Capítulo 3

Al salir del despacho de Peeta, Katniss sintió un gran alivio, pues la mayor parte del personal se había ido ya a casa. Recogió su bolso y su chaqueta y estaba a punto de llegar al ascensor cuando la interceptó el jefe de seguridad.

—El señor Mellark me ha pedido que me encargue de que llegue usted a casa sana y salva —la informó el hombre—. Hay un coche esperándola abajo, en la entrada de atrás.

Sorprendida por su repentina aparición, Katniss lo miró confusa. Al instante, se sonrojó. No podía soportar la idea de que aquel hombre supiera lo que acababa de estar haciendo con su jefe.

—No, gracias —contestó agitada.

A continuación, y mientras el jefe de seguridad la miraba anonadado, se metió a toda velocidad en el ascensor y no respiró hasta que no hubo dejado atrás el edificio. Se iba con la certeza de que jamás volvería a poner un pie en aquel lugar y, una vez en el autobús, mientras volvía a casa, el remordimiento por lo que había ocurrido se apoderó de ella.

¿Qué demonios le había sucedido para entregar su cuerpo un hombre al que apenas conocía? Lo cierto era que Peeta no le había parecido un desconocido por completo, había sido como si se conocieran. Precisamente eso debía de haber sido lo que la había arrastrado. Se había comportado como una fresca.

Hacía nueve años que había conocido a Peeta Mellark, nueve años que lo había visto por primera vez. Por aquel entonces, Katniss contaba apenas catorce años. Había sido cuando Peeta había visitado a su hermana Prim en el hospital.

En aquella época, Peeta estaba a punto de cumplir veintidós años y tenía fama de playboy, pero, sin que nadie lo supiera, dedicaba tiempo y dinero a niños con enfermedades terminales.

Nacido y criado en un mundo de incalculable riqueza y privilegio, se había sentado junto a Prim y había hablado con ella con total naturalidad. Al enterarse de que le encantaba el vocalista de un famoso grupo musical, le había llevado al cantante al hospital donde su hermana había pasado sus últimas semanas de vida. Gracias a él, el mayor sueño de Prim se había hecho realidad. Aquello la había hecho tan feliz que había hablado de ello hasta incluso minutos antes de morir.

Katniss jamás había olvidado lo feliz que Peeta Mellark había hecho a su hermana. Ahora, se daba cuenta de que lo había idealizado, y se había creído que lo conocía cuando, en realidad, no era así. De repente, se le ocurrió que lo de Cashmere había sido una excusa para acercarse a él. ¿Por qué no se había retirado inmediatamente en cuanto se había dado cuenta de que estaba casi desnudo? El interés que había mostrado en ella se le había subido a la cabeza y no había tenido fuerza de voluntad para resistirse a la tentación.

Al recordar todo lo que habían hecho, sintió pinchazos de excitación entre las piernas. La pasión le había hecho traicionar sus valores.

Mientras llegaba a casa, recordó que el preservativo se había roto y sintió que el miedo se apoderaba de ella. Ojalá Peeta tuviera razón y no pasara nada, pues la idea de haberse quedado embarazada tras una noche de lujuria y de un hombre a quien la posibilidad le parecía un desastre no era muy halagüeña.

Los días pasaban lentamente.

Katniss se sentía nerviosa, preocupada e incómoda.

Ella, que normalmente vivía en paz, veía ahora como su existencia se llenaba de desazón. Cada vez que sonaba el teléfono, corría a contestar, pero siempre era de la agencia de trabajo temporal o del supermercado en el que hacía el turno de fin de semana.

Cuando se dio cuenta de que estaba esperando con ansiedad que Peeta la llamara, se enfadó consigo misma. Era evidente que se había acostado con ella y que se había olvidado de ella rápidamente.

El sábado por la mañana llamaron a la puerta. Katniss fue a abrir y se quedó estupefacta al ver que se trataba del jefe de seguridad de Peeta.

—El señor Mellark quiere que coma con él —anunció Boggs—. Pasará a recogerla dentro de una hora.

