NOTA: ESTE CAPÍTULO TIENE UNA ESCENA LEMON, FAVOR DE TOMAR EN CUENTA.
Capítulo 4
Al fin es la noche de inauguración, estaba viendo por el enorme ventanal mientras un asistente se disculpaba debido a la demora de una de las patrocinadoras del teatro, escuche decir que era americana. Me había alejado del resto porque quería estar solo y tranquilo, en casa, con Ethan y mis padres por todos lados era difícil encontrar un momento de tranquilidad.
Nunca he sido del tipo de hombre que se deja impresionar por una mujer, soy más bien práctico. Aun así, desde que me topé con esos hermosos ojos a mi llegada a Londres no he podido sacarla de mi cabeza, me interesa conocerla, la sensación que experimente en ese segundo me indica que ella es alguien especial.
Mientras pensaba en eso, un auto estacionó en la entrada y supuse que era a quien todos esperaban, mi sorpresa fue tan grande que tuve que parpadear un par de veces para creer lo que veía, la joven del puerto había bajado de aquel auto, con movimientos lentos me dirigí a la puerta para tener un encuentro casual con ella, presentarme y poder escoltarla a la recepción, sin las miradas indiscretas de los demás invitados.
"Al menos ese era mi pensamiento hasta que por error choque con ella y la hice caer, ¿quién iba a pensar que ella correría con semejantes zapatos? Me quede sin saber qué hacer por estar contemplándola, su vestido guinda realza el tono aperlado de su piel, su cabello es largo y rizado lo que exalta la delicadeza de las facciones de su rostro, su nariz respingada con unas pecas salpicadas sobre ella, sus pómulos afilados, su cuello largo, su altura parece ser la ideal, pero sobre todo lo que me ha impresionado son sus ojos, esos ojos que me han perseguido desde que nos vimos en el puerto. Están enmarcados por unas espesas pestañas negras, su mirada es verde como la selva y con un brillo igual de salvaje. Ese par de ventanas reflejan la tempestad de su alma, jamás había visto tal pasión en ninguna otra mujer.
¡Y qué carácter! Me encantó verla sentada en el suelo, mientras parecía debatirse entre la vergüenza y el llanto por semejante situación, sonreí al pensar que me había dejado engañar y no era más que una chiquilla más del montón y sin embargo, en el momento justo en que el valet le ayudo y se fue ante mi descortesía de no ofrecerle mi mano, recobró la entereza y me puso en mi lugar. Además se atrevió a quitarme el cigarro de la boca y pisarlo como si de un bicho se tratará y se fue indignada. Me hubiese encantado seguir esa competencia verbal con ella, pero ya se presentará la revancha, señorita pecas."
/o.O/
Me disculpe con los anfitriones de la recepción por mi demora, con ánimos renovados de poder alejarme del tipo aquel.
Me presentaron ante todos los invitados como la mayor patrocinadora e inversionista de la compañía y de teatro mismo. Durante las dos horas que estuve saludando a cada persona, mi mente nulificó por completo mi vergonzosa entrada al recinto. Pero todo duró muy poco porque al poco rato de haber terminado la cena, lo presentaron como uno de los directores, ese sujeto no solo iba a ser actor, también apoyaría con la dirección ¡y yo tendría que estar en contacto con él!
Nunca había experimentado recelo ante nadie, pero no lograba entender qué le pasa a ese tipo.
¡Oh, Albert ilumíname con tu paciencia para encontrar lo mejor de las personas aunque no esté a simple vista!
Ah, mi Albert, ¿piensas en mí? Yo recuerdo mucho nuestra boda, tú fuiste el hombre que cambió mi vida.
Me pediste que nos casáramos 6 meses después de nuestro primer beso, yo era muy feliz, tú querías esperar a que cumpliera los 18, accedí y al día siguiente, unimos nuestras vidas en una ceremonia sencilla. Sabía que él temía nuestra noche de bodas, después de todo era un hombre de casi 26 años y yo apenas una joven de 18, muy menuda y aunque no niego que tenía, y aún tengo, un cuerpo curvilíneo, parada junto a él, era pequeña y delgada. Albert temía hacerme daño, siempre que lo besaba, se quedaba muy quieto, ambos estábamos conociendo el calor que la pasión podía despertar en nuestros cuerpos.
Aquella noche, cuando Anthony ya estaba dormido y el último invitado se había ido, me subió a nuestra habitación en brazos y me recostó en la cama. Él se recostó a mi lado, nos miramos por mucho tiempo, sin hablar y sin movernos. De pronto se inclinó hacia mí y me beso suavemente, pasamos varios minutos besándonos así. Sintiendo un poco osada, llevé mis manos a su pecho y comencé a desabrochar su camisa.
