Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi y los tomo prestados sin fines de lucro.

Haunted

Por: Hoshi no Negai
4. El peligroso perro guardián

Rin se las había arreglado para visitarlo la mayor cantidad de veces por el resto del año, pero era condenadamente difícil mantener el ritmo. Entre las tareas, proyectos, exámenes y actividades de los clubes siempre terminaba saliendo más tarde de lo que creía. Sabía que era una mala idea haberse inscrito a tres clubes diferentes cuando la gente normal sólo pertenecía a uno, pero ¿qué podía decir? Ciencias Naturales, Astronomía y Voleibol le llamaban demasiado la atención como para querer perderse alguna de las actividades que hacían. Ya sabía de antemano que al comenzar la secundaria sólo debía inscribirse en uno solo. Por mayor que fuera la tentación.

Entre sus idas y venidas, la niña no dejaba de contar ansiosamente los días que faltaban para el verano. Odiaba ir con su amigo sólo los domingos por poco más de una hora, si es que le era posible hacerlo una vez a la semana. Le pidió paciencia, le prestó libros y le enseñó a jugar a las damas como compensación, esperando que no se enojara o entristeciera mucho por dejarlo tan abandonado.

Al menos ya estaba terminando marzo, lo que sólo podía significar una cosa: pasaba a secundaria. Y como recompensa antes de empezar el próximo año escolar, se les permitía a los estudiantes dos semanas enteras de vacaciones. A la primera ya se había comprometido con sus compañeros a hacer un viaje de celebración, por lo que no podría pasarse por la casa sino hasta después de regresar la semana siguiente. Por un lado se sentía un poco mal por él, pero por el otro… ¡al fin había terminado el curso! Ella también merecía una recompensa por todo su esfuerzo, especialmente teniendo una distracción tan poderosa como lo era el espíritu de por medio.

Fue un viaje memorable, divertido y perfecto para culminar esa etapa de sus vidas. Ya los de ese periodo tenían doce años, por lo que no fue necesario que todos los representantes los acompañaran ni vigilaran en todo momento, cosa que sólo consiguió darles rienda suelta a los preadolescentes. Habían alquilado un conjunto de cabañitas en una playa en donde se quedaban hasta bien tarde hablando de cualquier cosa, contando historias, anécdotas y haciendo retos de lo más estúpidos. Rin nunca olvidaría lo horrendo que era darse un chapuzón a las once de la noche, ni tampoco el resfriado que pescó por ello.

Y eso fue precisamente de lo que le habló en su primera visita. El espíritu la había recibido como siempre, aunque Rin estaba casi segura de que había sentido un pelín de ansiedad de su parte a juzgar cómo cambiaba el peso de su cuerpo de un momento a otro haciendo rechinar la madera, y los pasos tan rápidos con los que había llegado a verla apenas puso un pie en la mansión. Aunque pensándolo bien, seguramente Rin estaba imaginando cosas. Le había prometido ir a verlo aquel día, y la criatura sabía bien que siempre cumplía sus promesas.

―Lamento haberte hecho esperar, pero mantuve mi palabra, ¿viste? ¿Cuándo te he fallado? ―sonrió satisfecha de sí misma colocando las manos en sus caderas―. Oh, el viaje fue fenomenal, nunca me había divertido tanto. Hicimos fogatas en la playa, nos quedamos hasta muy tarde, jugamos un montón de juegos y fuimos a todos los mercados y centros comerciales a varios kilómetros a la redonda. Toma, te traje esto para que veas que no me olvidé de ti.

Sacó del bolsillo de su bolso dos palillos con dangos dulces y azúcar cristalizada como decoración. Aún estaban en un paquete artesanal sin abrir y como toque personal, Rin le había puesto un bonito lazo rojo.

―No tienes idea de lo difícil que fue no comérmelos, pero resistí la tentación ―acto seguido extendió una servilleta decorada con hojas y flores y colocó su regalo en el centro―. Espero que te gusten, todos los que los probamos no podíamos parar de comerlos. Creo que mi amigo Issei compró al menos siete kilos para tenerlos almacenados hasta el próximo año, el muy exagerado... ―roló los ojos al recordar el enorme par de bolsas que Issei se había llevado casi a rastras negándose a siquiera dejar que alguien lo ayudara por miedo a que comieran su valiosa mercancía―. ¿Y tú cómo has estado? ¿Bien?

Un silencio prudente creció lo suficiente antes de que el golpe afirmativo resonara secamente. Tan bien como podría esperarse estando encerrado aquí, imaginó que querría decir en realidad.

Conversó un poco más recibiendo apenas algún par de contestaciones de su parte antes de dejarse caer en a espaldas de la misma columna en la que se apoyaba cada día. El viento suave de primavera removió su cabello suelto lo suficiente como para refrescarle la nuca. Dejó de balancear las piernas en el momento que se quitó la mochila de los hombros y la colocó en su regazo. El corazón le palpitó con mayor fuerza al pensar en lo que podía pasar si seguía adelante con lo que tenía planeado desde hacía semanas.

Ah, esos malditos zorros ―se quejó un granjero cuando Rin paseaba por el pueblo a esperas del siguiente autobús que la llevaría a casa desde el colegio. Las clases estaban por terminar y se respiraba cierta tensión entre los estudiantes que salían uno tras otro de las instalaciones y recorrían las calles hablando entre ellos, comparando apuntes y respuestas de exámenes. Rin, que no debía ir demasiado lejos, aprovechó para hacer una pequeña compra de vitaminas para plantas en la agropecuaria que estaba al lado de la parada.

La niña estaba más que acostumbrada a las quejas por los animales salvajes, por lo que la conversación de aquel par de hombres cansados y con rastros de tierra en los pantalones no tendría que haberle llamado demasiado la atención. Hasta entonces.

¿De nuevo atacaron a tus gallinas?

Por poco rompen la jaula, menos mal que el perro los ahuyentó a tiempo. Ya es la tercera vez esta semana que pasa lo mismo y me estoy comenzando a cansar. Me dan ganas de agarrar mi vieja escopeta y hacerme un par de sombreros con esos desgraciados.

Si te pillan los guardabosques te puede ir muy mal, sabes que está prohibido cazarlos.

Claro que lo sé, ¿por qué crees que estoy tan molesto? ―alzó los brazos con frustración apretando el librito guía de Cómo librarse de las plagas que amenazan su campo entre los dedos.