Katniss enarcó las cejas y se quedó mirando al griego, que no esperó ninguna contestación por su parte, se giró y se fue escaleras abajo. Era evidente que nadie le decía que no a Peeta Mellark. Jamás.

Katniss cerró la puerta y se apoyó en ella. Las piernas le temblaban. No se lo podía creer. Peeta la había ignorado durante toda la semana y ahora aparecía de repente, en el último momento, y prácticamente le ordenaba que comiera con él.

Por supuesto que no iba a ir. Aunque, para ser sincera consigo misma, se había sentido profundamente halagada y alegre al ver que no se había olvidado de ella, no pensaba acudir a su cita. ¿Quién demonios se creía que era aquel hombre para creer que podía chasquear los dedos y tenerla a su lado?

Katniss recordó entonces su comportamiento con él y comprendió la actitud de Peeta. No había tenido que decir nada y ella se había metido gustosa en su cama. Por eso Peeta esperaba que dejara cualquier cosa que tuviera entre manos y corriera a su lado.

¿Y por qué no?

El día de su encuentro sexual, no había puesto ningún límite y no había demandado ningún tipo de respeto, se había comportado como una fresca y ahora Peeta la trataba con indiferencia, sin preocuparse por sus sentimientos.

Katniss se sentía profundamente herida.

Consternada ante la dura lección que le enseñaba la vida, se cambió de ropa para acudir a trabajar al supermercado. Cuando volvieron a llamar a la puerta una hora después, abrió furiosa.

—No voy a ir —le dijo a Boggs—. No quiero volver a ver a tu jefe. Tú verás cómo se lo dices.

El hombre la miró con incredulidad y consternación, se giró y se alejó. Katniss estaba asombrada de su propio disgusto.

Cuando volvieron a llamar a la puerta, se puso tensa y la abrió de malas maneras.

Era Peeta.

Verlo en la puerta de su casa la dejo con la boca abierta. Había dado por hecho que Boggs había ido a buscarla para llevarla al restaurante. Evidentemente Peeta la estaba esperando en la limusina. Nada más verla, la miró de arriba abajo como un lobo. Aprovechó la sorpresa de Katniss para abrir la puerta un poco más y entrar. La estancia mal amueblada en la que vivía aquella mujer tan hermosa le causó sorpresa.

Hacía mucho tiempo que no tenía contacto con tanta pobreza. Era evidente que sus mundos no tenían nada que ver, pero Peeta estaba exactamente donde quería estar y no iba a permitir que lo echara.

Katniss se había quedado traspuesta por su llegada. Sentía que el corazón le latía desbocado. Aquel hombre la fascinaba. Ahora que lo tenía ante sí, no podía dejar de pensar en las noches llenas de sueños prohibidos que se habían sucedido desde su encuentro.

—Boggs no ha sabido explicarme por qué no has querido aceptar mi invitación —comentó Peeta.

Sus palabras sacaron a Katniss de su parálisis.

—¿Es que acaso necesitas una explicación? —le espetó—. Simplemente, no quiero comer contigo.

Aquella mujer le había parecido guapa desde el principio, pero ahora le parecía además interesante. La impaciencia se estaba apoderando de él. Su comportamiento se le antojaba incomprensible. Se moría por volver a tenerla en su cama para poder saciar el deseo que lo había acompañado durante el viaje de negocios.

—Ya te dije que no quería que me llamaras —añadió Katniss apretando los puños.

—Sí, pero también me besaste —contestó Peeta mirándole la boca.

Katniss se sonrojó.

—Eso… eh… bueno, eso y todo lo demás que sucedió entre nosotros fue un gran error.

—Tonterías, glikia mou —contestó Peeta en tono serio y convencido.

Aquello enfureció a Katniss todavía más.

—¡Fue un error por mi parte!

—¿Por qué? ¿Acaso tienes novio?

—¡No! —Exclamó Katniss indignada ante la posibilidad de que Peeta la creyera capaz de semejante traición—. De haberlo tenido, no me habría acostado contigo.

—Por supuesto que te habrías acostado conmigo. Todas las mujeres sois infieles cuando se os ofrece algo mejor —insistió Peeta.

