Hola nuevamente mis amados lectores. Como ya saben, la U consume energía y tiempo y esta semana se me viene muy pesada, así que dudo que pueda volver a actualizar, por lo menos hasta el 26 de Octubre no podré retomar mis fics, pero descuiden. De todos modos, les dejaré un regalito por Halloween en mi página de Facebook.
En fin, contra viento y marea LOGRÉ subir este capítulo, así que espero les guste.
Y sin más que decir… ¡Disfruten!
03- ¿Amigos o compañeros?
Segundo día en el infierno, al menos desde su perturbada perspectiva. Se encontraba en el gimnasio del internado, rodeado del resto de sus compañeros, pero se hallaba en un aire ausente cuyo único punto de enfoque eran los detalles de sus zapatillas deportivas.
El día anterior había sido un completo desastre, pues además de haber sido humillado cientos de veces a través de la argumentación y el sarcasmo, ya había sido tachado implícitamente como la oveja negra del grupo. No era necesario que se lo dijeran, él lo veía claro como el agua en los ojos de sus compañeros y maestros. A pesar de que la imagen que proyectaba a los demás era lo de menos para él, sentía a leguas los reproches reprimidos y las burlas ocultas. Con excepción de Yugi, quien, de momento junto con ser su compañero de cuarto, era el único que no se le acercaba con una mirada de reproche a su actitud execrable, mas eso no le convertía en su camarada. Peor aún, significó para el menor convertirse en una especie de objeto de desahogo para el egipcio, puesto que, si le gritaba, insultaba e incluso empujaba, este nunca se lo devolvería de la misma forma. A lo mucho, un comentario con sarcasmo o una queja en vano, pero eso era tolerable a la perspectiva de Atem.
Y aquel segundo día, Yugi le dijo al despertar que no vistiera su uniforme y que, en su lugar, usara una tenida deportiva común. Afortunadamente, el mayor cargaba con una en su mochila. ¿El motivo para vestir así? Debía esperar para verlo él mismo.
Ahora, de pie, miró a su compañero de habitación, quien parloteaba con expresión alegre con aquella chiquilla apodada Becky. Anzu y Mai hablaban entre sí sobre temas triviales y Seto Kaiba yacía en una postura que reflejaba su indiferencia y desprecio a millas de distancia. Atem no podía quejarse, ya que su propia actitud no distaba demasiado de la que manifestaba el castaño.
- ¡Buenos días a todos!
Dos voces masculinas a coro saludaron con entusiasmo a los jóvenes guerreros, los cuales voltearon a ver en la dirección de dónde provinieron aquellas voces. Atem hizo lo mismo y se encontró con dos chicos de aproximadamente 16 o 17 años, ambos de sexo masculino y de rasgos peculiares. El primero era de tez apenas algo bronceada y ojos castaños, cuyo cabello, que compartía el mismo color que los ojos, estaba peinado en una especie de extraño copete. El segundo muchacho era de piel clara y orbes rasgados, remarcados y de tono verdes intenso, su cabello era negro y estaba recogido en una larga y alta coleta con algunos mechones cubriendo los lados de su cara. Ambos jóvenes iban vestidos con trajes deportivos azul marino.
- ¡Hola Otogi! ¡Hola Honda! – los saludó Mai por sus apellidos.
- ¡Buenos días! – saludaron los demás, excepto Atem, quien se limitó a escudriñar a los recién llegados.
- Por lo que Ishizu-san nos dijo, ayer llegó un nuevo integrante – habló Otogi primero – ¿Dónde está?
- No preguntes Otogi – le respondió Honda mientras señalaba a Atem – Al parecer ya lo encontré.
El de ojos esmeralda sonrió de lado y caminó con cierto recelo hacia el apuntado por su colega y le dio una rápida ojeada de pies a cabeza.
- Así que tú eres Atem Aranki – asumió – Bienvenido al grupo de guerreros terrenales. Mi nombre es Otogi Ryuji, mi compañero es Honda Hiroto y somos los preparadores físicos de los senshi.
- Gracias por la introducción – se mofó Atem – ¿Algo más que deba saber?
- Carácter rudo ¿eh? – observó Otogi – Pues veamos si tus habilidades físicas le pueden ganar a tu nivel de sarcasmo.
