Día 4: OS basado en una canción triste: "Forest fire" - Brighton
¡LO SIENTO, HARUICHI!
"I hope you know that you're my home, but now I'm lost so lost.
I keep imagining those flames that did rise and blackened up the sky,
the light that showed you barefoot in the snow.
And then the fire started building up inside exploding blinding lights.
Now I'm the one left screaming through the night"
No iba a decir que se arrepentía de haber discutido con él esa última vez que lo vio. Tampoco iba a decir que se arrepentía de haber partido de Japón ocho años atrás. No lo iba a decir no porque no estuviera arrepentido; sino porque todos esos arrepentimientos ahora estaban fuera de lugar.
No había forma de saber que todo eso ocurriría. No había forma de saber que no podría regresar a su hogar durante tanto tiempo. No habría forma de saber que no podría volver a escuchar su voz.
Una y varias veces se había repetido lo difícil que era ser el hermano mayor. Empero, nunca se había arrepentido de ello.
Cuando Haruichi era pequeño, solía tener pesadillas sobre incendios; Ryosuke lo había atribuido a que vivían cerca de una estación de bomberos. Y cada noche en la que se despertaba porque escuchaba cómo lloraba su hermanito en la cama de arriba, suspiraba y subía las pequeñas escaleras que lo acercarían a Haruichi. Siempre lo recibía con un abrazo y más lágrimas, que después se convertían en un rostro sonrojado y una disculpa por haberlo despertado. Ryosuke revolvía sus cabellos y mentía diciendo que había despertado porque tenía sed.
—Todo estará bien, Haruichi —prometía. Y su pequeño hermano había creído ciegamente en esas palabras. Haruichi siempre lo había visto como alguien a quien admirar, a quien respetar, a quien seguir. La forma como Haruichi lo seguía y lo imitaba podía resultar molesta en ocasiones, mas Ryosuke reconocía que terminó por acostumbrarse a mirar sobre su hombro para comprobar que su hermanito estaba bien.
Conforme fueron creciendo y Haruichi fue viendo otras perspectivas, fue creando su propio estilo y su propio carácter, Ryosuke se preocupó en silencio. Pronto, lo sabía, Haruichi iba a despegarse por completo de él.
—Es momento de que dejes de seguirme, supongo que está bien entonces. —Le dijo cuando Haruichi entró al cuarto con una carta de Las Golondrinas de Tokio y se la mostró. Su expresión parecía dividirse entre la duda y el orgullo.
—¿Crees que deba tomarlo? —cuestionó. Ryosuke le devolvió la carta y sonrió.
—Ve por ello, Haruichi.
Entonces, su hermano le devolvió la sonrisa y asintió.
Era tan inocente… Ryosuke no debió permitir que nada le pasara, era su responsabilidad. Haruichi, él siempre lo buscó, siempre corrió hacia él y siempre le mostró sus avances, esperando una seña de aprobación y apoyo. Haruichi lo sabía: si algo fallaba, entonces simplemente podía regresar hasta donde estaba Ryosuke y entonces estaría a salvo.
Pero dos años después de que Haruichi firmara con Las Golondrinas, Ryosuke firmó un contrato en Estados Unidos. Se iban a alejar, Ryosuke iba a trazar un camino donde Haruichi ya no podría encontrarlo. Y aunque Haruichi sabía que no podía mantenerse pegado a él, no pudo ocultar su tristeza cuando Ryosuke se despidió de él en el aeropuerto.
Los debates políticos comenzaron meses después, mas nadie creía que se podría convertir en un problema real. Japón parecía mantener una posición neutral, por lo que sus habitantes se mantenían tranquilos. Haruichi y su equipo al fin había ganado el torneo nacional.
Al siguiente año, Haruichi le marcó a Ryosuke para avisarle que su padre había tenido un accidente en el trabajo y que había perdido una pierna. Ryosuke apenas pudo ir por un par de días. Haruichi había cortado su pelo de nuevo, y su rostro había adquirido un matiz más maduro. Ya tenía veintidós años después de todo.
—No puedes irte así, aniki. —Le había dicho cuando nuevamente Ryosuke estaba haciendo los trámites para regresar a América.
—Lo mejor que puedo hacer por papá es seguir trabajando. Trataré de hacer un cambio de residencia, pero no creo que pueda conseguir más. Me acaban de ascender, Haruichi, no puedo arriesgarme mucho.