—Supongo que eso lo dirás por las mujeres con las que estás acostumbrado a salir. Yo no soy como ellas —le aseguró Katniss.

—Puede que tengas razón —contestó Peeta—. No en vano tienes el honor de poder decir que he sido el primer hombre con el que te has acostado.

Katniss sintió que la vergüenza se apoderaba de ella al saber que Peeta se había dado cuenta de que era virgen.

—No me parece ningún honor —contestó—. En cualquier caso, no me apetece hablar de ello. No me apetece hablar del día en el que me acosté con un hombre tan insensible como tú.

No era la primera vez que Peeta suponía que una mujer le tenía por ser, efectivamente, poco sensible, pero sí era la primera ocasión en su vida en la que una mujer se atrevía a decírselo directamente a la cara.

—Estás enfadada porque no te he llamado —murmuro—. Soy un hombre muy ocupado y no tengo por qué pedir perdón por ello.

Katniss estaba cada vez más enfadada. Las palabras de Peeta eran como un capote rojo ante ella.

—Será porque los demás te dejan ser así, maleducado, ofensivo y arrogante.

—No te olvides de insensible —añadió Peeta.

Lo cierto era que ninguna mujer se había atrevido jamás a criticarlo ni a insultarlo de aquella manera. A pesar de que se sentía indignado, no se podía creer que aquella mujer se estuviera dirigiendo a él con tan poco respeto.

—Sí, gracias, también eres insensible —agradeció Katniss, dando salida a su desazón emocional a través de la furia—. De repente, me envías a un empleado para decirme que vaya a comer contigo… ni siquiera te molestas en preguntarme si quiero comer contigo… le dices que venga a buscarme. Te comportas y hablas como si me estuvieras haciendo un gran favor. ¿Acaso estás tan acostumbrado a que las mujeres caigan a tus pies y te complazcan que te crees que yo soy así también?

Efectivamente, aquello era exactamente a lo que Peeta estaba acostumbrado, pero no estaba dispuesto a admitirlo. Con un movimiento preciso y rápido, se acercó a Katniss, invadiendo su espacio personal.

Estaba furioso.

Una vez ante ella, la agarró del mentón y la obligó a mirarlo a los ojos.

—Tu actuación del otro día es lo que me ha dado pie para creer que estás dispuesta a comer conmigo —le dijo muy serio.

Katniss se sorprendió al sentirse excitada. Sentía los pezones erectos contra las copas del sujetador.

—Yo…

—Por cómo me miras, la invitación sigue en pie. Claro, lo entiendo… el sexo fue fantástico —prosiguió Peeta.

Katniss recordó al instante el cuerpo de Peeta moviéndose sobre el suyo y cómo el pequeño dolor de la iniciación había dado paso al placer.

—Y eso es lo único que quieres —comentó.

—Te quiero a ti —declaró Peeta acariciándole el pelo.

Haciendo un gran esfuerzo, Katniss se apartó de él, tomó aire y se dio cuenta de que estaba temblando.

—¿Durante cuánto tiempo?

Peeta dobló los brazos con las palmas de las manos hacia el cielo, como diciéndole que no lo sabía. Qué guapo era. Cuánto le gustaba. Sin embargo, Katniss se dijo a sí misma que no debía dejarse llevar. Debía recordar cómo la había tratado. Si la había ignorado durante toda la semana ahora que le gustaba, ¿cómo la trataría cuando ya no se sintiera atraído por ella?

—No funcionaría… no ha empezado bien —murmuró.

Peeta la miró con ironía.

—¿Por qué lo dices? ¿Te crees que tengo una mala opinión de ti por haber querido dar rienda suelta a tu pasión?

Katniss lo miró sobresaltada.

—¿Acaso no es así? ¿Me estás diciendo que tratas a todas las mujeres así?

Peeta la miró furibundo, pero Katniss no se dio cuenta.

—Oh, Dios mío. ¡Llego tarde al trabajo! —exclamó de repente.

—¿Al trabajo? ¿También trabajas los fines de semana?

—Sí —contestó Katniss colgándose el bolso del hombro y abriendo la puerta—. No me queda más remedio.

