Soñó con ellos. Llegaron para alejarle la pesadilla. Un dulce bálsamo para sus lastimados sentidos. Sustituyeron las imágenes del demonio y del infierno. Sus manos la calmaban sin herirla. Madara, Obito y Fugaku, con su toque gentil, pero exigente, los labios adorando su cuerpo.

Mikoto despertó llena de sudor, necesidad y una buena dosis de vergüenza. Quizá no era mejor que una meretriz. Quizá el consejo tenía razón. Se estremeció como si el frío hubiera alcanzado su húmeda piel. Miró por la ventana y vio que estaba oscuro. ¿Cuánto tiempo llevaba durmiendo?

Podría ser que los hermanos no estuvieran despiertos. Era la perfecta oportunidad de salir corriendo. Les pondría en riesgo si se quedabra. El consejo Hyuga la encontraría y mataría a quien la ayudara. Y la idea de que sus tres salvadores padecieran ante los miembros de su clan le dolía, algo que no sabía como explicar.

Deslizó las piernas de la cama, tratando de no hacer ruido. No tenía abrigo así que asió la camisa de franela que vistió el día anterior. Tendría que ser bastante.

Con extremo cuidado, abrió la puerta del cuarto y salió al pasillo. Las puertas de las otras habitaciones estaban ligeramente entreabiertas, preocupándola. Debería de esconder su chackra, con un sigilo propio de las misiones de asesinato que tuvo que hacer atravesó la cabaña. Hasta que vio a Madara durmiendo en el sofá. Debía haber dormido allí, porque ella le ocupaba la habitación.

Un fuego bajo ardía en la chimenea, y quiso acercarse, retener un poco de aquel calor, antes de perderse en el frío. Respirando hondamente, dio pequeños pasos en dirección a la puerta. Si la pudiera alcanzar... miró a Madara. Él no se movió. Extendió la mano y contuvo su respiración mientras la abría y se escapó antes de que el frío pudiera entrar. Cerró suavemente la puerta detrás de sí y suspiró. Lo había logrado.

El frío glacial penetró rápidamente por su ropa, demostrándole lo inadecuada que era. Observo los aditamentos shinobi que habían en el exterior, pero no se lo robaría; porque estos hombres la habían salvado. Haría su camino por su cuenta.

—¿Vas a alguna parte, cariño?

Giró en la dirección de la voz y vio a Obito y a Fugaku, con los brazos cargados de leña. Intentó abrir la boca para decir algo, para contestar. Pero no le salió nada. Entonces hizo la única cosa en la que podía pensar. Corrió.

Detrás de ella, oyó un montón de maldiciones, y aceleró, corriendo lo más rápido que podía sobre la nieve. No tenía la menor idea a donde iba. Solo sabía que tenía que huir.

No había ido muy lejos, cuando sintió unos brazos fuertes empujándola al suelo, se encontró con un duro tórax y miró fijamente a Obito.

—No me mires así —dijo—. No te haré daño. Mataré a cualquiera que te lo haga.

Ella lo miró confusa por el tono posesivo de su voz.

—Déjame ir —le imploró—. No me puedo quedar.

—¿Y dónde irías? —la cuestionó Fugaku, a su lado—. No sobrevivirías ni una hora.

Sabía que él tenía razón, pero no se podía quedar. No entendía la atracción que sentía por los hermanos, no comprendía porque tenían que ser ellos. Lo entendería de otros pero no de ese clan. ¿Qué rayos le pasaba a su sangre?

—Dame tu abrigo, Fugaku —le pidió Obito—. Se está congelando.

Un momento más tarde, se sintió envuelta en el calor corporal de Fugaku. Su abrigo tenía su olor, su esencia, era como si la hubiera abrazado él y no Obito.

—No me puedo quedar aquí —susurró, casi llorando.

Obito la miró fijamente durante un instante. Entonces, sorprendiéndola, bajó la cabeza y le dio un beso largo e intenso. Aprovechandose de la boca abierta por el choque, introdujo su lengua, haciéndola bailar con la suya. Olvidó toda la resistencia y se derritió como mantequilla caliente sobre su pecho. ¡Jesús! ¡María! ¡José! Era tan letal como Madara. Y ella no debía reaccionar así con él. Con ninguno por ser ella una Hyuga.

Lágrimas calientes caían de sus ojos y dejó escapar un gemido de angustia.

—La está asustando, Obito —murmuró Fugaku.