Si lo sigue arrugando va a tener que comprarlo, señor Yoshida ―habló entonces el dueño de la tienda detrás del mostrador. Estaba entre molesto y entretenido con la actitud del pobre hombre. El cliente soltó el libro y lo contempló ofuscado un momento antes de intentar quitarle las arrugas que había hecho. Como vio que era inútil, simplemente lo dejó frente al dueño para dar a entender que se lo llevaba.

El hombre lo pasó por el lector del código de barras, haciendo que el sonido de lectura resonara en la pequeña tienda, y recibió los 300 yenes de su cliente malhumorado.

Si quieres mi consejo personal, consíguete otro perro. Dos o tres, incluso. Se entrenan para espantar a esas alimañas y podrían servir contra los osos y jabalíes cuando éstos se deciden a bajar de la montaña.

Además de que los perros son los enemigos naturales de los kitsunes, bien te serviría intentarlo. De igual manera tu pobre sabueso ya está muy viejo como para seguir espantándolos por mucho más ―se compadeció el otro hombre con un gesto de hombros. Rin levantó la mirada de las etiquetas de las pastillas vitamínicas y los observó curiosa sobre el estante.

¿Kitsunes? No me digas que crees en esas cosas, Sakano.

Uno nunca sabe. Bien podrías probar con dejar alguna ofrenda para no ofenderlos sólo por si las dudas. Sabes lo temperamentales que son los kitsunes cuando los haces enfadar, ¿no?

Serás idiota, no voy a dejarles comida a esos zorros de mierda para que sigan viniendo como si fuera un buffet. Anda con tus cuentos de abuelas supersticiosas a otro tonto.

No son cuentos como crees ―se ofendió un poco Sakano, encarándolo más abiertamente y frunciendo levemente el entrecejo―. Las montañas están plagadas de youkais, la mayor prueba la tienes en la casa en medio del bosque ―Rin abrió los ojos como platos y sintió acelerar su pulso, expectante por lo que el señor tuviera que decir al respecto―, ¿qué otra explicación puede haber por su mala fortuna que la de un kitsune que la ha maldecido?

Pues gente idiota que se mete en una casa en mal estado ―contestó Yoshida con toda la obviedad del mundo el otro, cruzándose de brazos―. Sakano, de verdad dudo que sean kitsunes o youkais lo que hay en esa casa, y mucho menos en mi huerto. Son animales roñosos que me tienen hasta el hígado con las ganas de echar a perder todo mi trabajo. Ahora, si me disculpas ―tomó la bolsita de su compra que le ofrecía el dueño del local y se la guardó en la vieja chaqueta que cargaba puesta―, voy a hablar con el viejo Iwasaki a ver si me puede dar un par de cachorros de su próxima camada, da igual que sean mestizos. En algo tienes razón, los perros son aparentemente la mejor solución. Buenas tardes.

Muy resuelto abandonó el local justo cuando la jovencita se acercaba al dependiente para pagar por los dos frascos que había agarrado, sin dejar de ver la figura del hombre que caminaba calle abajo aún con el ceño arrugado. El otro, Sakano, también lo miraba contrariado frunciendo los labios.

Disculpe... ―lo llamó Rin con su vocecilla aguda. El semblante del señor se ablandó al encontrarse con la redonda cara infantil llena de curiosidad―. ¿Es cierto eso que dice sobre los kitsunes? ¿Cree que sea uno de ellos lo que está en la casa maldita?

Es una suposición que escuché por ahí ―alzó los hombros sin estar demasiado seguro, pero incitado por la aceptación de la niña frente a él―. Los kitsunes disfrutan hacer travesuras y meterse con la gente, sé que ganan más poder mientras más personas logren asustar, así que... ¿por qué no podría ser un kitsune?

No lo sé, Sakano, ¿de verdad crees que si fuera una criatura sobrenatural la que vive ahí arriba sería un kitsune? ―expresó el dependiente cuando le regresaba el cambio a Rin y le extendía la bolsa de plástico con su compra―. Que yo sepa los zorros mágicos gustan divertirse a costa de otros, pero en esa casa ha muerto gente varias veces. No creo que los zorros encuentren la muerte divertida, parece ser algo retorcido para su naturaleza, ¿no crees?

Bueno, si lo pones así...

Entonces... si fuera un youkai el que habita ese lugar... ¿cuál sería? ―volvió a preguntar Rin demasiado interesada como para aparentar simple curiosidad. Lo que sea que pudieran responderle sabía que le sentaría mal. La casa no tenía buena fama, y nadie en su sano juicio creería que había algo bueno habitándola. Nadie excepto ella, por supuesto.

No sabría decirte, jovencita ―Sakano se llevó un dedo a la barbilla en un gesto pensativo y mantuvo silencio por unos segundos―. Hay muchos espíritus capaces de hacer tales atrocidades, pero no se me ocurre ningún nombre... tal vez un tsuchigumo* o un ogro.

O podría ser algún tanuki* corrompido. Son como los kitsunes, pero no tan listos ―añadió el dependiente―. Si mata y horroriza a las personas ten por seguro que no puede ser nada bueno.

Nada bueno, resonó de nuevo de vuelta en el presente. Una parte de ella le decía que aquella criatura, fuera lo que fuera, no podía ser realmente nada bueno. ¡Había matado, había asustado horriblemente a mucha gente, había hecho de esa una casa inhabitable! ¡Incluso había atacado a sus amigos! Todavía no se sacudía del todo el horrible susto que la había invadido al escuchar tales gruñidos y creer que la mismísima casa se los iba a comer a todos. Pero aún así...

Aún así...

Echó una mirada alrededor como intentando adivinar dónde estaba aquel ser exactamente. Podía sentirlo acompañarla en silencio como siempre, pero ahora no podía darle una ubicación certera. Bajó de nuevo la vista hacia su mochila y la apretó.

Aunque se tratara de un espíritu malo no podía dejar de sentir curiosidad y ponerle un pero a todas las verdades sobre las cosas que había hecho. Era bueno con ella, era dócil y receptivo, no la atacaba ni repelía como había hecho con muchas otras personas. Sólo quería saber por qué. Y de ser posible, si había alguna forma de ayudarlo. Tal vez su frustración y agresividad sólo existían por estar encerrado. Tal vez si lo ayudaba a liberarse de esa casa todo se terminaría y podría marcharse en paz.

