N/A: la historia y los personajes no me pertenecen, la trama es de la maravillosa Lisa Jane Smith yo solo la adapto con los personajes de la maravillosa Stephenie Meyer. XD


Capítulo 3

Todo lo que Esme podía pensar era en la chica bonita calva de la tienda de regalos.

Cáncer.

—Pero‐pero pueden hacer algo al respecto, ¿Verdad? — dijo, e incluso a sus propios oídos su voz sonó muy joven. — Quiero decir‐si tuvieran que hacerlo, podrían sacarme el páncreas... —

—Oh, cariño, por supuesto. — La madre de Esme la cogió en sus brazos. — Te prometo que si hay alguna cosa mal haremos todo lo posible para arreglarlo. Iría hasta los extremos de la tierra para que te pusieras bien. Lo sabes. Y en este momento ni siquiera están seguros de que te pase algo malo. El Dr. Banner dijo que era muy raro que los adolescentes tuvieran un tumor en el páncreas. Extremadamente raro. Así que no te preocupes sobre esto hasta que llegue el momento de hacerlo. —

Esme notó como se relajaba, el agujero estaba cubierto de nuevo. Pero en algún lugar cerca del centro todavía sentía frío.

—Tengo que llamar a Carlisle. — Su madre asintió. — Pero que sea rápido. —

Esme mantuvo los dedos cruzados mientras llamaba al apartamento de Carlisle. Por favor, que esté allí, por favor, pensaba. Y por una vez, estaba. Respondió lacónicamente, pero en cuanto escuchó su voz, dijo, "¿Qué va mal?"

—Nada ‐ bueno, todo. Tal vez. — Esme se escuchó a sí misma riendo. No era exactamente una risa.

— ¿Qué pasó? — James dijo bruscamente. — ¿Te has peleado con Charles? —

—No. Charles está en la oficina. Y yo me voy al hospital. —

— ¿Por qué? —

—Ellos piensan que podría tener cáncer. —

Fue un gran alivio decirlo, una especie de liberación emocional. Esme se rió de nuevo. Silencio al otro extremo de la línea. — ¿Hola? —

—Estoy aquí. — dijo Carlisle. Luego dijo: "Ahora mismo voy."

—No, no merece la pena. Tengo que irme en un minuto—. Ella esperó a que él dijera que iría a verla al hospital, pero no lo hizo.

—Carlisle, ¿podrías hacerme un favor? ¿Podrías averiguar lo que puedas sobre el cáncer de páncreas? Por si acaso. —

—¿Es eso lo que creen que tienes? —

—Ellos no lo saben con certeza. Solo van a hacerme algunas pruebas. Espero que no tengan que utilizar agujas. — Otra carcajada, pero dentro de ella se estaba desmoronando.

Deseó que Carlisle dijera algo reconfortante. — Voy a ver qué puedo encontrar en la Red. —Su voz estaba carente de emociones, casi inexpresiva.

—Entonces dímelo más tarde, seguramente te dejaran llamarme al hospital. —

—Sí—

—Bueno, me tengo que ir. Mi mamá está esperando. —

—Cuídate. —

Esme colgó, sintiéndose vacía. Su madre estaba en la puerta. —Venga, cielo. Vámonos. —

Carlisle se sentó muy quieto, mirando el teléfono sin verlo.

Ella tenía miedo, y él no podía ayudarla. Nunca había sido un buen conversador. No estaba, pensó lúgubremente, en su naturaleza.

Para poder reconfortarla tenía que tener una visión confortable del mundo. Y Carlisle había visto demasiado del mundo para hacerse ilusiones.

Pero podía hacer frente a los hechos en frío. Apartando un montón de cosas desordenadas, se centró en su computadora y navegó por Internet.

