Capítulo 4: Un nuevo destino
—No quería decirlo enfrente del rey para no humillarte—dijo Toph durante la cena— pero eres pésimo en tierra control.
Mutu emitió un simple "hum" como respuesta. Bañado, vestido con las ropas que le entregó el chico del kimono y sentado en el salón comedor donde las ventanas mostraban la noche oscura, trataba de no pensar demasiado en el hecho de que el rey lo vio enterrado hasta el cuello, a sólo unos momentos de haber comenzado la pelea. Ran comía como un muerto de hambre a su lado, pasando la vista de un lado a otro como en un juego rápido de pelota terrestre. De vez en cuando miraba al chico del kimono, que comía cada porción de arroz lentamente, tomándose su tiempo para disfrutarlo.
—No te mentiré, me esperaba algo mejor —continuó Toph, poniendo los codos sobre la mesa. "Hum" fue todo lo que oyó. La mujer anciana lo tomó como falta de interés y comenzó a impacientarse—. Escucha, tal vez a ti esto no te importe demasiado, pero hay mucha gente ahí afuera que cuenta contigo para dominar los cuatro elementos. El hecho de que ya no estemos en guerra no es excusa para descuidar tu deberes para con el mundo, así que seguiremos trabajando hasta que puedas pasar al siguiente elemento y te conviertas en el problema de alguien más, ¿entendido?
Mutu la miró en silencio. Pensó en muchas respuestas que podría darle, en sí mismo tratando de explicarle lo que sentía, pero eso hubiera sido más humillante que la derrota. Sería admitir que no tenía la fuerza o la voluntad para continuar adelante. No importaba lo que dijera, intuía que así se oiría. Y las cosas, de todos modos, ya habían avanzado demasiado para poder cambiarlas.
—Sí, señorita —dijo sin levantar la vista.
—Bien —asintió Toph con un satisfecho movimiento de cabeza—. Mañana empezaremos tu entrenamiento, así que procura descansar bien esta noche.
Mutu suspiró para sus adentros.
—Sí, señorita.
Pasaron el resto de la cena en silencio. Al acabar todos, el joven del kimono se levantó para retirar los platos y traer el postre. Cuando regresó con unos pasteles de naranja, Toph señaló a Ran con su cuchara.
—Tú —le llamó la atención—. En el patio hay algo que deberías ver. Llegó un momento antes que el rey y creo que te pertenece. Fuji te llevará.
El joven del kimono asintió, le hizo una leve reverencia a la mujer y se dirigió a la puerta. Desde ahí esperó a Ran, que después de ver el postre no se decidía a abandonarlo.
—¿Puede ser después? Llevo un largo rato sin probar nada dulce y...
—Ve —cortó Toph—. El pastel seguirá aquí cuando regreses.
En el rostro de Ran apareció un puchero de tristeza pero al final fue tras Fuji, desanimado. Toph se inclinó hacia adelante, apoyando despreocupadamente los codos sobre la mesa.
—¿Y bien? —preguntó—. ¿Qué sucede contigo? ¿Tanto te molesta ser derrotado por una anciana?
—No es eso —negó Mutu, revolviendo sin ganas el helado.
—¿Entonces? ¿Es que no quieres estar aquí?
Mutu calló por unos momentos. Luego dejó el tazón en la mesa, todavía con la cabeza baja. Toph había suavizado su tono, mostrándose dispuesta a escuchar lo que le dijeran. No buscaba una respuesta concreta, sólo pedía honestidad. Siendo así, Mutu pensó la manera de transmitir correctamente lo que pasaba por su mente.
—No se suponía que mi vida fuera así —confesó, encogiéndose de hombros.
Toph frunció un poco el ceño.
—¿Tan fabulosa era tu vida antes? —inquirió.
—No se trata de eso —aclaró el joven y calló, un poco cohibido. Luego siguió—. La verdad nunca me entusiasmó mucho ser agricultor como mis padres, pero al menos era algo que conocía, para lo que estaba listo. Ya me había hecho a la idea de que así viviría siempre y de repente llega ese...—Se dio cuenta de que iba a delatar a Ran y se detuvo—. No esperaba nada de esto, es lo que quiero decir. Para ser honesto, ni siquiera creo que pueda hacerlo.
—Ya veo —dijo Toph y se corrigió, cayendo en cuenta de la ironía—. Bueno, no, no veo, pero creo entender lo que dices.
—¿No es posible que haya sido alguna clase de error? —preguntó Mutu, como última opción desesperada—. Dijeron que todo lo que hice fue escoger unos juguetes antiguos. Eso no prueba nada.
—Lamento decirlo pero por lo que me contaron, un error es lo último en lo que cabría pensar. Aang fue elegido así y Nima, tu antecesora, también. No cabe duda de que tú eres el Avatar.
—Ya —suspiró Mutu.
Justo esa la respuesta que más temía y esperaba oír.
—Oye, si te interesa oír el consejo de los sabios y viejos —dijo Toph, tomando un gran trozo de su ración—, no lo pienses mucho. Es una pérdida de tiempo. Tú ya eres quien eres. Sólo haz lo que sientas correcto y cumplirás tu papel.