Había bondad en él pese a su mala reputación. Valía la pena intentarlo.

―Escucha... quisiera conocerte un poco mejor, así que te voy a hacer unas preguntas bastante fáciles. No preguntaré sobre cómo es que estás aquí ni qué hay con ese pergamino, así que no te preocupes, ¿de acuerdo? ―no hubo respuesta más allá del silencio habitual de la gran estancia abierta, por lo que se tomó la libertad de continuar al considerarlo como una afirmación―. ¿Eres un hombre o una mujer? Un golpe para hombre, dos para mujer.

Un golpe. Lo sabía. Desde el inicio había tenido la impresión de que era una presencia masculina y se alegraba de no verse equivocada. Veamos si acierto con alguna otra cosa.

―¿Eres un niño? ―no―. ¿Eres un adulto? ――. ¿Eres un anciano? ―no―. Entonces eres un hombre joven ―dio por sentado. El espíritu volvió a confirmarlo sólo unos segundos después. Bien, avanzamos rápido, se animó internamente―. Veamos... intentaré adivinar tu edad. ¿Eres adolescente? ―no―. ¿Tienes veinte años? ―no―. ¿Treinta? ¿Cuarenta? ¿Cincuenta? ¿Sesenta? ―ante todas esas negativas casi perezosas Rin entrecerró los ojos con recelo―. Lamento decirte esto, pero si tienes más de sesenta años no puedes ser un hombre joven sin importar lo bien que te veas.

Dos golpecitos más la sorprendieron de repente. ¿No? ¿No a qué?

―¿Dices que sigues siendo joven aunque tengas más de sesenta años? ―se extrañó poco antes de escuchar su afirmación―. ¿Me estás tomando el pelo? ―no, respondió él. No te creo, pensó inmediatamente Rin―. Está bien. Subiré la cifra y tú con un toque me dirás dónde detenerme, ¿vale? Tienes... cien años. Doscientos. Trescientos. Cuatrocientos. Quinientos. Seiscientos... ¿qué? ¿Tienes seiscientos años? ―de nuevo un golpecito afirmativo resonó en la madera. Rin vio el espacio delante de ella con desconfianza completamente segura de que aquella criatura le estaba jugando una broma―. ¿Quieres decir que tienes seiscientos años desde que moriste? ―dos golpes de negación. Ahí fue cuando el corazón le comenzó a palpitar con más prisa y pesadez. La garganta comenzó a secársele y tuvo que carraspear para aclararse la voz―. Es decir... que tienes seiscientos años... desde tu nacimiento ――. Y no estás muerto ―no.

Rin tuvo que hacerse hacia atrás algo acalorada para darse aire con la mano y tomar algo de agua de la botellita que había traído consigo. Me está tomando el pelo, aseguró convencida, es imposible que tenga seis siglos, a no ser... A no ser que no sepa o no quiera creer que está muerto. Si tan sólo pudiera preguntarle qué es lo último que recuerda fuera de esta casa quizás podría darme una pista para ayudarlo a ir al más allá y descansar en paz.

Entonces recordó a los granjeros discutiendo ofuscados sobre criaturas mitológicas malvadas y traviesas. Esa conversación la había mantenido algo distraída los primeros días de sus vacaciones de fin de curso, y ahora que regresaba a pisar ese lugar la incertidumbre volvía a hacerle mella bajo la piel.

¿Una criatura mitológica? Sólo así podría tener tanta edad... y tanto poder para lastimar a otras personas. Y para gruñir de esa manera... gruñir como un animal...

―¿De verdad no estás muerto?

No.

Su corazón latió aún más fuerte.

―¿Eres humano? ―ya sabía que escucharía dos golpes incluso antes de que estos resonaran entre las paredes de papel y madera. Tragó en seco de nuevo con la garganta rasposa, pero fue incapaz de alzar la botella para al menos remojarse los labios―. ¿Eres un youkai?

Sí.

Sus ojos se abrieron todavía más y sus dientes se apretaron para evitar el ligero temblor en su mandíbula.

―¿Eres un kitsune? ―se sorprendió bastante al escuchar una clara negativa, esta vez más rápida y fuerte como si aquello hasta le ofendiera. Bien, no creía tener que necesitarlo pero tal parecía que si lo haría. Había sido una buena idea llevárselo después de todo.

Con las manos ligeramente temblorosas abrió la cremallera del morral y extrajo el pesado y viejo volumen hasta dejarlo en su regazo. Criaturas místicas del folklore japonés, decía el título con grandes letras negras sobre un fondo amarillo por encima de una ilustración con tinta y acuarelas bastante anticuada. En ella una manada de diferentes demonios y espíritus endémicos formaban una siniestra caravana entre el humo y fantasmales lucecillas azules.

Siempre le había fascinado ese libro desde que era pequeña, aún cuando la portada le daba algo de miedo por las funestas expresiones de sus protagonistas. Se lo había leído a medias en un par de ocasiones por mera curiosidad, pero no podía recrearlo de memoria como había hecho con algunos otros textos que le llamaban más la atención.

―¿Te importa si pregunto... qué eres? ―esperó ansiosa en silencio a que la criatura golpeara el suelo dos veces de manera negativa― ¿No te importa? ―de nuevo dos toques. Quiso suspirar de alivio, pero estaba tan nerviosa que no quiso hacerlo para no ahogarse con lo seca que seguía teniendo la garganta―. De acuerdo. Entonces usaré esto.

Abrió el libro hasta dar con el glosario de temas. Las criaturas salían enumeradas en orden alfabético* y luego se los clasificaba en categorías: malignos, traviesos, guardianes, naturales y urbanos.

―Si eres un youkai deberías aparecer en este libro. Voy a nombrártelos y tú me indicarás en dónde detenerme, ¿bien? Aquí vamos... Abumi-guchi, Abura-akago, Abura-sumashi... ―esto va a ser largo, se lamentó al ver lo extenso que era el índice y la cantidad de criaturas enlistadas sólo por la primera letra.

Pasó la b, la c, y la d sin absolutamente nada que la interrumpiera. Ya en la letra e empezaba a creer que no tenía sentido lo que estaba haciendo y no sacaría ninguna respuesta concreta, pero aún así decidió no darse por vencida tan pronto. Habían decenas de nombres que faltaban por decir, lo más probable era que si no le había dado la señal tal vez sólo esperaba a que pasara las primeras letras hasta llegar a una de las últimas. Siempre y cuando no se detuviera en ninguna que cayera dentro de la categoría de los espíritus malignos, todo bien.