- Candy, vamos lento – me pidió, tomando mis muñecas – no quiero lastimarte.
- Nunca lo harías – rebatí y tomó mi cara entre sus manos, se debatía con un conflicto interno, tomé su mano y la besé. Él me miraba, cuando volví mi mirada a la suya, le dije con todo el deseo y el amor que sentía por él – Te necesito, te amo, Albert.
En solo un instante él me besó como nunca antes, su manos acariciaron mi espalda, su lengua invadió mi boca y se juntó con la mía. Recuerdo el latido de mi corazón que se incrementaba a la velocidad proporcional de mi excitación.
Pude sentir la erección de Albert contra mi cuerpo. Enredé mis piernas en las de él y restregué una contra su entrepierta, una y otra vez. Aun besándome, soltó un gemido. Sus manos impacientes, pero dulces me despojaron del sencillo vestido de novia que estaba usando. Estaba en ropa interior. Él se quitó la camisa. Recorrí con mis manos su cuerpo, parecía cincelado por los dioses. Mi cuerpo empezó a arder y mi respiración se vió interrumpida con pequeños jadeos. Se deshizo del pantalón y los zapatos en un tiempo record. Me quite los zapatos y Albert besó mi cuello y de nueva cuenta mis labios. Succionó mi labio inferior y lo recorrió con su lengua. Posó sus manos cuidadosamente sobre mis pechos y provocó que gimiera cuando me acarició y pellizco dulcemente mis pezones. Su boca abandonó la mía y sentí que el aire me faltaba cuando la llevó a uno de mis duros pezones, mientras su mano masajeaba el otro.
- Albert – grité con la respiración entrecortada.
Llevó sus manos hacía abajo, frotando mis muslos. Cada caricia me hacia vibrar. Cuando llevó su cabeza al sur, mi respiración se detuvo. Pero antes de llegar, me miró, con duda en los ojos.
- Hazlo – exhale como un gemido. Me sonrió y abrí las piernas. Gemí de placer cuando su lengua me lamió. Aquello no era propio, estábamos rompiendo las reglas de la decencia. En aquel entonces ese era un acto meramente reproductorio, se hacía con camisones y a luces apagadas. En cuanto la esposa quedaba preñada, aquella tarea cesaba y se repetía solo si se querían procrear más hijos. ¡Qué montón de tonterías! Me alegré que Albert no fuera ese tipo de hombre, que dejará libre el fuego que llevaba en la sangre y pensará en mi mientras su lengua lamía una y otra vez, deslizándose gentilmente dentro de mí – Albert – grité una y otra vez mientras bombeaba con ella en mí. Sentía mi cuerpo elevarse con cada intromisión, una de sus manos acariciaba el exterior de mi muslo, mientras la otra frotaba mi clítoris. Aceleró las embestidas y grité cuando tuve un orgasmo.
No tuve tiempo de respirar de nuevo, Albert de nuvo llevó su boca a mi clítoris y empezó a lamerlo, con delicadeza poso sus labios alrededor y succionó fuerte. Mi espalda se arqueó y grite, grité tanto que pensé que me quedaría son voz y que Anthony entraría a nuestra habitación asustado, pero nada de eso paso, solo sentí a Albert introduciendo su dedo en mí, bombeando fuerte y profundo mientras su lengua hacía círculos en mi manojo de sensaciones placenteras. Creo que se me salieron las lágrimas cuando tuve mi segundo orgasmo.
Necesito ir al baño y no porque vaya a hacer algo raro ahí, pero creo que de solo recordar aquella deliciosa noche con mi esposo me he sonrojado y no quiero que los demás me miren como si estuviera loca o fuera una desquiciada.
Por suerte no hay nadie, los baños son elegantes, Elisabeth ha hecho un trabajo extraordinario diseñando el teatro. Me miró y es obvio que mis mejillas están rojas y mis pupilas dilatas, no quiero echarme agua a la cara porque arruinaré mi maquillaje, así que opto por sentarme en uno de los tres sillones frete al enorme espejo y humedezco un pañuelo que paso por mi cara y colocó en mi frente.
Albert me besó nuevamente y tuve la osadía de ponerme sobre él. Si podía romper las reglas de la moral, yo también lo haría. Baje y conduje mis besos hasta su pecho, gruño cuando me seguí de largo hacía abajo. Agarré su miembros entre mis manos y sentí cómo se tensó. Puse mis labios en la punta y la chupe, saboreándolo.
