Todos los personajes de Miraculous Ladybug le pertenece a sus creadores, yo solo los tomo prestados así como también las historia le pertenece a su respectiva autora, esto lo hago sin fines de lucro y ahora si a disfrutar de un rato de lectura
Capítulo 3
Marinette deseó arrebatarle a Louis y salir corriendo. Encontrar un lugar en el que esconderse con su bebé hasta que Adrien perdiese el interés por él y se largarse por donde había llegado.
Pero conocía bien a su marido y sabía que no iba a marcharse y dejar a su hijo allí.
Así que supo que tenía que enfrentarse a la realidad. De todos modos, había estado preparada para contarle a Adrien que estaba embarazada cuando lo había averiguado, y sus valores morales seguían siendo los mismos que entonces.
No obstante, eso no significaba que estuviese preparada para hacer las maletas e ir con él a Paris. Su vida estaba allí. Tenía a su familia, a sus amigos y un negocio.
La idea de que Adrien se quedase en Locronan hizo que se le acelerase el corazón, sintió pánico.
Estaba entre la espada y la pared.
–No puedo volver a Paris –espetó, fingiendo que no la desgarraba por dentro verlo con su hijo en brazos.
–Bien, en ese caso, me quedaré yo aquí.
Marinette notó cómo el pánico crecía en su interior.
–Pero no puedes quedarte para siempre –le dijo. –¿Y la empresa? ¿Y tu familia?
¿Y mi salud mental?
–No lo haré –le respondió él.
Luego le devolvió a Louis muy a su pesar, con cuidado para que no se despertase, y se sacó un teléfono móvil del bolsillo.
–Pero si piensas que la empresa, o mi familia, son más importantes que mi hijo, es que estás loca. Puedo tomarme un par de semanas. Solo tengo que decirle a todo el mundo dónde estoy.
Y, dicho aquello, se dio la media vuelta y fue hacia las escaleras mientras marcaba un número en el teléfono.
Marinette se balanceó y miró a su hijo. Notó cómo las lágrimas le inundaban los ojos.
–Oh, hijo mío –susurró, dándole un beso en la frente. –Estamos metidos en un buen lío.
Para Marinette, la «mudanza» de Adrien a Locronan fue como cuando se habían conocido.
Ella había trabajado sirviendo mesas en una cafetería cerca de la universidad mientras estudiaba. A él le había pagado la carrera su padre y se había pasado todo el tiempo libre jugando al fútbol y asistiendo a fiestas en las residencias universitarias.
Una noche, Adrien había entrado en la cafetería con un grupo de amigos. Marinette se había fijado en él, y en todos, pero no le había dado más vueltas al tema. Era un grupo de clientes más, de los que entraban y salían de la cafetería sin ninguna preocupación, mientras ella se dejaba la piel trabajando para poder seguir estudiando.
Pero Adrien había vuelto. Unas veces con amigos, otras, solo.
Le había sonreído. Le había dejado generosas propinas y había charlado de cosas sin importancia con ella. Y Marinette no se había dado cuenta hasta mucho después que le había ido contando su vida por capítulos en cuestión de un par de semanas.
Por fin, le había pedido que saliese con él y ella ya estaba demasiado enamorada como para rechazarlo.
En esos momentos tenía las mismas sensaciones que entonces: sorpresa, confusión, emoción… Adrien era como una catástrofe natural: un tornado, un terremoto, un tsunami que ponía toda su vida patas arriba.
En una hora, había hablado con todo el mundo con quien tenía que hablar y había dejado claro que estaría en Locronan hasta nueva orden.
Hasta donde Marinette sabía, no le había contado a nadie el motivo. Lo había oído hablar con su hermano Félix y decirle que el negocio en el que había pensado invertir le había parecido prometedor y que tenía que quedarse para estudiar mejor la inversión.
Tal vez fuese lo más inteligente. Sin duda, si Gabriel y Emilie Agreste se enteraba de que su querido hijo tenía un bebé con su malvada exmujer, se volvería loca y se pondría inmediatamente a conspirar para conseguir que Adrien y Louis estuviesen con ella.
–Ya está.
Adrien empujó la puerta batiente de la cocina, donde tía Marie y ella estaban trabajando, se metió el teléfono móvil en el bolsillo y luego se quitó la chaqueta del traje.