A los pocos minutos él estaba utilizando Google para buscar el Centro Nacional del Instituto del Cancer. El primer resultado que obtuvo era "El cáncer de páncreas ‐paciente". Él lo leyó. Cosas sobre lo que el páncreas hacía, estados de la enfermedad, tratamientos. Nada demasiado horrible.

Después entró en un archivo sobre el páncreas hecho para médicos. La primera línea que leyó le paralizó.

El cáncer de páncreas exocrino es raramente curable.

Sus ojos escanearon el resto del documento. Tasa de supervivencia… metástasis… pobre respuesta ante la quimioterapia, radiación y cirugía… dolor… Dolor. Esme era valiente, pero enfrentarse constantemente al dolor aplastaría a cualquiera. Especialmente cuando las perspectivas para el futuro eran tan sombrías.

Miró el principio del artículo de nuevo. Tasa de supervivencia de menos del tres por ciento. Si se había propagado, menos del uno por ciento.

Debía haber más información. Carlisle buscó de nuevo y llegó hasta artículos de varios periódicos y revistas médicas. Eran todavía peores.

La inmensa mayoría de los pacientes mueren dicen los expertos... El cáncer de páncreas suele ser inoperable, rápido, y doloroso... La supervivencia si el cáncer se ha extendido pueden ser de tres semanas hasta de tres meses...

De tres semanas a tres meses.

Carlisle miraba la pantalla de la computadora. El pecho y su garganta le dolían, su visión era borrosa. Intentó controlarse, diciéndose a él mismo que todavía no estaban seguros de nada. Esme estaba haciéndose unas pruebas, eso no significaba que tuviera cáncer.

Pero las palabras sonaron huecas en su mente. Sabía hace tiempo que algo iba mal con Esme. Algo dentro de ella. Tenía la sensación de que los ritmos de su cuerpo estaban fuera de lugar; podía notar que dormía mal. Y el dolor ‐ siempre sabía cuando el dolor estaba allí. Pero él no se había dado cuenta de lo grave que era.

Esme lo sabe también, pensó. En el fondo, ella sabía que algo muy malo le estaba pasando, o no le hubiera pedido que buscara información. Pero qué espera que yo haga, ¿que vaya le diga que va a morirse en unos pocos meses?

¿Y se supone que voy a estar a su lado para ver como se muere?

Despegó sus labios de los dientes ligeramente. No una sonrisa, más bien una mueca salvaje. Él había visto mucho la muerte a lo largo de sus diecisiete años. Él sabía las etapas de la muerte, conocía la diferencia entre el momento en que dejaba de respirar y el momento en que el cerebro se detenía, conocía la inconfundible palidez de un cuerpo. La forma en que los globos oculares se movían hasta unos cinco minutos después. Pero ese era un detalle que la mayoría de la gente no conocía. Cinco minutos después de su muerte, sus ojos serían vidriosos y grises. Y, a continuación, su cuerpo comenzaría a encogerse. Realmente encogían.

Esme era tan pequeña ya.

Siempre había tenido miedo de lastimarla. Ella parecía tan frágil, y odiaría herirla si no era cuidadoso. Esa era una de las razones por las que mantenía una cierta distancia entre ellos.

Una de las razones. No la principal.

La otra era algo que él no podía poner en palabras, ni siquiera a sí mismo. Le llevaría hasta los límites de las prohibiciones. Hacer frente a las normas que le habían inculcado desde su nacimiento.

Ninguna de las personas la noche puede enamorarse de un humano. La pena por violar esta ley era la muerte.

No importaba. Sabía lo que tenía que hacer ahora. A dónde ir.

Fría y precisamente, Carlisle se desconectó. Se puso de pie, cogió sus gafas de sol, las puso en su lugar. Salió a la luz del sol implacable de junio, cerrando la puerta del apartamento tras él.

Esme miró a su alrededor descontenta con la habitación del hospital. No había nada terrible sobre ella, salvo que era demasiado frío, pero... se trataba de un hospital. La verdad que estaba oculta bajo las cortinas rosas y azules, la televisión, y el menú de la cena decorado con dibujos animados. Era un lugar al que no venías a no ser que estuvieras muy enferma.