Dicho esto, se alejó unos pasos del egipcio y se colocó en una postura de ataque; las piernas separadas una atrás de la otra, un brazo adelante del otro y las manos empuñadas.
- Cuando quieras – provocó al egipcio.
Atem sonrió de medio lado, burlándose internamente de la ingenuidad del azabache. Podía apostar a que no sabía siquiera que acababa de desafiar a un experto en artes marciales. Fue hacia él rápidamente y lanzó un golpe hacia su rostro, acción que el contrario bloqueó con su antebrazo para luego atacar del mismo modo, pero dirigiendo el golpe hacia el estómago del guerrero en formación. El egipcio dio media vuelta, causando que el puño del de ojos verdosos pasara por su costado. Hecho esto, lo cogió del brazo y de un solo movimiento lo tumbó en el suelo, arrancándole un quejido. Sonrió ante su sencillo triunfo conseguido… o al menos lo hizo por contados segundos.
- ¡Atento! – soltó Otogi en un grito para despistar al tricolor.
- ¿Qué? – se confundió Atem sin entender, antes de sentir como el azabache lo sujetaba del brazo derecho y lo hacía caer hacia delante de bruces, provocando que por poco se golpeara la cara contra la dura superficie del suelo. Además, le torció el brazo apoyándolo sobre su espalda, realizando una llave para inmovilizarlo.
- Habrá que trabajar tus reflejos y tu concentración – se mofó Otogi a la vez que realizaba estas observaciones con expresión arrogante – Aunque debo admitir que tienes una fuerza envidiable.
- ¡Tsk! – Atem chasqueó la lengua en señal de fastidio.
- 4/10, nada mal para un novato – agregó Honda a lo anteriormente dicho por su colega – Aunque al parecer, tu exceso de confianza te hizo mal tercio esta vez.
- ¡Cállate y dile a tu novio que me suelte! – amenazó Atem mientras al mismo tiempo se burlaba.
- Y de paso, lengua de serpiente venenosa – comentó Otogi sin cambiar su humor cuestionable. Soltó al egipcio, quien se incorporó rápidamente, apartándose de ambos chicos, acercándose con disgusto hacia sus demás compañeros.
- No lo hiciste mal para ser tu primer intento – intentó alentarlo Yugi.
- Cierra la boca, enano – la mala actitud de Atem al responder hizo que el menor retrocediera un paso y desviara la mirada a otro lado, herido emocionalmente en una pequeña fracción.
- Bueno, luego de este teatro de mala muerte – habló Otogi nuevamente a los demás – Pasaremos a lo importante. Así que ya saben, las chicas vayan a entrenar con Honda-kun y yo me quedaré a entrenar a los chicos.
- ¿Por qué siempre insistes en que el chico con copete de cono sea quien nos prepare? – inquirió Mai con fingido desagrado.
- ¡Oye! – se quejó la víctima de la burla.
- Porque quiero ver una efectiva preparación física y no chicas babeando por mi irresistible físico – se halagó el chico de ojos esmeralda a si mismo mientras jugaba coqueto con uno de sus oscuros mechones de cabello.
- ¡Vaya ego que tienes Otogi! – exclamó Mai – Pero que no se te olvide que no todas las chicas estamos ciegas.
Su comentario arrancó sus propias carcajadas junto con las de Rebecca y Anzu.
- ¡Muy bien, muy bien! – les bajó los humos el afectado por lo dicho anteriormente, mientras hacia un gesto de "Alto" con sus manos – Buen chiste Mai, pero eso no cambiará nada – chasqueó los dedos – Vayan con Honda-kun y los chicos síganme a mí.
Aun aminorando las risas, las chicas se fueron con Otogi a un lado de la extensa cancha del gimnasio y los hombres se fueron con el otro entrenador físico al otro lado del extenso espacio cerrado. Cada grupo estaba ocupando de forma casi exacta la mitad del espacio de la cancha del gimnasio. Una vez establecidos en sus respectivos espacios, ambos preparadores físicos les instruyeron realizar un calentamiento de 20 minutos que incluía trote y estiramiento del cuerpo. A ello, le siguió la rutina de entrenamiento que consistía en ataque y defensa personal de distintos tipos de pelea cuerpo a cuerpo. Ataques, contrataques, bloqueos, movimientos sorpresa, llaves de manos y pies, defensa, puntos débiles del cuerpo, etc. Todo era vigilado bajo el estricto rigor de Otogi y Honda, quienes mantenían una postura y actitud propias de un entrenador militar. Estrictos, hasta que reflejaban su amabilidad al corregir un movimiento o una postura. A intervalos, combatían del mismo modo con los estudiantes o lo hacían enfrentarse unos a otros a modo de obligarlos a corregir sus errores, mejorar y superar sus debilidades y conservar en constante mejora sus fortalezas.