–Así tendré un par de semanas de libertad antes de que envíen a un equipo de rescate a buscarme.
Tía Marie estaba embadurnada de harina hasta los codos, pero el brillo de sus ojos y la fuerza con la que trabajaba la masa que tenía entre las manos bastaron para dejar claro lo que pensaba que Adrien fuese a quedarse allí.
No le hacía ninguna gracia, pero tal y como Marinette le había dicho mientras Adrien hacía las llamadas, no tenían elección. O Adrien se quedaba allí unos días, o intentaría llevárselos a Louis y a ella de vuelta a Paris.
Había una tercera posibilidad: que Adrien se largase solo a Paris, pero sabía que si la planteaba solo conseguiría iniciar una discusión. Si se negaba a permitir que Adrien pasase tiempo con su hijo, fuese donde fuese, lo único que conseguiría sería enfadarlo y provocar que utilizase su poder y el dinero de su familia.
¿Y qué significaba eso? Una dura batalla por la custodia del niño.
Ella era una buena madre y sabía que Adrien no podría quitarle a su hijo esgrimiendo lo contrario, pero tampoco quería engañarse, sabía lo influyente que era la familia Agreste. Y su suegra Emilie era capaz de cualquier cosa.
Así que tenía que intentar evitar un enfrentamiento por la custodia y hacer lo posible porque Adrien estuviese contento y Louis, con ella.
Aunque eso significase permitir que su ex volviese a entrar en su vida, en su negocio y, posiblemente, hasta en su casa.
Se limpió las manos con un paño y le preguntó:
–¿Y tus cosas? ¿No necesitas ir a casa por ellas?
Adrien se encogió de hombros.
–Me van a mandar algo de ropa. Y seguro que todo lo demás puedo comprarlo aquí.
Colgó la chaqueta en una percha al lado de la puerta, donde tía Marie y ella dejaban los delantales cuando no los estaban utilizando, luego fue hasta el moisés que había vuelto a sacar de la despensa. Louis dormía dentro.
–Lo único que queda por decidir –comentó Adrien, mirando a su hijo y alargando la mano para acariciarle la mejilla con un dedo, –es dónde voy a alojarme.
Marinette abrió la boca, a pesar de no saber lo que iba a decir, pero Marie la interrumpió.
–Es evidente que no vas a quedarte en mi casa –anunció directamente.
La clara antipatía de su tía hacia Adrien hizo que Marinette se sintiese culpable y que desease disculparse, pero en el fondo agradeció que Marie hubiese dicho lo que ella no era capaz de expresar.
–Gracias por la invitación –respondió Adrien divertido, haciendo una mueca, –pero no podría abusar de su amabilidad.
Era típico de él, tomarse aquella grosería de Marie con tanta calma. Aquellas eran cosas que nunca lo habían perturbado, sobre todo, porque Adrien sabía quién era, de dónde venía y qué podía hacer.
Además, tía Marie siempre lo había odiado. Y eso, en parte, era culpa de Marinette, que se había presentado en casa de su tía dolida, enfadada, rota y embarazada de su exmarido.
Después de haberle contado la historia de su complicado matrimonio, el posterior divorcio, el inesperado embarazado y la necesidad de encontrar un lugar donde vivir, en la que Adrien había desempañado el papel de malo de la película, la opinión que su tía tenía de él había caído en picado. Desde entonces, el único objetivo de tía Marie había sido no volver a ver sufrir a su sobrina.
Marinette todavía estaba intentando disculparse cuando Adrien dijo:
–Había pensado que me recomendaseis algún hotel agradable.
Marinette y Marie se miraron.
–Supongo que va a tener que ser el hostal El Puerto –le dijo Marie. –No es nada del otro mundo, pero la otra opción es el motel de Daisy, que está en la carretera.
–Hostal El Puerto –murmuró Adrien, frunciendo el ceño. –No sabía que hubiese una extensión de agua tan importante por aquí como para necesitar un puerto.
–No la hay –le contestó Marinette. –Es una de esas rarezas de los pueblos que nadie puede explicar. No hay ningún puerto cerca. Ni siquiera un arroyo ni un río que merezcan la pena ser mencionados, pero el hostal El Puerto es uno de los hoteles más antiguos de Locronan y está todo decorado con faros, gaviotas, redes de pescador, estrellas de mar…
Sacudió la cabeza y tuvo la esperanza de que Adrien no pensase mal ni del pueblo ni de sus habitantes. Aunque en algunos aspectos estaba un poco atrasado, en esos momentos era su hogar y sentía la necesidad de protegerlo.