Mutu se imaginaba que oiría algo así, pero todavía no se sentía aliviado.
—Hum.
Toph masticó el pastel, tragó y se golpeó ligeramente el mentón con aire pensativo.
—No sé por qué tengo la impresión de que no eres el Avatar más conversador que ha habido —comentó.
Mutu se sonrojó un poco. No era la primera vez que le sacaban en cara lo callado que era, pero no podía evitarlo. Siempre había sido así, sencillamente.
—
El cielo se había oscurecido ya cuando Ran salió detrás de Fuji. La luna llena y la falta de nubes les daban suficiente luz para manejarse sin problemas por el jardín. Más allá de la arena y un pequeño lago artificial se extendía un bosque de árboles frutales. El sonido de sus pisadas era suave y casi imperceptible.
—Te debo una disculpa —dijo el del kimono de pronto, sin detener la caminata—. Esta tarde quizá exageré un poco. La señorita Bei Fong dice que saqué el carácter de mi abuela.
—¿Ah, eso? Está todo bien, no te preocupes —respondió Ran tranquilamente.
Lo de la tarde le había dejado más desconcierto que molestia, y para entonces ya casi lo había olvidado.
—Sí, bueno, siempre me molesta un poco cuando dicen que soy el sirviente de la señorita Bei Fong —siguió diciendo Fuji, rascándose la nuca en un gesto a la vez tímido y resuelto—. Es como si dijeran que todo lo que hago es un trabajo, y no es así. Me gusta ayudar y es lo menos que puedo hacer. No tendría casa de no ser por ella.
Ran observó la espalda del joven y el largo cabello castaño que la cubría. En su voz había no había dolor ni melancolía, sólo aceptación tranquila y firme gratitud.
—¿Cómo es eso? —preguntó, picado en su curiosidad, y tarde se percató de que esa podría ser una pregunta indiscreta.
A Fuji pareció no importarle. Quizá estaba acostumbrado. Mientras hablaba no surgió ninguna emoción en su voz.
—Mis padres murieron cuando era muy pequeño. Ni siquiera los recuerdo. La señorita Bei Fong era amiga de mi abuela cuando eran niñas, así que cuando supo la noticia fue a buscarme al orfanato y me trajo aquí. Ella me llama "su mano derecha, izquierda y dedo gordo del pie" —Ahí había un orgullo no del todo disimulado. De pronto, extendió la mano en dirección a la arboleda—. He ahí lo que quería que te mostrara.
Ran se adelantó unos pasos y distinguió el brillo de las plumas en la cola de Dragón. Miró al otro muchacho, buscando una señal de que estaba disgustado o inconforme, pero no vio nada y llamó a su mascota chasqueando la lengua dos veces. Al instante Dragón salió de entre las ramas y se posó sobre su brazo extendido. Ran lanó un suspiro mientras le acariciaba el lomo.
—¿Qué me delató? —quiso saber.
—Para mí, nada —dijo Fuji, encogiéndose de hombros. Parecía que el hecho de estar ante un impostor no le preocupaba demasiado—. Pero la señorita Bei Fong es capaz de sentir cuando alguien miente y así supo que estabas ocultando que eras un maestro. Dado el color del ave y el símbolo de la Nación del Fuego en su collar supusimos que sería tuyo y no querías que el rey lo supiera. Tienes suerte de ser amigo del Avatar o habríamos desconfiado de ti.
—Sí, bueno, no soy tanto amigo como un compañero —aclaró Ran, un poco sonrojado por ser descubierto—. Mi padre es uno de los sabios del fuego y sí, sé fuego control. El por qué el rey no debía saberlo... bueno, en realidad es una tontería. Ni siquiera vale la pena mencionarlo.
Fuji lanzó un suspiro que dejó desconcertado al otro.
—Le debo a la señorita Bei Fong limpiar la vajilla el resto de la semana —dijo, volviendo hacia la casa para volver—. Apostamos sobre quién eras mientras ustedes se bañaban. Ella creyó que el ave te pertenecía y eras hijo de ricos. Debí escucharla cuando mencionó que caminabas como uno. Yo dije que huiste de tu hogar y robaste el ave de alguna casa de correo.
En otras palabras, lo había tomado por un criminal.
—Gracias —replicó Ran, molesto. Luego, dominado por la curiosidad, preguntó—: ¿Y por qué creíste eso?
Fuji le dirigió una sonrisa amistosa por sobre el hombro.
—Me pareció más interesante, es todo.
—¡Qué halago! —replicó Ran, descontento.