- Candy… - gritó lleno de éxtasis. Empecé a masajearlo y a chuparlo. De pronto me sentí más caliente, la posición era bastante comprometedora y me sorprendí del placer que estaba sintiendo mientras le daba placer a él. Enredó sus manos en mi cabello y yo moví las manos arriba y abajo, muchas veces – Candy – repitió. Luego lo metí en mi boca y succioné fuerte. Jadeó. Tomé el mástil con mis manos y llevé mi boca a su punta, metí la lengua en su hendidura como si fuera una llave y presione – Ah, Candy – gritó por tercera vez. Metí su miembro entero en mi boca, relajando la garganta y aunque sentí arcadas, no me detuve, lo recorrí con mi lengua y le propine pequeños y suaves mordiscos – Quiero… entrar – me pidió con la voz ronca y entrecortada. Subí de nuevo a su boca y lo besé, me volteó y ahora él estaba encima de mí – Te amor, Candy.
- Te amo, Albert – Mientras me besaba se acomodó para colocar su erección sobre mi entrada.
- ¿Estás segura? Va a dolerte mucho – me recordó y yo asentí.
- Estaré bien – aseguré para darle confianza.
Volvió a besarme mientras se deslizaba dentro de mí. Pude sentir como se rompía mi himen de una estocada y jadee de dolor en su boca. Se detuvo mientras me acostumbraba a la intromisión. Siguió besándome, dándome confianza y provocando que el dolor se fuera para ser sustituido por deseo.
- Hazlo, Albert – susurré. Lo saco y de nuevo lo metió, una, dos, tres veces hasta que perdí la cuenta y ambos empezamos a gemir de puro placer. Comenzó a ir más y más rápido, más y más fuerte. Yo no nos besábamos, pero teníamos nuestros rostros a centímetros del otro. Sentía el calor por dentro, estaba sudando. Albert hizo sus estocadas todavía más rápidas y profundas, si es que eso era posible, conduciéndonos al límite – Albert.
- Candy – gritamos al mismo tiempo nuestros nombres y me tensé sobre él, mientras él se derramaba dentro de mí.
Se dejó caer sobre mí, exhausto. Acaricié su cabello, su frente tenía perlas de sudor. Con gran pesar, se colocó a mi lado y volteó para mirarme a los ojos.
- Te amo, Candy - Puse mi cabeza en su pecho y enrede mis piernas en las suyas.
- Yo te amo más, Albert – bese su barbilla y me quede profundamente dormida.
Escuché la puerta del tocador abrirse y me quite el pañuelo de la frente.
- Ey – me llamó Elisabeth Scott, una de las arquitectas más prometedoras de la época y la amiga que me convenció a invertir para que se reconstruyera el teatro.
- Eli.
- ¿Aquí has estado todo este tiempo? Te estás perdiendo una de las mejores fiestas.
- Sabes que no soy mucho de este tipo de eventos.
- Mal por ti, hay hombres muy apuestos y solteros, yo misma ya le he echado el ojo a uno – y río, haciendo que yo le devolviera la sonrisa.
- No tienes remedio.
- No, no lo tengo, si voy a ser una solterona de menos disfrutaré la vida, tú deberías hacer lo mismo, chica, eres muy joven aún para estar tan amargada.
- Estoy bien, así – comenté saliendo del tocador con ella a mi lado. Me presentó al hombre que había apartado para esa noche y cuando me quitó la vista de encima me escabullí por la terraza.
Mi hija Clare nació nueve meses y un día después de nuestra boda, como lo dictaban las buenas costumbres. Ella era idéntica a mí, ojos verdes, cabello rubio ondulado, pero las pecas que yo tengo en la nariz a ella la salpicaron en los hombros. Albert, Anthony y yo fuimos muy felices juntos. Al menos hasta abril de 1880, cuando la vida me marcó para siempre.
Habíamos salido sin Clare y Anthony, llevábamos casi un año de casados, habíamos ido a Illinois por un evento cerca de la aldea de West Praire, pero justo ese día un tornado arraso con todo, lo último que recuerdo de esa día fue como el auto voló por los aires, mientras Albert me perdía que lo mirara, tenía miedo.
- ¡Candy, mírame! – no podía, estaba paralizada - ¿de qué color son mis ojos, Candy! – aquello me desconcertó y lo miré, yo sabía que eran azules.
- Azules – dije.
- Azules, ¿cómo qué?
- Como el cielo despejado, Albert, tus ojos son de una azul claro.
- Son más hermosos que los tuyos, ojalá nuestro siguiente hijo los herede.
- Si lo hiciera sería una copia exacta de Anthony.