–En cualquier caso, es un sitio divertido –añadió, a modo de explicación.
Adrien no parecía muy convencido, pero no dijo nada. En su lugar, se apartó del moisés y empezó a quitarse los gemelos para remangarse la camisa.
–Mientras tenga una habitación y un baño, estará bien. De todos modos, pasaré casi todo el tiempo aquí contigo.
Marinette abrió mucho los ojos.
–¿Sí?
Él sonrió de medio lado.
–Por supuesto. Aquí es donde está mi hijo. Además, si tu meta es ampliar la panadería y empezar con los pedidos por correo, tenemos mucho de lo que hablar y mucho que hacer.
–Espera un momento –dijo ella, dejando caer la espátula que tenía en la mano en la encimera. –Yo no he accedido a que tengas nada que ver con La Cabaña de Azúcar.
Él le lanzo una encantadora y confiada sonrisa.
–Por eso tenemos tanto de lo que hablar. Ahora, ¿vas a acompañarme al hostal o prefieres indicarme cómo llegar y quedarte aquí con tu tía hablando de mí?
Marinette prefería quedarse y hablar de él, pero el problema era que Adrien lo sabía, así que no tenía elección. Tenía que acompañarlo.
Se desató el delantal y se lo sacó por la cabeza.
–Te llevaré –dijo. Luego se giró hacia su tía. –¿Podrás arreglártelas sola?
Era una pregunta retórica, porque había muchas ocasiones en las que Marinette dejaba a Marie a cargo de la panadería mientras ella iba a hacer algún recado o llevaba a Louis al pediatra. No obstante, su tía la miró tan mal que Marinette estuvo a punto de echarse a reír.
–No tardaré –añadió.
Y luego fue hacia la puerta.
–Solo tengo que tomar el bolso –le dijo a Adrien.
Este la siguió fuera de la cocina y esperó delante de las escaleras mientras Marinette subía corriendo por el bolso y las gafas de sol.
–¿Y el bebé? –le preguntó él cuando hubo regresado.
–Estará bien.
–¿Estás segura de que tu tía puede ocuparse de él y de la panadería al mismo tiempo? –insistió mientras iban hacia la salida.
Marinette sonrió y saludó a varios clientes al pasar. Una vez fuera, se puso las gafas de sol antes de girarse a mirarlo.
–Que no te oiga la tía Marie preguntar algo así. Podría tirarte una bandeja de horno a la cabeza.
Él no rio. De hecho, no le hacía ninguna gracia. En su lugar, la miró muy preocupado.
–Relájate, Adrien. Tía Marie es muy competente. Se ocupa de la panadería sola con frecuencia.
–Pero…
–Y cuida de Louis al mismo tiempo. Ambas lo hacemos. La verdad es que no sé qué haría sin ella –admitió Marinette.
Ni lo que habría hecho sin ella después de quedarse sin trabajo, sin marido y embarazada.
–¿Vamos en tu coche o en el mío? –preguntó después para intentar evitar que Adrien siguiese preocupándose por Louis.
–En el mío –respondió él.
Marinette anduvo a su lado en dirección a Blake and Fetzer, donde había aparcado el Mercedes. Todavía iba vestida con la falda y la blusa que se había puesto para la desastrosa reunión de esa mañana. En ese momento deseó haberse cambiado y llevar puesto algo más cómodo. Sobre todo, deseó haber sustituido los tacones por unos zapatos planos.
Adrien, por su parte, parecía cómodo y seguro de sí mismo con el traje y los zapatos de vestir.
Cuando llegaron al coche, le sujetó la puerta para que Marinette se sentase en el asiento del copiloto, luego dio la vuelta y se subió detrás del volante. Metió la llave en el contacto y la miró.
–¿Te importaría hacerme un favor antes de que fuésemos al hostal? –le preguntó.
Ella se estremeció y se puso tensa. ¿Acaso no había hecho ya suficiente? ¿No estaba haciendo suficiente al permitir que se quedase allí cuando lo que deseaba era tomar a su hijo y salir corriendo?
