Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.

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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.

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CAPÍTULO 03

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―Siento ser una molestia.

―¡Por Dios, Juugo! ―dijo Sasuke Uchiha, el conde de Konohagure mientras servía whisky en dos vasos―. Yo te he molestado a ti en innumerables ocasiones.

―Tú eres un lord, estás en tu derecho.

Konohagure lo miró con el ceño fruncido. Habían crecido juntos en la calle trabajando para Orochimaru hasta que descubrieron que Sasuke era el heredero perdido de ese título. Juugo nunca se había sentido muy cómodo entre la aristocracia, pero sí que estaba a gusto entre algunos de sus miembros. Era un escéptico cuando se trataba de las buenas intenciones de otra persona. No cabía duda de que era el resultado de las buenas intenciones de su padre, que le había dejado con un alma herida que, después de todos aquellos años, se negaba a sanar.

Uchiha le ofreció una copa de vino a su mujer Hinata. Era una mujer encantadora. Su melena azulina hizo que Juugo pensara en Tamaki Lee, aunque la de la señorita Lee le hacía pensar en un tejido de rayos de caramelo, más como la duquesa prima de Hinata. Imaginó la suavidad de los mechones de su pelo entre sus ásperos dedos. Imaginó esos mismos dedos abrasando su delicada piel mientras le daba placer. Para evitarle cualquier incomodidad en las partes más delicadas de su cuerpo, utilizaría la boca, la lengua…

―¿Juugo?

Se alejó de los sueños que le habían empezado a cautivar desde el encuentro con la señorita Lee en el parque y cogió el vaso que le ofrecía Sasuke.

―Gracias.

Sasuke se sentó en el sofá junto a su mujer y le pasó el brazo por detrás de los hombros para acariciarle el brazo desnudo con los dedos. Juugo dudaba que su amigo hubiera actuado de aquella forma tan informal si su invitado fuera otro lord. O tal vez sí que lo habría hecho si su amistad se hubiera forjado en la miseria de las calles de Konoha.

―Tenías algo que preguntarle a Hinata ―le animó Sasuke.

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Juugo bebió un sorbo de whisky y se deleitó en el sabor y el ardor de la bebida. Sintió cómo se le empezaban a relajar los músculos. Estaba tenso desde que había acompañado a la señorita Lee a su casa. La pasada noche se había sorprendido al descubrir que no se alojaba en alguna pensión de la parte alta de Konoha. Dado que su apartamento no estaba muy lejos del alojamiento de la joven, sabía muy bien la clase de acomodo que ofrecían las pensiones de aquella zona. Eran adecuadas, pero carecían de elegancia.

―Sí. Siento curiosidad por una tal señorita Tetsuya Lee. Era hija de un vizconde.

―¿Lee? ―Hinata frunció su delicado ceño―. Creo que alguna vez he oído mencionar al vizconde Lee, pero me temo que sé poco sobre él. Tal vez Neji sepa algo más, aunque es improbable, o quizás Kakashi. Claro que aún tardarán algunos días en volver a Konoha.

Juugo apreció que ella omitiera ciertos detalles y que no le dijera abiertamente que el segundo hombre mencionado estaba en el sur de Kirikagure haciéndole el amor a su ya no tan joven esposa, Karin. Lo que sorprendió a Juugo fue que al pensar en ella con otro hombre no le asaltó la habitual sensación de pérdida a la que estaba acostumbrado. Desde que se había encontrado con la señorita Lee aquella tarde, ella era la única que había ocupado su mente, como si no le importara nada más.

―Me conformaré con lo que puedas decirme ―le aseguró Juugo esperando conseguir algunos datos más sobre la señorita Lee al saber más sobre su padre.

―Si se trata del hombre en el que estoy pensando, raramente viene a Konoha. Ni siquiera tiene residencia en la ciudad.

¿Es que no se había corrido la voz de que había muerto?

―Por lo visto, Tetsuya se presentó en sociedad la temporada pasada ―le dijo No Tenpi.

Hinata dio un distraído golpecito en el muslo de Sasuke.

―Me temo que la temporada pasada yo estaba demasiado ocupada con mis asuntos para prestar atención a la puesta en sociedad de nadie. Lo siento.

Uchiha dejó de acariciarla y la cogió del brazo ofreciéndole apoyo y consuelo. Fue la temporada pasada cuando sus vidas se habían entrecruzado irrevocablemente.

