Ninguno de los personajes en esta historia me pertenece.
Aviso: Incesto (aunque si están acá supongo que lo saben).
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Efecto mariposa
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Cuando la campanilla indicó que Gage había terminado de preparar la cena, Sansa se puso en marcha hacia la sala principal.
La última vez que recordaba haber estado ahí, la sala había sido el comedor de todas las Casas del norte, de sus Señores y soldados, mientras aguardaban por la señal —que a espaldas del Rey los norteños llamaban "el permiso de la Madre de Dragones", entre susurros y con tonos rencorosos con los que Sansa había simpatizado— que daría comienzo a la guerra entre los vivos y los muertos. Eso había sido al comienzo, cuando aún había optimismo, cuando recién se habían agrupado y transcurrían los primeros días. Pero las lunas fueron y vinieron, más de las que habían esperado, y los hombres del norte se cansaron de esperar, perdieron la motivación, se dispersaron. Continuaron siendo fieles a su Rey, pero los rostros que en un principio mostraron respeto adquirieron amargura y desacato; los ojos de los norteños se poblaron de un rencor dirigido injustamente contra el bastardo de Ned Stark, a falta de un mayor culpable. Sansa recordaba vagamente aquellas miradas oscuras que siguieron a Jon por toda Invernalia, no a la espera de una orden ni tampoco con admiración, sino con recelo y decepción. Su hermano las ignoró con maestría.
—Me han dirigido esas miradas toda la vida, Sansa, desde mucho antes de que me nombraran Rey en el norte —le dijo Jon en una ocasión, sin mirarla—. Solo quieren un chivo expiatorio, nada más. No me importa lo que piensen de mí, siempre y cuando estén listos para pelear de nuestro lado.
Los meses pasaron y, al final, solo quedaron ella y Jon. Los Señores y los soldados comenzaron a retirarse, deprimidos por las paredes de Invernalia que resguardaban promesas vacías, hasta que fue extraño verlos más de una vez por semana en la fortaleza.
Algunos días los visitaban amigos de Jon, pero la mayor parte del tiempo eran solo ellos dos. Era deprimente. La mesa era amplia, elaborada para un numeroso grupo de amigos (o una familia), que parecía aumentar en tamaño cada vez que los dos la ocupaban, sentados en el centro, donde iban el señor y la señora de la Casa, mientras comían en absoluto silencio acompañados nada más que por el sonido de sus cubiertos y el ocasional ruido del exterior que lograba colarse a través de las paredes de piedra. El gran tamaño de la sala y las dos largas mesas paralelas que cubrían el resto del espacio, aquellas que estaban dispuestas para las Casas aliadas, resaltaban la soledad que gobernaba la estancia. En ocasiones, Sansa se atrevía a lanzar miradas de reojo a Jon. Él siempre mantenía la mirada fija al frente, sin ver nada en particular, portando un brillo distante y turbio en los ojos. Su expresión se había tornado más dura de lo que era en su infancia (sus labios incluso habían adoptado una ligera curvatura hacia abajo) y ya no sonreía en absoluto. Era en esos momentos que Sansa comprendía que a él no podía importarle menos el silencio que los rodeaba durante los almuerzos y cenas; su mente estaba en lugares oscuros, preocupada por asuntos serios y poblada de pensamientos que Sansa seguramente no sería capaz de concebir. Solo una persona que hubiera visto los mismos horrores que su hermano podría entender lo que pasaba por su mente. Tal vez por eso los norteños no podían tolerar las decisiones de Jon, porque no comprendían ni una minúscula parte de lo que el joven sabía.
Pero todo eso había quedado en otra vida.
Eso fue lo que pensó al ingresar en la sala y posar la mirada en la mesa donde el Señor de Invernalia y su familia comían. Sus hermanos y sus padres estaban allí, ya sentados, mientras los criados servían la comida y llenaban los vasos. Se detuvo un momento en el marco de la puerta y los contempló: su padre y su madre ocupaban los asientos correspondientes al señor y la señora de la casa, justo en el centro de la mesa, lugares que Sansa se había acostumbrado a ocupar pero que le alegraba muchísimo ceder; junto a su madre se encontraba Robb, que gesticulaba abiertamente con una sonrisa enorme mientras hablaba; frente a él se encontraba Theon, que a pesar de su historia con la familia tenía algunos privilegios que los criados de la casa no, riendo a boca abierta de lo que el heredero de Invernalia decía (no había forma de saber si lo que Robb contaba era en verdad así de chistoso, pues Theon se reía de todo con exageración); Arya estaba sentada frente a su madre escuchando con atención lo que su hermano mayor decía, su cubierto aferrado con fuerza en el aire y la mirada soñadora, perdida en el relato de lo que, a juzgar por su gesto, debía ser una aventura. Bran estaba situado junto a ella y frente a su padre, masticaba la comida sin cesar y alternaba la vista entre su plato y Robb oyendo lo que el mayor tenía para decir pero no tan interesado como lo estaba su hermana. A dos asientos del lado de Eddard se encontraba Jon, apartado, cenando en silencio y con la cabeza inclinada sobre su plato. Se veía enojado, pero esa era su expresión habitual.