Además, no pudo evitar recordar las numerosas veces en las que había estado a solas con él en un coche. Sus primeras citas, en las que habían empañado las ventanillas con su pasión. Y una vez casados, las caricias que habían compartido de camino a algún restaurante.
Estaba segura de que él también se acordaba, lo que hizo que se pusiese todavía más nerviosa.
–¿Cuál? –consiguió preguntarle, conteniendo la respiración para oír la respuesta.
–Enséñame el pueblo. Dame una vuelta corta. No sé cuánto tiempo voy a estar aquí, pero no puedo permitir que me acompañes a todas partes.
Marinette parpadeó asombrada y exhaló. Como se le había quedado la boca seca, al principio solo pudo humedecerse los labios con la lengua y asentir.
–¿Hacia dónde voy? –le preguntó Adrien.
Ella tardó un momento en pensar por dónde empezar, y qué enseñarle, aunque Locronan era tan pequeño que decidió enseñárselo todo.
–Hacia la izquierda –le dijo. –Recorreremos Main Street, luego te enseñaré las afueras. Llegaremos al hostal El Puerto sin tener que desviarnos mucho.
Adrien reconoció casi todos los negocios solo: la cafetería, la farmacia, la floristería, la oficina postal. Un poco alejados del centro había dos restaurantes de comida rápida, gasolineras y una lavandería. Entre ellos, varias casas, granjas y parcelas con árboles.
Marinette le contó un poco de lo que sabía sobre los vecinos.
Le habló, por ejemplo, de Polly, dueña del Ramillete de Polly, que todas las mañanas repartía de manera gratuita una flor para cada negocio de Main Street. A Marinette le había dado un jarrón que estaba en el centro del mostrador, al lado de la caja registradora, y a pesar de que nunca sabía qué flor le llevaría Polly ese día, tenía que admitir que siempre daba un toque de color a las tiendas.
O de Sharon, la farmacéutica, que la había aconsejado muy bien antes de que diese a luz y hasta le había recomendado al que ahora era el pediatra de Louis.
Marinette tenía una relación cercana con muchas personas en el pueblo. Cosa que nunca había tenido en Paris con Adrien. En la ciudad, al ir a la frutería, a la farmacia o a la tintorería, se había considerado afortunada con cruzar la mirada con la persona que había detrás del mostrador.
En Locronan era imposible hacer un recado con rapidez. Había que pararse a saludar y a charlar con la gente.
–Y eso es más o menos todo –le dijo a Adrien veinte minutos después, señalando hacia el hostal en el que iba a alojarse. –No hay mucho más que ver.
Él sonrió.
–Creo que se te ha olvidado algo.
Ella frunció el ceño. No le había enseñado la estación de bomberos ni la planta de tratamiento de aguas, que estaban a varios kilómetros del pueblo, porque no había pensado que fuesen a interesarle.
–No me has enseñado dónde vives tú –añadió Adrien en voz baja.
–¿De verdad necesitas saberlo? –preguntó ella, sintiendo calor de repente.
–Por supuesto. Necesito saberlo para poder ir a recogerte para invitarte a cenar.
Marinette condujo a la casa donde vivía con tía Marie. Era una casa pequeña de dos pisos. No era mucho en comparación con la finca en la que él había crecido, con sirvientes, pista de tenis y un camino bordeado de árboles de casi un kilómetro antes de llegar a la puerta principal.
Marie le había dejado la habitación de invitados y la había ayudado a transformar la habitación de la plancha en una habitación para Louis. Habían utilizado su cocina para hacer pruebas con las recetas de su familia hasta que se habían sentido con fuerza para abrir la panadería.
A cambio, Marinette la había ayudado al mantenimiento general de la casa, había plantado flores en los maceteros del porche y en el camino, y había enseñado a Marie a utilizar el ordenador para comunicarse con sus amigas de la escuela, con las que jamás había pensado que volvería a estar en contacto.
Aunque Marinette pensaba que nunca podría recompensar a su tía por todo lo que había hecho por ella cuando más lo había necesitado, Marie insistía en que disfrutaba de su compañía y se alegraba de volver a tener tanta juventud y actividad en su casa.
Respiró hondo y se miró en el espejo del cuarto de baño por última vez, aunque no sabía por qué se molestaba. Era cierto que hacía tiempo que no tenía ningún motivo para arreglarse, sobre todo, dos veces en un mismo día.
No pretendía impresionar a Adrien esa noche. No, solo quería apaciguarlo.