Llegó a la letra I con un nuevo suspiro.

―Ibaraki-oji, Ichiren-bozu, Ikiryo, Ikuchi, Inugami... ―un golpe fuerte y claro la detuvo al instante. Sorprendida y algo asustada por el repentino sonido tras escuchar solamente su voz por algunos minutos, miró a su alrededor como si esperase que la criatura se materializara para afianzar su afirmación. Bajó la vista al índice con el dedo posado sobre la palabra sólo para cerciorarse―. ¿Eres un inugami?

Ésta vez el único toque se hizo esperar un poco más. Siguió el puntero desde el nombre hasta el número de página y la cambió a toda velocidad. Estaba categorizado bajo el título de guardianes, y bajo éste aparecía la tétrica imagen de un perro shiba desnutrido con los ojos rojos, sonrisa siniestra de grandes colmillos ennegrecidos y un collar de sangre rodeándole el cuello. ¿Y esa era la imagen de un guardián? Si le decían que ese perro era quien la protegería de algún mal seguramente echaría a correr en dirección contraria.

Por razones obvias de ser una chica japonesa con gran curiosidad por los libros y la historia general, ya sabía de qué se trataba el tema del que estaba por leer. Conocía a la mayoría de las criaturas mágicas de su cultura aunque fuera de pasada, pero de todas formas quiso saber la opinión profesional de aquel libro sólo por si las dudas. Al menos los inugamis no eran seres tan maquiavélicos como para preocuparse seriamente, o no lo eran si no se tomaba en cuenta esa lúgubre ilustración.

Leyó entre dientes lo que tenía que decir al respecto, encontrando que era un texto bastante más corto de lo que esperaba.

Espíritu protector con tendencias oscuras, temperamental pero de buen carácter si es tratado con respeto. Poseen grandes poderes sobrenaturales y son capaces de tomar apariencia humana como los kitsunes si su poder se deja crecer sin control.

Un inugami es el resultado de una ceremonia en la que el dueño entierra a su perro dejándole solamente la cabeza fuera de la tierra, con un plato de comida y otro de agua a su vista pero nunca a su alcance. Al animal, a punto de morir de hambre tras varios días sin poder probar el alimento, se le corta la cabeza para después enterrarla bajo la casa de su dueño o en un terreno muy próximo en donde el amo tenga su lecho. Después de un tiempo de espera de una luna completa, tanto la cabeza como el cuerpo deben ser envueltos en un manto bendecido y dejados en un altar previamente preparado. Es entonces cuando se podrá invocar el espíritu del inugami con inciensos ceremoniales y campanillas de plata para atraerlo al mundo terrenal.

Según sea la voluntad de su amo, el inugami puede verse envuelto en actividades malignas como lo son el secuestro, la tortura o el asesinato. El inugami tiene la capacidad además de poseer cuerpos humanos a voluntad tanto suya como de su dueño ―si está mal entrenado se volverá rebelde y difícil de manejar―, causando en sus víctimas un lento descenso a la locura que se desencadenará en suicidio si la criatura no abandona el cuerpo a tiempo.

Sin embargo, si las intenciones del dueño no son de esa naturaleza, se lo puede entrenar para que sirva y proteja fervientemente a su familia, especialmente a su inumochi*, quien puede ser su invocador o un miembro de la casa al que tome especial cariño.

El inugami se quedará con su familia generación tras generación si suficientes personas forman parte de su círculo cercano y conserven su respeto. De ser sólo uno quien sea considerado como su amo, el youkai lo seguirá hasta el más allá para continuar con su labor de guardián.

¿Eso es todo? Se preguntó al voltear la página encontrando una ilustración de una criatura completamente diferente. ¿Y a esto se le llama enciclopedia del folklore japonés? Vaya fiasco.

Releyó de nuevo el par de párrafos bajo la perturbadora imagen del can fantasmagórico y esta vez sintió bastante pena por él. Tan buenos que eran los perros y la gente les hacía semejantes barbaridades sólo por superstición. De ser ella un inugami se sentiría altamente traicionada por su dueño y también buscaría vengarse.

Alzó la vista con una nueva luz de comprensión brillando en sus ojos castaños.

―¿A ti... a ti te hicieron esto? ¿Te dejaron agonizar de hambre y luego te cortaron la cabeza? No me extraña que estés enojado, si me hicieran eso a mí... ―pero fue un claro no lo que la interrumpió repentinamente. Parpadeó un par de veces con confusión sin entender bien qué quería decir con esa negativa―. ¿No? ¿No te dejaron morir de hambre y luego te cortaron la cabeza? ―no de nuevo. Esta vez tuvo que hacerse hacia atrás y torcer la cara con una mueca completamente desubicada―. Entonces... eres un inugami pero no tienes este origen tan siniestro ―dos golpes. Rin cada vez entendía menos lo que intentaba decirle y de nuevo le dijo que si realmente no podía comunicarse con ella hablando usando su voz, a lo que recibió otra negativa contundente. ¿Qué rayos es esta cosa entonces?

Revisó el libro una vez más buscando algún pie de página o notita aparte con alguna pista que revelara al menos una parte de sus dudas, pero lo único que vio fueron las descripciones de las siguientes criaturas fantásticas. Por curiosidad buscó también la información de los kitsunes y los tanukis, quienes se decía que poseían habilidades parecidas pero ni por lejos un origen tan traumático a partir de un ser vivo común y corriente.

Leyendo la segunda página sobre los kitsunes encontró algo que llamó su atención. Esas criaturas además de que podían tomar apariencia humana, tendían a casarse y formar familia con seres humanos en algunos casos. Las mujeres fantasmales de las nieves, las yuki-onna, también hacían lo mismo cuando se enamoraban de los viajeros perdidos. ¿Sería éste el caso de su amigo invisible? ¿Era el resultado de la unión de un inugami con su dueño?

Pero cuando le comentó su insinuación rápidamente la sobresaltaron dos golpes mucho más fuertes que los anteriores. Esa pregunta lo había ofendido muy claramente, podía darse cuenta. Aunque no tenía forma de saber por qué.

―Si no naciste siendo invocado del cadáver de un pobre perro ni eres el hijo de una unión con humanos... lo único que queda es que ambos padres sean inugamis.