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―Deberías preguntar a la mujer de Suigetsu ―continuó Hinata―. Tal vez Ino conociera a la señorita Lee antes de enviudar aquella temporada.

La viuda duquesa de Hoshigaki formó un gran escándalo casándose de nuevo antes de que acabara su periodo de luto, y el escándalo fue aún mayor cuando se corrió la voz del marido que había elegido: Suigetsu Hozuki. Por muy rico que fuera, aquel hombre poseía un club exclusivo para caballeros que era casi tan infame como su propietario.

―Por lo visto, Tetsuya llamó la atención de lord Kamizuru ―le contó Juugo esperando refrescarle la memoria con algunos datos. Estaba seguro de que la pareja habría dado que hablar.

Hinata esbozó una mueca.

―Ese hombre disfruta persiguiendo jovencitas, pero nunca he oído que haya pretendido seriamente a nadie. ¿Acaso se aprovechó de ella?

―¿Qué te hace pensar eso?

―Si el padre de la chica es tan pobre como he oído decir, no es muy probable que la joven tuviera una gran dote. Quizá estuviera lo bastante desesperada como para creerse las promesas de un sinvergüenza como Kamizuru. Me temo que no todos los caballeros son verdaderos caballeros.

Era evidente que Kamizuru entraba en la categoría de los que no lo eran.

―Por lo visto, Tetsuya tuvo un trágico final. Su hermana Tamaki se encuentra en Konoha. Ha estado siguiendo a Kamizuru por toda la ciudad. Sospecho que ella le hace responsable de la muerte de su hermana, y él parece la clase de hombre que oculta oscuros secretos.

Él también ocultaba oscuros secretos, por lo que enseguida reconocía esa característica en otros.

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―¡Oh, pobres chicas! ―dijo Hinata―. Tetsuya y Tamaki. ¿Quién es el benefactor que está ayudando a Tamaki a presentarse en sociedad?

―No ha venido a presentarse en sociedad; ha venido a enfrentarse a Kamizuru.

―Eso es muy peligroso. Kamizuru no lo va a tolerar. Tal vez debería hablar con ella.

Juugo no debería haberse sorprendido de escuchar aquella oferta. Precisamente su facilidad para ayudar a los demás era lo que la había llevado a la vida de Sasuke. No sabía cómo reaccionar. Lo único que tenía claro era que quería ser él quien le diera a la señorita Lee cualquier cosa que necesitara.

―Probablemente sea demasiado pronto para involucrarte. Ya he hablado con ella y no me parece que suponga una gran amenaza. Tal vez consiga hacer enfadar a Kamizuru, pero no creo que sea capaz de hacerle ningún daño.

―No te ofendas, Juugo, pero me parece que subestimas la determinación que caracteriza a las damas de la aristocracia cuando deciden solucionar algún asunto personalmente.

―Son increíblemente obstinadas ―murmuró Sasuke, y ella le dio un codazo en las costillas.

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En lugar de enfadarse con ella, Sasuke le dedicó una acalorada mirada que incluso Juugo comprendió que significaba que pagaría por ello en el dormitorio. No quería pensar en la cama vacía en la que él pasaría la noche. Podía ir en busca de compañía, pero consideró que cualquier mujer que no fuera la señorita Lee lo dejaría insatisfecho. Aunque tampoco tenía planeado seducirla. A fin de cuentas, ella era una dama, aunque eso no significaba que no hubiera pensado en el placer que le provocaría conseguirla. No le costaba imaginar sus manos deslizándose por su pecho desnudo, su boca mordisqueando…

―Muy bien ―dijo dejando su vaso sobre la mesa y poniéndose de pie mientras pudiera hacerlo sin tener que avergonzarse―. Tendré en cuenta tu oferta si sigo tratando con la señorita Lee.

Uchiha se levantó y ayudó a Hinata a abandonar el sofá.

―Por favor, hazlo ―dijo ella.

―Te acompañaré a la puerta ―dijo Sasuke mientras le daba un rápido beso a Hinata en la mejilla para que no se olvidara de lo que le esperaba luego.

Juugo no envidiaba lo que tenía su amigo, pero por primera vez pensó que a él también le gustaría tenerlo.

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Cuando llegaron al pasillo, Konohagure dijo:

―Si crees que la situación puede ser peligrosa, te agradecería que no involucraras a Hinata. Mi esposa tiene el corazón y el coraje de una leona. No creo que mi corazón pueda volver a verla en peligro otra vez.