- Yo era una copia exacta de él.
- Tres es invadir el mundo de tipos guapos – dije, sonriendo por primera vez.
El tornado poco a poco bajo la intensidad y el auto se agito violentamente, cuando estábamos a unos tres metros del suelo, sentimos que algo nos tiraba y se partió el vehículo lanzando a Albert por los aires. El frío de la aire se color no solo en mi cuerpo, también en mi corazón.
- ¡Albert, Albert! – grité y casi solté mi cinturón, pero Clare y Anthony se colaron en mi mente, no podía dejarlos solos. No tenían a nadie. Lloré mientras le rogaba al cielo que todo parará, que Albert estuviera bien y que la pesadilla acabara pronto. Pero mi respuesta del cielo fue un relámpago que surco en el tornado conmigo dentro, me desmaye y no supe más de mí.
Después de mucho tiempo de investigar, descubrí que era inusual que un tornado y un rayo se hicieran uno mismo, el rayo de alguna manera provocó una disminución en mi frecuencia cardiaca y esto casi segura de que mi corazón dejo de latir. Sí aquello ya era de por si inusitado, no sé cómo describir que otro rayo diera directo en la mitad del vehículo en el que mi cuerpo inerte se encontraba. Descargando quinientos millones de volteos de electricidad y produciendo sesenta mil amperes de corriente que tuvo un triple efecto, primero, la descarga reanimó mi corazón, segundo, pude respirar después de dos minutos de haber muerto y tercero me hice inmune al paso del tiempo, es decir, en 81 años sigo teniendo la apariencia de 1880, una joven de 19 años.
Regresé al salón con los ojos un poco húmedos, pero contuve las lágrimas, había pasado mucho tiempo lamentándome por lo sucedido y el regalo de mi pequeño don o, para mí, maldición. Vi a Peter Hall acercarse al sujeto que me derribó y murmurarle algo, luego para mi desgracia, ambos hombres se acercaron a mí.
- Señorita White – me dijo en tono amable.
- Dime, Peter – hizo un ademán con la mano para que mirara a su acompañante, lo miré y él me lanzó una mirada que no supe descifrar.
- Permítame presentarle a Terrence Graham, uno de los mejores actores en Nueva York y ahora también director de la RCS. Terry, te presentó a la señorita Candice White.
- Es un gusto conocerte – besó mi mano.
- Igualmente - dije secamente – pero le agradeceré guarde su distancia y se dirija a mí como señorita White – claramente Peter estar desconcertado, aquel sujeto "Terry" me miraba con una especie de mueca burlona en el rostro – Peter – le hice un gesto con la cabeza y me alejé de ambos.
Candice White, después de 100 años de que mis padres me pusieran ese nombre, lo volvía a usar. Algo me decía que este sería el último capítulo de una larga, muy larga vida y debía terminar como empezó.
Continuará…
Espacio para charlar
¡Estoy aquí! Jajaja, vale, se supone que avise que no iba a escribir nada hasta el viernes porque iba a hacer unos diseños, pero me equivoque en el tema y ya no pude participar, jajaja, tendré que esperar hasta el siguiente mes, como sea, vine a descargar mi frustración a mi otro hobby.
Ok, ya vamos avanzando en la historia y por fin sabemos cómo paso el accidente, no quise hacerlo tan parecido a la película, y además, el tornado ese sí sucedió. Espero que les haya gustado como lo maneje o al menos despejar un poco sus dudas.
No fue un encuentro tan accidentado después de todo, ese Terry tenía otras intenciones, jajaja.
De verdad espero que estén disfrutado este fic que parece contarse solo, me parece que al contar solo lo que ve el personaje o siente, es más fácil escribir, jajaja, no tiene tanta narrativa como en los otros. Por cierto, la relación con Richard vendrá en dos capítulos más, pero no es precisamente convencional, jajaja, no quiero una Candy perfecta en esta historia y verán que con el tiempo, no precisamente se alcanza la madurez.
GRACIAS CHICAS…
Skarllet Northman, Eli, Phambe (no solo será el POV de Candy, también de Terry y quizá de Richard), Jocemit, Mimi (pensé en la trama y haría un minific de un capítulo, pero ella no me gusta para ponerla en el papel de Sandra Bullock, así que los invertiría), Darling Eveling, Nally Graham, Miriam7 (aunque eso se verá en otros capítulos, te adelanto que sí puede tener más hijos, pero ella no ha querido), Alondra, Dianley, Elisa Lucia V 2016, Sandy Sanchez.
Y demás lectores anónimos.
24 – agosto – 2017
Ceshire…
