La saga The Legend of Zelda y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Nintendo.


Capítulo 4
Cambio

El ambiente en Kakariko era aún más deprimente que la última vez que había estado allí. Apenas había gente en la calle y muchos de los puestos de la plaza estaban cerrados. Todos tenían miedo, rumores sobre guerra habían llegado hasta allí. Al parecer, el ejército que había invadido la Ciudadela no tenía intención de quedarse allí, su objetivo era arrasar y conquistar todo el reino una vez estuviesen listos.

Los pocos supervivientes que habían conseguido escapar de la capital habían contado los horrores vividos durante la invasión. El ejército enemigo estaba formado principalmente por monstruos, acompañados por un grupo de mujeres y liderados por un hombre alto y corpulento. Describían a aquel hombre como alguien cruel y despiadado, sin ningún tipo de remordimiento, que acababa con cualquiera que se atreviera a enfrentarse a él o que lo contradijera.

— Por lo que me han contado, una vez se hizo con el control de la ciudad, lo primero que hizo fue reunir a los supervivientes en la Plaza Mayor —informó Ferse, el zapatero—. Allí les hizo presenciar la ejecución del rey.

Link notó como Zelda, quien permanecía detrás de él, lo agarraba fuertemente de la manga de la túnica. Ella había sido una de aquellas supervivientes, por lo que había vivido aquel horror que Ferse les estaba contando. Nunca había sido muy específica a la hora de explicar qué es lo que había ocurrido exactamente y él tampoco había querido preguntar, no había querido hacerle recordar aquel sufrimiento que había vivido.

— Pero no se limitó a ejecutar al rey —prosiguió Ferse—, al parecer ha hecho lo mismo con la guardia de la Ciudadela y con algunos nobles que allí estaban —hizo una pausa antes de continuar—. ¿Qué será de nosotros? Nuestro rey ha muerto a manos de un hombre temible que ha tomado su lugar. De la hija del rey, la princesa, no se sabe nada, puede que también la hayan matado.

Realmente aquello eran noticias nefastas. En cualquier momento, aquel ejército apostado en la capital podía salir a conquistar el resto de pueblos y ciudades de Hyrule. Si no se hacía pronto algo para evitarlo, estarían todos perdidos. Algunos tenían miedo, querían huir lo antes posible, pero otros estaban dispuestos a luchar hasta el final, a proteger a sus seres queridos y a echar a aquel ejército invasor de su amado reino. Link se encontraba en aquel último grupo. Aunque vivía aislado en el bosque, un lugar al que posiblemente el ejército ni se molestaría a entrar, apreciaba mucho a las gentes de Kakariko, no iba a quedarse sentado viendo como sufrían. También estaba Zelda. Durante el tiempo que llevaban conviviendo, y pese a los pequeños roces que tenían de vez en cuando, le había cogido aprecio y cariño, no podía permitir que volviera a pasar por aquello otra vez.

— Pero cambiemos de tema —dijo Ferse con una sonrisa traviesa—. ¿Quién es esta bella joven que te acompaña?

Link miró a Zelda, dubitativo. Podía ver el miedo en sus ojos, estaba claro que no quería que nadie supiera quién era y de dónde venía. Aún había riesgo de que fueran a por ella, aunque Link todavía no sabía el porqué. ¿Qué debía responder? Hubiese sido mejor dejarla fuera esperando, pero ella había insistido en ir con él.

— Ella es…

— Me llamo Ilse —se apresuró a responder Zelda—. Hace unos días perdí mi granja en un incendio. Link ha sido muy amable acogiéndome en su casa hasta que pueda dar con una persona que conozco que puede acogerme.

— Vaya, lo siento mucho —se disculpó Ferse—, parece que estos tiempos están siendo nefastos para todos. Si necesitas cualquier cosa no dudes en pedirla.

— Agradezco vuestra amabilidad.

Link estaba sorprendido ante la rápida respuesta de Zelda. Seguramente llevaba ya tiempo pensando en una historia creíble para cuando alguien le preguntara.

Después de salir de la zapatería, mientras Link compraba todo lo necesario, Zelda estuvo haciendo preguntas a la gente del pueblo. Estaba buscando a la persona que la había ayudado a escapar de la Ciudadela, a una mujer de raza sheikah, alta y corpulenta llamada Impa. Por desgracia, nadie parecía haberla visto por allí.