—Soy una puta —susurró ella—. Soy como dijeron ellos.

Obito se puso rígido, sus brazos eran como bandas de acero alrededor de su cuerpo.

—¿Quién te llamó puta? —preguntó en voz muy baja, mortal.

Luchó con él, hasta que él se vio forzado a dejarla, pero la mantuvo cerca, agarrándola firme por la mano.

—¿Importa? Obviamente tenían razón —contestó en voz mortificada—. No debería de pasarme esto con ustedes, lo entendería de otros, pero no de ustedes —exigió ella.

—Eres nuestro némesis perfecto—contestó Fugaku—. Que seas de ese clan, solo hace un poco extraña la situación pero no imposible.

Su boca se abrió. Estaba extrañada por su anuncio. Analizó rápidamente la situación para escapar sin herirlos demasiado, pero fue muy lenta.

—Arriba, muñeca —dijo suavemente Obito—. Vamos a llevarte a casa. Estás congelada. A Madara no va a gustarle que salieras corriendo.

Ella se tensó y Fugaku musitó una maldición.

—Para de asustarla, Obito.

—Te protegeremos Mikoto, sin importar a que clan pertenezcas o tu cargo, estaremos siempre para tí —dijo Obito, tomándola en los brazos.

Ella se acomodó en sus brazos, mientras que él caminaba hacía la casa. Su mente luchaba para entender la extraña conversación que tuvo con los hermanos. Fugaku abrió la puerta y Obito entró con Mikoto en los brazos.

Madara estaba cerca, con los brazos cruzados, y una expresión impenetrable.

A pesar de las seguridades de Obito, empezó a temblar. Escondió el rostro en el cuello de Obito, intentando esconderse del escrutinio de Madara. Su fuerza la asustaba. Recordaba la fuerza legendaria de los Uchiha y los mitos de la fuerza de su primogénito siempre eran aterradores. Obito la acarició.

—No te asustes, muñeca —le susurró al oído. Se acercó al fuego y la soltó. Ella se escondió rápidamente detrás de él, usándolo como barrera entre ella y Madara.

Para su sorpresa, Madara se rió.

—Entonces, ¿así va a ser? ¿Vas a esconderte detrás de Obito cada vez que me enfade contigo?

Estiró la cabeza por detrás de Obito. Madara estaba sonriendo y Fugaku la miraba con silenciosa intensidad. Por un momento, vio en los ojos de Fugaku algo que reconoció como tormento.

—Por el momento es el más tranquilo en toda esta situación —dijo ella, débilmente—.

Madara la miró; ella se quedó detrás de Obito, agarrada a su camisa. Parecía perdida, abandonada y con mucho miedo. Se sentía feliz por ella, por confiar en Obito. Aunque no entendía lo que hacía. Claramente, estaba atribuyendo a Obito el papel de protector.

Obito lo advirtió con los ojos, que no la presionara. Maldición, podía pasar sin tantas advertencias de Obito. Mikoto parecía una cosita asustada. Lista para huir a la menor provocación o atacar, y vaya que no querían conocer el taijutsu legendario de los Hyuga de primera mano.

Suspiró y sentó en el sofá.

—Ven aquí, cariño.

Intentó agarrar la mano de Obito, mientras se mordía los labios, nerviosa.

¿Qué la hacía tener tanto miedo? ¿Quién le hizo tanto daño que no podía confiar en él y ni en sus hermanos?

Obito puso el brazo sobre sus hombros y la guió al frente. Agarró su barbilla y la hizo mirarle.

—Nadie te hará daño, muñeca. Te lo prometo. Nunca.

Se relajó un poco al oír su promesa, y se volvió hacía Madara.

—¿Está enfadado? —preguntó ella suavemente.

Extendió una mano hacía ella y sintió un enorme placer cuando la aceptó. La abrazó y le acarició el pelo, mientras la miraba.

—No estoy enfadado contigo, cariño. No contigo. Nunca contigo. Estoy furioso con los hijos de puta que te hirieron, que te hicieron tener miedo.

La abrazó más fuerte y la besó, suave, tierno, apenas rozarle los labios. Por un momento, se relajó en sus brazos, ajustándose perfectamente, como si le perteneciera. Después, se puso tensa, y se alejó con ojos atormentados. Con un grito bochornoso se puso de pie y salió corriendo del cuarto.

Madara intentó seguirla, sorprendido por su reacción, pero la mano de Obito lo paró.