Aun con la gran concentración que conllevaba ese entrenamiento físico para combatir adecuadamente cuerpo a cuerpo y no salir perdiendo, Atem comenzó a fijarse en algunos sutiles y valiosos detalles acerca de sus compañeros mientras estos entrenaban arduamente hasta tener la piel perlada en sudor. Primero, partió con aquellos de engañosa apariencia. Yugi y Rebecca tenían la desventaja en atacar directamente a los puntos situados en los hombros y en la cara, pero su estatura les facilitaba bloquear ataques adversarios y golpear en aquellas zonas situadas a los costados y las piernas. No poseían una gran fuerza de titán, pero reconocían muy bien en que puntos debían acometer para neutralizar a un rival. A diferencia de ellos, en el caso de Seto Kaiba y Mai Kujaku, su altura y mirada aguda les permitía no solo reconocer esos puntos, también podían utilizar una gran fuerza física y brutal para derribar y aplastar a un enemigo en tan solo cosa de segundos. Aunque, a la hora de ser ellos quienes debían esquivar los ataques enemigos, solían hallar en ese punto el temido Talón de Aquiles. Debía reconocer eso sí que los reflejos de Kaiba aparentaban una mayor agudeza que los de Mai, pero ambos a nivel de combate iban a la par.
Por último, Anzu Mazaki, la chica de cabello castaño era de un nivel intermedio. Ni el ataque o la defensa ni los reflejos parecían ser su especialidad. En ocasiones los aplicaba muy bien, moviendo adecuadamente su bien contornado y elástico cuerpo que parecía propio de una bailarina o una gimnasta, pero en ocasiones su falta de reconocimiento de los puntos débiles propios y del oponente, la arrastraban al rotundo fracaso. Parecía que la danza y los movimientos elásticos iban más acordes a ella que las peleas. No era algo malo, al parecer a alguien aún le quedaba algo de sensibilidad y que no era Yugi.
"Espero que al menos exista una forma de que pueda defenderse o atacar para protegerse ella misma" pensó con algo de consternación.
Y tan pronto como aquella idea y emoción golpearon su mente, sintió deseos de abofetearse él mismo.
¡¿Pero qué carajos le pasaba?! ¿Acaso se estaba preocupando por uno de ellos? ¡Por favor! Eso era ridículo. Era imposible que siquiera uno de ellos llegase a ser su camarada. Ninguno le agradaba y nunca le agradaría y punto. No podía dejarse dominar por sus emociones ni tornarse sentimental. Después de todo, esto era solo una especie de breve instancia en el infierno y cuando todo acabara saldría de allí. Ya fuese como persona o como cadáver.
Con esa malsana idea en su mente, forzosamente instalada, frunció el ceño y retomó la absoluta concentración en el entrenamiento corporal.
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El día se podría resumir como monótono y repetitivo. Luego del entrenamiento arduo en la mañana, se les autorizó a todos a tomar un merecido receso, darse una ducha y luego ir a almorzar algo ligero a la cafetería. Una vez que ese descanso terminó, retomaron el persistente entrenamiento una vez más, sin pausas que duraran más allá de los cinco minutos. De este modo, al caer el atardecer invocando al oscurecimiento del cielo, no hubo guerrero que no se sintiera al borde del derrumbe por el agotamiento, con la piel elevada de temperatura y la respiración a duras penas. Otogi y Honda dieron por finalizada aquella exhaustiva jornada y les permitieron a sus aprendices retirarse al reposo absoluto. Estos se retiraron lentamente para nuevamente ducharse y al acabar cada uno con sus necesidades individuales, se retiraron uno por uno a sus respectivas habitaciones, para caer dormidos profundamente en cosa de minutos.