Cuando hubieron acabado, fueron hasta la tasca del pueblo para comer algo antes de partir de nuevo.


Casas enteras ardían. El cielo nocturno estaba iluminado por el fulgor de las llamas rojizas y una espesa y negra humareda lo cubría todo. Mujeres chillaban, niños lloraban, hombres gemían de dolor. El caos y la muerte se habían apoderado de toda la ciudad, la Ciudadela había caído.

Las calles empedradas estaban cubiertas de sangre, varias pilas de cadáveres se amontonaban en varios rincones de la ciudad. La Plaza Mayor estaba abarrotada de gente. Un grupo de mujeres pelirrojas, armadas con gujas y cimitarras, habían reunido a los supervivientes en la plaza mayor, para que fueran testigos del "espectáculo".

La estatua de piedra en honor a las diosas que antes se había erigido en el centro de la plaza había sido sustituida por una tarima de madera en la cual un hombre alto y corpulento miraba a su alrededor con una sonrisa malvada y arrogante en sus labios. Sus ojos amarillos tenían un brillo cruel y despiadado y su pelo rojo refulgía emulando las llamas de su alrededor. Detrás de él había dos mujeres viejas, arrugadas y bajitas, con la espalda encorvada, que sujetaban entre sus manos una escoba cada una. Brujas.

Zelda se encontraba a un lado de la tarima, arrodillada y con las manos atadas a su espalda. Podía notar el filo de una cimitarra entre sus omoplatos, obligándola a mantenerse quieta. Vio como otra mujer tiraba de un hombre de pelo cano. Era alto y corpulento e iba vestido con lujosas prendas en color rojo y dorado. Sus manos estaban atadas frente a él y portaba unas cadenas en los pies.

— Padre… —susurró con ojos llorosos.

Su padre, el rey, la miró. Pese a la situación en la que se encontraban, no parecía tener miedo, se mantenía firme y orgulloso. Ella sabía que también debía mantenerse firme como él, pero no podía, la situación la sobrepasaba.

— Debes ser fuerte, Zelda —le dijo el rey cuando estuvo cerca de ella—. No te muestres débil ante ellos, no les des esa satisfacción.

La mujer que lo guiaba le dio un puñetazo en el estómago, haciendo que se retorciera del dolor y que cayera de rodillas sobre la tarima. El hombre de pelo rojo se acercó a él y desenvainó su enorme espada negra. Zelda sabía qué era lo que iba a pasar. Se sintió impotente, débil, no podía hacer nada por salvarlo. Apartó la vista, no soportaba ver aquello.

— No apartéis los ojos, Alteza —oyó a alguien susurrarle al oído.

Sintió como le tiraban del pelo, alzándole la cabeza y obligándola a mirar de nuevo. Alzó la vista hasta su agresor. Era un hombre joven y atractivo, con el pelo rubio, ojos verdes y largas orejas puntiagudas, un hyliano como ella.

— Maldito traidor —dijo Zelda con odio—. ¿Cómo habéis podido hacernos esto? ¡Mi padre confiaba en vos! ¡Yo confiaba en vos!

— Lo siento mucho, princesa —se disculpó, aunque su tono de voz no reflejaba nada de arrepentimiento—, pero aprecio mucho mi vida. Como podréis entender, prefiero conservar mi cabeza y mi estatus, no quiero acabar como vuestro padre.

Zelda miró a su padre. Continuaba de rodillas sobre la tarima mientras una mujer le sujetaba la cabeza para que la apoyara sobre un tablón de madera. Zelda no quería mirar, pero no le dejaban apartar la mirada. El hombre pelirrojo alzó la espada. Un completo silencio se hizo presente en la plaza, solo podía oírse el chisporroteo de las llamas y el crujido de la madera de las casas ardiendo. La espada negra descendió a gran velocidad, dirigiéndose al cuello del monarca.

El grito de horror de Zelda pudo oírse por toda la plaza, pero pronto fue ahogado por los gritos de triunfo de sus enemigos. Bajó la cabeza hasta que su frente tocó el suelo. Las lágrimas se amontonaron en sus ojos, pero las reprimió. Tal y como le había dicho su padre, no podía darles la satisfacción de verla llorar.