Después de haberlo conducido hasta el hostal y haber permitido que la dejase después en La Cabaña de Azúcar, Marinette había terminado su jornada en la panadería, había cerrado y se había ido a casa con Louis y con su tía. Mientras que Marie se había preparado la cena y había entretenido a Louis, Marinette había corrido al piso de arriba a cambiarse de ropa y a retocarse el maquillaje.
Le dijo a su reflejo que no se estaba arreglando para Adrien. No. Solo estaba aprovechando la invitación a cenar para parecer una mujer, para variar, en vez de una madre trabajadora.
Ese era el único motivo por el que se había puesto su vestido favorito, rojo y de tirantes, y los pendientes de imitación de rubíes. Iba demasiado arreglada hasta para el mejor restaurante de Locronan, pero le daba igual. Tal vez no tuviese otra oportunidad de volver a ponerse aquel vestido… o de recordarle a Adrien lo que se había perdido al dejarla marchar.
Oyó el timbre antes de sentirse preparada para ello y se le aceleró el corazón. Se repasó el pintalabios y se aseguró de que tenía todo lo que iba a necesitar en el pequeño bolso de mano rojo que había encontrado en el fondo del armario.
Estaba bajando las escaleras cuando oyó voces y supo que tía Marie había abierto la puerta. Y no sabía si se lo agradecía o si eso la ponía todavía más nerviosa, todo dependía de la actitud de su tía.
Al llegar abajo vio a Marie delante de la puerta, con una mano apoyada en el pomo. En la otra no llevaba ni pistola ni una sartén, lo que era una buena señal.
Adrien estaba al otro lado de la puerta, todavía en el porche. Iba vestido con el mismo traje de un rato antes. Tenía las manos detrás de la espalda y estaba sonriendo a tía Marie con todo el encanto de un vendedor de coches. Al verla, Adrien le dedicó a ella la misma sonrisa.
–Hola –la saludó. –Estás estupenda.
Marinette resistió el impulso de pasar la mano por la parte delantera del vestido, o de comprobar que no se le había deshecho el moño.
–Gracias.
–Le estaba diciendo a tu tía que tiene una casa preciosa. Al menos, por fuera –añadió, guiñando un ojo.
Era evidente que Marie no lo había invitado a entrar.
–¿Quieres pasar? –le preguntó Marinette, haciendo caso omiso del ceño fruncido de su tía.
–Sí, gracias –respondió Adrien, pasando a la entrada.
Miró a su alrededor y Marinette se preguntó si estaría comparando aquello con su lujosa residencia y si pensaría que era un lugar inadecuado para que creciese su hijo, pero al mirarlo solo vio curiosidad en sus ojos.
–¿Dónde está Louis? –preguntó.
–En la cocina –respondió Marie, cerrando la puerta principal y echando a andar en esa dirección. –Estaba dándole la cena.
Adrien miró a Marinette antes de seguir a Marie hacia la parte trasera de la casa.
–Pensaba que todavía le dabas el pecho.
Ella se ruborizó.
–Sí, pero también toma zumos, cereales y otras comidas para bebés.
–Vale –murmuró él al llegar a la cocina. –Aunque cuanto más pecho tome, mejor. Aumenta su inmunidad, le hace sentirse más seguro y ayuda a crear un vínculo entre la madre y el niño.
–¿Y cómo sabes tú todo eso? –le preguntó Marinette sorprendida.
Louis estaba sentado en una hamaca de Winnie de Pooh, con el rostro y el babero cubiertos de papilla de guisantes y zanahoria, dando patadas y golpes con las manos.
Adrien no esperó a que lo invitasen para sentarse en la silla que había enfrente de la de la tía Marie y alargó la mano para acariciar la cabeza de Louis. El niño rio y Adrien sonrió.
–Muy al contrario de lo que piensa la gente –murmuró, sin molestarse en mirarla, –no me convertí en el director general de Agreste Corporation solo por nepotismo. Da la casualidad de que tengo bastantes recursos.
–Deja que lo adivine… has sacado el ordenador y has hecho una búsqueda en Internet.
–No te lo voy a decir –respondió él en tono de broma.
Luego se giró hacia la tía Marie y, señalando el puré, le preguntó:
–¿Puedo?
Ella lo miró como diciéndole que no lo creía capaz, pero contestó:
–Por favor.