Con el paso de la madrugada, el silencio reinó por completo en aquel refugio bajo apariencia de edificio escolar superior a los ojos externos. O al menos lo fue hasta que se escuchó el ruido sutil de dos suelas arrastrándose de modo sigiloso por el pasillo de los dormitorios de los senshi. La persona que ocasionaba aquel sonido se detuvo frente a la puerta de una de las habitaciones y apoyándose de cuclillas, acercó su mano a la parte de debajo de la puerta y a través de la pequeña rendija, hizo rodar una diminuta canica hacia el interior. El objeto esférico avanzó hasta chocar con una de las patas delanteras de la cama de uno de los individuos que se hallaba durmiendo allí. El joven senshi apretó los ojos y los puños levemente antes de despertar paulatinamente. Miró con ojos cansinos a su alrededor y al enfocarse en el suelo, reconoció el pequeño objeto causante de su despertar fue captado por su mirada. Sonrió al reconocer el implícito mensaje que traía aquella canica.
Cuidando no hacer el más mínimo ruido, se levantó de su cama, se calzó sus zapatillas blancas con detalles negros y se dirigió a la puerta, de puntillas. Deslizó la manilla con cuidado y abrió despacio, encontrándose con su ya conocida visitante.
- ¿No puedes dormir? – le preguntó algo adormilado.
- Sí – respondió ella – Siento haberte despertado, Yugi.
- Descuida, no hay problema Rebecca – dijo el tricolor mientras aún restregaba su ojo izquierdo.
- ¿Vamos? – preguntó ella mientras le enseñaba una cobija de color celeste que llevaba en las manos. El chico asintió, entusiasta, con la cabeza y saliendo de la habitación, se dirigió al sitio que ambos habían establecido como su "lugar secreto nocturno", seguido de la chica rubia.
Atentos a que las rondas nocturnas de Otogi y Marik no los fuesen a descubrir in fraganti, ambos avanzaron por los pisos de la edificación hasta llegar a los escalones más largos que los conducían directamente a la azotea. Subiéndolos con lentitud para no hacer ruido, llegaron a su destino: el exterior de la parte superior del instituto. El frío de la noche era menos pesado que de costumbre y el cielo azul marino despejado relucía su mejor vestido de estrellas. A la distancia, aunque no en demasía, las luces de la ciudad se podían apreciar.
- Es una hermosa noche – susurró Rebecca. Yugi sonrió, compartiendo su pensamiento.
Ambos se acercaron a una de las paredes hechas de cercado con alambre simple y se sentaron en el suelo, apoyando la espalda contra la fría superficie espaciada de la cerca. La rubia extendió la manta y la usó para cubrirse ella misma y a su acompañante, quien apoyó una mano en el hombro de ella debajo de la cobija. El calor y la mutua compañía los hizo relajarse lentamente.
- No hace tanto frío esta vez – opinó Yugi.
- Supongo que tienes razón – apoyó Rebecca con la mirada perdida al frente y vaga sonrisa.
- ¿Por qué no podías dormir esta vez? – preguntó el adolescente, al igual que lo hacía cada noche que era ella la causa de aquellas reuniones nocturnas.
- Otra vez – murmuró ella bajando la mirada – La pesadilla volvió.
- ¿Lo viste otra vez? – la voz de Yugi delató su consternación por el estado de la joven guerrera.
- Lo escuché gritar mi nombre esta vez – respondió Rebecca sacudiendo la cabeza a modo de no desear aquello.
Yugi la miró con tristeza dibujada en sus luceros amatistas. Con su mano aún apoyada en el hombro de la menor, le dio un ligero apretón a modo de consuelo y luego lo acarició de forma suave.
- ¿No es absurdo que suela repetirse el mismo sueño en mi cabeza todas las noches? – inquirió ella con frustración.
- Si sucede así, es porque no es un sueño, Rebecca – corrigió el tricolor – Es un recuerdo.
La chica se tensó ante la cruda veracidad de esas palabras. No podía negarlo. Era un recuerdo que llevaba años reprimiendo día a día, pero que salía a flote en su inconsciencia, perturbando con deleite sus sueños, cuando ya no tenía el control del asunto.
- Lo siento – se disculpó Yugi al notar el ceño fruncido de la menor – No debí…
- No te disculpes – le cortó ella rápidamente – Estás diciéndome la verdad, no ofendiéndome.