—Hay que hablar con ella —dijo—. Ahora.

—¿Sobre qué demonios estás hablando?

Obito suspiró y se pasó una mano por el pelo.

—Al parecer hay cosas de clanes que entender.

—¿Qué?

—Vamos, Madara. Bien sabes que es una Hyuga y la líder del clan, tiene una formación diferente a la nuestra y nuestros clanes siempre están en disputa. Se sienta atraída por los tres. Ahora esta lidiando con lo que aprendió toda su vida y lo que siente. Hay que ayudarla a que lo acepte.

—Está bien —dijo Madara, con un suspiro profundo—. Hablemos con ella.

Madara caminó por el pasillo hasta el cuarto, con sus hermanos siguiéndole a una pequeña distancia. Llamó suavemente, no queriendo asustarla.

—Mikoto, dulzura, soy yo, Madara.

—Vete —contestó ella, sofocada por los sollozos.

Abrió la puerta, titubeando cuando la vio sobre la cama, con los ojos enrojecido por las lagrimas. Había echado el abrigo de Fugaku en el suelo. Se acercó y se sentó en la cama. Después la abrazó. Ella apenas luchó, lo que lo encantó.

—Dime por qué estás llorando —le preguntó suavemente.

—¿Qué pensarías si te dijera que por lo que yo hice ahorita, antes hubiera mandado a azotar a la mujer que lo hiciese? —contestó con labios trémulos.

Sonrió y acarició su pelo.

—Que es un poco extremo, pero ¿considerarías hacerlo de nuevo a partir de ahora?

Ella negó con la cabeza y le dijo.

—Si me encuentra mi clan, es seguro que me van a linchar y a ustedes los matarán

Él la miró.

—Recuerda que somos shinobis, miembros activos de nuestro clan, no tienes de que temer.

Ella les sonrió de forma sarcástica.

—Hay algunas cosas que tienes saber —dijo—. En el momento en que encontramos a nuestra pareja de vida, nuestro sharingan evoluciona y nos volvemos más fuertes.

No sabía ni que esperar de ella, excepto comprensión. Obito y Fugaku, que estaban de pie en la puerta, se acercaron a la cama. Obito se sentó tras Mikoto en la cama y tiernamente, acarició su hombro con la mano.

Mikoto los miró, a uno después otro y otro... Madara permitió que la información penetrara su mente.

Se mojó los labios, nerviosa. Después preguntó.

—¿Cómo será el asunto de los clanes?¿Cuál dominará a cual?

Él suspiró.

—Realmente eso si es problemático, por mi gusto no quisiera que nuestros hijos solo obedecieran a las reglas de un clan ya que cada uno es muy extremo. Que tal si por esta situación hacemos concesiones de las tradiciones de los clanes, pueda ser que mejoremos a ambos clanes.

Él se acercó más y la cogió por la barbilla. La respiración de ella se aceleró. Del otro lado, Fugaku, agarró su mano. Los tres hermanos la estaban tocando, calmando.

—Te entiendo de que es difícil, Mikoto —susurró Madara—. Puedo sentir tu deseo, tu necesidad. Es tan fuerte como la nuestra por ti. Estás asustada. Pero nos quieres.

—¿Entonces quieren a su matriarca? —preguntó, con voz ahogada.

Sus ojos se estrecharon. Estaba tensa. Tenía miedo de su propia familia, que le llegaran a hacer daño a ella como a los chicos.

—Parece que el problema en este caso es tu clan—dijo Madara, en voz muy baja—. Por nosotros no tenemos problema de imponer nuestras tradiciones, aunque no quisiéramos perderlo todo.

—¿Q… qué? —gritó ella—. Pe… pero... ¡No pueden casarse conmigo!

—¿No? —le preguntó Obito.

—No es legal por los clanes.

—Estás pensando con la cabeza —la regañó Madara. —No hay ley que diga que no puedas vivir con cualquier Uchiha, que los clanes tengan una competencia de quien es el mejor no cuenta. En nuestros corazones eres nuestra. Esposa de cada uno de nosotros. Amada por todos.

Negó con la cabeza, confusa.

—Yo no puedo —susurró.

—Pero nos quieres —persistió Obito.

Asintió con la cabeza, un poco avergonzada.

—Entonces por qué no puedes —la presionó Madara, queriendo conocer sus demonios.

—Porque ya estoy comprometida —se desahogó ella.