El golpecito seco ciertamente más controlado y hasta calmado le hizo ver que estaba en lo correcto. Una parte suya se alivió de haber aclarado el asunto por el momento y no tener que seguir presionándolo al respecto. No sabía si esa extraña amabilidad podría flanquear y tornarse en algo feo por su falta de paciencia ante la curiosidad infantil. A partir de ese momento Rin se prometió tener mucho más cuidado al hacerle preguntas personales para no tentar a su suerte.

―Lamento haberte hecho molestar ―le dijo poco después tras una pausa silenciosa. La brisa volvía a soplar suavemente y sus pies se balancearon otra vez con algo más de soltura. La parte tensa ya había pasado y sus músculos podían relajarse al fin―. ¿Hay...? ¿Hay algo que pueda hacer por ti? ¿Puedo ayudarte de alguna manera? ―como el espíritu no respondía, Rin se vio en la necesidad de explicarse un poco más―. Es que no me parece justo que estés aquí si no te gusta. Quiero que puedas ser libre e ir adonde tú quieras ir, que dejes de estar solo y puedas estar en paz. Si hay algo en lo que te pueda ayudar... ―su voz se extinguió paulatinamente hasta desaparecer. Fijó la vista hacia sus pies que se movían con lentitud y suspiró algo decaída.

No se daba cuenta de lo expuesta que estaba quedando, de lo realmente vulnerable que se mostraba al ofrecerse de manera tan abierta. Era una muchachita demasiado ingenua e inocente, sus buenas intenciones no la dejaban ver el peligro de lo que hacía.

Pero él lo veía tan claro como el agua.

El inugami la contempló un instante en total silencio, aunque si llegara a hablar ni siquiera podría escucharlo. Sería muy fácil manipularla a voluntad, convertirla en una marioneta o simplemente usarla de la manera más ruin en beneficio propio. No cabía duda en que cualquier espíritu no desaprovecharía la oportunidad de jugar con un ser humano especialmente cuando estaba servido en bandeja de plata.

Sería tan fácil...

Tocó la madera con los nudillos dos veces captando su atención.

Ella no era como los otros humanos. Esos tan estúpidos, ambiciosos y presuntuosos humanos. Y él, pese a vivir bajo tales rumores que manchaban acertadamente sus manos con sangre, no era exactamente como los otros demonios. No tenía razones para hacerle daño.

O mejor dicho, no tenía razones para querer hacerle daño.

―Ya veo ―murmuró Rin hundiendo aún más la cabeza entre los hombros―. Creo que lo único que puedo hacer es hacerte compañía de vez en cuando aunque no sea la gran cosa ni resulte servirte de algo...

Dos toques. Rin alzó la cabeza hacia el espacio que creía que el inugami ocupaba detrás de ella frunciendo el entrecejo.

―¿Qué pasa? ¿Acaso te sirve de algo que te haga compañía? ―. Sus cejas se alzaron con sorpresa ante tal afirmación. ¿Le estaba haciendo un cumplido acaso o ella imaginaba cosas?―. ¿De verdad no te molesta que venga a aquí? ―no. Una sonrisa creció tímida y halagada en sus labios―. Vaya... me alegra mucho. Tú también me agradas, ¿sabes? No te preocupes, daré mi mayor esfuerzo por venir a menudo aunque comience las clases de secundaria, lo prometo. No volverás a estar solo ―le dijo muy solemne enseriando el semblante al contener el aire e hinchar el pecho.

El espíritu la vio marcharse sólo unos cuantos minutos después, con la promesa tan segura aún flotando en el aire después de su partida. Sus ojos, generalmente indiferentes o sumidos en la total amargura, se ablandaron lo suficiente como para que una nueva emoción se dejara ver. Era pequeña, casi inexistente, pero igualmente latente.

El inugami realmente quería que cumpliera sus palabras.

...

Aquella noche a diferencia de las anteriores donde no podía dejar de parlotear emocionada, Rin cenó con sus padres sumida en silencio, profundamente concentrada en sus propios pensamientos. Ante su total falta de atención a las preguntas que sus padres le lanzaban de vez en cuando, ambos intercambiaron una mirada inquisidora. Era sumamente raro ver a la niña tan distraída hasta el punto de hacer oídos sordos. La madre aprovechó cuando Rin alzaba los ojos para tomar su vaso té y tocó su mano para captar su atención. La más pequeña casi da un brinco ante el susto repentino de tener a su madre cara a cara.

―Rin, cielo, ¿estás bien?

―Ah... lo siento, mamá, me asustaste ―se espabiló ella con una sacudida de cabeza.

―Has estado demasiado ida esta noche, ¿te pasa algo?

―No, no me pasa nada. Sólo estaba pensando.

―¿Puedo saber en qué? Tiene pinta de ser algo importante si te deja tan callada ―inquirió la mujer mientras le servía más té helado en el vaso.

―Son tonterías, no te preocupes. Es que he estado leyendo un libro y hay una cosa que me dejó algunas dudas, es todo.

―¿Un libro? ―se metió entonces el hombre con renovado interés. En realidad no creía que un libro pudiera tener tal poder para dejar a su hija en estado casi catatónico, pero mientras más pudiera averiguar al respecto mejor―. ¿De qué libro se trata?

Rin lo pensó un momento antes de contestar. ¿Y si la pillaban? ¿Y si se enteraban del verdadero motivo por el que estaba tan preocupada y desanimada? Si sabían que mantenía contacto con un youkai y más en la casa maldita su madre mínimo daría el grito al cielo y su padre le daría un sermón monumental entre la seguridad por estar en un sitio en tan mal estado y una lección sobre el poder de la mente humana y la imaginación. Incluso podrían forzarla a ir con algún psicoanalista o psiquiatra si la tomaban por loca... y la tomarían por loca, ¿quién rayos en su sano juicio le creería si dijera que era amiga del inugami que habitaba en la mansión en medio del bosque? Nadie.

Pero tal vez estaba exagerando. ¿Qué motivos tendrían ellos para relacionar su curiosidad con una criatura mitológica con aquella casa? Ni siquiera tenían idea de que la visitaba y mucho menos que tenía contacto frecuente con la entidad de tan mala reputación.

Miró a su padre no muy convencida de sus propias conclusiones, pero al creer que se lo tomaba todo demasiado en serio y creaba problemas demasiado grandes en base a suposiciones poco probables, decidió darle la oportunidad. Después de todo, su papá era un experto en todo lo que se trataba de historia, y el folklore era parte de la historia aunque fueran sólo mitos y leyendas.