El joven agachó la cabeza con expresión afligida. Sintió culpa por haber tocado un hilo sensible para la rubia. En especial si consideraba que ella odiaba recordar eso de forma consciente.
- Entiendo cómo te sientes – habló en un susurro – Sé lo que se siente ver a la muerte en tus sueños…
El asombro desplazó a la incomodidad frustrada en el rostro de Rebecca al escuchar aquella frase huir lentamente de los labios de su acompañante.
- ¿Acaso tú…? – no se atrevió a formular por completo su pregunta. ¡Maldición! Era muy delicado todo el tema.
- A mi madre – respondió este, apenas audible era su voz – Antes de llegar a este lugar, solía verla irse en mis sueños.
- No tenías por qué decírmelo – dijo la chica de orbes verdemar buscando la mirada violeta de su compañero – Sé que debe ser doloroso y recordarlo no…
- Quería contártelo, aunque no en detalles – se sinceró el tricolor correspondiendo a las acciones de Rebecca. Ambas miradas chocaron sin violencia – Es difícil para mí también y tú eres la única persona a quien podría contárselo.
- ¿Por qué yo? – la menor hizo un mohín de confusión mientras luchaba por no evidenciar el sonrojo en sus mejillas que amenazaba con delatar sus sentimientos.
- Porque eres la única que lo comprendería realmente… y no solo porque hayas pasado por algo similar.
Enmudeció. No supo como responder a aquella muestra de confianza. Sus ojos temblaron tenuemente. Aunque a la perspectiva ajena al ambiente, parecía un simple intercambio de detalles del otro, para ellos era una confirmación de la confianza mutua que habían forjado desde su encuentro en aquel refugio disfrazado de preparatoria.
- ¿Confías en mí? – preguntó sintiéndose estúpida por sus palabras ¡Era tan obvia la respuesta!
- Confío en ti – respondió Yugi con expresión segura – Más de lo que puedo confiar en alguien más de este lugar.
Pero… ella necesitaba oírlo escapar de la boca de él para sentirse segura al respecto. Bajó la cabeza levemente y sonrió ampliamente mientras evidenciaba su calma cerrando los ojos.
- Gracias – murmuró con dulzura.
Aunque ella no lo vio, el tricolor también había sonreído para ella. Apoyó su suave y masculina mano en la cabellera rubia de Rebecca, dándole una caricia que la hizo verlo a los ojos.
- Lo extrañas – musitó con suavidad, pero eso no evitó que la afirmación reabriera en algún rasguño la herida ocasionada por aquella pérdida en el corazón de la menor.
- Era la única familia que me quedaba – respondió ella y su sonrisa se desvaneció en el acto. Sin embargo, los labios de Yugi posados en su frente en forma de beso, le regresaron la calidez a su corazón.
- ¿Hay algo… que te guste recordar de él? – le preguntó el joven y ante la expresión de confusión de su amiga, prosiguió a explicarse – Mi abuelo solía decirme que, para superar la pérdida de un ser querido, ayuda el recordar las cosas de ese alguien, que te hagan sonreír.
Rebecca se tornó pensativa y llevando una mano empuñada a sus labios, apoyando su dorso en su boca, pensando muy detenidamente al respecto, intentando evocar en su mente alguna instancia alegre o aspecto de su abuelo que pudiese recordar sin llegar a soltar el llanto.
- Cuando era más pequeña – comenzó a relatar – Solía pasar mucho tiempo con mi abuelo. Mis padres siempre estaban ocupados todo el tiempo en el trabajo. Incluso hasta que murieron en un accidente – la tristeza le rompió la voz, así que respiró hondo antes de seguir – En fin, mi abuelo se quedó conmigo al morir mis padres. Él también trabajaba mucho en su labor de arqueólogo, pero se daba sus momentos para estar conmigo, educarme y jugar.
- ¿Tenía algún juego en especial que te gustara? – inquirió Yugi tamborileando suavemente el suelo con la planta de sus pies.
- Había uno que él mismo inventó – respondió Rebecca mientras sus ojos se aguaban un poco – Cuando el cielo estaba estrellado, solía inventar sus propias constelaciones con las estrellas que él quería… lo hacíamos todo el tiempo antes de irme a dormir.