―Sospecho que Kamizuru es del tipo perro ladrador poco mordedor. Si no fuera así, se habría ocupado de este asunto él mismo. En cuanto a la señorita Lee…, creo que lo único que quiere es molestarlo durante un tiempo. Luego me imagino que volverá a su casa.

Juugo no entendía muy bien por qué se sentía apenado al pensar en aquello. Nunca podría haber nada entre ellos. Ella era la hija de un vizconde y él no era más que el hijo de un ladrón.

―Como bien sabes, yo acabo de ser aceptado por mis iguales ―dijo Sasuke―. Podría intentar averiguar algo discretamente para saber de qué estamos hablando.

―Probablemente lo mejor sea que de momento me ocupe personalmente del tema. No pongo en duda tu capacidad para actuar con discreción, pero prefiero llevarlo a mi manera.

―¿Scotland Yard te ha pedido que sigas a la chica? Debes estar impaciente por poder centrarte en casos más importantes.

Era extraño, pero desde el encuentro del parque ya no se sentía tan impaciente por cumplir con su deber como lo estaba la noche anterior.

―Nos han dicho que debemos intentar prevenir el crimen. Kamizuru cree que la chica quiere matarlo.

El arrepentimiento se dibujó en el rostro de Sasuke. A pesar de que ya hacía muchos años, de repente recordó que él mató a un hombre que había lastimado a Karin.

―Quizá debiera hablar con la dama. Aunque el asesinato esté justificado, no resulta nada fácil vivir con ello.

―Si no le hubieras matado tú, lo habría hecho yo.

Sasuke negó con la cabeza.

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―Aún así, tu dama debería saber que la venganza se cobra un precio muy alto.

―Yo no creo que ella tenga la intención de matarlo.

―Espero que tengas razón. Supongo que si no te quejas de la tarea que te han asignado es porque la chica ha captado tu interés.

―La juzgué mal la primera vez que la vi. Y ese no es un error que yo suela cometer.

―Creo que es la primera vez que te oigo decir que has juzgado mal a alguien.

Pero lo había hecho. Por algún motivo lo había hecho.

Sasuke le dio a Juugo una firme palmada en el hombro.

―Ya sabes que estamos aquí si nos necesitas.

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No hacía ni dos minutos que Uchiha le había pedido que no les involucrara y ahora parecía haber cambiado de opinión. Juugo sabía que si les necesitaba ellos le ayudarían. Los chicos de Orochimaru siempre estarían juntos, incluso aunque vivieran sus vidas por separado.

―En realidad sí que hay algo que me gustaría pedirte.

―Tú pide. Si está en mi poder es tuyo.

―¿Me prestas tu carruaje para mañana? Uno abierto si hace sol y cerrado en caso de que haga mal día.

Uchiha sonrió.

―¿Endulzando un poco tu tarea?

Juugo se encogió de hombros.

―Ya que me tengo que ocupar de este asunto, no veo ningún motivo por el que no pueda divertirme un poco mientras lo resuelvo.

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Juugo estaba a punto de llegar a la puerta de su casa cuando se volvió y empezó a subir de nuevo por la calle. No sabía por qué se sentía tan inquieto aquella noche. Tal vez fuera porque, a pesar de que se lo había prometido, no confiaba en que Tamaki se quedara en casa. Sabía que no podía vigilarla las veinticuatro horas del día, pero tampoco quería que la joven siguiera a Kamizuru. No cuando sabía que él no estaría por allí. No confiaba en que aquel hombre se tomara la justicia por su mano y la lastimara.

Eran casi las diez y media de la noche. Cuando Juugo se acercó a la pensión de la joven vio su silueta recortada por la tenue luz que salía por la ventana. Juugo se sintió aliviado al tener la certeza de que no se estaba buscando problemas con Kamizuru. Se detuvo y se apoyó en un árbol que había oculto entre las sombras.

Parecía que se estaba cepillando el pelo. Dios, ¿tan larga era su melena? Teniendo en cuenta los movimientos que estaba haciendo la joven, el pelo debía llegarle más abajo de la cintura. Con una mano guiaba el cepillo por los mechones y con la otra seguía su trayectoria y los alisaba. Juugo imaginó el cepillo en su mano, la seda de su melena sobre su regazo mientras se sentaba detrás de ella. Cepillándola, acariciándola. Cogiéndole el pelo y enterrando el rostro en su abundante suavidad. En su vida había muy poca suavidad y siempre evitaba admitir lo mucho que la deseaba.