¿Qué podría pasar si le preguntaba?

―El libro sobre las criaturas mitológicas de Japón. Lo estuve ojeando por curiosidad y llegué a la parte de los inugamis ―le dijo intentado sonar lo más inocente posible.

―¿Y qué pasa con los inugamis? ―la alentó a continuar.

―Es que me parece muy cruel cómo trataban a los perros sólo para sacarle provecho a sus espíritus ―respondió algo ofuscada―. Dejarlos morir de hambre y luego cortarles la cabeza... ¿eso no los volvería malos y vengativos?

―Es posible, sí. Muchos de ellos se volvían incontrolables porque la gente no sabía cómo manejarlos y no podían mitigar el rencor que había quedado tras la muerte tan cruel. Cuentan relatos bastante feos sobre posesiones humanas de inugamis en venganza por sus malos tratos, incluso son capaces de maldecir clanes enteros por generaciones.

―¿Entonces por qué los llaman espíritus guardianes? Casi nunca protegen a sus familias, ¿o sí? Si están tan llenos de rencor...

―Su misión es proteger, para eso fueron generalmente sacrificados en primer lugar. Pero cuando el amo los ordena a hacer actos ruines como asesinar a otras personas o a torturarlas mediante posesiones, el espíritu se corrompe y se vuelve inestable. Si se lo trataba bien eso no tenía qué pasar.

―¿Y hay manera de... apaciguar a un inugami corrompido? ―preguntó entonces. Sabía que su amigo el youkai no era un inugami con esos orígenes, pero si compartían la especie al menos tendría que servir el mismo tipo de información, ¿no?

―Mm... la verdad es que no recuerdo si he leído algo al respecto ―el padre pensó unos instantes recapitulando todo lo que había leído sobre el tema―. Creo que una vez me topé con un par de relatos en donde un humano se volvía el inumochi de manera accidental de un inugami que no era suyo. Creo que lo que hizo fue ofrecerle comida y tratarlo con cariño y compasión, lo mismo que le había faltado al perro antes de su ejecución. Supuestamente eso los amansa y los ayuda a regresar a su estado pacífico original.

Rin abrió los ojos a su máxima capacidad. Ofrecerle comida... cariño y compasión. Eso era lo que ella había estado haciendo durante meses. Siempre que iba le daba alguna fruta, bollo o golosina. Siempre se quedaba a compartir un par de horas con él, hablándole, jugando juegos de mesa, leyéndole libros... E incluso le había preguntado con la más genuina compasión si podía ayudarlo de alguna manera.

¿Entonces ella se podía convertir en su inumochi aún sin proponérselo? ¿O acaso... ya lo había hecho?

Su expresión de espanto debía ser lo suficientemente prolongada como para llamar la atención a sus padres. El hombre rompió el tenso ambiente que la rodeaba soltando una risotada y sacudiendo la mano para llamar su atención. Su madre, en cambio, entrecerró levemente los ojos al notar la verdadera preocupación en el rostro de su hija.

―¿Por qué pones esa cara? Pensé que te alegraría ver que se los puede salvar ―dijo animadamente su papá al tomar un sorbo de su té de frutos rojos y dejar la taza de nuevo en la mesa con un golpecito sonoro.

―¿E-en serio eso es todo lo que se necesita? ―preguntó sin apenas ablandar su semblante impresionado ni levantar la cara de su plato. Podía sentir claramente el corazón en la base del cuello palpitando como si intentara salir por su boca.

―Ni idea, sólo lo he visto una vez en un libro hace tiempo, podrías buscarlo por internet si quieres. No me digas que has entablado amistad con un inugami y temes ser su nueva dueña ―hizo una mueca cómica ante la ironía y volvió a reír, aunque esta vez no muy alto. Rin le lanzó una mirada asustada llena de circunstancia que no atinó a disimular a tiempo y que por suerte, su padre no interpretó correctamente. La madre, por el otro lado, entrecerró los ojos un poco más.

―¿Sería algo muy malo? ―sonrió nerviosa para dar a ver que también se lo tomaba a juego. Oh, si tan sólo pudiera hacerlo...

―Bueno, tendrías una vida bastante complicada porque los inugamis son extremadamente celosos y sobre protectores. Te costaría encontrar marido, eso es seguro, el perro atacaría a cualquier sujeto que se te acerque con esas intenciones ―se burló él guiñándole un ojo―. Pero el lado bueno es que nunca te asaltarían y aunque vivas en el peor vecindario del mundo podrás dormir tranquila cada noche sabiendo que tu inugami hace guardia. También dicen que ser inumochi de un inugami especialmente fuerte te traerá buena fortuna a ti y a tu familia, así que tampoco sería tan malo. Nos podrías hacer ricos a todos, Rin.

Rin no supo qué contestar ante eso, porque lo cierto era que la idea la asustaba un poco. Vale, de acuerdo, la asustaba mucho. Sabía que su amigo era fuerte y peligroso ―después de todo había matado personas, ¿no? Y había echado a cualquier intruso y propietario de la casa en tiempo récord haciéndoles ganar una visita al psiquiatra como mínimo― y le daba la impresión, la ligera pero cierta impresión de que si llevaba a alguien a conocerlo lo atacaría sin importar lo mucho que ella le pidiera lo contrario. Lo había pensado desde el primer o segundo día, y aún lo mantenía.

Pero por el otro lado la sola consideración de ser su inumochi le parecía ridícula. Él mismo le había dicho que no era un inugami ordinario como los que aparecen en los libros, ambos padres habían pertenecido a esta misma especie y posiblemente tenían unos orígenes que ningún texto o página de internet tuviera documentado. ¿Quién decía que ése tipo de youkais vivieran bajo las mismas reglas de los inugamis que los humanos relataban en sus historias? Por todo lo que sabía, el concepto de estas criaturas podía estar completamente malinterpretado y todo lo que se decía de ellos era incorrecto.

Eso era posible, ¿verdad?

Miró a su padre como si le hubiera formulado la pregunta, pero él estaba muy ocupado vertiendo salsa en sus tiras de carne como para notarla. Con un suspiro mudo, la niña tomó una nueva ración de arroz entre los palillos y la dejó suspendida en el aire un momento antes de comérsela.

―Sí, supongo que no estaría tan mal ―murmuró pensativa intentando mantener el tono jovial cuando había tragado y agarraba otra cosa para picar.