— ¡Silencio! —ordenó con voz atronadora el hombre pelirrojo, sosteniendo en alto, para que todos la vieran, la cabeza del monarca—. ¡El rey de Hyrule está muerto! Ahora yo, el gran Ganondorf, seré vuestro rey. ¡Arrodillaos!

Desde su posición, Zelda pudo ver cómo las mujeres armadas obligaban a los presentes a arrodillarse frente a aquel hombre despiadado. Notó cómo aquel joven tiraba de ella y la obligaba a ponerse en pie. Sus ojos se cruzaron con los de Ganondorf, quien sonreía con satisfacción.

— Mi señor, en cuanto a nuestro trato… —dijo el joven.

— Será tuya, Edwin —dijo Ganondorf mirando a Zelda—. Cuando ya no me sirva, será tu esposa, tal y como acordamos, y podrás hacer con ella lo que quieras.

— Gracias, mi señor —agradeció Edwin con una sonrisa de satisfacción.


Un fuerte estruendo y un temblor lo despertaron. Oyó el sonido de la lluvia caer sobre el tejado de la casa y sobre las ventanas. Se incorporó en la cama y suspiró aliviado, solo era una tormenta. Miró a su izquierda, hacia el otro extremo de la habitación para ver si Zelda también se había despertado o no. Parecía que aún dormía. Con la poca luz que había podía ver que estaba acurrucada en su cama, de espaldas a él. Volvió a tumbarse en la cama, dispuesto a volver a dormirse, pero comenzó a oír otro sonido mezclado con el de la lluvia.

Se giró y se apoyó sobre su codo, alzándose un poco. Miró de nuevo a Zelda y vio que se sobresaltaba con el estruendo de un trueno.

— Zelda —la llamó sin alzar mucho la voz—, ¿estás bien?

Ella no respondió, pero podía oír sus sollozos. Se levantó de la cama y se acercó a ella. Sus manos le cubrían la cara y estaba temblando. Link se sentó en el borde de la cama y apoyó su mano sobre el hombro de ella.

— ¿Qué ocurre?

— No pude hacer nada… —dijo entre sollozos—, estaba presente y no pude hacer nada…

— Zelda, mírame —pidió mientras le apartaba algunos mechones de la cara.

Pero ella no lo hizo, permaneció acurrucada, tapándose la cara. Link la giró hacia él y le apartó las manos. En ese momento un rayo surcó el cielo, dándole unos segundos de luz, suficientes para ver las mejillas cubiertas de lágrimas de Zelda y su cara deformada por el dolor.

Sin pensárselo ni un instante, la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia él, abrazándola. No tardó mucho en notar las manos de ella sobre su espalda, aferrándose a él con fuerza. Zelda continuó llorando contra su pecho, empapándolo con sus lágrimas, pero a Link no le importó, continuó abrazándola, dándole suaves caricias en la espalda y en el pelo, intentando consolarla.

— Las llamas lo engullían todo, los guardias caían uno tras otro, gritos de angustia y dolor inundaban las calles —prosiguió Zelda—. La gente moría delante de mí, pedían socorro y yo no hice nada por salvarlos, no podía hacer nada…

Zelda se aferró a Link con más fuerza, clavándole las uñas. Pero él no se inmutó, continuó abrazándola y susurrándole al oído palabras de consuelo. Pasó un buen rato hasta que se calmó. Cuando lo hizo, Link volvió a dejarla sobre la cama. La observó unos instantes, se había quedado dormida. Acarició con las yemas de sus dedos la mejilla de ella, notando el tacto suave de su piel.

No había duda de que era hermosa, aún en aquella oscuridad podía percibirlo. Pese a su carácter caprichoso, su exagerado sentido del pudor y que a veces lo exasperaba, Link no había podido evitar sentir cierto cariño por ella. Mientras la había tenido llorando entre sus brazos, había sentido un fuerte deseo de protegerla, de liberarla de todo aquel dolor que la invadía, pero, para ello, necesitaba que Zelda se abriera más a él.

Tras un último vistazo, la tapó con la sábana y volvió a su cama. Allí miró un momento a través de la ventana, la tormenta ya había pasado, solo quedaba una débil llovizna.