"Oh, vamos, se dijo a ella misma. Alégrate un poco. ¿Qué ha pasado con el pensamiento positivo de Esme? ¿Dónde está cuando lo necesitas? ¿Dónde está Esme‐ins? "

Dios, incluso hago juegos con mi nombre, pensaba.

Pero se encontró sonriendo débilmente, con humor negro. Y las enfermeras eran simpáticas, la cama estaba muy bien. Tenía un control remoto y se podía doblar de formas inimaginables.

Su madre llegó mientras jugaba con él.

—He hablado con Charles, vendrá más tarde. Mientras tanto, creo que será mejor cambiarte para que estés lista para las pruebas. —

Esme miró la bata de hospital azul y blanca, a rayas, y sintió un espasmo doloroso que pareció ir de su estómago a su espalda. Y algo en la parte más profunda de su ser dijo, por favor, ahora no. Nunca estaré lista.

Carlisle aparcó su Integra en una plaza de aparcamiento en la calle cerca de Ferrys Stoneham. No era un buen lugar en la ciudad. Los turistas que visitan Los Ángeles evitan ir a este lugar.

El edificio estaba decrépito. Faltaban muchas piedras, con cartón tapando los cristales rotos. Cubiertos de grafitis sobre la pintura descascarada de las paredes del bloque.

Incluso la niebla parecía más espesa aquí. El aire parecía amarillo. Como si fuera venenoso, oscurecía el día más brillante y todo tenía un aspecto irreal y siniestro.

Carlisle caminó hacia la parte posterior del edificio. Ahí, entre las entradas de mercancías de las tiendas había una puerta sin marcar por los grafitis. La señal que había encima no tenía palabras. Sólo era una foto de una flor negra.

Un iris negro.

Carlisle llamó. Se abrió la puerta unas dos pulgadas, y un chico flaco con una camiseta arrugada se asomó.

— ¡Soy yo, Ulf!— dijo Carlisle, resistiendo a la tentación de patear la puerta. "hombre‐lobo", pensó. "¿Por qué tienen que ser tan territoriales?"

La puerta se abrió lo suficiente para que Carlisle pudiera entrar. El tipo esquelético le miró sospechosamente antes de cerrarla de nuevo.

— ¿Porqué no te vas a marcar una boca de incendios o algo? —Sugirió Carlisle sobre su hombro.

El lugar parecía como una pequeña cafetería. Una habitación oscura con unas mesas redondas por todas partes, rodeadas por sillas de madera. Había unas cuantas personas dispersas sentadas, todas ellas parecían adolescentes. Dos tipos estaban jugando al billar en la parte trasera.

Carlisle se acercó a una de las mesas redondas en donde una chica estaba sentada. Se quitó las gafas de sol y se sentó.

—Hola, Gina. —

La chica levantó la vista. Tenía pelo negro y ojos azules. Sesgados y misteriosos ojos que parecían estar perfilados con rímel – al estilo egipcio.

Parecía una bruja, cosa que no era una coincidencia.

—Carlisle, te he echado de menos—. SU voz era suave y ronca.

— ¿Cómo te va últimamente? — Puso sus manos sobre una vela que había en la mesa y realizó un gesto como si acabara de liberar un pájaro. Mientras sus manos se apartaron, la vela prendió fuego.

—Tan hermoso como siempre. — Dijo ella, sonriéndole ante la luz dorada.