Adrien tomó la minúscula cuchara de plástico con un dibujo animado en el mango y empezó a dar de comer a Louis poco a poco, despacio.
Marinette lo observó… y deseó. Deseó no haber accedido a cenar con él esa noche. Deseó no haberlo invitado a entrar y que él no hubiese querido ver a Louis antes de marcharse. Deseó que aquella escena no le pareciese tan hogareña, tan agridulce, que no le hiciese pensar en lo que podía haber sido.
Adrien estaba demasiado cómodo dando de comer a su hijo, aunque fuese vestido con traje de chaqueta. Y se le estaba dando demasiado bien, cosa que Marinette no habría esperado de un hombre que casi no había interactuado con niños.
Cuando Louis se negó a comer más, Adrien dejó la cuchara y se frotó las manos.
–Me gustaría tomarlo en brazos un momento –dijo, mirando a su hijo y luego su traje, –pero…
–No, no es buena idea –dijo Marinette, tomando un paño húmedo para limpiarle la boca y la barbilla a su hijo. –Tía Marie irá a cambiarlo y a asearlo y tal vez puedas tenerlo un rato a la vuelta, si todavía está despierto.
A Adrien no pareció gustarle mucho la idea, pero dado que la alternativa era estropear un traje muy caro, no dijo nada.
–¿Nos vamos? –le preguntó ella al ver que se ponía en pie.
Adrien asintió a regañadientes y la siguió hacia la puerta. Tenía el coche aparcado delante de la casa y la ayudó a entrar.
–¿Qué haces cuando se mancha tanto? –le preguntó una vez que ambos estuvieron dentro.
Ella se giró a mirarlo.
–¿Qué quieres decir?
–¿Cómo haces para no tomar en brazos a tu hijo?
Aquello sorprendió a Marinette. No las palabras, sino el tono, que parecía de culpabilidad. ¿Era posible que Adrien se sintiese culpable?
–Adrien –le dijo ella, sacudiendo la cabeza e intentando no sonreír. –Sé que todo esto es nuevo para ti. Sé que descubrir la existencia de Louis ha sido una sorpresa, pero no tienes por qué sentirte culpable. Es un bebé. Siempre y cuando todas sus necesidades estén cubiertas, le da igual quién le dé de comer, quién lo tenga en brazos, quién le cambie el pañal.
Adrien frunció el ceño todavía más.
–Eso no es verdad. Los niños diferencian a sus padres de una niñera, diferencian a su padre de su madre.
–De acuerdo, pero no te preocupes, que también hay muchas veces que yo no lo tomo en brazos para que no me manche. O, lo que es peor, para que no me regurgite encima.
Sin pensarlo, Marinette alargó la mano y le dio una palmadita en el muslo.
–Si vas a estar unos días aquí para pasar tiempo con él, cómprate varios vaqueros y camisetas baratas, y ve haciéndote a la idea de que se te van a manchar con frecuencia. Pero no te preocupes por lo de esta noche, yo tampoco lo he tomado en brazos esta mañana antes de ir a la reunión. Por eso es una suerte tener a tía Marie. Yo no puedo hacerlo todo sola y ella me ayuda mucho.
Adrien le agarró la mano para que no la apartase.
–Debería ser yo quien estuviese ayudándote con Louis, no tu tía, pero no te preocupes, que vamos a hablar de eso en la cena, entre otras cosas.
Marinette disfrutó de la cena. Adrien la llevó al restaurante del hostal e intentó inflarla a vino y a buñuelos de cangrejo. Dado que todavía le daba el pecho a Louis, no podía tomar vino, pero los buñuelos de cangrejo estaban deliciosos.
No obstante, en cuanto la camarera llegó con los cafés y hubieron decidido el postre, Marinette supo que su tiempo de gracia se había terminado. Adrien agarró la taza de cerámica con ambas manos y se inclinó hacia delante, haciendo que ella se pusiese tensa.
–¿Cómo fue el embarazo? –le preguntó, yendo directo al grano, como de costumbre.
–Creo que fue bastante normal –le contestó. –Teniendo en cuenta que era la primera vez que estaba embarazada y que no sabía qué era lo que debía esperar, pero no hubo complicaciones y las náuseas matutinas no fueron fuertes. A veces las náuseas se tienen también en otros momentos del día y eso hizo que abrir la panadería y trabajar doce horas al día fuese toda una aventura –añadió riendo. –Aunque no tan horrible como esperaba.