―¿Por qué tanta curiosidad, hija? ―su madre preguntó entonces con un tono lleno de aparente inocencia. La chica hizo lo mejor posible para controlarse y se encogió de hombros con naturalidad.

―Por nada en especial. Sólo estaba ojeando el libro y me llamó la atención, como me gustan tanto los perros... ―mintió descaradamente. Le gustaban los perros pero ése no era el punto. La mujer le dio una mirada poco convencida pero rápidamente la disimuló con otra sonrisa ingenua.

―¿De verdad? Por un momento creí que de verdad te habías hecho dueña de un inugami y te daba miedo no tener idea de qué hacer.

Rin se mordió discretamente el labio inferior y rogó a todos los dioses para que sus latidos no la delataran. Le devolvió el mismo gesto inocente y casi infantil a su progenitora cruzando los dedos mentalmente para que se lo creyera.

―Espero que no estés pensando en traer a casa un perro, Rin ―la reprendió esta vez con más seriedad tomándola totalmente desprevenida―. Has traído gatos, mapaches, pájaros, zorros... ¡y dos cuervos! No, señor, no volverás a traer ningún bicho a la casa y ninguna excusa de inugami o inumochi te va a salvar si te apareces con alguno más.

La niña abrió los ojos de par en par procesando lentamente lo que quería decir su madre y optó por hacerle creer que la había pillado. Eso era mil veces mejor que hacerle saber que mantenía una extraña relación amistosa con un ser sobrenatural del que ya tenía pruebas de su existencia.

―Pero mamá...

―¡Pero mamá nada! ―la interrumpió ella apuntándola amenazadoramente con los palillos. La expresión dulce e inocente se había esfumado para darle paso al terror en el que podía convertirse cuando se enfadaba. El marido, sentado a su lado, se reía entre dientes por la explosiva reacción, pero se mantenía lo suficientemente sereno como para que no lo notara―. Todavía no supero los condenados cuervos, ¡aún regresan y me picotean las verduras cuando les da la gana! Si se te ocurre traer a esta casa otro animal, aunque sea uno fantástico que haga trucos, te proteja o de buena fortuna, juro que te haré dormir en el cobertizo a ti ―resopló sonoramente ensanchando las aletas de la nariz. Rin se inclinó hacia atrás intimidada y mordiéndose los labios entre un gesto de verdadero miedo y una risa nerviosa.

―Pero los cuervos son simpáticos... incluso les enseñé a hablar ―murmuró bajito para defenderse.

―Sí, ¡qué bonito! Siempre me miran cuando estoy en el huerto trabajando, ¿tienes idea de lo terrorífico que es escucharlos saludarme con esas voces tan graves que tienen? ¡Me tienen los nervios destrozados los condenados cuervos!

―Estoy seguro que Rin no traerá nada que ocasione problemas, cariño ―intercedió el hombre en defensa de Rin que se encogía sobre su cojín cual perrito regañado. A él de hecho le encantaban los cuervos de su hija y era el primero en alimentarlos con nueces cuando los veía llegar. Incluso los había llamado Edgar y Allan respectivamente, y a menudo decía que faltaba un tercero para llamarlo Poe. A su esposa no le hacía ninguna gracia―. Rin, no olvides que en cuanto termines de comer es tu turno de lavar los platos, ¿de acuerdo?

Ella asintió con movimientos pequeños y veloces, apresurándose a retirar cuanto plato estuviera a su alcance para escapar lo más rápido posible. Una vez en la cocina, donde la conversación de sus padres sonaba amortiguada desde el comedor, se dio la libertad de soltar un suspiro prolongado mientras se agarraba la blusa con el puño bien apretado.

Eso había estado demasiado cerca.

Pegó la espalda de la puerta de la nevera y sus rodillas se doblaron amenazando hacerla resbalarse en la superficie. Todo le parecía demasiado irreal y no sabía cómo tomárselo. En primer lugar... ¿desde cuándo las criaturas mitológicas eran reales? Eran mitológicas por algo, ¿no? Sólo aparecían en las historias folklóricas y los cuentos para niños, no tenía sentido que existieran. Y mucho menos que la gente las tomara tan en serio. Sólo eran supersticiones como los fantasmas, los monstruos y quizás hasta los aliens.

No, pero al menos lo de los aliens es posible, el universo es inmenso y no podemos ser los únicos en él. Lo de los youkais por otra parte...

Llevó una mano a su frente y soltó un suspiro tan hondo que los pulmones se le vaciaron por completo.

Tanto tiempo visitando la casa maldita, tantas horas invertidas en compañía de esa cosa, tanta cantidad de regalos que le había hecho... y ahora estaba escéptica. Se comunicaba con él, le leía, había limpiado un poco las áreas que solía frecuentar, le hacía preguntas que él contestaba...

Rayos, no podía darle orden a sus pensamientos.

Un inugami, ¿eh? Y puedo ser su inumochi si es que se los gana con comida... Al menos no hay peligro de que me siga ni interfiera con mi vida, ni siquiera puede salir de esa casa.

Aunque había de ser sincera: pudiera seguirla o no, ya estaba interfiriendo con su vida enormemente, y no sabía hasta qué punto podría llegar toda la situación.

Incluso seguía debatiéndose mentalmente horas después, ya acostada en la cama viendo hacia el techo. Sus manos se entrelazaban en su pecho y su vista estaba tan fija que apenas parpadeaba.

Si dejo de visitar la casa lo tomaría como una traición, ¿verdad? Podría intentar vengarse de alguna manera. Aunque no puede ni siquiera salir de ahí... ¿y si me está mintiendo? ¿Y si intenta manipularme? ¿Pero de qué le podría servir manipular a alguien como yo? Tampoco es que sea alguien importante o siquiera imponente, soy una niña de doce años, si fuera un tipo grande con alguna clase de poder... como un político o un banquero, o un rey, alguien con mucha plata... ¡o qué se yo!

¿Pero qué rayos le importaría el poder económico a un inugami?

¿Y qué rayos podría importarle una niña?

¿Por qué quiere que siga yendo en realidad? ¿Es porque está solo o intenta hacerme algo? ¿Y si ya me hizo algo? ¿Y si me está poseyendo?

Se dio la vuelta bruscamente y tapó el rostro con las sábanas. ¿Se estaba volviendo loca o era un efecto de la posesión demoníaca?