Fuji sonrió de nuevo y continuó su camino. Con Dragón sobre su hombro, Ran lo siguió a corta distancia, mirándole el kimono ondular cada vez que daba un paso. Con la luz pálida de la luna uno podía confundirlo con el movimiento de suaves olas. No tuvo problemas en imaginarlo como un niño, pese a su confusión anterior. Sin padres y sin ninguna otra familia, perdido, abandonado. Y la señorita Bei Fong llegando desde quién sabe dónde para cambiarlo, sólo por lealtad a una amiga que ya no está ahí. Atendiéndolo, cuidándolo. El niño que no sabe de qué otro modo pagar esa generosidad, que no ha pedido, más que ofreciéndole su ayuda en los asuntos de la casa. Obviamente había una devoción casi filial de por medio, parecido si no es que igual al que se siente por una abuela que lleva los mismos genes. Sólo había que oír la manera en que Fuji hablaba de ella y se mantenía a su lado cada vez que estaban cerca.
De pronto comprendió el enfado de la tarde. Para Fuji su relación era algo espontáneo y natural, un porque sí y por qué no. Verlo reducido a la relación impersonal y fría de un sirviente que obra para ganarse el pan sería como menospreciar tanto el gesto de la anciana como el suyo. Él también se molestaría si le dijeran que sólo quería a su padre por las cosas que le conseguía.
Vaya, se dijo. Sí que he metido la pata.
A la mañana siguiente Mutu se despertó en una cama que no era suya, en una habitación que era por lo menos cuatro veces mayor que la suya y un sol que nunca antes había despertado sobre su rostro. Así supo que nada de lo del día anterior había sido un sueño. De haberse descubierto en su propia cama habría sentido sorpresa y extrañeza pero también un hondo alivio.
Resignación. Ya nada podía hacerse. Comenzó su rutina de ejercicios matutinos sin pensar en nada, concentrándose en contar cada movimiento abdominal y luego las lagartijas. Cuando acabó con ellos subió los pies por la pared, apoyándose en las manos y subió y bajó usando nada más que los brazos. Había descubierto no hacía mucho que ponerse activo apenas levantarse le hacía sentir mejor durante el resto del día. Sobre todo cuando debía trabajar en el huerto pues le evitaba sentirse cansado pronto.
El sudor humedecía sus ropas cuando acabó, y salió a buscar el baño. Más o menos recordaba el camino que le indicó Fuji anoche, pero aun así dio más rodeos de los esperados y al abrir una puerta se encontró de pronto en una amplia cocina. Los ventanales amplios daban al patio trasero. A través de ellos vio a Fuji dirigiéndose al pequeño lago artificial. Llevaba otro kimono de color azul con adornos blancos. A lo mejor podía preguntarle de nuevo dónde podía refrescarse. Mutu pasó por la puerta y recibió la luz del sol en pleno rostro, volviéndose ciego por un breve rato. Cuando acostumbró su ojos a la situación distinguió a Fuji de frente al lago.
El joven realizó una serie de movimientos de manos que Mutu no entendió, separando las piernas. Del agua surgió una esfera húmeda, perfecta, donde los rayos del sol adquirieron distintos colores antes de deshacerse contra el césped. Fuji siguió levantando un poco de agua y moviéndola adelante y a los lados. En esas, reparó en la presencia del otro y un leve sonrojo subió por su rostro.
—Buenos días —dijo con una sonrisa tímida, irguiéndose rápidamente.
Mutu se rascó la nuca.
—Buenas. Eres bueno con el agua —comentó y de verdad lo creía—. Mejor que yo con la tierra.
—Gracias pero eso es sólo porque llevo tiempo practicando —dijo Fuji tranquilamente, volviendo a su amabilidad usual—. Me tomó años aprender a no mojarme a mí mismo o no congelar el césped. En cambio tú eres el Avatar. Es sólo cuestión de tiempo para que recuerdes las cuatro disciplinas.
Mutu asintió con un gesto de la cabeza, pero no pensaba poner las manos en el fuego por esa afirmación.
—¡Hey, principito! —llamó Toph bajando por las escaleras hacia el patio. Puso los pies en el suelo y un expresión ceñuda pasó por su frente—. ¿Quién está contigo?
Fuji se adelantó al otro. Mutu podría haber respondido antes pero seguía desconcertándose porque la anciana supiera cosas de inmediato, sin visión como estaba.
—Es Mutu, señorita Bei Fong —dijo el del kimono—. ¿Necesita algo?
—Sí, que vayan a empacar los dos y el chico del ave —respondió la anciana, cruzándose de brazos—. Nos vamos de viaje.
Ambos jóvenes se sorprendieron. Era la primera vez que oían de ese plan.
—Es para ti —aclaró la anciana antes de que surgieran más preguntas, mirando a Mutu. O más bien, dirigiendo el rostro hacia él, la mirada perdida—. Me he dado cuenta de que no sólo eres terrible en tierra control. Ignoras mucho de los principios básicos y por eso eres terrible. Por lo tanto te llevaré adonde yo aprendí todo lo que sé. Si con ellos no aprendes no tienes remedio.
Mutu buscó ver la expresión del otro muchacho y supo que Fuji no entendía más que él acerca de adónde iba eso. Ante su arqueamiento de cejas sólo tuvo un encogimiento de hombros que dar.
—¿Adónde iríamos, señorita? —inquirió, curioso.
—A la cueva de los enamorados, cerca de Omashu —respondió Toph, —. Prepárense. Iremos después del desayuno.
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