Yugi notó que los ojos y la voz de la rubia evidenciaban el llanto aproximarse, pero él no lo iba a permitir.
- ¿Aún recuerdas cómo jugar a eso? – le preguntó con curiosidad traviesa, propia de un infante.
- Por supuesto – contestó ella.
- Enséñame a jugar eso – le pidió el tricolor gentilmente. La muchacha lo miró con sorpresa, pero de inmediato le sonrió, borrando así la expresión de tristeza de su bello rostro.
- Primero, debes buscar la estrella que más te guste – explicó Rebecca apuntando hacia el cielo cubierto por un hermoso velo de brillosos luceros – Luego, debes trazar una línea imaginaria en la dirección que tú quieras – ella lo hizo en sentido diagonal – detén el trazo de la línea en la estrella que tú desees y luego repite la misma acción – ella no dejó de seguir el hilo de sus propias instrucciones, hasta que dibujó en el cielo, con líneas rectas, la cabeza de un gatito – Puedes detenerte cuando completes la figura o cuando tú quieras ¿Comprendes?
- Creo que sí – afirmó Yugi terminando de procesar el listado de instrucciones dado por la chica de gemas verdemar – Déjame intentarlo.
Posó su dedo índice en una estrella que apenas tintineaba y trazando las líneas siguiendo lo mejor posible las instrucciones dadas anteriormente, consiguió dibujar una carita sonriente.
- ¿Así? – preguntó al terminar su constelación.
- Una carita feliz – adivinó ella – Sí. Así es cómo se hace. Cuando tú dibujas algo, yo debo tratar de adivinar qué es y viceversa.
- Se oye divertido – se entusiasmó nuevamente Yugi. La rubia sonrió con ternura y prosiguió en su turno a dibujar una nueva invención imaginaria de constelación.
Un perrito, un puente, un árbol, una flor, un corazón, la Torre Eiffel, un farol chino, una luna menguante, etc. Los trazos hechos en el cielo lejano teñido de azul marino correspondiente a la gala de la noche, se convirtió en el consuelo de ambos, especialmente para Rebecca, cuya dolencia en el corazón comenzó a desvanecerse temporalmente junto al mal recuerdo de su pesadilla, lo que le autorizó a la sensación somnolienta volver a despertar y recostarse en los párpados de Rebecca luego de una hora de haber empezado el juego de las constelaciones.
- Eso… es la cara de un osito de felpa – afirmó con su cabeza ya recostada en el hombro del tricolor – Se parece a Teddy-chan…
- ¿Teddy-chan? – inquirió Yugi al desconocer ese peculiar nombre. Miró de reojo a la chiquilla y notó que comenzaba a sucumbir a los brazos de Morfeo.
- Es el nombre de mi oso de peluche – musitó la susodicha cerrando los ojos – Fue… un regalo de mi abuelo.
- Entiendo – murmuró el tricolor con amabilidad a la explicación de su compañera y sonrió con ternura mientras besaba su coronilla. La menor pareció acurrucarse más junto al muchacho tras recibir aquel ósculo y soltando un suspiro, se dejó llevar por el sueño y descansar su agotado cuerpo. Solo unos minutos transcurrieron… y ella se durmió en calma absoluta.
- Oyasumi – dijo Yugi con voz encantadora – Descansa, Rebecca.
Se separó lentamente de ella y se aseguró de abrigarla bien con la manta. La levantó y sostuvo entre sus brazos de forma nupcial mientras se ponía de pie con cuidado. La brisa nocturna le besó las mejillas, causándole un breve escalofrío. Caminó lenta y cautelosamente hacia las escaleras y del mismo modo las descendió, aún sosteniendo a aquella guerrera con apariencia de frágil damisela. Cuando llegó al pasillo del interior de la enorme edificación, caminó recorriendo el mismo trayecto que hace tan solo unos momentos había realizado con Rebecca. De este modo, pudo regresar al oculto pasillo de los dormitorios. Aligerando sus pisadas, llegó hasta la habitación de la rubia, cuya puerta estaba entreabierta. La empujó levemente con la punta de su pie izquierdo, lo que por suerte no le costó su equilibrio y al ingresar, notó que por suerte la compañera de cuarto de Rebecca, Anzu, aún estaba profundamente dormida. Ingresó con cautela dirigiéndose a la cama opuesta, dónde dormía la menor. Con lentitud y cariño amoroso, la recostó sobre el lecho y la arropó con las gruesas cobijas. Se inclinó un poco para besar su frente y sonreír embobado.