—No lo digo por eso, yo lo sé.
—¿Entonces? —cuestionó mirando el rostro apenado de su hermano. Y tras verlo callarse los siguientes segundos, suspiró— Haruichi, debes aprender a seguir sin que yo esté a tu alrededor.
—¡No es eso! —exclamó.
—¿Entonces qué es, Haruichi? Si no es papá y no es tu dependencia a todo lo que hago, ¿qué es?
Los ojos de Haruichi mostraban angustia, firmeza y enojo. Pocas veces lo había visto así; en realidad, apenas podía recordar otras dos ocasiones similares. Sabía que esa expresión no significaba inseguridad o súplica; sin embargo, esa tarde decidió no continuar con esa conversación a pesar de que Haruichi trató de convencerlo de cosas que en ese momento parecían absurdas.
—No hay posibilidad de que Japón intervenga en la guerra, Haruichi. Deja de decir tonterías. De cualquier modo, estaré aquí en navidad; no te quejes más.
Cuatro meses más tarde, la comunicación a Japón había sido cerrada. Las redes sociales habían sido clausuradas; y las redes telefónicas, cortadas. Ryosuke había optado por escribir una carta y enviarla a su hermanito menor; mas ésta fue rebotada por pretextos sin fundamentos. Como era de esperarse, tampoco le permitían regresar a su país natal.
"Japón ha entrado en guerra. Más de 6 millones de jóvenes se han unido a las Fuerzas de Autodefensa Japonés" rezaba el título de la primera noticia que había visto en el periódico.
A partir de esa noche, Ryosuke trató de comunicarse con su familia, con su hermano, con alguien que pudiera confirmarle cómo estaba su familia. Había perdido su ascenso y apenas le pagaban lo suficiente para vivir al día. Aun así, ahorró lo suficiente para volver a Japón en cuanto la guerra terminara.
Cuatro años más tarde, ya trabajaba en una tienda de autoservicio y recibía toda clase de insultos por sus rasgos orientales. Había conseguido una lista no exhaustiva de los muertos en Japón. Haruichi no se encontraba entre ellos y eso lo mantenía un poco más tranquilo.
Los días pasaron, las tardes vaciaron las calles mientras se escuchaba al ejército americano tratando de reclutar más jóvenes. Pronto, tuvo que aprender a trabajar en la cocina, sin que ningún cliente pudiera verlo. Estados Unidos parecía perder mucha fuerza, pero eso no significaba que la alianza oriental se iba a detener.
Las pesadillas comenzaron cuando las noticias anunciaron la estrategia americana de soltar bombas nucleares a pesar de estar prohibidas por la ONU. No era sólo un incendio, no era sólo humo lo que veía. Era a Haruichi rodeado de muchas luces, a Haruichi buscándolo, a Haruichi tratando de alcanzarlo…
Intentó regresar, intentó volver a su hogar, intentó volver para cuidar de su familia, cuidar de su hermano.
—¿Y por qué tengo que cuidarlo yo? —preguntó cuando tenía cuatro años y Haruichi lloraba por haberse caído.
—Porque tú eres el hermano mayor. Haruichi ve en ti a alguien que puede seguir y querrá llegar a ti. Él se cayó porque quería caminar a tu lado, tú sólo debes tomar su mano para que no se caiga —respondió su madre.
—¿Y si yo me caigo por cuidarlo?
—Entonces procura que él no se caiga sobre un lugar peligroso.
"No permitas que nada malo le suceda a tu hermanito."
—¡Haruichi! —exclamó la última noche de la guerra, despertándose a las dos de la mañana. Sudaba, lloraba, respiraba con dificultad.
No pudo volver a dormir. Los recuerdos de su hermanito confiando en él, mirándolo con orgullo y siguiéndolo a todos lados no dejaban de atosigarlo.
La noticia de que la guerra se había terminado se esparció con rapidez. Un mes después, Ryosuke pudo salir de Estados Unidos en un pase de tercera clase.
Su país solo estaba recibiendo personas que pudieran comprobar que eran japoneses de nacimiento. Japón había ganado, pero el precio había sido elevado.
No había muchos transportes, no había mucha comunicación. No había orden.