Lo único que faltaba en aquella imagen era Rickon, quien solía pararse sobre la silla y saltar con insistencia hasta que Catelyn le reprendía. Si los cálculos de Sansa no fallaban (nunca se le habían dado bien los números), él pronto llegaría y tendría a toda su familia reunida una vez más.
—Sansa, ¿qué haces ahí? Ven a cenar —llamó su madre al verla de pie en la puerta.
Sin hacerse rogar, Sansa avanzó y se sentó junto a Jon dejando un asiento libre entre ella y su padre. No lo pensó, en su mente no era algo que mereciera contemplación. Actuó por instinto, acostumbrada a sentarse junto a él noche tras noche, día tras día, luna tras luna; no comprendió que esto era algo que debía pensar antes de hacer hasta que reparó en el silencio que se había generado en la mesa. A su lado, Jon dejó de comer y cuando Sansa levantó la vista descubrió que él la mirada con el entrecejo fruncido, confundido. Volteó y vio que el resto de su familia también la observaba con distintos grados de sorpresa. Arya y Bran se mostraban curiosos, mas no escandalizados. Theon lanzó una mirada a los Señores de la Casa y luego adoptó un gesto de desaprobación —claramente había decidido copiar la expresión de la Señora—. Robb dejó de hablar para estirar la cabeza y ver qué pasaba; sonrió fugazmente a Sansa y continuó con lo suyo, sin percatarse de nada extraño salvo que ya no era el centro de atención. Eddard se veía en parte sorprendido y en parte complacido. Catelyn, en cambio, lucía enferma y a punto de desmayarse.
Sansa se sintió avergonzada y por un momento no supo por qué, no había hecho nada malo. Pero, un segundo después, recordó que esta ya no era la época donde lo que importaba era la familia y no la pureza de la sangre. Era difícil mantener esa noción presente en su cabeza cuando había pasado tantos años añorando a su familia, perdiendo los corrompidos valores de dama que toda la niñez se había impuesto.
—¿Qué haces? —preguntó Jon en voz baja, como si no quisiera atraer la atención de los demás.
—Solo… me senté —murmuró.
Eddard se aclaró la garganta.
—¿Te sientes mejor?
—¿Qué? ¿Estabas enferma? —se apresuró a preguntar Arya.
—Tu hermana tuvo una pesadilla —explicó Eddard.
Las mejillas de Sansa se tornaron más rojas cuando Theon lanzó una carcajada, pero una mirada severa por parte de Eddard y la patada poco disimulada que Robb le propinó por debajo de la mesa lo callaron. Este último miró a Sansa con gesto cordial.
—¿Todo lo de esta mañana fue a causa de un sueño?
—¡Pero fue un sueño espantoso! —Se defendió Sansa. Meditó un segundo sobre lo que debía decir, decidiendo al final que no tenía por qué contar la verdad completa; la excusa de la pesadilla disfrazaría la historia—. Soñé… que ustedes morían… —admitió con un hilo de voz, sin atreverse a mirarlos a la cara; sus ojos se humedecieron al recordar todo lo que había sentido—. Al final solo quedamos Jon y yo… él fue nombrado Rey en el Norte y entramos en guerra con los Otros…
—La vieja Tata les ha contado demasiadas historias —dijo Eddard con un suspiro.
—Jon no podría nunca ser Rey en el Norte —dijo Arya con la boca llena de comida.
—Podría si se dan las condiciones —rebatió Sansa.
Antes de que Arya pudiera responder, una silla chirrió al ser impulsada hacia atrás; cuando giró a ver descubrió que se trataba de su madre, quien se había puesto en pie con una mano en la frente y con la otra se recargaba contra la mesa.
—Madre —exclamó Robb, levantándose al mismo tiempo que Eddard.
Los dos estiraron los brazos y la sostuvieron con suavidad pese a que la mujer no se tambaleaba ni había perdido el equilibrio.
—Llamen al maestre Luwin —pidió Catelyn—, no me siento bien.