Después, Adrien quiso conocer todos los detalles del nacimiento de Louis. La fecha, la hora, cuánto había pesado, cuánto tiempo había durado el parto. Y Marinette pensó que, si ella hubiese estado en su lugar, también habría estado desesperada por saber y memorizar todos aquellos datos.
–Tenía que haber estado allí –comentó Adrien en voz baja, con la vista clavada en la mesa. Luego la miró. –Me merecía haber estado allí. Por todo.
A Marinette se le encogió el corazón y se preparó para el ataque, para que Adrien lanzase contra ella toda la ira y el resentimiento que debía de sentir… y era probable que se lo mereciese. No obstante, Adrien continuó hablando en el mismo tono.
–Por mucho que me moleste, no podemos dar marcha atrás, solo podemos seguir adelante. Así que este es el trato, Marinette.
La miró con sus ojos verdes como debía de mirar a sus rivales en los negocios y le dijo:
–Ahora que sé de la existencia de Louis, quiero formar parte de todo. Me quedaré aquí un tiempo, hasta que te acostumbres a la idea. Hasta que yo me acostumbre a ser padre y él empiece a reconocerme como tal. Pero, después, voy a querer llevármelo a casa.
Al oír aquello, Marinette se quedó inmóvil y agarró con fuerza la taza de café.
–No es una amenaza –le advirtió Adrien enseguida. –No estoy diciendo que vaya a querer llevármelo a Paris para siempre. Sinceramente, todavía no sé cómo lo vamos a hacer, pero ya hablaremos de eso después. Solo me refería a llevarlo de visita, para poder presentárselo a mi familia, para que mis padres sepa que tiene otro nieto.
Marinette pensó que Emilie estaría encantada. Otro nieto, sobre todo, otro nieto varón que pudiese llevar el apellido Agreste, pero la madre del niño era otro tema. Y la madre de Adrien solo estaría contenta con Marinette fuera de juego.
–¿Y si yo no estoy de acuerdo? Con nada.
Él arqueó una ceja.
–Entonces, supongo que me vería obligado a amenazarte, pero ¿estás segura de que es eso lo que quieres? Creo que he sido bastante comprensivo con toda esta situación, aunque ambos sepamos que tengo motivos para estar furioso al respecto.
Adrien dio un sorbo a su café e inclinó la cabeza. Parecía estar mucho más tranquilo que ella.
–Si quieres que me ponga furioso y que te amenace, también puedo hacerlo, solo tienes que decírmelo, pero si prefieres que actuemos como dos adultos maduros, decididos a crear el mejor ambiente posible para su hijo, entonces te sugiero que accedas a mis planes.
–¿Acaso tengo elección? –protestó ella, entendiendo mejor que nunca lo que significaba estar entre la espada y la pared.
Adrien sonrió de manera chulesca y confiada.
–Pudiste elegir entre contarme o no que estabas embarazada, para empezar, y decidiste no hacerlo, así que no. Ahora la pelota está en mi campo.
Continuara…
Y bien ya mi querido Adrien puso sus cartas sobre la mesa y Marinette es muy mala jugadora jajaja, y Adrien actúa así porque esta enamoradísimo de su panadera seamos consientes y ella… bueno igual, actúan igual que la serie, ciegos y tontos. Mañana publicare otro cap y espero que este haya sido de su agrado, gracias por sus mensajes y respondiendo a:
Rebecasz: amiga te deje por fuera sorry pero todavía me estoy acostumbrando a esta plataforma, y no te pongas ansiosa relájate y disfruta jajaja.
EizabethMalfoy: sip a mí también me cae muy mal Nathalie pero pronto sabrás el por qué lo hace, y con respecto a la tía en este cap te darás cuenta que es un pan como los que ella hace, y nuestro chatón ama a su cachorro.
Merline-Ainsworth: siiii así es, el no va a dejar que los prejuicios de Mari se interpongan, y si llegaste hasta aquí Adrien ya está planeando como recuperarlos, pronto vendrá la familia no te angusties
sonrais777: Adrien la ama, con respecto a tu comentario déjame decirte que si yo fuera Mari no sería nada malo, no señor jajaja
Bien hasta aquí por el día de hoy, nos leemos mañana un beso a todas
Amai