Hasta pasados dos días pudo viajar a Kanagawa. Había muchos lugares vacíos, destrozados y en reparación. Los grandes edificios parecían haber desaparecido y las escuelas lucían abandonadas. El centro de bateo en el que varias veces había ido con Haruichi ahora tenía un letrero de "clausurado". Las personas que caminaban a su lado parecían tener el fantasma de la guerra en sus ojos.
Ryosuke aceleró el paso en cuanto vio a dos niños tomados de la mano. El mayor parecía querer cuidar cada paso que daba el menor.
—Haruichi —susurró preocupado.
Se detuvo de golpe al llegar a la esquina de su calle. Ya no había escombros, pero pudo suponer qué había pasado ahí. Las imágenes de Haruichi abrazándose a él después de cada pesadilla regresaron a su mente.
—Había mucho fuego, aniki, mucho fuego —repetía su hermanito.
Ryosuke avanzó despacio, mirando al frente, sin querer fijarse qué lugares habían sido calcinados.
—Todo estará bien, Haruichi —prometía él respondiendo a su abrazo.
Tropezó con la calle desnivelada. No había sido simple fuego, no había sido un ataque cualquiera. No los habían dejado salir, no los habían dejado resguardarse. Ryosuke podía ver por el rabillo del ojo que había, como mínimo, otras cinco calles en el mismo estado.
—¿Cómo lo sabes, Ryo-chan? ¿Cómo sabes que todo estará bien?
Sus ojos por fin pudieron verlo: aquel sitio que había sido su hogar. Sus pies se arrastraron sin fuerza y sus mejillas se humedecieron. Sollozaba, pero no podía permitirse el parpadear, aunque sus ojos se empañaran por las lágrimas. Debía llegar, Haruichi lo esperaba. Haruichi debía estarlo esperando.
—Porque yo estoy aquí y voy a protegerte.
—¿Siempre lo harás, Ryo-chan?
Se dejó caer de rodillas frente a lo que una vez fue su casa. Había residuos de ella, había rastros que evidenciaban las llamas que acabaron con todo. Casi podía escuchar a Haruichi correr para salvar a su padre, para sacar a su madre, para sacar esos libros que su hermano mayor tanto había apreciado…
—Siempre, Haruichi.
Ya no importaba nada, ya no había un lugar al que regresar. Su cuerpo ya no podría encontrar un bloque que pudiera sostenerlo. Nadie se lo había confirmado, pero ya lo sabía. Nadie le había entregado el cuerpo, pero él ya lo sabía.
—¡Lo siento, Haruichi! —sollozó— ¡Debí haberte salvado! —gritó enterrando las manos en la tierra frente a él.
Japón se recuperó estructuralmente después de ocho años. Se alzaron varios monumentos en nombre de los soldados y civiles caídos y se entregaron placas a las familias de los soldados que entregaron su vida. Ryosuke supo que su hermano había servido a las Fuerzas de Autodefensa Japonés y que había perdido la vida como consecuencia de un incendio en aquella calle donde había vivido. Kuramochi había aparecido frente a él en cuanto se enteró que estaba en el país. Le entregó las pertenencias de Haruichi y lo llevó a ver a su padre, el único sobreviviente de aquel incendio; Kuramochi lo había llevado a su casa en cuanto había salido del hospital.
Haruichi no había sido el único ex jugador de Seidou que se había unido al ejército; en realidad, habían sido pocos los que no lo habían hecho. Ryosuke no quiso preguntarle a Kuramochi quiénes más habían caído. Se había dado cuenta de que solo quería saber de su madre, de su hermano y de su padre. El resto había desaparecido para él.
La vida continuó y Ryosuke volvió a trabajar en una empresa internacional. Pero sus expresiones no regresaron; su padre falleció apenas medio año después de la guerra y su hogar terminó por desvanecerse. Kuramochi lo visitaba a menudo; a petición de Ryosuke, nunca fue acompañado: no quería hacer cuentas y averiguar quién faltaba.
Ya se había acostumbrado a despertar a media noche tras imaginar esas luces que se llevaron a su hermanito, tras soñar con esas promesas que no pudo cumplir. Pero nadie podía acostumbrarse al dolor, nadie podía ser tan fuerte.
Kuramochi organizó el funeral de Ryosuke cuando éste apenas había cumplido los cuarenta y dos años. Solo seis ex jugadores de Seidou pudieron asistir.