Las mujeres de su vida nunca se quedaban mucho tiempo porque él no les podía dar lo que querían. Él se preocupaba lo suficiente por ellas como para fingir que las amaba, pero no lo bastante como para amarlas de verdad.

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La señorita Lee tampoco estaría mucho tiempo en su vida. Debía ganarse su confianza poco a poco, despacio, porque de repente no tenía ninguna prisa por dejarla marchar; y cuando se lo confesara todo, él la convencería para que dejara en paz a Kamizuru. O tal vez, dependiendo de las circunstancias, él se ocuparía del asunto por ella. Pero la joven solo se abriría a él cuando estuviera convencida de que se preocupaba por ella. Ese era el motivo de que necesitara mostrarle el afecto que sentía. Tampoco sería del todo falso. La verdad era que albergaba ciertos sentimientos por ella, pero no la clase de profundas emociones que merecía una dama como ella.

La joven agachó la cabeza y echó todo el pelo para delante: parecía una cortina ante su rostro. Juugo se frotó el cuello mientras centraba toda su atención en la nuca desnuda de la joven. Casi podía sentir la piel de la chica bajo sus labios mientras los deslizaba por su espina dorsal y besaba la suave piel que se extendía bajo su oreja. Pasearía la lengua por su oreja y le mordería el lóbulo. Luego le daría la vuelta entre sus brazos, continuaría el viaje hasta devorar su cuello y acabaría posando la boca sobre sus labios para darle un largo beso que conseguiría derretir su cuerpo al mismo tiempo que el suyo se endurecía.

Entonces la joven echó la cabeza hacia atrás y volvió a comenzar el proceso para alisar lo que había despeinado. La noche se había vuelto muy cálida. Juugo estuvo a punto de quitarse la chaqueta, pero se dio cuenta de que el aire que corría era frío. Entonces no era la noche lo que le estaba haciendo sudar ni el motivo de que le costara tanto respirar. La culpable era la ninfa de la ventana. Incluso tenía la sensación de que ella sabía que la observaba y estaba haciendo una actuación privada para él.

Miró en ambas direcciones de la calle. Era muy tarde. No había nadie por allí. Su mirada se deslizó por los edificios. Si había alguien más despierto que pudiera estar observando, él no lo veía. Y era un alivio, porque de pronto sentía la repentina urgencia de ponerse a abrir puertas y amenazar a cualquiera que osara siquiera mirarla.

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¿Qué diablos le estaba pasando? Si no fuera por aquel absurdo lord, ella estaría fuera de su vida en un abrir y cerrar de ojos.

¿Cómo lograba aquella joven que sintiera esa imperiosa necesidad de protegerla? Su naturaleza le empujaba a ayudar a los desvalidos, pero lo que sentía por ella procedía de lo más profundo de su alma. De repente no conseguía mantener la distante conducta que le permitía actuar sin implicar a sus emociones. Tenía que mantener la cabeza fría para que nada pudiera interferir en su objetividad.

Juugo volvió a centrar su atención en la chica. Había dejado de cepillarse el pelo y ya solo la podía ver parcialmente. Era incapaz de saber dónde estaba mirando. ¿En qué estaría pensando? Si pudiera visitarla en aquel momento…

Sacudió la cabeza para deshacerse de aquel absurdo pensamiento. Era evidente que no podía llamar a la puerta principal. Pero él había aprendido a escalar cuando era solo un niño. Era bastante probable que pudiera llegar escalando hasta su ventana.

«¿Para hacer qué?»

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Por el amor de Dios, ¿acaso creía que ella abriría la ventana y lo dejaría entrar en su habitación? ¿Es que pensaba que le dejaría coger ese cepillo para que pudiera deslizarlo cien veces por su melena?

La joven alargó los brazos y cerró las cortinas. La tortura debería haber cesado en cuanto dejó de verla. Pero entonces empezó a imaginársela metiéndose en la cama para dormir y en cómo se acurrucaría junto a ella.

La luz de la ventana se apagó y él pareció quedarse sin aire. ¿Dormiría boca abajo, de lado, o hecha un ovillo? Si estuviera en la cama con ella, ¿se acurrucaría junto a él? De repente se dio cuenta de que nunca había dormido con una mujer entre sus brazos. En cuanto el negocio estuviese zanjado…

«¿Negocio?» ¿Eso es todo cuanto había significado siempre para él? ¿Se había engañado pensando que como se preocupaba por las chicas con las que se acostaba se trataba de algo más que de un poco de diversión y de pasar en compañía algunas horas de una noche solitaria?

