Lux.
Apartaba la mirada del espejo que tenía en frente, y disimuladamente subía el largo vestido que ocultaba sus piernas para entrever sus playeros deportivos debajo. Sonreía discretamente y sentía, por el suspirar de detrás de su espalda, que la modista sonreía con ella. Le caía bien esa señora, le gustaba las infusiones con las que le recibía y su voz rasgada por los años intensos como fumadora.
La modista tiró un poco del vestido dejando el torso de Lux algo prieto, la chica se irguió por completo, dejando su espalda completamente recta, y cuando la mujer de detrás le puso la última pinza a su prenda se relajó un poco.
Su madre se levantó del asiento, y dio un par de vueltecitas alrededor de Lux con una sonrisa pintada en la cara, mas Lux… Lux reflejaba la emoción más oscura en su rostro.
La madre miró a Garen y tras ello a su marido, Pieter. Éste se levantó y negó con la cabeza desaprobando la situación, se acercó a su hija vestida con el blanco más intenso, preparada para ser entregada a quien sería su yerno, y para ello debía de estar perfecta. Con desdén tocó los brazos desnudos de Lux, y luego tiró de su escote hacia arriba.
—Ya habíamos dicho que tiene que ser de manga larga. —aseveró mirando a la modista, la cual asintió algo nerviosa.
—Sí, sí, esto es solo una prueba, para ver si le queda bien entallado, en cuanto tome las medidas de nuevo, lo ajustaré y terminaré las mangas, ¿el vuelo de la falda está bien?— Pieter alzó una ceja.
—No quiero que lleve escote. —la señora miró sorprendida el pecho cubierto de Lux.
—Pero… si no lleva nada de…
—¿Esto qué es?— dijo señalando al cuello de barco del vestido de la chica.
—Entiendo. —la mujer hundió las cejas y miró a Lux de manera lastimera. La madre de la chica se interpuso con una sonrisa.
—Cuando quede finalizado verás que la parte del cuello del vestido va a ser lo que más te va a gustar, tu padre tiene muy buen gusto con este tipo de cosas. —Lux se arremangó la falda mostrando sus playeros de calle.
—Lo que más me gusta es esto. —dijo señalándolos. Garen se contuvo una carcajada, completamente ahogada cuando la mirada iracunda de su padre se posó en él.
—Dejemos que la modista haga su trabajo, cuanto antes empiece antes estará hecho. —miró a su hija. —Visto que no eres dada a tener paciencia. —ella agachó la cabeza sin decir palabra.
Desde pequeña había crecido en una gran familia, una mucho más grande que la que tenía por lazos de sangre y es que desde infante, desde que su cabeza dio cuenta en qué mundo estaba, ella había pertenecido a los testigos de Jehová, o más bien… su familia, pues en cuerpo, alma y mente ella soñaba con quitarse sus cadenas. Se miraba al espejo y soñaba… con llegar a ser una gran científica, con viajar, con llegar a hacer su vida en solitario, solo para ella misma, para luego poder compartir todo lo que había aprendido con un compañero de por vida.
Lux no tenía buena fama, tachada como la rebelde de los Crownguards hizo un pacto con su padre para mantenerla estable y a su vera; Lux podía ir a la Universidad y acabar su grado si a cambio, se casaba con el candidato que ellos eligieran para ella.
Y había accedido.
Después de todo ¿qué opción le quedaba?, habría huido mucho tiempo atrás, pero adoraba a su hermano y no quería que su repudio le afectase a él, o que jamás le pudiera volver a hablar si la echaban de la orden. Tenía miedo, mucho miedo, porque en el fondo sabía que su familia la quería, que su hermano la amaba tanto o más de lo que ella lo amaba a él… pero era tan difícil; el no pertenecer a ese lugar, pues lo supo desde que nació, no era una mujer de acatar, era una mujer de probar, de decidir, de experimentar y cuando abría los ojos al mundo podía verlo tan claro…
Era difícil dar un paso y dejar el hogar atrás, y más cuando sabes que muy probablemente si lo haces no podrás volver a él jamás.
Su familia ya había anudado bien su vida, al igual que habían hecho con la vida de su hermano. Lux se casaría con un hombre bastante más mayor que ella, poco lo conocía, en sus reuniones con él pudo ver que era un hombre bondadoso, gentil y sumamente amable con ella, y tras el casamiento habiendo obtenido él a su mujer, podría llegar a ser anciano, pues éste lo ansiaba desde hacía ya tiempo.
Ser la mujer de un anciano de su orden era algo que no estaba hecho para ella.
Ella quería seguir estudiando, su amada profesión, la astrofísica, llegar a ser una científica reconocida y poder explorar todas las galaxias que el inmenso universo le ofrecía.
Adoraba las galaxias perdidas en la inmensidad del espacio, adoraba perderse en la gran y oscura miríada, solo para encontrar aquellos pequeños destellos de núcleo brillante.
