madera del suelo. Casi motivado por una rabia hueca ante el reto de intimidación involuntaria, el platinado se obligo a mantener su máscara.
-El es mi hijo – anuncio el propietario – el podrá ayudarlo con el libro que desea encontrar – el desconocido asintió con tranquilidad y se presento. Su voz profunda y sedosa.
Kaname. espero puedas ayudarme – expresó tranquilamente, todo contraste con la intensidad infernal de sus ojos.
Seguro…- fue imposible no sonar despectivo pero, contra todo lo que pudiera pensar, aquello solo lo hizo sonreír. Una sonrisa lánguida y perezosa que parecía rezar "se algo que tu no, mocoso".
Bajaron las escaleras. El libro solicitado era de género antiguo y los más viejos era un montón de polvo bajo tierra. Su padre era un buen anfitrión y jamás desistiría de tomarse las más absurdas molestias. Cuando llegaron al sótano seguro empezó a hurgar, dándole la espalda al extraño. Sentía un cosquilleo en la nuca que lo hizo gruñir. Se enderezo de golpe y lo encaro.
Su calma era perturbadora, quizá el efecto sería distinto si tuvieran ojos como las personas normales.
Podría ayudarme a buscar – sugirió como quien no quiere la cosa. Si su padre lo oyera le daría un golpe certero por ser descortés con los clientes, pero a Zero no le importaba, aquel sujeto no le daba buena espina.
Por un momento parecía que su solicitud seria olímpicamente ignorada, cuando Kaname comenzó a quitarse el largo sobretodo con lentitud y elegancia. Bajo aquel montón de tela solo aguardaba una ajustada prenda de forro de cuerina que acariciaba como una segunda piel sus pectorales y estomago plano. El platinado se fijo mejor, tenia botas de extraño material hasta las rodillas. Sus pantalones eran de lo más común, de la tela más común y costosa claro, nada de lo que asustarse.
Es piel de dragón – explicó de repente, sobresaltándolo y claramente refiriéndose a sus zapatos sin embargo, Algo hubo en su tono que lo hizo fruncir el ceño. Era una mescla entre ironía y humor.
Asintió con lentitud, sopesando la información y sin acotar mas nada volvió a su labor, esta vez con ayuda de Kaname.
No encontraron el dichoso libro por supuesto.
Siento no haber sido de ayuda señor – se disculpó el anciano. Zero no entendía que bicho le picaba al viejo. Nunca lo había visto así. Se estaba pasando con aquel sujeto. Kaname negó con una sonrisa suave y sus ojos se desviaron hacia el provocando que se envarara.
-no, se preocupe. Es un libro muy antiguo. Le agradezco las molestias – el albino frunció la boca cansinamente y cualquiera hubiese creído que hacia un mohín pero, solo estaba fastidiado por el acoso explicito del subnormal con ojos rojos. –Gracias por la ayuda Zero – estaba vez se dirigía concisamente a él. No dijo nada. No lo conocía y ya lo despreciaba.
Kaname dio media vuelta y se alejo por la calle, con su gabardina ondeando a la par. Su padre y el parecían estar pegados en la puerta. De repente un dolor asalto su costado y cuando volteó, su padre le miraba con una advertencia muda tallada en sus ojos.
No vuelvas a hacer eso. – discrepo arrastrando con furia las palabras y Zero contrajo toda la cara claramente confundido.
¿hacer qué? – soltó molesto.
Comportarte de ese modo ante un… dragón. – la última palabra la dijo en un susurro tan bajo que Zero creyó haber oído mal. sin más se adentro al edificio dejándolo con un millón de preguntas y un escalofrió atravesándole la espina dorsal. Llevo su mano inmediatamente a su cuello como acto reflejo y acaricio su quemadura.
En el pueblo la palabra "Dragòn" no era la más popular y existían varios motivos. Era un tema tabù sin embargo, Zero había escuchado lo suficiente para estar informado de la situación actual del reino. Estaba bien saber acerca de dragones, era fundamental, no estaba bien hablar de ellos, era contraproducente. No importaba, igual siempre que la palabra era recitada empezaba a ponerse nervioso, no sabía porque obviamente pero, lo atribuía al pánico general de la población, no era para menos.
Zero jamás espero estar frente a uno, era como algo que sucede pero, a otros, no a ti y tan solo pensarlo…tan solo saber que Kaname...joder...mas que nervios, se sentía intranquilo, casi…asustado.
Eligió la hora de la cena para hacer preguntas.
-tenemos que hablar- soltó mientras su padre cortaba su carne. Estaba vez no quería evasivas.
¿Sobre qué?-
Sobre…sobre el dragón- la palabra se le trababa en la garganta.
El viejo se detuvo bruscamente y lo miro con fijeza.
Ya sabes que…-
¿Cómo sabes que es uno? Es decir ¿cómo podría reconocerlo? ¿alguien más lo sabe? Cuéntame de él – se apresuro, cortándolo.
No – soltó con rotundidad y se levanto de la mesa- iré a dormir-
Odiaba esto, antes no, pero empezaba a odiarlo…empezaba a incomodarle la clase de vida que llevaba, siempre escondiéndose, siempre sabiendo solo lo necesario. No le molestaba su vida de antisocial solo quería saber, sentía que debía saber…quizá aquella voz en algún lugar de su cabeza le gritaba y esta vez, el prestaba atención. Su destino lo había finalmente alcanzado.
Maldición…era una locura, pero si quería respuestas, tendría que ir a la fuente. Solo esperaba que aún siquiera en el pueblo en la mañana.
Con un suspiro largo, apago la última vela y sumió todo en la oscuridad.