¡Dios!, ¿de dónde estaban saliendo todos aquellos pensamientos? Solo quería alguna prueba de que ella no estaba merodeando sola por las calles. Ya la tenía. La chica se había ido a dormir. Él también debería retirarse. Pero estaba convencido de que pasarían muchas horas hasta que su tenso cuerpo se relajara lo suficiente como para que se dejara vencer por el sueño.

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«Seducirlo.»

Aquellas palabras eran como una infinita oración que alguien susurraba en su mente con la constancia de las olas del mar que nunca abandonaban su suave vaivén.«Seducirlo.»

Estaba tumbada en la cama mirando fijamente las sombras que bailaban en el techo.

«Seducirlo.»

¿Qué sabía ella sobre seducción? Era cierto que había conocido a los jóvenes de su pueblo, pero nunca se había propuesto hacer nada porque siempre tuvo la esperanza de poder ir a Konoha para presentarse en sociedad y encontrar un buen marido. Siempre había planeado observar a las otras damas que hubiera en el baile y luego imitar su forma de hacer las cosas. Siempre había pensado que cuando llegara el momento sus instintos femeninos se harían con el control y sabría exactamente lo que debía hacer para captar la atención de un hombre.

Estuvo intranquila toda la tarde. Intentó leer un rato, pero fue incapaz de concentrarse en las palabras. Luego trató de coser, pero no le gustó cómo le quedaban los puntos. Finalmente decidió desplegar el mapa que le había regalado el señor No Teenpi y se pasó una hora deslizando el dedo por las calles de la ciudad. Era un mapa turístico. En él estaba señalado el lugar exacto del Valle sin Fin donde habían construido el Palacio de Cristal para la Gran Exposición. Se preguntó si él habría estado allí y habría podido disfrutar de todas las maravillas que se podrían ver en ella. Se preguntó qué estaría haciendo aquella noche. ¿Estaría con amigos o estaría solo? ¿Estaría en compañía de alguna dama?

No le gustó la incomodidad que sintió en su interior cuando se lo imaginó con otra mujer. Era una tontería que se sintiera tan posesiva con un hombre al que acababa de conocer.

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Finalmente se preparó para irse a la cama y decidió cepillarse el pelo junto a la ventana para intentar relajarse. Cuando estaba en casa solía sentarse junto a la ventana de su habitación y se cepillaba el pelo mientras escuchaba el rugido del mar chocando contra los acantilados. Pero aquella noche no pudo disfrutar del constante ronroneo del oleaje. Lo único que escuchó fue el eco de la promesa del señor no Tenpi que le recordaba que se reuniría con ella al día siguiente.

Se preguntó si podría haber surgido algo entre ellos si ella no hubiera ido a Konoha en busca de venganza. A pesar de su aspereza era un hombre atractivo. Era tierno y fuerte al mismo tiempo. A veces tenía la sensación de que él se contenía, de que quería tocarla de formas indebidas. Necesitaba explotar cualquier pasión que pudiera despertar en él. Aquella idea la excitaba y la aterrorizaba a un mismo tiempo.

Se preguntó si Tetsuya se habría sentido de la misma forma respecto a Kamizuru. Su hermana describió en su diario cómo él encendió su pasión y luego utilizó ese fuego para traicionarla de la peor forma imaginable.

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Se dio la vuelta en la cama, flexionó las rodillas y se puso la mano bajo la mejilla. Mientras se cepillaba el pelo tuvo la sensación de que alguien la observaba, y se imaginó que se trataba de Juugo no Tenpi, que se moría de ganas por estar con ella. Cerró los ojos sabiendo que aún tardaría un buen rato en dormirse, pero no tenía ninguna prisa por dejarse llevar por el sueño. Si lograba seguir pensando en Juugo no Tenpi el tiempo suficiente, tal vez consiguiera que él acabara habitando en sus sueños y la protegería de las pesadillas que la visitaban con frecuencia.

Quizá en sus sueños incluso la besara.

Aquellos pensamientos eran muy peligrosos. Por mucho que lo deseara, nunca podía existir nada entre ellos, porque al final, no importaba lo que hubiera sucedido entre ellos, él acabaría despreciándola.

Y tenía el terrible y profundo pálpito de que ella también acabaría despreciándose a sí misma.

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