—Ya la oyeron. —Apuró Ned, mirando a uno de los criados que se había quedado inmóvil observando a la Señora.
Asintiendo con la cabeza el muchacho se apresuró fuera de la sala. Eddard realizó un gesto a su hijo mayor, quien al instante se apartó y permitió que su padre se hiciera cargo; regresó a su lugar y, al igual que sus hermanos, observó cómo se llevaba a su madre fuera de ahí. Hubo un segundo de silencio, interrumpido al instante por las voces de los menores:
—¿Qué le sucede a nuestra madre? —preguntó Arya, preocupada.
—¿Mamá va a morir? —dijo Bran al mismo tiempo con temor.
—¡Por supuesto que no! —habló Robb, tratando de tranquilizarlo—. Solo… debe haber comido algo que le hizo mal… —dijo, aunque no se veía del todo seguro.
Sansa sentía que los ojos le escocían, sintiéndose responsable. No quería pensar que la reacción de su madre se debía a ella, a sus acciones, pero sabía lo suficiente como para comprender que Catelyn sería capaz de reaccionar así, y peor, cuando se trataba del hijo bastardo de su marido. Al parecer, Jon también pensó en eso.
—¿No es obvio? Está disgustada —respondió Jon a la pregunta de Arya.
—¿Por qué? —Esta vez fue Bran quien habló, el más joven de todos ellos y el que aún no entendía la fractura que existía en su familia. Arya, si bien era solo un año mayor que él, ya comenzaba a comprender lo que implicaba tener un bastardo en la casa.
La mirada de Jon se cruzó con la de Sansa y lo que fuera que vio en sus ojos azules (tristeza, arrepentimiento) logró silenciar sus próximas palabras. En lugar de responder, se levantó y se fue, dejando su plato casi lleno.
—En las Islas del Hierro existe un parásito que se aloja en el estómago, —Empezó a decir Theon, masticando un trozo de pan—, y te devora desde adentro. Dicen que es muy doloroso. Apuesto a que Lady Stark tiene uno.
Arya y Bran adoptaron expresiones de pánico. El corazón de Sansa se aceleró con preocupación. «No seas tonta, no habla en serio», le hubiera gustado decirse, pero no había forma de controlar su mente infantil; ya no era tan pequeña como para creer ciegamente en lo que Greyjoy decía, aunque todavía estaba en una edad donde esas palabras generaban duda en su interior.
—Cierra la boca —ordenó Robb con enfado—. No le hagan caso, solo quiere asustarlos.
—¿Ah, sí? Ya verán cuando la Señora agonice en su cama —dijo Theon a los menores, abriendo mucho los ojos y elaborando una expresión demencial que debía servir para espantarlos.
Bran parecía al borde del llanto.
—¡Suficiente! —bramó Robb, golpeando la mesa.
Todos dieron un respingo y Theon lo miró desafiante, con la pinta de querer agregar algo grosero, sin embargo, Robb cada día se acercaba más a la adultez y su condición de primogénito se tornaba más presente en sus disputas. Theon bajó la mirada, mordió el pan y masticó en silencio, aceptando la derrota.
—Nuestra madre estará bien —dijo Sansa a sus hermanos menores.
La incertidumbre desapareció de su interior al recordar que Catelyn tenía muchos años por delante, o por lo menos hasta la Guerra de los Cinco Reyes. «¡Qué tonta!», se dijo, mordiendo su labio inferior con vergüenza y empezando a comer. «¿Cómo no pensé en eso antes? Debería saber que no puedo creerle a Theon». Al pensar esto sus ojos se posaron sobre el joven Greyjoy, aquel que algún día iba a traicionarlos. Porque esa era la verdad: en unos años, Theon traicionaría a Robb… destruiría Invernalia y luego la perdería en manos de las personas más terribles del norte.
«Me pregunto si habrá un modo de evitar eso», bebió agua sin dejar de mirarle. Theon lo notó y le regaló una sonrisa desagradable. «¿Cuántas cosas seré capaz de cambiar? ¿Cómo cambio a Theon?», pinchó la carne en su plato con el entrecejo fruncido. Theon no dejaría de ser ese complicado sujeto que se comportaba como un imbécil hasta después de que los Bolton se hicieran con él y lo destrozaran de todas las formas posibles; Sansa aún recordaba su cabello blanco y aspecto demacrado, desfigurado por las torturas de Ramsay. Theon se encontraba tan débil, física y mentalmente, que fue uno de los primeros hombres que el invierno mató de frío. «Que matará», se corrigió.