Cuando despertó por la mañana podía notar sus mejillas resecas, probablemente de haberse quedado dormida mientras lloraba. Tenía muy vivos en su memoria los recuerdos de la noche anterior, de la pesadilla que había tenido. Había sido muy real, demasiado, un recuerdo muy vivo de lo ocurrido en la Ciudadela. Recordaba haber despertado entre lágrimas y acurrucarse en la cama sin poder detenerlas. También recordaba a Link sentándose junto a ella y abrazarla para consolarla.

Notó sus mejillas arder. Había permitido que un hombre la abrazara y, conociéndole, estaba segura de que en aquel momento su aspecto no había sido muy presentable precisamente. Quería enfadarse con él por su atrevimiento, pero fue incapaz de hacerlo, no después de todo lo que había sentido aquella noche. Con un solo abrazo, él había conseguido que se tranquilizara, que se olvidara de aquella pesadilla. Entre sus brazos se había sentido bien, se había sentido protegida.

Desde que su madre muriera cuando había sido solo una niña, nadie la había abrazado, nadie la había intentado consolar de aquella manera cuando había tenido ganas de llorar, nadie, ni siquiera su padre. Él siempre le decía que debía mantenerse firme, que jamás dejara salir a relucir sus sentimientos. Un gobernante debía ser fuerte, debía ser el apoyo moral de su pueblo. Si la gente veía que sus gobernantes mostraban la más mínima debilidad, podrían perder toda esperanza en el futuro, sobre todo en los momentos difíciles. Por aquella razón, después del fallecimiento de su madre, Zelda había creado una coraza a su alrededor que impedía a los demás ver lo que había dentro de ella, una coraza que la había convertido en la princesa recatada y discreta que todos admiraban en la Ciudadela, pero ella siempre había sabido cuán frágil era realmente aquella coraza. En una sola noche, en una en la que lo había perdido todo, ésta se había hecho pedazos. Había intentado volver a recomponerla, día tras día se hacía la fuerte, había intentado hacer como si no hubiese pasado nada, pero la pesadilla de la noche anterior había acabado con lo poco que aún quedaba de ella. Ahora, sin aquella coraza, se sentía emocionalmente inestable y muy vulnerable.

Se vistió y salió de la casa en busca de Link, debía darle las gracias. Una vez fuera, buscó con la vista por los alrededores, pero no lo encontró. Vio a Epona, su yegua, en el establo, por lo que él no debía andar muy lejos. Bajó de la plataforma y se acercó al lago. Aunque no era muy grande, era hermoso, le gustaba ver el cielo y los árboles reflejados en su superficie. Cerca de la orilla, vio varias prendas de ropa sobre una roca.

De repente, algo salió del agua, sobresaltándola. Se giró y vio a Link frente a ella, metido en el lago con el agua llegándole apenas por debajo de la cintura. Al principio él no la vio, gran parte de su pelo rubio le tapaba los ojos, pero cuando se lo echó hacia atrás con una mano y alzó la vista, por fin la vio y esbozó una sonrisa. Zelda sintió que no podía apartar la vista de él. No era la primera vez que lo veía sin camisa y era plenamente consciente de que bajo el agua su estado no mejoraba precisamente. Aun así, algo en su interior no quería que apartara la mirada de él.

— ¿Te encuentras mejor? —preguntó él con una sonrisa inocente.

Aquellas palabras la hicieron reaccionar y se apresuró a darse la vuelta. Toda la sangre de su cuerpo se concentró en ese momento en su rostro y notó como su corazón latía con fuerza y rapidez en el interior de su caja torácica.

— ¿Qué pasa? —oyó a Link preguntar—. Ah, cierto, lo de siempre —dijo él en tono monótono, como si no tuviera importancia.

— ¡¿Es que no tienes ni la más mínima vergüenza?! —exclamó Zelda, molesta.

Link soltó una pequeña risa.

— ¿Por qué debería de tener vergüenza? No creo que mi aspecto sea tan malo como para tenerla, no tengo ninguna cicatriz horrible ni ningún tipo de deformidad.

— No tiene nada que ver con tu aspecto.

— ¿En serio no has visto nunca a un hombre desnudo? —preguntó en tono curioso—. ¿Ni siquiera a tu padre cuando eras pequeña?

Zelda negó con la cabeza.

— ¡Por supuesto que no! —exclamó—. La gente decente no va por ahí desnudándose delante de otras personas ni mirando a otros desnudos.