—¿Dónde trabajas? —le preguntó Peeta mientras Katniss cerraba la puerta.

—En el supermercado que hay un poquito más abajo —contestó Katniss bajando las escaleras a toda velocidad.

—¿A qué hora terminas?

Una vez en la calle, Katniss se quedó mirando con los ojos como platos la enorme limusina negra de cristales ahumados y el grupo de hombres trajeados con gafas de sol que se paseaban por la acera. En cuanto vieron a Peeta, se pusieron alerta. Era evidente que lo protegían allí donde fuera. Aquel hombre no tenía una vida normal. Katniss se dio cuenta de que vivían en mundos muy diferentes.

—¿Katniss? —la urgió Peeta.

—Salgo a las seis, pero no creo que te interese porque, ¿desde cuándo los hombres como tú salís con las cajeras de los supermercados? —se rió.

Maddie llevaba una hora trabajando cuando llegaron las flores. Se trataba de un ramo espectacular de rosas amarillas y blancas. Era la primera vez en su vida que alguien le regalaba flores y, al principio, creyó que se trataba de un error.

Sin embargo, al ver su nombre escrito en el sobre que contenía una notita, se convenció de que eran para ella, así que abrió el sobre y leyó. En la nota decía:

Las he elegido yo personalmente y las he llevado en persona. Nos vemos a las seis.
Peeta.

Katniss se rió. Aquel hombre no se daba por vencido fácilmente. Aunque quisiera salir con él, no estaba libre aquella noche.

Lo cierto era que a Katniss le gustaban los hombres insistentes que no tiraban la toalla a la primera de cambio. Aquello la hizo pensar en cómo Peeta Mellark había ayudado a su hermana y se dijo que no era un mal hombre y que ella también había tenido su parte de culpa al acostarse con él.

¿Acaso tendría Peeta razón? ¿Acaso estaba enfadada con él por no haberla llamado antes? Katniss se sentía horriblemente confundida. Por una parte, estaba furiosa ante la arrogancia de Peeta y se sentía culpable por haberse acostado con él. Además, Peeta no había escondido en ningún momento, que lo único que le interesaba de ella era el aspecto sexual y a ella no le parecía que aquella fuera base para una relación. Por lo menos, para la relación que ella quería.

Entonces, ¿por qué quería verlo? ¿Por qué el detalle de que le hubiera mandado rosas la había emocionado tanto?

Hacía media hora que había llegado a casa cuando Peeta llamó a la puerta.

—Ni siquiera sé cómo has conseguido saber dónde vivo —murmuró Katniss al abrir.

—No es difícil obtener un dato así si sabes pedir un favor o pagar un precio.

A Katniss no le hacían ninguna gracia aquellas maneras, propias de un mundo que no era el suyo.

—Mira aunque quisiera, no podría salir contigo esta noche —se apresuró a asegurarle.

–¿Por qué?

Katniss le explicó que se había comprometido cuidar a una vecina suya que era muy mayor. Su hija, que era la persona encargada de ella, se lo había pedido para poder salir un rato y Katniss había accedido gustosa, pues la chica necesitaba descansar.

—Muy bonito por tu parte, pero ya me hago yo cargo. Voy a llamar para que venga una enfermera profesional a sustituirte —sonrió Peeta.

—No —contestó Katniss—. No he dicho en ningún momento que quisiera salir contigo esta noche y, aunque quisiera, que no es así, no se me pasaría por la cabeza dejar tiradas a mis amigas en el último momento —declaró Katniss elevando el mentón en actitud desafiante.

Era indignante que aquel hombre se creyera que iba a rehacer sus planes y a organizar su vida en función de él, pero era también descorazonador lo triste que se había quedado al negarse a que Peeta llamara a una enfermera profesional.

Katniss ya no sabía lo que quería hacer.

—¿Por qué haces una montaña de un grano de arena? —suspiró Peeta algo exasperado.

—He hecho una promesa. Es importante para mí. La señora Venia se llevaría un disgusto si tuviera que quedarse con una persona a la que no conoce. No seas egoísta —lo recriminó Katniss.