—Lo mismo digo. Pero la verdad es que he venido por negocios. —

Levantó una ceja. — ¿No es lo que haces siempre? —

—Esto es distinto. Quiero pedirte… una opinión profesional sobre algo. —

Extendió sus finas manos, con las uñas plateadas brillando bajo la luz de la vela. En su dedo índice había un anillo negro con una dalia negra. —Mis poderes están a tu disposición. ¿Hay alguien a quien quieras maldecir? O quizás quieres atraer la suerte o prosperidad. Se que no necesitas un conjuro de amor. —

—Quiero un conjuro… para curar una enfermedad. No se si tiene que ser específico de la enfermedad, o si algo más general podría funcionar. Un conjuro de salud… —

—Carlisle—.Dijo débilmente y puso una mano sobre la suya, acariciándola. —¿Realmente necesitas ayuda, verdad? Nunca te he visto así. —

Era cierto, estaba casi fuera de control. Lo trataba de controlar, tratar de seguir siendo perfecto.

—¿De qué enfermedad estamos hablando? — Preguntó Gina cuando él no dijo nada más.

—Cáncer. —

Gina inclinó la cabeza y se rió. —¿ME estás diciendo que los de tu especie pueden tener cáncer? No me lo creo. Come y respira todo lo que quieras, pero no trates de convencerme de que puedes tener enfermedades de humanos. —

Esta era la parte difícil. Carlisle dijo suavemente —La persona que está enferma no es de mi especie. Ni de la tuya. Es humana. —

La sonrisa de Gina desapareció. Su voz ya no era ronca ni suave cuando dijo —¿Una de fuera? ¿Vermin? ¿Estás loco, Carlisle? —

—No sabe nada de mí ni del Mundo de la Noche. No quiero romper ninguna ley. Solo quiero que se recupere. —

Los ojos azules buscaban su rostro. — ¿Estás seguro de que no has roto ya las leyes? —Carlisle la miró decidido a no entender eso, agregó en voz baja— ¿Estás seguro de que no estás enamorado de ella? —

Carlisle se obligó a mirarla. Habló suave y peligrosamente. —No digas eso a menos que desees una lucha. —

Gina apartó la mirada. Ella jugueteó con su anillo. La llama de la vela se redujo y murió.

— Carlisle te conozco desde hace mucho tiempo, — ella dijo sin mirarle —Yo no quiero meterme en problemas. Te creo cuando dices que no has roto ninguna ley ‐ pero creo que será mejor que nos olvidemos de esta conversación. Simplemente vete y fingiré que esto nunca ha pasado. —

—¿Y el hechizo? —

—No hay tal cosa. Y si existiera, no podría ayudarte. Sólo vete. —

Carlisle se fue.

Había otra posibilidad. Condujo hasta Brentwood, a una zona que eran tan diferente de la anterior como un diamante lo es del carbón. Estacionó en un aparcamiento cubierto. Buganvillas rojos y moradas trepaban por las paredes hasta el techo. Caminando a través de un arco del patio, llegó a una oficina con letras de oro en la puerta. Dr. James R. Cullen, Su padre era psicólogo. Antes de que pudiera alcanzar el tirador, la puerta se abrió y una mujer salió. Ella era como la mayor parte de los clientes de su padre, de cuarenta y algo, evidentemente rica, vestía un traje de diseño y sandalias de tacón alto. Ella parecía un poco aturdida y adormilada, y había dos pequeñas heridas punzantes en el cuello que se curaban rápidamente.

Carlisle entró en la oficina. Había una sala de espera, pero sin recepcionista. Se podía escuchar algo de Mozart que venía del interior de la oficina. James golpeó la puerta.

—¿Papá? —

Se abrió la puerta para revelar a un apuesto hombre con cabello negro. Él vestía un traje gris hecho a medida y una camisa con los puños franceses. Tenía un aura de poder.

Pero no de calor. Él dijo, — ¿Qué pasa, Carlisle? — era la misma voz que utiliza para sus clientes: reflexiva, deliberada y clara.

—¿Tienes un minuto? —

Su padre miró su Rolex. — De hecho, mi próximo paciente no llegará aquí hasta dentro de media hora. —

—Hay algo que tengo que hablar contigo. —

Su padre lo miró profundamente y, a continuación, señaló con un gesto una silla. Carlisle se sentó en ella, pero en el borde.