En realidad, más que enfadada con él, estaba enfadada consigo misma. Sabía que él no le daba importancia a aquellas cosas, así era como había vivido siempre y ella no tenía derecho a recriminarlo por ello, aunque ya lo había hecho reiteradas veces. Lo que en realidad le molestaba era su propia debilidad, el deseo inapropiado que había nacido dentro de ella al contemplarlo.

— Deberías relajarte un poco, Zelda —dijo Link tras una pequeña risa—, deberías abrir un poco tu mente y dejar de comportarte de manera tan estirada.

Se giró rápidamente para protestar por aquello, pero se encontró con la clavícula de Link justo frente a ella, a poca distancia. Intentó volver a apartar la mirada, pero Link le sujetó el rostro con ambas manos y la obligó a alzarlo y a mirarlo a los ojos.

— Zelda —dijo en tono calmado—, aquí solo estamos tú y yo, nadie va a juzgarte si te saltas un poco todas esas absurdas reglas que te han enseñado desde pequeña, ni si te dejas llevar de vez en cuando. Al menos yo no lo haré.

Link la soltó y pasó junto a ella. Zelda permaneció quieta, mirando las tranquilas aguas del lago.

— Voy a preparar el desayuno —oyó a Link decir a su espalda—. Si quieres puedes darte un baño en el lago mientras, el agua está a la temperatura perfecta.

Tras eso, Link se marchó, dejándola sola con sus pensamientos.

¿Qué debía hacer? Ella era una princesa. Había sido criada para comportarse de forma recta y recatada, lo que Link le pedía era algo impensable para alguien de su estatus, pero, si lo pensaba fríamente, ya no lo era. Ya no era una princesa, había dejado de serlo en el momento en el que la Ciudadela y el castillo habían sido invadidos, en el momento en el que habían ejecutado a su padre delante de sus ojos. Quizás Link tenía razón, quizás debía dejarse llevar un poco y dejar de pensar en lo que los demás pensaran de ella. Como él había dicho, estaban solos en aquel lugar, nadie la juzgaría. Si seguía su consejo, podía ser que también pudiera olvidarse de todo lo ocurrido, pudiera dejar de tener aquellas horribles pesadillas y pudiera empezar de cero y ser feliz.

Respiró profundamente. Era hora de dejar atrás el pasado y cambiar. Se quitó la ropa e introdujo los pies en el agua. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. ¿Quién había dicho que el agua tenía la temperatura perfecta? ¡Estaba helada! Pero ya no había marcha atrás. Lentamente, se adentró en las frías aguas del lago y se sumergió completamente. Estuvo varios segundos bajo el agua, hasta que no pudo aguantar más tiempo sin respirar. Cuando emergió para coger aire, se sintió completamente renovada, como si se hubiera quitado un peso de encima. Aunque estaba tiritando del frío, se sumergió varias veces más, notando cómo todo su pesar desaparecía.

Cuando salió del agua, vio que Link había dejado junto a su ropa una toalla para ella. Rápidamente, se secó y se vistió. Entró en la casa, donde Link estaba colocando el desayuno sobre la mesa.

Lo miró durante unos instantes y se dio cuenta de que lo estaba viendo de forma muy diferente a cómo lo había hecho hasta el momento. Para ella, ya no era el hombre tosco y vulgar que la había tratado todo ese tiempo de forma ruda. Ahora podía ver un brillo de inocencia en sus ojos que jamás había percibido antes y como su sonrisa estaba llena de amabilidad. Si miraba hacia atrás, podía ver que, desde que había llegado a aquel lugar, en ningún momento las acciones de Link habían sido mal intencionadas, siempre había sido franco con ella, no había dudado ni un momento en acogerla, aun cuando no sabía prácticamente nada de ella, y la había consolado en su momento de mayor debilidad. Se sentía muy agradecida por todo aquello, jamás se había sentido tan agradecida por nadie, y también avergonzada por haberse comportado de forma tan desagradecida hasta el momento.

— ¿Has pensado sobre lo que te he dicho? —preguntó Link.

— Sí. Tenías razón, va siendo hora que comience a pensar en lo que yo quiero hacer y dejar de preocuparme por la opinión de los demás.