—No me insultes otra vez. ¡No pienso tolerarlo! —exclamó Peeta con énfasis.

Katniss palideció. Su mirada se posó en las preciosas rosas que había dispuesto en un florero de plástico. Se sentía emocionalmente confusa y unas horribles ganas de llorar.

—Somos como el aceite y el agua… —suspiró.

—En la cama, somos dinamita.

Katniss se sonrojó.

—Vete —le dijo sin atreverse a mirarlo a los ojos—. Tengo que irme a cuidar a la señora Venia.

—¿Estás de broma o es que estás probando hasta dónde puedes ir? —Se indignó Peeta—. Me voy fuera de Londres otra vez mañana.

Katniss elevó la cabeza y se encontró con los ojos de Peeta, que la miraba de tal manera que la hizo sentirse como si fuera en un ascensor que estuviera cayendo en picado.

—No, no es una broma.

Peeta le acarició el pelo con un gesto lánguido. Al sentir las yemas de sus dedos sobre las sienes, Katniss se estremeció y sintió que el deseo sexual la paralizaba. Sin embargo, cuando Peeta se inclinó sobré ella, su mano derecha, como si tuviera vida propia, se elevó, encontró su mejilla de piel aceitunada y se perdió entre su cabello rubio.

Aquello fue más que suficiente. Peeta se apoderó de su boca, la apoyó contra la pared y se apretó contra su cuerpo.

—¿Y esto qué es? —le preguntó.

—Una locura —murmuró Katniss poniéndose de puntillas para encontrar de nuevo su boca, deseosa de que su lengua apagara la sed que sentía.

Peeta se apoderó de sus nalgas y la levantó, colocándola a horcajadas en su cintura y sentándose a continuación sobre la cama.

—¿A qué hora que tienes que ir? —le preguntó con la voz tomada por el deseo.

Katniss se sentía rodeada y controlada por él, lo que se le antojó increíblemente sexy. Sentía como si el sujetador hubiera menguado de talla y los pechos le rebosaran. Los pezones endurecidos tenían más sensibilidad que nunca. El corazón le latía desbocado.

Haciendo un gran esfuerzo, dejó caer la frente contra el hombro de Peeta y se preguntó qué estaba haciendo, se dijo que debía recuperar el control y se recordó que Peeta volvería a acostarse con ella si se lo permitía.

¿Tanto le gustaba él?

Aquella pregunta le creó tanta zozobra que hizo que se pusiera de pie repentinamente.

—No, no podemos seguir adelante… no… no a menos que nos conozcamos mejor…

Peeta se puso de pie también y se dirigió a la ventana. Estaba muy excitado. No estaba acostumbrado a tener que esperar para acostarse con una mujer. No podía recordar la última vez que una mujer le había dicho que no. Estaba furioso de lo mucho que la deseaba y ahora resultaba que aquella mujer le iba a poner condiciones.

De repente, aquel desafío lo estimuló sobremanera. Así que Katniss Everdeen tenía carácter, ¿eh? Aquello le gustaba.

Katniss se apoyó en la mesa para recuperar el equilibrio. Se había mareado y ahora sentía mucho miedo. No solía marearse nunca. ¿Estaría embarazada? ¿Acaso los síntomas comenzaban tan pronto?

Katniss se dijo que no debía exagerar, pero el miedo se había apoderado de ella. Por desgracia, todavía le quedaba una semana entera para saber si, efectivamente, estaba esperando un hijo.

—Cuando vuelva de este viaje de trabajo, me voy a Marruecos unos días —anunció Peeta—. Tengo una casa en el alto Atlas, en un lugar muy solitario y tranquilo. ¿Por qué no te vienes conmigo?

—¿A Marruecos? —se sorprendió Katniss ante la invitación.

—Acabas de decir que quieres conocerme —le recordó Peeta—. Me parece la ocasión perfecta.

Dicho aquello, dejó su tarjeta de visita sobre la mesa.

—Ahí te dejo mi móvil. Por si quieres que hablemos.

Hola, espero hayan disfrutado el capítulo, la historia cada vez se pone más interesante!

Nos leemos pronto!