- Nos vemos – murmuró de forma inaudible, para así retirarse de forma discreta e irse a su propia habitación compartida a descansar el resto de la noche, seguro de que nuevamente sus sueños serían tranquilos gracias a la breve instancia que habían compartido.
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Acabó de murmurar unas extrañas palabras en idioma hierático, mientras una corriente de energía poderosa y purificada invadía aquel espacio. Sintió una calidez ardiente brotar de su pecho, algo muy familiar a esas alturas de la vida. Una cuerda violácea intangible brotó de su caja toráxica, directamente desde su corazón y se deslizó por si sola como una serpiente hasta detenerse y alzarse del suelo a unos cuantos metros de quién conjuraba aquel ritual de comunicación con el plano espiritual. Marik cerró los ojos y murmuró un nombre. Frente al otro extremo de la cuerda alzada, una silueta se comenzó a formar y a adquirir una apariencia cada vez más nítida. Vestía con ropajes extraños y algo extravagantes al combinarse con algunos adornos y decorados de estilo egipcio. Tenía el cabello largo y azul, recogido de forma extraña en dos coletas largas que caían a sus costados. Tez morena y ojos dorados ámbar. En sus labios, bailaba una sonrisa socarrona. La cuerda también le atravesaba el pecho.
- Veo que por fin te aprendiste de memoria el conjuro para invocarme – se burló el invitado misterioso.
- Muy gracioso, Aigami – gruñó Marik cruzándose de brazos.
- No entiendo cómo es que alguien tan brillante como Ishizu-san, tenga por hermano a un ridículo como tú – prosiguió el ente espiritual con sus bromas de mal gusto.
- No tengo tiempo para tu comedia barata – lo frenó el egipcio – Si te llamé en este momento, fue por el aviso que tu querida hermana le dio a Nee-san.
El rostro de Aigami abandonó toda señal de broma y diversión, realizando una transformación a un rictus severo y mirada concentrada en su interlocutor. Su escudriñamiento incomodaba en gran manera al otro muchacho; lo reflejaba en su boca ligeramente torcida en una mueca de nerviosismo.
- Hallamos a otro senshi – dictó finalmente el de cabello azul – Es el último guerrero terrenal que no fue masacrado.
- Habías dicho hace unos días que el insoportable de Atem era el último senshi – protestó Marik arqueando una ceja en evidencia de disgusto e incomprensión.
- ¡Oye! El que sea parte del plano espiritual no me convierte en un ser perfecto – se defendió Aigami – También tengo derecho a equivocarme ¿No?
- Bien, lo que digas – se resignó Marik dejando caer los brazos a sus costados – Y según tu "radar" … ¿En dónde está ese senshi?
- No está muy lejos – respondió Aigami – De hecho, reside en esta misma ciudad: Domino. Así que no te costará sondear tu propio terreno.
- ¡Tsk! – chasqueó la lengua el adolescente egipcio en voz alta a propósito – Otro niñito a quien cuidarle el trasero.
- Tu deber no es convertirte en su niñero – corrigió el ente con burla destilando en cada sílaba y al mismo tiempo, aclarando con seriedad el tema – Lo que debes hacer es guiarlos en su recorrido para que puedan ganar esta guerra. Además, eres quien mantiene el lazo entre ambos planos al igual que tu hermana mayor, Sera y yo.
- No necesito que me lo recuerdes – se quejó Marik – Desde que me convertiste en el representante del plano terrenal, prácticamente tengo ese deber escrito en la frente.
- Siempre te quejas de lo mismo – Aigami movió la cabeza en señal de reprobación.
- ¡Yo no escogí esta vida, maldita sea!
- ¡Ay perdón! – Aigami recalcó el sarcasmo en su lengua venenosa a intervalos – Entonces disculpa a tu hermanita por haber hecho un milagro con nuestra ayuda para salvarte la vida.
Marik cesó sus reclamos y sus pupilas se encogieron. Sus labios permanecieron entreabiertos apenas y una poco visible gota de sudor resbaló desde su sien hasta su barbilla. Empuñó las manos, masticando la rabia entre sus dientes y sintiendo la misma causar que le hirviera la sangre en sus venas.