—No te preocupes, Sansa. Todo estará bien —dijo Robb.
La chica levantó la cabeza con prisa, sorprendida, y lo miró con los ojos muy abiertos, creyendo por un momento que él sabía… sin embargo, comprendió al instante que su hermano se refería al presente, al estado de su madre. Entonces la septa Mordane entró a la sala.
—Niños, vengan conmigo. —Sansa y Arya se levantaron al instante, acostumbradas a obedecer a su septa—. Ustedes también —dijo a Bran y Robb.
Los cuatro la siguieron en silencio, sin atreverse a hablar. La mujer los guio hasta el Gran Torreón, cuya puerta estaba cerrada y, en su interior, debían encontrarse sus padres junto con el maestre. Pasados unos minutos, el maestre Luwin abrió la puerta y abandonó la habitación dedicándoles una sonrisa reconfortante; tras él salieron sus padres, abrazados, que compartían una mirada centelleante y expresiones satisfechas.
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—¿Crees que el bebé va a ser niño o niña? —preguntó Arya, siguiéndola por los pasillos.
—Niño —respondió Sansa sin dudar.
—¿Cómo lo sabes?
—Solo lo sé. —A su mente acudió la imagen difusa de un niño con rizos rojos. El rostro de Rickon no estaba claro en sus recuerdos, pero pronto volvería a verlo cuando el bebé naciera.
—Pues yo espero que sea una niña —declaró Arya, apurando el paso para caminar cerca de ella, casi pisándole los talones—. Estoy harta de ser la menor.
Sansa no respondió. Continuó avanzando en dirección a su dormitorio sintiendo la presencia de su hermana a su espalda. En la Otra Vida, Sansa le había gritado que dejara de seguirla, que era molesto y que quería estar sola; desde entonces su relación con Arya se quebró. La diferencia en sus personalidades solo aumentó la distancia que se había formado entre ambas a partir de ese día, y Sansa no iba a cometer el mismo error de aquella vez. A sus seis años, Arya aún veía en su hermana mayor un ejemplo a seguir (aunque pronto descubriría que no era lo que deseaba en absoluto; al menos Sansa podría asegurarse de que quedaran lazos firmes en el proceso).
—¿Puedo ir a tu habitación? —preguntó Arya.
—Sí.
Su hermana no dijo nada más y, cuando Sansa lanzó una mirada atrás para verla a la cara, una calidez inusual recorrió su pecho al encontrar en el rostro de Arya una expresión contenta, como si la menor hubiera estado preparada para recibir una negativa y la inesperada afirmación le hubiera alegrado la noche. No tenía mucho por lo que alegrarse en realidad, la habitación de Sansa no era tan entretenida como su hermana imaginaba. Cuando llegaron a la misma, Sansa aguardó para ver lo que su hermana pensaba hacer.
Ellas eran las únicas con habitaciones propias; sus hermanos, en cambio, compartían un dormitorio y no tenían chance de ocultar sus pertenencias al resto. La razón por la que Sansa y Arya tenían su espacio propio se debía a que, al cumplir los ocho años, Sansa había exigido a gritos una habitación, alegando que ya era una dama y que no podía continuar compartiendo dormitorio con una bebé; sus hermanos y Jeyne Poole habían presenciado el escándalo, lo cual avergonzaba a Sansa cada vez que lo recordaba. En aquel entonces había sentido que luchaba por su independencia y madurez, pero en realidad había sido uno de sus momentos más bajos.
Arya se dirigió hacia las muñecas que se hallaban ordenadas en uno de los estantes, tomó dos sin pedir permiso y se sentó en el suelo a jugar con ellas. Sansa había perdido el gusto por las muñecas, pero en el pasado le hubiera gritado a su hermana que las soltara. En lugar de eso se dirigió a la cama, donde sus diarios seguían apoyados, y levantó el cuaderno en el que había escrito la pequeña lista de futuros sucesos. Escaneó las palabras detenidamente, pero un ruido la distrajo. Levantó la mirada y vio como Arya estrellaba las muñecas una contra otra al mismo tiempo que emitía pequeñas exclamaciones de guerra.
—¡Arya! ¡Las muñecas no son para eso! —dijo Sansa con ímpetu, pues a pesar de todo las muñecas seguían siendo suyas.
—Ya lo sé —murmuró Arya con los hombros caídos—. Pero quiero que peleen.
—Entonces pídele a nuestra madre unos soldados.
—No me deja tenerlos. Dice que son para niños.
—¿Y por qué no usas tus muñecas como guerreros?
—No tengo, ¿recuerdas? —Le dedicó una mirada de pesar.