—¿Qué pasa? —

Carlisle buscó las palabras adecuadas. Todo dependía de si podría hacérselo comprender a su padre. Pero ¿cuáles Eran las palabras adecuadas? Al final decidió ir al grano.

—Es sobre Esme. Lleva enferma un tiempo, y ahora creen que tiene cáncer. — El Dr. Cullen le miró sorprendido. —Siento escuchar eso. — Pero no había tristeza en su voz.

—Y es un mal cáncer. Es increíblemente doloroso y casi incurable. —

—Eso es una lástima. —Una vez más no hubo nada excepto sorpresa voz de su padre. Y de repente Carlisle supo de dónde venía. No era una sorpresa que Esme estuviera enferma; era una sorpresa que Carlisle hubiera hecho el viaje para contárselo.

—papá, si tiene cáncer, está muriendo. ¿Eso no significa nada para ti? —

EL estiró sus dedos y miró la larga mesa. Habló lentamente y tranquilo. — Carlisle, hemos pasado por esto antes. Sabes que tu madre y yo nos preocupamos de que pases demasiado tiempo con Esme. De que te… sientas demasiado cercano a ella. —

Carlisle sintió una oleada de furia. — ¿Igual que me pasó con Emma? —

Su padre no parpadeó. — Algo así. —

Carlisle intentó alejar las imágenes que se formaban en su mente. No podía pensar ahora en Emma; necesitaba estar tranquilo. Solo había una forma de convencer a su padre.

—Papá, lo que trato de decir es que he conocido desde siempre a Esme. Es útil para mí. —

—¿Cómo? No de la forma obvia. Nunca te has alimentado de ella, ¿Verdad? —

Carlisle tragó saliva, sintiéndose enfermo. ¿Alimentarse de Esme? ¿Usarla de esa manera? Solo el simple pensamiento le ponía enfermo.

— Papá, es mi amiga. — Dijo, abandonando cualquier objetivo. — No puedo ver como sufre así. No puedo. Tengo que hacer algo—.

La cara de su padre se aclaró. —Ya veo. —

Carlisle se sintió mareado y aliviado. — ¿Lo comprendes? —

—Carlisle, hay veces que uno no puede evitar… sentir compasión por los humanos. En general, no te animaría… pero la conoces desde hace mucho tiempo. Sientes pena por ella. Si quieres que su sufrimiento termine antes, entonces sí, lo comprendo. —

El alivio desapareció de Carlisle. Miró a su padre durante unos segundos y luego dijo suavemente. — ¿Qué la mate por piedad? Pensé que los Ancianos habían prohibido eso. —

—Solo sé razonablemente discreto sobre ello. Mientras parezca natural, todos miraremos hacia otro lado. No habrá motivos para llamar a los Ancianos. —

Había un sabor metálico en la boca de James. Se levantó y rió brevemente. — Gracias, papá. Me has ayudado mucho. —

Su padre no pareció entender el sarcasmo. — Me alegro, Carlisle. Por cierto, ¿Cómo te van las cosas en el apartamento? —

—Bien. — Dijo Carlisle vacíamente.

—¿Y en la escuela? —

—La escuela ha terminado, papá. —Dijo Carlisle, y se fue.

En el patio se inclinó sobre una pared de adobe y miró al agua que salpicaba en al fuente.

Ya no tenía más ideas. No tenía esperanza. Las leyes del Mundo de la Noche así lo decían.

Si Esme tenía esa enfermedad, moriría de ella.


¡que mal!, hola se que prometí actualizar pero con lo de la escuela no pude, pero saben algo ¡ya termine las clases!; así que crucen sus deditos esos hermosos que tienen y esperen el próximo capitulo el domingo.

*~*Alexandra Cullen Hale*~*