La sonrisa que Link tenía en aquel momento solo podía describirse como brillante, estaba llena de felicidad.

— Me alegra oír eso —aseguró sin que aquella sonrisa se desvaneciera lo más mínimo—. Y ahora que has tomado esa decisión, ¿qué es lo primero que quieres hacer?

¿Qué quería hacer? Aquella era una buena pregunta. Ahora tenía la oportunidad de vivir una vida nueva, de ser una persona completamente distinta. ¿Por dónde empezar? Tenía claro que debía comenzar a hacer cosas por ella misma, pero no sabía qué. Toda su vida había estado marcada y dirigida por los demás, se le había privado de libertad de elección, desde cosas pequeñas como qué comer, a dónde ir, hasta asuntos importantes como su futuro y de quién sería su esposo, asuntos que habían sido elegidos de antemano por otras personas. Siempre había aceptado sin rechistar todo aquello, incluso a lo de su prometido, aun cuando su corazón había pertenecido a otro hombre tiempo atrás. Pero una pequeña parte dentro de ella había querido rechazar todo aquello, una pequeñita llama de rebelión que había tenido que reprimir por el bien del reino. Pero ahora no estaba atada a todo aquello, era libre de tomar sus propias decisiones, podía reavivar aquella llama si así lo deseaba.

Link posó suavemente su mano sobre la mejilla de ella, acariciándola con el pulgar, y esbozó una sonrisa dulce.

— No hace falta que tomes una decisión en este momento —dijo—. Tienes todo el tiempo que quieras.

Él tenía razón, ahora que era libre, tenía todo el tiempo del mundo para decidir qué hacer.

— Tu piel está muy fría —advirtió Link con una sonrisa traviesa.

Zelda apartó la mano de él de un manotazo y se giró, dándole la espalda.

— ¡Pues claro que lo está! —exclamó algo indignada—. Me he bañado en las heladas aguas de ese lago, ¿qué esperabas?

Link soltó una carcajada.

— Lo siento —se disculpó—, yo ya estoy acostumbrado a bañarme en el lago, no pensaba que el agua estuviera tan fría para ti.

Lo miró de nuevo y vio que su disculpa era sincera. También vio como le señalaba la mesa donde estaba ya el desayuno. Ambos comieron en silencio. Zelda permaneció pensando, recordando algo que él le había dicho días atrás.

— ¿Puedo pedirte algo, Link? —preguntó cuando hubieron terminado de desayunar—. Sé que hasta ahora has hecho mucho por mí y que no he hecho nada por agradecértelo…

— No tienes nada que agradecerme —interrumpió Link—, no he hecho nada en especial, solo he hecho lo que me parecía correcto. Además, me has ayudado bastante desde que estás aquí.

Ella negó de forma energética con la cabeza.

— Te equivocas, Link, has hecho por mí mucho más de lo que piensas —aseguró—. Pero necesito pedirte una última cosa.

Zelda hizo una pausa, meditando la manera de explicarse.

— Una vez me dijiste que no podía esperar que siempre hubiera alguien para salvarme, que no dependiera siempre de los demás, que me valiera por mí misma.

Hizo de nuevo una pausa y vio como él afirmaba. Aún no sabía qué quería hacer con su vida, pero sí tenía claro algo muy importante.

— Tenías razón, ya va siendo hora que aprenda a defenderme—concluyó—. ¿Me enseñarías a luchar?

— Por supuesto.

Zelda sonrió. Vio como Link se levantaba de la mesa y comenzaba a recogerla.

— No hace falta que seas tan formal a la hora de pedirme algo —dijo él con una risa—. Cuando necesites algo, no dudes en pedirlo.

No se sorprendió ante aquellas palabras. Desde el principio, Link había sido amable y generoso con ella.

Zelda afirmó con la cabeza y sonrió. Se sentía muy agradecida por todo lo que él estaba haciendo por ella y sabía que jamás podría recompensarle por ello.


Comentarios: Este capítulo marca un importante cambio para Zelda, espero que haya sido de vuestro agrado. También espero que la escena de su sueño no haya sido demasiado dura, no creo que por ello tenga que cambiar la calificación del fic de T a M, cosas peores se ven en la televisión.

Muchas gracias a todos por seguir esta historia y por vuestros reviews y a Alfax por ayuda como beta reader.

Bye!