- Eso es – dijo Aigami al notar su abrupto cambio – Calladito te ves más bonito.
- Eres un maldito idiota – masculló Marik incrementando las huellas de los pliegues en su ceño fruncido.
- Supongo que mi discusión contigo puedo darla por finalizada – asumió el representante del plano espiritual – Ya sabes lo que debes hacer. Ve hacia los barrios más peligrosos del centro de la ciudad. Suele meterse en pleitos por esas zonas.
- ¿Es un perro rabioso o qué? – se burló el egipcio recuperando una fracción de su compostura.
- Compruébalo después de que te muerda – respondió el contrario siguiendo el mismo hilo.
- Muy bien – dijo el adolescente moreno para dar por zanjado el asunto – Ahora vete de aquí.
Aigami soltó una risa socarrona y con la yema de su dedo índice tocó su propia frente, exactamente dónde relucía la diminuta forma de un triángulo. Se transformó en un conjunto disperso de diminutas partículas de luz blanca dorada y se desvaneció del lugar. La cuerda que conectaba el alma de Marik a aquel ente traslucido, desapareció de la misma forma.
El joven egipcio exhaló un suspiro sonoro y pesado, antes de recostar su espalda contra la pared de aquel cuarto y bajar hasta sentarse en el suelo. Su cuerpo daba la sensación de que en cualquier momento se convertiría en un charco de él mismo.
- Mierda – masculló con somnolencia – Hacer esto es agotador.
No solo establecer la comunicación con el plano espiritual le resultaba extenuante, sino que además, ahora debía lidiar con el maldito mal sabor de boca que Aigami le había rememorado.
¡Maldito hijo de…! ¿Quién se creía que era para inmiscuirse en el pasado de los demás?
Bueno, tampoco era como si pudiese ser algo inevitable. Después de todo, le gustara o no, él y su hermana le debían a Aigami y a Sera, los hermanos y representantes del espacio espiritual, mucho más de lo que cualquiera pudiese imaginar.
Y todo se remontaba a ese día cuyo desenlace pudo haber resultado fatal, de no ser por aquel par de enigmáticos seres, cuya primera vez que aparecieron, fue al contraste de un cielo nublado y lluvioso, con la supervivencia casi en el olvido, entre los escombros de metal y con la vida pendiendo de un hilo, bajo una mirada teñida de rojo.
Y de momento, eso viene siendo todo en este capítulo, mis corazones. ¡Vaya mezcla y cambios de situación! Al parecer, Atem comienza inevitablemente a centrarse en sus compañeros y eso es lo que menos quiere ¿Tienen alguna sospecha de por qué nuestro adorado faraón está teniendo este pésimo comportamiento? Por otro lado, tenemos aquí a la primera instancia sospechosa entre Yugi y Rebecca. Este par de amigos… ¿Lo parece o hay sentimientos distintos de por medio? Y para culminar, ha llegado Aigami, quien pertenece al plano espiritual ¿Qué habrá querido decir con sus crueles palabras a Marik?
¡Oh Ra! Es demasiado misterio por resolver. Así que espero que estén atentos para descubrir lo que sucede.
Pero… antes de irme por quien sabe cuanto tiempo:
MarBere123: ¡Super! Muchas gracias por tu apoyo. Me alegra que te guste esa mezcla peculiar de misterio y fantástico junto a la inclusión de la temática espiritual. Espero que sigas atenta a esta historia, porque de seguro te llevarás una que otra sorpresa.
Ikaros Tolstoi: Una vez más te agradezco por tu fiel comentario y seguir mi primer fic AU de Yu-Gi-Oh! Así es, Mahad y Atem ya se conocen, pero lo referente a su pasado lo iremos viendo con el paso de los capítulos. ¡Vaya! Ya estás tejiendo tus triángulos amorosos y shippeos. Veamos si con esto te surge alguna pista o terminas aún más confundida jajajaja. Las cosas raras e inesperadas no se detienen aquí, vendrán como especial en cada capítulo jajajaja así que ve preparando tu kokoro a futuro.
Y a los demás lectores y seguidores, les envío un feliz saludo y espero verlos presentes en el próximo capitulo.
¡Un saludo muy alegre!
Cote-chan.
