Gilbert, luego de haber estado enseñándole alemán a Feliciano por media hora, dio un gran paso en su misión de protección a españoles.

Encerró a Antonio, de la forma más asombrosa imposible. Porque lo asombroso sólo era posible para él.

— ¡O-oigan! — exclamó Antonio, golpeando la puerta. — ¿Por qué me encierran? ¡Gilbert, estás raro!

Literalmente estaba encerrado en la habitación de Francis.

— No, mi niño. —respondió Gilbert, acariciando la puerta, como si estuviera frente a su propio hijo. — Es peligroso salir. Necesitas despejar tu mente, calmarte y ser un ermitaño hasta que la amenaza sea eliminada.

— ¿Amenaza? ¿De qué mierda estás hablando? ¡Sácame de aquí, maldición! ¡Esta noche tengo una reunión con Lovino!

Lovino era otra amenaza potencial. Más de lo normal, por supuesto.

— ¡ESCUCHA PEDAZO DE MIERDA! — Antonio dejó de azotar la pobre puerta. — ¡DIJE QUE TE QUEDARÍAS AHÍ ADENTRO, ASÍ QUE QUEDARÁS AHÍ ADENTRO! ¡NO ME OBLIGUES A ENVIARTE AL PERRO MALO!

Feliciano, quien seguía del otro lado de la llamada, se confundió aún más.

— Le va a meter a Francis para escenas equis equis equis. — respondió Ludwig.

— Oh. Eso me gustaría por la parte de que tiene un culo sabroso. — comentó Francis, en su pose pensativa. Véase; parada de prostituta con una mano en la mejilla. — Y no me gustaría por la parte de que me haría pollo asado. No subestimen al torero, me gustan mis testículos... Por cierto, Gil, ¿cuál es la amenaza?

— Doppelgänger suelto, muy cerca.

— ¡OH DIOS! ¡ANTONIO, QUÉDATE AHÍ!

— ¡Pero mañana es el cumpleaños de un amigo!

— ¿Quién?

— Un amigo muy querido que llorará si no voy.

— Oye, croissant, iré a comprar algunas provisiones, te dejo la llave. — dijo Gilbert, estirando los brazos y caminando hacia la salida.— Cuida de Ludwig y de Feli, no dejes que nadie entre ni salga de la mazmorra.

— Pero mi puerta no tiene llave… — murmuró Francis.

— Llave espiritual, cualquier cosa pégale en la cabeza, adiós.

Y Gilbert marchó cual soldado hasta la tienda, que se situaba a dos manzanas de la casa de Francis; observando todo con ojo de halcón, girándose cada tres minutos, en busca de la amenaza (sin contar al italiano), o de otro doppelgänger. Si entraba uno podían entrar dos.

Para su suerte (y desgracia. Era el licuado de la vida) habían buenas cervezas en esa tienda de baja categoría. No había tomates, pero con un par de barras energéticas, Antonio podría sobrevivir.

Se unió a la fila, que (esa vez) para su suerte (otra vez), no era muy larga.

— Pan comido, no hay moros en la costa.

— Disculpe, ¿por qué habla solo?

— Hablo con mi alma, Antonio, deberías hacerlo también.

Un momento.

— Sigues igual de loco.

Antonio estaba encerrado.

Cual niña del exorcista, giró su cabeza 180 (nah, no tanto. Era asombroso pero no elástico) y lo vio.

Ahí estaba el hijo de puta, observándolo con aires de superioridad. El maldito que tenía como misión satánica llevarse al español de su corazón al infierno, junto con los tomates podridos y las cervezas austríacas. Toma esa Roderich.

Lanzó un billete al chico de la caja; tomó tres bolsas (sin despegar la mirada del maldito); guardó sus provisiones rápidamente y, como diría Alfred, saltó sobre el doppelgänger y voló la puerta con su rayo láser, en dirección a la mazmorra de la princesa.