Era cierto. La única muñeca que su madre le había obsequiado (una igual de delicada que las que pertenecían a Sansa, pues su madre creyó que ambas niñas tendrían los mismos gustos) había sido aventada contra la pared cuando Arya intentó hacerle entender a Catelyn que ella no quería juguetes con vestidos y joyas, sino juguetes con espadas y lanzas. Desde entonces, la mujer le había jurado que no tendría más muñecas hasta que aprendiera a comportarse como una señorita. Arya acarició con lentitud la fina tela que cubría a las muñecas. Eran piezas de porcelana, delicadas y valiosas, vestidas como señoras de la corte, princesas y damas; en sus pliegues habían piedras brillantes que su padre le había jurado eran piedras preciosas, pero Sansa nunca estuvo del todo segura. Le gustaba fingir que esto era cierto. Sin lugar a dudas, aquellas muñecas no estaban diseñadas para cumplir con el deseo de Arya. Sansa se puso de pie, rebuscó en su memoria y se dirigió al tocador de madera; abrió uno de los cajones y extrajo del interior unos muñecos de trapo con los que solía jugar antes de que sus gustos se tornaran más… costosos.
—Juega con estos, no se van a romper.
Arya mostró una gran sonrisa.
—¡Estos son mejores!
—¿Eso crees? —Observó los muñecos de trapo, insulsos y patéticos al lado de las preciosas muñecas de porcelana—. Te los regalo si quieres.
—¿De verdad? —La sonrisa de Arya dio paso a un entrecejo fruncido en sospecha, pero el gesto regresó a sus labios cuando Sansa asintió—. Gracias. ¡Ah! Bran tiene caballos de madera, ¡podríamos volverlos caballeros! —Se puso de pie de un salto y abandonó la habitación.
Sansa la contempló marchar con las cejas alzadas, sorprendida con el entusiasmo de la menor. Volvió a dirigirse a la cama, se recostó, y levantó el cuaderno en el aire, observando la lista.
Jon Arryn muere
Ese era el punto en que se concentró. El comienzo de todo. Y otra de las cosas que no tenía idea de cómo cambiar. «¿Cómo evito su muerte?». Si alguien lo quería muerto, no había mucho que Sansa pudiera hacer; atentarían contra el hombre repetidas veces. «¿Debería mandarle un cuervo? ¿Advertirle del peligro?», le pareció que esa era la opción más lógica. Jon Arryn era Mano del Rey, no había ni una chance en los Siete Reinos de que Sansa pudiera ir hasta él, además, no era más que una niña. ¿Qué podía hacer? Nadie iba a escucharla, no sabía luchar, y aunque supiera no tenía la fuerza para enfrentar enemigos en combate físico, tampoco tenía la capacidad mental para superar a quienes se valían de las manipulaciones para lograr sus objetivos.
Entonces… ¿de qué servía ella?
Por un trágico minuto se mantuvo inmóvil en la cama pensando en el error que Melisandre había cometido al enviarla a ella ahí. Si la mujer tenía ese poder, ¿por qué no envió a Jon cuando tuvo tiempo? Incluso Davos, o cualquier otro caballero… dioses, que hasta alguno de los salvajes hubiera resultado más útil que ella… Oyó las voces de sus hermanos, que se acercaban por los pasillos a la carrera. Al parecer, planeaban utilizar su habitación como zona de juego. Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Sansa.
Así que, su única opción era enviar una carta a Lord Arryn. No tenía idea de qué diría y cómo lo haría, pero aún quedaban un par de años para pensar en ello; mientras tanto, disfrutaría de su nueva vida.
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Reviews de invitados(trato de responder porque quiero que sepan que aprecio mucho sus comentarios, si alguien no quiere que le moleste con mis respuestas, ¡no dude en decirme!)
Wined-16: Lo del lobo es una teoría loca que inventaron los fans, pero no hay prueba de que vaya a suceder de verdad en los libros —bueno, quizá haya una o dos—, pero ¡nunca les haría un spoiler! (No intencionalmente, al menos).
Catalina: Muchísimas gracias! Respecto a lo de hacer los capítulos más largos: tengo un fic donde cada capítulo tiene +15k y lo que aprendí de esa experiencia es que no soy la clase de ficker que puede hacer capítulos largos :/ De más está decir que hice tres caps y me cansé, así que ahora escribo hasta donde siento que está bien o hasta donde me quedo satisfecha. En cuanto a los cambios que Sansa vaya a hacer… tengo tantas ideas, pero siento que me voy a meter en un embrollo xD