Qué cosas más espantosas pienso, se horrorizó resoplando tras unos minutos bajo el sofocante calor de sus sábanas. Sacó la cabeza para respirar algo del aire fresco que entraba por la ventana y revolvió los cabellos desordenados de su flequillo.

Quizás era hora de parar. Tal vez debería contar la verdad, o al menos dejar de mentir tan frecuentemente. Debería dejarlo en paz para evitarse problemas a futuro.

Aunque... maldición, odio darle tantas vueltas al asunto. De haberle querido hacer algo lo habría llevado a cabo desde un principio, ¿no? Sabía que tenía la capacidad de herir y matar a voluntad según dictaba la sangrienta historia de ese lugar, y sin embargo, lo más que la maltrataba era dándole una paliza en los juegos de mesa. Eso no era algo letal.

Para ella, él no era letal.

Sólo estaba aburrido. Y solo, muy, muy solo.

Tal vez... no pase nada si sigo siendo su amiga. No ha pasado nada hasta ahora, ¿por qué debería pasar algo después? Porque Rin tampoco pensaba traicionarlo y exhibirlo como la octava maravilla del mundo. Además... le había hecho una promesa, y no era del tipo de personas que rompen sus promesas.

Ya era muy tarde para retractarse.

Se fue a dormir un par de horas después con los mismos pensamientos repetitivos en mente hasta que ya no pudo más. Estaba en un callejón sin salida.

Fuera lo que fuera a suceder, ya no podría evitarlo. Sólo podía seguir el mismo curso que había decidido tomar meses atrás desde el momento que puso un pie en esa casa por primera vez.

Y en realidad Rin no tenía ni la más remota idea de que, en efecto, la suerte ya estaba echada.

Y nada de lo que hiciera de ahora en adelante podría cambiarla.

...

GLOSARIO

...

*Tsuchigumo: Demonio araña que puede cambiar de apariencia como los kitsunes. Es una criatura maligna que disfruta tejer mentiras para atraer a las personas y causarles la muerte. En el anime/manga de Inuyasha, un tsuchigumo es el demonio principal que posee a Onigumo, dándole así creación a Naraku.

*Tanuki: Lo mismo que un kitsune pero con un mapache. En el anime/manga, Hachi es un tanuki amigo de Miroku que aparece de vez en cuando en la historia.

*Orden alfabético: Sí, sé que en la escritura japonesa no utilizan el abecedario occidental y es imposible que los temas estén ordenados de la A a la Z. Obviamente cuentan con otro método para organizar sus índices, pero honestamente no manejo el japonés y no sabría cómo hacerlo para este fic. Por cuestiones de comodidad y para no hacernos líos, finjamos un segundo que Rin tenía ese libro en español xD

*Inumochi: Humano al que el inugami protege con más ahínco, una persona que se ha ganado el respeto y el cariño del espíritu ofreciéndole comida y compasión. Ravyn Skye, una escritora de esta página, maneja la teoría de que Rin se convirtió en la inumochi accidental de Sesshomaru al cuidarlo e intentar alimentarlo cuando él estaba herido, y es esa la razón por la que Sesshomaru la protege en todo momento. Ravyn también dice que, según el folklore japonés, no es tan raro que un inugami se enamore de su inumochi, razón por la cual le imposibilita encontrar pareja ni formar una familia con otro ser humano. Pueden ser especulaciones de ella o probablemente maneja mejor información que yo (habla japonés), pues por más que busqué en internet no encontré nada que respaldara esta teoría. Sin embargo, me gustó y quiero considerarla canónica para darle puntos de posibilidad a la relación SesshRin xD

Si a alguien le interesa saber más al respecto, tengo a Ravyn Skye entre mis autores favoritos, pero advierto que sólo escribe en inglés.

*Sistema escolar japonés: A diferencia de nosotros que tenemos clases iniciando en Septiembre y terminando en Julio (o junio) marcando un año escolar, los japoneses inician clases el primero de abril hasta marzo, pasando por vacaciones de verano en agosto y de invierno en diciembre/enero. Me parece que en el capítulo anterior comenté que había cuatrimestres. Me disculpo, son trimestres. Lo pongo como nota extra por si a alguien le confunde que Rin termine primaria en marzo.

...

REVIEWS | REVIEWS | REVIEWS | REVIEWS | REVIEWS

...

¡Buenas, gente bella de esta página! Aquí les dejo este nuevo capítulo, que aunque haya sido corto, tiene tela de la que cortar. Nos enteramos que el señor invisible es un inugami (¡qué sorpresa! xD) y vemos que Rin puede o no puede ser su inumochi. Hm... ¿será? Quizás sean las intenciones de este fic... o quizás no *música de misterio de los Expedientes X*

Miles de millones de gracias, abrazos y postres a los guapísimos que comentaron en el capítulo pasado y a todos los demás que dejan en favoritos, alertas o leen como ninjas y se van sin dejar rastro. Los amo a todos por igual. Gracias en especial a Mariacelestesoloaga, Floresamaabc, HasuLees, Sesshxrin, ByaHisaFan, Yasuk0-sama, Hanami, Aoi Moss, Leiitakhr, Suaries, Lau Cullen Swan, MisteryWitch, Melinna Sesshy, Elenita-Ele-Chan, Ayane Evans, BeautifulButterflyPink, Sotam, Lizzie, Alexarey, Laura, Ginny chan, Abigz, Gima2618, Serena Tsukino Chiba, Rosedrama y FlowerBloom. Santo Arceus, 94 reviews en sólo tres capítulos... ¿He dicho lo mucho que los amo? No creo que lo diga mucho, pero aquí va de nuevo: Los amo. Tomen unicornios, perritos, tortas y helados. Así de mucho los quiero xD

Me voy yendo ya que hay que madrugar para ir al trabajo y ya es medianoche, pero no me aguanté a dejarles la actualización a ver si le animo el lunes a alguno.

Nos veremos pronto con un capítulo especial... ¿por qué especial? Porque será desde la perspectiva de nuestro misterioso señor invisible. ¿Será que sabremos su nombre? (Podría ser Myrtle la Llorona versión perro, tranquilos que existe esa posibilidad) ¿Sabremos por qué es bueno con Rin? ¿Y por qué estará encerrado en esa casa? Son misterios que *posiblemente* se resuelvan en el quinto capítulo :D

¡Hasta la próxima semana y gracias por leer!